China y la crisis del “covid cero”

Pandemia bajo un régimen stalinista.

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1- La evolución del covid cero: de los logros a las contradicciones

Durante casi todo el desarrollo de la pandemia desde que China controló el brote en Wuhan, donde comenzó, el gigante asiático se había jactado de haber mantenido a raya el virus. Durante casi dos años, China no registró oficialmente un solo muerto por covid, y la cantidad total de casos rondaba los 100.000, de los cuales más del 80% correspondían a las semanas iniciales de la pandemia, hasta marzo de 2020.

Es verdad que el gobierno chino puede jactarse de la tasa de mortalidad más baja de cualquiera de los países de los países grandes, a la vez que de una economía que, aunque se frenó, fue de las muy pocas que logró esquivar la recesión en 2020 y continuó su recuperación en 2021. Pero la oleada actual, aunque vista desde la perspectiva de las cifras de los países con más casos pueda no parecer tan angustiante, bien puede ensombrecer la lista de logros de Xi justo cuando se apresta a ser “coronado” por el próximo congreso del PCCh. La razón de esa desproporción entre una cantidad de casos que aparece como manejable y el volumen de las medidas de restricción y aislamiento implementadas por el régimen chino es una sola: la política de “covid cero”, cuyo sentido y límites se están poniendo a prueba seriamente por primera desde el inicio de la pandemia.

La estrategia sanitaria de covid cero significa –o al menos significaba; ya veremos que el sentido de la expresión está en cierta disputa– exactamente eso: ante la aparición de un solo caso de covid, se tomaban las medidas necesarias de rastreo de contactos, aislamiento y, llegado el caso, cuarentena localizada o general en edificios, cuadras, barrios o ciudades enteras.

Esta política, que había permitido durante más de un año y medio que la gran mayoría de la población pudiera desarrollar su vida cotidiana casi en normalidad –al costo de mantener al país casi completamente aislado del exterior, sin ingresos del ni egresos al extranjero–, está ahora en crisis abierta.

El gobierno de Xi Jinping hizo del covid cero una bandera de orgullo nacional en comparación con lo que se mostraba como el “desastre de Occidente”: millones de contagiados y muertos, hospitales colapsados, crisis económicas y convulsiones políticas. Luego de más de un año de ese panorama llegó lentamente la estrategia de convivir con el virus y contener los daños a partir del avance de los programas de vacunación. Programas que mientras tanto China también implementaba, con un alcance muy importante. A primera vista, todo convalidaba el balance oficial: Occidente hizo todo mal, el Partido hizo todo bien, vio más lejos, tomó las medidas necesarias y garantizó la salud de la población. Convivir con el virus era el mal menor que había elegido el resto del mundo por necesidad; China podía y debía atenerse al covid cero.

Esta prédica era profundamente ideológica, pero al menos estaba basada en parte sobre elementos reales y verificables. La llegada de una ola de casos no muy grande en cantidad, pero suficiente como para mostrar la insuficiencia de la estrategia de covid cero –además, con una variante particularmente contagiosa del virus–, está dejando a la línea oficial en falsa escuadra. Y además, absorbiendo daños económicos y políticos, si bien los primeros son más fáciles de mensurar que los segundos.

En total, no menos de 150 millones de personas fueron o están afectadas de manera simultánea por las cuarentenas y cierres parciales o totales de ciudades enteras en varias de las 33 provincias chinas. De las 100 ciudades más importantes de China (que representan el 70% del PBI), 87 habían implementado algún tipo de restricciones a mediados de abril. Para dar una medida de lo fulminante del brote, a principios de marzo la cifra no llegaba a 50, y en ninguna de las otras había más que restricciones localizadas, mientras que a mediados de abril ya más de la mitad tenían en vigencia cuarentena total o parcial de barrios enteros.

En todo marzo de 2022, China registró 27.000 casos sintomáticos, y a mediados de mayo el total de casos oficiales es de unos 220.000. Los fallecimientos siguen siendo relativamente muy pocos; unos cientos en los últimos meses. En comparación con otros países y brotes, parece poco: Taiwan, Corea del Sur o Australia han tenido recientemente más de 50.000 casos diarios. Pero para la política de rastreo y aislamiento individual de casos, las cifras chinas están empezando a volverse inmanejables. Sólo en Shanghai hay 3.000 personas dedicadas al rastreo de casos, que incluyen desde órdenes de cuarentena por aplicaciones de celular hasta visitas puerta a puerta, pasando por el precintado de las zonas afectadas. Pero las características de la variante ómicron requieren de un enfoque diferente: al ser mucho más contagiosa y a la vez mucho menos peligrosa (¡en población vacunada!), la práctica de rastreo y aislamiento de contactos, razonable para cepas como delta, menos contagiosas y más virulentas, pierde casi toda su efectividad.

Más abajo veremos cuáles son los obstáculos “ideológicos” o, más llanamente, de obcecación, prestigismo y estupidez burocráticas a la hora de decidir la flexibilización de la camisa de fuerza del covid cero. Pero incluso si primara la sensatez –y también el consejo epidemiológico de los propios epidemiólogos chinos que se atreven, tímidamente, a proponer un cambio de enfoque–, hay un obstáculo por ahora irremontable para un golpe de timón al covid cero: la insuficiente tasa de vacunación de los adultos mayores de 60 años. Dos tercios de los infectados con síntomas serios son mayores de 60 años, y de ese grupo, dos tercios no están vacunados.

Veamos esto con más detalle. La tasa de vacunación general de China está entre las más altas del mundo: el 88% de la población tiene al menos dos dosis. Pero esa envidiable tasa se derrumba entre los mayores de 80 años, justamente la población más vulnerable a la infección: sólo algo más del 50% tiene dos dosis, y el 40% directamente no tiene inmunización. A eso se agrega que, dada la ínfima cantidad de casos de China respecto de su población total, casi no existe la “inmunidad natural” que da haber tenido el virus (lo que ahora juega a favor de decenas de países que han tenido un tercio o más de su población con covid).

Así, el 88% es mucho, pero el 12% restante sobre 1.400 millones de habitantes es equivalente a la población de Bangladesh, el octavo país más poblado del planeta. Y si la tasa de vacunación se mueve de manera inversa a la edad, las consecuencias pueden ser aún más gravosas. En total, más de 50 millones de personas de más de 60 años no tienen dos dosis (y dos dosis de las vacunas chinas siguen siendo una protección relativa).

La situación no es fácil de revertir, porque las razones de esta baja tasa entre los ancianos no son esencialmente logísticas, sociales o geográficas, sino culturales: sencillamente, muchos se niegan a ser vacunados, por desconfianza o por exceso de confianza (“An old problem”, TE 9290, 2-4-22). Veamos un ejemplo. El nivel de preocupación de las autoridades se manifiesta en que, por primera vez desde el inicio de la pandemia, China aprobó el uso de una medicación extranjera, el antiviral Paxlovid, de Pfizer. Irónicamente, la medida levantó protestas en el público, que luego de un adoctrinamiento de dos años de que todo lo que hacía Occidente era un fracaso, replicaba en las redes con argumentos como “en EEUU murieron 900.000 personas, ¿de qué sirve este medicamento?” (“China tweaks its covid strategy”, TE 9288, 19-3-22).

Los riesgos que están sobre la mesa hacen correr sudor frío, por distintas razones, literalmente a todo el mundo. En primer lugar, claro está, a la población china. Un elemento que agrava el panorama es que incluso hoy, a diferencia de lo que ocurre en Occidente –y a semejanza de lo que ocurría en Occidente en 2020–, la población china en general tiene terror a contraer covid: “La enfermedad acarrea un estigma que se extiende más allá del impacto en la salud. Quienes dan test positivo saben que muchos vecinos y compañeros de trabajo, y quizá los compañeros de escuela de sus hijos, van a ser confinados, y que la responsabilidad será suya” (“China tweaks its covid strategy”, TE 9288, 19-3-22). Pero ese temor a las consecuencias sociales prácticas del covid bien puede quedar opacado por el temor a las consecuencias propiamente clínicas de la diseminación del virus.

El ejemplo de Hong Kong es tan aleccionador como preocupante: allí, más del 65% de los mayores de 80 años no estaban vacunados cuando comenzó el reciente brote fuerte de covid. El resultado fue que no sólo 1,2 millones de sus 7,6 millones de habitantes se contagiaron, sino que se superaron los 9.000 muertos y los hospitales quedaron completamente colapsados. Una simple traspolación aritmética de la cantidad de habitantes de Hong Kong y de China continental da que, a igual situación, en China los muertos serían 1,6 millones.

No somos los únicos que hicimos la cuenta: “Si se toman las cifras de Hong Kong como parámetro, un brote extendido en China continental dejaría millones de muertos” (“Escaping zero-covid”, TE 9289, 26-3-2). Desde ya, esta hipótesis es altamente improbable. Con el nivel de vigilancia social de China, es casi imposible que la situación sanitaria se salga tan desmedidamente de control. Por algo, además, las cuarentenas son tan masivas y tan estrictas, y si es necesario se reinstalan luego de haberse levantado. Pero el ejercicio matemático sirve al menos para tener una medida de la escala del problema si se lo deja crecer.

2- El manejo de la pandemia como fuente de crisis política

El enfoque general del gobierno chino sobre la pandemia se apoya sobre la metáfora bélica: el covid es el “enemigo invisible” y estamos en guerra. El problema es que, en ese caso, no hay “victoria” definitiva posible ni aniquilación del enemigo. Más bien, toda la experiencia del resto del mundo indica que es necesario adaptarse al escenario de convivir con el virus y minimizar los daños a través de la extensión de la vacunación y demás cuidados sanitarios. Es decir, aceptar que el mejor resultado obtenible es pasar de la pandemia a la endemia.

Xi Jinping, en cambio, promete una victoria que, está a la vista, no sólo no puede alcanzar sino que en este momento más bien se parece a su contrario. Si bien el sigiloso paso del “covid cero” a secas a la “dinámica de covid cero” permite algún margen de maniobra, insistir en que “la perseverancia es la victoria” y traducir eso en cuarentenas de decenas de millones de personas ante la aparición de decenas de casos se está volviendo cada vez más contraproducente.

Un factor que agrava las contradicciones en muchos sentidos es que bajo la gestión del PCCh el manejo del covid cero ya no se trata sólo de una cuestión sanitaria, sino de lealtad al partido y al Estado: “El problema subyacente es que si un brote ocurre bajo su gestión, un funcionario chino pierde su puesto. El temor al despido crea incentivos para implementar reglas locales a veces crueles e irracionales” (ídem). Los ejemplos de desesperación, incompetencia e histeria burocráticas son legión: desde ordenar cuarentenas a familias que reciben por correo un paquete desde una ciudad con casos de covid hasta la ejecución sumaria de perros y gatos, estén o no sus dueños afectados por el virus. En ese marco, cualquier intento de propuesta de camino alternativo es crecientemente visto como herejía.

El resultado es que los funcionarios están en una posición cada vez más imposible: por un lado, se les exige adhesión incondicional al covid cero como profesión de fe puramente político-ideológica, y por el otro se hace depender su cabeza de lograr resultados sanitarios exitosos. No son sólo los ciudadanos de a pie los que tienen terror al virus: los alcaldes, ministros de provincias y dirigentes locales del partido sienten que el suelo se abre bajo sus pies en cuanto se declara un caso de covid.

La vocación del PCCh por el control social excluye desde el comienzo una medida muy simple implementada en muchos países: permitir el autoaislamiento de los casos asintomáticos o leves. Pero la combinación de control, represión, prisa burocrática y simple incompetencia deja un saldo de millones de ciudadanos molestos, con la sensación de haber sido perturbados innecesariamente y, en muchos casos, seriamente perjudicados en lo económico. Por ejemplo, el estado “socialista” no suele ofrecer la menor compensación por los días de trabajo perdidos o por las consecuencias económicas de los cierres y restricciones, parciales o generales (algo en lo que queda por detrás de varios estados capitalistas). Así, la gestión del covid está pasando de ser uno de los grandes motivos de legitimidad del régimen a uno de sus principales problemas.

Por lo pronto, en el plano puramente sanitario: no sólo los expertos, sino la población en general sospecha que lo excesivo de las restricciones está causando muertes innecesarias –inclusive más numerosas que las debidas al virus–, sobre todo en población de mayor edad con patologías crónicas ajenas a la pandemia.

El problema de reorientar la estrategia de covid cero es menos técnico –una vez abordado el problema sanitario que señalamos más arriba– que político: buena parte del prestigio acumulado por el manejo de la pandemia a cargo de Xi Jinping y el PCCh están atados a esa política. Dar un golpe de timón genera resistencias e inercias a todos los niveles, desde las líneas medias del partido hasta los propios sectores de masas que habían creído de buena fe en la capacidad del partido para afrontar el problema con más pericia que sus pares del mundo occidental.

El telón de fondo de las dificultades del PCCh para tomar decisiones que reviertan políticas anteriores es, por supuesto, el próximo XX Congreso del partido, que tendrá lugar este año en fecha que todavía no está definida. Lo cual no es de extrañar: el congreso que debe romper con la regla del tope de dos mandatos consecutivos y otorgar a Xi Jinping el poder casi de manera vitalicia no debería sesionar en medio de un brote nacional de covid o de un frenazo económico ocasionado por las cuarentenas masivas. O, en el peor de los escenarios, una combinación de ambas pesadillas. De hecho, el manejo exitoso de la pandemia durante dos años en que Occidente pasaba las de Caín entre millones de muertos y una recesión brutal era visto como uno de los argumentos más contundentes para consagrar la continuidad de Xi. Que el panorama tanto epidemiológico como económico aparezca ahora tan lleno de incertidumbres es un problema no sólo imprevisto, sino que tiene, para el PCCh, el peor timing imaginable.

En un típico brote de mentalidad burocrática, Xi y el PCCh están en plena campaña de “lucha ideológica”, alentando el “fervor rojo”, de claras resonancias con el período de Mao Tse Tung, como una de las vías privilegiadas para el combate contra el covid. Esto agrega presión a los gobiernos locales para redoblar las políticas de control, testeos y cuarentenas que están dejando su marca en la actividad económica. Es posible que, en razón de la cercanía del congreso del PCCh, haya menos apego a los hechos en las estadísticas económicas que se publiquen a lo largo del año, al menos hasta el congreso (se habla de que el verdadero crecimiento del PBI chino en 2022 podría no superar un escuálido 2%). Pero eso tiene patas cortas.

Mientras tanto, la reacción pavloviana de los burócratas locales es simple: ante la menor duda, cuarentena parcial o total. La experiencia de Shanghai, cerrada durante semanas, no parece haber habilitado la conclusión de que el exceso de celo restrictivo es un problema. Más bien lo contrario: si alguna crítica oficial reciben los funcionarios de Shanghai es no haber implementado el cierre antes y con mayor dureza.

Desde ya, no es el punto de vista de los ciudadanos de a pie. Circularon infinidad de vídeos mostrando protestas y hartazgo de vecinos de Shanghai ante lo que se veía como falta de respuesta, o respuesta desproporcionada y arbitraria, de las autoridades. Allí se veía desde gente que derribaba las vallas metálicas verdes que circundaban las calles y barrios considerados como de cuarentena estricta hasta quejas en los centros de atención, grabaciones de llamadas desesperadas y cánticos desde las ventanas. Algunos casos se hicieron muy conocidos al ser compilados en el vídeo “Voces de abril”, visto más de 100 millones de veces antes de ser censurado (“What Chinese public anger means”, TE 9294, 30-4-22).

Mientras tanto, el problema de los ancianos que no están vacunados sigue sin solución a la vista (al menos, no con la urgencia que requiere el caso). La política, por ahora, es más la persuasión que la coerción, pero no hay ninguna razón para esperar que eso siga siendo así en caso de que el número de infectados, y de muertes, se dispare. Según el cáustico columnista sobre China de The Economist, “el plan B es el plan A con vallas y palos” (“What Chinese public anger means”, TE 9294, 30-4-22), graficando así la actual falta de opciones del gobierno chino. Porque aliviar las restricciones sin vacunación masiva es invitar al desastre sanitario, pero enfrentar los pocos o muchos casos de covid con crecientes restricciones socava el consenso social alrededor del principal problema cotidiano de la población… justo en el momento en que Xi pretende entronizarse como si las masas clamaran por su continuidad.

Contra las campañas y bravatas oficiales, la torpeza y apresuramiento de los funcionarios para manejar las cuarentenas y restricciones sólo agregan penuria, angustia y molestias a una población ya agobiada. El cierre de Shanghai por mitades mostró infinidad de casos de vecinos desesperados por obtener alimentos o medicinas antes de ser confinados, llevados a un centro de aislamiento o incluso detenidos por violar las normas. Al principio incluso se separó a niños pequeños infectados de sus padres. Luego de la indignación que causaron unos vídeos viralizados antes de ser censurados, hubo correcciones, pero lo más habitual es la arbitrariedad burocrática y la exigencia de obediencia y disciplina, sin explicaciones ni disculpas.

Sin embargo, es posible que algunos personajes paguen costos. El secretario del PCCh en Shanghai, Li Qiang, es un estrecho aliado de Xi Jinping y se esperaba que fuera electo para el selecto Politburó de siete miembros, o incluso primer ministro. Será todo un indicador conocer qué se hace del destino de Li como resultado de su nada halagüeña gestión de la crisis sanitaria en la segunda ciudad de China (“Shanghai swoons”, TE 9291, 9-4-22).

¿Hasta dónde llega la proverbial paciencia china? A la distancia y en una sociedad con canales de comunicación tan controlados, es imposible saberlo. Al parecer, el público en general tiende todavía a la aquiescencia con las medidas, vistas como inevitables para proteger la salud, pero el desgaste y el agotamiento físico, psicológico y económico es inevitable. El sacrificio que esto representa en particular para el personal de salud es tremendo: se hizo viral un vídeo de una enfermera que se derrumbó en el ascensor, semiconsciente, de puro cansancio, ya que debía estar disponible las 24 horas y hacía dos semanas que no dormía en su casa.

Por otro lado, y a pesar de la abnegación de muchxs trabajadorxs para contener la pandemia, los esfuerzos de distintas dependencias de salud o administrativas “no siempre están coordinadas. Una persona puede recibir llamadas de varios funcionarios diferentes: uno de su trabajo, otro de su barrio y acaso otro de algún lugar donde ha estado recientemente. (…) Antes de la pandemia, los comités vecinales no tenían demasiado poder. Sin embargo, ahora pueden confinar gente en su casa durante semanas. Las invasiones a la privacidad son comunes: se suelen ubicar cámaras fuera de los edificios para asegurar el cumplimiento de los protocolos de aislamiento” (“The footsoldiers of zero-covid”, TE 9289, 26-3-22).

Las medidas suelen tener la pésima combinación de lo draconiano con lo arbitrario, lo que agrega presión adicional. El erratismo en las medidas y los criterios no es un accidente ocasional sino una característica habitual. Las noticias de China se concentran en Shanghai o Beijing, que son las ciudades más famosas pero a la vez son relativamente privilegiadas en cuanto a la amplitud de las restricciones, que se manejan con más cautela. En cambio, en ciudades menos conocidas –y también en los comités locales a nivel comunal, que recibieron, como ya señalamos, amplias atribuciones– las autoridades tienen muchos menos miramientos. Por ejemplo, Hangzhou, con 12 millones de habitantes, estuvo en cuarentena total tras dos semanas con un total de 54 casos (la mayoría asintomáticos). Cuanto más pequeña y alejada la ciudad, menos contemplaciones: en Baotou, ciudad minera de la provincia de Mongolia Interior de 2,7 millones de habitantes, las autoridades pusieron en cuarentena a toda la ciudad luego de haberse confirmado sólo dos casos (“Covid hits the capital”, TE 9294, 30-4-22). Es común que los comités locales (juweihui) extiendan los aislamientos más allá de lo estipulado simplemente por miedo a sufrir las consecuencias “desde arriba” si llegan a aparecer nuevos casos (“The never-ending lockdown”, TE 9296, 13-5-22).

De resultas de este cuadro, hay hoy en China amplios sectores de profesionales de la salud que advierten de la necesidad de un nuevo enfoque, por más que, por obvias razones, lo hagan sin abandonar el credo oficial de covid cero. El expediente es, simplemente, modificar el sentido de “cero”, por ejemplo, abogando por una política de “dinámica cero”, que no implica necesariamente cero infecciones. Muchos admiten por lo bajo que no habrá más remedio que convivir con el virus, lo que implicará mejorar los tratamientos (¡y la calidad de las vacunas!), aceptar más infecciones sin consecuencias graves y profundizar el plan de vacunación. Sólo así se podría llegar a un equilibrio más armónico entre la protección sanitaria y preservar el crecimiento económico.

Pero este razonamiento se da de bruces con el esquematismo y la brutalidad burocráticas del PCCh. La política oficial de covid cero quedó entrampada en su propia lógica: tras batir el parche durante dos años con la “superioridad” del enfoque del partido respecto de Occidente, ante la nueva situación epidemiológica, la inercia del discurso y de las políticas oficiales es difícil de revertir. Las burocracias stalinistas no se caracterizan por su flexibilidad… salvo cuando se trata de dilatar la fecha del congreso del partido para que no sesione en el momento equivocado.

3- El impacto económico

Llama la atención una ola reciente de comentarios sombríos sobre la economía china, en la medida en que provienen no de los sectores más críticos, sino de aquellas fuentes que hasta hace poco se mostraban con el entusiasmo habitual que suele suscitar el gigante asiático. Por ejemplo, Stephen Roach, de Morgan Stanley, sostiene que “el almohadón chino se ha desinflado”, en relación al papel cumplido por China en amortiguar el impacto de la crisis global de 2008 vía su ingente demanda de materias primas. El Shanghai Composite Index, de la Bolsa de Shanghai, cayó un 7% en abril a niveles de julio de 2020. Los inversores tienden a deshacerse de sus tenencias denominadas en yuanes, lo que contribuye a debilitar la moneda china frente al dólar. El gerente de la financiera PAG, con sede en Hong Kong, declaró al Financial Times que la economía “está ahora en la peor situación de los últimos 30 años” (“Flee market”, TE 9295, 7-5-22).

Lo que estas evaluaciones pesimistas, posiblemente exageradas, tienen de peculiar es que no derivan de factores económicos, algunos ya conocidos –la crisis del sector inmobiliario, la deuda privada, la desaceleración de la actividad provocada por la pandemia– sino sobre todo de un factor político: la tozudez de la dirigencia china con la política de covid cero. Según observa gráficamente el titular de la cámara de comercio europeo en China, Joerg Wuttke, la estrategia de covid cero ha puesto a muchos altos dirigentes chinos “en modo autodestrucción” (ídem).

Eso no significa que los problemas propiamente económicos hayan desaparecido. Por el contrario, el influjo negativo de la política de covid cero en China se sobreimprime contra el marco ya delicado de una crisis que no ha estallado abiertamente pero que se despereza sin pausa: la del mercado inmobiliario y una burbuja muy difícil de manejar, a la que hicimos referencia en nuestro reciente “Viejos y nuevos problemas para la economía global”, marzo 2022).

Es en parte como reconocimiento de estas tendencias que el PCCh decidió aflojar la presión que venía ejerciendo sobre los gigantes tecnológicos chinos de la “economía de plataformas” (Alibaba, Tencent, Baidu, Meituan, JD.com, Pingduoduo) y que les había hecho perder en conjunto 1,5 billones de dólares de valor de mercado. Y es comprensible: por mucha desconfianza que les tenga el gobierno, no están las cosas para seguir echando leña al fuego.

Las cuarentenas en Shanghai y Shenzhen, dos de los principales motores económicos e industriales de China que hasta ahora no habían tenido restricciones importantes, son una amenaza no ya para el crecimiento en China sino para las cadenas de suministros globales y la economía mundial. Shenzhen representa la sexta parte de las exportaciones chinas de alta tecnología; su puerto de Yantian es uno de los de mayor movimiento del planeta. La planta de Foxconn, que fabrica iphones para Apple, debió interrumpir sus operaciones durante varios días consecutivos.

Para complicar esa ecuación tenemos, por otro lado, un aumento del desempleo (el 6% en las 31 ciudades más grandes de China, tasa por encima de 2020) y una renuencia del banco central chino a volver a recurrir a instrumentos de estímulo monetario. El peligro que perciben las autoridades del banco central chino es que una laxitud excesiva en ese terreno puede traer como consecuencia una perturbación de la cuenta corriente externa. La cosa tiene lógica: si China baja las tasas justo cuando la Fed las sube, el saldo podría ser una brusca salida de capitales de China hacia EEUU, en momentos en que el no muy sigiloso alineamiento de China con Rusia no es precisamente un imán para los inversores externos, algo que se refleja también en el reciente debilitamiento del yuan respecto del dólar.

La contraparte de esta prudencia fiscal y monetaria es el estrechamiento de márgenes para los gobiernos provinciales y municipales, que ya habían visto limitada la posibilidad de financiarse con instrumentos inmobiliarios opacos y la “banca en las sombras”; ya hemos señalado en textos anteriores que una de las preocupaciones mayores del gobierno central es acotar los riesgos derivados de la burbuja inmobiliaria y el exceso de deuda.

Aquí aparece el tercer cuerno del trilema de los funcionarios locales, apretados como estaban por dos tensiones opuestas ya señaladas, la de dar conformidad a la ortodoxia ideológica del “fervor rojo” del covid cero y la de atender la situación sanitaria. A esto se suma, para colmo, la presión de la necesidad de “estabilizar la economía con urgencia” –para colmo, con recursos más restringidos–; es de imaginar la desesperación de los niveles de gestión locales para responder a la vez en los tres terrenos a satisfacción de los burócratas mayores. Mucho más cuando cualquier desmanejo, especialmente si toma cierta visibilidad, acarrea la picota política y la remoción inmediata de sus cargos. Desde Xi Jinping para abajo, en el año del XX Congreso del PCCh todos ponen mucho en juego y tienen mucho para perder.

Como era de esperar, la imposible solución al trilema ideológico-sanitario-económico –para colmo, con menos colchón financiero, menos margen de maniobra y menos instrumentos– se termina saldando para el lado de atender lo que Mao llamaba “la contradicción principal”. Lo que en este contexto no significa otra cosa que priorizar aquello que hoy resulta más urgente –evitar una crisis sanitaria local– por sobre lo estructural –sostener la marcha de la economía vía el gasto en infraestructura– como pura estrategia de supervivencia burocrática, sin olvidarse de balbucear de manera ritual las consignas “rojas” del momento. Como señala secamente The Economist, “es difícil ser a la vez un halcón del covid y una paloma fiscal” (“The hesitant v the urgent”, TE 9293, 23-4-22).

La pregunta que se impone aquí es hasta dónde –o más bien hasta cuándo– este manejo irracional, forzado, típicamente burocrático, de los problemas de la segunda economía del planeta en el marco de una crisis sanitaria aún larvada y de las urgencias políticas del PCCh va a ser compatible con los objetivos del elenco gobernante en todos esos terrenos. La respuesta quizá llegue antes de lo que muchos imaginamos.

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