Argentina: Entre la “grieta” y el ajuste

Si hace dos semanas la movilización obrera –oficialista- convocada por la CGT y el acto de la izquierda habían puesto en primer plano el problema del ajuste y del salario, hoy pareciera que la situación judicial de Cristina Fernández fuera el comienzo y el final de la vida política argentina.

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Millones siguen sintiendo en el día a día las consecuencias del ajuste, del deterioro cotidiano del salario y las condiciones de trabajo. Decenas de miles salieron a la calle dejando un mensaje claro: no se puede no hablar de esto. Pero Luciani y sus aliados mediáticos y políticos lograron instalar con su avanzada reaccionaria lo que quieren que sea más importante: saldar cuentas con el kirchnerismo. Durante días, la prensa y los medios fueron el gigantesco megáfono con el que la voz de un fiscal y del peronismo, la “grieta”, tapó todas las demás.

La persecución política, la corrupción y la “grieta”

La corrupción, los negociados con el Estado de empresarios y políticos, son parte necesaria, orgánica, natural del capitalismo. Nadie debería dudar de su existencia (y su masividad). Algunos de los episodios fundacionales del capitalismo fueron justamente eso, negociados con el Estado de la clase capitalista. Y, por eso mismo, es una cosa al menos “ingenua” (cuando no engaño deliberado) querer señalar a un gobierno con el dedo acusador mientras se juega amigablemente al fútbol con el otro.

El alegato del fiscal Luciani, indisimulablemente vinculado al macrismo, intentó lanzar una ofensiva política contra la principal fracción del peronismo. A CFK la pone en el banquillo de los acusados por la causa Vialidad. Con Macri se junta a jugar al fútbol. El mismo Macri que tiene en su haber la estafa del Correo Argentino, el espionaje ilegal, las cuentas ilegales en Panamá y no seguimos enumerando porque no nos alcanzan las páginas. La parcialidad es burda, evidente.

El intento de condena e inhabilitación perpetua (lo que prohíbe que se pueda ejercer un cargo público) contra CFK es un intento de resolver judicialmente lo que no pueden resolver políticamente. La democracia capitalista es en sí misma un régimen para que puedan gobernar solo representantes de la clase dominante. Esta ofensiva reaccionaria es incluso antidemocrática para sus propios parámetros: es querer eliminar a la principal figura de la principal fuerza política del país sin tener que pasar por la molestia de una campaña electoral, es pasar por encima de la voluntad política de millones de personas que la votaron, que son las que le deben bajar el pulgar a Cristina K y no un manotazo reaccionario desde arriba.

Hasta ahora, las disputas por “la grieta” se venían resolviendo centralmente de manera electoral; Luciani y los suyos opinan que apelar a la voluntad popular es algo en lo que no se puede confiar.

Pero: ¿qué es la “grieta”? Más allá del humo “popular” de unos y “moral” de otros, detrás están los debates del futuro del país entre dos franjas de la clase capitalista (es decir, se trata de una divisoria de aguas entre los de arriba). La que se alinea con el peronismo es centralmente la clase capitalista industrial, que hace buenos negocios con lo que queda de proteccionismo o arbitraje gubernamental. Su base de apoyo es el territorio, las organizaciones obreras controladas por la burocracia y las clases medias “progresistas”. La que apoya al macrismo (y tiene sus buenos amigos en Comodoro Py) es sobre todo la burguesía agraria que, a pesar de la modernización del campo, rechaza la industrialización del país y sigue teniendo el orgullo oligárquico de las familias que fueron dueñas exclusivas de la Argentina. Muchos de los nombres resonantes del PRO se pueden rastrear entre los miembros fundadores de la Sociedad Rural hace más de un siglo y medio: los Bullrich, los Peña Braun, los Pinedo, los Rodríguez Larreta…

Sin embargo, contra todos los pronósticos de un fiscal y un juez que pensaban que era su momento de estrellato, el kirchnerismo pareció lograr recuperar cierta “épica”. La militancia que tiene a CFK por “jefa” no tenía mucho entusiasmo por defender un ajuste mientras seguían hablando de “inclusión”.

“Los 12 años de condena son por cada año de nuestro gobierno”, les dijo CFK, que no aclaró por qué no contarían los casi tres años últimos… Pese a estar a la defensiva por la posibilidad (todavía lejana) de que vaya presa, Luciani los puso paradójicamente en un lugar mucho más cómodo que hace apenas semanas: ahora pueden hablar de los 12 años del Frente para la Victoria y no de los 3 del Frente de Todos.

Mientras tanto, entre todo el ruido de la épica y la causa judicial, Massa se dijo: “disimulá y recortá 200 mil millones de pesos de presupuesto”. Nada menos que en educación, salud, vivienda, inversión. La “grieta” puede ser un abismo, pero en el ajuste tiene un puente que une ambos lados en el consenso.

Rechazar la persecución política es una cosa, disimular detrás de ella el ajuste y la política antipopular es otra muy diferente. El rechazo de la izquierda a las intentonas antidemocráticas de Luciani y el macrismo es para defender los derechos políticos de quienes votaron al peronismo y lo quieren seguir haciendo, no para defender a CFK. El relato de “los 12 años” es humo para esconder el ajuste, el show del kirchnerismo su leña.

Una cosa sería movilizarse en el caso en que quisieran efectivamente meter presa a Cristina Fernández, como hizo correctamente la mayoría de la izquierda brasilera cuando encarcelaron a Lula. Otra muy diferente es marchar hoy “por los 12 años” del relato mientras se aplica un ajuste en los hechos.

Argentina no es Brasil

Luciani se mira al espejo buscando la imagen de Sergio Moro, Cristina la de Lula. La aristocrática justicia argentina busca en Brasil su reflejo, que le devuelve la imagen del peronismo. Las cosas son parecidas pero también muy diferentes. Pese a las gesticulaciones gorilas de destituir a Alberto como hicieron con Dilma y meter presa a CFK como hicieron con Lula, el peronismo no es el PT.

Revisemos un poco los hechos. El líder petista fue preso en 2018 en el marco de la megacausa Lava Jato, que sacudió la vida política del país y abrió una crisis de proporciones históricas en la legitimidad de las instituciones brasileñas. Su nombre viene de que las primeras pesquisas se dieron en torno a operaciones de lavado de dinero en una empresa de lavado de autos –quien haya visto la serie Breaking Bad puede nuevamente certificar que la realidad y la ficción tienen una relación orgánica que a veces las hace indistinguibles-. A partir de ahí se destaparía un entramado de fraudes al Estado centrados en la empresa Petrobras que irían ganando en escala día a día.

En medio de la vorágine de la investigación, con un gobierno del PT debilitado por el descontento y el deterioro económico, se desataron las movilizaciones masivas de la clase media exasperada que comenzaron a exigir en la calle cosas como “¡Intervención militar ya!”. En ese marco es que el Congreso votó el Impeachment a Dilma que le dio el gobierno a su vice, Temer.

Dos años después, el resultado electoral que dio el triunfo a Bolsonaro surgió de un largo proceso previo. El Poder Judicial, con Moro entre sus más destacados miembros, lanzó golpe tras golpe al PT descabezando su organización, desmoralizando a sus miembros y aislándolo de amplias capas de oprimidos y explotados. Por su parte, el lulismo aceptó las reglas del juego de los jueces y los dejó avanzar una y otra vez. Primero, les regaló la calle; luego, aceptó el encarcelamiento de Lula. Con un PT indefenso y una burocracia sindical sin iniciativas, amplios sectores de trabajadores que ya venían decepcionados de su gobierno giraron a la derecha arrastrados por la ola reaccionaria de las clases medias cebadas por personajes como Bolsonaro.

Más que Temer, más que el Congreso, más que el PT, más que las propias elecciones, el verdadero poder recayó sobre los jueces (¡y las fuerzas armadas!). Ellos atribuyeron poderes políticos y proscribieron candidatos según las necesidades del giro reaccionario y de ajuste de la clase dominante. Jugaron así un rol bonapartista por encima de la institucionalidad clásica de gobierno “republicano”, y Moro fue uno de los principales responsables de esa escenificación reaccionaria con Temer en el sillón presidencial. Intentaron luego institucionalizar esa alianza con el ingreso de Moro al gobierno de Bolsonaro, pero fracasaron y el juez renunció a su cargo de Ministro de Justicia del bolsonarismo con denuncias cruzadas entre uno y otro.

Luciani sueña con Moro y Brasil, pero el peronismo está muy lejos de parecerse al PT. Mientras Lula y Dilma gobernaban el país, en la mayoría de los Estados y los municipios gobernaban partidos como el MDB (de Temer) y el PSDB; en el Congreso, la mayoría no la tenían ellos sino sus aliados “prestados”, que mayoritariamente rompieron para votar voltear a Dilma. El arraigo del peronismo en el aparato del Estado argentino es cualitativamente superior: gobiernan la mayoría de las provincias, tienen mayoría propia en el Congreso, sus jueces afines, el respaldo de una parte no menor de la clase capitalista, una de las burocracias sindicales más poderosas del mundo… Cristina no es Lula, Argentina no es Brasil.

Quisieron golpear en el peor momento del gobierno del Frente de Todos, pero éste logró estabilizarse de momento con la asunción de Massa y la avanzada contra CFK puso en fila de unanimidad a todo el peronismo.

Mientras tanto, el PRO y sus satélites están lejos de tener la iniciativa política como para aprovechar algún momento político favorable, ni siquiera uno regalado por fiscales o jueces amigos. Su interna los absorbe y nada se termina de definir entre un Larreta de centroderecha “con consenso” y una Bullrich reaccionaria que insinúa un gobierno más fuerte, y que también mira con cariño a Bolsonaro.

Por abajo, las cosas se mueven

No tienen lugar en los medios y la prensa, los políticos no hablan de ellos, para los jueces y fiscales ni existen. Pero los trabajadores que sienten el ajuste sobre sus espaldas están saliendo a las calles cada vez más.

La pelea de los obreros del Neumático viene siendo la principal lucha de vanguardia desde hace meses. La exigencia de las horas de fines de semana al 200% es un intento de recuperar una conquista histórica arrancada a los trabajadores durante la derrota de los 90. Con los paros y bloqueos, lograron que se comenzara a hablar de su lucha. Pero son sobre todo los patrones multimillonarios los que desfilan por los medios para tratar de deslegitimar los reclamos obreros.

En su más reciente comunicado, la Lista Marrón del gremio denunció que los empresarios se mantienen duros y al reclamo de los trabajadores respondieron con una provocación tras otra. Se retiraron de las negociaciones, mantuvieron la miserable propuesta de abril (rechazada múltiples veces), Pirelli impuso un lockout, en FATE quisieron usar al personal de seguridad como carneros. Apuestan al desgaste, a que las medidas parciales no han terminado de ser efectivas y a que la dirección del SUTNA le cuesta impulsar la radicalización por abajo. Pero la pelea sigue firme.

También en los últimos días fueron las importantes marchas y el acampe en Plaza de Mayo contra el ajuste en Discapacidad. La movilización se replicó en el interior del país: Córdoba, Río Negro, Mendoza, Tucumán, Rosario, vio a los trabajadores de Salud y Educación en la calle. El ajuste de Massa al sector golpea duramente a quienes ya están masivamente precarizados, que en algunos casos no cobran hace seis meses.

Continúan también las rebeliones docentes en el interior, que en estos días tuvo a Córdoba por protagonista. Decenas de miles de trabajadores de la Educación se movilizaron y le arrancaron a la conducción sindical de la UEPC un paro, que fue masivamente acatado por la base. Los reclamos de los colegios son por salario, pero también por el deterioro inmenso de los colegios después de la pandemia. También exigieron justicia por Karina Moyano, una maestra que murió por una neumonía y cuyo cuadro de salud empeoró gravemente por el sufrimiento de acoso laboral, según denuncian sus compañeras de trabajo.

Luego de la marcha del 17 de agosto, las direcciones sindicales tradicionales hicieron silencio y le regalaron el debate público a una agenda diferente a los reclamos de los lugares de trabajo, de los colegios, de los centros de salud. Las luchas contra el ajuste, gracias a ellos, están divididas entre sí, aunque sean importantes.

La coyuntura va como por dos carriles. Por un lado, la pelea entre los de arriba; por el otro, la verdadera “grieta” del ajuste económico que el gobierno y las patronales aplican a la clase trabajadora.

Rechazamos el ataque reaccionario para que la justicia resuelva el futuro político de Cristina K. Pero no nos hacemos participes del “show” de utilizar la circunstancia para legitimar un gobierno ajustador.

El eje de la actividad de la izquierda debe ser impulsar la lucha contra el ajuste de Massa y el gobierno. Imponer y exigir desde abajo un paro general mientras que se apoyan todas las luchas para que triunfen, en primer lugar la del Neumático.

Al mismo tiempo, sigue planteada la necesidad de un Encuentro Unificado de Trabajadores ocupados y desocupados que construya una agenda común, así como convocar a una Jornada Nacional de Lucha por las reivindicaciones comunes de los obreros del Neumático, de los desocupados, de los trabajadores de la Educación y de la Salud.

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