• Hegel no era ningún reaccionario y manifestó una gran simpatía por la Revolución francesa.

Articulo de jacobin

Harrison Fluss

En julio de 1820, G. W. F. Hegel y sus estudiantes arribaron a Dresde con el fin de hacer un recorrido artístico por la ciudad. No estaba siendo un gran año para los círculos liberales ni revolucionarios.

Las tropas de Napoleón se habían disuelto y los poderes reaccionarios habían restaurado el antiguo orden por medio de la Santa Alianza. Con la policía secreta espiando a todo el mundo, no era fácil manifestar sentimientos de simpatía hacia la Revolución francesa y los fantasmas del progreso. La reacción forzaba a mantener esos afectos en las penumbras, a tal punto que hablar favorablemente de la revolución en público o en eventos oficiales constituía prácticamente un acto de locura. Esto hace que la escena descrita por Terry Pinkard sea todavía más extraordinaria.

Hegel —a quien alguien definió una vez como un filósofo del Estado prusiano— reunió en una mesa a sus amigos y compañeros y pidió unas botellas de Sillery, el champagne más caro y distinguido de la época. Repartió las bebidas y «cuando quedó claro que ninguno sabía por qué bebían justo ese día, Hegel se mostró sorprendido y dijo realzando la voz, “Este vaso es por el 14 de julio de 1789; celebremos la toma de la Bastilla”».

No hace falta decir que el brindis sorprendió a todos los estudiantes que acompañaban al filósofo, entre ellos a Eduard Gans, futuro profesor de derecho de Marx. ¿Tan temerario era Hegel como para expresar esa peligrosa afinidad en el punto más álgido de la restauración europea?

Ser un filósofo es ser un «expositus», es decir, una persona que acepta la exposición: eso fue lo que alguna vez le dijo Hegel a Immanuel Niethammer. Cuando la Revolución francesa redescubrió que el Nous, la razón, gobierna el mundo, Hegel, el filósofo de la razón, independientemente de su desempeño como profesor de filosofía del Estado prusiano, tuvo que aliarse con esas fuerzas progresivas y potencialmente subversivas. Entonces, la filosofía de la razón absoluta tenía consecuencias políticas concretas.

La Revolución francesa influyó de manera decisiva en la vida y en el pensamiento de Hegel. Una de las primeras anécdotas que nos quedan de su vida estudiantil en el seminario de Tubinga cuenta que, el 14 de julio de 1793, durante el período de apogeo del terror jacobino, junto a Hölderlin y Schelling, sus compañeros de cursada, Hegel plantó un «Árbol de la Libertad». Luego los tres bailaron a su alrededor y entonaron canciones con la expectativa de que el nuevo despertar revolucionario llegaría pronto a Alemania.

Pero Hegel no se contentó con plantar un mayo: también fue miembro del Club Jacobino de Tubinga. Fue esa la experiencia que explica los pasajes subversivos que encontramos en sus «fragmentos históricos», escritos durante el período de Berna (1793-1797) y recopilados luego por Karl Rosenkranz. Transcribimos algunas citas:

Con el ejemplo de Pericles en Atenas, de los patricios en Roma —cuya ruina la influencia amenazante de los Gracchi y de otros intentó demorar en vano mediante propuestas de leyes agrarias— […], la historia nos muestra que, aun en el marco de la constitución más avanzada, la riqueza desmedida de ciertos ciudadanos es algo sumamente peligroso y es capaz de destruir la libertad […].
La determinación de la medida en la que debería sacrificarse el derecho a de propiedad en aras de una forma duradera de república es un tema de investigación importante. Tal vez no somos suficientemente justos con el sistema del sansculotismo en Francia, cuando buscamos la fuente de su exigencia de una propiedad más igualitaria exclusivamente en su rapacidad.

En los estudios históricos también encontramos este pasaje, probablemente uno de los primeros discursos jacobinos de Hegel, dirigido a un reaccionario que defiende el statu quo frente al despliegue de las energías revolucionarias del pueblo:

Hay una gran diferencia entre la pasividad de la subordinación militar (bajo una monarquía) y la rabia de la insurrección; entre la orden de un general y la llama de entusiasmo que la libertad enciende cuando corre por las venas de un ser vivo. Esta llama sagrada tensa todos los nervios; es a causa de ella, para gozar de ella, que la gente actúa. Sus esfuerzos son el goce de la libertad, y usted les pide que renuncien a él. Estas acciones, esta entrega a la gente, este interés, son el principio de toda actividad, y usted quiere que permanezcan en el letargo y en la inacción.

Durante su período de Jena, cuando publicó su obra maestra, la Fenomenología del espíritu —es decir, luego del Terror y de la caída de Robespierre—, Hegel adoptó una mirada más lúgubre y una distancia crítica frente al jacobinismo. Pero es importante comprender que Hegel nunca concluyó que el rol de los jacobinos fue regresivo. Siempre sostuvo que representó un progreso en el desarrollo de la libertad humana, o lo que Hegel denominaba el desarrollo del espíritu humano en la historia.

La crítica del Terror que emprendió Hegel fue más amistosa con los Jacobinos de lo suelen estar dispuestos a admitir los académicos. De hecho, hay quienes afirman que Hegel adoptó una posición contrarrevolucionaria, prácticamente idéntica a la de Edmund Burke. Contra esta perspectiva reduccionista es necesario recuperar las observaciones contenidas en los escritos y en las clases de 1805-1806.

En estas obras, Hegel enfatiza que, para que la idea de la libertad se haga carne, el espíritu necesita recurrir a la fuerza con el fin de crear las condiciones de esa libertad. Como dice en su cuaderno de aforismos de Jena: «A través de la conciencia (racional), el espíritu interviene en el orden del mundo. Esta es la herramienta infinita del espíritu, como también lo son las bayonetas, los cañones y los cuerpos».

Hegel pensaba que el espíritu —la actividad que realizan los seres humanos cuando toman conciencia de su libertad— debía realizarse en la historia. Las condiciones no siempre son propicias. Es decir, no siempre son revolucionarias. Pero cuando la materia al alcance resulta ser la indicada, se plantea el imperativo de expresar los intereses del espíritu como un hecho histórico objetivo.

La libertad del espíritu encarna, según Hegel, en la unidad racional de un pueblo. Pero la libertad universal no cae del cielo. Antes debe «reunirse en esta unidad», debe constituirse en «una voluntad universal, a partir de la voluntad de los individuos».

Con todo, la voluntad de las personas no siempre es transparente para ellas mismas. En otras palabras, sirviéndonos de la terminología de Hegel, diremos que es posible que permanezcan atrapadas en «su inmediatez». En ese caso, la creación del Estado presupone la superación de dicha inmediatez, que históricamente se logra mediante la guerra y la dictadura revolucionarias. Entonces, en sus clases de Jena, Hegel justifica las medidas de emergencia y la dictadura en el contexto de las amenazas internas e internacionales que enfrentaba la Francia revolucionaria.

Para Hegel era la enorme fuerza de los revolucionarios franceses la que «sostenía el Estado [y] la totalidad, en general». En vez del ejercicio caprichoso y arbitrario del poder despótico, la dictadura revolucionaria francesa era lo que Hegel llamó una tiranía de la «pura dominación del temor». O, en palabras de Robespierre y Saint-Just: el terror. Para Hegel, dicha dominación era «necesaria y justa», pues «constituye y sostiene el Estado como un individuo actual».

Sin embargo, la tiranía jacobina se volvió rápidamente superflua: perdió las ataduras que la unían a las necesidades de su época y se convirtió en terrorismo en el mal sentido, es decir, un terrorismo desacoplado de la necesidad histórica. La interpretación de Hegel se adecúa a la lógica especulativa de la revolución presentada en la Fenomenología del espíritu: los aspectos voluntaristas del régimen jacobino se transformaron en una noche oscura de conspiración y muerte.

Pero sería un error pensar que la crítica de Hegel es una crítica de derecha. En la Fenomenología…, Hegel reconoce la necesidad del momento de la «libertad absoluta y el terror» como parte del desarrollo de la libertad humana, y es importante notar que entiende que la existencia de Robespierre es un hecho necesario.

Una vez que el pueblo se salva de la contrarrevolución, y los tiranos —tan necesarios como progresivos— instituyen un proceso de educación popular, su existencia debe ser reemplazada por la ley. «A través de la obediencia (a la voluntad racional), la ley deja de ser una fuerza ajena para convertirse en una voluntad universal reconocida».

A pesar de que la gente considere que la tiranía es aborrecible o moralmente repugnante, el motivo real por el que se la derroca no es su maldad, sino que deja de ser necesaria para el desarrollo de la libertad humana. De acuerdo con Hegel, Robespierre no cayó porque era malo, sino «porque la necesidad lo abandonó, y luego fue depuesto por la fuerza». En un pasaje bastante enigmático, Hegel afirma que «lo necesario (la caída de la tiranía) termina aconteciendo, pero cada porción de necesidad suele estar destinada únicamente a los individuos. Puede haber acusadores y defensores, jueces, y hasta verdugos, pero todos son necesarios».

Es importante notar el telos emancipador que Hegel le atribuye a la tiranía racional: Se supone que su ejercicio debe ser temporario y ayudar a sostener y proteger las fuerzas y tendencias progresivas. De esta forma, se disuelve la oposición tajante entre la dictadura y la libertad, pues la primera ayuda a promover la segunda.

Es posible definir a los jacobinos como la expresión de un movimiento histórico real en el proceso de superación de la irracionalidad del feudalismo. Para sostener su poder se apoyaron en las fuerzas populares y, al mismo tiempo, ayudaron a desarrollar esas mismas fuerzas. Hegel también reconoció el carácter necesario de los métodos revolucionarios plebeyos en el caso de los hermanos Gracchi y su lucha contra los patricios romanos. Y, aunque nunca escribió explícitamente sobre la revolución haitiana, Hegel se refiere a la «república libre y cristiana» de Haití, fundada luego de la revuelta de esos esclavos negros convertidos en jacobinos.

En su último ensayo sobre la ley de reforma inglesa de 1831, Hegel admite que la constitución jacobina de 1793 fue el documento más democrático de la historia universal. Pero lo cierto es que terminó siendo solo un papel. Los intereses de la revolución se desarrollaron de una manera mucho más prosaica que las ideas y la retórica sublimes de los jacobinos democráticos.

Con la llegada del bonapartismo, la misma prosa adoptó el estilo de la dictadura y la guerra. Hegel había criticado a los jacobinos por sus excesos y porque estos excesos eran el resultado de su falta de eficacia histórica. En cambio, cuando escribió la Fenomenología del espíritu, Hegel estaba comprometido con los ejércitos de Bonaparte y con la destrucción que propagaban por toda Europa. Cuando Hegel, en su cargo de editor de un diario de Bamberg, empezó a escribir propaganda bonapartista se convirtió, si queremos ponerlo en términos leninistas, en un derrotista revolucionario. Quería que su gobierno perdiera y fuera restructurado por los franceses.

La Fenomenología del espíritu es un manifiesto posjacobino y bonapartista, el presagio de una nueva era racional que avanza con el emperador a la cabeza. En una carta a Niethammer de 1808, Hegel afirma que la voluntad celestial había encarnado en la voluntad del emperador, pues Napoleón era, según Hegel, el único agente disponible en esa época capaz de desarrollar las ideas de la revolución. Bajo la mirada alemana de Hegel, Napoleón sería capaz —al menos durante cierto tiempo— de convertir la revolución permanente de Robespierre en una guerra permanente para exportar la revolución. En las páginas del diario para el que Hegel escribía en Bamberg, su simpatía por la exportación de la revolución se concretó en el apoyo a la Confederación del Rin.

Después de Waterloo, Hegel tuvo que posponer su bonapartismo en favor de la prosa todavía más seca del Estado prusiano, un Estado al que con frecuencia criticaba de manera encubierta. Pero es importante entender que la justificación parcial del jacobinismo con la que se comprometió Hegel se fundaba sobre todo en un reconocimiento de la necesidad histórica como parte de la odisea del espíritu. Esta comprensión dialéctica del jacobinismo: criticar el voluntarismo de su política, pero también valorar críticamente sus aspectos positivos, fue llevada a otro nivel por Marx.

Es decir que eso que podríamos denominar el espíritu jacobino de Hegel no se perdió. Fue recuperado por los pensadores políticos que supieron descubrirlo. Cuando era un joven hegeliano, Bruno Bauer, mentor de Marx, comprendió que la esencia del pensamiento de Hegel era jacobina. Bauer escribe un poco en chiste y un poco en serio que «[Los hegelianos] no son alemanes, son revolucionarios franceses […]. No es casualidad si admiran la Revolución francesa y estudian su historia: si pudieran, la imitarían. Quién sabe si nuevos Danton, Robespierre o Marat no están creciendo entre ellos».

Friedrich Nietzsche, archienemigo filosófico de la Revolución francesa, a la que definió como «la última gran revuelta esclava» de la humanidad, pensaba que Hegel era su representante más fiel en el campo filosófico. Decía que había tanto esprit francés en Hegel que era difícil definirlo como un verdadero alemán y sostenía que el secreto de la política hegeliana estaba en el «egoísmo de las masas». Para Nietzsche, la expresión filosófica plebeya del hegelianismo solo conducía a la revolución y al socialismo.

Marx no entendió otra cosa: la esencia de la dialéctica hegeliana es crítica y revolucionaria. El viejo topo de Marx, que se abre paso hacia la luz de un mundo emancipado, es también una criatura hegeliana. Como dice Hegel en sus clases sobre filosofía de la historia, el topo del espíritu «sí que sabe cavar».

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