Pablo Presbere: “Defensor de la libertad de los Pueblos Originarios”

Gracias a la rebelión el avance español en Talamanca se logró detener y pasarían décadas para que los españoles regresaran a la zona.

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Presentamos un extracto del trabajo “La rebelión de los indígenas bajo la dirección de Pablo Presbere (Talamanca 1709-1710)” de Juan Carlos Solórzano Fonseca.

La rebelión indígena de Talamanca en 1709

Pocos meses después de que los frailes iniciaran el traslado forzoso de los indígenas, diversos líderes de las poblaciones talamancas, cabécares y teribes, incluidos los de la isla de Tójar (actual Isla Colón), lograron ponerse de acuerdo para coordinar acciones y, en asociación con los indígenas del pueblo de reduccion de Chirripó, atacar sigilosamente a los españoles.

Debido a que la rebelión tomó por sorpresa a los frailes y soldados estacionados en Talamanca, y por el hecho de que los españoles miraron esa acción como una “vil traición”, es difícil obtener una imagen clara de cómo fueron coordinados los ataques. Es evidente que los planes de los frailes misioneros comenzaron a provocar un trastorno insoportable para los indígenas, al forzárselos a desplazarse hacia asentamientos situados en las cercanías de Matina y al otro lado de la Cordillera, en los valles de la vertiente del Pacífico.

Para llevar a cabo una acción de resistencia coordinada, los indígenas tuvieron que superar sus disensiones internas, ya que cabécares, bribris y terbis por lo general mantenían rivalidades entre sí. De allí la importancia de la labor de los líderes locales para superar las diferencias y organizar la resistencia mancomunada contra los españoles.

La revuelta general fue dirigida por los jefes indígenas conocidos como Pablo Presbere y Pedro Comesala. Es poco lo que sabemos sobre ellos. El que tuvieran nombre cristiano es indicación de que habían aceptado previamente el bautizo y pertenecían a pueblos que los frailes habían reducido. Presbere era “cacique” de la parcialidad de Suinsi, tal como lo indican las fuentes españolas. Hoy se considera que este sitio corresponde al actual Suinxy o Tswi´tsi, ubicado en la margen derecha del río Coén, a unos cinco kilómetros al este de San José Cabécar. El investigador Luis Ferrero considera que Pablo fue el nombre escogido a partir del original de este líder, Pabru Presberi. El primero significa “jefe de las lapas” y Presberi, “pozas de aguas tibias o calientes”, aunque también podría significar “lugar de aguas salobres” (Bozzoli, 1983, p. 54). Según lo consignaron los propios frailes, antes de 1706, cuando los misioneros entraron con soldados armados, Presbere rehusó bautizarse y mostró gran oposición a los misioneros. Al final, aceptó el bautizo con el nombre de Pablo, probablemente por temor a los soldados, o bien, para ganar tiempo mientras maduraba sus planes de rebelión.

En cuanto al otro importante líder de la revuelta de nombre Comesala, es muy poco lo que quedó consignado en la documentación. Era un jefe indígena cabécar, cacique de las parcialidades donde los frailes fundaron la iglesia de Santo Domingo de Urinama, es decir, en las alturas que dividen Alto Telire y Alto Coén. (Barrantes, 1985, p. 28).

Ambos jefes sigilosamente organizaron el acopio de lanzas fabricadas con madera endurecida al fuego y rodelas (escudos) de cuero. Estas eran las únicas armas de que disponían los indígenas y con las que tendrían que enfrentarse a los soldados armados con mosquetes, alfanjes y machetes. Suinsi fue escogido para reunir a todos los guerreros que irían a participar en las acciones contra los españoles.

Desde Suinsi, Presbere se puso al mando de un grupo de cabécares y de terbis para dirigirse hacia el poblado de San Francisco de Urinama, donde se encontraba fray Pablo de Rebullida. Según un informe posterior, los indígenas que participaron en el ataque procedían de varios de los pueblos fundados por los frailes en Talamanca: San Juan de la Santísima Trinidad, San Buenaventura, San Miguel, San Agustín, Jesús Cabécar, Santo Domingo, Tuína y Cachaberí. El ataque tomó por sorpresa al fraile Pablo de Rebullida y sus pocos acólitos. Rebullida murió de una lanzada y luego los indígenas decapitaron su cadáver (Fernández, 1907, pp. 72-119). Recuperar y conservar la cabeza de un enemigo importante era una manera de apropiarse de los poderes que éste disfrutaba en vida.

Entre tanto, Comesala y los indígenas de Santo Domingo se encaminaron hacia el poblado de Chirripó, donde dieron muerte a fray Antonio de Zamora, a dos soldados y a la mujer e hijo de uno de ellos. Posteriormente, el día 28 de setiembre, otra numerosa fuerza de indígenas procedentes de los pueblos de San Buenaventura, Santísima Trinidad, San Miguel, San Agustín y Jesús, armados de lanzas y broqueles (escudos pequeños), atacaron el pueblo cabécar de San Juan, donde se encontraba fray Antonio de Andrade en compañía del cabo don Francisco de Segura y 23 soldados. Los indígenas atacaron por sorpresa y mataron a cinco soldados, en tanto el resto huyó a duras penas hacia el pueblo de Tuis, hasta donde los persiguieron los guerreros armados de lanzas y macanas.

Aunque los españoles trataron de resistir en Tuis, al final no soportaron el asedio de los indígenas y optaron por emprender la retirada hacia Cartago. Al huir, dejaron trece muertos en las montañas, entre los cuales estaban dos frailes, los soldados, la mujer y el niño de uno de ellos, así como algunos indígenas acólitos de los sacerdotes.

Después del ataque, los indígenas procedieron a quemar sistemáticamente las capillas, los conventos y las casas de cabildo que habían erigido los españoles. También destruyeron las imágenes y objetos sagrados de los frailes, ya que todos estos símbolos representaban una amenaza para su orden tradicional. Tan solo se salvaron las dos iglesias de Santa Ana y San Antonio en territorio de los indígenas bribris, quienes no participaron en el alzamiento. (Thiel, 1983, p. 135). La obra misional de dos décadas quedó así destruida y los indígenas recuperaron el control de su territorio.

Las fuentes documentales indican que en la rebelión participó la mayor parte de las comunidades autóctonas de la región de Talamanca. Transcribimos parte de la extensa carta-informe escrita en Cartago el 21 de octubre de 1709 por fray Antonio de Andrade, el único de los frailes que escapó con vida durante la sublevación:

…“el día 28 de Setiembre se armó contra nosotros a guerra, con tan bárbara crueldad, cual no ejecutara sino el hereje más tirano, pues no solo mataron los indios de dicha conquista a diez soldados, una mujer y a los padres compañeros fray Pablo de Rebullida y fray Antonio Zamora, a traición, estando la mitad de ellos enfermos, sino que pegaron a los cuerpos fuego, quemando iglesias y todo, robaron todos los ornamentos y cosas de ropa de las iglesias y quemaron las imágenes de los santos, y en fin, todo cuanto juzgó de maldad su malicia ejecutó su tiranía. Escapó el Cabo-Gobernador de los treinta hombres y diez y ocho soldados y de ellos salieron dos heridos, y por más amparo divino que defensa natural, porque se conjuró toda la conquista, desde los Urinamas hasta la Isla de Tójar, y todas tres naciones cabécaras, talamancas y térrabas se coligaron como estoy informado, y solo no cooperaron los de Chirripó; pero de los demás, los que no pelearon lo supieron, consintieron y lo callaron los que nos podían avisar” (Peralta, 1886, pp. 134-135).

Otros datos indican que a la rebelión se iban a sumar los indígenas concentrados en el pueblo de Boruca, o al menos así lo informaron algunos de los rebeldes capturados posteriormente. Estos dijeron que emisarios procedentes de Boruca les habían prometido rebelarse y cortarle la cabeza al padre fray José Rosas, cura doctrinero de Boruca. Sin embargo, no se conocen las razones por las cuales los borucas no participaron.

Represión española, captura y ejecución de Pablo Presbere

En Cartago, el gobernador Lorenzo Antonio de la Granda y Balbín, quien era un curtido militar, veterano de las guerras de Flandes y anterior gobernador de una provincia de Nueva Granada (actual Colombia), inició los preparativos para enviar una expedición de “castigo” a los rebeldes. Sin embargo, carecía de suficientes armas de fuego. Según una carta que le escribió al Rey, las pocas disponibles en Cartago estaban totalmente oxidadas. Por ello solicitó armas de fuego y blancas al Capitán General de Guatemala, las que fueron despachadas vía marítima desde Guatemala en noviembre de 1709. A principios de 1710 se recibió en Cartago el armamento: 100 armas blancas y 75 de fuego, 832 libras de pólvora, 4.000 balas, así como 4.000 pesos en dinero metálico (Fernández, 1975, p. 120)

Entretanto, el gobernador inició la leva de hombres y organizó la expedición que partiría rumbo a Talamanca, compuesta por 190 hombres. Fue necesario procurarse todas las provisiones de comida y municiones que se iban a requerir en ese lugar alejado de Cartago y donde probablemente los expedicionarios no iban a poder alimentarse de los plantíos de los indígenas.

En febrero de 1710, el gobernador, acompañado del fraile Antonio de Andrade, salió de Cartago a la cabeza de 120 hombres. Tomó rumbo hacia el sudeste en dirección de Boruca, en tanto que su teniente, el maestre de campo José de Casasola y Córdoba, y el resto de la tropa, se dirigieron hacia el norte. Este último grupo, luego de pasar por los pueblos de reducción de Ujarrás y Atirro en el Valle del Reventazón, se internó en territorio de Talamanca. Ambos grupos planeaban encontrarse en Cabécar.

Llegado a Boruca, el gobernador de la Granda y Balbín procedió a reclutar indígenas locales para emplearlos como cargadores y auxiliares de los soldados que se disponían a cruzar la cordillera e ingresar en Talamanca. Antes de su partida emitió una proclama para que llegara a oídos de los “apóstatas”, como fueron calificados los indígenas rebeldes. Les ofreció perdonarlos si aceptaban nuevamente someterse a la autoridad de los españoles, pero los amenazó con que si no se rendían los declararía “rebeldes, traidores” y en consecuencia, dijo: “merecedores de quemarlos vivos, como lo experimentarán en la guerra que desde luego les publico a todos los que no vinieren a dar la obediencia al Rey mi señor” (Peralta, 1886, p. 136).

Emitida esta proclama “a son de caja (tambor) y trompeta”, el gobernador mandó abrir un sendero en la montaña para comunicar Boruca con Biceíta, al otro lado de la cordillera. Aquí los indígenas prefirieron ponerse de parte de los españoles, probablemente por miedo a la numerosa tropa. Esto permitió al gobernador pasar hacia Cabécar, donde luego se le unió la fuerza militar encabezada por Casasola y Córdoba, que había llegado por el camino de Chirripó.

Granda se internó posteriormente en la montaña con destino a Cabécar y, en el curso de esta expedición, logró capturar al líder rebelde Pablo Presbere. Para ello se valió, según dijo, de un ardid. Entretanto, Casasola y sus hombres, una vez que se internaron en Talamanca, se desplazaron lentamente y con gran cautela. Una columna se separó del destacamento principal e hizo un reconocimiento del pueblo de Chirripó. Allí encontraron los restos del fraile Zamora: la cabeza desprendida del tórax y éste atravesado por una lanza hecha de madera de pejibaye. En Urinama encontraron un panorama similar: Rebullida había sido decapitado, pero no apareció su cabeza. Los españoles recogieron sus restos, los que fueron llevados a Cartago para darles cristiana sepultura.

En abril de 1710, Casasola y Granda juntaron sus fuerzas en Cabécar. Por espacio de varias semanas se dedicaron a rastrear a fondo montañas y sabanas en todas direcciones, y lograron capturar a varios de los dirigentes de la rebelión, entre los que se mencionan a Melchor Deparí, Pedro Bettuquí, Pedro Boquerí o Bocrí, Antonio Iruscara o Huerascara y Baltasar Siruro. No obstante, el cacique Comesala, considerado junto con Presbere uno de los principales dirigentes de la sublevación, logró escapar. Aparentemente buscó refugio en las partes altas de las montañas. Aunque se ofreció la paz a los rebeldes que se rindieran, éstos prefirieron huir. Los españoles encontraron así que los indígenas habían quemado sus campos y colocado numerosas trampas, poniendo afiladas estacas en el fondo de hoyos que luego cubrían con maleza (Fernández, IX, 1907, pp. 105-106).

Los soldados asentados en Cabécar permanecieron más de un mes en la región, rastreando el territorio con el fin de aprisionar el mayor número de indígenas posible. En el mes de junio ya habían capturado unos 700.

Una vez que las lluvias volvieron difícil la permanencia en la región, los soldados emprendieron el regreso llevándose a todos los indígenas que habían logrado capturar. De los 700 indígenas aprisionados, los documentos indican que unos 200 murieron o huyeron. Tal como lo había prometido el gobernador, estos indígenas fueron repartidos entre los expedicionarios, quedando así en una condición similar a la esclavitud.

Aunque la expedición fue enviada para castigar a los rebeldes, los españoles aprovecharon su entrada armada en Talamanca para tratar de hacer por la fuerza lo que no habían podido llevar a cabo los frailes, es decir, apoderarse de mano de obra indígena; pero 500 indígenas eran pocos comparados con los miles que los misioneros habían pretendido concentrar en las reducciones de las misiones franciscanas. Nueve años más tarde, el gobernador de Costa Rica informaba que de los 500 indígenas capturados, habían perecido cerca de 300 como consecuencia de la viruela y el sarampión.

En cuanto a los líderes rebeldes, éstos fueron interrogados en Cartago por las autoridades coloniales por medio del traductor Cristóbal Chavarría, quien dominaba diversas lenguas que hablaban los indígenas. A Chavarría se le describe como pardo libre y vecino de Cartago, criado entre los indios y asistido a los misioneros como traductor. Al final, la acusación se centró en Pablo Presbere, a quien el gobernador de la Granda y Balbín condenó a muerte, acusándole de ser el instigador y dirigente de la rebelión.

A Presbere se le impuso la pena capital bajo el cargo de rebelde al Rey. Los documentos indican su comportamiento altivo. Aunque no dominaba la lengua española, dio su testimonio en la suya, el bribri. Varios indígenas le acusaron de ser el principal instigador y ejecutor de la rebelión, pero Presbere no esquivó la acusación y se negó a señalar como cómplice a alguno de sus correligionarios, pues cuando se le preguntó “si conocía que otros indios (…) sean cómplices en el alzamiento y muerte: dijo que no sabe ni oyó decir que ninguno de los dichos indios hiciese tal cosa”. Aunque se le hicieron otras preguntas y repreguntas en razón de la dicha conspiración y muerte de los misioneros y soldados, simplemente señaló que “dice lo mismo que tiene dicho”. Es decir, se negó a dar detalles (Barrantes, 1985, p. 48).

Se le preguntó en el interrogatorio: “cómo se llama, de á dónde es natural, que edad y oficio tiene”, a lo que respondió: “que se llama Pablo Presbere y que es de la nación que llaman Suinse en la Provincia de Talamanca y que es cacique de dicha nación”. Como no pudo decir su edad, las autoridades que lo interrogaron dijeron que por su aspecto “parece ser de más de cuarenta años”.

Como justificación de la rebelión, dijo que los indígenas de “Tuina, Cabécar y San Buenaventura y los de San Juan y Santo Domingo” observaron a los frailes y soldados escribir papeles para enviar a Cartago. Así se corrió la voz entre los indígenas de que por este medio pedían soldados para que vinieran a sacar a los indios de sus pueblos, y que por ello decidieron atacarlos.

El 1 de julio de 1710 se le condenó a muerte por medio del garrote vil, método de ejecución reservado a rebeldes y criminales, pero como no había en Cartago tal instrumento de muerte, el gobernador decidió que fuese “arrimado a un palo, vendados los ojos, ad modum belli sea arcabuceado (…) y luego que sea muerto le sea cortada la cabeza y puesta en el alto que todos la vean en el dicho palo.” La sentencia se cumplió el 4 de julio de ese año.

El gobernador dejó abierta la causa contra los demás líderes indígenas implicados en el alzamiento de 1709, y quedó a la espera de mayores pruebas para dictar la sentencia. Dada la escasez de brazos en Cartago, los indígenas llevados a Cartago fueron repartidos entre los españoles que participaron en la expedición. Por su parte, otros dirigentes indígenas capturados, según indican los documentos, murieron en la cárcel, como Pedro Boquerí o Bocrí.

Después de la sublevación indígena y de la represión subsiguiente, los frailes solicitaron al Rey apoyo para relanzar la campaña misional. El Rey escribió entonces a las autoridades de Guatemala pidiéndoles que elaboraran un plan para reanudar las misiones en Talamanca; pero poco después un gran terremoto asoló la ciudad de Santiago de Guatemala y todo lo planeado cayó en el olvido. (Fernández Guardia, 1975, pp. 194-195, Fernández, 1886, p. 488).

Desde el punto de vista de los indígenas de Talamanca, aunque habían sufrido como resultado de las acciones de las expediciones punitivas enviadas desde Cartago y lamentando la captura de 700 de sus congéneres, la rebelión constituyó un gran éxito: los españoles tuvieron que abandonar la región del Caribe sur como consecuencia de la rebelión, por lo que recuperaron su independencia y soberanía sobre el territorio de Talamanca. El sacrificio de Presbere quedó grabado en la memoria colectiva de los indígenas y se mantuvo en la tradición oral de las poblaciones de Talamanca hasta el día de hoy, aunque como simple historia (Bozzoli, 1985, p. 67).

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