La persistencia del Argentinazo

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Telam 20/12/04: LEVANTAMIENTO POPULAR DEL 19 Y 20 DE DICIEMBRE DE 2001, que derivó en la caída del gobierno de Fernando de la Rúa. Foto: Enrique Garcia Medina

 

  • A 20 años de la rebelión popular argentina del 2001.

Eric Tano Simonetti

Se cumplen 20 años de la rebelión popular del 2001. Y como la mayoría de los diciembres desde entonces aparece el fantasma de su posible repetición: “¿será este diciembre uno “caliente”? es una pregunta que todos los fines de año, a veces con más o menos realismo, activa planes de contención social por parte de los gobiernos de turno. Una suerte de mecanismo preventivo que expresa la fuerza histórica que aún siguen teniendo esos días de lucha en las calles. Demás está señalar, por lo tanto, que la actualidad del Argentinazo no estriba sólo en su significación histórica sino en los efectos a largo plazo, su persistencia en el tiempo, que es en sí misma toda una cuestión a comprender indispensable para la calibración de toda acción política y, mucho más, para la acción política de una organización revolucionaria.

Para abordar al Argentinazo vamos a pasar revista por tres dimensiones. En primer lugar, en qué consistieron los hechos en sí mismos y su ubicación relativa en la historia argentina reciente. En segundo lugar, cuál es el impacto posterior de esos acontecimientos, los efectos de su onda expansiva, los procesos sociales y políticos que generó, las relaciones de fuerza que gestó y que cosas sepultó y cuáles dejó en pie. Y, por último, y como consecuencia de los dos análisis precedentes, cuáles tareas políticas colocó sobre la mesa y cuáles dejó pendiente.

Lo que emerge en el Argentinazo

Diciembre de 2001 fue la explosión que decantó luego de años de luchas sociales contra las políticas capitalistas inauguradas por la última dictadura militar y coronadas por el menemismo durante los 90.  A fines de Siglo XX se fue gestando un proceso de luchas con fuerte presencia de los trabajadores que eran despedidos y se organizaban y cortaban rutas peleando por recuperar la fuente de trabajo. Ahí nace, pasados mediados de los 90´, el movimiento piquetero: la clase trabajadora expulsada de su fuente laboral oponía resistencia. Con el tiempo y el crecimiento de la desocupación, la pobreza y la desigualdad social este tipo de lucha fueron generalizándose hasta que en el pico de 25% de desocupación del año 2001 este sector de la clase se volcó a organizar movilizaciones y piquetes pidiendo trabajo y asistencia social inmediata para paliar el hambre que se vivía en los barrios. Un actor que tenía algunos años incubándose, nutrido de militantes de viejas experiencias políticas que se ligaban a un nuevo fenómeno de lucha, y que al calor de la crisis económica desatada se constituye como un movimiento de masas de la clase trabajadora desocupada, y miles y miles copan las calles de los principales centros urbanos, con epicentro en el gran Buenos Aires, expresando experiencias de autoorganización a lo largo y ancho del país.

Toda esa marea profunda de los sectores desocupados de los trabajadores empalma a fines de 2001 y se desarrolla y crece en el 2002 con las clases medias empobrecidas que ponen en pie las Asambleas Populares en distintos barrios de la Ciudad. La consigna que se volvió popular que sintetiza esa alianza de clases fue “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Fue un momento donde las clases medias giraban a izquierda y se ligaban, por medio de la lucha, a los trabajadores más golpeados por la enorme crisis económica. Que amén de ser progresiva adolecía de contener lo que era necesario: la unidad del conjunto de la clase trabajadora en un movimiento de lucha común.

Otra expresión de las clases medias fue el movimiento estudiantil. Luego de una larga letanía los estudiantes universitarios habían protagonizado en el 95 y 96 la resistencia a la Ley de Educación Superior votada por el peronismo y el radicalismo, forjando una experiencia que marcará esos años y dejará jalones políticos en la vanguardia estudiantil que a partir de entonces protagonizará las luchad contra el ajuste de Menem y luego de De la Rúa entre el 2000 y 2001. Si bien el movimiento estudiantil no se constituyó en un movimiento de masas que atraviese de punta a punta al estudiantado, sí llegó a tener una dimensión de importancia que fue forjando a toda una nueva generación de activistas que irían vertebrando la estructura de muchas de las organizaciones políticas existen hoy en día.

El tercer actor fueron los trabajadores ocupados, que luego de un largo período de retroceso, comienzan a sacar la cabeza.A su vanguardia se colocaron quienes protagonizaron ocupaciones de fábricas y experiencias de gestión obrera. Experiencia que fue bastante acotada en su extensión, pero que de desarrollarse y generalizarse hacia al conjunto de la clase hubiese transformado la rebelión popular en un proceso verdaderamente revolucionario, esto es, con centralidad en la clase obrera ocupada.

Pero la actuación de los trabajadores durante la rebelión popular en general no tuvo el grado de impronta, nivel de autoorganización independiente y radicalización que lo pusiera a tono con la tendencia a la acción directa que sí tuvo el movimiento de desocupados. La combinación de la derrota impuesta por el menemismo, el miedo a luchar por el peligro de caer en el desempleo de masas, más la regimentación completa de la burocracia sindical impidió que el sector más poderoso de la clase obrera sea un actor durante el Argentinazo, lo que configuró su principal límite.

Por ejemplo, durante el 2000 y 2001 hubo varios paros convocados por la CGT de Moyano y la CTA que si bien algunos fueron de importancia (como el del 13 de diciembre del 2001), no lograban paralizar el país y no llegaban a transformarse en verdaderas movilizaciones masivas de la clase trabajadora, un poco por la inercia del reflujo de la lucha de clases de más de una década, otro por la acción consciente de la burocracia que siempre se preocupó que los paros sean en general mayormente “domingueros” y aún cuando llamaba a movilizar lo hacía de forma dosificada de modo de no provocar una dinámica que vaya más allá y comience a tomar un curso independiente de su control. En términos generales, aún con los matices del caso, la burocracia sindical, incluida la “progresista” de la CTA, se jugó a la desmovilización y a la contención de la lucha de los trabajadores. A mantenerlos lo más pasivos y ajenos de la dinámica de la rebelión que sea posible.

Así y todo, estos dos años fueron un cambio de tendencia con respecto al período anterior de los 90´ y abrieron una nueva época de creciente participación de los trabajadores en la vida social, sindical y política, dando emergencia a lo que denominados el proceso de recomposición obrera, esto es, de la reconstrucción de la clase como sujeto activo, consiente y organizado.

Repasando, las fuerzas sociales que actuaron en la rebelión popular fueron entonces tres: las capas desocupados y empobrecidas de los trabajadores que despuntaron en una verdadera rebelión del hambre, empujados por la imposibilidad de satisfacer necesidades elementales de supervivencia; las clases medidas empobrecidas que vieron deteriorada su posición social y en el remate de diciembre de 2001 confiscados sus ahorros; y a la vanguardia las ocupaciones de fábrica. Uno de los problemas fue la falta de unidad de todo el movimiento social emergente y más grave aún: la falta de unidad de todo el movimiento con la clase obrera ocupada, atada de pies y manos por la burocracia sindical.

En lo que hace al contenido político de la rebelión tuvo algunos andariveles que se fueron superponiendo. La motivación social fue el hambre, la desocupación de masas y el empobrecimiento generalizado de la población. Por eso fue una verdadera rebelión de grandes capas de la población, configurando una verdadera marea imparable que se levantó contra el régimen democrático burgués mediante la consigna “que se vayan todos”, dando cuenta del odio que había contra el personal político tradicional. Vale decir que fue una rebelión contra la “democracia” pero democrática, popular, de las grandes masas de la población y por eso mismo completamente legítima. No sería el caso si fuesen otros sujetos con otros motivos los que se rebelen contra la democracia, como el caso de los militares, grupos de derecha, patronales como en el lockout agrario del 2008 o como en el 2020 las fuerzas policías. Eso serían cuestionamientos por derecha a la democracia burguesa. La rebelión del 2001 fue altamente progresiva por eso mismo: cuestionaba a la democracia por no realizar la consigna alfonsinista de “con la democracia se come, se educa y se cura”, la corría por izquierda y le exigía que la realice, no que la declame.

Pero la rebelión no sólo cuestionó a la “casta” política, sino también a parte del sistema económico y a un modo particular de su funcionamiento: el llamado neoliberalismo y sus naves insignias, los bancos. Instituciones sacrosantas del sistema capitalista que ante las confiscaciones de los depósitos fueron invadidas por las clases medias al punto tal que fueron tapiadas con tablones y fuertemente custodiadas por la policía. Claro que esto no significa que el capitalismo haya sido cuestionado como tal: no había en las grandes masas un cuestionamiento político a la sociedad capitalista sino una impugnación de hecho a la crisis social y a los ataques concretos, que en la traducción en el terreno ideológico fue más bien una rebelión contra el “neoliberalismo”, entendido como una forma de llevar las políticas pro-mercado más allá del límite soportable por la población.

Tanto el cuestionamiento al régimen democrático burgués como al funcionamiento económico específico del capitalismo sufrieron de límites que son otras de las características que hicieron que la rebelión no se profundice y adquiera elementos y un contenido más revolucionario. No había una conciencia política anticapitalista y mucho menos un horizonte de transformación socialista, lo que evidentemente no tiene raíces exclusivamente autóctonas sino internacionales y que son moneda corriente en todos los procesos de rebelión popular que surcaron la urbe durante las dos primeras décadas del siglo XXI. El fallido intento de emancipación del Siglo XX con la clausura del proyecto socialista impregnó a las nuevas generaciones y puso enormes límites a las nuevas rebeliones de este siglo. Y fue con esa conciencia atrofiada de perspectiva histórica que las grandes masas del Argentinazo entraron en la escena de lucha de clases. Fueron más bien empujadas por las presiones de la vida insoportable, pero sin armas políticas e ideológicas estratégicas que les permitan ir más allá y abrir un proceso de transformación revolucionario de la sociedad.

Lo que persiste del Argentinazo

La rebelión trajo enormes consecuencias políticas. En el plano político general cambió el período histórico de ofensiva capitalista y retroceso de los trabajadores comprendido entre la dictadura militar y el menemismo. Y luego, para domesticar el aire de rebeldía que se había impregnado de la población, la clase dominante encarnada por el kirchnerismo tuvo que hacer toda una serie de concesiones económicas que fueron conquistas de la rebelión, logrando en una medida importante pasivisarla y encauzarla por las instituciones de la democracia burguesa.

La más estratégica de las conquistas fue la recuperación de millones de puestos de trabajos que hicieron posible a las nuevas generaciones desocupadas ingresar hacia reparticiones laborales de todo tipo. Lo que había estado en la calle peleando ahora entraba a trabajar. Una nueva generación de jóvenes trabajadores comenzaba a ser parte de la clase obrera en sentido estricto luego de haber protagonizado una experiencia de lucha colectiva, de masas, de haber derribado presidentes, de ser parte de un proceso donde verificó con su propia acción que a través de la lucha y la organización es posible cambiar algo. Este registro de la propia experiencia es común a toda la generación del 2001, tanto los que la vivimos desde el movimiento estudiantil universitario como de la juventud desocupada que luego ingresó a las filas de la clase trabajadora. En esta conciencia, en esta comprensión, en estas batallas ganadas, en estas experiencias y procesos de organización y en las conquistas obtenidas operan las relaciones de fuerzas actuales que se anudaron durante esas jornadas revolucionarias.

La cuestión de las relaciones de fuerzas es otra de las cuestiones de importancia a considerar sobre los efectos del Argentinazo. Lo primero a decir es que durante la rebelión operaron relaciones de fuerzas de largo alcance histórico a favor de los trabajadores. Nos referimos a las conquistas democráticas obtenidas a partir de la derrota de la dictadura militar, que le marcaron la cancha a la clase dominante sobre las formas de la dominación, esto es, que Argentina no es pasible de ser gobernada por un régimen autoritario, dictatorial, sino a través a la democracia burguesa y sus libertades democráticas. Por esa razón, el punto más alto de la rebelión de diciembre de 2001, su momento insurreccional con los enfrentamientos en Plaza de Mayo y el microcentro, fuera a partir del 19 de diciembre cuando De la Rúa decreta el estado de sitio, un cercenamiento directo de las principales libertades democráticas. El gobierno fue más allá de lo que las relaciones de fuerza le permitían y las masas en las calles lo tiraron abajo, a él y al estado de sitio.

Este plano de las relaciones de fuerza en el orden de las conquistas democráticas son las que se manifiestan cada 24 de marzo, en marchas masivas cada año por la desaparición de Julio López en la Ciudad de La Plata, en la Plaza de Mayo explotada contra el 2×1 a los genocidas bajo el gobierno de Macri. Son la expresión de un “punto de corte” de hasta dónde puede ir la dominación de clase en el país, y siguen intactas y actuantes cada vez que son probadas.

Lo que trajo de nuevo el Argentinazo es otra dimensión de las relaciones de fuerzas entre las clases, más profundas y materiales que las que hacen al régimen político. Se trata de las relaciones que se establecen de forma más directa en los propios lugares donde se desarrolla la sociedad: en los lugares de trabajo, de estudio, en los barrios y en toda la vida social en general. Ante todo, impregnó las relaciones entre los trabajadores y los empresarios, fortaleciendo relativamente a los primeros contra los segundos, empoderando a una nueva generación para que no se dejé pisotear y además también pelee por nuevas conquistas. Al día de hoy se registran expresiones de resistencia y reclamos en fábricas grandes donde se concentran contingentes más poderosos de la clase obrera pero también en fábricas más chicas donde las cosas siempre son más difíciles.

Una nueva realidad que fue gestando infinidad de luchas y procesos de organización independientes donde se produce una fusión entre un nuevo activismo que se destaca en la lucha y un activismo militante político que va de perfiles de izquierda hasta reformistas. La lista de estos procesos es enorme, así como sus derroteros de los más variados, de los más estables y permanentes, hasta experiencias derrotadas, pasando por hechos fugaces que no llegaron a cristalizar en organización, hasta procesos burocratizados. Una enorme riqueza de experiencias donde opera un elemento que es común y es subproducto de esta nueva época abierta por el Argentinazo: la tendencia de la clase obrera y de los explotadas y oprimidos a hacerse valer, a plantarse, luchar y organizarse.

Proceso que sigue completamente abierto y vivo entre las generaciones obreras más jóvenes que cuando ingresan a trabajar viven esa relación de fuerzas conquistada, esos límites que cada día, en cada línea de producción, en el comedor, en los pasillos, en los baños, los trabajadores les fijan a los líderes y a las patronales. Y que por señalar dos ejemplos la vivencia de la rebelión entre los trabajadores recordamos cuando se dio el proceso de recuperación del SUTNA (sindicato del neumático) y se echó, a través de la lucha, a la burocracia sindical, los obreros cantaban “que se vayan todos”. Hoy, a 20 años volvió a ser entonada por los trabajadores de YPF cuando festejan la semana pasada la recuperación de un gremio que había estado en manos una burocracia pegotista durante 25 años: toda una expresión de las marcas históricas que dejó la rebelión y como vive entre la clase.

Así, el impacto sobre las relaciones de fuerza fue amplio y profundo, tocando placas tectónicas de la sociedad. Fueron estas fuerzas las que tiraron “40 toneladas de piedras” frente al Congreso en diciembre de 2018 cuando Macri se aprestaba a una reforma jubilatoria y laboral y se activaron las “defensas” adquiridas por todos estos años de acumulación orgánica entre los trabajadores. Había estatales, docentes, metalúrgicos, del Astillero Río Santiago, movimientos sociales, los partidos de izquierda y todo tipo de trabajadores autoconvocados de forma individual o en grupos que fueron a combatir para ponerle un freno al intento de hacer retroceder determinadas conquistas. Si finalmente esa reforma jubilatoria fue aprobada no así la reforma estructural de elevación de la edad y tampoco la laboral. La burguesía trató de emular las relaciones de fuerzas más a la derecha de Brasil, pero no puedo: se encontró con una fiera indomable. Argentina seguía siendo el país del Argentinazo. Macri sufriría esa realidad un años después en las elecciones generales.

Más allá del Argentinazo

La enorme progresividad histórica del Argentinazo estriba en que configuró una experiencia de acción colectiva de las grandes masas, que inauguró un proceso de reconstrucción de sus fuerzas que al continuar abierto al día de hoy nos coloca el desafío y la tarea de transformarlas en fuerzas que trabajen en la perspectiva no ya de una rebelión sino de una revolución. Y en este punto vale una digresión sobre la diferencia entre ambos tipos de manifestaciones sociales.

En primer lugar, una rebelión popular no es una revolución social. La rebelión no sustituye ni forja organismos pasibles de sustituir a la clase dominante, y sólo se limita a desbordar las instituciones de dominación de clase sin cambiarlas. Puede voltear gobiernos y hasta regímenes políticos, pero no toca a la clase social dominante. En las últimas dos décadas hubo todo tipo de rebeliones en el mundo que sacudieron los sistemas políticos, pero ninguna, hasta el momento, logró constituirse en una verdadera revolución social. No han surgido de forma sostenida y generalizada, organismos de poder de las masas y/o de la clase trabajadora. En todo caso se limitaron a coordinadoras o espacio de unificación de medidas de lucha prolongadas en el tiempo. Cosas parecidas a los soviets rusos, a las juntas españolas, a las coordinadoras interfabriles chilenas, a los comités de fábricas en Italia aún no se han puesto en la palestra de la lucha de clases.

Estamos todavía transitando un período de recomienzo histórico de la experiencia de lucha de los explotados y oprimidos. Aunque más temprano que tarde, en cualquier giro de las circunstancias mundiales, podría trocar en procesos revolucionarios. Dos décadas de acumulaciones de lucha de clases podrían decantar en un salto de calidad histórica que las colocaría en un punto superior de su experiencia, introduciendo nuevos desafíos, pero también se hará sobre la base de todo una acerva de armas adquiridas. No es lo mismo cuando el movimiento de masas a nivel mundial comenzó a resistir a la ofensiva capitalista de los 80´ y 90´, que tras haberla enfrentado de forma mucho más plantada durante las dos últimas dos décadas.

Pero si la rebelión no es todavía una revolución, sí es un punto de partida de experiencia y enseñanzas para construir las premisas que requieren desarrollarse en ese sentido. De todas las expresiones que durante la rebelión del 2001-2002 no lograron madurar en su momento y todavía están como tarea dos son las centrales: la constitución de la clase trabajadora como actor político independiente y la organización de un fuerte partido socialista revolucionario. Fueron los más dramáticos déficit del 2001 y lo son de todas las rebeliones que estallan en el mundo año tras año. De ahí que los esfuerzos principales tienen que estar en el trabajo paciente y perseverante por organizar a la clase trabajadora en tanto clase independiente, y en particular a sus destacamentos más poderosos y estructurantes de la economía capaces de torcer el rumbo de los acontecimientos en cualquier nueva eventualidad de crisis política y social y además, claro está, son los sectores fundamentales para emprender un proceso de revolución social dirigido por la clase obrera pero que teja una alianza con el conjunto de la clase y los explotados y oprimidos.

Hay que trabajar para que en el próximo proceso de radicalización de masas la clase trabajadora ocupada y el proletariado industrial no queden rezagadas y maniatadas por la burocracia sindical y emerja como un actor de peso en los asuntos políticos. Dinámica que requiere de una lucha sistemática contra la burocracia sindical para que sea superada por los trabajadores y se avance hacia una conciencia y organización clasista, y desde ahí hacia una conciencia política socialista y revolucionaria.

Claro que esto no es una tarea para nada sencilla. Al contrario, los sectores más estratégicos de la clase trabajadora son aquellos que hacen al funcionamiento fundamental y orgánico de la sociedad capitalista y por tanto son lo que más “cuida” y “protege” la burguesía de que se radicalice. La vida en las fábricas y empresas centrales está regida por la dictadura de la patronal, un régimen de disciplina y obediencia que sólo puede subvertirse dándose un trabajo de organización y duras luchas contra la burocracia que son los principales encargados de garantizar la paz, el orden y la obediencia patronal. Al ser el trabajo político más difícil de todos es el que por tanto requiere de ingentes fuerzas y estrategias por parte de toda organización que se precie realmente de ser revolucionaria.

Vale aclarar que colocar todo el norte estratégico en el corazón de la clase obrera no significa que no haya que impulsar la organización del resto de los explotados y oprimidos y de los movimientos que se forjan al calor de la lucha de clases. La construcción de un partido revolucionario debe anclarse en todos los movimientos de lucha progresivos. En primer lugar en el movimiento estudiantil que desde la salida de la Segunda Guerra Mundial se ha constituido en la sociedad moderna como aliado fundamental de la clase obrera, vaso comunicante con las clases medias y amplias capas sociales al atravesar la sociedad de punta a punta. Por eso la puesta en pie de fuertes corrientes estudiantiles en las universidades es un pilar de toda organización revolucionaria y uno de los vectores constructivos fundamentales para la estructuración de un partido militante.

Por su parte, lo que fue durante el Argentinazo el movimiento piquetero surgido desde abajo y basado en la lucha en las calles, como emergente de la desocupación de masas dista mucho de ser lo que es hoy. Con una desocupación del 10%, mucho más baja que el 25% de esa época, la dinámica de la lucha de clases, su geografía central se desplazó hacia la clase trabajadora ocupada y hoy los movimientos de desocupados son más bien movimientos sociales mayormente “estatizados” y con una lógica más bien punteril. En todo caso aquellos movimientos ligados a los partidos de izquierda son progresivos en tanto independientes del Estado no tienen el carácter de vanguardia y dinamismo en la lucha de clases que tuvieron entre 15 y 20 años atrás, además de limitarse a un programa mínimo desligado de la lucha concreta por trabajo genuino que le permita ligarse a clase obrera ocupada.

Otros movimientos que han surgido (o más bien resurgido) en los últimos años son el movimiento de mujeres y recientemente el ecológico. El movimiento de mujeres viene siendo el más dinámico y potente y en Argentina se ha constituido como otro de los grandes vectores de la lucha por una transformación revolucionaria de la sociedad al colocar el cuestionamiento al patriarcado, uno de los pilares de la dominación política de la burguesía. En otro lugar se coloca el movimiento ecológico, con epicentro en Europa, pero rápidamente se está extendiendo y comienza a tomar cada vez más fuerza en Argentina. La construcción de corrientes socialistas revolucionarias al interior de estos movimientos es clave para trabajar en la perspectiva de la alianza con la clase obrera y la lucha por la revolución socialista.

Todas estas nuevas expresiones no están disociadas de la dinámica de recuperación de fuerzas que le imprimió el Argentinazo a la lucha de los explotados y oprimidos. Por ejemplo, los Encuentros Nacionales de Mujeres se hacen de masas a partir del Argentinazo con el ingreso de miles a la lucha, y desde entonces se sostienen como eventos enormes, revitalizado en los últimos años con el ingreso de una nueva generación juvenil al calor del Ni Una Menos y la lucha por el aborto legal. El hecho de que se haya conquistado tamaña reivindicación histórica es evidencia, también, del estado de la relación de fuerzas en la Argentina.

Por último, como ya señalamos al pasar, uno de los grandes déficits del Argentinazo es que la izquierda revolucionaria no tenía un partido lo suficientemente organizado para incidir en los asuntos políticos. En todo caso pudo ser parte de experiencias de lucha de importancia en cada uno de los actores emergentes, pero debido a su escasa capacidad militante, su debilidad orgánica entre los trabajadores, su poca inserción entre la juventud universitaria, etc.; no logró convertirse en un actor político de importancia. Y la necesidad de tener un partido revolucionario realmente constituido es pasmosa y su construcción no es algo que se haga de la noche a la mañana ni tampoco en medio de un ascenso revolucionario. Requiere de un esfuerzo de construcción de largo aliento.

Hoy, a 20 años del Argentinazo podemos decir que la realidad de la izquierda revolucionaria en Argentina ha progresado en muchos terrenos, aunque, evidentemente aún queda la tarea de constituirse en partidos realmente fuertes enraizados en la clase y la juventud que ayude a lo más importante de todo: recuperar para la clase trabajadora la dimensión histórica de la pelea por el socialismo.

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