El artífice final del derrumbe de la burocracia stalinista

Ante la muerte de Mijail Gorbachov, último líder de la URSS.

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A su muerte, Mijail Gorbachov recibió la misma catarata de elogios de parte de los líderes de las grandes potencias capitalistas que disfrutó en vida durante su no muy larga pero agitada gestión al frente de los destinos de la entonces Unión Soviética. Y con razón: si desde Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Helmut Kohl en los 80 hasta Joe Biden, Boris Johnson y Olaf Scholz ahora lo saludan y congratulan, es porque cumplió un rol muy destacado en el derrumbe final de la burocracia stalinista. Claro que no en beneficio del pueblo ruso, que lo detestaba entonces como ahora, sino del poder capitalista-imperialista, al que le hizo el inmenso favor de desacreditar profundamente la causa del socialismo, con consecuencias que se sienten hasta hoy.

Jamás ningún líder soviético había sido tan profundamente halagado por Occidente. Desde el discurso del presidente yanqui Ronald Reagan en la Plaza Roja en 1988 reconociendo que la URSS ya no era la cabeza del “imperio del mal” hasta el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz en 1993, “Gorby” –hasta se le había puesto un apodo cariñoso–, con su sonrisa tímida y franca, sus modales campechanos y su marca púrpura en la cabeza casi calva, estuvo más cerca que ningún dirigente “comunista” de convertirse en una especie de ídolo pop. Apareció como personaje en incontables películas de Hollywood –en general comedias– y hasta en capítulos de Los Simpson. Su definición de que los países del Glacis –la Europa Oriental que Stalin había convertido en una especie de cinturón de seguridad geopolítico y que consideraba territorio propio, pasible de ser invadido por la URSS como en Hungría 1956 y Checoslovaquia 1968– debían seguir “su propio camino” (es decir, una declaración de que la URSS renunciaba a la injerencia en sus asuntos internos) fue aplaudida como la “doctrina Sinatra” (por la canción “My Way”, o “A mi manera”). La furiosamente anticomunista revista británica The Economist en 1988 le dedicó a Gorbachov una famosa portada donde lo saludaba, sin la menor ironía, como “Mijail el liberador”; el editorial era un largo panegírico de todas las bondades que Occidente podía esperar de él. Margaret Thatcher lo elogió llamándolo “un hombre con el que podemos hacer negocios”. Se llegó a hablar de “Gorbymanía”.

¿Cómo es posible que el líder del “mundo comunista”, de la nación archi villana para el Occidente capitalista desde 1917 y uno de los dos polos de la Guerra Fría desde 1945 recibiera tantos plácemes y vítores de sus enemigos estratégicos? Para entenderlo, tenemos que volver un poco al contexto del hombre, del país, del mundo y, sobre todo, de la época.

La crisis de la estrategia burocrática

Es conocido que el statu quo pactado en Yalta y Potsdam en 1945 a la salida de la Segunda Guerra Mundial establecía dos grandes esferas de influencia, el Occidente capitalista liderado por EEUU y el “bloque soviético” comandado por la URSS. Dio inicio así la Guerra Fría, con episodios más o menos calientes como la guerra de Corea (1950-1953) la crisis de los misiles cubanos en 1962, la guerra de Vietnam entre los 60 y los 70 y la invasión soviética a Afganistán a fines de los 70.

Ahora bien, si alguien respetó escrupulosamente ese pacto de “coexistencia pacífica” fue la URSS, mucho más que EEUU. El discurso y la política de la “paz” fueron la marca decisiva de toda la política exterior soviética –por supuesto, en reemplazo de toda referencia a la revolución o a la extensión de las relaciones socialistas–, ya que se acomodaba impecablemente a la teoría y práctica burocráticas del “socialismo en un solo país”. Que ahora se tratara no de uno solo sino de un grupo de países más o menos satélites era un resultado imprevisto y no deseado de los desarrollos de la Segunda Guerra Mundial en Europa (y más tarde, con otras contradicciones, en China, Cuba y Vietnam), pero no desacomodaba el escenario en lo esencial.

Porque para la burocracia stalinista del Partido Comunista de la URSS (PCUS), la estrategia nunca fue la revolución socialista internacional, piedra de toque básica del marxismo clásico de Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo y Trotsky, sino la conservación a todo coste del statu quo de una URSS aislada pero en esa coexistencia pacífica con el imperialismo, no en combate implacable contra él. Desde ya, el imperialismo nunca se privó de combatir la influencia “comunista” por otros medios. Principalmente ideológicos, pero a veces, como vimos, también con las armas.

Entre los delirios teóricos y prácticos de la doctrina del “socialismo en un solo país”, quizá el más disparatado e influyente –porque la propia burocracia lo creía, a diferencia de otras patrañas que sostenía de manera más cínica– era la idea de que la “planificación socialista” le iba a permitir a la URSS “alcanzar y superar” los niveles de producción, productividad y por ende consumo y bienestar de las potencias capitalistas desarrolladas. El líder soviético de mayor permanencia en el poder después de Stalin, Leonid Brezhnev[1], anunció con arrogancia burocrática a mediados de los 60 que hacia 1980 la URSS iba a estar en condiciones de cumplir ese objetivo.

Apresurémonos a aclarar lo que entre marxistas debería ser obvio: que esta meta sea delirante no representa ninguna “prueba de la superioridad del capitalismo” en general, sino que implica constatar el hecho de que el orden capitalismo nace, se desarrolla, existe y sólo puede existir como orden mundial, que abarca todo el globo en la división internacional del trabajo. Ahora bien, el socialismo como orden que se propone reemplazar al capitalismo sólo puede partir de esa base global. Mientras tal no suceda, todo lo que habrá serán países o sociedades en transición al socialismo y en lucha permanente contra un cerco capitalista al que sólo la lucha revolucionaria socialista internacional puede poner fin. Este criterio es tan sencillo, tan autoevidente, se desprende tan lógicamente del pensamiento marxista, que a nadie en el movimiento socialista, hasta el surgimiento de la burocracia de Stalin, se le había ocurrido postular la posibilidad de una sociedad socialista acabada dentro de fronteras nacionales, aun las de un país inmenso como Rusia.

De allí que sostener toda la política internacional de la URSS sobre la idea de que una fracción del mundo, además atrasada y aislada, podía por obra y gracia de la planificación burocrática “alcanzar y superar” la performance económica del capitalismo global era un pasaje seguro al desastre en todos los terrenos: económico, social, político e ideológico. Fueron todas estas crisis a punto de estallar las que heredó Gorbachov al llegar al poder en 1985. Para colmo, en el contexto de una ofensiva política y económica del capitalismo neoliberal que pronto daría nacimiento a una nueva y más profunda fase de la globalización capitalista.[2]

El intento de Gorbachov: glasnost y perestroika

Lejos de las rosadas previsiones de Brezhnev, la URSS de los años 80 no sólo no alcanzó ni superó en desarrollo económico a las potencias capitalistas, sino que aumentó su retraso relativo respecto de ellas. Es imposible en este espacio siquiera intentar resumir las razones de esto; sólo señalaremos algunos factores. Uno muy importante es la carrera armamentista de material bélico nuclear y convencional como subproducto lógico de la Guerra Fría. Mientras que para las potencias occidentales y especialmente EEUU esta carrera implicó el desarrollo del llamado complejo militar-industrial, que incluso le dio mayor impulso económico, para la URSS el gasto militar era un peso muerto, que lejos de representar una fuente de dinamismo era un derroche improductivo de recursos escasos. La iniciativa de Gorbachov de acordar con Reagan una reducción importante de los misiles nucleares de alcance intermedio puede haber servido para darle un aura de pacifista que le valdría el premio Nobel, pero llegó demasiado tarde para aliviar a la economía soviética. El auge de la Guerra Fría coincidió con el peor momento de estancamiento de la producción y de los niveles de productividad.

A esto se agregó un ciclo de precios bajos del petróleo y una situación más estructural de improductividad agrícola que hizo que la URSS, uno de los graneros del mundo, debiera importar ingentes cantidades de trigo, erosionando su presupuesto estatal.

De todos modos, el verdadero talón de Aquiles económico de la URSS era la pavorosa ineficiencia, ineptitud e improductividad de una economía planificada de manera brutalmente burocrática e irracional.[3] Contra los delirios del PCUS y su meta de “alcanzar y superar” a Occidente, los vicios del plan burocrático no hicieron más que profundizarse, multiplicarse y volverse estructurales, de manera que las condiciones de producción, productividad y disponibilidad de bienes de consumo fueron haciéndose cada vez más precarias y penosas. La población soviética debió incorporar como parte de su esquema de vida el desabastecimiento, la mala calidad de los productos y la carestía, por separado o, más frecuentemente, juntos. La inflación y el deterioro de la moneda –ya vimos los problemas agravados de la relación de la URSS con el mercado mundial– vinieron a sumarse a las penurias habituales de las masas.

Complicando más el cuadro estaba la situación de las nacionalidades federadas en la URSS. Contra la fábula de la “unión indestructible de las repúblicas libres” a que hacía referencia el himno soviético,[4] las tensiones nacionalistas y separatistas jamás fueron bien manejadas por la burocracia stalinista; ya Lenin en 1922 advertía que, en ese terreno como en otros, “ese cocinero [Stalin] sólo va a preparar platos picantes”.

Tampoco hay que olvidar la crisis de la intervención del Ejército Rojo en Afganistán, iniciada a fines de los 70 y que representó un completo desastre militar, económico y social, con el consiguiente descrédito adicional para la cúpula del PCUS.

Finalmente, todas estas tensiones se concentraban en un descontento político general con el régimen. La distancia entre el aparato stalinista del PCUS, orientado por una gerontocracia privilegiada,[5] y la realidad cotidiana de la población se volvía cada vez más insalvable, y  sólo podía contenerse con un sistema opresivo de instituciones y prácticas policíacas cuasi totalitarias que diferían sólo en la forma con las de la novela 1984 de George Orwell.

Frente a esta realidad desoladora, Gorbachov parecía un soplo de aire algo más fresco: más joven que los fósiles habituales (asumió el poder con 54 años, y al ingresar al Comité Central del PCUS en 1971 era el miembro más joven), sus antecedentes habilitaban a esperar algo distinto. Nacido en el sur de Rusia, de familia rusa y ucraniana en plena época de la colectivización forzosa de Stalin, sus abuelos habían sido encarcelados durante las purgas de los años 30. Además –aunque esto no era conocido por entonces–, había visitado varios países occidentales y había quedado impactado por su nivel de vida; años después reconoció que su intención inicial era acercar la URSS al modelo socialdemócrata escandinavo.

Su estrategia se concentró en sus dos famosas consignas, que pronto pasaron al vocabulario político de la época: perestroika (reestructuración, referida a la economía) y glasnost (apertura o transparencia, orientada al régimen político). En ambos planos, Gorbachov decía inspirarse en “el legado teórico y práctico de Lenin” (lo que se leía como oposición al legado de Stalin). Absurdo, desde ya, ya que el sentido general de toda la política de Gorbachov era apuntar a una “liberalización a la occidental”, pero hay ciertas sutilezas a desentrañar.

En primer lugar, la figura de Stalin, que seguía siendo fuerte incluso después del período de “desestalinización” iniciado con Jruschev en 1956, era el blanco ideal para lanzar cualquier tentativa de “liberalización” en lo político… y en lo económico. Además, Lenin era una figura más “ecuménica” (y lejana: recordemos que Gorbachov fue el único líder soviético nacido después de la Revolución de Octubre de 1917) y se podía apelar a él para darle un barniz más “humanista” y democrático a las iniciativas de Gorbachov, en especial en el terreno de las nacionalidades.

Por otra parte, la glasnost fue recibida con verdadero alivio como un aflojamiento de las riendas de la censura y la represión a la expresión política pública. Pero los mayores beneficiarios de la “apertura” no fueron los sectores populares, sino las corrientes liberales restauracionistas del capitalismo y los nacionalistas que rechazaban el esquema de la Unión Soviética, por razones buenas (la opresión gran rusa del “Estado socialista” era muy real) y de las otras. Es verdad que hubo más libertad artística y de expresión. Pero, otra vez, quienes más aprovecharon ese deshielo cultural fueron los sectores de dentro y fuera del PCUS que difundían los “valores” y la relativa mayor prosperidad occidental para alentar una salida abiertamente capitalista. Que era el rumbo también del propio Gorbachov.

La perestroika apuntaba sobre todo a reformas pro mercado: más libertad para empresas privadas de ciertos sectores, liberar a las empresas estatales de la “tiranía del plan central” –lo que permitió que muchos burócratas administradores de empresas blanquearan su manejo de éstas como cuasi propietarios–, fin de la garantía de rescate estatal para empresas deficitarias (lo que disparó el desempleo) y un criterio general de descentralización que fue el comienzo de una verdadera arrebatiña entre burócratas para quedarse con la gestión y la propiedad de los activos que el Estado abandonaba a su suerte.

El final de la ilusión y la confesión del fracaso

El resultado propiamente económico de la perestroika fue un completo desastre: desabastecimiento, hiperinflación, desocupación y un desorden económico general que fue el germen del surgimiento del capitalismo mafioso (cronycapitalism) en los 90 que continúa hasta hoy. La corrupción y la sensación de abandono por parte de la población eran generalizadas.

En buena medida, es ese recuerdo el que hizo de Gorbachov probablemente el político reciente más rechazado por la población rusa: en la elección de 1996, en la que Yeltsin fue reelecto presidente, Gorbachov se presentó y sacó el 0,5% de los votos. Y en un estudio de 2021 de una encuestadora (estatal), el 70% de los rusos tenía una visión negativa del gobierno de Gorbachov, al que consideraban el líder ruso “más impopular del siglo XX” (Mansur Mirovalev, Al Jazeera, 30-8-22). Gorbachov jamás pudo levantar esa hipoteca política entre su propio pueblo; debió conformarse con los halagos de los líderes, la prensa y las instituciones de Occidente.

Al caos económico le siguieron las tendencias centrífugas de las nacionalidades (a lo que contribuyeron factores étnicos y hasta religiosos, otro sector beneficiado especialmente por la glasnost): empezando con los tres países bálticos y Moldavia, poco a poco la cascada de reclamos de las 14 repúblicas que junto con Rusia componían la URSS se hizo incontenible. La “primera elección libre de la URSS”, en la que participaron otros partidos aparte del PCUS, además de consagrar a Gorbachov como primer (y único) presidente de la URSS (el cargo formal no existía antes), dejó también como saldo varios diputados de fuerzas políticas nacionalistas que gozaron de un inédito auditorio de millones en debates parlamentarios televisados.

Aquí se hizo evidente que en buena medida Gorbachov había oficiado de aprendiz de brujo, desatando fuerzas que luego sería incapaz de controlar. Sus supuestas intenciones democráticas chocaban brutalmente con el envío de tropas para reprimir la agitación nacionalista en las otras repúblicas. Las limitadas libertades, recién estrenadas, servían en primer lugar para desacreditar la propia gestión de Gorbachov, sus inconsecuencias, vacilaciones e incoherencias.

Lo propio sucedía, como ya señalamos, en cuanto a la política exterior de la URSS hacia sus “hermanos menores socialistas”. El mensaje “liberador” de Gorbachov en el sentido de “ahora son responsables por su propio destino, por sus propias elecciones, y no deben rendir cuentas más que a ustedes mismos” (traducción: “ya no tendrán que rendir cuentas a la URSS so pena de invasión”) aceleró la crisis terminal de los regímenes stalinistas de Europa Oriental y pronto desembocaría en la caída del Muro de Berlín y del régimen de Ceaucescu en Rumania en 1989, a los que pronto seguirían otros. El rumbo de los países del ex “bloque soviético” quedó sellado por oposición a la experiencia stalinista: cualquier cosa era preferible, incluso el capitalismo más salvaje, “sentido común” que impera hasta estos días en esos países.[6]

Esta desaparición del “imperio soviético” casi con el permiso o aliento del propio gobierno de la URSS es precisamente lo que hoy Vladimir Putin lamenta como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”.[7] En esa valoración, Putin no carece de compañía: es conocido que Xi Jinping, líder del Partido Comunista Chino, opina muy parecido y que si a algo le tiene terror es a cualquier posibilidad de una reedición de la crisis del PCUS y de la URSS, en cualquiera de sus variantes. Y al igual que Putin, si algo los distancia de Gorbachov es su absoluta falta de miramientos a la hora de enfrentar con la fuerza cualquier desafío a las bases de su poder.

El mayor beneficiario en lo inmediato de la crisis total del gobierno Gorbachov fue su rival Boris Yeltsin, que en 1991 declaró la independencia de Rusia del resto de la URSS, a la vez que volvía a agruparse (con otras ocho repúblicas) en una federación más laxa. En el tembladeral político ambiente, en agosto de 1991 sectores ligados al stalinismo rancio, en el Ejército y fuera de él, organizaron un golpe de Estado y arrestaron a Gorbachov. Yeltsin quedó como una especie de héroe al resistir y derrotar el golpe llamando a la movilización. Gorbachov volvió a su puesto de presidente, pero ya vaciado de todo poder y prestigio. El 8 de diciembre, Yeltsin, junto con los líderes de Ucrania y Belarús, forma la Comunidad de Estados Independientes, con lo que la desaparición de la URSS era un hecho que quedó consumado formalmente el 25 de diciembre de 1991, con la renuncia de Gorbachov.

Lo que siguió es conocido: las dos presidencias de Yeltsin hasta 1999 y desde allí, Putin y sólo Putin (con el interregno 2008-2012 con Medvedev como “presidente” y Putin como primer ministro con el poder real).

El fin de la URSS fue el fin de la carrera política activa de Gorbachov. Pero el derrotero del último burócrata del PCUS deja una lección que algunos, con los años transcurridos, pueden haber perdido de vista, pero que está más vigente que nunca. Se trata de la confesión palmaria del fracaso de la experiencia del falso “socialismo” burocrático por boca del propio Gorbachov, que admitió que había que abandonar el objetivo socialista y adoptar el modelo “democrático occidental”, capitalista, incluso con la ayuda del FMI.

Es esta patética impotencia, esta admisión de haber dedicado una vida al “modelo” equivocado, este reconocimiento ya no tácito sino explícito de la “superioridad” del capitalismo, lo que está en el fondo del ensalzamiento imperialista de la figura de Gorbachov y las elegías apologéticas a las que asistimos tras su muerte.

Tal es el saldo del orden social burocrático, stalinista, que lamentablemente tantas veces pasa por el “modelo socialista” sin más, y que tan lejos está de él. La muerte de Gorbachov viene a recordarnos a los socialistas del siglo XXI que no hay ninguna enseñanza positiva que adoptar del desastre stalinista. Sus lecciones son más bien negativas: toda iniciativa que apunte a relanzar y revigorizar la perspectiva revolucionaria, anticapitalista y auténticamente socialista en este mundo en crisis en que vivimos sólo puede aprender a evitar como la peste la vía muerta del ignominioso fracaso de la burocracia stalinista.

 


[1] Digamos de paso que el número de líderes políticos rusos significativos desde el entronizamiento de la burocracia stalinista es sorprendente por lo pequeño: si descontamos las gestiones breves (no más de dos años) o de transición –Georgi Malenkov, Yuri Andropov, Konstantin Chernenko y, en la era post soviética, el mandato de un subordinado de Putin, Dmitri Medvedev–, los “hombres fuertes” de Rusia (¡nada más patriarcal que el Politburó del PCUS, cosa que se replica en el CC del Partido Comunista Chino!) desde Stalin hasta hoy fueron apenas cinco: Jruschov, Brezhnev, Gorbachov, Yeltsin y Putin.

[2] Naturalmente, el impulso hacia la globalización cobró renovado ímpetu económico (pero también político e ideológico) de resultas del colapso del llamado “bloque socialista” y lo que apareció a los ojos de las grandes masas como el “triunfo definitivo del capitalismo”.

[3] Ver al respecto, entre múltiples estudios, el trabajo de Roberto Sáenz “La dialéctica de la transición socialista”, en revista Socialismo o Barbarie 25, febrero 2011 (disponible en izquierdaweb.org).

[4]Ese “himno soviético”, en reemplazo de la Internacional, era una concesión más al nacionalismo, ideología antimarxista rampante en la URSS sobre todo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con el discurso de la “guerra patriótica” (¡ni hablar de socialismo!) y de defensa de la “Madre Rusia” (la causa de la clase obrera internacional y su lucha contra el nazismo, que la tiren a los perros).

[5] El espectáculo penoso de líderes soviéticos seniles que apenas podían hablar y mantenerse en pie en público contribuyó a motorizar un poderoso acelerador de crisis políticas: el momento en que las masas le pierden completamente el respeto a la figura de sus dirigentes.

[6]Observaba el analista político Fyodor Lukyanov en 2014 que “Europa oriental y central no ven que una alternativa al presente sea el pasado. [En cambio,] en la ex URSS no hay ese sentimiento. En algunos lugares la situación es tan penosa que el pasado soviético parece una era dorada, mientras que el futuro no promete nada bueno” (en M. Mirovalev, Al Jazeera, 30-8-22). Es verdad que el hilo de la tradición socialista auténtica en Europa del Este parece totalmente cortado. Pero en Rusia tal vez la situación no sea mucho mejor. Es verdad que, a diferencia de los países del glacis, hay una cierta supervivencia de la tradición de la URSS (en su versión más stalinista, por otra parte). Pero precisamente esa tradición, como señalamos, ya venía muy contaminada por el nacionalismo, que es el verdadero vector ideológico al que acude Putin como portador de un “futuro posible”. Cualquier reverdecer del socialismo en Rusia deberá hacerse sobre bases completamente distintas a cualquier vínculo nostálgico con el pasado stalinista, que no tiene nada para ofrecer a las nuevas generaciones.

[7] Como era de esperar, las relaciones entre Gorbachov, ya retirado de la vida política en el siglo XXI, y Putin, en los hechos el único líder ruso del siglo XXI, no fueron nada armoniosas. Inclusive, el anuncio de la muerte de Gorbachov, más allá del muy circunspecto comunicado del vocero oficial ruso, dio a entender que no se le concedería un funeral de Estado ni sus restos descansarían en el Kremlin, sino en el cementerio Novodevichy, donde le hará compañía al otro líder soviético objeto de resentimientos oficiales luego de su muerte, Nikita Jruschev.

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