La cuestión de la mujer

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  • Las mujeres, a semejanza de los obreros, se han visto privadas de sus derechos como seres humanos, igual que se ha privado a los obreros de sus derechos como productores.

Edward y Eleanor Marx Aveling 1886

(Versión al castellano desde “The Woman Question”, en MIA-Library – Eleanor Marx y “La question féminine”, en Dialectiques, nº 8, primavera de 1975, París, páginas 6-20, digitalizadas y alojadas en Les classiques des sciences sociales – UQAC; la nota a la versión francesa señala que el artículo se publicó “por primera vez” en 1887 en forma de folleto” con una tirada de 4.000 ejemplares mientras que el MIA en inglés da como fuente Westminster Review, 1886)

La publicación del libro de August Bebel, La mujer y el socialismo, y la aparición de una traducción inglesa de la obra, hace que sea oportuno cualquier esfuerzo para explicar la posición de las socialistas ante la cuestión femenina. La acogida de la obra en Alemania e Inglaterra hace urgente dicho esfuerzo, a menos que nuestros adversarios estén dispuestos a menospreciarnos y que nosotros estemos dispuestos a mantenernos pasivos ante su actitud. Los autores de este artículo han pensado que el público inglés, hábil en esa imparcialidad de la que dicen que es privilegio de ellos, prestará atención a los puntos de vista, argumentos y conclusiones de quienes se califican como socialistas. Sean cuales sean las opiniones a las que ese público inglés se adhiera en última instancia, lo hará con conocimiento de causa. Los autores también han pensado que el examen de tal cuestión estaría mejor realizado si era obra de un hombre y una mujer que reflexionan y trabajan conjuntamente. Desean que, en todo lo que sigue, se dé por descontado que se trata de dos socialistas que expresan sus opiniones personales. Aunque piensen que la mayoría de sus camaradas comparten esas opiniones, no debe considerarse al partido de los autores comprometido con todas las propuestas que siguen, ni, a fortiori, con ninguna de ellas en particular.

Primero que nada, unas palabras sobre la obra que sirve de referencia a este artículo. Bebel es obrero, socialista y miembro del Reichstag. Su libro Die Frau ha sido prohibido en Alemania1, lo que acrece las dificultades para conseguirlo y el número de quienes lo han logrado. La prensa alemana lo ha condenado casi unánimemente y le ha imputado a su autor todos los vicios posibles e imaginables. Quienes recuerden las posiciones y la personalidad de Bebel comprenderán enseguida la influencia del libro y el significado de esos ataques. Cofundador del Partido Socialista en Alemania, uno de los primeros difusores de la economía política de Karl Marx, puede que el mejor orador de su país, Bebel goza de la veneración y la confianza del proletariado, también goza del odio y temor de los capitalistas y aristócratas. No solamente es el hombre más popular de Alemania, sino que, también, es querido por todos aquellos que lo conocen, tanto amigos como adversarios. Se han hecho muchos esfuerzos para calumniarle, pero, sin dudarlo un momento, podemos decir que las acusaciones lanzadas contra él son tan falsas como venenosas.

La traducción inglesa de su último libro ha sido acogida con invectivas en determinados barrios. La cólera de esas críticas irritadas podría tenerse por justa si se hubiese extendido a la negligencia sin precedentes de los editores de la versión inglesa. Su negligencia es mucho más de señalar e imperdonable teniendo en cuenta que la edición alemana, impresa en Zúrich, carece particularmente de errores. Debemos excluir de nuestra condena a la traductora, la doctora Harriet B. Adams Walther. Esta, en conjunto, ha cumplido bastante bien su tarea, aunque un manifiesto desconocimiento del vocabulario y fórmulas económicas haya provocado, aquí y allí, ambigüedad y haya dado pruebas de una inexplicable reticencia a usar el plural. Pero el libro está lleno de errores de imprenta en cuanto a los caracteres, la ortografía y la puntuación. ¡Encontrar en un libro de solo 264 páginas una suma de al menos 170 errores es demasiado!

No pensamos ocuparnos de la parte histórica que abre el libro. Por más interesante que sea tenemos que pasar de largo de ella, hay mucho que decir sobre las relaciones actuales entre hombres y mujeres y sobre los cambios que creemos inminentes. Además, la parte histórica no es verdaderamente la mejor del libro. En ella se pueden encontrar errores aquí y allí. El libro a consultar, el más seguro sobre este punto en particular de la cuestión de la mujer, es el de F. Engels El origen de la familia, la propiedad privada y del estado2. Pasemos, pues, a la sociedad y a la mujer de hoy en día.

Desde el punto de vista de Bebel, y puede muy bien decirse en este caso desde el de los socialistas en general, la sociedad se encuentra en un estado de agitación y fermentación. Es la agitación de la descomposición y la fermentación de la putrefacción. El fin del modo de producción capitalista y, por ello mismo, de la sociedad de la que es la base, creemos que es más calculable en años que en siglos. Y este fin significa la refundición de la sociedad en formas más simples, incluso en elementos, cuya estructuración creará un nuevo y mejor orden de cosas. La sociedad está en quiebra moral y en las relaciones entre los hombres y las mujeres es donde esa quiebra se manifiesta con la más repugnante de las claridades. Son inútiles los esfuerzos para diferir ese hundimiento construyendo castillos en el aire. Hay que ver los hechos cara a cara.

Uno de estos hechos de la más fundamental importancia, ni es ni ha sido nunca justamente confrontado por el hombre o la mujer promedio al considerar estas relaciones. No ha sido comprendido ni siquiera por aquellos hombres y mujeres por encima de la media que han hecho de la lucha por la mayor libertad de las mujeres la tarea de sus vidas. Este hecho fundamental es que la cuestión es de incumbencia de las estructuras económicas. Como todo en nuestra compleja sociedad moderna, la situación de la mujer descansa sobre los datos económicos. Solo porque Bebel no deja de insistir en este punto, su libro ya es un libro de valor. La cuestión femenina participa de la organización de la sociedad en su conjunto. Para quienes no han captado esta noción podemos citar a Bacon que escribe en el primer libro del Progreso del saber, “Otro error […] es que, tras el reparto de las artes y las ciencias particulares, los hombres han abandonado la universalidad […] lo que solo puede detener y hacer que cese toda progreso […] Tampoco es posible descubrir las partes más profundas y ocultas de cualquier ciencia de que se trate si uno se mantiene en el nivel de esa ciencia sin elevarse.” En verdad, este error que se comete cuando “los hombres (y las mujeres) abandonan la universalidad” no es más que es expresión de un “humor pecaminoso”. Es una enfermedad o, para ayudarnos con una imagen que pueda sugerir el pasaje y la frase citadas, quienes se enfrentan a la forma en que son tratadas actualmente las mujeres sin buscar las causas en la organización económica de nuestra sociedad contemporánea son como los médicos que tratan una afección localizada sin examinar el estado general del paciente.

Esta crítica se aplica no solo a la persona común que hace broma de cualquier discusión en la que se trate sobre la sexualidad. También se aplica a esos caracteres superiores, en muchos casos serios y reflexivos, que ven que las mujeres se encuentran en un estado lamentable y desean que se haga algo para mejorar su condición. Este es el caso de la masa de personas excelentes y trabajadoras que agitan por ese objetivo perfectamente justo, por el sufragio femenino; por la derogación de la Ley de Enfermedades Contagiosas, una monstruosidad engendrada por la cobardía y la brutalidad masculinas; por la educación superior de las mujeres; por la apertura de las universidades, las profesiones liberales y todos los oficios, desde el de maestro hasta el de viajante de comercio. En toda esa agitación, completamente justa, sobresalen particularmente tres cosas. Primero, los interesados en ella pertenecen, por regla general, a las clases acomodadas. Con la única y limitada excepción parcial de la agitación sobre las enfermedades contagiosas, casi ninguna de las mujeres que participan de forma prominente en estos diversos movimientos pertenece a la clase trabajadora. Esperamos el comentario de que se puede decir algo así, en lo que respecta a Inglaterra, del movimiento más amplio que reclama nuestros esfuerzos especiales. Ciertamente, el socialismo es actualmente en este país poco más que un movimiento literario. No engloba más que a una franja de obreros. Pero podemos responder a esta crítica con que en Alemania este no es el caso, y que, incluso aquí en Inglaterra, el socialismo está comenzando a extenderse entre los trabajadores.

El siguiente punto es que todas las ideas de esas mujeres de “vanguardia” se basan ya sea en la propiedad, ya sea en cuestiones sentimentales o profesionales. Ninguna de ellas va más allá de esas tres cuestiones para alcanzar los fundamentos, no solamente de cada una de esas cuestiones, sino de la misma sociedad: la determinación económica. Este hecho no tiene que sorprender a quienes conocen la ignorancia de las coordenadas económicas de quienes militan a favor de la emancipación de la mujer. Si juzgamos de acuerdo con sus escritos y discursos, la mayoría de los defensores de la mujer no ha prestado nunca ninguna atención al estudio de la evolución de la sociedad. No parece generalmente ni que dominen, incluso, la economía vulgar, economía que, según nosotros, es falaz en sus enunciados e inexacta en sus conclusiones.

El tercer punto se desprende del segundo. Aquellos a los que nos referimos no hacen ninguna propuesta que salga del marco de la sociedad de hoy en día. Por este hecho, su trabajo siempre es de poco valor según nosotros. Nosotros apoyaremos el derecho a voto para todas las mujeres (no solamente para aquellas que tengan bienes), la derogación de la Ley sobre Enfermedades Contagiosas y el acceso de los dos sexos a todas las profesiones. La verdadera situación de la mujer en relación con el hombre no se tocará en profundidad, (no nos ocupamos en estos momentos del desarrollo de la competencia y de la agravación de las condiciones de vida, pues nada de eso, aparte de forma indirecta la ley sobre las enfermedades contagiosas, transforma en la mujer las relaciones entre los sexos). Tampoco negaremos en absoluto que una vez se haya alcanzado cada uno de esos tres puntos, la vía se verá despejada para el cambio radical que debe llegar. Pero es fundamental recordar que el cambio último solamente se logrará una vez que se haya producido la transformación todavía más radical, de la que es el coralario. Sin esa transformación social, las mujeres jamás serán libres.

La verdad, no completamente reconocida incluso por quienes agitan positivamente a favor de la mujer, es que la mujer, como las clases trabajadoras, está en una condición oprimida; que su posición, como la de ellos, es de degradación despiadada. Las mujeres están sometidas a una tiranía masculina igual que los obreros están sometidos a una tiranía organizada de los ociosos. Incluso habiendo entendido todo esto, nunca debemos cansarnos de insistir en la no comprensión de que, para las mujeres, como para las clases trabajadoras, bajo las actuales condiciones de la sociedad no es realmente posible ninguna solución de las dificultades y problemas que se presentan. Todo lo que se hace, sin importar el clamor de trompetas con el que se anuncie, es paliativo, no correctivo. Las clases oprimidas, tanto las mujeres como los productores directos, deben comprender que su emancipación vendrá de ellos mismos, de su propia acción. Las mujeres encontrarán aliados en los hombres más conscientes, como los trabajadores están encontrando aliados entre los filósofos, artistas y poetas. Pero, unas no tienen nada que esperar del hombre en su conjunto, y los otros no tiene nada que esperar del conjunto de las clases medias.

La verdad de esto se desprende del hecho de que, antes de pasar a la consideración de la condición de la mujer, tenemos que decir unas palabras de advertencia. Lo que tenemos que decir del ahora les parecerá exagerado a muchos; mucho de lo que tenemos que decir del futuro, visionario, y, quizás, todo lo que se diga, peligroso. Para la gente culta, la opinión pública sigue siendo sólo la del hombre, y la costumbre adquiere valor de moral. La mayoría todavía insiste en las debilidades ocasionales de la mujer como un obstáculo para su igualación con el hombre. Y se habla con entusiasmo sobre la vocación natural de la mujer. En cuanto a lo primero, la gente olvida que las debilidades femeninas, bajo determinadas circunstancias, se ven exageradas por las condiciones insalubres de nuestra vida moderna, si, de hecho, no se deben totalmente a ellas. Si esas condiciones se racionalizasen, aquellas debilidades desaparecerían en gran parte, si no completamente. También olvida la gente que todo esto de lo que se habla tan superficialmente cuando se discute sobre la libertad de la mujer es convenientemente ignorado cuando se trata de la esclavitud de la mujer. Olvidan que los empresarios capitalistas sólo tienen en cuenta esas debilidades de la mujer para reducir el nivel general de los salarios. Una vez más, no existe vocación natural de la mujer igual que tampoco existe una ley natural de la producción capitalista o que tampoco está naturalmente limitada la suma producida por el obrero y que forma sus medios de subsistencia. Que, en el primer caso, la vocación de la mujer se supone que es sólo el cuidado de los hijos, el mantenimiento de las condiciones del hogar y una obediencia general a su amo; que, en el segundo, la producción de plusvalía es un requisito necesario para la producción de capital; que en el tercero, la cantidad que el trabajador recibe para sus medios de subsistencia es tal que sólo le mantendrá justo por encima del punto de inanición: no se trata de leyes naturales en el mismo sentido que las leyes del movimiento. Sólo son ciertas convenciones temporales de la sociedad, como la convención de que el francés es el idioma de la diplomacia.

Tratar detalladamente la situación de la mujer actualmente consiste en repetir una historia ya mil veces contada. A pesar de todo, para nuestro objetivo debemos resaltar de nuevo determinados puntos muy conocidos y hacer balance de dos que lo son menos. En primer lugar, una idea general que concierne a todas las mujeres. La vida de la mujer no coincide con la del hombre. No se reúnen, no se ven incluso en numerosos casos. De ahí la atrofia de la vida familiar. Según Kant: “un hombre y una mujer constituyen cuando están unidos el ser total y acabado, un sexo complementa al otro.” Pero cuando cada sexo está incompleto y el menos completo de los dos lo está hasta la última extremidad y que, por regla general, ninguno de los dos llega a instaurar con el otro una relación regular, libre, verdadera, profunda y en pleno acuerdo, el ser jamás es total ni acabado.

En segundo lugar, una idea especial que tiene que ver sólo con un cierto número, pero importante, de mujeres. Todo el mundo sabe el efecto que ciertos oficios, o modos de vida, tienen en el físico y en su apariencia. El jinete, el borracho, son reconocidos por sus andares, por su fisonomía. ¿Cuántos de nosotros nos hemos detenido, o nos hemos atrevido a detenernos, en el grave hecho de que, en las calles, en los lugares públicos, en el círculo de amigos, podemos, en un momento determinado, reconocer a las mujeres solteras, si han pasado de cierta edad que los escritores ingeniosos llaman, con una delicada ironía peculiarmente suya, incierta? Pero no podemos distinguir a un hombre soltero de uno casado. Antes de plantear la pregunta que surge de este hecho, recordemos la terrible proporción de mujeres solteras. Por ejemplo, en Inglaterra, en el año 1870, el 41% de las mujeres se encontraban en ese estado. La pregunta a la que conduce todo esto es sencilla, legítima, y sólo es desagradable por la respuesta que debe dársele. ¿Cómo es que nuestras hermanas llevan en sus frentes este sello de instintos perdidos, afectos sofocados, de cualidades naturales en parte asesinadas? ¿Cómo es que sus hermanos más afortunados no llevan esa misma marca? Y aquí, ciertamente, no hay ninguna ley natural. Esta libertad para con el hombre, esta prevención de legiones de uniones nobles y legítimas no le afectan, sino que recaen pesadamente sobre la mujer, son el resultado inevitable de nuestro sistema económico. Nuestros matrimonios, como nuestra moral, se basan en el mercantilismo. No poder cumplir con los compromisos comerciales es un pecado mayor que la calumnia de un amigo, y nuestras bodas son transacciones comerciales.

Ya se mire a la mujer en su conjunto o solamente a esa triste colectividad que lleva marcados en la frente los sellos de una perpetua virginidad, siempre encontramos la necesidad de ideas e ideales. El motivo de esto es, además, la dependencia económica respecto al hombre. Las mujeres, a semejanza de los obreros, se han visto privadas de sus derechos como seres humanos, igual que se ha privado a los obreros de sus derechos como productores. El método utilizado en ambos casos es el único que permite la expropiación, sin importar ni en qué momento ni bajo qué circunstancias, ese método es la fuerza.

Actualmente, en Alemania la mujer es menor en relación con el hombre. Un marido de baja condición puede castigar a su mujer. Todas las decisiones concernientes a los hijos dependen de él, incluso fijar la fecha del destete. Es el hombre quien dirige, sea la que sea la fortuna de la que pueda disponer la mujer. La mujer no puede realizar contratos sin su consentimiento, ni formar parte de una organización política. Es inútil que señalemos cómo todo esto ha mejorado en Inglaterra en los últimos años, o que recordemos a nuestros lectores que las recientes transformaciones se deben a la acción de las mismas mujeres. Pero es necesario que recordemos que, una vez añadidos todos esos derechos civiles, la mujer inglesa, esté o no casada, depende moralmente del hombre y que es maltratada por él. La situación no es mucho mejor en otros países civilizados, a excepción, extraña, de Rusia donde las mujeres son socialmente más libres que en cualquier otro parte de Europa. En Francia las mujeres de la parte superior de las capas medias están en peor situación que en Inglaterra, las de la parte más desfavorecida de las capas medias y las de la clase obrera están en una situación más cómoda que en Inglaterra o Alemania, pero dos párrafos consecutivos del Código Civil, el 340 y el 341 muestran que la injusticia sobre la mujer no es exclusiva de los teutones: La recherche de la paternité est interdite y la recherche de la maternité est admise3.

Todos aquellos que quieren taparse los ojos ante la verdad saben que lo que decía Demóstenes de los atenienses es ciertamente aplicable en nuestros días a las capas medias y superiores de la sociedad: “Nos desposamos con la mujer para tener hijos legítimos y una fiel guardiana de nuestro hogar, mantenemos concubinas a nuestro servicio para uso diaria, pero tenemos hetairas para las voluptuosidades del amor.” La mujer siempre es la que se ocupa de los hijos, la guardiana del hogar. El marido vive y ama de acuerdo con su pícaro placer. Incluso quienes admitan esto puede que nos discutan cuando decimos que es igualmente de malo para las mujeres que las reglas sociales rigurosas hagan que la iniciativa amorosa sólo pueda provenir del hombre: la pedida de mano. Puede que se trate aquí de un principio de compensación. Tras el matrimonio, la mujer es quien más toma la iniciativa y el hombre el reservado. Shakespeare mostró muy bien que este hecho no es una ley natural. Miranda, liberada de las trabas sociales, se ofrece a Fernando: “Si quieres casarte conmigo, soy tu esposa, si no, moriré como tu sirvienta” y Helena, en Bien está lo que bien acaba, enamorada de Bertrán, que la conduce desde el Rosellón a París y Florencia, según Coleridge también es “la figura más encantadora de Shakespeare”. Hemos hablado de la naturaleza mercantil de la base del matrimonio. En numerosos casos se trata de una operación de trueque y, teniendo en cuenta el orden de cosas establecido actualmente, el problema de las “formas y medios” ejerce, necesariamente, un gran papel en todos los casos. Entre las capas superiores de la sociedad el asunto se lleva adelante sin el menor pudor. Las imágenes de Sir Gorgius Midas en Punch rinden testimonio de ello. La naturaleza de la publicación en la que aparecen nos recuerda que todos los horrores que ponen al desnudo son considerados como debilidades y no como faltas. En las partes desfavorecidas de las capas medias, los hombres mayoritariamente rehúsan las bondades de la vida familiar hasta que han superado la edad de desearlas ardientemente, numerosas mujeres cierran para siempre el libro de su vida en las más bellas páginas por temor a rerum angustarum domi4.

Otra prueba más de la naturaleza mercantil de nuestro sistema matrimonial la ofrece las edades diferentes en las que se casa la gente habitualmente en las diferentes capas de la sociedad. El momento no está en ningún caso reglamentado como debería estarlo por las edades de la vida. Algunos individuos favorecidos, los reyes, príncipes, aristócratas, se casan o son casados a la edad que la naturaleza prescribe como la más adecuada. El capitalista virtuoso, que a esa edad recurre regularmente a la prostitución, se explaya con afectación sobre la ligereza del trabajador manual. Quien estudia la fisiología y la economía política encuentra en ello una prueba interesante de cómo ni incluso el espantoso sistema capitalista ha podido aplastar una tendencia natural y justificada. Pero para la capa social intermedia entre estas dos, el matrimonio, como acabamos de ver, no puede tener lugar por regla general antes de que haya pasado la flor de la edad y la pasión esté en declive.

Todo ello enseña más sobre la mujer que sobre el hombre. Para éste la sociedad suministra, reconoce y legaliza los medios para satisfacer el instinto sexual. A los ojos de esa misma sociedad, si una mujer soltera adopta la conducta habitual de sus hermanos solteros y de los hombres que danzan con ella en los bailes, o que trabajan con ella en el almacén, es una paria. E incluso entre la clase obrera, en la que la gente se casa a la edad normal, la vida de la mujer en el sistema actual es la más penosa y la más ingrata de los dos. La vieja fórmula de la leyenda “parirás con dolor” no solamente es que se realiza, sino que se amplía. La mujer debe criar a los hijos durante largos años, sin descanso para relajarse, sin esperanzas de realizarse plenamente, perpetuamente bajo la misma atmósfera de trabajo y tristeza. El hombre, por más gastado que pueda estar por su trabajo, tiene la noche para no hacer nada. La mujer está ocupada hasta la hora de acostarse. A menudo, con los hijos jóvenes, su trabajo continúa tarde durante la noche e incluso dura toda la noche.

Cuando tiene lugar el matrimonio todo favorece a uno y todo obliga al otro. Algunos se sorprenden de que John Stuart Mill haya escrito: “El matrimonio es la única forma real de servidumbre reconocida por la ley.” Para nosotros, el motivo de la sorpresa es que haya contemplado esa servidumbre como una cuestión de sentimientos y no de estructuras económicas, como resultado de nuestro sistema capitalista. Tras el matrimonio, como antes, la mujer está sometida a obligaciones, el hombre no. Para ella el adulterio es un crimen, para él es un delito menor. Puede obtener el divorcio sobre la base del adulterio, ella no. La mujer debe suministrar las pruebas de que ha sido víctima de crueldad (de naturaleza física). Los matrimonios concebidos y realizados así, acompañados de todas las consecuencias de esos hechos, nos parecen (y sopesamos nuestras palabras) peores que la prostitución. Calificarlos de sagrados o morales constituye una profanación.

En relación con la cuestión del divorcio se puede señalar un caso de autoengaño del que son víctimas no solamente la sociedad y las clases que la constituyen, sino, también, muchos individuos. El clero está dispuesto muy gustosamente a casar a cualquiera, sin importar con quién, edad a la juventud, corrosión a la virtud, sin plantear preguntas como se dice en determinado tipo de anuncios. Sin embargo, el clero se opone ferozmente al divorcio. Enfrentarse contra uniones tan discordantes, como las que aprueban sin cesar, constituiría una invasión de la libertad del individuo. Sin embargo, lo que sí atenta gravemente contra la libertad individual es oponerse a cualquier cosa que facilite el divorcio. El conjunto de la cuestión del divorcio, compleja de todas formas, todavía resulta más compleja a causa del hecho de que debe ser estudiada en primer lugar en el marco de las condiciones actuales, después en relación con las futuras condiciones socialistas. Muchos espíritus avanzados pleitean a favor de una mayor liberalidad del divorcio desde ahora mismo. Sostienen que el divorcio debería ser tan simple de llevar a cabo como el matrimonio, que un compromiso establecido entre gente que no ha tenido casi, o ninguna, ocasión para conocerse mutuamente no debería ser irrevocable, ni incluso constituir un lazo tan riguroso; que la incompatibilidad de carácter, la no plasmación de esperanzas profundamente enraizadas, un verdadero desacuerdo, deberían constituir motivos suficientes para separarse; sostienen por fin, y esto es lo más importante, que las condiciones del divorcio deberían ser idénticas para los dos sexos. Todo ello es excelente y sería no solamente posible, sino justo si (notad bien el si) la situación económica de los dos sexos fuese la misma. Son diferentes. En consecuencia, aunque estemos teóricamente de acuerdo con todas esas ideas, creemos que si se realizasen en nuestro sistema actual comportarían en la práctica, en la mayoría de los casos, una injusticia todavía mayor para la mujer. Es el hombre quien podría sacar de ello ventajas, no la mujer, si no es en las raras veces en que la mujer posee bienes personales o cualquier medio de existencia. La disolución de la unión significaría la libertad para él, el hambre para ella y sus hijos.

Se nos puede preguntar si esos mismos principios sobre el divorcio tendrían validez en un sistema socialista. Nuestra respuesta es la siguiente: la unión entre un hombre y una mujer se realizaría de forma que evitase completamente la necesidad de divorciarse, como explicaremos a continuación.

Esperamos un juicio mucho más hostil sobre nuestra forma de tratar los dos últimos puntos, para los que hemos tenido encuentra el futuro, que sobre todo lo precedente. Ya hemos mencionado estos dos puntos. El primero concierne al instinto sexual. Pensamos que el método adoptado por la sociedad respecto a este tema es ineluctablemente malo en su integridad. Es mala desde el principio. Nuestros niños se ven reducidos sistemáticamente al silencio cuando se plantean preguntas sobre la procreación. Esta cuestión es tan natural como la concerniente a los latidos del corazón o a la respiración. Se debe responder tan tranquila y claramente como al resto. Puede que exista un período, en el caso de todos los pequeños, en el que una explicación psicológica dada como respuesta a una pregunta pueda nos ser entendida, aunque no estamos en disposición en estos momentos de precisarla. Pero jamás puede haber momentos propicios para enseñar cosas falsas sobre cualquier función corporal, sea la que sea. A medida que nuestros niños y niñas crecen, se hace de todo lo concerniente a las relaciones sexuales algo misterioso y vergonzoso. Por ello se genera al respecto una malsana curiosidad. El espíritu se concentra abusivamente sobre el tema, durante mucho tiempo queda insatisfecho o no satisfecho del todo y se llega a lo morboso. Nuestro punto de vista es que los padres y los hijos deben hablar con la misma franqueza y libertad de los órganos sexuales como del aparato digestivo. Oponerse a ello no es más que la manifestación de un prejuicio vulgar contra la enseñanza de la fisiología, prejuicio que encuentra su expresión más clara en una reciente carta de un padre a una institutriz: “Quiere usted no enseñarle nada a mi hija sobre esos órganos, no es bueno para ella y es deshonesto.” ¿Cuántos de nosotros no hemos sufrido la suggestio falsi o la supressio, veri en este dominio a causa de los padres, de los enseñantes o, incluso, de los domésticos? Preguntémonos honestamente de qué labios, bajo qué circunstancias, hemos aprendido la verdad sobre el nacimiento de los niños, y, sin embargo, es cierto que, nadie puede equivocarse al hablar de cosas sagradas puesto que se trata del nacimiento de pequeños niños. ¿En cuántos casos ha sido la madre quien lo ha enseñado, ella que tiene el derecho más sagrado al respecto, derecho adquirido con el sufrimiento?

Ya no se puede admitir por más tiempo que hablarles a los niños francamente sobre este tema es perjudicarlos. Citemos a Bebel que cita a la señora Isabel Beecher Hooker: “Con el fin de contestar satisfactoriamente a la permanente pregunta de su pequeño niño de ocho años que quería saber cómo había venido al mundo, y para evitar contarle cuentos (lo que consideraba inmoral) le dijo toda la verdad. El niño escuchó con la mayor atención y desde el día en que supo las penas y preocupaciones que le había supuesto a su madre dio pruebas en su apego hacia ella de una ternura y respeto completamente diferentes. Respeto semejante del que dio testimonio hacia otras mujeres.” En cuanto a nosotros, sabemos que al menos una mujer ha dicho la verdad completa a sus hijos y que estos sienten hacia ella un respeto y amor a la vez diferente y más profundo que anteriormente.

Con la falsa vergüenza y el misterio, contra los que protestamos, marchan de la mano la malsana separación entre los sexos que se inicia desde el momento en que los niños abandonan la guardería, y que termina en el mismo momento en el que el hombre y la mujer se adentran en la tierra común. En la Historia de una granja africana, una niña, Lindall, dice: “Conocimos la igualdad en una ocasión, recién nacidos y sobre las rodillas de nuestras nodrizas. La conoceremos otra vez cuando nos cierren los ojos para nuestro último sueño.” Esta separación perpetua en las escuelas, e incluso en determinadas iglesias, este sistema, está en vigor con todo lo que ello supone. Por supuesto que bajo su peor forma puede verse en esas instituciones inhumanas llamadas monasterios o conventos. Pero todas esas formas de un mismo mal (aunque se trate de las menos violentas) son inhumanas, solo es cuestión de grados.

Incluso en una sociedad ordinaria, las restricciones que atañen a las relaciones entre los sexos son, igual que las medidas represivas tomadas contra los escolares, la fuente de diversos males. Estas restricciones son especialmente perniciosas en lo que respecta a los temas de conversación. Todo hombre ve las consecuencias de esto, aunque se le escape la relación causa-efecto, en el tipo de conversación que se lleva a cabo en las salas de fumadores de la sociedad de clase media y alta. Sólo habrá esperanza de solución cuando los hombres y mujeres de mente pura, o que, al menos, evitan cualquier alteración, discutan la cuestión sexual en todos sus aspectos, como seres humanos libres, mirándose francamente a la cara. Y, a la par de esto, y como estamos repitiendo sin cesar, debe marchar la comprensión de que la base de todo el asunto es económica. Mary Wollstonecraft, en los Derechos de la mujer, enseñó, en parte, esta mezcla de los sexos, en lugar de su separación a lo largo de la vida. Exigió que las mujeres tuviesen las mismas ventajas educativas, que se educasen en las mismas escuelas y colegios que los hombres; que desde la infancia hasta la edad adulta los dos se formasen uno al lado del otro. Esta demanda es una dolorosa espina clavada en el pie del Sr. J. C. Jeaffreson en su última compilación.

Las dos formas límite de distinción de sexos consecutivas a su discriminación son, como lo muestra Bebel, el hombre afeminado y la mujer viril. Son dos tipos contra los que se levanta incluso el individuo medio con un horror perfectamente natural hacia lo que no lo es. Por razones que se han indicado más de una vez, el primero es menos frecuente que el segundo. Pero estos dos tipos no agotan la lista de trastornos debidos a nuestro trato antinatural de las relaciones entre los sexos. La virginidad mórbida, de la que ya se ha hablado, es otra. La locura es la cuarta. El suicidio es la quinta. En cuanto a estos dos últimos, unas cuantas cifras en un caso y un recordatorio en el otro. El recordatorio primero. La mayoría de los suicidios de mujeres se producen entre los 16 y 21 años. Muchos de ellos, por supuesto, se deben al embarazo que nuestro sistema social rebaja al nivel de un crimen. Pero otros se deben a instintos sexuales no satisfechos, a menudo ocultos bajo el eufemismo de decepción amorosa. Aquí hay algunos números sobre la locura, tomados de la página 47 de la traducción inglesa de Bebel: Hannover, 1881, 1 caso de locura por cada 457 solteros, 1 caso de locura por cada 1.316 habitantes casados; Sajonia, 260 casos por cada millón de mujeres solteras; Prusia, en 1882, por cada 10.000 habitantes 32,2 locos solteros, 9,5 locos casados, 29,5 locos solteros, 9,5 mujeres casadas.

Ha llegado el momento para hombres y mujeres de reconocer que la represión sexual siempre ha tenido efectos desastrosos. Si la extrema pasión es una enfermedad, la extrema inversa, el sacrificio del instinto sano y natural, es también una enfermedad. Que quienes caen en un exceso o en el contrario son individuos abominables es tan cierto en nuestro contexto como la melancolía o el exceso de alegría que Rosalinda echa en cara en el bosque de Arden. Y, sin embargo, miles de mujeres son inmoladas en los fuegos del infierno, que solo ellas conocen, en el altar del Moloch de nuestro sistema social; miles de mujeres quedan frustradas, mes tras mes, año tras año, por su juventud pasada para siempre. Por lo tanto, nosotros, y con nosotros, y, en cualquier caso, la mayoría de los socialistas, sostenemos que la castidad no es saludable ni es sagrada. Siempre entendiendo por castidad la supresión total de todos los instintos relacionados con la procreación, consideramos la castidad como un crimen. Como en todos los delitos, la criminal no es la que sufre individualmente, sino la sociedad que la obliga a cometer el crimen y sufrir. Aquí estamos de acuerdo con Shelley. En sus Notas a la Reina Mab encontramos el siguiente pasaje: “La castidad es una superstición monacal y evangélica, un enemigo mayor de la temperancia natural incluso que la sensualidad irracional; porque ataca a la raíz de toda felicidad doméstica y envía a más de la mitad de la raza humana a la miseria, que algunos pocos pueden monopolizar de acuerdo con la ley”. Finalmente, en esta cuestión, una de las más importante, recordemos los testimonios médicos acumulados que muestran que las mujeres sufren más que los hombres bajo estas restricciones.

Nuestro otro punto, antes de pasar a la parte final de este artículo, es el resultado necesario de nuestro sistema actual: la prostitución. Como ya hemos dicho, este mal es reconocido y está legalizado en algunos países europeos. Todo lo que necesitamos agregar aquí es el hecho aceptado comúnmente de que sus principales partidarios son de la clase media. Por descontado que la aristocracia no está excluida; pero el pilar de este horrible sistema es el respetable, acomodado y aparentemente más virtuoso, capitalista. Esto no se debe sólo a la gran acumulación de riqueza y los consiguientes hábitos de lujo. El hecho significativo es que, en una sociedad basada en el capital y cuyo centro es, por lo tanto, la clase media capitalista, la prostitución, uno de los peores resultados de esa sociedad, la apoya principalmente esa misma clase. Esto señala claramente la moraleja que una vez más, bajo una nueva forma, instamos a extraer. Lo que podría decirse de los casos especiales que la Pall Mall Gazette nos ha dado a conocer se aplica a la prostitución en general. Para deshacerse de la prostitución, debemos deshacernos de las condiciones sociales que la engendran. Las reuniones de medianoche, los refugios para los afligidos, todos los intentos bien intencionados de lidiar con este terrible problema son, como sus iniciadores admiten desesperadamente, inútiles. Y serán inútiles mientras dure el sistema de producción que, creando un excedente de mano de obra, crea con ello hombres y mujeres criminales que, muy literal y tristemente, quedan condenados al abandono. Los socialistas dicen: desháganse de esto, desháganse del sistema capitalista de producción y la prostitución desaparecerá.

Esto nos lleva a nuestro último punto. ¿Qué deseamos nosotros, los socialistas? ¿Qué prevemos? ¿Sobre qué estamos tan seguros como de que el saldrá mañana? ¿Cuáles son los cambios en la sociedad que ya están al alcance de la mano? ¿Qué consecuencias damos por descontadas en cuanto a los cambios en la condición de la mujer? Rehusamos toda intención profética. No es un profeta quien, razonando sobre una serie de fenómenos observados, ve el acontecimiento ineluctable a que llevan esos fenómenos. Un hombre tiene tan poco derecho a profetizar como a apostar cuando se trata de una certeza. A nosotros nos parece claro que, como en Inglaterra la sociedad germánica, cuya base era el poseedor de tierra libre, dio paso al sistema feudal, y éste al capitalista, así este último, no más eterno que sus predecesores, dará paso al sistema socialista; que así como de la esclavitud se pasó a la servidumbre, y de la servidumbre a la esclavitud asalariada de hoy, así también esta última pasará a la condición de que todos los medios de producción ya no pertenecerán ni al esclavista, ni al señor de siervos, ni al amo del esclavo asalariado, el capitalista, sino a la colectividad en su conjunto. A riesgo de levantar la habitual sonrisa y burla, confesamos que no estamos más dispuestos a entrar en los detalles de ese funcionamiento socialista de la sociedad de lo que estaban los primeros capitalistas a entrar en los detalles del sistema que fundaron. Nada es más común, nada es más inicuo, nada es más indicativo de una escasa comprensión, que el vulgar clamor por los detalles exactos de las cosas bajo la condición social hacia la que creemos que se mueve el mundo. Ningún exponente de una nueva gran verdad, ninguno de sus seguidores, puede esperar elaborarla hasta sus últimas ramificaciones. ¿Qué se pensaría de aquellos que rechazaron el descubrimiento de la gravitación de Newton porque, mediante la aplicación de la misma, no había descubierto Neptuno? ¿O de aquellos que rechazaron la teoría darwiniana de la selección natural porque el instinto presentaba ciertas dificultades? Sin embargo, esto es precisamente lo que hacen los opositores más comunes al socialismo; siempre con una pasmosa falta de reflexión, ignorando el hecho que, por cada dificultad o miseria que suponen que surgirá de la socialización de los medios de producción, existe en realidad una veintena peor en la sociedad putrefacta de hoy.

¿De qué estamos seguros que sucederá? Nos hemos alejado tanto de Bebel por nuestras propias líneas de pensamiento, hacia las que nos ha encaminado generalmente su sugestiva obra, que volvemos gustosa y agradecidamente a él a causa de la respuesta a esta pregunta: “Una sociedad en la que todos los medios de producción son propiedad de la colectividad, una sociedad que reconoce la plena igualdad de todos sin distinción de sexo, que prevé la aplicación de toda clase de mejoras o descubrimientos técnicos y científicos, que inscribe como trabajadores a todos aquellos que actualmente son improductivos, o cuya actividad asume una forma perjudicial, los holgazanes y los zánganos, y que, al tiempo que minimiza el período de trabajo necesario para su sostenimiento, eleva la condición mental y física de todos sus miembros al máximo nivel posible.”

No ocultamos, ni a nosotros ni a nuestros antagonistas, que el primer paso para ello es la expropiación de toda la propiedad privada de la tierra y de todos los demás medios de producción. Con esto se produciría la abolición del estado tal y como es ahora. No hay confusión más común en cuanto a nuestros objetivos que la que lleva a la gente de pensamiento confuso a imaginar que los cambios que deseamos se pueden producir, y las condiciones posteriores a ellos pueden existir, dentro del marco de un estado como el de hoy. El estado es ahora una organización de fuerza para el mantenimiento de las actuales condiciones de propiedad y reglamentación social. Sus representantes son unos cuantos hombres de clase media y alta que se disputan los lugares que ofrecen salarios anormales. El estado bajo el socialismo, si se mantiene una palabra de resonancias tan espantosas, será la capacidad organizada de una colectividad de trabajadores. Sus funcionarios no serán ni mejores ni peores que sus compañeros. Desaparecerá el divorcio entre el arte y el trabajo, el antagonismo entre el trabajo intelectual y el manual, que tanto aflige el alma de los artistas, sin que ellos mismos sepan en la mayoría de los casos la causa económica de sus penas.

Y ahora viene la cuestión de cómo la futura posición de la mujer, y por lo tanto de la raza, se verá afectada por todo esto. De una o dos cosas podemos estar muy seguros. La evolución de la sociedad decidirá por sí sola de manera positiva sobre otras, aunque cada uno de nosotros pueda tener su propia idea sobre cada punto en particular. Claramente habrá igualdad para todos, sin distinción de sexo. Así, la mujer será independiente: gozará de su educación y de todas las demás oportunidades como lo haga el hombre. Como él, si está sana de mente y cuerpo (¡y cómo crecerá el número de mujeres así!) tendrá que entregar una, dos o tres horas de trabajo social, para suplir las necesidades de la colectividad, y por lo tanto de sí misma. A partir de esa prestación estará libre para el arte o la ciencia, o para enseñar o escribir, o para divertirse de cualquier forma. La prostitución habrá desaparecido con las condiciones económicas que la hicieron, y la convierten ahora, en una necesidad.

Si prevalecerá la monogamia o la poligamia en el estado socialista es un detalle del que sólo se puede hablar a título personal. La cuestión es de tal calado que no puede ser resuelta dentro de las nieblas y miasmas del sistema capitalista. Personalmente, creemos que la monogamia ganará la partida. Hay aproximadamente el mismo número de hombres y mujeres, y el ideal más alto parece ser la completa, armoniosa y duradera unión de dos vidas humanas. Tal ideal, casi nunca alcanzable hoy en día, necesita al menos cuatro cosas. Son el amor, el respeto, el acuerdo intelectual y el dominio de las necesidades de la vida. Cada una de estas cuatro es mucho más posible bajo el sistema hacia el que nos dirigimos que bajo el que vivimos ahora. La última está absolutamente asegurada para todos. Como Ibsen hace que Helmer diga por Nora, “La vida en el hogar deja de ser libre y bella directamente si sus cimientos son los préstamos y las deudas.” Pero los préstamos y las deudas no pueden sobrevenir cuando uno es miembro de una colectividad, y no un hombre aislado defendiendo sus propios intereses. El acuerdo intelectual: estará mucho mejor garantizado con una educación idéntica para el hombre y la mujer, con su formación hombro con hombro hasta que se unan. Ese desagradable producto del capitalismo, la joven In Memoriam de Tennyson, con su no puedo entender, simplemente amo, será un mito. Todos habrán aprendido que no puede haber amor sin comprensión. Y el amor y el respeto, ausentes o perdidos hoy en día a causa de las imperfecciones y defectos, producto del sistema comercial de la sociedad, serán más fáciles de conseguir, y casi nunca se desvanecerán. El contrato entre el hombre y la mujer será de naturaleza puramente privada, sin la intervención de ningún funcionario público. La mujer ya no será la esclava del hombre, sino su igual. El divorcio no será necesario.

Y aunque tengamos razón o no en considerar la monogamia como la mejor forma de sociedad, podemos estar seguros de que se elegirá la mejor forma gracias a las sabidurías más maduras y ricas que la nuestra. Podemos estar igualmente seguros de que la elección no serán los matrimonios de trueque, con su poligamia unilateral, de nuestra triste propia época. Podemos estar seguros sobre todo de que dos grandes maldiciones que, junto a otras, ayudan a arruinar las relaciones entre hombre y mujer, habrán pasado. Esas maldiciones son el tratamiento de hombres y mujeres como seres diferentes, y la falta de verdad. Ya no habrá una ley para la mujer y otra para el hombre. Si la sociedad venidera considera, como lo hace la sociedad europea actual, que el hombre tiene derecho a tener amantes además de esposa, podemos estar seguros de que esa libertad se extenderá a la mujer. Desaparecerá el horrible disimulo, la constante mentira que hace de la vida doméstica de casi todos nuestros hogares ingleses una hipocresía organizada. Se llevará a cabo con justicia y a la luz del día lo que la madura y deliberada opinión de la colectividad encuentre mejor. El marido y la mujer podrán hacer lo que pocos pueden hacer ahora: mirar con claridad a los ojos del otro, a su corazón. Por nuestra parte, creemos que la unión de un hombre con una mujer será lo mejor para todos, y que éstos encontrarán en el corazón del otro lo que está en su mirada, su propia imagen.


1 “… apareció [el libro de Bebel] en circunstancias excepcionales. Pocos meses antes se había promulgado la Ley de los Socialistas, con que se reprimió toda la literatura socialista. Si, no obstante, alguien se atrevía a difundir un escrito prohibido o lo reeditaba y lo pillaban en esto, su premio era seis meses de cárcel. Sin embargo, se hicieron ambas cosas.” Bebel, prólogo a la edición L en La mujer y el socialismo, Akal Editor, Madrid, 1977, página 35.

2 Accesible en la sección en español del Marxists Internet Archive.

3 En francés en el original inglés: “la investigación sobre la paternidad queda prohibida” y “la investigación sobre la maternidad queda admitida”.

4 Del limitado confinamiento de la vida doméstica.

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