• Pese a presentar mejores indicadores que los hombres, la educación recibida por las mujeres no se refleja en el ámbito laboral. 

Heidy Valencia Espinoza

Segunda parte de la ponencia de Heidy Valencia, docente de Español y Filosofía, militante de Las Rojas – Nuevo Partido Socialista y Coordinadora de la Regional 07 APSE Sindicato, sobre Género y Educación a la Escuela Sindical y Gremial Carmen Lyra de ADEM Sindicato.

En la última década, Costa Rica obtiene altos índices de alfabetización y matrícula de estudios primarios y secundarios. Aunque durante años la matrícula se mantuvo equitativa para ambos sexos, los datos del Ministerio de Educación Pública (MEP), desde el año 2012, las niñas están accediendo en menor medida a la educación primaria, al punto que existe un estancamiento en los últimos tres años, de acuerdo con los datos arrojados por el III Estado de los Derechos Humanos de las Mujeres en Costa Rica, elaborado por el Instituto Nacional de las Mujeres, INAMU. En 2006 y 2009 las niñas alcanzaron tasas de escolarización del 99%, pero a partir del 2012 inicia un descenso significativo, hasta llegar a 93.6% en 2016, señala la investigación.

Por otro lado, en el nivel de educación secundaria los porcentajes de matrícula y aprobación se encuentran liderados por mujeres. Sin embargo, los mandatos de género tienen un impacto diferenciado en la exclusión escolar, pues la maternidad, los oficios domésticos o el cuido de otras personas constituyen causas de deserción en las adolescentes, mientras que entre los hombres este fenómeno se asocia a su inserción en el mercado laboral.

En cuanto a la educación universitaria, datos del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC) señalan que son más las mujeres con estudios de pregrado y grado, pero son los hombres los que más obtienen posgrados.

En los últimos 20 años la inserción de las mujeres en el ámbito universitario ha permitido superar las brechas de acceso que las precedieron.  Si bien, la condición de género por sí misma alude a diferencias y brechas sociales que también se manifiestan en la educación superior, estas brechas se suman o intersecan con otras desigualdades que nuestra sociedad provoca, configurando panoramas diferentes, por ejemplo, según la zona de procedencia de las personas. 

A pesar de la amplia incorporación de las mujeres en educación superior, persisten las desigualdades educativas por género en una diversidad de planos y experiencias. La elección de la carrera, por ejemplo, está altamente sesgada por patrones culturales sexistas en todas las universidades, prevaleciendo la matrícula de mujeres en carreras de educación y servicios y la matrícula de los hombres en carreras de ciencias duras y tecnológicas. 

Las mujeres siguen enfrentando las desigualdades en la distribución de tareas en el ámbito familiar cuando estudian, enfrentan los estereotipos dominantes que inciden en la escogencia de carrera y las implicaciones de ésta en los trabajos que acceden, o bien, en los ambientes educativos cuando escogen una carrera “masculinizada”. Algunas conviven con la maternidad y la lactancia sin las condiciones óptimas mientras estudian.  Además, en la academia, la participación de las mujeres disminuye en la medida que aumenta la jerarquía en puestos académicos.

Pese a presentar mejores indicadores que los hombres, la educación recibida por las mujeres no se refleja en el ámbito laboral. La carga laboral en trabajos similares y la preparación profesional y técnica son los ámbitos más desiguales. Le sigue la desigualdad en los salarios y en la participación de la fuerza laboral.

Los señalamientos se confirman con datos del Instituto Nacional de la Mujer (INAMU) que indican que los hombres ganan alrededor de un 16% más que las mujeres.

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