George Orwell: un hombre coherente y un escritor total

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  • El 21 de enero de 1950 moría en Londres George Orwell. Fue autor de trabajos como “Rebelión en la granja y “homenaje a Cataluña”. Sin embargo, es mayormente conocida por su obra maestra, la distopía “1984”. Es menos conocida su participación en la Guerra Civil Española en las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista.

Guillermo Pessoa

La propiedad centralizada apenas significa nada si la mayor parte del pueblo no disfruta de un nivel de vida más o menos parecido y si no tiene alguna suerte de control sobre el gobierno.

“El león y el unicornio: el socialismo y el genio de Inglaterra” G.O 1941

El 21 de enero de 1950 moría en Londres George Orwell. Había nacido en la India en 1903. Mundialmente célebre por las novelas Rebelión en la granja y 1984, fue además una personalidad fascinante. Socialista revolucionario, antiiimperialista y anti dogmático. Brevísima semblanza y la reproducción de un texto suyo a modo de homenaje

George Orwell quedó muy asociado a su última novela: 1984, la más de las veces “malentendida”: la distopía allí expuesta no es otra cosa que un fresco de la dictadura stalinista y su “policía del pensamiento”. Fresco que había comenzado en 1945 con su también célebre Rebelión en la granja. Pero Orwell no fue sólo un escritor de novelas históricas. Sino y fundamentalmente, fue lo que podríamos llamar un hombre coherente y un escritor total.

Escritura, pensamiento y compromiso fueron un tríptico inherente a su fascinante personalidad. Anti imperialista y anti racista en Inglaterra, conocedor y expositor de las vivencias de los pueblos coloniales (si bien lejos de un relato rosa y sin contradicciones), periodista, corresponsal, integrante de las Brigadas Internacionales en España, siempre molesto para la clase dominante y dirigente británica y más aún durante la Segunda Guerra Mundial cuando exigía “armas para el pueblo”.  Socialista revolucionario que clavó su estiletazo certero a la izquierda reformista y pro imperialista. Desde 1938 adhirió al ILP (Partido laborista independiente), escisión por izquierda del viejo Partido Laborista

Versátil hasta lo indecible: la crítica literaria (la distinción y también los puntos en común entre el esteticismo puro y el panfletismo junto al análisis de la obra de Dickens y Kipling entre otros, es sencillamente  brillante), la sociología de las costumbres (su descripción del sistema de clases inglés de mediados de siglo pasado es agudo y dinámico), la filología y hasta incursiones en la gastronomía inglesa fueron parte de sus  vastas inquietudes.

A modo de balance de su participación en la mencionada Guerra Civil Española, entre otros textos escribió el que sigue. Sepa disculpar el lector su extensión, pero creemos vale la pena. Y sí, Orwell vive y su obra sigue teniendo cosas para decirnos …

Es probable que la guerra española haya producido una cosecha de mentiras más abundante que cualquier otro suceso desde la Gran Guerra de 1914-1918, pero dudo sinceramente, a pesar de todas esas hecatombes de monjas violadas y sacrificadas ante los ojos de los reporteros del Daily Mail, que sean los periódicos profascistas los que hayan causado el mayor daño. Son los periódicos de izquierdas, el News Chronicle y el Daily Worker, con unos métodos de distorsión mucho más sutiles, los que han impedido que el público británico comprenda la verdadera naturaleza de la contienda.

El hecho que estos periódicos han ocultado con tanto esmero es que el gobierno español (incluido el gobierno semiautónomo catalán) le tiene mucho más miedo a la revolución que a los fascistas. Ahora parece ya casi seguro que la guerra terminará con algún tipo de pacto, y existen incluso motivos para dudar que el gobierno, que dejó caer Bilbao sin mover un dedo, quiera salir demasiado victorioso; pero no cabe ninguna duda acerca de la minuciosidad con la que está aplastando a sus propios revolucionarios. Desde hace algún tiempo, un régimen de terror —la supresión forzosa de los partidos políticos, la censura asfixiante de la prensa, el espionaje incesante y los encarcelamientos masivos sin juicio previo— ha ido imponiéndose. Cuando dejé Barcelona a finales de junio, las prisiones estaban atestadas; de hecho, las cárceles corrientes estaban desbordadas desde hacía mucho, y los prisioneros se apiñaban en tiendas vacías y en cualquier otro cuchitril provisional que pudiera encontrarse para ellos. Pero la clave aquí es que los presos que están ahora en las cárceles no son fascistas, sino revolucionarios; que no están ahí porque sus opiniones se sitúen demasiado a la derecha, sino porque se sitúan demasiado a la izquierda. Y los responsables de haberlos recluido ahí son esos terribles revolucionarios ante cuyo mero nombre James Louis Garvin tiembla como un flan: los comunistas.

Mientras tanto, la guerra contra Franco continúa, aunque, con la excepción de esos pobres diablos que están en las trincheras del frente, nadie en el gobierno de España la considera la guerra de verdad. La lucha de verdad es entre la revolución y la contrarrevolución, entre los obreros que tratan en vano de aferrarse a algo de lo que conquistaron en 1936 y el bloque liberal-comunista, que con tanto éxito está logrando arrebatárselo. Es una lástima que en Inglaterra haya todavía tan poca gente al corriente de que el comunismo es ahora una fuerza contrarrevolucionaria, de que los comunistas están aliados en todas partes con el reformismo burgués y usando al completo su poderosa maquinaria para aplastar o desacreditar a cualquier partido que muestre indicios de tendencias revolucionarias. De ahí que resulte grotesco ver como los comunistas son tildados de «rojos» malvados por los intelectuales de la derecha, que están en esencia de acuerdo con ellos. El señor Wyndham Lewis, por ejemplo, tendría que adorar a los comunistas, al menos durante un tiempo. En España, la alianza liberal-comunista ha resultado victoriosa casi por completo. De todas las conquistas que alcanzaron los obreros españoles en 1936 no queda nada firme, al margen de un puñado de granjas colectivas y una cierta extensión de tierras de las que los campesinos se apoderaron el año pasado; y es de suponer que hasta estos serán sacrificados con el tiempo, cuando ya no haya ninguna necesidad de aplacarlos. Para entender cómo surgió la situación actual, hay que volver la vista hacia los orígenes de la Guerra Civil.

La tentativa de Franco de hacerse con el poder difiere de las de Hitler o Mussolini, por cuanto se trató de una insurrección militar, comparable a una invasión extranjera, y por tanto no contaba con demasiado apoyo popular, si bien desde entonces Franco ha tratado de hacerse con él. Sus principales partidarios, aparte de ciertos sectores de las grandes empresas, eran la aristocracia terrateniente y la Iglesia, enorme y parásita. Evidentemente, un levantamiento de este tipo alinea en su contra fuerzas diversas que no están de acuerdo en ningún otro punto. El campesino y el obrero odian el feudalismo y el clericalismo, pero también los odia el burgués «liberal», que no es contrario en lo más mínimo a una versión algo más moderna del fascismo, al menos siempre y cuando no se lo llame así. El burgués «liberal» es genuinamente liberal hasta el momento en que deja de convenirle según sus intereses. Defiende ese grado de progreso al que apunta la expresión «la carrière ouverte aux talents», pues, claramente, no tiene ninguna oportunidad de desarrollarse en una sociedad feudal donde el obrero y el campesino son demasiado pobres para comprar bienes, donde la industria está lastrada por impuestos enormes con que pagar las sotanas de los obispos, y donde todo puesto lucrativo se le concede de forma sistemática al amigo del hijo ilegítimo del duque. Así pues, frente a un reaccionario tan flagrante como Franco, se consigue durante un tiempo una situación en que el obrero y el burgués, en realidad enemigos mortales, combaten codo con codo. A esta alianza precaria se la conoce como Frente Popular (o, en la prensa comunista, para otorgarle un atractivo espuriamente democrático, Frente del Pueblo). Es una combinación con más o menos la misma vitalidad, y más o menos el mismo derecho a existir, que un cerdo con dos cabezas o alguna otra de esas monstruosidades del circo de Barnum & Bailey.

Ante cualquier emergencia seria, la contradicción implícita existente en el Frente Popular se hará notar forzosamente, pues, aunque el obrero y el burgués luchan ambos contra el fascismo, no lo hacen con el mismo objetivo: el burgués está luchando por la democracia burguesa, esto es, el capitalismo, y el obrero, en la medida en que comprende el asunto, lo hace por el socialismo. Y en los primeros días de la revolución, los obreros españoles comprendían muy bien el asunto. En las zonas donde el fascismo fue derrotado, no se contentaron con expulsar de las ciudades a los soldados rebeldes, sino que también aprovecharon la oportunidad de apoderarse de las tierras y las fábricas y de sentar a grandes rasgos las bases de un gobierno obrero por medio de comités locales, milicias obreras, fuerzas policiales y demás. Cometieron el error, sin embargo (posiblemente porque la mayoría de los revolucionarios activos eran anarquistas que desconfiaban de cualquier parlamento), de dejar el control nominal en manos del gobierno republicano. Y, a pesar de los diversos cambios de personal, todos los gobiernos posteriores han tenido prácticamente el mismo carácter reformista burgués. Al principio no pareció importar, porque el gobierno, en particular en Cataluña, apenas tenía poder, y los burgueses debían mantenerse agazapados o incluso (esto seguía sucediendo cuando llegué a España en diciembre) hacerse pasar por obreros. Más tarde, cuando el poder se les escurrió de las manos a los anarquistas y pasó a las de los comunistas y los socialistas de derechas, el gobierno fue capaz de reafirmarse, los burgueses salieron de su escondite y la antigua división social entre ricos y pobres reapareció, sin grandes cambios. De ahí en adelante, todo movimiento, salvo unos pocos, dictados por la emergencia militar, se ha encaminado a deshacer el trabajo de los primeros meses de revolución. De todos los ejemplos que podría escoger, citaré sólo uno: la disolución de las viejas milicias obreras —que estaban organizadas con un sistema genuinamente democrático y en las que los oficiales y los hombres cobraban la misma paga y se mezclaban en pie de igualdad— y su sustitución por el Ejército Popular (de nuevo, en la jerga comunista, el «Ejército del Pueblo»), estructurado en todo lo posible a la manera de un ejército burgués convencional, con una casta privilegiada de oficiales, diferencias inmensas en la paga, etcétera, etcétera. Ni que decir tiene que esto se presenta como una necesidad militar, y casi seguro que contribuye a la eficiencia militar, al menos por un corto período de tiempo. Pero el propósito indudable de este cambio fue asestarle un golpe al igualitarismo. Se ha seguido la misma política en cada departamento, con el resultado de que, tan sólo un año después del estallido de la guerra y la revolución, lo que tenemos aquí es en la práctica un Estado burgués convencional, con el añadido de un régimen del terror con el que preservar el statu quo.

Este proceso quizá no habría llegado tan lejos si la lucha se hubiera desarrollado sin injerencias extranjeras. Pero la debilidad militar del gobierno hizo que fuera imposible. Frente a los mercenarios extranjeros de Franco, se vio obligado a recurrir a Rusia en busca de ayuda, y aunque se ha exagerado enormemente la cantidad de armas suministradas por Rusia (en los tres primeros meses que pasé en España sólo vi un arma rusa, una solitaria ametralladora), el simple hecho de su llegada llevó a los comunistas al poder. Para empezar, los aviones y cañones rusos y las buenas cualidades militares de las Brigadas Internacionales (no necesariamente comunistas, pero bajo control comunista) elevaron inmensamente el prestigio comunista. Pero, lo que es más importante, dado que Rusia y México eran los únicos países que suministraban armas de forma pública, los rusos consiguieron no sólo obtener dinero a cambio de su armamento, sino también imponer por la fuerza ciertas condiciones. Por decirlo sin tapujos las condiciones eran: «Aplastad la revolución o no recibiréis más armas». La razón que suele esgrimirse para explicar la actitud de los rusos es que, si daba la impresión de estar incitando a la revolución, el pacto franco-soviético (y la esperada alianza con el Reino Unido) correría peligro; es posible también que el espectáculo de una auténtica revolución en España suscitara ecos indeseados en Rusia. Los comunistas, claro está, niegan que el gobierno ruso haya ejercido cualquier ha aplicado toda su inmensa y creciente influencia en el bando de la contrarrevolución, presión directa. Pero esto, incluso si fuera cierto, es prácticamente irrelevante, ya que puede considerarse que los partidos comunistas de todos los países están llevando a cabo políticas rusas; y no cabe duda de que el Partido Comunista español, junto con los socialistas de derechas bajo su control y junto con la prensa comunista del mundo entero,

En términos generales, la propaganda comunista se sustenta en el terror que infunde en la gente en relación con los horrores (por entero reales) del fascismo. Y transmite, además, su falsa impresión -no a las claras, pero si implícitamente- de que el fascismo no tiene nada que ver con el capitalismo. El fascismo no es más que una especie de maldad sin sentido, una aberración, un “sadismo de masas”, el tipo de cosa que ocurriría si dejásemos de pronto sueltos a todos los maníacos homicidas de un manicomio. Presentando el fascismo de este modo, podemos movilizar a la opinión pública en contra, al menos por un tiempo, sin provocar un movimiento revolucionario. Podemos enfrentarnos al fascismo con la “democracia” burguesa, es decir, el capitalismo; pero, mientras tanto, tenemos que deshacernos de ese individuo fastidioso que señala que el fascismo y la “democracia” burguesa son harina del mismo costal. Al principio esto lo hacemos llamándolo “iluso visionario”. Le decimos que está embrollando el asunto, que está dividiendo a las fuerzas antifascistas, que no es momento de palabrería revolucionaria, que por ahora tenemos que luchar contra el fascismo sin plantear demasiadas preguntas sobre para qué estamos luchando. Tiempo después, si sigue negándose a cerrar la boca, subimos el tono y lo llamamos “traidor”. Más exactamente, lo llamamos “trotskista”. 

 ¿Y qué es un trotskista? Esta palabra terrible -en estos momentos, en España pueden encarcelarte y dejarte ahí encerrado indefinidamente, sin juicio, si corre el simple rumor de que eres un trotskista- apenas está empezando a circular aquí y allá en Inglaterra. La oiremos más a menudo dentro de un tiempo. El término “trotskista” (o “trotskista-fascista”) se usa por lo general para referirse a un fascista camuflado que se hace pasar por ultrarrevolucionario con el fin de dividir a las fuerzas de izquierdas. Pero extrae su peculiar poder del hecho de que significa tres cosas distintas. Puede referirse a alguien que, como Trotski, desea una revolución mundial; o a un miembro de la propia organización encabezada por Trotski (el único uso legítimo del término); o al fascista camuflado que mencionábamos antes. Los tres significados pueden solaparse el uno sobre el otro a voluntad. El significado número 1 puede o no conllevar el significado número 2, y el significado número 2 conlleva casi invariablemente el significado número 3. Así pues: “A XY se le ha oído hablar favorablemente de la revolución mundial; por lo tanto es trotskista, y por consiguiente fascista”. En España, y en cierta medida incluso en Inglaterra, cualquiera que profese el socialismo revolucionario (esto es, que profese los ideales que el Partido Comunista defendía hasta hace pocos años) está bajo sospecha de ser un trotskista a sueldo de Franco o Hitler. 

Hasta hace pocos meses se decía que los anarcosindicalistas “trabajaban lealmente” junto a los comunistas. Entonces fueron expulsados del gobierno y luego pareció que no estaban trabajando tan lealmente; ahora están en proceso de convertirse en traidores. Después de eso les llegará el turno a los socialistas de izquierdas. Largo Caballero, socialista de izquierdas y presidente del gobierno hasta mayo de 1937, ídolo de la prensa comunista, está ya en las “tinieblas de afuera”, tachado de “trotskista” y “enemigo del pueblo”. Y así prosigue el juego. El final lógico es un régimen en el que se elimine cualquier partido y periódico opositor, y en el que todo disidente de cierta importancia acabe en la cárcel. Por descontado, un régimen semejante será fascista. No será igual que el fascismo que impondría Franco; será incluso mejor que el fascismo de Franco, hasta el punto de que vale la pena luchar por él, pero será fascismo. Solo que, al estar dirigido por comunistas y liberales, lo llamarán otra cosa. 

Todo lo que he dicho en este artículo parecería por completo una obviedad en España, e incluso Francia. Sin embargo, en Inglaterra, a pesar del profundo interés que ha suscitado la guerra española, hay muy poca gente que haya oído siquiera hablar de la batalla enorme que está teniendo lugar tras las líneas gubernamentales. Esto, por supuesto, no es casual. Ha habido una conspiración deliberada (podría dar ejemplos detallados) para evitar que se comprenda la situación de España. Personas de las que cabría esperar mejor criterio se han prestado al engaño sobre la base de que si uno cuenta la verdad sobre España se usará como propaganda fascista(Descubriendo el pastel español, septiembre 1937)

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