Fuera racistas de nuestra Tierra Media: sobre el color de la piel de los personajes en ‘El señor de los anillos: Los anillos de poder’

Ahora que el reparto de la serie de Amazon sirve de pretexto para proclamas muy desagradables, es el momento de recordar que en el legendario de Tolkien hay sitio para todos.

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Articulo de 20minutos.es

“Yo no soy ario”, le escribía J. R. R. Tolkien a un editor interesado por sus orígenes familiares. “Hasta donde sé, ninguno de mis ancestros hablaba hindostánico, persa, romaní o sus dialectos. Pero, si debo entender que usted está preguntándome si soy de origen judío, lamento decir que no tengo antepasados entre ese ilustre pueblo”.

Estas palabras no eran baladíes en 1938, cuando Tolkien las escribió. En realidad, formaron parte de una carta en la que el autor de El señor de los anillos (por entonces, apenas un conjunto de notas) mandaba a freír espárragos a una editorial alemana que quería publicar El hobbit en el III Reich, dando a entender que la ideología nazi le merecía el más hondo desprecio.

“Si preguntas tan impertinentes e irrelevantes como estas van a ser la norma en cuestiones de literatura, entonces no pasará mucho tiempo hasta que llevar un apellido alemán deje de ser una motivo de orgullo”, añadía Tolkien. Una vez comenzada la II Guerra Mundial, al creador de la Tierra Media no le dolerían prendas en manifestar su odio hacia Adolf Hitler, un “ignorante de medio pelo” responsable de “volver maldito para siempre el noble espíritu del Norte”.

Acerca de lo que Tolkien hubiera pensado de El señor de los anillos: Los anillos de poder, es imposible especular. En parte, porque apenas sabemos nada de las preferencias audiovisuales del profesor (solo que odiaba a Walt Disney), y en parte porque, siempre celoso de su obra, a este no le hubiera hecho demasiada gracia la idea de un fan fiction multimillonario ambientado en la Segunda Edad. Ahora bien: a la luz de estas palabras suyas, tenemos claro que el reparto de la serie no hubiera sido la primera de sus preocupaciones.

Una pena que parte del fandom tolkieniano (más concretamente, al sector del mismo que se cree guardián de las esencias) no piense lo mismo. Desde la aparición de los pósters y el teaser de la serie de Amazon, las redes sociales se han llenado de espumarajos (demasiado esperables) que deploran la presencia de Sofia Nomvete Ismael Cruz Córdova, por una única razón: ambos intérpretes tienen la piel oscura.

Transcribir estos insultos nos sabría a cenizas en la boca, así que preferimos no centrarlos en ellos: hacerlo sería un esfuerzo que sus autores no se merecen. Solo podemos señalar que, si bien el legendario de la Tierra Media es casi del todo eurocéntrico (normal, ya que Tolkien lo desarrolló a partir de leyendas anglosajonas y cantares de gesta finlandeses, entre otras fuentes), contiene ya de por sí elementos de lo que ahora llamaríamos “inclusividad”. Los cuales conviven con sus aspectos más problemáticos.

Sin ir más lejos, hay que preguntarse cuántos de quienes deploran la presencia de Sofia Nomvete dando vida a una princesa enana sabrán que la fuente de inspiración para los enanos de Tolkien no fue solo los duendes subterráneos del folklore nórdico, sino también el pueblo judío. No es casualidad que los descendientes de Durin tengan una historia de éxodos y migraciones, ni tampoco que las sonoridades de su idioma recuerden a veces al hebreo.

La carta que transcribíamos al comienzo de este artículo sirve para confirmar, además, que Tolkien no albergaba pensamientos antisemitas. Algo que, en el período de entreguerras, resultaba chocante en alguien tan conservador y religioso como él: antes de 1945, recordemos, la hostilidad ante la ‘cuestión judía’ era algo habitual entre los europeos de derechas. El nazismo, como intuía el propio autor, supo aprovecharse demasiado bien de esta actitud.

De esta manera, personajes como Thorin Gimli resultaron, en su momento, un guiño de Tolkien a los miembros de una minoría excluida. ¿Habrían acusado algunos al autor de ‘woke’ si hubiera habido Twitter en 1954? Mejor no pensarlo demasiado.

En cuanto al color de los elfos, digamos que admite más interpretaciones. Pero, aunque Tolkien insistiera mucho en sus pieles claras y sus rubios cabellos, en la tradición del norte de Europa también hay elfos oscuros (“svartálfar” “dökkalfar”). La asociación de estos con las fuerzas del mal se considera hoy en día algo más debido a la cristianización de los mitos nórdicos y al sesgo de los folkloristas alemanes del siglo XIX que un rasgo primitivo.

El autor de El señor de los anillos tuvo esto en cuenta, indicando en sus escritos que los linajes élficos (los Vanyar, los Noldor y los Teleri) presentan diferencias de color y complexión. Abundando en el tema, podemos señalar la existencia de los semielfos, como Elrond, y sospechar que estos mestizos mostrarían aún más variaciones sobre el tipo original.

Dicho esto, señalemos que entre los elfos de Tolkien y aquellos que le sirvieron como inspiración hay las mismas similitudes que entre un huevo y una castaña: siempre católico, el escritor quiso imaginar con sus personajes a una especie incorrupta por el pecado original, la cual acabó alejándose mucho de sus raíces mitológicas. Pero, incluso teniendo esto en cuenta, si declaramos que las  genealogías élficas trazadas por el profesor no dejan lugar para variaciones en los tonos de piel o la fisionomía, estaremos cayendo en un reduccionismo del cual el propio Tolkien acabó arrepintiéndose.

Un elfo negro: ¿cosa de herejes?

Antes de seguir, conviene acordarse por un momento del primer fanboy ilustre de El señor de los anillos. Hablamos del poeta W. H. Auden, que escribió reseñas entusiastas de la trilogía mientras el grueso de la crítica literaria echaba pestes de ella. La amistad entre Tolkien y Auden fue intermitente y espinosa (mientras que el primero era profundamente conservador en todos los aspectos, el segundo era homosexual y de izquierdas), pero, durante su transcurso, hubo espacio para que el poeta formulase preguntas puñeteras.

Por ejemplo, algo que intrigaba mucho a Auden era la condición de los orcos. Incluyendo en El señor de los anillos una especie absolutamente malvada, más allá de la redención, ¿no habría pecado Tolkien contra su propio catolicismo, imaginando criaturas ajenas a la salvación eterna?

Aunque al principio despachara la cuestión con cajas destempladas, Tolkien le dio vueltas hasta acabar razonándola a su manera. La culpa de la maldad de los orcos, explicó a su corresponsal Peter Hastings en 1954, no era suya, sino de aquellos que los habían creado y esclavizado. Y, si bien no se arrepentía de haberles empleado como villanos, aceptaba que aún había esperanza para ellos: “Aceptando o tolerando su creación (…) incluso los orcos se convertirían en parte del mundo, que es de Dios y, en última instancia, bueno”.

Las palabras de Tolkien están a años luz de la corrección política, máxime si recordamos que describió la apariencia de los orcos como cercana a “versiones degradadas de esos tipos mongoles que menos nos agradan a los europeos”. Pero, sin obviar su índole paternalista y capillitas, debemos quedarnos con su esencia: en la Tierra Media, nadie está excluido de una esperanza que, para el autor, se iguala con la gracia divina. Y, si los elfos son los máximos receptores de dicha gracia, ¿qué nos están diciendo aquellos que solo les toleran pálidos y de pelo claro?

Tolkien, que habían nacido en Sudáfrica, consideraba el Apartheid “horripilante”, y, por muchos que fueran sus prejuicios, detestaba el racismo por anticristiano. Así pues, es probable que la posibilidad de un elfo negro (o de rasgos latinos, o asiáticos) ni se le pasara por la cabeza, pero también podemos apostar a que aquellos que la negaran categóricamente alegando una presunta “pureza” le harían montar en cólera.

Y la cólera de Tolkien, como bien sabían sus alumnos de Oxford, no era como para tomársela a risa.

Dándole armas al enemigo

Teologías aparte, lo más irritante de esta hostilidad reaccionaria contra Los anillos de poder es que, creyendo defender las raíces de lo tolkieniano, se pone en realidad de parte de sus detractores más acérrimos. Como, por ejemplo, el escritor Michael Moorcock, otro de los padres fundadores del género de fantasía, que cargó contra la obra de Tolkien en su ensayo Pooh épico (1978).

Pasando revista a los aspectos políticamente más cuestionables de la Tierra Media, Moorcock acababa condenando la trilogía por su “romanticismo corrupto” que servía, a su juicio, como paliativo al derrumbe del imperialismo británico tras la II Guerra Mundial: “El señor de los anillos es la perniciosa confirmación de los valores de una nación en decadencia y una clase arruinada moralmente”, restallaba, destacando entre dichos valores la xenofobia, el miedo al cambio social… y, sí, el racismo.

El que escribe este artículo disfruta por igual de la obra de Tolkien y de la de Moorcock: según cómo uno tenga el día, puede despertarse con ganas de exclamar “¡Alzaos, alzaos, jinetes de Theoden!” o “¡Sangre y almas para el Caos!”, siendo consciente de que ambos gritos son caras de una misma moneda. Gracias a ello, sabe que esos ataques no están del todo en lo cierto, y que el atractivo de la Tierra Media sería mucho menos universal si su creador no hubiera imaginado un mundo lleno de lenguas, culturas, paisajes… en una palabra, de diversidad.

Dicho esto, no conviene hacerse ilusiones: el tirón de la obra de Tolkien entre la extrema derecha sigue estando ahí, y no por casualidad, de la misma manera que la presencia de actores negros o latinos en El Señor de los anillos: Los anillos de poder tiene mucho de maniobra publicitaria. Quien piense que los ejecutivos de Amazon no preveían esta controversia, o que no la han tenido en cuenta a la hora de planificar su campaña de marketing, está siendo tan ingenuo como un hobbit.

Pero, menos mal, los rebuznos políticos y los intereses empresariales son una cosa, y el disfrute ante una obra de ficción, otra muy diferente. La idea de una enana de piel oscura no es en absoluto un atentado contra la obra de Tolkien: como decía Gandalf, “el mundo no está en los libros y los mapas”, y el profesor no tuvo tiempo de mostrarnos sus mapas con el detalle que él hubiese querido. Solo nos dejó claro que en estos había sitio para cualquier cosa que cupiera en su imaginación, y también en la nuestra, como lectores.

Así pues, apreciar y cultivar esa variedad es el tributo más hermoso que podemos hacerle. Y, si eso supone entrar en combate con quienes no saben verlo, bien está: al fin y al cabo, en el Abismo de Helm lo pasaron mucho peor.

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