Por Johan Madriz

“[…] el hombre [ser humano] expresa en el arte la exigencia de armonía y de plenitud de la existencia, es decir, de los bienes más preciosos que le niega la sociedad clasista. Por ello toda obra de arte autentica implica una protesta contra la realidad, protesta consciente o inconsciente, activa o pasiva, optimista o pesimista. Cada corriente artística nueva comienza con la rebelión”.

-Trotsky, El arte y la revolución.

La Facultad de Ciencias Sociales desde su traslado a la Ciudad de la Investigación fue catalogada como “el edificio intomable” ya que según las autoridades universitarias el diseño del mismo impedía este tipo de acciones. Con esto se pretendía de cierto modo borrar del imaginario estudiantil la larga historia de lucha, tomas, movilizaciones y asambleas que se vivieron en el viejo edificio de Sociales en el campus Rodrigo Facio.

Pero el jueves 17 de octubre esta cantinela se mostró falsa. Tras el inicio de tomas de sedes regionales en reclamo a los recortes y la violencia ejercida contra estudiantes de la UNA se inició una ola de rebelión estudiantil que rápidamente se expresó en embrionarias acciones de protesta que avanzaron, de la mano de asambleas estudiantes, a la toma de edificios y bloqueos de calles.

 

Este proceso, aún en desarrollo, configuró un gran salto en la conciencia de lucha de las y los estudiantes que se organizaron, sin contar con mucha experiencia, y tomaron el edificio. En cuestión de horas pasó de ser un bloque de cemento inerte estilo call center a uno lleno de vitalidad y que, según las palabras de Karynm Osegueda de la agrupación estudiantil ¡Ya Basta!, ahora “es nuestro, como debe de ser”.

La idea del logro de la apropiación de un espacio que repetidamente se insistió no era de las y los estudiantes es una de las que más ha calado en el imaginario. Es, en algún sentido, una conquista trascendental para una generación que no ha vivido tomas de edificios y que ha estado, en general, ausente de las luchas sociales. Es la obtención de un piso activista que va acompañado de una explosión de creatividad rebelde, de “arte sin necesidad de título ni permiso”, que ha convertido el edificio en un Museo de Arte Contemporáneo, como reza una de las paredes.

 

Justamente en la lucha concreta, que rasga la piel, es donde más ardientemente se pueden seguir las expresiones artísticas. Pero para las y los de arriba no es así, utilizan sus medios de comunicación para dar una batalla de ideas que implante las concepciones de vandalismo y violencia. Pero la violencia se ejerce de arriba hacia abajo así que “violentxs son lxs que causan la desigualdad social, no lxs que luchan contra ellxs”.

Esta contraposición de muestras artísticas/consignas políticas rebeldes con el vandalismo va en el sentido de que es el sujeto oprimido el violento, el que incomoda con su lucha. Los muros muy concretamente responden “cómo nos prefieren, calladas”, “les duele más una pared rayada que mujeres asesinadas” o “las paredes no estudian”. Porque sencillamente “no es vandalismo, es expresión” del hartazgo con un modelo económico y una organización social que excluye a la mayoría, que oprime y reprime.

 

En cada estallido de rebeldía se configura un imaginario de manifestaciones graficas (murales, grafitis, instalaciones, etc.) que chocan con la desacreditación de la burguesía con la intensión de abonar bríos contra estos procesos de lucha. Pero, más profundamente, el aspecto medular es el de la protección de la propiedad privada. En este caso, esta particularidad se manifiesta en el hecho de que el edificio de Sociales aunque es utilizado por un ente público, está en su terreno y es para su uso, formalmente le pertenece a un banco que administra un fideicomiso del cuál es parte el inmueble. Entonces, más allá de la oposición a la expresión popular existe un gran temor a que se cuestione el régimen de apropiación de los medios de producción.

En ese sentido, la utilización de las paredes como una forma de comunicación, intenta sortear el monopolio de los medios informativos que se encuentran en manos de empresarios y empresarias que los utilizan para tergiversa las cosas y mostrar unilateralmente el lado más conveniente que la burguesía necesita para polarizar. Por ejemplo, el uso de capuchas para salvaguardar la identidad o el “daño” a bienes públicos que “pagamos todos los contribuyentes”. Es un uso de la información en favor de los de arriba.

 

Esta explosión también tiene que ver con la apropiación de un espacio que supuestamente no es de las y los estudiantes, que es para su uso, bajo normas restrictivas y durante cortos periodos, pero no les pertenece. Así la recurrente expresión de “las paredes son nuestras” tiene un contenido de ligamen, de conformar parte de una colectividad, de una clase social que no es propietaria de medios de producción. Es dejar la “modernidad liquida” individualista y saberse parte de un conjunto que se puede reconocer en la lucha. Qué identificación más precisa que la de expresiones como “este edificio lo construyeron obreros y lo paga la clase obrera. Este edificio es del pueblo”.

 

No solo se marcan los problemas sino que, se podría asegurar, expresa soluciones al invocar una visión de mundo a futuro, anhelos de justicia, de cambiar el orden de las cosas. Dibuja un mundo posible, un mundo a crear. “Seamos realistas y hagamos lo imposible” es la posibilidad de crear y construir, de vislumbrar posibilidades en medio de una sociedad y un sistema que no genera perspectivas y por el contrario es una sucesión de crisis y catástrofes, cada una más peligrosa que la anterior y que incluso amenaza la propia existencia de la humanidad.

Pero también, de alguna forma incipiente, rompe la inercia ambiente que ha reinado, en general, en una juventud absorbida por presiones posmodernas. “Haz despertado del sueño de la pasividad”, de las distorsiones en la consciencia que ha implantado el neoliberalismo con sus teorías del fin de la historia, de que la lucha de clases se acabó o de que la única opción es el capitalismo (“verde”, “rosa” o de cualquier color). Todo bajo el precepto de que no se puede cuestionar el sistema.

 

Sin embargo, resulta que “la vida es + que lo que el capital dice” y ese es uno de los principales aprendizajes que deberían desprenderse de este movimiento. Iniciar un activismo (¿militancia?) para tomar en sus manos las riendas de las luchas que las anteriores generaciones no realizaron, por las razones que sean. Cuestionar el modelo que es el causante de la crisis ambiental, de la desigualdad, de las migraciones forzadas, la pobreza y la violencia. Así que es de esperar que este proceso, riquísimo como experiencia de lucha, conduzca a un “bienvenidos a la generación de ‘yo no me dejo‘” que continúe en las calles para vencer no solo los ataques a la educación sino todo el plan de ajuste del gobierno que va por todos los derechos.

 

¡Que viva el movimiento estudiantil semillas de rebeldía!

¡Educación primero al hijo del obrero, educación después al hijo del burgués!

¡La resistencia es tierra fértil!

¡La historia es nuestra y la hacen los pueblos!

¡Viva la revolución!

 

*Las partes del texto en cursiva corresponden a frases escritas en las paredes del edificio de Ciencias Sociales de la UCR

 

 

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