Por Marcelo Yunes

Los saltos de un coloso con talón de Aquiles

En 2016 Xi Jinping anunció la meta de dejar de ser la “fábrica del mundo” en el plano de la tecnología digital y pasar a ser un referente de la innovación, de manera de lograr en 2020 estar a la altura de sus rivales y pasar al liderazgo en 2030. Hasta 2018, China representaba el 23% del total mundial de inversión en inteligencia artificial (IA), y esa proporción sólo puede haber aumentado en los dos últimos años. Según Field Cady, autor de un informe sobre el tema para el Allen Institute (de Paul Allen, cofundador de Microsoft, los chinos “están bien encaminados y a punto de lograrlo” (Ámbito Financiero, 30-9-19). En su informe, Cady señala que China aumentó verticalmente su presencia académica entre el 10% de las investigaciones académicas más citadas y de alto impacto: un 26,5%, apenas por debajo del 29% de EEUU (que representaba el 42% en 1982). Y estima que esta cuasi paridad se replicará en 2025 para la élite del 1% de los papers tecnológicos más citados. Una medida de la prioridad que representa para el Estado el gasto en investigación y desarrollo es que su monto real se multiplicó por diez entre 2000 y 2016.

La formación de verdaderos ejércitos de matemáticos, ingenieros y especialistas en informática es una política de Estado. Los egresados chinos por año en ciencias duras e ingeniería, que en 2000 estaban en el orden de los 300.000 (algo más que EEUU y muy por debajo de los 450.000 de los ocho principales países de la UE), pasaron ya en 2014 a casi un millón y medio. Algo similar ocurre con los doctorados: de 8.000 anuales en 2000 pasó a más de 30.000 en 2014 (superando a EEUU), y sin duda esas cifras son ahora mucho más altas. Un estudio de principios de 2019 estima que China publicó más papers de investigación de alto impacto que EEUU en 23 de los 30 campos de investigación más de avanzada para aplicaciones tecnológicas (TE 9125, 12-1-19 “The great experiment”).1

Buena parte de la ciencia china se concentra en áreas de investigación nuevas y de aplicación práctica inmediata. Sin embargo, en el capítulo innovación, los logros chinos son mucho más modestos que en otros terrenos. Aquí, la cantidad se impone por sobre la calidad: según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (sigla inglesa WIPO), China concedía anualmente (datos de 2017) unas 340.000 patentes a firmas chinas, más que EEUU, Europa y Japón juntos… pero de esas patentes no más de un cuarto eran verdaderas invenciones. No más de un 3% de ellas reciben reconocimiento internacional; la tasa para las innovaciones de EEUU aceptadas en el extranjero es de más del 40%.

Au Loong Yu da cuenta de esta relativa fragilidad incluso con una “historia de éxito”, el teléfono móvil Huawei con su entorno 5G, ya que “no lo desarrollaron únicamente los propios científicos chinos, sino, sobre todo, 400 científicos japoneses contratados por la empresa. Esto demuestra que China dependía y sigue dependiendo en gran medida de los recursos humanos extranjeros para investigación y desarrollo. (…) Está tratando de superar este retraso con un aumento espectacular de la inversión en investigación y desarrollo, pero si observamos detenidamente el gran número de patentes chinas, en su mayoría aún no corresponden a la alta tecnología, sino a otros sectores. Por lo tanto, China todavía sufre de debilidad tecnológica indígena” (“El ascenso de China a potencia mundial”, cit.).

En parte por esta razón, no sólo Trump, sino muchos otros competidores y hasta socios de China suelen quejarse de prácticas comerciales que incluyen la transferencia o directamente el robo de propiedad intelectual. Pero esas quejas no son tan fáciles de convertir en una queja formal ante la OMC, porque normalmente China cumple sus lineamientos en lo formal. Lo que sucede es que en muchos casos China pone como condición para un acuerdo comercial (importaciones o recepción de inversiones extranjeras) el acceso a tecnologías de las compañías interesadas. La condición es dura pero el premio es grande, por lo que en general esas empresas acceden, lo que le da a China el argumento de que las transferencias en cuestión son “voluntarias” y, por ende, no punibles según los manuales de la OMC.

Dicho esto, el desarrollo de tecnologías y servicios digitales chinos es de primera línea, y en muchos aspectos superior al de cualquier otro país avanzado, incluido EEUU. Según la OCDE, “en un período muy breve China ha pasado a ser líder mundial en una serie de servicios basados en internet como comercio electrónico, pagos online y servicios de transporte online. Ya en 2016, el mercado de comercio electrónico era casi el doble en tamaño que el de Estados Unidos” (OECD Economic Surveys: China, cit.).

El eslabón más débil de toda la infraestructura de tecnología digital china es su carencia de una industria de semiconductores que esté a la altura de esos logros, vulnerabilidad que busca ser aprovechada por Trump. En un sentido, buena parte de las posibilidades de China de desafiar la supremacía tecnológica de EEUU se cifran en ese cuello de botella clave: la falta de capacidad de fabricación propia de chips microprocesadores de alta calidad, por lo que depende de Taiwán, Corea del Sur… y EEUU. Hasta hace poco, la calidad de los chips de las compañías chinas como SMIC (demandada varias veces por robo de propiedad intelectual) está por debajo de la taiwanesa TSMC y es aproximadamente equivalente a los que fabricaba Intel hace diez años, lo que coincide con las estimaciones de que China lleva un retraso de dos o tres generaciones tecnológicas en el tema, y según Zhou Zhiping, de la Universidad de Beijing, “harán falta entre cinco y diez años para recuperar ese retraso” (P. Rousset, “¿Adónde nos puede llevar el conflicto?”, cit.). La dependencia china en este punto es cuantificable: los 418.000 millones de chips importados en 2018 a un costo de 312.000 millones de dólares representan un 25% más que las importaciones de petróleo.

Aquí se da una complicación geopolítica adicional: que una de las compañías líderes mundiales de la producción de los chips que China (y EEUU) desesperadamente necesita es de origen taiwanés… territorio que China reivindica como propio, aunque en los hechos se trata de un país independiente (pero sólo reconocido por menos de 20 países, y la lista se achica cada año gracias a la presión política y comercial de China sobre ellos). Tanto China como EEUU tratan de convencer por su lado a Taiwán de que reduzca los suministros del otro. Más que cualquier otro tema, este insumo es el gran punto de fricción entre ambas superpotencias respecto de Taiwán.

Hasta tal punto resulta estratégica esta industria que el Pentágono creó una Oficina de Análisis Comercial y Económico con el fin de rastrear los contratos de tecnología informática y defensa para compañías chinas hasta el tercer nivel de proveedores. Según un experto en ciberseguridad contra China, James Mulvaney, explica que “el Pentágono ha decidido que los semiconductores son la última trinchera por la que están dispuestos a morir. Los semiconductores son la última industria en la que EEUU lleva la delantera, y es sobre la que se construye todo lo demás” (D. Rennie, “A new kind of cold war”, cit.).

Pero esto puede cambiar rápidamente: Alibaba, uno de los tres gigantes tecnológicos chinos, lanzó el chip Hanguang 800, capaz de procesar casi 70.000 imágenes por segundo, cuando los mejores productos de Nvidia, Google o Intel sólo llegan a entre 5.000 y 16.000 imágenes. Si bien estos resultados no se replican a lo largo de toda la cadena de suministros de semiconductores, muestran de lo que es capaz la industria china cuando se concentra no en imitar y alcanzar a sus competidores occidentales, sino en generar nuevos productos y aplicaciones específicas para “internet de las cosas” o IA.

2.3.2 El desarrollo de la inteligencia artificial (IA)

Volviendo al plano de la IA, en la que se desarrolla la misma rivalidad entre EEUU y China que en los demás órdenes, cabe usar como analogía el campo de las armas nucleares. La coexistencia y desconfianza entre las superpotencias nucleares se apoyaba en tratados de control basados en la teoría de la disuasión mutua. Ya se habla de una especie de “Convención de Ginebra Digital”, por la cual las naciones adherentes se comprometerían a no lanzar ciberataques a la infraestructura crítica como redes de electricidad, hospitales y sistemas financieros. Pero si bien los sistemas de IA pueden llegar a cambiar a cambiar las reglas de la guerra y de la sociedad de manera tan dramática como lo hicieron la llegada de la electricidad o la de la energía nuclear, hay un aspecto en el que la analogía no funciona: el monitoreo recíproco de “arsenal”, que tenía sus complicaciones pero era posible cuando se trataba de controlar misiles, es casi imposible cuando lo que hay que revisar con algoritmos. Especialmente con los llamados “algoritmos de caja negra”, sistemas que generan resultados aparentemente correctos pero cuya “cadena de razonamiento” es imposible de rastrear incluso para los mismos programadores. Y cuando lo que está en juego son algoritmos que disparan decisiones (¡o armas!), los peligros de esa lógica son motivo de preocupación compartida tanto en China como en Occidente (TE 9177, “The digital divide”, 18-1-20).

En China ya es en casi rutinario el uso de tecnologías de IA para reconocimiento facial, operativas en infinidad de lugares públicos y privados de todo el país en cientos de ciudades. Por ejemplo, el ingreso a la Plaza Tiananmen está vigilado no sólo por policías y cámaras sino por robots con visión térmica y capacidad de reconocimiento biométrico. En retenes policiales, en centros comerciales, en ingresos a edificios de todo tipo, aparecen pantallas gigantes que, como en películas que parecían futuristas, muestran los rostros de los presentes con sus nombres y datos personales. El debate que recién asoma en Occidente sobre la monstruosa invasión a la intimidad que permite la tecnología de reconocimiento facial y en general todas las que son alimentadas por IA casi no existe en China o se barrió bajo la política oficial estilo Gran Hermano del PCCh, que es peligroso cuestionar.

Por otra parte, el uso de IA excede largamente los fines de vigilancia y control social, o en todo caso incluye esos fines en actividades no directamente relacionadas, como el simple movimiento comercial. La billetera y las tarjetas de crédito de plástico son objetos casi de museo en China, donde los pagos en general se efectúan vía el celular gracias a aplicaciones financieras mucho más desarrolladas y extendidas que en Occidente. E incluso eso está siendo desplazado por el simple reconocimiento facial: uno paga con la cara, ya que el lector digital la reconoce, accede a los datos de la cuenta (también digital, ya que muchas veces no es ni siquiera bancaria) y deduce el pago correspondiente.

Ahora bien, si el rol preeminente de China en el desarrollo de la tecnología de IA es muy conocido, no lo es tanto una de las ventajas originales de China para haber logrado ese lugar. Digámoslo rápido: etiquetar datos. China, el país más poblado del mundo y con mayor cantidad de usuarios de internet del mundo, produce cantidades gigantescas de datos, que son el primer insumo para desarrollar cualquiera de los algoritmos en los que se basa la IA. Pero esos datos, para poder alimentar esos algoritmos, deben ser etiquetados primero. Y esa categorización, en muchos casos, sólo se puede hacer de manera eficaz y confiable con humanos, no con software.

Una de las mayores compañías chinas de datos, MBH, emplea a nada menos que 300.000 personas en turnos de seis horas, que se dedican a la tarea de etiquetar datos. Desde sus casas, los empleados reciben en sus computadoras imágenes a etiquetar como si fuera una cinta transportadora. El único control que tienen los trabajadores sobre ese flujo continuo de imágenes es detenerlo de vez en cuando para ir al baño. Pero aquí sólo empieza el proceso, porque la labor de los trabajadores es a su vez etiquetada. Se registra la dirección de su mirada, los movimientos del mouse, los toques sobre el teclado; se registra qué tipo de etiquetado están haciendo y cuál es el que hacen mejor o más rápido (reconocimiento de textos, imágenes médicas, paisajes urbanos, decidir si lo que se ve es o no porno); según la performance, se les asignan más u otros datos para etiquetar. Toda esta evaluación y reasignación de tareas tiene lugar de manera automática con un software. La paga promedio es de unos 420 dólares mensuales, el triple de lo que recibe un trabajador de baja calificación en las provincias más pobres. Como el trabajo es remoto, cuando la empresa busca trabajadores, eso significa que la mayor parte de los interesados vendrán de esas provincias.

El secreto de la IA china son estos ejércitos de etiquetadores de bajo costo y alta productividad, en general no disponibles en los países occidentales: “Sin esta infraestructura de etiquetado de datos, los servicios de IA chinos nunca habrían dado el salto. Servicios como los de MBH son los que permitieron a Alibaba crear un poderoso servicio como Taobao, un motor de búsqueda de productos basado en imágenes. Un usuario de Alibaba puede sacar una foto de un artículo y ser dirigido inmediatamente a una página donde puede comprarlo. Alibaba procesa mil millones de imágenes así diariamente. También se basan en datos etiquetados los algoritmos usados en los supermercados, que rastrean a los compradores por la tienda e identifican los productos que sacan de las góndolas” (Hodson, cit.).

Así, la forma en que China logra más ventaja respecto de sus competidores occidentales en esta rama tecnológica decisiva resulta altamente simbólica. En efecto, tenemos aquí a) el impulso y promoción estatal al rubro; b) las ventajas que da la escala poblacional gigantesca de China, en este caso para proveer datos; c) el recurso a la explotación laboral más brutal y en proporciones masivas –también con el visto bueno del Estado– de d) una fuerza laboral que sin ser de altísima calificación está en condiciones de generar insumos para un producto final que sí es de gran sofisticación tecnológica, e) compañías privadas que obtienen pingües beneficios a la vez que reconocimiento y apoyo de las autoridades. En pocas palabras, tenemos aquí una combinación muy representativa de las “características chinas” de su desarrollo capitalista (no de su “socialismo”, por supuesto).

2.3.3 Los gigantes digitales chinos y la tecnología 5G

Si en todos los terrenos la distancia económica y tecnológica entre China y EEUU se ha acortado dramáticamente, en las compañías digitales ese desarrollo es a la vez mucho más marcado y mucho más rápido. En 2010, los grandes gigantes estadounidenses del mundo digital se llevaban una parte abrumadora de los ingresos mundiales del rubro; entre las empresas chinas, sólo Huawei calificaba entre las grandes. En 2018, tanto Huawei como JD.com superan en ingresos a Facebook –Huawei, además, está casi al mismo nivel que Microsoft–, mientras que hacen su entrada al ranking de las diez mayores Tencent, Alibaba y Baidu. Y aunque Amazon, Apple y Alphabet (Google) siguen al tope sin disputa, es significativo que de las diez compañías más grandes de la industria en el mundo en 2009 todas fueran estadounidenses y ahora la mitad sean chinas.

Las grandes estrellas informáticas Baidu, Alibaba y Tencent (llamados BAT), tienen participación en más de 150 grandes compañías en el extranjero. Por ejemplo, Tencent es dueña del 17% de Snap, una app de mensajería muy popular en EEUU, y del 7,5% de Spotify, la empresa sueca de música online. Pero hay otras compañías que resultan, desde el punto de vista de EEUU, de peligro estratégico, como Huawei, que puede dominar el escenario de tecnología de celulares 5G, o TikTok, una red social inmensamente popular en todo Occidente. También en este sentido deben entenderse el freno a la compra de Grindr, una red social de citas sobre todo en la comunidad gay, por parte de una empresa china. La app WeChat, de Tencent, agrupa en una sola plataforma servicios equivalentes a los de Facebook, Whatsapp y Paypal; no sólo es un virtual monopolio en China sino de eso masivo en muchos países de Asia. Pues bien, los ministerios de Defensa de India y de Australia prohibieron a sus empleados usar WeChat (TE 9140, “Dragons, disrupted”, 27-4-19).

Sucede que, desde noviembre de 2018, la policía china está autorizada a ingresar a las oficinas de cualquier proveedor chino de servicios de Internet y copiar datos que considere relevantes para la ciberseguridad. También resultó un shock para muchos saber que Jack Ma, saludado como un gurú chino del libre mercado y fundador de Alibaba… es miembro del Partido Comunista Chino. En general, nadie en Occidente está demasiado seguro de cuáles son las fronteras entre empresa privada y el largo brazo del Estado y el PCCh. En consecuencia, EEUU busca bloquear no sólo transacciones comerciales o inversiones chinas sino incluso sus productos. Pero “asumir que todas las empresas [chinas] son un brazo del Estado, como sostienen algunos políticos extranjeros, conlleva sus propios riesgos. Si uno pone en la lista negra demasiadas empresas chinas corre el riesgo de dañar a las propias. China puede tomar represalias bloqueando el acceso al mayor mercado del planeta. (…) [Por otro lado,] las nuevas leyes de ciberseguridad pueden ser una admisión tácita del partido de que los BAT han pasado a ser incluso más poderosos que algunos ministerios” (ídem).

La guerra por la supremacía digital se libra entre EEUU y China en todos los frentes. Era cuestión de orgullo para EEUU no permitir que China quedara como dueña de la supercomputadora más rápida del planeta, algo que logró ya en 2010, incluso si eso significaba prohibir a la compañía Intel vender chips especializados a China, como hizo en 2015. De poco le valió, ya que un año después China anunció otra supercomputadora aún más poderosa y con microprocesadores chinos. El conflicto comercial y las sanciones de Trump tienen aquí uno de sus focos más claros. El mecanismo es clásico: impedir ventas de proveedores a China (y compras a firmas chinas) por razones de “seguridad nacional”. Pero el capitalismo global no siempre se inclina a los caprichos de Trump: Intel y Micron, dos fabricantes de chips, le encontraron la vuelta legal a la prohibición de operar con Huawei, y la compañía de correo FedEx, la mayor de EEUU, entabló una demanda contra el Estado yanqui por reclamarle la tarea imposible de filtrar paquetes de empresas chinas en la lista negra de Trump. (TE 9149, “The balance of processing power”, 29-6-19).

Mientras tanto, los gigantes digitales chinos no se sienten intimidados por la pulseada; más bien, en muchos casos, hay un renovado impulso por incrementar la independencia del ecosistema tecnológico chino respecto de proveedores y tecnologías de Occidente. Es el caso de la propia Huawei, cuyos aparatos, según un informe reciente del banco UBS, tienen cada vez menos componentes originados en EEUU (varios de ellos, ninguno), ni la compañía parece haber sufrido tanto el impacto del boicot de Trump. De hecho, sus ventas aumentaron un 18% en 2019.

La ventaja de Huawei en tecnología 5G tiene su explicación en la planificación estatal primero, y sólo después en el “espíritu innovador empresario”. En abril de 2019, el Comité de Innovación en Defensa (Defence Innovation Board), un comité de pesos pesado de Silicon Valley que asesora al Pentágono, emitió un informe en el que advierte que China está a punto de lograr en telecomunicaciones móviles 5G –que, con velocidades hasta 20 veces superiores a las de la 4G, va a revolucionar las industrias actuales y crear sin duda otras nuevas– la llamada “ventaja del que llega primero”, esto es, la de estar en condiciones de definir los estándares iniciales que el resto debe seguir.

Sucede que, “una década atrás las compañías estadounidenses tuvieron una ventaja temprana en 4G, estableciendo estándares para celulares y aplicaciones en todo el mundo. Esta posición dominante ayudó a Apple, Google y otras empresas de EEUU a generar miles de millones de dólares en ingresos. China aprendió la lección y lanzó una inversión de 180.000 millones de dólares en el despliegue de redes de 5G en los cinco años siguientes, asignando partes importantes del espectro wireless a tres proveedores estatales. En EEUU esa franja del espectro está casi toda fuera de la actividad comercial porque está reservada para uso del gobierno federal. Las compañías estadounidenses experimentan con otra parte del espectro que tiene ventajas en condiciones de laboratorio pero que puede ser bloqueada por árboles y edificios. Por esta razón, a pesar de la presión de EEUU sobre sus aliados, es probable que la mayor parte del mundo adopte los celulares, chips y estándares chinos, según admite un informe del Pentágono” (Rennie, cit.).

La cuestión de la tecnología 5G presenta dos frentes de inmensa importancia por separado, y más aún juntos. El primero es el uso de 5G en las redes públicas de celulares para uso de usuarios individuales. En este terreno, hoy Huawei se lleva el 30% del total, y es el actor más fuerte del mercado. Quienes lo siguen, Ericsson y Nokia, aunque no tienen nada que envidiarle en capacidad tecnológica, carecen de la espalda financiera de su competidor chino. El otro gran ámbito de aplicación de la tecnología 5G es en la actividad industrial, donde podría llegar a generar cambios en las posibilidades de diseño, integración y organización de la producción hoy casi inimaginables.

Es en este terreno que EEUU, en parte replicando el enfoque del Estado chino con Huawei, quiere transformarse en el gran sponsor de Qualcomm, fabricante de chips para 5G. Por lo pronto, las autoridades yanquis ya protegieron a Qualcomm (con sede en San Diego) de una compra hostil por parte de Broadcom, con sede en Singapur, arguyendo razones de “seguridad nacional”. Y ahora el Departamento de Justicia, con el visto bueno del Pentágono y el Departamento de Energía, está ayudando a Qualcomm en su reclamo de apelación… ¡contra una acusación de prácticas monopólicas hecha por la Comisión Federal de Comercio durante la gestión Obama! ¿El argumento del Estado yanqui para desechar los límites impuestos a la expansión de la empresa por el Estado yanqui? Por supuesto: la “seguridad nacional”.

Se trata de otro ejemplo de cómo la “nueva guerra fría” está dando como resultado no la aproximación de China a los estándares occidentales, sino más bien la adopción por parte de EEUU bajo Trump de criterios típicos del régimen chino. Lo hizo explícito el fiscal general de EEUU, William Barr, en una reunión el 6 de febrero pasado sobre este tema con consultoras y especialistas privados. Para Barr, el hecho de que China domine el mercado de 5G a través de Huawei es el resultado de que “como es una dictadura, China puede unir a todos en un enfoque que abarque a toda la nación: Estado, academia y empresas, actuando al unísono”. La respuesta de EEUU, explicó Barr, debe ser también una planificación central que incluya al estado, a las compañías y a la academia en apoyo de los objetivos nacionales de EEUU, y obligar a los aliados a decidir “con qué caballo quieren correr esta carrera”. Para Barr, esto puede implicar incluso que el Estado federal estadounidense o compañías privadas –alentadas por el Estado– compren porciones sustanciales del paquete accionario de las dos competidoras europeas de Huawei, Nokia y Ericsson. Como lo llamó un columnista, “capitalismo de Estado al estilo estadounidense”. Y agrega preocupado que el inequívoco mensaje de Barr de jugar de acuerdo con las reglas de juego de China es “un consejo movido por la desesperación. (…) En última instancia, la mayor fortaleza industrial de EEUU es su espíritu de libre empresa. Reescribir las reglas del capitalismo estadounidense con características chinas no será de ayuda en absoluto” (TE 9181, “The Qualcommunist manifesto”, 15-2-20).

Sin embargo, si hablamos de la última frontera de la batalla tecnológica, incluso después de 5G o los semiconductores, es necesario hacer referencia a la computación cuántica, esto es, la aplicación de la física cuántica a la computación con el fin de alcanzar velocidades de procesamiento que hoy son de ciencia ficción. En ese terreno EEUU todavía lleva la delantera, pero Xi Jinping ya anunció que se trata de una de las prioridades nacionales. El avance chino en las investigaciones más complejas de la mecánica cuántica aplicada a la computación es indiscutible –China fue el primer país en enviar al espacio un mensaje con encriptación cuántica, para no hablar de sus mundialmente famosas aplicaciones de IA–, y si China llega a pasar al frente, ya no se trata sólo del uso de computadores o celulares para el público, sino que “podría desarrollar comunicaciones satelitales imposibles de hackear y radares cuánticos que podrían detectar los aviones o submarinos con la mayor tecnología de invisibilidad. Un éxito semejante convertiría la disputa tecnológica en una carrera armamentista” (Rennie, cit.).

Por esa razón, no hay que exagerar la superioridad tecnológica occidental o extrapolarla sin más de períodos anteriores. Cada vez son más las empresas de tecnología digital, sobre todo de EEUU, que aprecian, envidian y en algunos casos buscan adquirir firmas chinas del sector. Y ya no como antes sólo para ganar posición de mercado, o ampliar su red de distribución, o conseguir proveedores de bienes de bajo valor agregado, sino porque hay innovaciones tecnológicas chinas que las hacen atractivas por su propio peso, sobre todo en el área de IA e interfaces máquina-humanos (TE 9144, “Acquired taste”, 25-5-19).

Más allá de cómo se den los desarrollos en este enfrentamiento, queda claro que en particular en el campo de la revolución tecnológica informacional se hace patente la inmensa distancia que hay entre EEUU y China, por un lado, y todo el resto, por el otro. Por el momento, ni la Unión Europea ni Japón, por distintas razones, están en condiciones de tallar ni mínimamente como competidores en este terreno; no les queda más que vender al mejor precio posible su posicionamiento en esta disputa en la que pueden ser acaso árbitros –por ejemplo, en el aspecto regulatorio–, pero definitivamente no protagonistas. El escenario hoy está ocupado sólo por las dos superpotencias tecnológicas, y todo indica que la dinámica es que van a seguir siendo un una pelea mano a mano, sin espacio para terceros.

2.3.4 El rol del Estado en el desarrollo científico y de infraestructura

Los líderes del PCCh tienen resuelto desde hace mucho como política de Estado el impulso a la formación de científicos. Ya Deng Xiaoping, a fines de los 70, había lanzado la iniciativa de alentar a los más promisorios jóvenes chinos a estudiar en el extranjero. Muchos vuelven, tentados por programas que prometen becas y cargos jugosos. Pero en general los mejores se quedan; tal vez por eso, a pesar de los datos anteriores, la ciencia china puede atribuirse un solo premio Nobel hasta ahora, el de Tu Youyou por el descubrimiento de una droga contra la malaria.

Más adelante, ya con Xi, el plan Made in China 2025, cuyos lineamientos hemos desarrollado en nuestro texto de la edición anterior y que no repetiremos aquí, pretende desarrollar una capacidad tecnológica independiente y apuntando a las industrias que representan o bien la primera línea de las aplicaciones científicas a la industria o bien las ramas de producción más estratégicas para ascender en la cadena de valor global. En esta carrera, no se han escatimado recursos ni prioridades políticas por parte del Estado.

Sin embargo, las desigualdades y contradicciones en la transición de país pobre a potencia se notan también aquí. Por ejemplo, en 2016 se inauguró un telescopio esférico de apertura de quinientos metros, más del doble que el segundo del planeta, en EEUU. Pero no tiene director, porque no tiene a nadie calificado a la vez como radioastrónomo y como directivo para ocupar el puesto; tampoco lograron contratar a un extranjero. Otro desastroso ejemplo es el de He Jiankui, egresado de una prestigiosa universidad china, con master en Stanford y repatriado bajo el programa “Mil talentos” a la Universidad de Ciencia y Tecnología de Shenzhen. Se tomó licencia sin goce de sueldo para trabajar en la edición de ADN de embriones y poco después fue protagonista del famoso caso de edición de ADN de embriones humanos de mellizas para eliminar el HIV, en un programa sin control y absolutamente ilegal. La carrera por el dinero le ganó a la planificación estatal. Otro papelón fue la prueba de un arma espacial sobre un satélite propio en 2007, que dejó en órbita basura espacial y generó un escándalo de proporciones. La cúpula del PCCh tomó cuidadosa nota de estos fracasos.

Más allá de los avances en tecnología digital, el desarrollo industrial y de infraestructura de China se apoya en un verdadero ejército de millones de ingenieros (China tiene dos veces más ingenieros cada 100.000 habitantes que EEUU). Las capacidades de ingeniería chinas tienen dos ventajas respecto de sus contrapartes occidentales. Una, la decisión del Estado de volcar recursos de manera gigantesca en aquellas áreas que define como prioridad; la otra, el total desprecio por toda forma de oposición a los planes ya establecidos. Por ejemplo, tras recibir un petitorio con un millón de firmas de habitantes de Hong Kong contra la instalación de una planta nuclear, el ministro a cargo simplemente descartó la protesta por “anticientífica”. Lo propio sucede cuando hay accidentes con decenas de muertos: se indemniza a las familias, no se hace mucha alharaca y el proyecto continúa. Pero se aprende de los errores propios y ajenos: después del desastre de Fukushima en 2011, el gobierno redobló los controles en la seguridad. Así, si bien gracias a sus bajos costos laborales y apoyo estatal China exporta las plantas nucleares más baratas del mundo, en 20 años de operaciones no se han registrado accidentes.

Precisamente, en los últimos 20 años construyó más centrales nucleares que cualquier otro país, y la capacidad de generación de energía nuclear es hoy de 43 GW, sólo por debajo de Francia (63 GW) y EEUU (99 GW). La diferencia con esos dos países es que China continúa expandiendo su generación de energía nuclear, a un ritmo de ocho reactores por año, con lo que llegaría en 2030 a su meta de 120 GW. Además, mientras que en 1996 sólo 1% de esa energía provenía de empresas chinas, esa proporción alcanza en la actualidad el 85%. Y ya están en condiciones de exportar esa tecnología que había empezado como simple copia, un patrón que, como veremos, se replicará en muchas otras ramas tecnológicas: “Una vez más, la historia consiste en tomar una tecnología extranjera, indigenizarla y generarla a escala masiva. Se trate de turbinas, reactores, trenes de alta velocidad o lanzadores de satélites, China ha logrado dominar el procedimiento” (Hal Hodson, The Economist Technology Quarterly, “A new revolution”, 4-1-20).

Con 29.000 km de vías férreas de alta velocidad, China representa dos tercios del total del planeta. Y si bien la calidad de los trenes de alta velocidad chinos es inferior a la de los japoneses o europeos, y se basaron en modelos y componentes extranjeros (precisamente, de la alemana Siemens y la japonesa Kawasaki), la cuarta parte de ellos ya son de producción y diseño 100 por ciento chinos, e incluso se exportan. El desarrollo ferroviario es, además, parte decisiva de un proyecto de conformar 19 conglomerados urbanos de varias ciudades interconectadas cada uno; el mayor de ellos, el del delta del Yangtsé, abarcaría siete ciudades, incluida Shanghai, con 150 millones de habitantes. El gobierno clasifica a esos conglomerados como zonas económicas de una hora, dos horas, etc., en función del tiempo que llevaría recorrerlos en trenes de alta velocidad. El objetivo de este proyecto es triple: evitar la constitución de megalópolis inmanejables (sobre todo en Beijing y Shanghai), generar ecosistemas económicos hiperproductivos y, con el desarrollo de mercados de trabajo especializados e integrados, tentar una solución al problema del hukou, o permiso restringido para migrantes, que afecta ya a más del 40% de la población urbana. La mayor urgencia es Beijing, que en 2018 tenía cinco líneas regionales de alta velocidad, pero para 2030 se planean otras veinte (TE 9097, “A tale of 19 mega-cities”, 23-6-18).

Un sector en el que China puede haberse encontrado con una ventaja inesperada es el automotriz. La ventaja es aquí la de muchos países atrasados en situación análoga en el pasado: la posibilidad de saltear etapas de desarrollo sin necesidad de hacer el mismo recorrido que sus antecesores, o de hacerlo en mucho menos tiempo. La industria enfrenta una necesidad de reconvertir cada vez más la producción de vehículos con motor de combustión interna a motor eléctrico. Esta reconversión, que ya está en marcha en todos los gigantes europeos, japoneses y estadounidenses, será costosa y traumática. China, en cambio, al carecer de una estructura tan grande y antigua montada para los vehículos de combustible sólido, puede hacer esa transición de manera mucho más natural. El 7% de vehículos eléctricos (VE) sobre el total que se venden en China es el porcentaje más altos para economías grandes, la gran mayoría de marcas chinas como WM. Con 1,4 millones anuales de VE es hoy de lejos el mayor mercado del mundo: EEUU no llega a los 400.000, Alemania a los 100.000, el resto del mundo unos 600.000.

De esta manera, y nuevamente gracias a la prioridad y promoción estatal de compañías privadas, WM tiene “la oportunidad de conseguir algo que las empresas chinas de motores de combustión interna nunca lograron: desarrollar tecnología de punta que sea globalmente competitiva. Freeman Shen [fundador de WM. MY] cuenta que hace cuatro años tiene mil ingeniero dedicados a trabajar en vehículos eléctricos, ‘y le garantizo que la compañía automotriz más grande del mundo, Volkswagen, no tiene mil ingenieros trabajando en el área de vehículos eléctricos’, afirma” (Hodson, cit.). Lo que no quiere decir que VW se resigne: su plan es reconvertir una planta ya existente y construir otra para llevar su capacidad productiva en China a un millón de VE anuales para 2022. El dueño de Tesla, Elon Musk, tiene planes de menos escala pero muy ambiciosos también. Quizá la mayor ventaja china en este sector, con todo, sea su capacidad para superar antes que nadie el gran problema logístico de los VE: la red de infraestructura para recargar las baterías.

Y a diferencia de lo que había sido el patrón exportador chino durante décadas, esto es, fabricar los componentes simples o ensamblar las partes de alto valor agregado fabricadas en el exterior, en los VE la parte más compleja, el llamado “skateboard” de baterías y componentes electrónicos, podría ser el núcleo de las exportaciones chinas, que otros países ensamblarían con las partes menos complejas y diseñadas localmente.

En cierto modo, y tomando la analogía con los recaudos del caso, es parecido a lo que sucede con la carrera por IA: China gana no produciendo mejores motores de combustión interna, sino abriendo terreno a un futuro completamente distinto para toda la rama, en ese caso los VE.

El lugar de China en el ranking científico puede pegar un nuevo salto si los ambiciosos proyectos en física, biología y otras áreas logran materializarse. Uno de esos proyectos, de alto valor simbólico, es el de la construcción del acelerador de partículas más grande del mundo. El actual, el Gran Colisionador de Hadrones de la UE en la frontera franco-suiza, abarca un túnel oval de 27 km. El proyecto chino (si bien pretende compartirlo con otras naciones) es de un túnel de 100 km. En la provincia de Liaoning se está construyendo la mayor batería del mundo, con seis veces la capacidad del sistema de Elon Musk, el dueño de la compañía de autos eléctricos Tesla. Tanto la edición de genes como la investigación en células madre son campos donde China lidera tanto la investigación de base como la aplicación práctica.

Aquí asoma un debate no resuelto: hasta dónde puede desarrollarse la ciencia en un entorno políticamente opresivo, con investigadores sometidos a la doble presión del régimen stalinista y del mercado. Si la experiencia de la URSS sirve de algo, una respuesta provisoria es que por un buen tiempo la suma de recursos y planificación estatales puede ser más provechosa que lo que resta la falta de libertad, pero a la larga ese hándicap se termina pagando. De todos modos, aún es pronto para dar por resuelta una rivalidad que recién comienza sus primeras escaramuzas.

Mientras tanto, se desarrolla una verdadera guerra fría en el plano del reclutamiento y formación de científicos. China acusa a EEUU de convertir a 360.000 estudiantes chinos en universidades estadounidenses en sospechosos de espionaje; de hecho, el 90% de las investigaciones por espionaje impulsadas por el Departamento de Justicia de EEUU remiten a alguna vinculación con China. En tanto, EEUU denuncia un supuesto plan para “robar científicos” y reclutarlos para “laboratorios en las sombras” con la cobertura de becas de investigación, especialmente el programa de los “Mil Talentos”. El arresto del especialista en nanotecnología Charles Lieber –cuya investigación se había considerado potencialmente como de nivel de Nobel–, a fines de enero pasado, es sólo el episodio más ruidoso de esta en general silenciosa disputa por los mejores cerebros científicos del orbe.

Como resume Hodson, “una década atrás, el progreso tecnológico chino no recibía mayor oposición de parte de los países desarrollados, que se beneficiaban de él. Pero la era de los beneficios percibidos como mutuos se ha terminado. Se vuelve cada vez más difícil para los países poderosos, especialmente EEUU, aceptar que China tenga un panorama global, acceso a tecnología avanzada y peso geopolítico real. Ha trascendido que EEUU ya empezó a presionar a Taiwán para que limite sus exportaciones de chips para Huawei, aunque el gobierno taiwanés lo niega. Pero EEUU debería tener cuidado con ese tipo de intervenciones. El torpe intento de abatir a Huawei mostró que el gobierno de Trump tiene poco manejo de la dinámica del ecosistema tecnológico en el que pretende intervenir. Y su comprensión de los otros aspectos del desarrollo tecnológico chino es todavía más vaga. La amenaza que plantea una China gobernada por el PCCh con capacidad tecnológica es real. Al responder a ella, EEUU tiene que asegurarse de no convertirse en su propio peor enemigo” (“A new revolution”, cit.).

En el fondo, lo que más preocupa a EEUU es la tendencia a que se consolide un modelo alternativo de investigación y desarrollo científico y sobre todo tecnológico, que representa un desafío a todo lo que Occidente mostró siempre como el mejor y casi único esquema posible: el de compañías privadas que compiten en el mercado para conseguir los inventos y mejoras que las conviertan en líderes. China exhibe otro esquema basado en el lucro capitalista, sí, pero con escasos niveles de competencia y, en cambio, fuertes dosis de promoción, acompañamiento político y respaldo financiero por parte del Estado, que se convierte en un socio y a veces en el gran direccionador de subsidios y de objetivos de investigación. Por ejemplo, el impulso a los VE en China vino de parte del Estado sobre todo en respuesta a la preocupación por la contaminación ambiental, un tema que al mercado le hubiera llevado mucho más tiempo abordar como desafío potencialmente rentable. En este tema como en otros, China se revela como un competidor de EEUU no sólo en términos de volumen y capacidad, sino de proponer sus propias reglas y parámetros que operen como modelo para otros países. Que es lo que se espera de un líder mundial o que aspira a serlo.


1 El 3 de enero de este año, el Chang’e 4 fue el primer dispositivo humano en posarse sobre el lado lejano (llamado erróneamente “oscuro”) de la Luna. Es decir, sobre el lado que nunca es visible desde la Tierra, y al que las comunicaciones sólo pueden llegar (o transmitirse) vía un satélite de relevo. Este logro científico-tecnológico fue presentado por el PCCh como un símbolo de una potencia global, de su capacidad militar y de su desarrollo en ciencias duras.

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