Por Roberto Sáenz

Lo primero es lo siguiente. Nuestra tradición es la del marxismo clásico y el marxismo revolucionario; es la síntesis de una misma tradición que son dos tradiciones1.

El marxismo revolucionario nos es más contemporáneo, lo leemos más, lo estudiamos más. Eventualmente, el marxismo clásico se lee algo en la facultad (de una manera rebajada, distorsionada y fragmentaria). Pero a la hora de los cursos, de la actividad, nos dedicamos más al marxismo revolucionario, que es el “marxismo en acción”: Lenin, Trotsky, Rosa, Gramsci y algunos otros grandes revolucionarios. Estoy dando una definición absolutamente unilateral, práctica a los efectos de lo que quiero decir.

Aunque estos últimos autores también tienen obra global, desde ya: obra económica, teórica, histórica e incluso, en cierto modo, obra filosófica2; pero si ustedes me dicen que nuestra acción cotidiana en tanto que militantes revolucionarios es la militancia, ¿dónde uno ve representada la acción, la práctica política habitual, aunque proyectada a la escala monumental de revoluciones históricas hechas y derechas? La vamos a ver en Rosa, Lenin, Trotsky y Gramsci.

Vemos ahí las herramientas de la acción política, las herramientas de la construcción del partido: un abordaje del marxismo vinculado a la acción. Por supuesto que se trata de una reflexión “exquisita” sobre la acción, porque es profunda, muy rica; el punto más alto al que llegó el marxismo revolucionario.

Pero si nos preguntamos sobre los fundamentos teóricos, estratégicos, programáticos, la visión del mundo, la crítica del capitalismo y de las sociedades de clase, hay que ir a Marx y Engels, a los fundadores del marxismo como concepción crítica del estado de cosas en las sociedades contemporáneas, que son las sociedades de clase.

Es decir: en Lenin, en Trotsky y en Rosa vamos a encontrar una cuestión que suena “fea”, pero para que se entienda, que es el “marxismo aplicado” (está mal dicho así, es esquemático, no lo tomen literal, tómenlo entre comillas).

Pero si ustedes se interrogan sobre los fundamentos de la crítica al estado de cosas, los fundamentos de una sociedad que sigue basándose en relaciones de explotación y opresión, de desigualdad, donde una persona le pisa la cabeza a otra persona, y no una sociedad pensada en el sentido de relaciones entre iguales, ahí tenemos la crítica de Marx y Engels.

Y relaciones entre iguales no quiere decir personas uniformes, como era el modelo del estalinismo. Iguales, por el contrario, en el sentido de igualdad de condiciones de existencia, que permitan el despliegue pleno de cada personalidad, de cada individualidad.

Por supuesto que puede haber ambición, prestigio, etcétera. Alguien que toque mejor el piano, o lo que sea. Es decir, lo que se llama “emulación socialista”: determinado nivel de ambición cultural, artística, científica.

Pero si ustedes me preguntan qué encontramos en Marx y Engels, la respuesta es: encontramos un abordaje profundo, crítico, a aquella sociedad que es la sociedad capitalista –tanto como a las sociedades clasistas anteriores–, que se funda en relaciones sociales donde un determinado grupo de personas le pisa la cabeza a otro grupo de personas.

Como digresión, vale aquí un ángulo de comparación entre Marx y Weber. Mientras Marx era materialmente optimista respecto de las posibilidades de la emancipación humana, y eso cruza su obra, el caso de Max Weber está determinado por una suerte de “esencialismo pesimista”, un determinismo rígido donde sus ángulos críticos al capitalismo son, en todo caso, románticos, mirando al pasado y no hacia el porvenir como en Marx, que incluso apreciando conquistas al inicio de la humanidad, el inicial régimen social cooperativo, podía estimarlas proyectadas hacia adelante sobre la base de todo el desarrollo humano.

Ustedes saben acerca de la explotación del trabajo, de la plusvalía. Pero hay que apropiarse de una reflexión más profunda vinculada a si puede aspirarse a relaciones solidarias, a relaciones humanas de solidaridad, o si todas las relaciones sociales están condenadas a ser de “competencia”, no en el sentido de ser mejores deportistas, o mejores historiadores o lo que sea, que es connatural al desarrollo de la personalidad, sino en el sentido de que las relaciones de competencia capitalistas esconden, en realidad, dos tipos de relaciones estructurales de desigualdad: las relaciones de explotación y las relaciones de opresión, que son los dos órdenes básicos de relaciones sociales –sin olvidarnos, claro está, de las relaciones de la humanidad con la naturaleza, las fuerzas productivas, que abordaremos más abajo–.

Estos dos tipos de relaciones abarcan toda el área de lo social (de nuevo, sin olvidarnos de las fuerzas productivas): la explotación y el poder, dicho en general.

Por supuesto que en Marx y Engels su objeto específico era la crítica de la sociedad capitalista (más allá de que significara una crítica a todas las sociedades de clase). Parece simple quizás, porque existen otras críticas al capitalismo desde ángulos diversos.

Pero lo concreto es que no vamos a encontrar fuera del marxismo una crítica tan sistemática a esta sociedad que se basa en estas relaciones de desigualdad entre las personas; así de simple.

En Marx y Engels encontramos una crítica demoledora a la sociedad insolidaria, de clase. Una crítica actualísima bajo la actual pandemia y la crisis ecológica que estamos viviendo. Demoledora porque es profunda, radical. Marx afirmaba que ser radical era ir a la raíz, y que en el hombre la raíz es el hombre mismo; es decir, la raíz de la desigualdad hay que buscarla en sus relaciones sociales, más allá de que la humanidad debía conquistar en su desarrollo las condiciones materiales para su emancipación.

Obviamente que se trata de una crítica “exquisita”, compleja; una conquista del pensamiento humano. Engels es más accesible. Pero si tomamos El capital es complejo, hay que esforzarse.

En general los textos marxistas contienen una inmensa riqueza y requieren de trabajo, no es algo simple. Marx tiene textos bellísimos. Y no se trata de estudiar simplemente El capital –que claro, no es nada “simple” sino que tiene enorme profundidad– sino la obra completa de Marx y de Engels, cuya riqueza y universalidad son inmensas.

Porque la obra de Marx y Engels sólo se entiende en su universalidad, estudiándola de conjunto, no enfocándose en una u otra obra incluso si se trata de El capital, el texto de Marx más ambicioso, su opus magnum. Sólo se entiende la obra de Marx y Engels, no solamente militando, en lo que insistiremos inmediatamente, sino en el sentido teórico del término, estudiándola de manera integral, apreciando todos los costados de la cosa3.

La obra de Marx y Engels tiene un contenido profundamente humanista. En su texto biográfico sobre Marx y Engels, un clásico, el marxólogo bolchevique Riazanov, textualiza así a Marx: “Soy hombre, entonces nada de lo que es humano me es ajeno”, lo que traducido al siglo actual, con su sensibilidad propia, sería: “Soy humano y, entonces, nada de lo humano me es ajeno”.

El sentido de esto es también por una cuestión fundamental. Nuestra lectura de Marx está cruzada por la experiencia del último siglo, no es una abstracción. No es un abordaje “destilado” de una suerte de Marx y Engels “a-temporales”, a-históricos.

Nuestra lectura de Marx y Engels es interesada, informada por el aprendizaje crítico de la burocratización de las revoluciones del siglo pasado, amén de la crítica del capitalismo en este siglo XXI con todos sus nuevos problemas4.

Crítica a las revoluciones del siglo pasado –más bien a las contrarrevoluciones burocráticas que le siguieron como rebote–, uno de cuyos rasgos principales fue la idea de que la revolución podía “avanzar” sin que importara si lo hacía pisándoles la cabeza a los trabajadores y trabajadoras; una contradicción en los términos5: “(…) inventar peligros y actuar en función de dichas invensiones constituyó un motor esencial del fenómeno estalinista. Sin la ideología mítica de los ‘enemigos del pueblo’ el estalinismo no hubiera sido lo que fue. Si no hubiera tomado la forma de una máquina de devorar personas, el curso de los eventos hubiera sido distinto” (Moshe Lewin, 80).

Se hizo abstracción de la revolución como herramienta de emancipación de los explotados y oprimidos y se la rebajó a una idea economicista, productivista, donde lo que importaba era el supuesto “desarrollo de las fuerzas productivas” en abstracción de los seres humanos. Se impuso una idea instrumental de la transición al socialismo; la producción per se se emancipó del desarrollo humano. “Es bastante seguro hablar de un punto de partida axiomático que puede ser expresado por la fórmula ‘sólo el hombre es el objetivo supremo del hombre’ (la expresión de hombre remite evidentemente a toda la humanidad, no solamente a su expresión masculina). Esta fórmula está fundamentada en un punto de vista antropológico. Un marxista ortodoxo, esto es, actuando en el espíritu de Marx, continúa comprometido con la obligación de combatir todas las relaciones sociales inhumanas. Sólo es posible librarse de esta obligación si hubiera pruebas de que las relaciones inhumanas favorecen la humanización del hombre mismo aunque él sea presentado pretendidamente ruin, agresivo, contaminado por el pecado, lo que es evidentemente absurdo. Incluso si transferimos el infierno de vuelta a la tierra, esta no es una razón para acomodarse o para proclamar que es una etapa de transición necesaria rumbo al paraíso. Millones de individuos no aceptarán eso, de cualquier manera, ni psicológicamente ni prácticamente. Ellos experimentan el infierno como infierno. Ninguna mistificación puede impedir que a largo plazo se rebelen contra ese infierno. Es un deber elemental luchar al lado de ellos contra toda condición inhumana. Esa es la obligación que guió a Marx durante toda su vida. Y debería guiar a todos nosotros” (Ernest Mandel, “Emancipación, ciencia y política en Karl Marx”, 1986, www.ernestmandel.org6).

Sin embargo, el objetivo principal de la revolución socialista y de la transición al socialismo no es, en realidad, desarrollar la economía. El objetivo principal es emancipar a la clase obrera – a todos los explotados y oprimidos junto con ella. La economía es sólo su fundamento material. Si un trabajador o una trabajadora tienen que trabajar 14 horas por día, muy emancipados –en el sentido de su participación en los asuntos universales de la sociedad– no van a estar. La emancipación de los trabajadores y trabajadoras, la emancipación humana, está vinculada materialmente a reducir la jornada laboral y aumentar el tiempo libre (entre otras determinaciones).

El stajanovismo de los años ‘30, o sea, la súper-explotación de la clase obrera soviética para “desarrollar el socialismo”, nada tenía que ver con una orientación socialista. El objetivo de la transición al socialismo, de la revolución socialista, es emancipar a la clase trabajadora, las mujeres y la juventud. Para eso hay que hacer la revolución mundial, además de desarrollar la economía. Pero el desarrollo de la economía es la condición material para esa emancipación, no un objetivo en sí mismo.

El pensamiento marxista no es un pensamiento “económico”; es un pensamiento integral, científico, materialista, dialéctico, vinculado a las vías científicas, reales, materiales de la emancipación humana.

El capital no es una obra de economía en el sentido reduccionista, vulgar del término. Es una obra de crítica de la economía política que sienta los fundamentos materiales de la emancipación humana. Es mucho más profunda y mucho más global que una mera “economía”.

Durante demasiado tiempo se ha pensado que el marxismo era meramente “economía”. Incluso connotados pensadores y autores marxistas desarrollaron unilateralmente ese ángulo –que es real, existe la economía como base material de todo lo demás, claro– perdiéndose de vista que el abordaje marxista es integral, total, “societal”, y no meramente económico.

Aunque la economía, repetimos, y también la ecología, son la base material de la humanidad, la base material de todos los demás desarrollos: “(…) los partidarios de Louis Althusser no están simplemente en lo cierto cuando circunscriben el objeto de El capital [a la economía]. Están equivocados también pues esta definición no les permite dar cuenta de la complejidad de la principal obra de Marx (…) El capital es, por lo tanto, un trabajo tanto teórico como práctico, filosófico y económico, histórico y sociológico. No podría ser de otra manera a causa del método que utilizó Marx para escribirlo” (Ernest Mandel, “O centenario de O Capital, de Marx”, esquerdaonline, 28/06/17).

Y si se quiere estudiar esta obra profunda, global, integral, hay que sentarse en la silla y leer concienzudamente a Marx y Engels: “Marx leía en ocho idiomas y Engels dominó hasta doce; sus textos se distinguen por la alternancia de los muchos modismos utilizados y por las citas cultas, incluidas aquellas en latín y griego antiguo. Los dos humanistas también fueron grandes amantes de la literatura. Marx conocía el teatro de Shakespeare de memoria y nunca se cansaba de hojear sus volúmenes de Esquilo, Dante y Balzac. Engels fue durante mucho tiempo el presidente del Instituto Schiller en Manchester y adoraba a Ariosto, Goethe y Lessing. Junto con el debate permanente sobre los acontecimientos internacionales y las posibilidades revolucionarias, hubo numerosos intercambios relacionados con los principales descubrimientos de la tecnología, la geología, la química, la física, matemáticas y antropología. Para Marx, Engels siempre constituyó un confronto indispensable y la voz crítica que debía ser consultada cada vez que era necesario tomar posición sobre un tema controvertido” (Marcello Musto, “Cartas por la revolución”, sin permiso, 27/04/18).

Para leer a Lenin, a Trotsky y a Rosa también hay que sentarse y además militar, claro está. Pero para leer a Marx hay que sentarse un poco más, es más complejo. Hay que poner atención, tomar apuntes, subrayar, etcétera, ¡y no podés levantarse de la silla porque el tipo no te deja levantar! Hay que meterle esfuerzo a la cosa.

Por lo demás, y dialécticamente, la militancia no parte de “leer mucho a Marx”. Hay gente que lee mucho a Marx y no entiende nada. Parte de una determinada sensibilidad, de una toma de posición valorativa7. Uno nunca dice “leí todo Marx, ahora empiezo a militar”… Para leer todo Marx hace falta toda la vida. ¡Yo tampoco leí todo Marx y posiblemente me muera sin leer a todo Marx y milito hace casi 40 años!

“Primero leo todo Marx y después voy a militar”… no, es imposible. Además, no se entiende nada si no se milita, sin compromiso con la lucha de los explotados y oprimidos. Es al revés: sólo se entiende a Marx y Engels si se milita; si no se milita, no se entiende nada, al menos de marxismo8.

Sólo se entiende realmente el pensamiento crítico del marxismo en la militancia, en la actividad, en la acción, en la empatía con el otro, en la lucha por la emancipación de los trabajadores, contra la opresión de la mujer, en la sensibilidad con el otro.

Quizás Bill Gates, que tiene cierto nivel cultural, se pone a leer a Marx, quién sabe. Pero sin empatía con los explotados, no lo va a entender. Y la empatía es una cuestión del orden de lo humano, de la sensibilidad, de que nada de lo humano te sea ajeno (y también de empatía con la naturaleza9).

Pero también vale la reversa, claro está: sin reflexión teórica, la militancia es pura pragmática, pierde las perspectivas estratégicas (de ahí que la politización y la formación marxista sean fundamentales para cualquier militante y para el partido como un todo).

La militancia es un elemento de sensibilidad político-social-humana; no es primariamente un elemento “intelectual”. Aunque lo intelectual, por supuesto, comienza inmediatamente a reactuar; uno empieza a activar y quiere entender más, militar y estudiar.

Porque tampoco se trata de militar sin estudiar, sin aplicarse teórica y estratégicamente. El concepto de praxis del marxismo alude, justamente, a la fusión de ambos términos, teoría y práctica (de ahí la importancia, repetimos, de la formación).

Y sí, es verdad que entendemos más lo que hacemos que lo que no hacemos, es lógico. Sobre todo lo entendemos si, además de hacerlo, reflexionamos teóricamente sobre nuestra práctica.

Si vamos a hacer una charla sobre cómo sería el desembarco de un astronauta en Júpiter, voy a dar la charla, me siento acá, los miro y me van a decir: “estás diciendo cualquier cosa”… Y sí, qué quieren que les diga, ¡si nunca estuve en Júpiter!

Si me piden que dé una charla sobre qué significa caminar por Júpiter, ¿qué puedo decirles? Ahora, si es una charla sobre la lucha de clases, bueno, ahí tenemos una experiencia compartida y obviamente vamos a entender más lo que hacemos.

Aunque también hay que entender lo que no hacemos, lógicamente. Porque el universo es muy grande y la naturaleza –que tiene sus propias leyes– nos precede en gran medida, y también hay que entenderla y respetarla.

En fin, lo que quiero decirles es una verdad de Perogrullo: cuesta leer a Marx, cuesta mucho. Engels es más accesible. Hal Draper, marxólogo norteamericano de gran erudición, destacaba esta característica: Marx siempre era más “cacofónico” para escribir, Engels más llano.

Lo mismo destaca Riazanov: “Es una característica de Marx: a pesar de todo su talento literario, no tenía facilidad para el trabajo [para escribir, quiere decir Riazanov]. Elaboraba siempre largamente sus obras, sobre todo si se trataba de un documento importante (…) lo quería perfectamente redactado, de modo que pudiera resistir la acción del tiempo (…)” (Riazanov, Marx y Engels).

El marxismo clásico y el marxismo revolucionario son esta combinación de Marx y Engels y los grandes revolucionarios del siglo pasado. Pero les repito: si ustedes quieren ir a los fundamentos, y además abordarlos siempre de manera crítica, no doctrinaria, porque el marxismo se enriquece todo el tiempo, vive en la interacción con la lucha de clases, no es una cosa que tenés ahí como un dogma en una “caja fuerte”, se recrea y se “reinventa” constantemente, tienen que ir a Marx y Engels.

Y si me preguntan por un texto para empezar a leerlos vinculado a esta introducción que les estoy haciendo, les diría que estudien los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, e inmediatamente después las primeras 100 páginas de La ideología alemanadonde queda ya fundada de manera decisiva la concepción materialista de la historia.

¿Son difíciles los Manuscritos? Sí, pero se dejan leer. Es un texto apasionante. Si se sientan con una birome y un papel para hacer anotaciones, se puede leer.

Entonces, bueno, esta es la primera cuestión. También se puede empezar por el Manifiesto Comunista, claro está. Pero los Manuscritos tienen una gran universalidad y una gran actualidad. Sobre todo puestos bajo el contraste de la experiencia del siglo pasado, las “revoluciones burocratizadas”10.

Los Manuscritos no eran un texto apreciado durante el estalinismo (Musto destaca acertadamente esta cuestión), por su carácter humanístico general y porque destacaba la alienación del trabajador, un rasgo que prosiguió en los Estados burocráticos, tanto en relación a sus condiciones de trabajo y medios de producción como al producto de su trabajo: la burocracia decidía todo y los trabajadores nada: “Imposible encontrar un trabajador que te dijera en privado que pertenecía a la clase dominante. Cuando yo trabajé en los Urales, los trabajadores sabían quienes eran ellos y quienes los jefes (nachalstvo), los patrones, los que tenían el poder y los privilegios” (Moshe Lewin, 9111).

La arbitrariedad con la cual están manejándose todos los países durante la pandemia en relación a la población de a pie, la forma en que están superados los Estados por los acontecimientos, la inutilidad e irracionalidad de los aparatos burocráticos, la “abstracción” de innumerables medidas que se anuncian por arriba y nunca llegan abajo o llegan malamente, son expresión universal de los rasgos generales de la burocracia. Un recordatorio de que el marxismo postula la tendencia a la superación de toda burocracia y de todo Estado con la población tomando en sus manos todos los asuntos.

Aunque vamos a retomar el tema más abajo dando cuenta de que existieron históricamente varios tipos de burocracia distintos, variadas “formaciones burocráticas” de diverso origen histórico y naturaleza –las burocracias estatales heredadas de los Estados absolutistas, las burocracias ya directamente capitalistas, las burocracias constitutivas de los aparatos de las grandes empresas privadas y las burocracias socialdemócratas, estalinistas y sindicales en general, etcétera–, nos resulta de interés colocar aquí una “anécdota” de uno de los tipos de burocracia –contrarrevolucionaria– que produjo el siglo veinte12, la burocracia nazi: “El expediente es uno de los elementos básicos de funcionamiento de la burocracia: todo tiene que estar escrito y todo tiene que trasladarse por escrito de un nivel a otro. Auschwitz hubiera sido imposible sin un funcionamiento de la máquina burocrática alemana hasta sus últimas consecuencias. El exterminio de tantos millones de personas supone todo un proceso de burocratización que funciona como una máquina. No sólo para que los trenes llegaran en el momento oportuno. Dentro del campo había un proceso de burocratización muy fuerte, especialmente en los primeros tiempos, cuando todavía no habían sido masificados. Se fotografiaba uno a uno a todos los que entraban al campo y se les tomaba la filiación. Y a mí me impactó ver en una pared fotos de los expedientes burocráticos, dentro del campo de Auschwitz. Uno de esos expedientes trataba de un prisionero que había hecho sus necesidades delante del barracón, cosa que lógicamente estaba prohibida [¡no es descartable que fuera en son de protesta!, hasta en esas circunstancias extremas hay humanidad, R.S.]. Entonces, en el oficio estaba el informe del soldado, firmado, y decía: ‘El preso número tal ha hecho sus necesidades en el barracón y debe ser castigado’. Ese oficio pasa al oficial de turno, que lo firma agregando: ‘Castíguese, pase al siguiente oficial’, el siguiente oficial le da el visto bueno y también tiene la firma. Y después, da la vuelta: ‘Cúmplase el castigo’, y está la firma del oficial que debe hacer cumplir el castigo. El expediente recorrió toda la jerarquía de la burocracia militar que se ocupaba del campo de Auschwitz. Después, cuando se abarrota el campo, ya no hay burocracia posible. Entonces, ya murieron por miles y por millones sin dejar ningún rastro en el asentamiento burocrático del campo” (José María González García, “La burocracia es una forma organizada de ser irracionales”, reportaje en el diario Clarín, 2005).

La cita anterior puede ser leída –de manera alegórica y sin perder las proporciones de las cosas– como la lógica general de toda burocracia que termina desbordada por los eventos (un poco “tal cual” la burocracia estatal durante la pandemia del coronavirus).

Antes de concluir este punto, junto al carácter militante, integral, humanista anticapitalista y antiburocrático del marxismo de Marx y Engels, hay otro factor que queremos subrayar: el abordaje de nuestros fundadores de la relación entre la humanidad y la naturaleza.

En fin, para no ser injustos con Engels, que también es extraordinario –es más profundo muchas veces de lo que parece a primera vista–, les recomiendo un texto hermoso de él, sin terminar, como la mayoría de los textos de Marx y Engels, pero que es actualísimo en el marco de la actual crisis pandémica y ecológica –un dato que va a atravesar todo este siglo veintiuno–, fragmentario pero aun así de enorme riqueza, La dialéctica de la naturaleza, publicado en la ex URSS recién en 1925, como para que vean que no hay compartimientos estancos entre la sociedad y la naturaleza.

Al contrario: la sociedad vive en constante interpenetración con la naturaleza; determinada pero también reactuante sobre la misma (pido perdón por la larga cita que intercalamos aquí): “Con el hombre penetramos en la historia. Los animales también poseen una historia, la de su descendencia y gradual evolución hasta llegar a su estado actual. Pero esa historia se hace para ellos, y en la medida en que participan en ella, eso ocurre sin que lo sepan o lo quieran. Por otro lado, cuanto más se alejan los seres humanos de los animales en el sentido más estrecho de la palabra, más hacen ellos su historia en forma consciente, más se reduce la influencia de los efectos imprevistos y de las fuerzas incontroladas sobre dicha historia, y el resultado histórico corresponde con mayor exactitud al objetivo prefijado.

Pero si aplicamos esta medida a la historia humana, inclusive a la de los pueblos más desarrollados de la actualidad, advertimos que aún existe una colosal desproporción entre los objetivos previstos y los resultados obtenidos, que predominan los efectos imprevistos y que las fuerzas incontroladas son mucho más poderosas que las puestas en movimiento de acuerdo a un plan.

Y esto no puede ser de otra manera mientras la actividad histórica más esencial de los hombres, la que los elevó del estado animal al humano y la que constituye la base material de todas sus otras actividades, a saber, la producción de lo que necesita para vivir, o sea, en nuestro días, la producción social, se encuentre sometida ante todo al juego recíproco de efectos no deseados, provocados por fuerzas no dominadas, y mientras sólo por excepción logre los fines que persigue, pero con mayor frecuencia consiga exactamente lo contrario de lo que desea”.

Y concluye de manera brillante: “Darwin no sabía qué amarga sátira escribía sobre la humanidad, y en especial sobre sus compatriotas, cuando mostró que la libre competencia, la lucha por la existencia, que los economistas celebran como la máxima conquista histórica, es el estado normal del reino animal. Sólo la organización consciente de la producción social, en la cual la producción y distribución se llevan a cabo de manera planificada, puede elevar a la humanidad por encima del resto del mundo animal en lo que se refiere al aspecto social, tal como la producción en general lo hizo con el género humano en el aspecto específicamente biológico (Engels, Dialéctica de la naturaleza, 37 y 38).

En fin, coloqué una larga y hermosa cita de Engels donde lo que podríamos acotar es que la biología dialéctica –desarrollada por connotados científicos vinculados al marxismo durante el siglo pasado– da cuenta de que también en el mundo animal existe una re-actuación de los organismos sobre el medio ambiente que los transforma hasta cierto punto –otra cuestión es que este factor activo no es consciente al estilo humano, desde ya– y, además, está toda la experiencia histórica del siglo pasado que nos ha dejado enseñanzas críticas respecto de cómo debe operar la planificación socialista, que no tiene nada que ver con la planificación burocrática, agudamente definida por Moshe Lewin como la “desaparición de la planificación en el plan”, una instancia repleta de irracionalidades opuesta a la verdadera planificación socialista y democrática13.


1 La idea que nuestra tradición es las síntesis de “dos tradiciones” cuales son el marxismo clásico y el marxismo revolucionario nos fue sugerida en su momento por los compañeros del SWP ingles.

2 Pensar en textos como Materialismo y empiriocriticismo o Las notas a la Ciencia de la Lógica de Hegel, de Lenin, o, en Trotsky, sus apuntes metodológicos de comienzos de los años ´30, así como en diversos textos del mismo tenor en Gramsci y Rosa Luxemburgo.

3 En esto –como en muchas otras cosas– nos oponemos radicalmente a Louis Althusser, que separó al Marx maduro del joven y circunscribió toda su obra a El capitaluna obra extraordinaria que sólo se puede entender realmente sobre el trasfondo de su obra integral.

4 Sobre esto último es evidente que la suma de la pandemia del coronavirus, la crisis económica histórica que ha producido –amén de los problemas estructurales de arrastre que ya venían– y la rebelión popular en curso en los Estados Unidos, así como la conflictiva relación entre los propios Estados Unidos y China (sobre este tema ver “Un análisis de un imperialismo en ascenso”, de Marcelo Yunes), más la crisis ecológica, etcétera, han dado inicio realmente al siglo veintiuno: han puesto sobre la mesa un conjunto de elementos propios de este siglo.

5 Una contradicción en los términos para cualquier criterio humanista, no instrumental, de la lucha de clases, aunque que esto no deba abordarse ingenuamente: hay determinados momentos donde los fusilamientos se imponen, por poner un ejemplo. Pero las corrientes tradicionales del trotskismo, y autores como Isaac Deutscher, justificaron demasiados desarrollos que nada tenían que ver con la emancipación de los trabajadores y trabajadoras.

6 Ernest Mandel fue un conocido dirigente trotskista francés de la segunda mitad del siglo pasado que tuvo posiciones a-críticas en relación a la ex URSS pero también realizó reflexiones sugerentes sobre la burocratización al final de su vida (ver, sobre todo, El poder y el dinero).

7 Valorativa en sentido de humana, de una sensibilidad por los asuntos colectivos de la humanidad, de una empatía por el otro.

9 Por otra parte, hace al concepto marxista de riqueza: la riqueza no es acumular bienes como tales, sino el grado de satisfacción de las necesidades humanas; más adelante volveremos sobre esto.

10 Respecto de la inversión de medios y fines que significa la burocracia, que adquiere cierta existencia como “fin en sí”, podemos citar un ejemplo traído de otro contexto, las exigencias a las cuales somete la universidad a la docencia en la actual pandemia: “(…) la burocracia se venga cotidianamente del intelectual en la medida que le somete a exigencias, que de ser atendidas correctamente, le toman todo el tiempo de investigación, haciendo así que los medios y los fines se inviertan para regocijo de la burocracia, ella misma una inversión en sí. Característica de la época de los monopolios, la burocratización de la vida, expresión administrativa de una ‘vida administrada’, hace que la forma (abstracta) se sobreponga al contenido (concreto) de las cosas, y que el objeto, esto es, las normas, procedimientos y exigencias, acaben por cosificar al sujeto, a saber, nosotros, las personas, como, de modos diferentes, expusieron Weber y Lukács. De medio para posibilitarnos vivir mejor [supuestamente, R.S.], la burocracia se convierte, hace ya tiempo, en señora de nuestra vida (…) (Felipe Demier, esquerda on line), una apreciación aguda de algunas de las características universales de la burocracia.

11 Escapado de los países bálticos siendo muy joven cuando el avance de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, Lewin pasó por una granja colectiva y luego trabajó una temporada en una fábrica de los Urales junto a 25.000 trabajadores.

12 Podríamos decir que no toda burocracia es contrarrevolucionaria. Es evidente que las burocracias nazi y estalinistas fueron contrarrevolucionarias, pero que otros tipos de burocracias burguesas no necesariamente lo son (y esto no quita que todas las burocracias tengan algunos rasgos universales).

13 Rusia, URSS, Rusia es quizás una de sus mejores obras. Por lo demás, recordemos que Moshe Lewin fue uno de los más profundos historiadores sociales de la ex URSS. Un historiador social por “oposición”, por ejemplo, a los grandes historiadores “políticos” del trotskismo como Pierre Broue, o Jean Jaques Marie, entre otros, por no olvidarnos de Isaac Deutscher -más allá de sus pretensiones teorizantes crudamente objetivistas.

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre