Sobre la burocracia estalinista

Ficha de estudio de Le Nouveau Léviathan, tomo 5, Le bureucratie et la révolution, Pierre Naville.

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Ficha de estudio de Le Nouveau Léviathan, tomo 5, Le bureucratie et la révolution, Pierre Naville[1]. En la preparación de nuestra obra “Dialéctica de la transición. Un ejercicio estratégico aplicado a la revolución socialista” (título provisorio) estamos llevando adelante el fichaje de una serie de obras clásicas en el abordaje del balance de la URSS. Para no recargar el texto estamos evitando colocar demasiadas citas, razón por la cual “descargaremos” las mismas en una serie de artículos que son sobre todo materia prima de la citación comentada de algunas de las obras que hemos estudiado para nuestra investigación.

A continuación, entonces, nos dedicaremos al tomo 5 de la monumental obra de Pierre Naville titulada Le Nouveau Leviathan, referida, precisamente, al proceso de burocratización de la URSS, más específicamente este tomo dedicado a los problemas del Estado burocrático (socialismo de Estado en la definición del marxista francés).


Pierre Naville fue uno de los mayores especialistas en el proceso de burocratización de la URSS en la segunda mitad del siglo veinte y es habitualmente e injustamente poco visitado[2]Le Nouveau Leviathan es una obra monumental comenzada en los años 50 y desarrollada en varios tomos culminando en los años 70 (seis tomos más precisamente). Una obra que contiene enorme riqueza y erudición en el abordaje de su temática[3].

Comenzamos estas fichas por el tomo 5 de la obra de Naville siguiendo la misma estructura de nuestro próximo libro, que comienza por la problemática del Estado y luego “aterriza” en la economía de la transición[4].

La forma en que trabajaremos este artículo será pasar citas textuales y comentarlas brevemente.

1- Una “clase política”

“El poder es la burocracia impalpable en el texto de la Constitución, invisible en todos los códigos jurídicos y las leyes, pero real en el funcionamiento del Estado y en la vida que dirige cada jornada de un pueblo reducido a su más simple expresión” (pp. 15).

Se aprecia desde el comienzo del análisis que la burocracia expresa, es, una situación de hecho más que de derecho.

“La burocracia, ella, se enmascara, se disimula, se ausenta (derobe[5]), pretende ser irreal por definición, salvo en sus síntomas a los que llama déficits (defauts), sin cesar renacientes. Persona que esté dispuesta (veuille) se reconoce burócrata, menos aún autócrata” (pp. 20).

Lo dicho: las imposiciones burocráticas están enmascaradas, no reconocidas de manera oficial ni legalmente. Esto es evidente porque las formas de dominación y explotación de la burocracia no son orgánicas; menos que menos consagradas en el orden legal. Aparecen disimuladas detrás del relato del “poder proletario”, del “Estado obrero”, de la continuidad del “leninismo”… Circunstancias de hecho tan alejadas de lo proclamado que terminaron prostituyendo las palabras; el lenguaje mismo del marxismo quedó envilecido (de ahí su desprestigio en todos los países que pasaron por experiencias socialistas y/o no capitalistas. Singular y compleja la circunstancia donde los enemigos te roban el lenguaje de tu emprendimiento[6]).

“Las formas más complejas y más variadas de administración burocrática se han presentado en las civilizaciones del pasado. El presente y el futuro debían sin duda manifestar nuevas. Sin embargo, lo que importa hoy es saber si dicha forma es necesaria (es decir, si ella tiene fundamentos propios en la economía, en las relaciones sociales y en las instituciones políticas) y si ella posee así un carácter orgánico (…)” (pp. 22).

Naville insiste en la afirmación que la burocracia, el proceso mismo de la burocratización, no es necesario, es decir, no es un proceder mecánico ni tampoco orgánico, algo que (se) suceda necesariamente de determinado proceso histórico-social: la burocracia es una forma de dominación y explotación inorgánica que puede ocurrir o no dependiendo de las circunstancias.

“Es justamente el hecho de que la burocracia es una clase política ligada a formas de Estado muy diferentes (por ejemplo en el imperio carolingio, en la China confuciana e imperial, en las monarquías anglo-francesas, también en las austríacas y prusianas, en la Iglesia Católica, en la Francia jacobina y napoleónica, en fin en la Europa de las nacionalidades del siglo XIX), por consecuencias vinculadas a relaciones sociales muy diferentes, lo que llevó a los socialistas a entrever con un poco más de serenidad su domesticación bajo las nuevas relaciones colectivistas” (pp. 24).

Naville señala algo que afirmamos en nuestro trabajo: la burocracia estalinista es una clase política. Sin embargo, amplia el alcance histórico de la existencia de “clases políticas” a otros regímenes sociales. En todo caso, lo que resta es que la categoría de “clase política”, es decir, una forma de estratificación donde una burocracia cumple el papel de una clase social sin llegar a serlo subproducto de un proceso de conformación distinto a las clases sociales tradicionales (de la política a la economía en vez del camino tradicional del capitalismo que es inverso, de la economía a la política), no es tan original como podía creerse: han existido diversos tipos de “clases políticas” en la historia.

De cualquier manera, no nos parece que Naville explote la categoría de clase política con la profundidad suficiente ni que se exprese con claridad alrededor del híbrido categorial que significan todas ellas en la transición socialista, así como tampoco la aguda problemática sugerida por Trotsky sobre la estatización de las categorías de la economía política en la misma (reenviamos a nuestra obra para la profundización de este concepto).

Por estas mismas razones, tampoco “hunde el cuchillo” lo suficiente en los análisis de Christian Rakovsky, que aun si nos llegaron de manera fragmentaria por la supresión de su obra por parte del estalinismo, son de los más profundos que dio la Oposición de izquierda.

2- Lenin

“En los primeros escritos de Marx, la crítica de la burocracia es inmediatamente la crítica del Estado y de las relaciones económicas que ella impone a todos (relaciones económicas burguesas). Cuando Lenin comience a atacar a la burocracia del Estado soviético, entre 1918 y 1920, lo hará justamente dentro de la tradición de Marx, desde el punto de vista de las relaciones sociales y económicas, yendo más allá del formalismo político” (pp. 25).

Naville acá es explícito en la idea que deben existir determinadas condiciones económico-sociales para que emerja una burocracia. Es decir, tampoco es que la burocracia es un fenómeno fortuito: emerge en determinadas condiciones materiales.

“Lenin pone acento sobre una característica general de todo Estado (…) es un instrumento al servicio de la clase dominante. Si se cambia la mano que maneja el instrumento, el instrumento cambiará de función. ¿Pero el instrumento en sí mismo cambiará su naturaleza? (…) la burocracia (…) no es solamente un instrumento del poder, sino que ella puede devenir [parvient a devenir] un poder” (pp. 27).

Naville, parafraseando a Lenin (¡y a Marx!) o, en todo caso, teniendo presente en realidad a Christian Rakovsky, nos está diciendo que la burocracia de consecuencia que es de determinadas condiciones, puede a su vez dar vuelta las relaciones y “formatear” las condiciones mismas.

“Por lo tanto Lenin no se olvida [cache] de que los funcionarios tienen la tendencia a considerarse como situados más allá de las clases, fieles a ellos mismos sirviendo al Estado cualquiera sea él. Califica de burócratas a los funcionarios que se transforman ‘en personajes privilegiados’, separados [coupes] de las masas y ubicados por encima [au-dessus] de ellas. Esta es la esencia del burocratismo (…) la esencia del burocratismo es el espíritu de cuerpo que se sitúa por encima de las masas y de las clases (pp. 27).

La esencia del burocratismo es el espíritu de cuerpo que se sitúa por encima de las masas y de las clases cuando la presencia de la población trabajadora desaparece de la lisa política. Así las cosas cuando el único elemento activo que resta es la burocracia (Rosa Luxemburgo), la revolución comienza a pudrirse.

“Después del fin de la guerra civil, cuando el debut de la NEP, el punto de vista de Lenin se modifica (…) busca las razones económicas profundas de esta evolución (…) ‘Entre nosotros, el origen económico del burocratismo es otro: es el aislamiento, la dispersión [eparpillement] de los pequeños productores, su miseria, su incultura, la ausencia de caminos, el analfabetismo, la ausencia de intercambios entre agricultura e industria, la falta de ligazones, de acción recíproca entre ellos” (pp. 29).

La burocracia establece los vínculos, ocupa los lugares que las masas en su retraimiento político e incultura, no pueden ocupar. Es la burocracia el nexo de las relaciones, circunstancia de la cual se aprovecha.

3- Trotsky

“La NEP no solamente restauró los intercambios (…) Paralelamente, vio engrosar el ejército de administradores encargados de controlar a la vieja manera el renacimiento [económico]. Las inversiones masivas apoyadas en el sudor popular [preveles sur la sueur popularie] les dieron a los cuadros económicos y políticos el sentimiento de una nueva potencia. Ese poderío fundado sobre la posesión de un potencial económico a la medida del Estado se le vino a la cabeza de los dirigentes [monte a la tete des dirigents], los círculos superiores del partido. Es durante los años 1924-1927 que la burocracia cambia, poco a poco, sus bases sociales, conservando sus rasgos permanentes, y es este cambio el que denuncian Trotsky y la Oposición de Izquierda” (pp. 34).

En una sociedad donde los medios de producción han sido estatizados, donde determinadas relaciones no dependen más de la espontaneidad del mercado, hay que vigilar que sean -de manera creciente- las masas populares las que asuman todas las tareas y no una burocracia, que en vez de ser su personal administrativo, se colocan por encima de ellas y usufructúa esa ubicación (este no es un desarrollo necesario pero sí es posible sobre una base no capitalista dados un conjunto de circunstancias).

“Nadie hizo más que Trotsky para esclarecer las condiciones de la extensión de la burocracia en la URSS. Un fenómeno original a dicha escala y bajo esa forma en la historia social y política (…)” (pp. 34).

De Lenin a Trotsky existe un recorrido: Lenin vio el “burocratismo” en maltrato displicente de los asuntos por parte de la burocracia emergente y comenzó a intuir su emergencia como nueva categoría social (solo a intuirlo). Trotsky se topó con el fenómeno en pleno despliegue histórico, aunque aun así y todo tampoco podía tener la perspectiva historia completa de los hechos.

“(…) todo un conjunto de términos del vocabulario político y sociológico, como ‘dictadura’, ‘democracia’, ‘bonapartismo’, ‘socialismo’, etc., tomaron un nuevo sentido en función de una nueva forma de poder que uno puede calificar de poder burocrático” (pp. 34).

Efectivamente, las “viejas” categorías políticas de abordaje del poder e, incluso, de los sistemas sociales, debieron ser resignificadas para entender la radical novedad de la degeneración del primer Estado obrero en la historia, una nueva forma de poder y de economía transitorias entre el capitalismo y el socialismo o, más precisamente, un desvió original en esa trayectoria potencial (el siglo XX demostró que la teleología histórica que marcó tanto al marxismo desde la Segunda Internacional, no funciona[7]).

“Trotsky notó que la herencia del pasado ya no era suficiente para explicar lo que estaba ocurriendo” (pp. 36).

Acá Naville nos está señalando la originalidad del fenómeno burocrático estalinista, su especificidad no reducible a mero resabio del pasado.

(…) la participación de los obreros en los aparatos estatales, cooperativos y otros, implicaba un debilitamiento de las células en las fábricas y una multiplicación excesiva, en el partido, de los funcionarios (…) la base del burocratismo residía en la concentración creciente de la atención y de las fuerzas del partido sobre las instituciones y aparatos gubernamentales y en la lentitud del desarrollo industrial” (pp. 37).

Señalemos, primeramente, que esta es una cita de El nuevo curso, texto liminar sobre la burocracia de Trotsky donde cambia radicalmente su perspectiva en relación a un texto anterior como Comunismo y terrorismo (texto que más allá de su abordaje desencaminado respecto de la “militarización del trabajo” y otras, contenía, también, elementos educativos respecto del carácter necesariamente dictatorial de la dictadura proletaria en medio de la guerra civil).

Por lo demás, la dificultad de que los cargos estatales-administrativos sean tomados por el activo del partido revolucionario (el solapamiento entre uno y otro en funciones que son diversas, políticas las del partido más “administrativas” las del Estado), le trasmite un conjunto de presiones nuevas y más si esto ocurre sin contrapeso alguno; la clase trabajadora había sido diezmada por la guerra civil y la base obrera restante se retraía a ojos vista de la participación política por cansancio, desmoralización e incultura.

“Luego de la liquidación de la NEP y la puesta en marcha del primer plan quinquenal y la colectivización agraria forzada (1928-1930), la burocracia no pudo en esa vía más que reforzar su poder y su autonomía. Combinación de partido y administración del Estado, ella se considera, más y más, como la depositaria del poder económico y político. Se constituye en categoría o ‘clase dominante’. Sin embargo, Trotsky estima que de una clase política a una clase económica existe una distancia que la burocracia no puede traspasar” (pp. 38).

El tema aquí es que, en realidad, Trotsky no considera realmente la categoría rakovskiana de “clase política” o no le da todo su alcance (Trotsky cita reiteradamente a Rakovsky, pero limita el alcance de sus análisis). De ahí que siga definiendo al Estado como obrero (degenerado burocráticamente), pero no como un Estado burocrático tout court. Esto debido, precisamente, a los límites que considera la burocracia no puede traspasar sin transformarse en una clase en el sentido clásico del término.

“Desde el punto de vista marxista, está claro que la burocracia soviética no se puede transformar en una nueva clase dirigente” (pp. 38) afirma Naville, lo que remite a lo que acabamos de señalar.

Sin embargo, Naville cita a continuación una definición de Trotsky que parece ir en un sentido contrario al que acabamos de señalar:

“La economía soviética actual no es ni monetaria ni planificada: es casi un tipo puro de economía burocrática (…) Liberada del control material de la masa de los consumidores y del control político de los productores, la industria ha adquirido un carácter suprasocial, es decir burocrático” (pp. 41-2).

Esta es una de las definiciones donde Trotsky llegó más lejos en su apreciación del grado de autonomización de la burocracia; hasta dónde llegó a imprimirle su sello a la sociedad (al hablar del “carácter suprasocial” de la economía parece deslizarse más allá del análisis clasista tradicional por el cual una burocracia siempre es mandadera de alguna clase fundamental[8]).

Sin embargo, a continuación Naville cita a Trotsky reiterando su análisis tradicional:

“Omnipotente como ningún cuerpo social lo ha sido jamás en la historia, carece de aquello que caracteriza la estabilidad de las clases orgánicas: un modo de explotación del trabajo particular, fundado sobre un sistema económico de conjunto. Es en este sentido que permanece como un ‘centrismo’ y que está amenazada a cada instante de tener que ceder el lugar a los productores asociados (socialismo) o a los capitalistas cuyos intereses pueden renacer rápido” (pp. 42[9]).

Como se aprecia, Trotsky no le ve afincamiento social a la burocracia más que en el hecho que sería un “mero caso de parasitismo social”, esto más allá que, efectivamente, el dominio burocrático no conformó un modo de producción estable.

Naville sugiere el esquema de las cooperativas para dar cuenta de los mecanismos de autoexplotación en una circunstancia donde han sido expropiados los capitalistas pero no todavía abolida la explotación del trabajo –más propiamente, la auto explotación del trabajo subproducto de que se trata de una unidad productiva aislada -o un país aislado, lo mismo da- dentro de un marco capitalista, el mercado capitalista internacional.

“Trotsky insiste en que la burocracia no tiene un rol independiente en la estructura general de la economía. Debería elaborar formas particulares de propiedad. Las funciones esenciales de la burocracia se reducen a la técnica política de la dominación de clase. La presencia de la burocracia caracteriza todo régimen de clase. Su fuerza es un reflejo. La burocracia, indisolublemente, está ligada a una clase económica dominante (pp. 43).

Lo dicho: la burocracia sería un caso de mera “técnica política”. Como no es una clase está ligada a una clase fundamental, en este caso a la clase obrera. De ahí que el Estado siga siendo proletario (aun degenerado por la dominación política pero no social de la propia burocracia).

“La burocracia sería un caso de parasitismo social a gran escala, como la Iglesia en la Edad Media o actualmente” (pp. 44).

Efectivamente, la Iglesia era eso en el régimen feudal, pero no fue así el caso en la ex URSS. No se trató de una institución incrustada en un régimen social de otro carácter, sino de un órgano que modificó la estructura misma de la sociedad (“la función modificó el órgano” como afirmaría Rakovsky).

“En el curso de los años subsiguientes el poder político y administrativo de la burocracia soviética se vio reforzado aun si la dinámica del sistema permaneció sin cambios. En 1937, Trotsky escribió respondiendo a los argumentos que incluso hasta el día de hoy son favorables a la existencia de una ‘nueva clase’, a saber, que la burocracia no es solamente un parásito porque ‘posee el Estado de alguna manera como propiedad privada’ y el Estado es como tal propietario de la economía (hombres y cosas)” (pp. 45).

Podríamos decir que, efectivamente, la burocracia no se transformó en una nueva clase social en sentido clásico. Sin embargo, al poseer al Estado como su propiedad privada, y ser el Estado propietario de la economía, introdujo modificaciones en esta misma economía aun si las mismas no fueron consagradas jurídicamente (el trabajo muerto en manos de la burocracia volvió a dominar el trabajo vivo).

Naville señala que Trotsky afirmaba en 1937 que él jamás pensó a la burocracia soviética como la monarquía absoluta o la burocracia del capitalismo liberal. “La economía estatizada creó para ella una situación completamente nueva y abre nuevas posibilidades, tanto de progreso como de degeneración” (pp. 45).

Trotsky afirmaba que la burocracia soviética era más que una mera burocracia y explicaba que por sus relaciones con el poder, el lugar del poder Estado en una sociedad con los medios de producción estatizados cualitativamente mayor que en la sociedad capitalista, el estalinismo era más que una mera burocracia. (En nuestra comprensión ese “más” fue el hecho que se transformó en una “clase política”, una capa social privilegiada que sí le dio inestablemente su impronta a la sociedad por una serie de décadas –de ahí que la URSS se haya transformado en un Estado burocrático con restos de la revolución.)

“La posición social actual de la burocracia que detenta, por intermedio del Estado, de alguna manera las fuerzas productivas en sus manos, crea entre ella y la riqueza de la nación relaciones enteramente nuevas” (La revolución traicionada).

Sin embargo, se trata en su análisis de una posibilidad histórica, no de un hecho consumado cuando la redacción de dicha obra (1936). Atención que Trotsky no deja de señalar que si estas relaciones se estabilizaran, se hicieran normales, “se crearían relaciones enteramente nuevas”, relaciones que Trotsky deja abiertas, sin definir, y que los conceptos esquemáticos de “capitalismo de Estado” o de “colectivismo burocrático”, impresionistas en sí mismos, no tuvieron la plasticidad de atrapar.

“Si ella no es una “nueva clase”, tampoco es una clase “capitalista de Estado”. Sin títulos ni acciones, ella se recluta en la jerarquía administrativa, sin tener derechos particulares de propiedad” (pp. 46).

Y, efectivamente, no fue la burocracia estalinista una clase capitalista de Estado ni tuvo derechos particulares de propiedad (su circunstancia fue más de hecho que de derecho; se apropio del Estado dueño de los medios de producción como su propiedad privada). Siquiera fue una clase económica tradicional al estilo capitalista, fue, como está dicho, una “clase política”, un híbrido categorial que combina política y economía (todas las categorías de la transición están “contaminadas” de esta manera a diferencia de su separación tajante en el capitalismo[10]).

“Trotsky subraya claramente (ajoutait bien entendu) que sus hipótesis están subordinadas al curso real de los eventos, todavía largamente imprevisibles al final de 1939” (pp. 47).

4- Bujarin

“(…) Bujarin no niega que una capa organizativa dirigente puede devenir en el germen de una clase (…) pero la cuestión no puede ser planteada más que por una dinámica de lucha de clases (…) y no por una deducción formal. Sin embargo, es justamente esta deducción formal a la que se limitan tanto Michels y Pareto como Weber” (pp. 56).

Está claro que Michels, Pareto y Weber se situaban en un análisis formal y no en un análisis histórico circunstanciado. De ahí que hablaran de una supuesta “ley de hierro de la burocracia” que condena al modo liberal la idea misma de la organización.

“En tanto que el Estado es una forma política necesaria de la sociedad, tiene una función que desborda largamente el aspecto técnico de la cosa. Esta función bien entendida es que el Estado [de transición] deviene el señor y poseedor de todo el sistema económico. La gestión económica deviene una cuestión social y política” (pp. 57).

Efectivamente, dado que los medios de producción están estatizados, el gobierno adquiere en la dictadura proletaria una importancia cualitativamente mayor que en otro régimen social. Bujarin parece tener sensibilidad a este respecto, algo común a Trotsky a este respecto, y también apreciar la combinación de economía y política en la transición socialista. 

“(…) la naturaleza de toda política del Estado es burocrática; la naturaleza de toda relación económica de valor es explotadora. La primera es una forma de poder; la segunda es el contenido del poder. Ambas relaciones son solidarias sin confundirse (…) La economía, en su elemento propio, no comporta ni poder ni violencia: ella no es otra cosa que un mecanismo de explotación; es el poder del Estado lo que la hace vivir, durar y prosperar (…)” (pp. 74).

Está claro: las relaciones materiales de metabolismo con la naturaleza son las relaciones económicas: no se puede vivir de la “pura política”. Pero por otra parte, en el Estado burocrático las relaciones económicas fundamentales están subordinadas a la “forma de poder” (quién detenta el poder del Estado será el que maneje el sobre producto social porque los medios de producción están estatizados), del cual son su contenido: el Estado burocrático relanza las relaciones de explotación posibilitadas por los mecanismos de auto-explotación propios de la transición socialista.

“Un observador clarividente hace la siguiente apreciación: La transformación de un sistema administrativo en una burocracia dirigente puede ser calificado, según la fórmula expresiva empleada por Trotsky a propósito de la Rusia estalinista, como ‘degeneración burocrática’ (…); puede en cierta manera considerarse como ‘inevitable’ pero la degeneración burocrática es un proceso social complejo que depende de condiciones históricas específicas” (pp. 92).

La cita habla por sí misma: la degeneración burocrática no responde a ninguna “ley de hierro” ni cosa parecida, sino que fue un subproducto de un proceso histórico concreto.

L’ emprise (la manutención) del partido comunista, por sus estructuras burocráticas, supera de lejos las viejas formas de poder de un grupo sin control porque todo el sistema económico depende de él (…) se trata de la posesión de los medios de producción y de felicidad” (pp. 95).

Naville reitera aquí la importancia superlativa del gobierno en una sociedad donde los medios de producción, y la economía como un todo, están estatizados.

5- Pashukanis

“Apreciamos en Pashukanis la sola tentativa inteligente y leal para apreciar el presente y el futuro del derecho en el socialismo de Estado (la URSS). Y le costó la vida” (pp. 166).

Efectivamente, Pashukanis lograba entender de dónde provenía la subsistencia del derecho en la transición: de la subsistencia de las relaciones de valor-trabajo.

“Pashukanis, siguiendo de cerca (serrant de pres) los análisis y las afirmaciones de Marx, vio en el derecho, en la forma jurídica, una expresión lógica de relaciones sociales impuesta por la burguesía moderna, desarrollada, dominante del Estado” (pp. 169).

Todo derecho es burgués, afirmaba agudamente el jurista soviético. “En definitiva, la forma jurídica está ligada a la forma mercancía de la economía, y desaparece como norma fundamental con ella” (pp. 169).

Efectivamente: la forma jurídica como derecho igual, como medida igual, está vinculada a la forma mercancía y desaparece con la desaparición de esa forma de la riqueza (una forma de riqueza que la individualiza; una forma atomizada de la misma[11]).

“Una sociedad, escribe Pashukanis, ‘que se encuentra obligada por el estado de las fuerzas productivas a mantener una relación de equivalencia entre el gasto de trabajo y la remuneración, bajo una forma que recuerda mismo lejanamente al intercambio de valores (mercancía), ‘será obligada a mantener igualmente la forma jurídica’. A la inversa, sin intercambio de valores, desaparece la forma jurídica” (pp. 170).

Si subsiste el derecho, y si subsiste la forma mercancía, es porque subsisten las relaciones de valor-trabajo que le dan su base: el intercambio de valores subsiste en la transición socialista, el trabajo humano es todavía su base aun si la producción excedente se resuelve colectivamente qué hacer con ella como es el caso de una transición socialista auténtica. (Sin embargo, al hablar de trabajo necesario y trabajo excedente ya tenemos –inevitablemente- relaciones de valor).

“El derecho, la norma, afirma él, no crea las relaciones sociales. Es a la inversa” (pp. 170).

Efectivamente: si subsiste el derecho, si subsiste la norma equivalente, es porque subsisten ciertas relaciones de valor (y, eventualmente, de explotación) que le dan base. Y esto no niega que la planificación se afirme rompiendo las relaciones de valor para que la producción “socialista” proceda. Pero para no caer en la irracionalidad económica debe, sin embargo, tener en cuenta siempre los costos reales de la producción comparadas con los del mercado mundial.

Naville afirma, por otra parte, que existe una relación más dialéctica entre derecho y transición socialista al afirmar que el derecho puede crear una nueva realidad (anticipar una realidad nueva). Lo que es verdad. Pero no niega lo que señala Pashukanis en línea con Marx, sobre el contenido del derecho burgués como norma igual para personas desiguales y el significado de su subsistencia en la transición.

Sin embargo, Naville tiene razón en criticar la evolución ultra-izquierdista estalinista posterior de Pashukanis, que justificó el giro estalinista en los años 1930: creyó que las relaciones sociales se transformaban en relaciones técnicas, que “perdían su carácter desigual” por así decirlo, pero aun así pagó con su vida sus afirmaciones anteriores…

6- Dictadura proletaria, propiedad estatizada y formas de representación

“(…) un Estado no puede, por definición, ser socialista. Una propiedad de Estado no es una propiedad social (n’est donc pas non plus une propiete sociale). Una propiedad nacional, de Estado, no es todavía una propiedad colectiva en el sentido pleno, donde ‘todo el mundo’ puede disponer igualmente, es decir, sin equivalente (etalon) de valor, y solamente en función de sus necesidades. Por definición, el Estado supone ciertas coerciones de clase. Si la burguesía capitalista desapareció como en la URSS, ¿a qué clase dominante puede servir el Estado? Si es el proletariado el que domina, no hay más enemigo. Pero una clase dominante no tiene en sus manos el Estado por el placer de oprimir; ella domina para explotar, es decir, para apropiarse de la plusvalía, para disponer de ella (…) Rizzi hace una distinción neta (ya realizada por Engels y Marx) entre propiedad del Estado, nacional, y propiedad social o colectiva, aquella que debe transformarse dialécticamente en no-propiedad, porque ni las personas privadas ni el Estado son ya propietarios, esta suerte de ‘bien común’ en que devienen los medios de producción y los productos implica la abolición de toda propiedad, correlativamente a la desaparición de todo Estado, y por lo tanto de toda burocracia” (pp. 206).

Se sobreentiende acá la problemática de la desaparición del Estado y de la propiedad (más allá de las previsiones equivocadas de Rizzi). Si subsiste el Estado es porque subsisten ciertas coerciones. Respecto de la ex clase dominante, está clarísimo: han perdido no solamente su propiedad sino que bajo la dictadura proletaria pierdeincluso, su ciudadanía: las instituciones de poder no la representan (ni como clase, ni como individuos). Esto es lo que plantea la problemática, además de otras cuestiones, de si la forma soviética se podría combinar con formas electivas de sufragio universal, que, de todos modos, podrían seguir excluyendo a los ex burgueses del voto. No podemos dedicarnos acá a esto que depende, en definitiva, de la tendencia o no a la “homogeinización social” de la sociedad. Lenin no excluye por principios el derecho al voto universal (La revolución proletaria y el renegado Kautsky).

Pero también es verdad que los organismos de representación en la dictadura del proletariado, son organismos de clase. De ahí que no sea sencilla la apelación al voto universal durante los tiempos heroicos de dicha dictadura, que, simultáneamentetiene que enfrentar enormes enemigos internos y externos.

En esto la defensa de Rosa Luxemburgo de la Asamblea Constituyente y el voto universal como forma par excellence de la “democracia”, es discutible. Por otra parte, Rosa temía que la burocracia restara como único principio activo con el vaciamiento de la democracia socialista, y en esa afirmación general tenía razón. Otra cosa es que el “principio activo” de las masas se exprese bajo la forma de organismos de masas y poder, soviets o las que sean sus formas de representación directas, o por la vía del sufragio universal de carácter territorial siempre más complejas.

Una cosa es clara: en la dictadura del proletariado existe una prelación, por eso es una dictadura de clase. Y, como afirmaba Engels, la existencia de una dictadura de clase no es en mor de la libertad, sino de la dominación de la clase enemiga. De ahí que las formas de sufragio universal no necesariamente se excluyan por principio, pero en todos los casos deben abordarse como formas subordinadas al ejercicio de la democracia obrera y socialista en los organismos de poder directos.

De cualquier manera, la problemática acá es otra: la idea que trasmite Naville que el Estado incluso proletario subsiste para “explotar”. Subsiste un “talón de valor”, lo que quiere decir que subsiste un trabajo necesario y un trabajo excedente, y que para que no se transforme en explotación lisa y llana debe ser manejado por la propia dictadura proletaria en tanto que poder real de la clase obrera (democracia socialista). Si este no es el caso, inicia otra cosa, un proceso que reafirma al Estado como tal, es decir, no como semi Estado proletario sino como Estado burocrático y, por lo tanto, relanza la explotación en manos de una burocracia (no importa qué designación se le ponga a esto).

“Ella [la burocracia] no puede ser concebida como un simple reflejo, una expresión de las relaciones económicas, porque ella juega un rol directo en el establecimiento y el mantenimiento de estas relaciones; no se trata de la ‘reacción’ de una superestructura sobre la base, sino de una acción inmediata de la forma sobre el contenido” (pp. 255[12]).

Es decir: en la transición socialista (más bien, en su degeneración o bloqueo) el Estado, la burocracia, forman parte orgánica del mecanismo de explotación por cuenta que la economía y la política son instancia que se encuentran fusionadas (atención: fusionadas no quiere decir mezcladas de manera informe o que cada nivel no tenga su función: sin producción y reproducción económica no hay nada; sin un afincamiento material que otorgue la posibilidad de un mecanismo de explotación no puede ocurrir la misma).

Sin embargo, y efectivamente, en la transición o su degeneración, la forma reacciona sobre el contenido: la colectivización e industrialización llevadas adelante por la burocracia fueron en un sentido anti-socialista y no emancipador (ver mis “Apuntes metodológicos a propósito de la colectivización forzosa estalinista”).

“El socialismo de Estado, tal como se expandió –floreció- [epanoui] a partir de 1930 en la URSS, reposa sobre un sistema de explotación mutua dentro de la única clase productiva que ha venido a sustituir la desaparición de la burguesía capitalista y de los propietarios de la tierra: los asalariados del Estado. Podemos incorporar por extensión a los agricultores koljosianos en esta clase. En esta clase donde cada uno asalariza a los otros, es decir, donde cada uno es asalariado y asalariante [salariant], se crean capas, subclases o categorías particulares (poco importa acá el nombre que les demos), donde los ingresos, los derechos y los poderes se diferencian constantemente, acentuando su disparidad, creando oposiciones y contradicciones, en síntesis, estableciendo un sistema de explotación mutua, o si gusta más, un sistema de auto-explotación a escala global” (pp. 256).

Está claro: si no existe otra clase a la cual explotar lo que se tiene en condiciones que no son todavía de abundancia, es autoexplotación. Ahora bien: el problema es que la “explotación mutua”, la condición de asalariado y “asalarizante” como afirma Naville, no se transforme en una nueva forma de explotación unilateral por parte de la burocracia al comando del Estado en la medida que la clase trabajadora pierde el control del sobre-producto social, que es lo que ocurrió en los Estados burocráticos.

Por lo demás, la diversidad de condiciones y circunstancias en ausencia de plétora, de abundancia, crea capas, estratificaciones que hay que vigilar y no fomentar como hizo la burocracia con su discurso contra la igualdad social (Althusser et al. fueron maestros de justificar la desigualdad social “teóricamente”).

“Este sistema se ha vuelto inevitable en un régimen donde: 1. El fundamento de las relaciones económicas sigue siendo el intercambio de valor; 2. La propiedad de los medios de producción, y del consumo colectivo, son atribuidos al Estado; 3. El aparato de Estado (burocrático del partido y de la economía) es el garante y el ejecutor de las relaciones entre la propiedad del Estado y el reparto desigual y planificado de los frutos del intercambio” (pp. 257).

“Este sistema”, es decir, este régimen de explotación mutua vuelto régimen de explotación unilateral mediatizado por el Estado (todas las relaciones están mediadas por el Estado en la transición), se ha vuelto un “sistema” explotador. En realidad y a nuestro modo de ver, claramente no es un sistema sino una formación social históricamente concreta, lo que es algo distinto (hablamos incluso en la transición auténtica de una formación social y en ningún caso de un modo de producción estabilizado).

“No volveré aquí (…) sobre el argumento filosófico de los burócratas dirigentes, según los cuales una clase no se puede explotar a sí misma. Marx había dejado claramente indicado que en una cooperativa de producción los obreros pueden devenir sus propios capitalistas” (pp. 257).

Efectivamente: las cooperativas no declaran por abolida la propiedad privada ni la explotación del trabajo: solo la “colectivizan”. Pero al colectivizarla no pueden abolir las relaciones externas de las cooperativas con el mercado y el entorno capitalista, razón por la cual tienen que autoexplotarse para competir: “devenir sus propios capitalistas”. Y, para colmo, si unos son más “capitalistas que otros” es que porque se apropian del trabajo de los demás… (eventualmente, los administradores de la cooperativa misma).

“Marx ya lo dijo en su Crítica del programa de Gotha: demostró que, en la fase socialista [más bien en la transición socialista, R.S.], es la ley del valor el principio de equivalencia que se aplica a la remuneración” (pp. 260).

Efectivamente: la ley del valor, el principio de equivalencia, el derecho igual se mantiene en la transición socialista lo que puede posibilitar el relanzamiento de la explotación del trabajo y ya no solo de los mecanismos de auto-explotación inevitables que le dan base material. Esto no quita, nos interesa repetirlo porque se pierde de vista en la argumentación de Naville, que la planificación socialista no pueda romper, de hecho lo hace y debe hacerlo, los intercambios iguales. La ruptura de esos intercambios iguales es inevitable si se pretende que la producción proceda sobre todo en las sociedades que no son del centro imperialista, es decir, de fuerzas productivas más avanzadas. Sin embargo, lo que subsiste es que las relaciones siguen siendo de valor-trabajo; el fundamento de la producción además de la naturaleza es el trabajo humano.

A diferencia del estalinismo, la irracionalidad económica se evita porque: a) no se considera que los precios incluso administrados no tengan una relación con los costos de producción reales, b) no se considera “gratuita” la explotación de los recursos naturales (que son finitos y requiere un abordaje ecológico), ni tampoco que lo son los medios de producción y su desgaste, c) se mantiene un criterio de racionalidad en la comparación de las productividades comparadas y precios comparados respecto del mercado mundial.

7- Una contrarrevolución política y social

“La dictadura del proletariado se disolvió en el Estado, y no a la inversa. Para algunos esta oposición [de la burocracia con los trabajadores] conserva en gran medida un carácter político-social, pero para otros ella tiene un carácter económico esencial (…) es en efecto difícil de admitir que conflictos tan profundos que han conducido a la sangrienta eliminación de jefes [absolus] a la cabeza del Estado (…) sólo tienen motivos políticos. Los conflictos políticos recubren inevitablemente oposiciones sociales (…)” (pp. 289).

Las Grandes Purgas fueron la expresión “simbólica”, si se quiere, de algo más profundo que una contrarrevolución sólo política. Conjuntamente con la colectivización agraria forzosa y el stajanovismo de la industrialización acelerada, se crearon las bases del Estado burocrático con restos de la revolución. Es decir: la contrarrevolución estalinista fue también social. Son estas oposiciones sociales las que se procesaron en los años 1930 en la URSS relanzando la explotación del trabajo.

 


[1] Le Nouveau LéviathanBurocratie e revolutión, tomo 5, éditions anthropos, París,1972.

[2] Pierre Naville fue un marxista revolucionario francés y teórico del mundo del trabajo que durante los años 30 cumplió un importante papel en el movimiento trotskista, sobre todo en Francia. Proveniente del movimiento surrealista, se radicalizó políticamente abrevando en la corriente bolchevique-leninista (trotskista), para alejarse posteriormente sin abandonar una ubicación revolucionaria general ni su adscripción –su lealtad- a Trotsky. Posee una obra monumental sobre los más variados temas aunque pensamos que su obra sobre el proceso en la URSS, en cinco tomos, es de las más ambiciosas y clásicas sobre la temática que dio la segunda mitad del siglo pasado.

[3] Le Nouveau Léviathan consta de los siguientes tomos: 1. De l’aliénation à la jouissaince. La genèse de la sociologie du travail chez Marx et Engels (1957); 2. Le salaire socialiste, I,  Les rapports de production (1970); 3. Le salaire socialiste, II, Sur l’historie moderne des théories de valeur et de la plus-value (1970); 4. Les échanges socialistes; 5. La burocratie et la révolution (1972); 6. Esquisse d’una théorie des relations.

[4] La traducción de las citas del texto en francés original no está chequeada. Por lo demás, todas las cursivas son nuestras.

[5] La traducción textual de dérobe es robo.

[6] No hay que perder de vista que el marxismo es, precisamente, “el lenguaje de la lucha de clases”. Si te quedas sin ese abecedario se hace complejo encontrar otras formas expresivas.

[7] En nuestra obra Dialéctica de la transición desarrollaremos in extenso esta temática así como sus fuentes teóricas en los marxistas contemporáneos.

[8] El artículo de marras es “La degeneración de la teoría, teoría de la degeneración” de 1933.

[9] Las citas se encuentran en su inspirado artículo “La degeneración de la teoría y teoría de la degeneración” (1933)

[10] En el capitalismo, economía y Estado están separados. Por lo tanto, nos hemos acostumbrado a que las categorías económicas, políticas y jurídicas tienen límites claros. Sin embargo, esto cambia completamente en la transición: las categorías se “contaminan”: se vuelven económico-políticas o político-económicas.

[11] Es lógico que en una sociedad de productores privados y no asociados, la forma de la riqueza aparezca atomizada: como un cúmulo de mercancías como señala Marx en los primeros renglones de El capital.

[12] Sobre las relaciones entre forma y contenido en la transición socialista nos ocuparemos en nuestra obra.

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