• Filosofía hegeliana.

Guillermo Pessoa

El Prefacio es una de las más grandes realizaciones filosóficas de todos los tiempos, y constituye nada menos que un intento por reinstaurar a la filosofía como la forma más alta del conocimiento, como “la Ciencia”.

H.Marcuse

El que avisa no es traidor

Comenzamos con esta nota un proyecto ambicioso: intentar aprehender algunos ejes nodales del famoso (para el ámbito filosófico) Prefacio a la Fenomenología del Espíritu que Hegel redactara una vez finalizada dicha obra en 1807 en la ciudad de Jena. Para ello dividiremos el artículo en tres partes.

Antes, dos advertencias necesarias: la primera, señalar que no haremos una lectura íntegra del Prefacio (cosa que de todas maneras recomendamos) sino, como dijimos, de una selección de pasajes que nos parecen fundamentales y la otra es que nuestras apreciaciones no brotaron de la nada sino que son el producto de lecturas previas, insuficientes desde ya, a las cuales no citaremos (para no hacer muy extenso el trabajo) pero sí acompañamos una sucinta lista de ellas al final del trabajo.

Tiempo de revolución

Cuando el filósofo alemán escribe esta obra, su país, Alemania (que en realidad no estaba constituido aún como tal), había protagonizado una batalla precisamente en Jena contra las tropas napoleónicas, resabio de la Gran Revolución Francesa. Para la intelectualidad germana esa “invasión” era progresiva: el corso “desparramaría” los efluvios revolucionarios de la burguesía ante el retardo y la obsecuencia de dicho sector social en Alemania. Hegel incluso (con Beethoven pasará algo similar) llegó a exclamar en forma desmesurada: “He visto a Napoleón sobre su caballo blanco, he visto al Espíritu Absoluto”. Sobre estos dos últimos términos volveremos en más de una oportunidad en estas notas.

Como dirá en un Prólogo de su otra gran obra (Ciencia de la Lógica) cinco años después: la filosofía se hallaba enmohecida bajo las “cómoda almohada kantiana” y de lo que se trata es de sacudirla, avivarla. Casi como una expresión fidedigna del ímpetu por el conocimiento para abarcarlo todo, ímpetu de una burguesía que se encontraba aún en plena lozanía y vigor.

Miremos como divide Hegel el Prefacio que nos ocupa (al menos en los apartados que cubren este artículo):

I Las tareas científicas del presente

1 La verdad como sistema científico

2 La formación del presente

3 Lo verdadero como principio y su despliegue

El párrafo de Marcuse que utilizamos como epígrafe describe fielmente el objetivo que dicho prólogo tiene y que lo convierte en una de las más grandes realizaciones filosóficas de todos los tiempos. En un mundo como el actual en donde parecen predominar la post verdad y las fake news, la reivindicación de la ciencia y su método (no sin beneficio de inventario: el cientificismo, el positivismo están ahí como sus “lunares”) no parecen más que pertinente.

La filosofía huye de lo abstracto como de su gran enemigo y nos hace retornar a lo concreto. Hegel, escritos de juventud

En el siglo XVIII, en pleno auge del pensamiento ilustrado y su nueva racionalidad, la filosofía era entendida como un compendio de la Ciencia. El conocimiento más alto que el hombre podía ostentar. Dicho movimiento tendría sus grises ya que por ejemplo, abominaba de las contradicciones (la matemática que abjura de ellas era su gran mentora) lo que redundaría en la idea de un progreso lineal, inevitable; algo que Hegel a lo largo de la Fenomenología no dejará de remarcar.

Sin ahondar señalemos que este monumental trabajo conforma realmente un caleidoscopio: tratado científico, escrito filosófico, novela de aprendizaje, ensayo psicológico (sí, en 1807!). Prestemos atención a su subtítulo “Ciencia de la experiencia de la conciencia”. La obra grosso modo tiene dos niveles: el del propio recorrido del sujeto que tiene que realizar ese periplo para convertirse finalmente en sujeto, siendo la conciencia su primer momento: un sujeto no desplegado, según el léxico hegeliano; y por otro el del propio filósofo que lo acompaña y a la vez “lo educa” haciéndole “ver” sus limitaciones y su necesidad de superación.

Volviendo a la crítica al Iluminismo (y a Kant, uno de sus “padres”) Hegel distinguirá entre el entendimiento propio de aquel (verstand) el momento necesario en donde fijar las abstracciones obtenidas y la razón (vernunft) el momento en que dichas categorías deben dinamizarse y permitan comprender su automovimiento: como en su identidad se halla también su diferencia. De esa manera podremos “retornar a lo concreto”.

Cuando el filósofo nacido en Stuttgart escribe el prólogo como conclusión (provisoria) a la filosofía clásica alemana, ésta se halla como petrificada y hay que volverla a poner en el sitial de la ciencia. Aquí no hay distinción entre ambos términos. Pero es una tarea que hay que llevar a cabo.

Dame la mano y vamos ya

Comencemos la odisea de adentrarnos en el Prefacio. Al comienzo se lee:

Por existir la filosofía en el elemento de lo universal, que lleva dentro de sí lo particular, suscita más que otra ciencia cualquiera la apariencia de que en el fin o en los resultados últimos se expresa la cosa misma, e incluso se expresa en su esencia perfecta, frente a lo cual el desarrollo parece representar, propiamente, lo no esencial.

Toda una petición de principios: allí “elemento” juega como sinónimo de ámbito y su ámbito, su lugar, es lo universal (o espíritu, geist, en donde sujeto y objeto se re – unen) y que tiene dentro suyo los particulares, las determinaciones que fue adoptando en su camino. Escribíamos en un artículo anterior: “(…) las categorías centrales de la dialéctica hegeliana, a saber: el universal abstracto, el particular y el universal concreto o singular. Empecemos por algo que debería ser obvio: “todo” es un universal concreto: nosotros, una determinada clase social, la guerra del Peloponeso, la vía láctea, etc. Sin embargo, esto no es comprendido inmediatamente. Para aprehenderlo con mayor precisión (sabiendo que cada uno de ellos tiene una lógica propia) debemos entender que en ella (en esa totalidad concreta) se superaron y/o recobraron en otro nivel, el universal abstracto y las distintas particularizaciones (o negaciones) que la precedieron”

Existe dice Hegel la creencia de que “la cosa misma” (el todo) se expresa esencialmente en su resultado. Es una verdad a medias. Es allí pero no menos importante, en todo el proceso que tuvo que llevar a cabo para “ponerse” allí. Dirá también que lo difícil es exponerlo (algo similar expresará Marx en un prólogo de El Capital). Continuemos:

… cuando a lo anterior se añada el hecho de que la seriedad del concepto penetre en la profundidad de la cosa, tendremos que ese tipo de conocimiento y de juicio ocupará en la conversación el lugar que le corresponde. La verdadera figura en que existe la verdad no puede ser sino el sistema científico de ella. Contribuir a que la filosofía se aproxime a la forma de la ciencia, a la meta en que pueda dejar de llamarse amor por el saber para llegar a ser saber real: he ahí lo que yo me propongo. La necesidad interna de que el saber sea ciencia radica en su naturaleza, y la explicación satisfactoria acerca de esto sólo puede ser la exposición de la filosofía misma.

En Hegel (como en Marx) todo vocablo está puesto con suma precisión. Allí “seriedad” remite a la negatividad, que conlleva el desgarro, el dolor, la tarea formativa del trabajo (esto ya es posterior en el libro), pero amerita señalarlo aquí. Dicha seriedad, tamaño esfuerzo, es condición sine qua non para “penetrar en la profundidad de la cosa”. Aquí “profundidad” remite al trabajo de salir de la inmediatez, romper con la indeterminación (no por casualidad la Lógica comenzará por la categoría más indeterminada: el ser) y darse un contenido, fijarse límites. Algo extraordinariamente importante, si se nos permite el énfasis. La verdad, que a riesgo de cometer un exceso, decimos que es la adecuación de la realidad al concepto, y que en su desarrollo se realiza como conocimiento científico. El poeta Fernando Pessoa da en la tecla cuando afirma: El mundo aún no es verdadero pero es real.

El entendimiento, si se quiere una sistematización del sentido común, tiende a polarizar en “blanco y negro, verdadero o falso” sin ningún tipo de mediación o matiz que le permita distinguir su momento necesario. La filosofía y “la historia de la filosofía” caen en dicho error. Hegel, atento, lo señala y nos advierte:

No concibe la diversidad de los sistemas filosóficos como el desarrollo progresivo de la verdad, sino que sólo ven en la diversidad la contradicción (…) Pero en su fluir, constituyen al mismo tiempo otros tantos momentos de una unidad orgánica, en lo que, lejos de contradecirse, son todos igualmente necesarios, y esta igual necesidad es cabalmente la que constituye la vida del todo. Pero la contradicción ante un sistema filosófico o bien, en parte, la conciencia del que la aprehende no sabe, generalmente, liberarla o mantenerla libre de su unilateralidad, para ver bajo la figura de lo polémico y de lo aparentemente contradictorio momentos mutuamente necesarios.

Cuando uno termina de leer toda la Fenomenología, descubre, comprueba que la misma no es precisamente una linealidad o una teleología fijada de antemano (aunque en determinados pasajes eso paciera acontecer), los momentos necesarios tienen saltos también y disrupciones. Lo importante es comprender que no son enteramente falsos, como una categoría absoluta, sino que su erro se halla en su son unilateralidad y que no hay que descartarlos in toto.

Es casi un lugar común ver en Hegel y más aún éste de 1807, al filósofo influido por la Revolución Francesa. Burguesa, como ya dijimos. Aquella que veía en el amor y el deseo de conocimiento del hombre ninguna barrera que impidiera su consumación. Ya ese espíritu amainará y tanto en la acción política como en la elaboración de la ciencia se volverá conservadora y vulgar, como dirá Marx. “Hegel introdujo la historia en la filosofía, logro imperecedero” señalaron sus mejores críticos. Historia del sujeto haciéndose, autocreándose. Sólo en ese contexto podía ocurrir aquello. Vemos cómo lo describe:

No es difícil darse cuenta, por los demás, de que vivimos en tiempos de gestación y de transición hacia una nueva época. El espíritu ha roto con el mundo anterior de su ser allí y de su representación y se dispone a hundir eso en el pasado, entregándose a la tarea de su propia transformación. El espíritu, ciertamente, no permanece nunca quieto, sino que se halla siempre en movimiento incesantemente progresivo (…) los estremecimientos de este mundo se anuncian solamente por medio de síntomas aislados; la frivolidad y el tedio que se apoderan de lo existente y el vago presentimiento de lo desconocido son los signos premonitorios de que algo otro se avecina. Estos paulatinos desprendimientos, que no alteran la fisonomía del todo, se ven bruscamente interrumpidos por la aurora que de pronto ilumina como un rayo la imagen del mundo nuevo. Sin embargo, este mundo nuevo no presenta una realidad perfecta, como no la presenta tampoco el niño recién nacido, y es esencialmente importante no perder de vista esto. La primera aparición es tan sólo su inmediatez o su concepto. Del mismo modo que no se construye un edificio cuando se ponen sus cimientos, el concepto del todo a que se llega no es el todo mismo.

Muchas veces y no sin razón, se ha acusado a Hegel de tener una prosa “oscura, difícil” pero aquí realmente su escritura es llana, casi agresivamente poética y fácil de comprender. En cierta manera expresa la coyuntura: la aurora que despunta, que no es aún el todo desplegado, (incluso puede abortar y no convertirse en flor, para utilizar una metáfora recurrente que se halla incluso en el Prefacio), sino su inmediatez, su “en si”, en otra terminología de su cuño; mueven al entusiasmo y a la prosa ditirámbica. Por otro lado, el mundo que se resiste a desaparecer de la escena histórica, presenta en su fuerte policromía sentimientos como la frivolidad y el tedio. También el escepticismo como enseñará el resto de la obra poniendo un ojo avizor en el estudio del desarrollo de la historia humana.

Detengámonos en la figura del niño, recurrente en el filósofo alemán. Contrariamente a muchos románticos in extremis que ante la razón cientificista, instrumental (al servicio y creada por el poder, dirían algunos intérpretes de Niezsche), señalaban que “los niños y los locos dicen siempre la verdad”, Hegel ve en la infancia el momento de la inmediatez, de la certeza sensible si nos adentramos en el comienzo de la Fenomenología. Es el sujeto (la conciencia), que aún no se puso como tal, ni llegó a la autoconciencia. Admonición que vale para una clase social como para una organización revolucionaria (recordemos a Lenin y su caracterización aguda de “enfermedad infantil”). Aún “no es el todo mismo” aunque ya está contenido allí: en su desarrollo, en su despliegue obtendrá su consumación, que implicará de esa manera un nuevo recomienzo que nunca es tal, si tomamos las categorías inmóviles del entendimiento.

El Prefacio culmina su punto I repasando cosmovisiones que decían abordar lo absoluto, la totalidad; haciendo hincapié en la intuición, la sensibilidad y el arte. Momentos que Hegel no desdeña pero a los cuales se niega a absolutizar. “Estacionarse” allí es arribar a un absoluto incompleto, como lo será el “infinito malo”. Pero lo sabrá la conciencia cuando haga su propia experiencia, en esa odisea para llegar a ponerse como sujeto. Oigámoslo:

Contraponer este saber uno de que en lo absoluto todo es igual al conocimiento, diferenciado y pleno o que busca y exige plenitud, o hacer pasar su absoluto por la noche en la que, como suele decirse, todos los gatos son pardos, es la ingenuidad del vacío en el conocimiento. El formalismo que la filosofía de los tiempos modernos (la suya, nota de GP) denuncia y vitupera y que constantemente se engendra de nuevo en ella no desaparecerá de la ciencia, aunque se lo conozca y se lo sienta como insuficiente, hasta que el conocimiento de la realidad absoluta llegue a ser totalmente claro en cuanto a su naturaleza.

Magnífico remate que anuncia lo que viene: observando las unilateralidades de los sistemas anteriores, se puede llevar a cabo el aufheben (anular y conservar en un nivel más alto) y así no verse atrapado en el formalismo vacío, confundiendo a la matemática como el conocimiento más elevado de la ciencia. Sigue una aseveración bien materialista: es el despliegue del mundo moderno quien brindará las condiciones necesarias, su presupuesto, para que el nuevo conocimiento realice dicha tarea y se eleve de esa manera a la ciencia. En términos de la filosofía de la praxis, como la bautizara Antonio Labriola y la popularizara Gramsci: cuando la nueva práctica haya producido el nuevo contenido o la nueva sociedad. Prometeico y a la vez, hermoso propósito el que vuelve a presentar el Prefacio y que sólo culminará casi una década después con la exposición de la Gran Lógica. Por él seguiremos avanzando.


Bibliografía utilizada:

BLOCH, E: El pensamiento de Hegel. Sujeto y Objeto. FCE

D ´ HONDT, J: Hegel. Tusquest

Hegel filósofo de la historia viviente. Amorrortu

DRI, R: Intersubjetividad y reino de la verdad. Biblos

FINDLAY, J: Reexamen de Hegel. Grijalbo

HEGEL, G: Fenomenología del Espíritu. FCE, Traducción Wenceslao Roces y Ricardo Guerra

LLANOS, A: Luces y sombras de la Fenomenología del Espíritu. Rescate

MARCUSE, H: Razón y revolución. Alianza

RAURICH, H: Hegel, la lógica de la pasión. Myramar

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