Por Kohei Saito

En su reciente prefacio a la segunda edición de Marx y la naturaleza de Paul Burkett, Bellamy Foster reflexionó acerca de un importante cambio en la izquierda con respecto a la ecología de Marx: “Hoy en día, el pensamiento de Marx acerca del problema ecológico se está estudiando en universidades en todo el mundo, y está inspirando acciones ecológicas en todas partes”i. Este reconocimiento, a nivel mundial, de la crítica ecológica del capitalismo de Marx, sin lugar a dudas, le debe mucho a Marx y la Naturaleza (1999) de Burkett y La ecología de Marx (2000) de Foster. Sin embargo, el nuevo interés en el marxismo ecológico no se originó únicamente con estos libros. Sino más bien, como documenta su nuevo libro coproducido, Marx y la Tierra, durante los últimos quince años, Burkett y Foster han refutado meticulosamente las críticas a Marx de los llamados “ecosocialistas de la primera etapa”, como John Clark, Joel Kovel y Danuel Tanuro. Sus críticas son diversas y a cada una se le presta suma atención en los capítulos del libro de Foster y Burkett, que discuten “el desprecio de Marx hacia el intrínseco valor de la naturaleza” (introducción); “la instrumentalización de la naturaleza como si fuera el cuerpo inorgánico del hombre” (primer capítulo); “la ignorancia de Marx y Engels acerca de la termodinámica” (el segundo, tercer y cuarto capítulo); y “la minimización de las condiciones naturales en los esquemas de reproducción” (quinto capítulo).

Debe señalarse que, cuales fueran sus desacuerdos con Marx, los ecosocialistas de la primera etapa eran también profundamente críticos del capitalismo. ¿Entonces por qué Foster y Burkett están discutiendo con sus potenciales camaradas? Asimismo, algunos de los temas tratados en Marx y la Tierra podrían parecer difíciles de comprender a primera vista, ¿por qué molestarse en debatirles tan extensamente? Sin embargo, un lector paciente pronto reconocerá la importancia del libro y la relevancia de los temas en juego. Como señalan los autores, “los ecosocialistas de la primera etapa”, a pesar de su declarada apreciación del extenso legado de Marx, tienden a enfatizar las carencias teóricas de la ecología de Marx en los términos más duros, como “un defecto ecológico mayor”, “un serio error”, “un defecto” y “una falla” (16). Prefieren abandonar las teorías del valor, de la reificación y la clase, descartándolas como anticuadas e irrelevantes, y no le ven sentido a revivir las ideas de Marx como parte radical de la crítica de la destrucción ambiental por parte del capitalismo. Al mismo tiempo, enfrentados con la creciente influencia hegemónica de un “enfoque (más) clásico” sobre Marx y Engels, los ecosocialistas de la primera etapa buscan obtusamente cualquier “falla” en el pensamiento de las ciencias naturales de Marx y Engels, aun si resultan triviales, para socavar la ecología de Marx. Foster y Burkett se propusieron elaborar una rigurosa «anticrítica» contra esas críticas, con el fin de zanjar estos debates y defender una parte vital del legado intelectual de Marx.

Marx y Engels, por supuesto, difícilmente podían predecir todo lo que le ha ocurrido a la humanidad y el medio ambiente desde su época. Sin embargo, para demasiados críticos de la izquierda, este obvio hecho por sí mismo invalida sus escritos sobre ecología. En cambio, basándose en la tradición ecológica y socialista de Paul Sweezy, Shigeto Tsuru, István Mészáros y Barry Commoner, quienes ya habían discutido la relevancia teórica de la crítica ecológica de Marx en los años 1960 y 1970, Foster y Burkett convincentemente demostraron que la ecología de Marx nos permite derivar un “enfoque metodológico aplicable a los tan diferentes (pero no ajenos) problemas ambientales de hoy” porque su crítica a la economía política, a más de un siglo, todavía ofrece una mirada única en la lógica fundamental y la estructura del capitalismo (24).

Al defender la «compatibilidad» del punto de vista de Marx con la economía ecológica contemporánea, Foster y Burkett emprenden investigaciones históricas de los discursos y debates científicos del siglo XIX (135). Por ejemplo, proporcionan en el apéndice traducciones de las versiones italiana y alemana del fundamental artículo de Sergei Podolinsky sobre «El socialismo y la unidad de las fuerzas físicas», de principios de la década de 1880, dejando en claro que Marx y Engels no rechazaron a Podolinsky porque ignoraran su contribución termodinámica a la economía ecológica, sino más bien porque eran plenamente conscientes de los supuestos problemáticos de Podolinsky. El crudo materialismo de Podolinsky, basado en el «reduccionismo energético», es de poca utilidad para entender la categoría social de «valor». En otras palabras, una perspectiva termodinámica no puede por sí misma revelar la especificidad histórica de las relaciones sociales capitalistas. Incluso dentro de la termodinámica, los cálculos de Podolinsky, según Burkett y Foster, tienen graves errores, ya que ignoran los aportes de energía asociados con los fertilizantes y el carbón, y, de hecho, omiten el papel de la humanidad como «derrochadora» de la energía solar acumulada en el proceso de producción. Marx y Engels, por el contrario, prestaron mucha más atención a ese despilfarro, abriendo la posibilidad de una crítica ecológica del valor (127).

Asimismo, Foster y Burkett muestran que Marx y Engels ávida y cuidadosamente estudiaron los más recientes desarrollos en las ciencias naturales, y las críticas por parte de los ecologistas de la primera etapa sobre la ignorancia de Marx acerca de la termodinámica, entre otras áreas, se basan en lecturas arbitrarias o superficiales de los textos. Aunque se le reconoce más a Engels sus escritos sobre las ciencias naturales, el libro ofrece un recordatorio valioso de que Marx era un estudiante igualmente entusiasta de muchos de los mismos temas. Por lo tanto, la división intelectual del trabajo entre Marx y Engels, sugerida por el marxismo occidental, heredado por los socialistas de la primera etapa, no se sostiene. Los marxistas occidentales, siendo los más influyentes aquellos asociados a la escuela de Frankfurt, limitaron la aplicación de la dialéctica a la sociedad, excluyendo lo que consideraban como el proyecto equivocado de Engels de la “dialéctica de la naturaleza”, en un esfuerzo de salvar a Marx de la rígida mirada positivista y mecanicista del marxismo soviético. El precio que pagaron por esta ejecución intelectual fue significante. Al excluir las ciencias naturales del proyecto de Marx, los marxistas occidentales se encontraron incapaces de analizar las crisis ecológicas modernas como manifestaciones de las contradicciones básicas del capitalismo. Así, Alain Badiou, un representante contemporáneo del legado del marxismo occidental, irónicamente declaró que la ecología es “una forma contemporánea del opio de los pueblos”. En contra de esta tendencia, Marx y la Tierra de Foster y Burkett supera el par binario de sociedad y naturaleza en el marxismo, demostrando exitosamente que Marx fue capaz de elaborar sus concepciones del “poder del trabajo” y el “valor” sin contradecir o distorsionar los descubrimientos de las ciencias naturales de su época.

El concepto clave de esta trascendencia del par binario sociedad-naturaleza es el “metabolismo” (Stoffwechsel). Según Marx, el trabajo es una mediación de la interacción metabólica entre los seres humanos y la naturaleza. Los seres humanos trabajan activamente sobre la naturaleza de una manera consciente y teleológica, alterando y trastocando la naturaleza dramáticamente. Al mismo tiempo, los hombres, como parte de la naturaleza, no están en posición de manipular arbitrariamente el mundo externo, sensorial. Más bien, dependen profundamente de su medio ambiente. Esta dependencia con respecto a la naturaleza es evidente en la limitada disponibilidad de los recursos y energías naturales, y en la infinidad de maneras en que el desarrollo de las sociedades humanas ha estado condicionada por los factores geológicos, climáticos y biológicos, lo que los autores llaman la “realidad de la coevolución”, mediante el proceso incesante de la interacción metabólica entre los hombres y la naturaleza (116). En este sentido, el concepto de “metabolismo” de Marx comienza con el reconocimiento de esta “unidad” transhistórica de los seres humanos y la naturaleza como una condición material fundamental.

En sí mismo, el concepto de metabolismo es difícilmente esclarecedor. Pero Marx va más allá, apuntando a comprender la especificidad histórica de la relación metabólica entre la humanidad y la naturaleza bajo el capitalismo. Es por esta razón que Foster y Burkett resaltan que la producción capitalista se caracteriza por la “separación” de la humanidad con respecto a su condición objetiva de producción, es decir, la alienación con respecto a la naturaleza (85). En lugar de caer en una visión neo-maltusiana de la sobrepoblación, Marx se preguntó cómo la organización del metabolismo (entre la humanidad y la naturaleza) bajo el capitalismo causa “fracturas” en las condiciones materiales de vida. Por supuesto, la producción capitalista no es posible sin el apoyo de la naturaleza, e incluso su crecimiento rapaz es constreñido por los límites materiales de los recursos disponibles. Sin embargo, el impulso sin fin de autovaloración del capital implica que no puede considerarse plenamente la sostenibilidad de la energía y los recursos acumulados históricamente, como la fertilidad del suelo y los combustibles fósiles. En consecuencia, la «fractura» mencionada anteriormente toma la forma de las crisis ambientales que acompañan la expansión de la lógica del capital en todo el mundo.

De esta manera Marx y la Tierra prepara una contundente respuesta para Jason W. Moore, que recientemente ha discutido que la “fractura metabólica” presupone una cruda “división cartesiana” entre la sociedad y la naturalezaiii. Tal dualismo, en realidad, es ajeno al concepto de metabolismo. Sin embargo, en cuanto que los opuestos se atraen, un énfasis unilateral de la unidad de la sociedad y la naturaleza, borraría la observación crucial de Marx de que la producción capitalista se caracteriza por la alienación de la mano de obra con respecto a la naturaleza. La forma social del trabajo es de una importancia central para la investigación crítica de Marx, y tratar al trabajo, como hace Moore, como meramente una de las que él llama “Cuatro Baratijas” que permiten la expansión capitalista, es perder este punto fundamental de la teoría del metabolismo de Marx.

Marx y la Tierra es un examen exhaustivo y una defensa de la crítica ecológica del capitalismo realizada por Marx, y sus ideas han sido reforzadas por la publicación de la nueva edición de las obras recopiladas de Marx y Engels, Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA). Un número de los cuadernos de Marx, que no habían sido publicados hasta la nueva edición, plasman el examen atento de los más recientes avances de las ciencias naturales. Dos ejemplos específicos muestran la relevancia de MEGA para Marx y la Tierra.

En primer lugar, Foster y Burkett contestan la crítica de Joel Kobel, según la cual Marx no habría reconocido el intrínseco valor de la naturaleza, sino que más bien la habría tratado como meramente un instrumento de la humanidad. Los autores argumentan que el retroceso de Kovel a la intuición estética del valor de la naturaleza, como sugiere Jakob Böhme, no es solo un retorno al idealismo (47), sino que también sus críticas a Marx en este aspecto son decisivamente refutadas por las observaciones en los cuadernos de Marx. Durante su exilio de décadas en Londres, Marx fue testigo del rápido desarrollo de la productividad ganadera inglesa. Leyó libros en francés y alemán que defendían la superioridad de la agricultura inglesa. Sin embargo, sus comentarios sobre de estas lecturas son mucho más críticos hacia la actividad humana y simpatizantes de los animales. En respuesta a los entusiastas informes de Léonce de Lavergne sobre el «sistema de selección» desarrollado por el criador inglés Robert Bakewell, Marx comentó: “Se caracteriza por la precocidad, la enfermedad completa, la falta de hueso, mucho desarrollo de la grasa y de la carne, etc. Todos estos productos artificiales. ¡Asquerosos!”iv. Marx también leyó el trabajo de Wilhelm Hamm, el traductor alemán de Lavergne, que tenía los mismos elogios hacia la agricultura inglesa. Los comentarios de Marx otra vez simpatizan con el bienestar de los animales. Marx condena la “alimentación en el establo” como un “sistema carcelario”, y se pregunta a sí mismo:

Los animales nacen en estas prisiones y permaneces ahí hasta la muerte. La cuestión es si este sistema conectado al sistema de cría que hace crecer a los animales de manera anormal abortando los huesos para transformarlos en mera carne y cúmulos de grasa – mientras que antes (antes de 1848) los animales permanecían activos permaneciendo al aire libre tanto como fuera posible – resultará finalmente en un grave deterioro de la fuerza vital.

Estas observaciones resultarán una sorpresa para los que desean acusar a Marx de ser un ingenuo, antropocéntrico apologista del desarrollo tecnológico. Sus cuadernos, en cambio, documentan su verdadera reacción en contra de la forma capitalista de desarrollo del “robo”, una crítica que difícilmente dejaba a los no humanos fuera de consideración.

Foster y Burkett también se refieren a Student’s Manual of Geology (1878) de Beete Juke. Al observar los extensos extractos del libro de Juke, uno se sorprende al aprender que su interés en los asuntos ecológicos continuaron ampliándose a lo largo de los últimos años de su vida. Al investigar el impacto del cambio climático en las especies, le prestó atención a las grandes transformaciones de la naturaleza causadas por la humanidad: “La extinción de las especies continúa todavía (el hombre mismo [es] el exterminador más activo)”vi. Estos solamente son dos ejemplos, y Marx llenó cerca de doscientos cuadernos a lo largo de su vida, muchos de los que sin duda contienen soportes todavía más textuales para la “ecología de Marx”.

En todo caso, Foster y Burkett son los mejores representantes de los “ecosocialistas de la segunda etapa” quienes revivieron la tradición marxista de la crítica ecológica del capitalismo. No es sorprendente que su cuidadoso análisis en Marx y la Tierra y trabajos previos hayan inspirado a muchos académicos y activistas, y que un movimiento llamado “los ecosocialistas de la tercera etapa” (como Naomi Klein, Stefano Longo, Brett Clark, Del Weston y Richard Rork) esté surgiendo (11). Más que solo una “anticrítica”, Marx y la Tierra muestra positivamente que el abordaje clásico de Marx proporciona un fundamento metodológico para la comprensión de la actual crisis ecológica mundial del capitalismo.

Artículo de Monthly Review. Traducción de Florencia Alegría.

 


i John Bellamy Foster, “Foreword,” in Paul Burkett, Marx and Nature: A Red and Green Perspective (Chicago: Haymarket, 2014), vii.

ii Alain Badiou, Live Theory (New York: Continuum, 2008), 139.

iii Jason W. Moore, Capitalism in the Web of Life (London: Verso, 2014), 76.

iv Marx-Engels Archive (MEA), International Institute of Social History, Sign. B. 106, 209.

v MEA, Sign. B. 106, 336.

vi MEGA IV/26, 233, emphasis in original.

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