• Tres reconocidos historiadores presentaron textos de síntesis sobre el siglo XX: François Furet, Ernst Nolte y Eric Hobsbawm, en sendas obras que concentraron el debate historiográfico de las últimas décadas. En estas páginas nos venimos refiriendo a aspectos salientes de este debate. La motivación de este emprendimiento, como ya hemos dicho, es la necesidad de trasmitir elementos de aprendizaje histórico a las nuevas generaciones, marcadas por un agudo cretinismo en relación a la historia del último siglo (que por añadidura, es la que menos se estudia en colegios y universidades).

Roberto Saenz

Este artículo es un fragmento de un trabajo titulado «Siglo XX y dialéctica histórica – La tarea del rescate de la revolución» publicado en la revista Socialismo o Barbarie en mayo de 2015.


 

“Petrogrado, ahora eres todo mío” (Un viejo obrero ruso durante la Revolución de Octubre, parafraseado por John Reed, en Ernst Nolte, La guerra civil europea).

Tres reconocidos historiadores presentaron textos de síntesis sobre el siglo XX: François Furet, Ernst Nolte y Eric Hobsbawm, en sendas obras que concentraron el debate historiográfico de las últimas décadas. En estas páginas nos venimos refiriendo a aspectos salientes de este debate. La motivación de este emprendimiento, como ya hemos dicho, es la necesidad de trasmitir elementos de aprendizaje histórico a las nuevas generaciones, marcadas por un agudo cretinismo en relación a la historia del último siglo (que por añadidura, es la que menos se estudia en colegios y universidades).

De más está decir que ningunos de estos tres autores está emparentado con el socialismo revolucionario. Si Furet propone una lectura liberal del siglo pasado, hoy a la moda, y Nolte, coincidiendo en muchos aspectos con él, tiene el punto de vista del revisionismo histórico (que busca exculpar al nazismo de sus fechorías), el caso de Hobsbawm es el de un autor visto como de izquierda (hasta el final de sus días militó en el Partido Comunista Británico), que, no casualmente, abreva en su síntesis en una versión “light” del relato stalinista tradicional.

La interpretación liberal

La obra de Furet, El pasado de una ilusión, es actualmente la más canónica de las tres (esto no quita que la más conocida y difundida sea la de Hobsbawm, que goza de un prestigio mayor como historiador).

El texto de Furet data de 1997 y ya antes este autor había provocado cierto escándalo con su visión crítica de la Revolución Francesa, donde señala con el dedo a los jacobinos por haber sentado el precedente para el rasgo que caracterizaría posteriormente a los bolcheviques: poner la revolución por encima de la ley. Una afirmación un tanto absurda porque ése es, inevitablemente, el rasgo de toda verdadera revolución: ser un acontecimiento fundante de un nuevo orden social, razón por la cual, inevitablemente, se coloca por encima de las leyes establecidas, las deroga y crea otras nuevas. Lo que no quiere decir, por otra parte, que se trate de un gobierno de pura arbitrariedad: sólo se funda en otra legitimidad que la de la democracia liberal.

La historia de Furet es, fundamentalmente, una historia de las ideas. No se remite a los procesos económicos subyacentes; tampoco pone en el centro de su reflexión los acontecimientos efectivos de la historia política: las guerras, revoluciones y contrarrevoluciones. Se refiere, más bien, a las representaciones de los diversos intelectuales acerca de los hechos. Sin embargo, es un autor erudito en su materia y con una narrativa atractiva. Sobre todo, es un profundo conocedor de la historia política de Europa occidental de la primera mitad del siglo pasado (Francia e Italia, no tanto de Alemania), sobre todo los años 30 (se puede sacar provecho de la lectura de los capítulos referidos a estos países).

Ahora bien, el texto de Furet no es ingenuo: lo que hace es presentar la versión canónica del liberalismo capitalista respecto del siglo pasado. Para entender el carácter de “revancha histórico-política” que trasunta su obra, hay que recordar que en los años de apogeo de la “era de los extremos”, la democracia burguesa parecía al borde de la extinción: “El mayor secreto de la complicidad entre bolchevismo y fascismo sigue siendo, empero, la existencia de este adversario común, al que las dos doctrinas enemigas reducen o exorcizan mediante la idea de que está moribundo y que no obstante constituye su terreno propicio: simplemente, la democracia” (El pasado de una ilusión: 36).

Este desfondamiento de la democracia liberal fue un hecho histórico; de ahí el terror pánico que había creado en las burguesías de todo el mundo la revolución bolchevique en Rusia (Josep Fontana lo subraya lúcidamente en un reciente artículo), así como la aparición por oposición, de pensadores políticos consagrados como Carl Schmitt, que erigieron toda su obra en una crítica al liberalismo desde la derecha contraponiéndole un pensamiento conservador (observemos que para Schmitt, basado en su realismo como pensador agudo, también el hecho antedecía al derecho, y criticará a Hans Kelsen como un formalista del derecho liberal).

Ocurre que, efectivamente, en los años 20 y 30 en Europa occidental, la democracia burguesa veía abrirse un abismo bajo sus pies en beneficio de experiencias revolucionarias o contrarrevolucionarias. A comienzos de 1940, luego de la ocupación de los Países Bajos y Francia por la Wehrmacht, este régimen imperaba sólo en Inglaterra, Estados Unidos, Australia, algunos países de Latinoamérica y no muchos otros.

Esta realidad se comenzó a revertir a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, hasta transformarse en el régimen político mayoritario a comienzos del siglo XXI. La caída del Muro de Berlín y el stalinismo (el aparente fracaso del socialismo), dio a los ideólogos liberales la oportunidad de avanzar en emparentar el fascismo y el nazismo con el comunismo, bajo la común etiqueta de los “totalitarismos”, a partir de lo cual se busca exaltar la democracia burguesa: “El comunismo soviético no sólo se ha vuelto comparable al nacionalsocialismo; es casi idéntico a él” (ídem: 186).

Furet hizo escuela en esta forma de apreciar los asuntos considerando como “revolucionarios” ambos movimientos: “El historiador que intenta comprender la Europa de esos años no puede olvidar que el fascismo mussoliniano fue una doctrina y una esperanza para millones de hombres. No tiene grandes antepasados intelectuales, pero quiere acabar con el burgués en nombre del hombre nuevo y, por lo demás, reúne bajo esa bandera a una gran parte de la vanguardia intelectual, a los futuristas, a los nostálgicos del impulso del Risorgimento, Marinetti, Ungaretti, Gentile y hasta, por un breve momento, Croce” (ídem: 202).

Definir al fascismo como un fenómeno “revolucionario” es común en varios autores que confunden sus formas dinámicas con el contenido de los fenómenos analizados: ¡también la contrarrevolución tiene sus rupturas con el orden establecido de las cosas pero, evidentemente, para el lado retrógrado!

El autor francés establece, de todas maneras, una distinción de rasgos insistiendo en la contraposición entre el “universalismo abstracto” de los bolcheviques (el internacionalismo característico del socialismo revolucionario) y el matiz nacionalista, particularista, del fascismo. Destaca de Mussolini que, a diferencia de Lenin, pretende unir revolución y nación: “Uno de los secretos de su éxito (…) descubierto por Mussolini desde 1915: reunir la nación y la clase obrera, arrebatando la primera a los burgueses y la segunda a los marxistas” (ídem: 217).

En esto establece un elemento agudo porque, efectivamente, la contrarrevolución fascista y la nazi se apoyaron en la exaltación de los valores nacionalistas en provecho de su propio imperialismo, de su lucha competitiva con los demás. Se trataba de un concepto de nación reaccionario, más allá de las humillaciones que vivió la Alemania derrotada después de la I Guerra Mundial (el Tratado de Versalles fue un error no repetido por los vencedores imperialistas al finalizar la segunda guerra) y que supo ser explotado por Hitler: “Hitler trata de crearse un estandarte con el papel que los socialdemócratas, tan poderosos en la Alemania anterior a 1914, no supieron desempeñar en el momento de la guerra: ser a la vez el partido de la revolución y de la nación. Después de la guerra, abandonaron la una y la otra, pasándose al servicio de la República de Weimar, convertidos en burgueses. Hitler tuvo la intuición de ese vasto espacio disponible, que los comunistas no podían conquistar en nombre de la Internacional de Moscú” (ídem: 217).

Si bien Furet no fue el único ni el más destacado de los teóricos de la crítica liberal a los totalitarismos (Arendt tiene un lugar de privilegio, sobre todo a partir de su obra Los orígenes del totalitarismo, sin menoscabo de la agudeza de algunos de sus planteamientos), es el que aborda de manera más directa la histórica política de los años 30 en los países de Europa occidental, proponiendo una lectura liberal de la degeneración stalinista del movimiento comunista (buscando ocultar, aunque no lo logre del todo, la tradición de izquierda antistalinista; Enzo Traverso le hace esta crítica).

El carácter de operativo liberal burgués de su enfoque no opaca señalamientos agudos como cuando da cuenta, del enamoramiento de ex comunistas poco claros (devenidos en ultranacionalistas) con Stalin: “Ernst Niekisch, ex militante de extrema izquierda, ex presidente del soviet de Baviera de 1919 (…) que se ha vuelto nacionalista por hostilidad a la política exterior prooccidental de los gobiernos de Weimar (…) [reivindica en Stalin] ‘el fanatismo de la razón de Estado’. Así podemos entender que nuestro autor haya regresado de un viaje a Rusia en 1932 emocionado por el prodigioso desafío de la voluntad a la técnica que representaba el plan quinquenal gracias a la movilización total de un pueblo” (ídem: 231).

Furet plantea dos o tres claves interpretativas del siglo pasado en las cuales la palabra “ilusión” es fundamental. Como se desprende simplemente al hablarse de la lucha por el socialismo como una ilusión, de lo que se habla es de algo imposible, algo que conmovió a cientos de millones y llevó al involucramiento activo a varios millones (incluso conduciendo a muchos a la muerte), pero era un mero “espejismo”, una ilusión, algo carente de fundamentos.

La base de apoyo metodológica de Furet es canónica: critica como “determinista” al marxismo, pero sólo para proponer una arbitrariedad completa en el curso histórico: “La comprensión de nuestra época sólo es posible si nos liberamos de la ilusión de la necesidad: el siglo sólo es explicable –en la medida en que lo sea– si le devolvemos su carácter imprevisible” (ídem: 16).

Furet abreva en el posmodernismo ambiente que cuestiona, incluso, que la historia sea explicable: al parecer, debería ser un hecho de brujería, acientífico. A la crítica marxista al determinismo mecánico en sus versiones más vulgares no se le ocurre afirmar que en el desarrollo de la historia las cosas ocurran arbitrariamente; esto es, por fuera de las condiciones materiales en el seno de las cuales se desarrolla la historia viva de la lucha de clases. Lo único que afirma es que se plantea un abanico de posibilidades, no un curso mecánico de los acontecimientos; pero tampoco un desarrollo arbitrario proveniente de no se sabe dónde. Volveremos sobre esto.

El revisionismo histórico

“Somos las columnas de asalto, los de rompe y rasga,

formamos la primera fila , ¡atacamos con valor!

El sudor del trabajo sobre la frente, el estómago vacío y hambriento.

La mano cubierta de hollín y callos empuña el rifle.

La granada de mano en el cinturón, el rifle en el hombro,

¡así marchan las columnas de asalto, ebrias de victoria!

El judío comienza a temblar, rápido abre el arca,

liquida, hasta el último centavo, la cuenta del pueblo”

(Canto de las tropas de asalto nazis SA de Silesia, citado por E. Nolte)

Nolte se planteó una tarea más ardua que Furet. Coincide con el historiador francés en la unificación de las experiencias del bolchevismo y el nazismo. Pero, sobre llovido mojado, resulta que el nazismo es exculpado de toda responsabilidad histórica porque no habría sido más que “una reacción del pueblo alemán” frente al “genocidio” con el que los amenazaba la Revolución Rusa…

Furet opina lo mismo que Nolte a este respecto: “Se puede considerar que la victoria del bolchevismo ruso en octubre de 1917 es el punto de partida de una cadena de reacciones”, y agrega: “Uno de los méritos de Nolte fue haber pasado por alto, muy pronto, la prohibición de establecer paralelos entre comunismo y nazismo” (ídem: 189).

Hay dos cuestiones que el autor alemán pretende demostrar. Uno, que el nazismo habría surgido como simple y mecánica reacción frente al bolchevismo, achacándole, de paso, toda la responsabilidad por el genocidio producido por el primero a estos últimos. Traverso desmiente esta lectura vulgar recordando que la “era de los extremos” no nació en 1917 sino en 1914: el suelo nutricio de la radicalización de los desarrollos nació del desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, no de la Revolución Rusa, que como acontecimiento ocurrió en el contexto objetivo creado por la carnicería imperialista.

Dos, que hablar de “genocidio” cuando se trata de la Revolución de 1917 es una flagrante mentira, o peor: una provocación, una falta total a la verdad histórica: “Era a todas luces evidente (…) que una empresa de tal magnitud debía enfrentar una resistencia muy intensa, máxime cuando la experiencia práctica había mostrado que desde su toma violenta del poder el partido luchaba con tesón, mediante una guerra de clases sin precedentes, contra sus numerosos adversarios (…); es más, que los estaba exterminando” (ídem: 51).

Nolte se apoya, por ejemplo, en algunos volantes de la izquierda alemana donde se hablaba de “aniquilar a la burguesía”. Pero para todo el mundo es evidente (¡y esa es, además, la evidencia histórica), que cuando la izquierda revolucionaria hablaba de “acabar con la burguesía”, se refería a acabarla como capa privilegiada, como categoría social. A nadie se le pasó por la cabeza liquidar físicamente y en masa a sus integrantes como afirma el autor alemán: “No se equivocó quien (…) creía que la revolución bolchevique significaba un paso gigantesco hacia una nueva dimensión histórico mundial, la dimensión del exterminio social de extensas masas humanas” (ídem: 52).

Es conocido que la revolución de octubre fue prácticamente incruenta; recién comenzó a correr sangre con el desencadenamiento (¡por parte de los blancos y las potencias imperialistas!) de la guerra civil a mediados de 1918. Es verdad que hubo casos de justicia sumaria por parte de los bolcheviques; fueron pasados por las armas representantes políticos de la burguesía. Pero no se trató de ningún “genocidio”; no se exterminó a la clase burguesa como tal. Con sólo señalar que en las purgas de los años 30 Stalin se encarnizó mucho más con la generación que llevó a cabo la revolución, ya se puede tener una idea de la veracidad de las afirmaciones del historiador germano.

Nolte llega, incluso, a justificar el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht a manos del gobierno socialdemócrata de Ebert y Noske, los que pactaron secretamente con el ejército antes de asumir que acabarían con los elementos bolcheviques alemanes (ídem: 110). Hace esto en nombre del respeto a la “legalidad” del nuevo gobierno, criticando el levantamiento revolucionario contra él.

La obra de Nolte es de menor interés que la de Furet, pero aun siendo un reaccionario de pies a cabeza, se puede sacar alguna miga de su obra más conocida, La guerra civil europea, sobre todo en lo que tiene que ver con la situación de Alemania en los años 20. Si sus tesis principales son endebles y de menor agudeza que las de Furet, su registro de los acontecimientos –distorsionados por su lente provocadora– deja elementos de interés.

Por ejemplo, al caracterizar a Friedrich Ebert, el candidato a Kerensky alemán, señala cómo el primero “había logrado la paz, a diferencia de su contraparte rusa”. Un factor que, como está magistralmente registrado en la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, fue fundamental para el hundimiento de los reformistas en 1917 (ya hemos visto esto más arriba).

Algunas de sus tesis principales no son tan fáciles de contradecir. Al hablar de una “guerra civil europea” entre 1917 y 1945, recoge algo real: que durante el período que va entre la Revolución Rusa y la Segunda Guerra Mundial, el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución se agudizó a escala de toda Europa, complejizando el análisis de la propia guerra mundial. Pero el matiz que resalta Nolte lo lleva demasiado lejos transformándolo en constitutivo de todos los enfrentamientos; termina dando así una lectura unilateral que, incluso, tiene rasgos similares a la interpretación dada por algunos revolucionarios de la segunda guerra, como fue el caso de Nahuel Moreno a comienzos de los años 80.

Al reducir todo a un conflicto “ideológico” (a una “guerra de regímenes políticos”), se termina perdiendo la sustancia social de lo que estaba en juego: cualesquiera fuesen las deformaciones de la ex URSS, constituía un país no capitalista; la invasión de Hitler a Rusia tuvo el carácter de una guerra contrarrevolucionaria que no sólo era “ideológica”: ese aspecto era el revestimiento de una lucha de conquista imperialista por el “espacio vital” de Alemania (ver a este respecto nuestro análisis del carácter de la Segunda Guerra Mundial en “Causas y consecuencias del triunfo de la URSS sobre el nazismo”, revista SoB 27).

Nos falta abordar uno de los desarrollos de su obra. Recordemos que en los años 80 se desató en Alemania lo que se dio en llamar “el debate de los historiadores”, porque pareja a su exculpación del nazismo iba la justificación de las cámaras de gas. Aquí hay otro factor provocador del autor alemán: es imposible emparentar los campos de extermino del nazismo con los campos de trabajo forzados del estalinismo. Así lo demuestra con solidez Traverso: habla de la racionalidad de medios y la irracionalidad de fines del nazismo (montó verdaderas industrias de la muerte, muy eficaces), al tiempo que señala que la racionalidad de fines del stalinismo (una racionalidad volcada a la acumulación burocrática, no a la transición al socialismo, agregamos nosotros) se llevaba a cabo mediante una gran irracionalidad de medios: el trabajo literalmente esclavo en un país que se declaraba “socialista”, entre otros múltiples ejemplos de irracionalidad de la planificación burocrática. El solo hecho de absolver los crímenes de lesa humanidad del nazismo dejó a Nolte en la mira.

La interpretación canónica en la “izquierda”

En el seno de la izquierda en sentido amplio, o, más bien del mundo universitario en general, está la obra del historiador británico Eric Hobsbawm. Traverso dice, agudamente, que Hobsbawm “se hace sólido conforme nos alejamos del siglo XX”. En efecto, su especialidad histórica fue el siglo XIX, con una trilogía muy conocida. De cualquier manera, nos interesa referirnos a su obra sobre el siglo XX.

No es que carezca de planteamientos agudos. Para Hobsbawm, ya en la década del 90 estaba claro un fenómeno que nosotros apreciamos mucho después: la ruptura de la conciencia de las nuevas generaciones con las anteriores, su cretinismo en materia histórica: “La destrucción del pasado, o, más bien, de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de las generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica con el pasado del tiempo en el que viven” (Historia del siglo XX: 13).

Conceptos como el “corto siglo XX” o la “era de los extremos” que se vivió en la mayor parte del siglo pasado son agudos y muestran que el autor británico tenía sentido histórico. Además, su obra tiene apreciaciones justas en muchos rubros: por ejemplo, cuando señala que las mayores crueldades de nuestro siglo han sido las “impersonales”, de “decisión remota”, de “el sistema y la rutina” (ídem: 58).

Pero aquí terminan nuestros acuerdos con él, porque se trata de una interpretación marxista vulgar del siglo pasado. Hobsbawm reproduce, casi punto por punto, el tipo de abordaje del marxismo de los partidos comunistas (stalinistas) del siglo pasado: economicista, instrumental y teleológica, sólo para después no poder comprenderse realmente por qué ese mundo “socialista” se vino abajo.

El abordaje de Hobsbawm es canónico en la izquierda no socialista revolucionaria respecto de algunos de los momentos principales de la lucha de clases del siglo XX. Ejemplo: la guerra civil española, que es interpretada, estrictamente, en los términos del stalinismo: “lo que estaba en juego no era la revolución sino la defensa de la democracia” (ídem: 167).

También su interpretación de la Segunda Guerra Mundial, donde se reproduce la idea de que se hubiera tratado de una conflagración “entre la democracia y el fascismo”, así como su justificación de la política contrarrevolucionaria de los frentes populares que excluía la lucha por el socialismo: “Los terratenientes y los capitalistas que apoyaran a los rebeldes [habla de las fuerzas de Franco en la guerra civil española] perderían sus propiedades, pero no por su condición de terratenientes y capitalistas, sino por traidores” (ídem: 168).

Esto es muy conocido para repetirlo aquí; de todas maneras, es importante señalarlo porque con la autoridad que le dio ser un gran historiador con presencia en las aulas universitarias de todo el mundo, Hobsbawm hace pasar, nada ingenuamente, la interpretación canónica del stalinismo sobre la historia del siglo pasado. Que a su vez es la justificación de sus propias posiciones políticas: Hobsbawm formaba parte del famosísimo grupo de historiadores del PCB, que en su mayoría rompieron con el partido stalinista británico cuando los tanques soviéticos entraron en Hungría para sofocar la revolución de 1956. E. P. Thompson, autor del clásico estudio acerca de La formación de la clase obrera en Inglaterra, será uno de los historiadores que rompieron con el partido; Hobsbawm permanecería en él toda su vida.

Hobsbawm tropieza con un grave problema a la hora de explicar el derrumbe del stalinismo. Pero eso no le hace rever ninguna de sus certidumbres anteriores, como la incondicional justificación del stalinismo por “el logro gigantesco de haber modernizado la URSS”: “Stalin, que presidió la edad de hierro de la URSS (…) fue un autócrata de una ferocidad, una crueldad y una falta de escrúpulos excepcionales (…). No obstante, cualquier política de modernización acelerada de la URSS, en las circunstancias de la época, habría resultado forzosamente despiadada, porque había que imponerla en contra de la mayoría de la población, a la que se condenaba a grandes sacrificios, impuestos en buena medida por la coacción” (ídem: 380). ¡Curioso “socialismo” éste, impuesto contra la mayoría de la población!

Es importante subrayar, también, el déficit metodológico de su abordaje: la lucha de clases del proletariado, sus clivajes, sus posibilidades alternativas, tiene poco y nada de peso en él; casi todo es visto como un proceso desde arriba. Su condena del rol de Trotsky es de lo más vulgar, por decir lo menos: “Trotsky fracasó por completo en todos sus proyectos” (ídem: 81). Su apreciación general de las cosas es de un economicismo que raya el esquematismo, así como la afirmación de una idea del progreso típica de las concepciones más instrumentales: nada importa que se logre a costa de los seres humanos de carne y hueso.

Hobsbawm no logra salir de esos relatos canónicos. Va a contrapelo de las necesidades del momento, donde está planteado enfrentar las derivas del posmodernismo. Porque si era y es correcto presentar una “historia total”, panorámica y de amplios alcances del siglo pasado como intenta hacer Hobsbawm, también es hora de echar el lastre de una interpretación del marxismo esquemática, teleológica y mecanicista que había sido puesta en evidencia por el mismo desarrollo de los acontecimientos.

Hobsbawm no logra hacer nada de esto, y siquiera se lo plantea. Su relato de la historia del siglo pasado es una versión aggiornada del relato del stalinismo (más allá de condenas, aquí y allá, a la figura de Stalin, a la que al mismo tiempo se reivindica); una justificación de todo lo actuado por la burocracia sin que se sepa cómo vino a ocurrir, repentinamente, el derrumbe del stalinismo: “La tragedia de la Revolución de Octubre estriba, precisamente, en que sólo pudo dar lugar a este tipo de socialismo, rudo, brutal y dominante. Uno de los economistas socialistas más inteligentes de los años 30, Oskar Lange (…), desde su lecho de muerte hablaba con los amigos y admiradores que iban a visitarlo (…): ‘Si yo hubiera estado en Rusia en los años 20, hubiese sido un gradualista bujariniano. Si hubiese tenido que asesorar la industrialización soviética, habría recomendado unos objetivos más flexibles y limitados, como, de hecho, hicieron los planificadores rusos más capaces. Y, sin embargo, cuando miro hacia atrás, me pregunto una y otra vez: ¿existía una alternativa al indiscriminado, brutal y poco planificado empuje del primer plan quinquenal? Ojala pudiera decir que sí, pero no puedo. No soy capaz de encontrar una respuesta’” (ídem: 494).

Está claro que este supuesto “tipo de socialismo” ha sido condenado por la experiencia del siglo XX: un “socialismo” construido sin el protagonismo histórico de la clase obrera estaba destinado a terminar como lo hizo: en el basurero de la historia.

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