Pierre Broué

El año 1929 comenzó en Moscú con el arresto de un centenar de oposicionistas, la decisión de expulsar a Trotsky, y un golpe extraordinario realizado por los oposicionistas de Moscú: la publicación del resumen, redactado por Kamenev, de sus discusiones con Bujarin algunas se­manas antes; el destinatario era Zinoviev, pero Schwalbe repartió copias del mismo a los trotskistas.

Pronto el gobierno recurrió a nuevas medidas de urgencia para quebrar a los kulaks que resistían a las requisas y ese giro fue acompañado de una ofensiva de Stalin dirigida abiertamente contra las posiciones de la “derecha”. El 27 de febrero, Molotov, en Pravda, rechazó la teoría de la integración pacífica del kulak en el socialismo, y retomó la afirmación de la Oposición de Izquierda según la cual el kulak constituía la vanguardia de la restauración burguesa. En junio, los tres, Bujarin, Rykov y Tomsky, fueron relevados de sus responsabili­dades. En noviembre, hicieron una autocrítica pública. Fue el 27 de diciembre finalmente, cuando Stalin, en un artículo de Pravda titulado “¡Al diablo con la NEP!”, hizo oficial el nuevo curso, de hecho ya emprendido después de la primavera: la nueva política era, de allí en adelante, la industrialización a ultranza y la colectivización integral, y como corolario: la “liquidación del kulak como clase”.

Trotsky siguió con atención los acontecimientos en la URSS, informado como estaba hasta los detalles de lo que había pasado y de lo que pasaba, incluso en el Buró Político. Parecía no tener la menor duda. La nueva política que había sustituido a la NEP – pero ¿por cuánto tiempo? – no era y no podía ser un “giro a la izquierda”, es decir, la reconducción de la línea del partido bajo la presión de su ”núcleo proletario” precisamente en el momento mismo en que el aparato redoblaba sus persecuciones contra la Oposición de Izquierda. El binomio colectivización-industrialización, un llamamiento a la autocrítica y a la denuncia del ”peligro de derechización” y de la amenaza kulak – al que Trotsky llamó ”bandazo a la izquierda”- constituía a la vez una reacción empírica de huida hacia adelante – para salir del impasse de la política pro-kulak que había fracasado – y una maniobra burocrática para liquidar las posiciones de los bujarinistas a quienes Stalin pensaba que, de allí en adelante, había que abatir.

Trotsky no subestimaba sin embargo la gravedad de la crisis en la que el bloque de centro-derecha había precipitado al país por su política de los años precedentes. Era consciente de que una política de derecha neo-NEP, con concesiones al capitalismo – podría dar en lo inmediato resultados positivos, pero que seria también la puerta abierta a la contra-ofensiva para la restauración del capitalismo. Estaba igualmente convencido de que el aparato en manos de Stalin podía perfectamente lanzarse a una política tal, después de haber eliminado a los voceros “derechistas”. Pero no excluía tampoco que el bandazo a la izquierda se desarrollara en una ”aventura burocrática”, que impulsara a los campesinos pobres y medios a aliarse con los kulaks, aún cuando, a fin de cuentas, no fuera más que para volver rápidamente, ante la derrota, a una política más derechista todavía que la de los derechistas. La Oposición avanzaba entonces sobre un terreno minado con un débil margen de maniobra. Para Trotsky, ésta debía convertirse en la impulsora de un verdadero ”giro a la izquierda”, inconcebible sin el fin de las persecuciones, la reintegración de los oposicionistas excluídos, la restitución de la iniciativa de las masas, la reinstalación de sindicatos auténticos, la multiplicación de las uniones de campesinos pobres, un programa en definitiva inaceptable para Stalin y la fracción ”centrista”, pero que Trotsky propuso al partido en su conjunto como un objetivo para alcanzar el frente único y afrontar los peligros del momento. Desde Turquía, donde se había establecido tras su expulsión, desarrolló a través de artículos, cartas, mensajes, circulares y pronto en los artículos del Biulleten Oppositsii que empezó publicándose en París, la política cuyas grandes lineas ya había expuesto en su declaración del 12 de julio de 1928 en el VI Congreso de la Internacional[36].

El conjunto de los deportados de la Unión Soviética, en condiciones distintas y sufriendo fuertes presiones, no tenían la misma visión general. Pronto, una importante fracción de entre ellos – y lo que es más grave, una parte del viejo núcleo de la Oposición de 1923 – comienza a desarrollar una posición favorable a la dirección del partido sobre la base de la existencia de lo que llamaban un “giro a la izquierda”.

Múltiples factores políticos, sociales, psicológicos, jugaron en el mecanismo que condujo a la crisis de la Oposición de Izquierda. Sus cuadros pertenecían mayormente al mismo medio que aquellos de las tendencias dominantes en el aparato, habían surgido en la misma generación, de los mismos combates, y finalmente de la historia del mismo partido. Estaban más o menos profundamente marcados, ellos también, por la degeneración del partido, en su mentalidad y en su forma de vida. Sentían la deportación y el exilio como una muerte política y comenzaron a comprender el punto de vista de Zinoviev, dispuesto a ”tragar” y a ”arrastrarse”, siempre que fuera en el seno del partido ya que fuera del mismo no había nada. Entre ellos, por otra parte, eran sin duda numerosos los que se habían comprometido en el combate de la Oposición Unificada simplemente porque creían en su victoria a corto plazo y en su vuelta rápida a los cargos políticos y a los honores. Algunos estaban muy debilitados, incluso desmoralizados, para enfrentar una represión de larga duración, demasiado escépticos para sacrificarse por una causa en la que casi no creían.

Otros obedecían a motivos más directamente políticos. Desde 1923, los oposicionistas se habían enfrentado, ante todo, al ala del partido que consideraban como el enemigo número uno, la derecha, vanguardia del ”Thermidor” y de la restauración capitalista, donde los ”centristas” no eran, a juicio de muchos de ellos, más que los cómplices engañados por su miopía. Sinceramente o no, muchos fueron los oposicionistas que vieron en el bandazo a izquierda la forma de un verdadero giro que no solamente les daba históricamente la razón y justificaba la lucha pasada de la Oposición, sino que también les ofrecía la aborrecida cabeza de sus adversarios derechistas. ¿Acaso industrialización y colectivización no eran las reivindica­ciones esenciales de la plataforma de 1927? La nueva política anti-kulak ¿no respondía a sus gritos de alarma durante años y no confirmaba sus perspectivas sobre el ”peligro de derecha”? El cuadro comportaba todavía muchas sombras ciertamente, pero si los centristas iban verda­deramente hacia la izquierda, ¿no estarían obligados, tarde o temprano, a apoyarse sobre el movimiento de masas, sobre la fracción proletaria del partido, su ”núcleo” obrero, y luego sobre las masas? ¿No quedaban garantizadas, con la nueva política, tareas inmensas? Para gran número de estos militantes que se impacientaban por actuar, la cuestión era saber si el lugar de aquellos que habían combatido por la plataforma estaba en Siberia y en Asia central, en el aislamiento y la impotencia del exilio, mientras que la batalla decisiva contra la derecha estaba librándose en Moscú. Como políticos que eran, soñaban con volver a la capital donde se tomaban las decisiones, porque estimaban que su deber era apoyar al ”centro” para eliminar a la derecha” y volver así irreversible el giro a la izquierda.

Era lo que pensaba Radek – del que el Buró Político, informado por la GPU, conocía la corre­spondencia y los punto de vista que defendía – y que fue pronto objeto de presiones directas, mientras la GPU se ocupaba de difundir los documentos que emanaban de él y a retener cartas y resoluciones que lo condenaban. Era también lo que pensaba Preobrajensky, y había allí un hecho infinitamente más grave, porque no se trataba de un franco-tirador como Radek, sino de uno de los ”jefes históricos” de la Oposición que había sido su vocero en 1923 y en 1925-26 en el curso del ”debate económico” contra Bujarin. Ahora bien, Preobrajensky diseñó como economista la parte económica del programa de la Oposición: luego de haber sido el primero en preconizar ”la acumulación socialista primitiva”, no podía espantarse por las conse­cuen­cias político-sociales de una colectivización y de una industrialización que eran a sus ojos no sólo las piezas maestras del programa de la Oposición – el que en definitiva pensaba que era ”reconocido” por los dirigentes y de este modo justificado a posteriori – sino también las condiciones y las premisas para la regeneración del partido.

A fines de marzo, los “tres” – Radek, Preobrajensky y Smilga – pusieron nuevos documentos en circulación. Eran las “tesis” de Omsk. Radek había dado un paso más, porque, criticando la violencia verbal de la que daba prueba Iaroslavsky en sus diatribas contra la Oposición, con­denaba lo que llamaba “la colaboración de Trotsky con la prensa burguesa”- ¿Fue este retro­ceso la causa de las vacilaciones de Preobrajensky? Al día siguiente de un encuentro, autori­zado por la GPU, con Ichtchenko, que seguía los pasos de Radek, hizo conocer que en efecto él no daría un solo paso más con Radek y Smilga hasta que las autoridades no hubieran restituido a los deportados la libertad total de reunión y de correspondencia a la que tenían derecho. En una carta que puso en circulación en abril, dirigida a todos los oposicio­nistas deportados, Preobrajensky se presentaba como un unificador de todos aquellos que se decían ”conciliadores” y a los que el aparato buscaba convertir en ”capituladores”. Muy lúcido, pre­vió que los militantes que quisieran ser reintegrados a cualquier precio en el partido deberían someterse a ”métodos que no pueden aprobar” y que les harían llevar como una ”pesada cruz” su nuevo carnet del partido[37].

Lo que Preobrajensky quería era negociar. Reclamaba a las autoridades el fin de la represión, el abandono de la aplicación del artículo 38 a los oposicionistas, la vuelta del exilio de Trotsky: Las autoridades estalinistas jugarían con sus aspiraciones. A finales de abril fue autori­zado a volver a Moscú por un tiempo y comenzó allí inmediatamente discusiones con Iaro­slavsky y Ordjonikidzé que Stalin pareció haber seguido muy de cerca. Ignoramos todo lo referente al desarrollo concreto, las presiones que fueron ejercidas sobre él, y sus retrocesos sucesivos. Sabemos solamente que en julio les llegó el turno a Smilga y a Radek para obtener la autorización de dejar el exilio a cambio de una estancia en Moscú. Interrogado en la estación de Ichim por deportados miembros de la Oposición, Radek reveló su verdadero estado de ánimo y su real orientación: les llamó a ”unirse al partido en peligro” y afirmó ”no tener nada más en común con Trotsky”.[38]

Stalin no podía en ningún caso aceptar ninguna de las reivindicaciones inicialmente presen­tadas por Preobrajensky: para él los antiguos oposicionistas no podían en ningún caso ser auto­ri­zados a decir que habían tenido razón y que el partido se había equivocado al golpearlos. Jugó no obstante a fondo la carta de las pretendidas negociaciones, porque ésta alimentaba las ilusiones de los oposicionistas más débiles, permitía aislar a Trotsky desterrado y hacer explo­tar a tiempo a la Oposición de Izquierda. La semi-libertad acordada a Radek, Preobrajensky y Smilga, la difusión sistemática de sus cartas y documentos en los lugares de deportación iban acompañadas de medidas que reforzaban el aislamiento material y psíquico de aquellos militantes irreductibles y dispuestos a denunciar a los capituladores.

Mal informado, el exilio bullía de rumores alarmistas. Con destino a los más sinceros o a los más cándidos de los vacilantes, las autoridades jugaban con el miedo colectivo, con las con­vulsiones que amenazaban al campo, con el renacido peligro “blanco”, con la reaparición de una situación general parecida a aquella que había prevalecido en la víspera de la insurrección de Cronstadt: todo tipo de argumentos a favor de una unión sagrada que no podría obtenerse de los dirigentes más que al precio de concesiones presentadas como menores. Para otros, se ponían de relieve las “grandiosas” perspectivas abiertas por la nueva política de transforma­ción de la economía y de la suciedad, el ”Octubre campesino” (la ”tercera revolución”, escri­bi­ría más tarde Isaac Deutscher). Para los más débiles, finalmente, se jugaba con el interés material haciendo ver las posibilidades de reintegración en los puestos oficiales de aquellos que retomaran a tiempo el camino correcto.

La campaña fue bien orquestada, y dio sus frutos. En junio de 1929, en una carta dirigida a Rakovsky e interceptada por la GPU, Solntsev describía el ”pánico” en las filas de la Oposi­ción en la deportación e incluso la ”descomposición” en sus filas ante lo que él llamaba la ”traición inaudita” de la ”comisión de los tres”. Otros veteranos se comprometieron a su vez en la peligrosa vía de las negociaciones sin darse cuenta aparentemente que éstas no conducían más que a la capitulación. Fue el caso de Ivan N. Smirnov, seguido por Beloborodov, SV Mratchkovsky y otros, que proclamaron la necesidad de ”salvar la unidad de la oposición” y se alistaron así dentro de la corriente dominante lo que la descompondría un poco más.[39]

Fue finalmente el 13 de julio cuando Pravda publicó la declaración de los tres, refrendada por 400 exiliados. Se trataba en realidad de una capitulación a secas que condenaba no solamente !as posiciones y la actividad del momento de la Oposición sino también sus posiciones pasadas, incluyendo también la renuncia a las firmas de 1927 al pie de la plataforma. Este texto constituyó para Stalin una victoria aplastante: Radek, Preobrajensky y Smilga habían sido de los dirigentes más escuchados de la Oposición de Izquierda, y habían abandonado finalmente todas sus ”reivindicaciones” para volverse simples aduladores, no solo del curso ”izquierdista” oficial, sino de la dirección en general.

Un solo texto nos ha llegado, que informa sobre un debate en las filas de los ”bolcheviques-leninistas” en libertad: el de Lev Z. Kopelev, que tenía en ese entonces 17 años y pertenecía desde hacía algunas semanas a la organización de Kharkov. Los oposicionistas mantuvieron una reunión clandestina en un bosque fuera de la ciudad y escucharon el informe del ”camarada Alexandre, de Moscú” sobre ”la situación actual y los problemas de la Oposi­ción leninista”. Este último explicó que el CC había adoptado el programa de industrializa­ción de la Oposición, que había terminado el peligro kulak, que Stalin mismo había destruido las bases de su poder usurpado. Así evocaba Kopelev los argumentos de aquellos que, como él, bregaban por el abandono de la actividad fraccional:

”Lo esencial era construir fabricas y centrales eléctricas, reforzar el Ejército Rojo. Que Trotsky en el exilio se ocupe de la revolución mundial – nosotros, en casa, debemos trabajar con el partido y la clase obrera en lugar de agravar la escisión y de socavar la autoridad del comité central y del gobierno soviético”.[40]

En las filas de los deportados, las consecuencias de la capitulación de los tres fueron inmensas. Muchos creyeron que sus dirigentes habían ido a negociar a Moscú en nombre de todos y descubrieron leyendo Pravda el alcance del desastre. Otros se precipitaron a imitarlos antes de que la puerta se cerrara definitivamente. Pero la gran mayoría estaba sobre todo profundamente desmoralizada – y fueron los hombres escépticos quienes, uno tras otro, se alistaron para ser liberados.

No obstante, la capitulación de los tres fue demasiado burda como para no provocar algunas reacciones de rechazo. De este modo, IN Smirnov y los suyos condenaron lo que considera­ban como una claudicación y retomaron las negociaciones con las reivindicaciones exigidas antes por Preobrajensky. Sobre todo, no faltaron en el exilio hombres dispuestos a pedir su reintegración al partido sobre la base de la nueva política de ”giro a la izquierda”, y a renun­ciar públicamente a toda actividad fraccional, pero que estaban lejos de renegar públicamente de sus ideas pasadas y presentes y todavía menos a efectuar un gesto que significaría por su parte la aprobación de la represión contra la Oposición y, en particular, sancionar el exilio de Trotsky. Christian Rakovsky apostaría por este planteamiento, buscando antes que nada, retenerlos en la pendiente por la que corrían el riesgo de deslizarse con IN Smirnov, en desmedro de todas sus buenas intenciones. Rakovsky envió finalmente el 22 de agosto desde Sartov, donde había discutido el texto con sus camaradas de deportación, una ”declaración” dirigida al Comité Central y a la Comisión Central de Control, refrendada además por VV Kossior y Mikhail N Okudjava.[41] En un tono muy moderado, bajo una forma finamente calculada, la declaración afirmaba la determinación de la Oposición de tomar todas sus responsabilidades en vista de la constitución de un frente único en el partido contra el peligro de derecha. Se mantenía muy firme en la reivindicación de la liberación inmediata y la reintegración en las filas del partido de los oposicionistas presos o deportados.

Se reprocharía a la declaración el hecho de que no condenara claramente la teoría del “socialismo en un solo país”, de ambigüedad en las cuestiones fundamentales de la revolución internacional. Los que la criticaban diciendo que había girado a favor de los hombres que estaban empren­diendo la retirada, ¿medían la gravedad de la crisis que sacudía a la Oposi­ción? La cuestión fue rápidamente resuelta por los hechos. Primero, en las colonias donde circulaba al precio de grandes esfuerzos, la declaración reunió en algunas semanas un numero importante de depor­tados llenos de indignación por la “traición” de los tres: quinientas firmas en tres semanas, entre las cuales figuraban las de militantes prestigiosos como NI Muralov, VS Kasparova, KE Grunstein, LS Sosnovsky. La Declaración cortó la hierba bajo los pies de los conciliadores que se encaminaban hacia la capitulación, como IN Smirnov que manifestaron su ”buena voluntad” y ”espíritu unitario” frente a la mala fe de los firmantes. Finalmente, la capitulación de Smirnov, Boguslavsky, Mratchkovsky, Beloborodov y otros, en octubre, no tuvo el carácter infame de la de Radek y sus partidarios[42]: por otra parte, una nueva declaración aparecida el 4 de octubre, marcó el realineamiento de la Oposición de Izquierda bajo la dirección de Rakovsky.

La brutal falta de receptividad que mostró el aparato frente a la declaración de agosto, los violentos ataques firmados por Iaroslavsky en Pravda, las represalias feroces ejercidas contra Rakovsky, expulsado de Saratov y deportado en condiciones inhumanas a Barnaul, contra Sosnovsky, enviado a la ”cárcel de aislamiento” de Cheliabinsk, y finalmente a Tomsk, – una verdadera tumba – todo ello terminó por convencer a los auténticos indecisos, a los concilia­dores sinceros, a los ingenuos verdaderos: como escribiera Rakovsky en sus tesis de agosto, esta actitud se oponía a la Oposición de Izquierda y a la defensa que ésta hacía de la naturaleza del partido, a su democracia interna, a la democracia obrera, todo lo que constituía la piedra angular para que se diera un verdadero ”giro a la izquierda” y lo que permitiría descartar entonces una verdadera recomposición del partido.

Cuando Trotsky colocó finalmente el 25 de septiembre su propia firma bajo la declaración de Rakovsky que acababa de recibir, pudo escribir a la vez que estaba de acuerdo con su conte­nido politico pero que pertenecía ya a un pasado caduco. Comentando los acontecimientos de aquellos últimos meses sobre la base de la correspondencia de la URSS, Isaac Deutscher estimaba que el golpe dado a la Oposición había sido violento: de ocho mil miembros – es decir dos veces más que en la época de su semi-legalidad en el partido en 1927 – con los que contaba en deportación a principias de 1929, la Oposición habría caído a fines del mismo año para contar con poco más de mil partidarios[43]. Trotsky, escribía a sus camaradas que, aún cuando no quedaran más que tres, lo esencial era que subsistieran la bandera, el programa, el futuro.

La crisis política de la Oposición terminó aunque continuaran los debates y se añadieran algunas capitulaciones aisladas a la larga lista de 1929. Después de que Radek y sus camaradas trazaron entre la Oposición y la fracción estalinista en el poder una línea de abyección, Stalin trazaría una línea de sangre.

 


[36] Biblioteca del Colegio de Harvard, t 3721. Entre los primeros textos del exilio merece mencionar ”La crisis del bloque de centro-derecha” (20 de marzo) y la ”Carta a los obreros de la URSS” (27 de marzo).

[37] Biblioteca del Colegio de Harvard, T 15264.

[38] El relato de este encuentro se publicó en el número 7/8 de los Cahiers León Trotsky (N. de T).

[39] Ivan N. Smirnov (1881-1926), hijo de un campesino, miembro del partido en 1899, ferroviario, luego mecá­nico, fue uno de los organizadores del partido antes de la guerra, agente de la revolución de febrero en Tomsk, de octubre en Moscú. Miembro del Consejo Militar Revolucionario, jefe del 5to. ejército, miembro del Comité revolucionario de Siberia, fue apodado por Lenin ”la conciencia del partido”. Entró en la Oposición en 1923 mientras era Comisario del pueblo de correos y telégrafos. Era conocido por su temperamento conciliador. Aleksandr C. Beloborodov (1891-1938), hijo de obreros, electricista, miembro del partido en 1907, dirigente de los bolcheviques de los Urales, había tomado en 1918 la responsabilidad de la ejecución sumaria del zar y de su familia. Era asimismo miembro de la Oposición desde 1923. Sergei V. Mratchkovsky (1888-1936), nacido en prisión, bolchevique en 1907, jefe de las guerrillas durante la guerra civil, luego comandante de distrito militar, se había unido a la Oposición de Izquierda en 1923. Fue arrestado y excluido del partido en 1927 por el asunto de la imprenta clandestina.

[40] Lev Kopelev, ”No Jail for Thought” (1977), p. 108-109.

[41] Cf. documentos, pp. 78-86. Para VV Kossior y MN Okudjava, cf p. 29.

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