• La intensidad y el alcance de los estudios científicos de Marx es impresionante. Por lo que es simplemente inválido concluir que sus poderosos argumentos ecológicos fueron meras acotaciones, mientras se ignora la masa de información que muestra lo contrario, que se encuentra en sus tardías investigaciones naturales y científicas.

Por Kohei Saito

Por mucho tiempo, Karl Marx ha sido criticado por su supuesto “prometeísmo”—un extremo compromiso hacia el industrialismo, sin respetar los límites de la naturaleza. Este punto de vista, apoyado incluso por un número de marxistas, como Ted Benton y Michael Lowy, cada vez se ha vuelto más difícil de aceptar después de una serie de análisis cuidadosos y estimulantes acerca de las dimensiones ecológicas del pensamiento de Marx, elaborados en Monthly Review y en otros lugares. El debate sobre el prometeísmo no es meramente un asunto filosófico, sino que es uno profundamente práctico, en cuanto que el capitalismo se enfrenta con crisis ambientales en una escala global sin ninguna solución concreta. Es más probable que dichas soluciones surjan de los varios movimientos ecológicos que están emergiendo a lo largo del mundo, con algunos que explícitamente cuestionan el modo de producción capitalista. Entonces, ahora más que nunca, el redescubrimiento de una ecología marxista es de gran importancia para el desarrollo de nuevas formas de estrategia y lucha desde la izquierda contra el capitalismo mundial.

Sin embargo, hay poco acuerdo dentro de la izquierda acerca de hasta qué punto la crítica hecha por Marx puede proveer una base teórica para estas nuevas luchas ecológicas. Los “ecosocialistas de la primera etapa”, en la categorización de Bellamy Foster, como André Gorz, James O’Connor y Alain Lipietz, reconocen hasta cierto punto la contribución hecha por Marx en los temas ecológicos, pero discuten al mismo tiempo que estos análisis del siglo XIX son demasiado fragmentarios y viejos como para tener relevancia hoy. En contraste, los “ecosocialistas de la segunda etapa” como Foster y Paul Burkett, resaltan la actual importancia metodológica de la crítica ecológica que hace Marx al capitalismo, basados en su teoría del valor y la reificacióni.

Este artículo tendrá un enfoque distinto, e investigará los cuadernos naturales y científicos de Marx, especialmente los de 1868, que serán publicados por primera vez en el volumen 4, sección 18, de la nueva Marx-Engels-Gesamtausgabe(MEGA)ii. Como correctamente enfatizan Foster y Burkett, los cuadernos de Marx nos permiten ver claramente sus intereses y preocupaciones antes y después de la publicación del primer volumen de El Capital en 1867, y los caminos que habrá tomado en su intensa investigación en disciplinas como la biología, la química, la geología, la mineralogía, mucho de lo que no pudo integrar completamente en El Capital. Mientras el gran proyecto de El Capital permanecerá sin terminar, en los últimos quince años de su vida Marx llenó un enorme número de cuadernos con fragmentos y extractos. De hecho, un tercio de los cuaderno que datan de este periodo, y casi la mitad de ellos, lidian con las ciencias naturales. La intensidad y el alcance de los estudios científicos de Marx es impresionante. Por lo que es simplemente inválido concluir, como algunos críticos han hecho, que los poderosos argumentos ecológicos de Marx en El Capital y otros escritos fueron meras acotaciones, mientras se ignora la masa de información que muestra lo contrario, que se encuentra en sus tardías investigaciones naturales y científicas.

Mirando los cuadernos posteriores a 1868, uno puede inmediatamente reconocer la rápida expansión del interés ecológico de Marx. Voy a sostener que la crítica de Marx a la economía política, si hubiese sido completada, hubiera puesto un énfasis más fuerte en la interrupción de la “interacción metabólica” (Stoffwechsel) entre la humanidad y la naturaleza como la contradicción fundamental del capitalismo. Aún más, la profundización en los intereses ecológicos de Marx sirve para discutir la crítica de Liebig sobre el “sistema de robo” moderno, que discuto más abajo. La centralidad de la ecología en los textos tardíos de Marx siguió siendo algo difícil de distinguir por mucho tiempo, ya que nunca pudo completar su magnum opus. Los cuadernos recientemente publicados prometen ayudarnos a comprender estos secretos pero vitales aspectos del proyecto de vida de Marx.

 

Marx y Liebig en las distintas ediciones de El Capital

Ya es un hecho conocido que la crítica de Marx a la irracionalidad de la agricultura moderna en El Capital está profundamente influenciada por Agricultural Chemistry de Justus Von Liebig y Notes on North America de James W. Johnston, trabajos que discuten que el desatención a las leyes naturales de los suelos lleva inevitablemente a su agotamiento. Después de un estudio intensivo de estos libros en 1865-1866, Marx integró las ideas centrales de Liebig en el volumen I de El Capital. En una sección llamada “La industria y la agricultura moderna”, Marx escribió que el modo de producción capitalista

Reúne a la población en los grandes centros, y causa que la población urbana alcance una constante preponderancia… Esto perturba la interacción metabólica entre el ser humano y la tierra, por ejemplo, evitando que vuelvan al suelo los elementos constituyentes consumidos por el hombre en la forma de comida y ropa; por lo tanto, frustra el funcionamiento de la eterna condición natural para la fertilidad duradera del suelo. De este modo, destruye, al mismo tiempo, la salud física del trabajador urbano y la vida intelectual del trabajador rural.

Este pasaje que es famoso con justicia, se volvió el pilar de los recientes análisis de la “brecha metabólica”. En una nota al pie de esta sección, Marx abiertamente expresa su deuda hacia la séptima edición de Agricultural Chemistry de Liebig, publicada en 1862: “Haber desarrollado desde el punto de vista de las ciencias naturales, por ejemplo, el negativo lado destructivo de la agricultura moderna es uno de los méritos inmortales de Liebig”. Tales observaciones son la razón de que el abordaje de la “brecha metabólica” se haya enfocado en la crítica de Liebig a la agricultura moderna, como una fuente intelectual para la crítica ecológica de Marx al capitalismo.

Sin embargo, es poco conocido que en la primera versión alemana de El Capital (1867), que lamentablemente no está disponible en inglés, Marx afirmó que “los breves comentarios (de Liebig) acerca de la historia de la agricultura, aunque no están libres de errores groseros, contienen más destellos de agudeza que todos los trabajos de los economistas políticos en su conjunto [mehr Lichtblicke als die Schriften sämmtlicher modernen politischen Oekonomen zusammengenommen]”. Un lector atento inmediatamente notará una diferencia entre esta versión y las ediciones posteriores, aunque solo fue recientemente señalado por un editor alemán de MEGA, Carl-Erich Vollgraf. Marx modificó esta oración en la segunda edición de El Capital publicada en 1872-1873, En consecuencia, normalmente leemos “sus breves comentarios…, aunque no están libres de errores groseros, contienen destellos de agudeza”ix. Marx borró la aseveración de que Liebig era más agudo que “todos los trabajos de los economistas políticos en su conjunto”. ¿Por qué Marx matizó su apoyo a las contribuciones de Liebig relativas a la economía política clásica?

Uno podría discutir que esta supresión es solo un cambio trivial, con el objetivo de esclarecer las contribuciones originales de Liebig en el campo de la agricultura química y separarlos de la economía política, donde el gran químico cometió “errores groseros”. A su vez, como estas páginas muestran, Marx era muy entusiasta acerca del entendimiento sobre el problema del suelo que tenía un economista político en particular, llamado James Anderson, quien a diferencia de otros economistas políticos, examinaba los asuntos sobre la destrucción del suelo. Era el reconocimiento de el “lado destructivo de la agricultura moderna” realizada por el mismo Liebig, lo que Marx caracterizaba como “uno de los inmortales méritos de Liebig”. Por lo que Marx habrá pensado que su expresión en la primera edición de El Capital era algo exagerada.

Sin embargo, también debe señalarse que Agricultural Chemistry de Leibig estaba siendo ávidamente discutida por un número de economistas políticos de la época, precisamente por sus presuntas contribuciones a la economía política, especialmente la teoría de la renta del suelo y la teoría de la población. Por ejemplo, el economista alemán Wilhelm Roscher reconoció la relevancia de la teoría mineral de Liebig en la economía política incluso antes que Marx, y agregó algunos pasajes y notas dedicadas a Liebig en su cuarta edición de National economy and Agriculture and the Related Branches of Natural Production [Nationalökonomie des Ackerbaues und der verwandten Urproductionen] (1865), para integrar los nuevos descubrimientos agriculturales en un propio sistema de economía política. Notablemente, Roscher halaga a Liebig en términos similares: “Aunque muchas de las aseveraciones históricas de Liebig son muy discutidas… aunque pasa por alto algunos hechos importantes de la economía nacional, el nombre de este gran científico natural siempre mantendrá un lugar de honor comparable al de Alexander Humbolt en la historia de la economía nacional también”. De hecho,es muy probable que el libro de Roscher impulsara a Marx a releer Agricultural Chemistry de Liebig en 1865-1866. Las observaciones similares de ambos autores reflejan una opinión general acerca del Agricultural Chemistry de Liebig en la época.

Asimismo, es razonable asumir que Marx en la primera edición de El Capital intencionalmente esta comparando a Liebig con esos economistas políticos que postulaban un desarrollo de la agricultura trans-histórico y lineal, ya fuera de suelos más productivos a menos productivos (Malthus, Ricardo y J.S. Mill), o de menos productivos a más productivos (Carey y después During). La crítica de Liebig al “sistema de robo” de cultivación en su lugar denuncia precisamente la forma moderna de la agricultura y su decreciente productividad como un resultado del uso irracional y destructivo del suelo. En otras palabras, La historización de la agricultura moderna de Liebig provee a Marx de una útil base científica natural para rechazar los tratamientos abstractos y lineales del desarrollo de la agricultura.

Sin embargo, como vimos antes, de alguna manera Marx relativiza la contribución de Liebig a la economía política entre 1867 y 1872-1873. ¿Es posible que Marx tuviera dudas acerca de la química de Liebig así como de sus errores económicos? En este contexto, un estudio minucioso de las cartas y cuadernos de Marx nos ayudará a comprender las metas amplias y los métodos de su investigación después de 1868.

 

Debates acerca de la Agricultura Química de Liebig

Mirando las cartas y los cuadernos de esta época, parece más probable que los cambios concernientes de la contribución de Liebig en la segunda edición representan más que una mera corrección. Marx era más que consciente de los acalorados debates que rodeaban la Agricultura Química de Liebig, así que luego de la publicación del primer volumen de El Capital, pensó que era necesario hacer un seguimiento de la validez de la teoría de Liebig. En una carta a Engels datada del tres de enero de 1868, Marx le pidió que buscara consejos de un viejo amigo y químico, Carl Schorlemmer:

Me gustaría que Schorlemmer me informara acerca de cuál es el último y mejor libro (alemán) acerca de la agricultura química. Aún más, ¿cuál es el estado actual de la discusión entre quienes apoyan los fertilizadores minerales y quienes apoyan los fertilizadores de nitrógeno? (Desde la última vez que estudié el tema, todo tipo de nuevas cosas surgieron en Alemania). ¿Sabe algo acerca de los alemanes que más recientemente han escrito en contra de la teoría del agotamiento del suelo de Liebig? ¿Sabe acerca de la teoría del aluvión del agrónomo de Munich, Frass (profesor de la universidad de Munich)? Para el capítulo acerca de la renta de la tierra debería estar al tanto del último estado de la cuestión, por lo menos hasta cierto punto.

Las observaciones de Marx en esta carta claramente indican su intención de estudiar libros acerca de agricultura a principios de 1868. No está buscando solamente la literatura más reciente acerca de la agricultura en general, sino que presta particular atención a los debates y las críticas hacia la Agricultura Química de Liebig. Es importante notar que para el manuscrito del volumen tres de El Capital, Marx señala, atípicamente, la importancia del análisis de Liebig mientras que esencialmente indica que este punto necesita completarse en un futuro. Es decir, esto es parte de una discusión que el iba a continuar investigando, y en áreas básicas tales como la “caída de la productividad del suelo”, relacionadas a las discusiones de la caída de la tasa de gananciasxiii.

Liebig, a quien se suele llamar el “padre de la química orgánica”, demostró convincentemente que el crecimiento saludable de plantas requiere tanto sustancias orgánicas como inorgánicas, como el nitrógeno, el ácido fosfórico y el potasio. Afirmaba, contraponiéndose a las teorías dominantes que se centraban en el humus (un componente orgánico del suelo hecho de plantas caídas y materia animal) o el nitrógeno, que deben proveerse todas las sustancias necesarias en más que una “cantidad mínima”, una proposición conocida como la “ley del mínimo” de Liebigxiv. Aunque la visión acerca del rol de las sustancias inorgánicas de Liebig sigue siendo válida hoy, dos tesis que se derivan de ella, la teoría de la fertilización de los minerales y el agotamiento del suelo, provocaron una inmediata controversia.

Según Liebig, la cantidad de sustancias inorgánicas en los suelos se mantiene limitada sin una constante reposición. Por lo que, si uno quiere cosechar de manera sustentable, es necesario regularmente devolverle al suelo aquellas sustancias inorgánicas que las plantas absorbieron (estas pueden ser devueltas tanto en formas inorgánicas como en formas orgánicas que son convertidas, mineralizadas, en formas inorgánicas). Liebig llama a esta necesidad la “ley del remplazo”, y sostiene que el remplazo completo de sustancias inorgánicas es el principio fundamental de la agricultura sustentable. Considerando que la naturaleza por sí misma no podía proveer suficiente material inorgánico cuando se removía anualmente una cantidad tan grande de nutrientes, Liebig abogó por el uso de fertilizantes minerales químicos. No solo sostuvo que la teoría del humus de Principios de la Agricultura Práctica de Albrecht Daniel Thaer tenía serios errores, sino que la teoría del nitrógeno de John Bennett Lawes y Joseph Henry Gilbert también, porque no le prestaban ninguna atención a la limitada cantidad de sustancias inorgánicas disponibles en el suelo.

Basado en su teoría, Liebig advirtió que las violaciones a la ley del remplazo y el posterior agotamiento del suelo amenazaban a la civilización europea en su conjunto. Según Liebig, la industrialización moderna creó una nueva división del trabajo entre la ciudad y el campo, haciendo que las comidas consumidas por la clase trabajadora en las grandes ciudades ya no volvieran y recuperaran los suelos que les dieron origen, sino que fluyeran en el río en su lugar, a través de las aguas cloacales sin ningún uso. Además, a través de la mercantilización de los productos agrícolas y fertilizantes (hueso y paja), el objetivo de la agricultura se separa de la sustentabilidad y se vuelve la mera maximización de las ganancias, estrujando los nutrientes del suelo en las cosechas en el menor tiempo posible. Perturbado por estos hechos, Liebig denunció la agricultura moderna como un “sistema de robo” y advirtió que la interrupción de la interacción metabólica natural en última instancia causaría la caída de la civilización. Pasando de su creencia algo optimista (de principios a mediados de 1850) de la fertilización química como una panacea que todo lo cura, la edición de 1862 de Agricultura Química, especialmente su nueva introducción, resalta los aspectos destructivos de la agricultura moderna mucho más fervientemente.

Como Liebig fortaleció su crítica del sistema de robo de 1862 y corrigió su previo optimismo, Marx comprensiblemente sintió la necesidad de revisar el debate de la fertilidad del suelo desde una nueva perspectiva. Al mismo tiempo, la crítica de Liebig del sistema de robo y el agotamiento del suelo inspiró un número de argumentos nuevos entre los académicos y los agrónomos. La carta de Marx a Engels esclarece que incluso después de la publicación del primer volumen de El Capital, intentó examinar la validez de la teoría de Liebig desde una perspectiva más crítica.

Especialmente, varios economistas políticos además de Marx y Roscher se sumaron también al debate. Como señaló Foster, Henry Charles Carey ya se había referido a la despilfarradora producción agrícola de Estados Unidos y afirmaba que la irresponsabilidad del “robo a la tierra” constituía un “crimen” serio en contra de las generaciones futuras. Liebig también tenía un interés en Carey y citaba extensamente su trabajo, pero puede que Marx no estuviera completamente al tanto de su relación cuando leyó Agricultura Química en 1865-1866. Marx había mantenido correspondencia con Carey, quien le había enviado su libro sobre la esclavitud, que contenía algunos de sus argumentos acerca del agotamiento del suelo, y Marx estudió los trabajos económicos de Carey. Sin embargo, el rol de Carey en el debate general sobre el suelo probablemente se volvió más aparente cuando Marx se encontró con los trabajos de Eugen Dühring. Marx comenzó a estudiar los libros de Dühring en enero de 1868, después que de Louis Kugelmann le enviara la reseña que había hecho Dühring de El Capital, la primer reseña existente del libro, publicada en diciembre de 1867.

Dühring, un profesor de la universidad de Berlín, era un partidario entusiasta del sistema económico de Carey. Él también integró la teoría de Liebig en su análisis económico como validación de la propuesta de Carey acerca de establecer comunidades autárquicas en las ciudades donde los productores y los consumidores vivieran en armonía, sin desperdiciar los nutrientes de las plantas y por lo tanto sin agotar los suelos. Dühring sostuvo que la teoría del agotamiento del suelo de Liebig “constituye un pilar en el sistema (de Carey)”, y afirmó que

El agotamiento del suelo, que ya se ha convertido en algo bastante amenazador en América del Norte, por ejemplo, solo podrá… frenarse a largo plazo solo a través de una política comercial basada en la protección y educación del trabajo doméstico. Para el desarrollo armónico de las diversas instalaciones de una nación… promueve la circulación natural de los materiales [Kreislauf der Stoe] y hace posible que los nutrientes de las plantas vuelvan al suelo del que fueron extraídos.

En el manuscrito del tercer volumen de El Capital, Marx vislumbrara una sociedad futura más allá del antagonismo entre la ciudad y el campo, en la que “los productores asociados racionalmente regulen su intercambio metabólico con la naturaleza”. Debe de haberse sorprendido al notar que Duhring de manera similar demandaba, como la “única contramedida” en contra de la producción desperdiciadora, la “regulación consciente de la distribución de los materiales” al superar la división entre la ciudad y el campo. En otras palabras, la afirmación de Marx, junto con la Duhring, refleja la tendencia popular de la “escuela de Liebig” durante la época. En los años posteriores, la visión que tenía Marx acerca de Duhring se volvió más crítica, en cuanto que Duhring empezó a promover su propio sistema como la única base verdadera para una democracia social. Esto seguramente reforzó la sospecha de Marx hacia la interpretación del agotamiento del suelo de Duhring y sus defensores, incluso si seguía reconociendo la utilidad de la teoría de Liebig. En todo caso, a comienzos de 1868, la constelación discursiva ya apremiaba a Marx a estudiar los libros “en contra de la teoría del agotamiento del suelo de Liebig”.

 

¿El maltusianismo de Liebig?

Marx estaba particularmente preocupado por que las advertencias de Liebig sobre el agotamiento del suelo cargaran con una nota de maltusianismo. Rehabilitaban, para utilizar la expresión de Duhring, “el fantasma de Malthus”, en cuanto que Liebig parecía proveer de una nueva versión “científica” de los viejos temas maltusianos de la escasez de la comida y la sobrepoblación. Como se señaló más arriba, el tono general de la argumentación de Liebig pasó, de una optimista de 1840 a mediados de 1850, a una bastante pesimista a fines de la década de 1850 y 1860. Con una afilada crítica hacia la agricultura industrial británica, predecía un futuro oscuro para la sociedad europea, lleno de guerra y hambre, si la “ley del remplazo” seguía siendo ignorada:

En unos años, las reservas de estiércol van estar agotadas, y entonces no habrá la necesidad de disputas científicas o, por así decirlo, teóricas para probar la ley de la naturaleza que demanda del hombre una preocupación por la preservación de sus condiciones de vida… Para su autopreservación, las naciones se verán llevada a la matanza y aniquilación entre ellas en una seguidilla de guerras interminable, con el objetivo de restablecer un equilibrio y, Dios no lo permita, si dos años de hambruna, como 1816 y 1817, se vuelven a suceder, aquellos que sobrevivan verán cientos de miles perecer en las calles.

El nuevo pesimismo de Liebig aparece con distinción en este pasaje. Mientras que su visión de la agricultura moderna como un “sistema de robo” muestra su superioridad sobre la generalizada y ahistórica “ley de rendimientos decrecientes” de Malthus y Ricardo, su conclusión deja su relación con las ideas maltusianas en la ambigüedad. De hecho, más estaba particularmente inquieto sobre las referencias a la teoría de Ricardo por parte de Liebig. De hecho, Liebig conocía personalmente a John Stuart Mill y puede que estuviera directamente influenciado por él. Sin embargo, como señala Marx, irónicamente la teoría ricardiana de la renta se originó no con Ricardo o ni siquiera con Malthus (y ciertamente no con John Stuart Mill, como Liebig erróneamente supone), sino con James Anderson, que le dio una base histórica a la degradación del suelo. Lo que le preocupaba a Marx, entonces, era la relación que frecuentemente se establecía en su época de Liebig con Malthus y Ricardo, representando una lógica opuesta a los análisis del propio Marx y que, en contraste con Malthus y Ricardo, resaltaba la naturaleza histórica del problema del suelo.

La cuestión del maltusianismo de Liebig podría verse como un detalle arcaico de el más extenso debate sobre el agotamiento del suelo, pero es una de las razones principales por las que la Agricultura Química se volvió tan popular en 1862. Para Duhring, este maltusianismo no significaba tanto problema porque él creía que el sistema económico de Carey ya había disipado el “fantasma de Malthus”, mostrando que el desarrollo de la sociedad abría la posibilidad de cultivar mejores suelos. Por supuesto, Marx difícilmente podría aceptar esta presuposición ingenua, como le escribió a Engels en noviembre de 186: “Carey ignora incluso los hechos más familiares”.

Entonces en 1868 Marx empezó a leer los trabajos de los autores que tomaron una posición más crítica hacia la Agricultura Química de Liebig. Ya estaba familiarizado con argumentos como los de Roscher, que sostenía que el sistema de robo debía ser criticado desde el punto de vista de la “ciencia natural” pero que podía ser justificado desde un punto de vista “económico”, en cuanto que era más rentable. Según Roscher, solamente era necesario detener el robo justo antes de que se volviera demasiado cara la recuperación de la fertilidad original del suelo, pero los precios del mercado se encargarían de eso. Adoptando los argumentos de Roscher, Friedrich Albert Lange, un filósofo lemán, discutió en contra de la recepción de Duhring de Liebig y Carey en su J. St. Mill’s Views of the Social Question [J. St. Mills Ansichten über die sociale Frage] publicado en 1866. Marx leyó los libros de Lange a principios de 1868, y no es coincidencia que en su cuaderno se enfoca en el cuarto capítulo, donde Lange discute los problemas de la teoría de la renta y el agotamiento del suelo. Concretamente, Marx tomó nota de la observación de Lange de que Carey y Dühring denunciaron el «comercio» con Inglaterra como causa de todos los males y consideraron que una «tarifa protector» sería la «panacea» definitiva, sin que Lange reconociera que la «industria» posee una «tendencia centralizadora», que crea no solo la división de la ciudad y el campo sino también la desigualdad económica. De forma similar a Roscher, Lange discut´´ia que “a pesar de la veracidad científica natural de la teoría de Liebig”, la cultivación de saqueo puede ser justificada desde una perspectiva “económica nacional”.

En el trabajo del economista alemán Julius Au, pueden encontrarse concepciones relacionadas. Marx poseía una copia de Supplementary Fertilizers and their Meaning for National and Private Economy [Hilfsdüngermittel in ihrer volks- und privatwirtschaftlichen Bedeutung] (1869) de Au, que marcó con notas en los márgenes y comentarios. Aunque reconocía el valor científico de la teoría mineral de Liebig, Au dudaba que la teoría del agotamiento del suelo pudiera considerarse como una “absoluta” ley de la naturaleza. Au discutía que, en su lugar, era una teoría “relativa” con poca relevancia para las economías de Rusia, Polonia y Asia Menor, porque en estas áreas la agricultura podía sostenerse, posiblemente por avances extensivos, sin seguir la “ley del remplazo”. Sin embargo, Au aparentemente olvidó que la mayor preocupación de Liebig era los países occidentales de Europa. Aún más, Au terminó aceptando acríticamente la regulación de los precios del mercado, que él, como Roscher, esperaba que detuviera el excesivo agotamiento del poder del suelo porque simplemente dejaría de ser rentable. Lo que queda de la teoría de Liebig en Lange y Au es el simple hecho de que el suelo no puede mejorarse infinitamente. Ellos eran, después de todo, seguidores de la teoría de la sobrepoblación y la ley del rendimiento decreciente de los neo-maltusianos.

Reacciona hacia todo esto, Marx comenta “¡idiota!” [Asinus!] y escribe muchos signos de pregunta en su copia del libro de Au. Su evaluación del libro de Lange es similarmente hostil, como se muestra en su comentario irónico acerca de la explicación maltusiana de la historia que hace Lange, en una carta a Kugelmannn del 27 de julio de 1870. En suma, es seguro asumir que Marx no sentía ninguna atracción hacia la idea de lograr una agricultura sustentable a través de las fluctuaciones en los precios del mercado. Como Marx no podía respaldar a Carey y a Duhring, salió a estudiar el problema del agotamiento del suelo más intensamente para articular una crítica sofisticada del sistema de robo moderno.

En resumen: en un principio, Marx pensaba que la descripción de Liebig de los efectos destructivos de la agricultura moderna podían llegar a usarse como un argumento poderoso en contra de la ley abstracta del rendimiento decreciente de Malthus y Ricardo, pero empezó a cuestionarse la teoría de Liebig en 1868, en cuanto que los debates acerca del agotamiento del suelo tomaron progresivamente un carácter maltusiano. Por lo que Marx retrocesión de su afirmación algo acrítica y exagerada de que el análisis de Liebig “ contiene más destellos de agudeza que todos los trabajos de los políticos económicos en su conjunto”, en preparación de una investigación más extensa acerca del problema, que claramente pretendía para los volúmenes dos y tres de El Capital.

 

La Teoría de la Interacción Metabólica de Marx y Fraas

Si las tendencias maltusianas de Liebig significaron una razón negativa para que Marx alterara la oración acerca de él en la segunda edición de El Capital, había también una razón más positiva: Marx encontró otros autores que se volvieron tan importantes como Liebig en su crítica ecológica de la economía política. Carl Fraas era uno de ellos. En una carta de enero de 1868, Marx le preguntó a Schorlemmer acerca de Fraas, un agrónomo alemán y profesor de la universidad de Munich. Aunque Shorlemmer no pudo ofrecer ninguna información específica acerca de la “teoría del aluvión” de Liebig, de todas formas Marx empezó a leer bastantes libros de Fraas en los meses posteriores.

El nombre de Fraas aparece en los cuadernos de Marx por primera vez entre diciembre de 1867 y enero de 1868, cuando nota que el título del libro de Fraas Agrarian Crises and Their Solutions [Die Ackerbaukrisen und ihre Heilmittel], una polémica en contra de la teoría del agotamiento del suelo de Liebig. Cuando en enero de 1868, Marx le escribió en una carta a Engels que “la última vez que estudié el tema, todo tipo de nuevas cosas habían aparecido en Alemania”, seguramente estaba pensando en el libro de Fraas.

Justo cuando Fraas publicó su libro, sus relación con Liebig se volvía muy tensa, luego de que Liebig criticara la ignorancia científica de los educadores agrónomos y los agricultores prácticos en Munich, donde Fraas enseñó como profesor por muchos años. En respuesta, Fraas denfendió la praxis agraria en Munich, y discutió que la teoría de Liebig había sido alabada en exceso y representaba un retroceso hacia la teoría maltusiana, una que ignoraba varias de las formas históricas de la agricultura que mantuvieron e incluso aumentaron la productividad sin causar el desgaste del suelo. Según Fraas, el pesimismo de Leibig surgía de su presuposición tácita de que los seres humanos deben encontrar la forma de devolver las sustancias inorgánicas y, por lo tanto, el suelo requería (si la división entre la ciudad y el campo no llegara a resolverse), la introducción de fertilizadores artificiales, los cuales, sin embargo, terminarían siendo demasiados costosos. En contraste, Fraas sugiere un método más accesible, usan el poder de la naturaleza misma para sostener la fertilidad del suelo, como presenta en su “teoría del aluvión”.

En la definición de Charles Lyell, aluvión es “la tierra, sal, grava, piedras y otra materia transportada que ha sido lavada y arrojada abajo por los ríos, inundaciones u otras causas, hacia una tierra no permanentemente sumergida debajo de las aguas de los lagos u océanos”. Los materiales aluviales contienen grandes cantidades de sustancias minerales viales para el crecimiento de las plantas. Consecuentemente, los suelos desarrollados de la depósito regular de tales materiales (normalmente adyacentes a ríos y valles producen ricos cultivos año tras año sin fertilizantes, como los bancos de arena del Danubio, los deltas del Nilo o el Po, o las lenguas de tierra del Misisipi. Los sedimentos rejuvenecedores en el agua de inundación provienen de la erosión más arriba, de las vertientes. Por lo tanto, la riqueza de el suelo aluvial es un resultado del empobrecimiento de los suelos más arriba, más comúnmente de pendientes de colinas y montañas. Inspirado por estos ejemplos de la naturaleza, Fraas sugirió construir un “aluvión artificial” que regulara el agua de los ríos mediante la construcción de diques temporales en los campos agrarios, que los proveerían de minerales esenciales a un bajo costo y casi eternamente. El cuaderno de Marx confirma que estudió con mucha atención los argumentos de Fraas por los méritos prácticos del aluvión en la agricultura.

Lo que más le interesó a Marx acerca de Fraas, sin embargo, probablemente no fue la teoría del aluvión. Después de leer ávidamente a Fraas, documentando varios pasajes en sus cuadernos, Marx le escribe a Engels en una carta del 25 de marzo de 1868, halagado el libro de Fraas Climate and the Plant World Over Time [Klima und Panzenwelt in der Zeit]:

El libro de Fraas es muy interesante (1847): Klima und Panzenwelt in der Zeit, eine Geschichte beider [Climate and the Plant World Over Time], como su nombre indica, prueba que el clima y la flora cambian históricamente en el tiempo… Afirma que con el cultivo (dependiendo de su grado) la “hidratación” tan amada por los agricultores se pierde (por lo que también las plantas migran del sur al norte), y finalmente las formaciones esteparias ocurren. El primer efecto del cultivo es útil, pero finalmente devastador por la deforestación, etc… La conclusión es que el cultivo, cuando procede del crecimiento natural y no es conscientemente controlado (como burgués naturalmente no alcanza este punto) deja atrás desiertos, Persia, Mesopotamia, etc., Grecia. Así que, una vez más, ¡una tendencia socialista inconsciente!

Pareciera sorprendente que Marx incluso hallara “una tendencia socialista inconsciente” en el libro de Fraas, a pesar de la dura crítica a Liebig. El clima y el mundo de las plantas a lo largo del tiempo elaboraba cómo las civilizaciones antiguas, especialmente la antigua Grecia (Fraas había pasado siete años como inspector del jardín de la corte y profesor de botánica en la Universidad de Atenas), colapsaron después de que la deforestación desregulada causara cambios insostenibles en el ambiente local. Como las plantas autóctonas ya no podían adaptarse al nuevo ambiente, las formaciones esteparias o, aún peor, la desertificación se establecían. (A pesar de que la lectura de Fraas fue influyente, algunos hoy discutirían que no ocurría la “desertificación” como tal, sino más bien el crecimiento de plantas que requerían menos hidratación, porque gran cantidad del agua de lluvia se perdía como escorrentía en lugar de filtrarse al suelo).

En nuestro contexto, en primer lugar es interesante notar que Fraas hacía hincapié en la importancia de un “clima natural” para el crecimiento de las plantas, por su gran influencia en el proceso de erosión de los suelos. Por lo tanto, no alcanza con simplemente analizar la composición química del suelo solamente, porque las reacciones mecánicas y químicas en el suelo, que son esenciales para el proceso de erosión, dependen enormemente de factores climáticos como la temperatura, la humedad y la precipitación. Es por este motivo que Fraas caracterizó su campo de investigación y método como “física de la agricultura”, en clara contraposición de la “química de la agricultura” de Liebig. Según Fraas, en ciertas zonas donde las condiciones climáticas son más favorables y los suelos son adyacentes a ríos y afluyen regularmente con agua que contiene sedimentos, es posible producir grandes cantidades de cultivo sin miedo al agotamiento del suelo, en cuanto que la naturaleza cumple con la “ley del remplazo” automáticamente, mediante los depósitos aluviales. Esto, por supuesto, aplicaría a solo algunos de los suelos en cada país en particular.

Luego de leer los libros de Fraas, el interés de Marx en la “física de la agricultura” creció, como le contó a Engels: “Debemos vigilar de cerca los últimos y los más recientes acontecimientos en la agricultura. La escuela física se enfrenta contra la química”. Se puede discernir un claro cambio en los intereses de Marx aquí. En enero de 1868, Marx principalmente estaba siguiendo los debates dentro de la “escuela química”, en los términos de si los fertilizantes minerales o de nitrógeno eran más efectivos. Como ya había estudiado el asunto en 1861, pensaba que era necesario estudiar los avances recientes “hasta cierto punto”. Luego de dos meses y medio y una examinación intensiva de los trabajos de Fraas, sin embargo, Marx agrupó a Liebig y Lawes en la misma “escuela química” y trató la teoría de Fraas como una escuela “física” independiente. Evidentemente, esta categorización refleja el juicio del propio Fraas, en cuanto que se quejó de que tanto Liebig como Lawes hacían argumentos abstractos y unilaterales acerca del agotamiento del suelo, al poner demasiado énfasis en solo el componente químico del crecimiento de las plantas. Como resultado, Marx llegó a la conclusión de que “debía” estudiar los más recientes avances el campo de la agricultura con mayor cuidado.

La singularidad de Fraas es evidente también en su atención hacie el impacto humano en el proceso histórico del cambio climático. De hecho, el libro de Fraas ofrece uno de los más tempranos estudios acerca del tema, posteriormente halagado por George Perkins Marsh en Man and Nature (1864). Basado en textos de la antigua Grecia, Fraas mostró cómo las especies de plantas se trasladaron del sur al norte, o de las planicies a las montañas, ya que los climas locales gradualmente se volvieron más calurosos y secos. Según Fraas, este cambio climático resulta de la excesiva deforestación demandada por las antiguas civilizaciones. Historias tales acerca de la desintegración de las sociedades antiguas tienen también una obvia relevancia para nuestra situación contemporánea.

Asimismo, Fraas advirtió en contra del excesivo uso de madera por parte de la industria moderna, un proceso ya avanzado durante su tiempo que tendría un enorme impacto en la civilización europea. La lectura de Fraas introdujo a Marx en el problema de la desaparición de los bosques de Europa, como documenta en su cuaderno: “Ahora Francia no tiene más que una doceava parte de su área de bosques previa, Inglaterra solo tiene cuatro grandes bosques de un total de 69; en Italia y la península de Europa Meridional la masa forestal, que en el pasado también era común en el llano, ya no se puede encontrar ni siquiera en las montañas”. Fraas lamentaba que un avance tecnológico ulterior pudiera permitir la tala de árboles en elevaciones de montaña más altas y solo acelerara la deforestación.

Leyendo los libros de Fraas, Marx llegó a ver una gran tensión entre la sustentabilidad ecológica y la siempre creciente demanda de madera para alimentar la producción capitalista. La mirada de Marx dentro de la perturbación de la “interacción metabólica” entre el hombre y la naturaleza en el capitalismo va más allá del problema del agotamiento del suelo en el sentido de Liebig y se extiende hacia el problema de la deforestación. Por supuesto, como indica la segunda edición de El Capital, esto no significa que Marx hubiera abandonado la teoría de Liebig. Al contrario, seguía haciéndole honor a la contribución de Liebig como un punto esencial de su crítica de la agricultura moderna. De todas formas, cuando Marx escribió acerca de una “inconsciente tendencia socialista” en el trabajo de Fraas, es claro que ahora Marx consideraba la rehabilitación del metabolismo entre hombre y naturaleza como un proyeto central para el socialismo, con un alcance más grande que en la primera edición del volumen I de El Capital.

El interés de Marx en la deforestación no se limitaba a leer a Fraas. A principios de 1868, también leyó History of the Past and Present State of the Labouring Population de John D Tuckett, anotando los números de las páginas más importantes. En una de esas pocas páginas que Marx registró, Tuckett discute:

La indolencia de nuestros antepasados parece ser un tema de arrepentimiento, al descuidar el cultivo de árboles, así como, en muchas ocasionas, provocar la destrucción de bosques al no reemplazarlos suficientemente con plantas jóvenes. Este desperdicio general pareciera haber sido mayor justo antes de que el uso del carbón marino (para fundir hierro) fuera descubierto, cuando el consumo para el uso de hierro forjado, era tan grande que parecía que iba barrer con toda la madera y los bosques del país… Sin embargo, hoy en día las plantaciones de árboles, no solo suman a la utilidad, sino que también tienden a embellecer el país, y producen pantallas para romper las rápidas corrientes del viento… La gran ventaja de plantar largos cuerpos de bosque en un país desnudo no se percibe a primera vista. Como no hay nada para resistir los vientos fríos, al ganado ahí alimentado tiene un crecimiento atrofiado y la vegetación tiene a menudo la apariencia de estar chamuscada con fuego, o golpeada con un palo. Además, al dar calor y comodidad al ganado, la mitad del forraje lo satisface.

Aunque Marx no menciona directamente los trabajos de Fraas o Turckett después de 1868, la influencia de sus ideas se ve claramente en el segundo manuscrito del volumen II de El Capital, escrito entre 1868 y 1870. Marx ya había señalado para el manuscrito del tercer volumen que la deforestación no sería sustentable bajo un sistema de propiedad privada, incluso si podía ser más o menos sustentable cuando era dirigido bajo la propiedad estatal. Después de 1868, Marx prestó más atención al problema del sistema de robo moderno, el cual ahora expandió de la producción de cultivo para incluir la deforestación. En esta línea, Marx cita Manual of Agricultural Business Operations [Handbuch der landwirthschaftlichen Betriebslehre] (1852) de Friedrich Kirchhof, apoyando la incompatibilidad entre la lógica de el capital las características materiales de la forestación. Señala que el largo tiempo que necesita la forestación impone un límite natural, que obliga al capital a tratar de acortar el ciclo de deforestación y crecimiento lo máximo posible. En el manuscrito del volumen II de El Capital, Marx comenta un pasaje del libro de Kirchhof: “El desarrollo de la cultura y la industria en general se ha evidenciado en una enérgica destrucción del suelo tal que todo lo que se hace en el sentido opuesto, para su preservación y restauración, aparece como infinitesimal”. Ciertamente, Marx es consciente del peligro que esta deforestación causará, no solo en la escasez de madera sino también en el cambio climático, que está atado a una crisis más existencial de la civilización humana.

Una comparación con los escritos del joven Marx ilustra este desarrollo dramático de su pensamiento ecológico. En El Manifiesto Comunista, Marx y Engels escriben acerca de los cambios históricos surgidos por el poder del capital:

La burguesía, durante su dominio de unos escasos cien años, ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones anteriores juntas. La sujeción de las fuerzas naturales al hombre, maquinaria, aplicación de la química a la industria y agricultura, navegación a vapor, trenes, telégrafos eléctricos, la limpieza de continentes enteros para el cultivo, canalización de ríos, poblaciones enteras expulsadas de la tierra.

Michael Lowy criticó este pasaje como una manifestación de la actitud ingenua de Marx y Engels hacia la modernización y la ignorancia de la destrucción ecológica bajo el desarrollo capitalista: “Al rendir homenaje a la burguesía por su habilidad sin precedentes se desarrollar las fuerzas productivas”, escribe, “Marx y Engels celebraron sin reservas la “sujeción de la naturaleza por las fuerzas del hombre” y el “desmonte de continentes enteros para el cultivo” por la producción de la burguesía moderna. La lectura de Löwy sobre el “prometeísmo” de Marx pareciera ser difícil de refutar aquí, aunque Foster nos muestra otra mirada. Sin embargo, la crítica de Lowy, aunque su interpretación refleja de manera acertada el pensamiento de Marx en ese tiempo, difícilmente podría generalizarse a lo largo de toda la trayectoria de Marx, ya que su crítica al capitalismo se volvió paulatinamente cada vez más ecológica con el pasar de los años. Como vimos más arriba, la evolución de su pensamiento en los años posteriores al primer volumen de El Capital muestran que en sus últimos años, Marx se interesó seriamente en el problema de la deforestación, y es muy improbable que el Marx tardío fuera a alabar la deforestación en masa en el nombre del progreso, sin consideración alguna acerca de la regulación consciente y sostenible de la interacción metabólica entre la humanidad y la naturaleza.

 

El más amplio alcance de la crítica ecológica de Marx

El interés ecológico de Marx en este periodo también se extendió hacia la ganadería. En 1865-1866, ya había leído Rural Economy of England, Scotland, and Ireland, de Lavergne, donde el economista agrónomo francés defendía la superioridad de la agricultura inglesa. Lavegne ofrecía como ejemplo el proceso de crianza inglés, desarrollado por Robert Bakewell, con su “sistema de selección”, que permitía que las ovejas crecieran más rápida y proveyeran de más carnes, con solo la masa ósea necesaria para su supervivencia. La reacción de Marx acerca de este “avance” es sugestiva: “Se caracteriza por la precocidad, la enfermedad completa, la falta de hueso, mucho desarrollo de la grasa y de la carne, etc. Todos estos productos artificiales. ¡Asquerosos!” Estas observaciones desmienten toda imagen de Marx como un partidario acrítico de los avances de la tecnología moderna.

Desde comienzos del siglo XIX, la “nueva oveja Leicester” de Bakewell había sido importada a Irlanda, donde se las criaba junto a las ovejas autóctonas para producir una nueva raza, la Roscommon, con el objetivo de incrementar la productividad agrícola de Irlanda. Marx era completamente consciente de esta modificación artificial de los ecosistemas regionales con el propósito de la acumulación del capital, y lo rechazó a pesar de su aparente “mejoría” de la productividad: La salud y el bienestar de los animales estaba siendo subordinado a la utilidad del capital. Por lo que Marx aclaró en 1865 que este tipo de “progreso” no era ningún progreso en realidad, porque solo podía alcanzarse al aniquilar la sustentable interacción metabólica entre el ser humano y la naturaleza.

Cuando Marx volvió al tema de la ganadería capitalista en el segundo manuscrito del volumen II de El Capital, lo encontró insostenible por la misma razón que señaló acerca de la deforestación capitalista: El tiempo de producción es a menudo simplemente demasiado largo para el capital. Aquí Marx hace referencia a Political, Agricultural and Commercial Fallacies (1866) de William Walter Good:

Por esta razón, considerando que la agricultura se rige por los principios de la economía política, los terneros que solían venir al sur de los condados lecheros para su crianza, ahora son sacrificados en gran parte con una semana y diez días de edad, en el caos de Birmingham, Manchester, Liverpool y otras grandes ciudades vecinas. … Lo que estos hombrecillos dicen ahora, en respuesta a las recomendaciones de criar, es, «Sabemos muy bien que pagaría criar por la leche, pero primero nos exigiría meter las manos en nuestros bolsillos, lo que no podemos hacer, y entonces tendríamos que esperar mucho tiempo para volver, en lugar de conseguirlo de una vez por la lechería”.

 

Artículo de Monthly Review. Traducción: Florencia Alegría.

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre