• La filosofía marxista es filosofía del futuro, es decir, también del futuro ¿en? el pasado.

Fragmento de “El principio esperanza” de Ernst Bloch, El Aguilar Ediciones, 1977

La filosofía marxista es filosofía del futuro, es decir, también del futuro ¿en? el pasado; en esta conciencia concentrada de frontera, la filosofía marxista es teoría-praxis de la tendencia inteligida, una teoría-praxis viva, confiada en el acontecer, con la mirada fija en el novum. Y lo decisivo: la luz, a cuyo resplandor se reproduce e impulsa al totum en el proceso inacabado, se llama docta spes, esperanza inteligida dialéctica-materialmente. El tema fundamental de una filosofía que permanece y es porque está haciéndose, es la patria que todavía no ha llegado a ser, todavía no alcanzada, tal como se va formando y sufriendo en la lucha dialéctica-materialista de lo nuevo con lo viejo.

A esta lucha se le añade aquí un signo más. Un signo hacia adelante que permite traspasar, pero no trotar a la zaga. La significación de este signo es el “todavía no”, y de lo que se trata es de ponerse de acuerdo sobre ello. De acuerdo con lo indicado por Lenin en una frase muy alabada, pero que no ha sido igualmente tomada en serio:

«‘¿Con qué tenemos que soñar?’ Acabo de escribir estas palabras y el pánico me invade. Me imagino que me encuentro en una “conferencia de unificación” y que, frente a mí, se encuentran los redactores y colaboradores del Rabócheie Dielo. Y el camarada Martinov se levanta y se dirige a mí amenazadoramente: “Permítame usted que le pregunte: ¿tiene una redacción autónoma el derecho a ganar, sin preguntar antes al comité del partido?” Y después se levanta el camarada ¿Krichevski? y prosigue (profundizando filosóficamente al camarada Martinov, que ya hacía mucho que había profundizado al camarada Plejánov) en tono aún más amenazador: “Continuo. Pregunto si un marxista tiene el derecho a soñar, a no se que olvide que, después de Marx, la humanidad sólo puede plantearse cometidos que está en su mano resolver, y que la táctica es un proceso del crecimiento de los cometidos, los cuales crecen junto con el partido.”

Solo el imaginarse estas amenazadoras preguntas, hace que me recorra un escalofrío, y mi único pensamiento es el de dónde podría esconderme. Trataré de esconderme detrás de Pisarev.

“No todas las escisiones son iguales las unas a las otras”, escribió Pisarev sobre la escisión entre sueño y realidad. “Mis sueños pueden traspasar el curso natural de los acontecimientos, pueden descaminarse, es decir, lanzarse por caminos que el curso natural de los acontecimientos no puede nunca recorrer. En el primero de los casos, la ensoñación es completamente inofensiva; puede incluso impulsar y robustecer la fuerza activa del trabajador… Estos sueños no tienen nada en sí que aminore o paralice la fuerza creadora. Muy al contrario. Si el hombre no poseyera ninguna capacidad para soñar así, no podría tampoco traspasar aquí y allí su propio horizonte y percibir en su fantasía como unitaria y terminada la obra que empieza justamente a surgir entre sus manos, me sería imposible imaginarme en absoluto qué motivos podrían llevar al hombre a echar sobre sus hombros y conducir a término amplios y agotadores trabajos en el terreno del arte, de la ciencia y de la vida práctica. La escisión entre sueño y realidad no es perjudicial, siempre que el que sueñe, crea seriamente en su sueño, siempre que observe atentamente la vida, siempre que compare sus observaciones con sus quimeras y siempre que labore concienzudamente en la realización de lo soñado. Si se da un punto cualquiera de contacto entre el sueño y la vida, puede decirse que todo está en orden.”

Los sueños de esta especie son, desgraciadamente muy escasos en nuestro movimiento. Y la culpa la tienen principalmente aquellos que se vanaglorian de lo sobrios que son, de lo cercanos” que se hallan a lo “concreto”: es decir, los representantes de la crítica legal y de los representantes de una política no legal de llevar la cola a los demás”» (Lenin: «Was tun?” [«¿Qué hacer?»] Ausgewälte Werke, 1946, I, pag. 315)

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