Por Ale Kur

En el seno de la izquierda norteamericana se ha abierto un debate de suma importancia estratégica. Con el crecimiento de la nueva generación militante socialista se volvió necesario volver a las viejas discusiones. En la Revista Jacobin se ha procesado la discusión sobre las vías al socialismo: si a través de la lucha revolucionaria por el poder o por la “vía democrática” electoral.

 

1) Introducción

En la revista norteamericana Jacobin comenzó a desarrollarse hace varios meses un muy interesante debate acerca de las vías estratégicas para alcanzar el socialismo[1]. Este debate tuvo uno de sus puntos álgidos en el artículo “Por qué Kautsky tenía razón”[2], de Eric Blanc -historiador y activista de los Democratic Socialists of America (DSA)-. Luego de varias réplicas de diversos autores, algunas de las posiciones centrales fueron resumidas en el artículo “¿Qué vía al socialismo? Una conversación con Eric Blanc y Charlie Post”[3].

Eric Blanc (de ahora en más E.B.) realiza en sus artículos una reivindicación de la figura y los planteos estratégicos de Karl Kautsky, uno de los principales teóricos del Partido Socialdemócrata alemán (fundador y editor de su revista Die Neue Zeit) desde la década de 1880, y probablemente la figura intelectual más influyente en la Segunda Internacional tras la muerte de Engels en 1895[4]. No se trata, sin embargo, de una reivindicación de toda su trayectoria: E.B. sostiene que luego de 1910 Kautsky ingresó en una deriva abiertamente reformista, y disocia al jóven Kautsky (al que considera progresivo) de ese Kautsky tardío, que habría roto con sus posiciones previas.[5]

Pero la discusión que Blanc plantea sobre Kautsky no se trata de una mera polémica historiográfica, sino de una cuestión mucho más profunda y relevante para el movimiento socialista en la actualidad. Lo que E.B. sostiene es que los fundamentos estratégicos planteados por Kautsky antes de 1910 conservan plena vigencia para los países capitalistas democráticos, defendiendo lo que él denomina como “vía democrática al socialismo”. A su vez, Blanc realiza este planteo como una polémica explícita contra la estrategia desarrollada desde 1917 por Lenin (y luego por toda la Tercera Internacional), aunque aclara que la estrategia que él defiende “es diferente de la socialdemocracia e incluso es diferente del socialismo democrático de alguien como Salvador Allende[6].

Ahora bien: más allá de los problemas estratégicos generales ¿cuál es el sentido político-práctico de esta discusión en el mundo actual? El propio E.B responde a esta pregunta: “Una de las implicaciones prácticas de este debate se refiere a la seriedad con la que tomamos la política electoral, si los radicales deben abstenerse o limitarse a las campañas de propaganda de izquierda, o si debemos aprovechar plenamente las oportunidades presentadas por campañas como la de Bernie Sanders y Jeremy Corbyn.[7]

Es decir: en última instancia, el correlato político-práctico que E.B. atribuye en el mundo actual a la “vía democrática al socialismo” es que los socialistas deben volcarse de lleno a apoyar candidaturas como las de Bernie Sanders, aceptando inclusive que estas se realicen bajo el sello del Partido Demócrata (por lo menos, como táctica mientras no haya condiciones para lanzar partidos socialistas independientes de masas, como desarrolla en otros artículos[8]).

En este artículo nos interesa responder a los planteos estratégicos realizados por E.B. retomando sus propios argumentos y ejes (sin detenernos en el debate alrededor de la figura de Kautsky, ni en las cuestiones de orden táctico como si la izquierda debe o no apoyar la candidatura de Sanders). La importancia del debate estratégico es que establece el conjunto de criterios alrededor de los cuales se ordena la intervención de los socialistas, y por lo tanto, sirve para discernir cómo hay que encarar los diversos dilemas políticos que se presentan. Sin criterios estratégicos realmente revolucionarios, se corre el riesgo de construir corrientes socialistas que terminen siendo impotentes a la hora de transformar la realidad, que terminen adaptadas al sistema y neutralizadas como factor de cambio. En este sentido, citamos las palabras de Roberto Sáenz, dirigente de la corriente internacional Socialismo o Barbarie:

“Planteado el problema desde un punto de vista más general, la estrategia es aquello que da sentido y anuda cada uno de los eventos parciales, tácticos, de la lucha. La conquista del poder político es el objetivo final, y el objetivo final es el alma de cada lucha, sin el cual ni siquiera se tiene una verdadera lucha de clases, como decía Rosa [Luxemburgo]: “¿Qué es lo que realmente constituye el carácter socialista de nuestro movimiento? Las luchas prácticas reales caen en tres categorías: la lucha sindical, la lucha por reformas sociales, y la lucha por democratizar el estado capitalista. ¿Son realmente socialistas estas tres formas de nuestra lucha? Para nada (…). Entonces, ¿qué es lo que nos hace a nosotros un partido socialista en las luchas de todos los días? Sólo puede ser la relación entre estas tres luchas prácticas y nuestro objetivo final. Es sólo el objetivo final el que constituye el espíritu y el contenido de nuestra lucha socialista, el que lo transforma en una lucha de clases” (Rosa Luxemburgo, “Intervenciones en el Congreso de Stuttgart”, octubre 1989).

Cuando hablamos de estrategia, entonces, nos referimos a que cualquier logro parcial, cualquier conquista sindical, cualquier obtención parlamentaria, debe pensarse y llevarse a efecto en la perspectiva estratégica del poder de la clase obrera y de la construcción del partido revolucionario como palanca consciente e imprescindible para esa perspectiva. Y de un partido que no se haga rutinario, que no se acomode a los “grandes logros”, que no se autoproclame “campeón del mundo” antes de dar el verdadero combate (la lucha por el poder), sino que sepa aprovechar cada conquista parcial para fortalecerse de manera orgánica, para ampliar sus filas y radio de acción en el seno de la clase obrera y para prepararse de manera sistemática, a través de las diversas tareas parciales y de las luchas cotidianas de la clase obrera, en la perspectiva del poder, apuntando a ganar a las masas.[9]

A partir de estas concepciones, señalaremos desde el comienzo que en nuestra opinión E.B. hace una síntesis fundamentalmente equivocada de la orientación estratégica que deben adoptar las corrientes socialistas[10]. Sin embargo, el debate planteado por E.B. parte de problemáticas estratégicas serias y reales, y por lo tanto requiere una respuesta que intente ser seria, sin evasivas ni tergiversaciones que solo sirven para “sacarse de encima” el debate pero no cumplen ningún rol políticamente educativo.

2) La reapertura del debate estratégico, los DSA y el ingreso a escena de una nueva generación

Antes de introducirnos de lleno en el debate, queremos señalar primero algunas cuestiones en relación a la existencia misma de esta discusión y su contexto histórico.

En primer lugar, más allá de la posición que uno tenga respecto a las opiniones sostenidas por E.B., es importante reconocer el valor de que se vuelvan a discutir cuestiones estratégicas en la izquierda norteamericana, y especialmente en el marco de los DSA.[11]Una organización que ya superó los 60 mil afiliados en todo el país, que tiene un importante crecimiento en su militancia y en su impacto político (siendo, por ejemplo, un importante factor en la elección de diputadas nacionales como Alexandria Ocasio-Cortez, o de 6 concejales socialistas en Chicago), y que es actualmente la principal organización de la izquierda norteamericana.[12]

Los DSA, organización cuyo núcleo inicial fue fundado en la década de 1970 por Michael Harrington, comenzaron siendo una organización miembro de la Internacional Socialdemócrata, de características reformistas tradicionales. La estrategia impulsada por Harrington durante décadas fue el llamado Realineamiento, posición que consistía en intentar transformar el Partido Demócrata de EEUU en un partido de tipo socialdemócrata o laborista similar a los que existieron en Europa durante todo el siglo XX. Para esto sostenía que los sectores progresistas, los movimientos sociales y los luchadores debían ingresar en el Partido Demócrata y transformarlo desde adentro.

Pero en la década de 2010, al calor de la crisis mundial, de movimientos como Occupy Wall Street y especialmente luego de la campaña de apoyo a Bernie Sanders en 2016, una nueva camada de militantes ingresó a los DSA, multiplicando el tamaño de la organización y transformando su carácter político. La nueva camada, bastante más a la izquierda que su dirección tradicional, reabrió las discusiones políticas y estratégicas, abandonando en los hechos la perspectiva del Realineamiento, llevando a los DSA a romper con la Internacional Socialdemócrata y adoptando posturas más radicalizadas en varios temas (por ejemplo, en la cuestión de Palestina, en el tipo de actividad a desarrollar en el movimiento obrero, etc.). Sin embargo, este cambio de caracter todavía no cristalizó hasta el momento en una nueva perspectiva estratégica que venga a reemplazar con claridad a la anterior.

Es en ese marco que hay que contextualizar el debate en las páginas de Jacobin. La importancia del debate en curso radica en que, entre otras cosas, sirve para establecer los cimientos de una nueva armazón teórica, política y estratégica para los DSA, cuestión que puede ser decisiva para el futuro de la izquierda norteamericana por el gran peso que está adquiriendo dicha organización.

Este debate, por lo tanto, debe tomarse como parte integral del proceso que desde la corriente Socialismo o Barbarie denominados recomienzo histórico de la experiencia de los explotados y oprimidos. Concepto que tiene como punto de partida la apertura de un nuevo ciclo histórico luego de la caída de la Unión Soviética a comienzos de la década de 1990, que produjo en amplios sectores de la izquierda una profunda crisis programática y estratégica. Sin embargo, contra los deseos de los ideólogos neoliberales, la historia no terminó allí, sino que rápidamente comenzó a dar nuevas oportunidades para relanzar la pelea por el socialismo. Esta vez, de la mano de una nueva generación (los llamados millenials y centennials), que ingresaron a su vida política consciente en un mundo dominado en su totalidad por los efectos de la crisis capitalista y la globalización neoliberal, atravesado por rebeliones populares y protestas masivas.

Esa nueva generación en todo el mundo está haciendo sus primeras experiencias políticas, movilizándose ampliamente por los derechos de las mujeres y las personas LGTB, contra el racismo y la xenofobia, por la defensa del medio ambiente, contra las políticas de austeridad, etc. Y en países como EEUU comienza a valorar positivamente, en una amplia proporción, el concepto del socialismo, más allá de una relativa ambigüedad a la hora de definirlo.[13]

Es precisamente de esa nueva generación de la que se nutren en gran parte las organizaciones como los DSA (y también nuestra propia organización, el nuevo MAS y la corriente internacional Socialismo o Barbarie)Por ello hay que comprender que la reapertura en su interior del debate estratégico significa, para toda una amplia camada de (muy jóvenes) nuevos militantes socialistas, una de las primeras oportunidades de reflexionar y debatir conscientemente acerca de los objetivos de su lucha y los medios para llegar a ellos. Esto requiere que el debate estratégico sea abordado, por un lado, con completa seriedad y sin concesiones, ya que se trata de incidir en la formación política de toda una nueva generación. Pero por otro lado, requiere también evitar todo sectarismo y “doctrinarismo”, como sería exigirle a la nueva generación que aparezca en la escena política sin ingenuidades, sin confusiones y con una comprensión acabada de todo lo que debe ser hecho.[14]

3) La “vía democrática al socialismo” presentada por Eric Blanc

Comenzaremos por intentar resumir aquí el punto de vista desarrollado por E.B. en los dos artículos que mencionamos más arriba. El argumento central utilizado por E.B. es que, en los países capitalistas con fuertes tradiciones democráticas, no han existido hasta ahora históricamente revoluciones socialistas triunfantes al estilo, por ejemplo, de la Revolución Rusa de 1917: “No sólo nunca ha habido un movimiento socialista insurreccional victorioso bajo una democracia capitalista, sino que solo una pequeña minoría de trabajadores ha apoyado nominalmente la idea de una insurrección.”[15]

E.B. señala que la legitimidad de los sistemas democráticos impide que los trabajadores tiendan a desarrollar organismos de doble poder (como los soviets).. En cambio, retoma la idea kautskiana de que la clase trabajadora tendería naturalmente a buscar cambios favorables a través de las instituciones existentes, del ejercicio del voto, etc: “Su argumento era simple: la mayoría de los trabajadores en los países parlamentarios generalmente buscaría usar movimientos de masas legales y los canales democráticos existentes para promover sus intereses.”[16]

De esto desprende que en los países capitalistas democráticos sería necesario abordar un modelo estratégico diferente al de la Revolución Rusa. E.B. plantea que, para hacer posible una ruptura anticapitalista, sería necesario que primero los socialistas obtengan, a través del sufragio universal, un triunfo electoral que les permita conformar gobierno dentro de las instituciones representativas existentes (parlamentos, presidencia, etc.):

“La idea central de esta estrategia es que, en condiciones de democracia parlamentaria, es muy probable que el camino hacia el socialismo tenga que pasar por la elección mediante sufragio universal de un partido obrero al gobierno. Tal gobierno, en alianza con las luchas desde abajo, trataría de democratizar el estado existente e implementar cambios anticapitalistas en la economía, llevando a la minoría de la clase dominante a recurrir al sabotaje antidemocrático del gobierno electo y el proceso revolucionario. Derrotar esta reacción, a través del poder de la acción de masas, así como de las acciones de nuestros representantes elegidos, culminaría en una ruptura completa con el control capitalista sobre la economía y el estado”.[17]

E.B. profundiza también en la cuestión de cómo debe un gobierno socialista responder a la inevitable reacción de las clases dominantes, citando a autores como Ralph Miliband y el propio Kautsky:

“Kautsky argumentó que la resistencia a un gobierno socialista elegido democráticamente también debería esperarse dentro de las estructuras estatales existentes, y en primer lugar, de las fuerzas armadas. Por lo tanto, siempre insistió en que derrocar al gobierno capitalista requería la disolución del ejército y el armamento del pueblo (…)”

“Para derrotar a esa resistencia de la clase dominante, Kautsky abogó por que los trabajadores usen el arma de una huelga general. También afirmó que aunque los marxistas deseaban y abogaban por una revolución pacífica, deben estar preparados para usar la fuerza si es necesario para mantener su mandato democrático. Los capitalistas no renunciarían a la violencia, incluso si los socialistas lo hicieran “.[18]

En este mismo sentido, E.B. reconoce que el Estado capitalista tal como existe hoy no sirve para llevar adelante una transformación socialista, y que necesariamente hay que prepararse para una revolución que “quiebre el poder económico y político de la clase capitalista[19]. Más aún, señala que “también es muy probable que necesitemos la aparición de algunas formas de instituciones de doble poder, de abajo hacia arriba, que se pueden combinar con (en lugar de reemplazar) organismos representativos elegidos por sufragio universal.”[20] Pero el autor sostiene que dicha revolución sólo podría ocurrir si primero los socialistas llegaran al gobierno de manera democrática: “Sin ganar primero una elección democrática, los socialistas no tendrán la legitimidad popular y el poder necesarios para liderar efectivamente una ruptura anticapitalista “.[21]

E.B señala como ejemplo histórico exitoso de la “vía democrática al socialismo” el caso finlandés. Citamos sus propias palabras:

“La viabilidad de la estrategia de Kautsky en la práctica fue demostrada por la Revolución Finlandesa de 1917–18. (…) A través de una paciente organización y educación de la conciencia de clase, los socialistas finlandeses obtuvieron la mayoría en el parlamento en 1916, llevando a la derecha a disolver la institución en el verano de 1917, lo que a su vez provocó una revolución liderada por los socialistas en enero de 1918. La preferencia de la socialdemocracia finlandesa por una estrategia parlamentaria defensiva no le impidió derrocar al gobierno capitalista y dar pasos hacia el socialismo.”[22]

Por otra parte, E.B. también reconoce que la mayor parte de los gobiernos “de izquierda” surgidos del sufragio universal en el marco de las instituciones democrático-burguesas no ha intentado seguir realmente el camino de una ruptura anticapitalista. Pero sostiene que aún así, es posible y necesario “empujar” en esa dirección a ese tipo de gobiernos:

“Desafortunadamente, esta estrategia se ha intentado en la práctica pocas veces desde Finlandia. Durante casi un siglo, gran parte de la extrema izquierda ha sido políticamente desorientada y marginada por los intentos de generalizar la experiencia bolchevique a contextos políticos no autocráticos. Al mismo tiempo, la gran mayoría de los gobiernos de izquierda electos nunca han tratado de seguir el camino sugerido por Kautsky debido a la presión moderadora de la burocratización del movimiento obrero y al inmenso poder económico de la clase capitalista. Estos son obstáculos serios para cualquier estrategia socialista. Pero no son insuperables. La experiencia finlandesa y el historial histórico posterior indican que empujar a los gobiernos de izquierda por el camino hacia la ruptura requiere una corriente influyente de organizadores marxistas comprometidos a luchar por una estrategia socialista democrática y dispuestos a impulsar el proceso revolucionario frente a las inevitables presiones de capitalistas y de los dirigentes moderados del movimiento obrero”.[23]

Por último, E.B. reconoce también que la “vía democrática” tampoco produjo casos realmente exitosos de transición al socialismo, pero sostiene que este enfoque por lo menos estuvo cerca de ser adoptado por una mayoría de los trabajadores, a diferencia del “enfoque insurreccional”:

“Si observamos los últimos 150 años, la dura realidad no es solo que nunca ha habido una lucha victoriosa para derrocar a un estado parlamentario y poner el poder en órganos de poder dual. El punto no es solo que no ha sucedido (tampoco ha habido una transformación democrático-socialista duradera). Pero, a diferencia del socialismo democrático, el enfoque insurreccional nunca ha estado cerca de ser adoptado por la mayoría de los trabajadores bajo un régimen parlamentario.”[24]

4) Los socialistas, la estrategia revolucionaria y la política electoral

En la polémica suscitada por el artículo de E.B. vienen interviniendo diversos autores, algunos de los cuales defienden la perspectiva clásica defendida por Lenin en obras como “El Estado y la Revolución” (1917). Entre ellos, la revista Jacobin destaca el intercambio con Charlie Post. Aunque los planteos realizados por Post son genéricamente correctos, no responde de manera convincente el argumento principal esgrimido por Eric Blanc: la supuesta necesidad (y posibilidad) de que la izquierda obtenga un triunfo electoral como paso previo a cualquier posible ruptura anticapitalista. Más aún, Post esboza una definición que resulta unilateral, minimizando la importancia de los organismos representativos del Estado burgués (“tomar el poder principalmente a través del parlamento significa ocupar un cargo en lo que se ha convertido cada vez más en una cáscara vacía.[25]).

También han intervenido en el debate otros autores marxistas como Nathaniel Flakin[26] y Matías Maiello[27], que en sus artículos analizaron cuestiones como la problemática de que la izquierda apoye candidatos del Partido Demócrata, las formulaciones kautskianas de una estrategia “de desgaste” y una estrategia “de derrocamiento”, el rol histórico de la socialdemocracia alemana, el problema de la relación entre el movimiento socialista y la pelea anti-imperialista, y la cuestión de los organismos de doble poder en los países “democráticos”. Estos artículos también realizan interesantes aportes, aunque tampoco parecen responder al punto central del planteo de Eric Blanc.

Por estas razones, en las siguientes páginas queremos abordar lo aquí consideramos como problemática central de los argumentos de E.B.: que mientras subsistan las formas político-institucionales del Estado burgués y del poder capitalista, las únicas fuerzas “de izquierda” o “socialistas” con posibilidades reales de obtener un triunfo mediante el sufragio universal son las corrientes reformistas-institucionalistas, frentepopulistas o partidarias de la conciliación de clases, corrientes que conciben el cambio social solamente en el marco de las instituciones existentes, y que por lo tanto no quieren ni pueden llevar adelante ningún tipo de ruptura anticapitalista (ni tampoco pueden ser “empujadas” a hacerlo)[28]. Esto se desprende de la naturaleza misma del sufragio universal, de las fuerzas sociales que intervienen en él y que definen sus resultados (cuestión que desarrollamos en el siguiente apartado).

De esta forma, las dos grandes premisas que Eric Blanc sostiene en sus artículos aparecen en el proceso histórico real chocando entre sí: una ruptura anticapitalista nunca puede ocurrir bajo la dirección de las fuerzas reformistas (es decir, las únicas que hasta ahora obtuvieron triunfos electorales mediante el sufragio universal[29]), sino que sólo podría desarrollarse victoriosamente como resultado de la puesta en pie -por parte de una muy amplia porción de la clase trabajadora- de organismos de autodeterminación popular como los soviets, consejos obreros, etc., de la construcción de partidos socialistas revolucionarios que puedan ganar la dirección política de esos organismos, y eventualmente de la conquista -por parte de esos organismos democráticos de masas- de la totalidad del poder político. Si bien es cierto que las cosas hasta ahora nunca llegaron tan lejos en los países democrático-burgueses[30], no compartimos que no puedan hacerlo en un futuro, cuestión que retomaremos en el apartado final de este artículo.

En los siguientes apartados desarrollaremos varios de los elementos que mencionamos hasta ahora.

4.1) Los límites estructurales del “sufragio universal” en la sociedad capitalista

El modelo estratégico planteado por E.B. implica, como vimos, la centralidad en la política socialista de las instituciones representativas del régimen democrático-burgués. Por ello comenzaremos por analizar las dificultades intrínsecas que plantea este terreno.

Mientras la clase capitalista continúe siendo la clase dominante, el mecanismo del sufragio universal presenta un profundo límite estructural: en sus resultados el peso del número se impone siempre por sobre el peso de la conciencia, diluyendo a los elementos más avanzados entre los más atrasados[31]. De esta forma, resulta muy improbable que puedan obtener un triunfo electoral las fuerzas realmente comprometidas con una ruptura anticapitalista, por varias razones.

Por un lado, en toda sociedad burguesa existen amplios sectores, con un fuerte peso numérico, que muy difícilmente puedan ser  ganados mayoritariamente para el socialismo: las clases medias, los pequeños propietarios (rurales y urbanos), comerciantes, cuentapropistas, etc. Clases cuya propia experiencia económico-social de vida posee una naturaleza mayormente individual y fragmentaria, y que por ello muy difícilmente puedan desarrollar una cosmovisión y valores colectivistas[32].

Pero por otro lado, inclusive la propia clase trabajadora difícilmente pueda volverse uniformemente socialista mientras el capital sea la clase socialmente dominante. Esto parte de un problema muy profundo: aunque la clase trabajadora sí realiza una experiencia económico-social de naturaleza colectiva (desde el propio proceso productivo y su concentración en la industria, servicios, etc.) y aunque está desprovista de cualquier vínculo de propiedad con los medios de producción, la conciencia socialista tampoco nace “espontáneamente” de su experiencia cotidiana, sino que debe ser desarrollada en un proceso que incluye la intervención activa de los socialistas y que debe vencer fuertes resistencias del “sentido común”.

Esto se debe a que la sociedad capitalista educa y socializa a todas las personas en los valores y cosmovisión del propio sistema[33]. Es decir, en una mentalidad que implica naturalizar, por lo menos hasta cierto punto, la existencia del propio sistema capitalista, de la propiedad privada de los medios de producción, de las instituciones del régimen, de un conjunto de jerarquías sociales que implican una profunda desigualdad en todos los terrenos: jerarquías de clase y de riqueza, de género, étnico-raciales, etc. Mentalidad que también implica naturalizar a la política como una esfera separada y ajena a la vida cotidiana de las personas “comunes y corrientes”, de la que se encargan exclusivamente los “especialistas” (es decir, los políticos profesionales, los economistas del régimen, etc.), y con la que solo tienen que relacionarse en el momento de las elecciones.

Además, en esta sociedad se instala desde la mismísima infancia la idea de que impera una especie de “ley de la jungla” donde cada persona solo puede progresar individualmente, muchas veces a costa de los demás. En la vida del trabajador, esto se agrava cotidianamente porque el sistema pone a competir a unos con otros por los mismos recursos escasos: puestos de trabajo (especialmente los mejores remunerados y con mejores condiciones laborales), vacantes en los servicios públicos, mecanismos de ayuda estatal, etc. En muchas ocasiones, los sectores reaccionarios manipulan con cierto éxito esta competencia para instalar un discurso “meritocrático” elitista y excluyente, así como para atizar los prejuicios racistas, xenófobos, machistas y de todo tipo.[34]

De esta forma, como señala Lenin[35], la propia experiencia cotidiana de la clase trabajadora no produce por sí sola una conciencia política socialista, sino que en el mejor de los casos permite desarrollar una conciencia “tradeunionista”, sindicalista o reformista, que cuestiona aspectos parciales de la realidad (salario, condiciones laborales, desempleo, seguridad social y servicios públicos, etc.) pero que no llega por sí sola a articular un proyecto de sociedad alternativo, una visión globalmente diferente de todo lo que existe. Esta visión sólo puede desarrollarse “a contracorriente” del sentido común instalado y de las fuerzas gravitatorias más poderosas de la sociedad (que tironean a la clase trabajadora en la dirección de mantenerse dentro de lo existente), y en un largo y complejo proceso que incluye necesariamente la intervención activa de las organizaciones socialistas[36]. De esta manera, es prácticamente inevitable (mientras subsista el capitalismo) que inclusive entre la clase trabajadora continúen existiendo sectores atrasados, conservadores, apolíticos, etc., imposibles de ganar para el socialismo, inclusive en las situaciones de mayor radicalización de masas.

Junto a lo anterior, es imposible soslayar que -a la hora de hacer campañas electorales- los enormes recursos económicos de la burguesía y sus partidos le permiten  propagandizar a sus candidatos en un nivel cualitativamente superior a los socialistas, llegando así a capas mucho más profundas de la sociedad (incluyendo aquí a las capas más periféricas, atrasadas y dispersas de la clase trabajadora) y obteniendo así una fuerte ventaja numérica sobre los socialistas.

De lo dicho hasta ahora se desprende que, mientras subsista la estructura económico,social, política y cultural forjada por el capitalismo, el terreno del sufragio universal será siempre ampliamente desfavorable a los partidos socialistas y obreros, y ampliamente favorable a las corrientes políticas burguesas y pequeñoburguesas[37]. Pero todavía resta por considerar el problema más importante planteado por la “vía democrática”: el peso electoral dominante que tiende a ejercer el reformismo sobre una mayoría numérica de la clase trabajadora.

4.2) El obstáculo de la conciencia y las direcciones reformistas

De la cuestión de las formas “espontáneas” de conciencia de la clase trabajadora se desprende una dificultad muy profunda y decisiva para cualquier estrategia de ruptura anticapitalista. Mientras el sistema capitalista se encuentre en condiciones de relativa estabilidad, lo normal es que entre las franjas mayoritarias del proletariado -inclusive entre sus sectores más proclives a un cambio social progresivo- tienda a imponerse un estado de ánimo relativamente “pacifista”, institucionalista, reacio a los grandes choques sociales y a los desafíos frontales al orden existente. E.B señala esta misma cuestión (aunque generalizándola erróneamente más allá de las condiciones históricas actuales) cuando sostiene que en los países democráticos, la gran mayoría de la clase trabajadora “quiere avanzar sus intereses a través de las instituciones existentes” y que no apoya posiciones de tipo insurreccionales.

Pero E.B. no lleva hasta el final las conclusiones de este problema. Porque mientras predomina ese estado de ánimo conciliador, las corrientes políticas (y sindicales) que consiguen arraigarse más masivamente entre la clase trabajadora tienden a ser siempre las corrientes reformistas, frentepopulistas y partidarias de la conciliación de clases (inclusive cuando esas corrientes son nominalmente socialistas). Este tipo de corrientes se oponen, por su propia naturaleza, a cualquier clase de ruptura anticapitalista y de proceso revolucionario, jugando un rol de contención en la lucha de clases y contribuyendo siempre a mantener el orden social. En condiciones de estabilidad o de baja radicalización política, estas corrientes y sectores (muchas veces apoyadas o por lo menos toleradas selectivamente desde las patronales y el Estado capitalista) pueden sostener sus posiciones hegemónicas en la clase trabajadora sin que los sectores más radicalizados de las bases obreras signifiquen un desafío existencial a ellas, por lo menos a gran escala[38].

Inclusive cuando las condiciones políticas se modifican, cuando el orden político-económico-social se desestabiliza, se agudizan los choques entre las clases y se procesa una radicalización de amplios sectores, la conciencia de las masas (especialmente de su mayoría numérica) no se modifica de manera automática, sino que opera una especie de “inercia” que tiende a mantenerla varios pasos por detrás de las condiciones objetivas. El impulso inicial de la gran mayoría de la clase trabajadora sigue siendo en estos casos el de intentar modificar la situación a su favor a través del voto, y más en particular, del voto a esas mismas corrientes reformistas, frentepopulistas y partidarias de la conciliación de clases .

Por esta razón, son precisamente esas corrientes las que tienen alguna chance de ser electas al gobierno a través del sufragio universal en el marco de la democracia burguesa, como ocurrió en varias ocasiones históricas[39]. Pero nuevamente, por su propia naturaleza, estas corrientes jamás utilizaron los elementos de “legitimidad democrática” resultantes de las elecciones como palanca para derrotar al capital y desmantelar las instituciones antidemocráticas del sistema.

Por el contrario, en las experiencias históricas realmente existentes, dichos gobiernos respetaron siempre a rajatabla la legalidad e institucionalidad del régimen, incluyendo la integridad de sus fuerzas armadas y de seguridad, de sus sistemas judiciales, etc. Más aún, estos gobiernos utilizaron su enorme influencia sobre los sectores populares para llamarlos a no desbordar las instituciones existentes (e inclusive las reprimieron cuando lo hicieron), para mantener la paz social y evitar que las masas tomaran en sus propias manos el desarrollo de una ruptura anticapitalista. De esta manera, lo que objetivamente consiguieron esos gobiernos fue obstaculizar e impedir el desarrollo de esa ruptura (allí donde estaba planteada como posibilidad por el grado de radicalización de amplios sectores[40]), o como mínimo contribuir a la reabsorción e institucionalización de las luchas populares, neutralizándolas. Esta orientación llevó siempre al fracaso de esos gobiernos “socialistas”: sea por la vía de rendirse ante el sistema y no intentar hacer ningún cambio profundo, sea por la vía de ser derrocados por la reacción (ante su incapacidad estructural para enfrentarla), o por una combinación de ambas. En todos los casos, el resultado posterior fue una profunda desmoralización popular, un retroceso de la organización y la conciencia.

Tomemos en consideración, por ejemplo, el caso que Blanc plantea como una demostración empírica de las (supuestas) posibilidades que abre el triunfo electoral de las fuerzas socialistas: el de la experiencia de Finlandia (1916-1918)[41].

El partido socialdemócrata, que había sido votado por una mayoría de los finlandeses en las elecciones parlamentarias de 1916, no encabezó con seriedad ninguna ruptura anticapitalista: fue arrastrado por los hechos a una guerra civil cuyos dirigentes querían evitar a toda costa, y para la cual no habían preparado a la clase trabajadora en lo político ni en lo material. Más allá de que, como dice E.B., una derrota por sí sola no necesariamente invalida la estrategia utilizada (ya que en ciertas ocasiones las relaciones de fuerza objetivas pueden ser desfavorables más allá de cualquier intervención subjetiva), en el caso de Finlandia la orientación defensiva kautskiana llevó a que el enfrentamiento decisivo ocurra en condiciones totalmente desfavorables para la clase trabajadora (como sostiene Víctor Serge en su obra “El año 1 de la Revolución Rusa”)[42].

De todo lo anterior se desprende que un triunfo electoral de las fuerzas reformistas y frentepopulistas no contribuye estratégicamente a una auténtica ruptura anticapitalista. En todo caso, la experiencia con ese tipo de gobiernos puede ser un estadío más en el desarrollo de la conciencia de los trabajadores, un paso que muchas veces tiende a darse en los procesos históricos de radicalización (como resultado del intento, por parte de los trabajadores, de hacer avanzar primero sus intereses por las vías institucionales, antes de decantarse por otras vías). Un paso que además está lleno de contradicciones, porque puede desembocar tanto en elementos de mayor radicalización (porque sectores de masas puedan tomar el triunfo electoral como señal de largada para pelear a fondo por sus reivindicaciones) como en elementos de desmovilización (por la confianza en que las cosas sean resueltas desde arriba por esos gobiernos) e inclusive en frustración y retroceso en la conciencia (ante el fracaso de esos gobiernos para lograr mejoras reales para la clase trabajadora).

Pero en cualquier caso, por más que las fuerzas reformistas ganen las elecciones, el problema estratégico fundamental sigue siendo el mismo que si no lo hicieran: para que se abran posibilidades de una auténtica ruptura anticapitalista, se vuelve necesario que franjas masivas de la clase trabajadora construyan sus propios organismos de autodeterminación democrática (es decir, organismos de doble poder), que superen a las direcciones conciliadoras (inclusive a las que hayan ganado las elecciones) y que peleen por tomar el poder en sus propias manos. Por lo tanto, contribuir a ese objetivo es el criterio fundamental que debe ordenar la estrategia socialista, y no la búsqueda de triunfos electorales.

4.3) La estrategia centrada en obtener una mayoría electoral conduce inevitablemente al oportunismo

Nos centraremos ahora en otro aspecto del problema de la estrategia socialista: el de las consecuencias que tiene, para las corrientes genuinamente rupturistas, centrar toda su orientación en el objetivo de obtener un triunfo electoral mediante el sufragio universal. Lo que aquí consideramos es que esa orientación sólo puede llevar a desnaturalizar esas corrientes y quitarles todo filo real, transformándolas eventualmente en corrientes “no rupturistas” (es decir, reformistas).

Centrar la estrategia en obtener un triunfo electoral implica que inclusive la izquierda más radicalizada deba entrar en una carrera de adaptación al sentido común “moderado” e institucionalista de las grandes mayorías (es decir, tanto de las clases medias como de los sectores menos avanzados de los trabajadores), con el objetivo de alcanzar los votos necesarios para gobernar. Es una espiral que le va quitando al programa socialista toda su profundidad, todo su filo, hasta hacer que ya no sea un programa de “ruptura” sino un programa de gestión progresista de la sociedad burguesa (es decir, el único programa que es “votable” por una mayoría numérica de la sociedad). Eventualmente, esta misma lógica termina también llevando en muchas ocasiones a la conformación de “frentes amplios” con fuerzas pequeñoburguesas o burguesas “progresistas”, a una lógica de “gobiernos de coalición” donde finalmente no quedan ni rastros de la búsqueda de una “ruptura” con el sistema. Todas estas derivas están contenidas en la misma necesidad de volverse una opción electoralmente “mayoritaria”.

Junto a lo anterior, una orientación estratégica centrada en obtener un triunfo electoral termina, por su propia lógica, llevando a subordinar toda intervención en la lucha de clases directa a criterios meramente electoralistas (y por lo tanto oportunistas). Sin querer aquí minimizar la importancia de las elecciones para la formación de la conciencia y el crecimiento de los partidos socialistas, el terreno de la propia lucha directa de las masas sigue siendo el más decisivo para la transformación de las relaciones de fuerza entre las clases, para la creación de conciencia y organización de las masas populares, como señala correctamente Rosa Luxemburgo en todas sus obras. Ninguna campaña electoral socialista, por más avanzada que sea, podrá superar jamás en su función pedagógica a la propia experiencia realizada por las masas en su lucha en las calles, en las fábricas, en todos los terrenos donde se expresen de manera directa y sin mediaciones. Inclusive desde el punto de vista de la conquista de reivindicaciones puntuales y específicas, estas siempre se obtuvieron como subproducto de grandes luchas populares, y sólo secundariamente como resultado de la agitación parlamentaria y electoral.

Por último, orientar a un partido socialista al objetivo de obtener una mayoría electoral produce también una consecuencia muy grave: tiende inevitablemente a exacerbar su carácter conservador en relación a las “posiciones conquistadas” en el terreno parlamentario, sindical, organizativo, etc. La lógica de obtención de una mayoría electoral requiere de una estrategia de “acumulación indefinida”, donde permanentemente se avance en la conquista de nuevas posiciones (y en el desarrollo del aparato organizativo que eso requiere), y donde no se pierda ninguna de las posiciones ya conquistadas. Esto lleva muy fácilmente a que las organizaciones desarrollen un poderoso instinto conservador, a que no quieran exponerse (especialmente en la lucha de clases directa) para no correr el riesgo de perder posiciones ante la represión y/o ante la condena de una “opinión pública” moderada e institucionalista.

En síntesis, el objetivo estratégico de que los socialistas lleguen al poder mediante una mayoría electoral en el marco de la democracia burguesa, contiene en su interior el mayor de todos los peligros: la degeneración oportunista de la izquierda. Es el mayor de los peligros porque fue el que hizo que corrientes socialistas de millones de miembros, como las de la Segunda Internacional, dejaran de ser un factor revolucionario y se convirtieran en fuerzas del orden, opuestas con todo su peso a la revolución social.[43]

4.4) Es necesaria una política electoral socialista con criterios revolucionarios

Para concluir este apartado, es necesario señalar que de ninguna manera queremos aquí menospreciar la importancia de la política electoral socialista. La Tercera Internacional, bajo la dirección de Lenin y Trotsky, fue muy clara en señalar la importancia de intervenir de lleno en la pelea electoral, polemizando contra las tendencias “ultraizquierdistas” del movimiento comunista internacional (debate que quedó expresado en el folleto “el izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”).

Sin duda alguna, las elecciones son un terreno privilegiado para la disputa por la conciencia de las masas, para la extensión de los partidos socialistas y para la construcción de referentes partidarios de masas. Las campañas electorales se tratan de momentos en el que los más amplios sectores de la sociedad se interesan profundamente por cuestiones políticas, y se abren a escuchar, conocer y debatir nuevas propuestas, permitiendo avanzar con la propaganda socialista mucho más lejos que en condiciones de “normalidad”. Además, por su naturaleza profundamente política, permiten avanzar en la discusión de programas globales de gobierno, de alternativas globales de sociedad, lo que ayuda a superar la parcialidad de las luchas reivindicativas cotidianas (sindicales, estudiantiles, de género, etc.) en las que normalmente solo se ponen en cuestión aspectos fragmentarios de la realidad. Más todavía, si consiguen obtener posiciones parlamentarias, los partidos socialistas adquieren allí un “amplificador” permanente a sus posiciones políticas, una caja de resonancia para llegar cotidianamente a las masas.

Por lo tanto, los socialistas deben intervenir de manera seria y sin “formalismos”, de manera no testimonial, en la política electoral, pero siempre con criterios políticos revolucionarios: se trata de llevar lo más lejos posible entre las masas las propias posiciones, de manera didáctica y comprensible, sin sectarismos y dialogando siempre con el nivel de conciencia existente. Se debe proyectar figuras partidarias con las que las propias masas populares puedan sentir algún tipo de identificación y de empatía. En ese camino, se debe tratar de obtener la mayor cantidad de votos posibles, y en lo posible, conquistar posiciones parlamentarias. Pero lo que nunca se debe hacer, es poner a los votos y las posiciones parlamentarias como un objetivo en sí mismo, como un criterio ordenador que subordine todo lo demás. Y ese es precisamente el peligro de ordenar la estrategia política alrededor del objetivo de “obtener una mayoría electoral”.

Por último, queremos mostrar con hechos concretos que es posible realizar campañas electorales de izquierda que no sean “marginales”, para discutir con los planteos de E.B. que sostiene que la izquierda leninista no ha sido capaz de elaborar una política electoral que supere la testimonialidad.

En el caso argentino, en la última década existió la experiencia de varias campañas electorales socialistas con alcance de masas, llevadas adelante con criterios de independencia de clase, sin formar parte de los partidos tradicionales del régimen y sin hacer ningún tipo de concesiones programáticas ni ideológicas a los capitalistas. Son las experiencias del Nuevo MAS (con la instalación de la figura electoral de Manuela Castañeira, destacada referente del movimiento de mujeres) y del FIT (Frente de Izquierda y los Trabajadores). Entre ambas fuerzas, venimos de realizar varias elecciones obteniendo más de un millón de votos en todo el país, especialmente a partir de 2013. La izquierda argentina ha obtenido parlamentarios y, especialmente, alcanzado una muy importante presencia mediática, configurándose como una referencia permanente en la vida política del país. Además, la izquierda en Argentina alcanzó un cierto grado de inserción el movimiento obrero (inclusive en el industrial), más allá de los vaivenes propios de los ciclos económicos y políticos. A pesar de que en ningún caso la izquierda argentina consiguió superar hasta ahora el 5% de los votos en las elecciones nacionales, de ninguna manera se puede sostener que sea un actor “marginal”, por más que continúe siendo una fuerza minoritaria.

Por supuesto, quedan grandes desafíos por delante, y no queremos decir tampoco que el caso argentino sea la receta ya encontrada de cómo deben los socialistas intervenir electoralmente (que, por otro lado, difícilmente vaya a ser la misma en cualquier lugar y momento, con las enormes diferencias que existen entre países, situaciones y tradiciones políticas, etc.). Además, existen fuertes debates entre nuestras propias organizaciones con respecto a cómo deben enfocarse las campañas electorales, la relación entre lo electoral y las luchas populares, etc. Sin embargo, no se puede debatir seriamente la cuestión de la intervención electoral socialista sin tomar en cuenta uno de los casos relativamente más exitosos de las últimas décadas a nivel internacional.

5) Conclusiones

Dejamos para el final uno de los principales argumentos que sostiene E.B. para polemizar con la estrategia leninista: que no existen ejemplos históricos de revoluciones obreras-socialistas triunfantes en países capitalistas con tradiciones democráticas largas y consolidadas.

Es verdad que este argumento no puede ser descartado, pero que algo no haya existido hasta ahora no significa que no pueda ocurrir en el futuro, sea o no cercano. Al fin y al cabo, el siglo XX estuvo plagado de situaciones de fuerte crisis política, económica y social, incluyendo dos guerras mundiales de enormes proporciones (además de otras guerras más localizadas pero no por eso menos desestabilizantes, como por ejemplo las guerras de Vietnam, Argelia, etc.), de revoluciones triunfantes y fallidas y de procesos políticos radicalizados. Muchos de estos acontecimientos provocaron fuertes conmociones y choques de clases, inclusive entre los países con instituciones representativas democrático-burguesas más o menos consolidadas. Sería ingenuo creer que el sistema capitalista no pueda volver a producir este tipo de situaciones.

Por otro lado, por más que en los últimos 40 años el nivel de radicalización política haya sido menor que el que existía hasta la década de 1970, no podemos perder de vista que el mundo actual está signado por la persistencia de la crisis mundial abierta en 2008, por las rebeliones populares iniciadas en 2011 (Primavera Árabe, etc.), por el ingreso a escena de una nueva generación, por la inestabilidad geopolítica (producto del ascenso de China, del declive de EEUU, de los desafíos presentados por Rusia, etc.), por la perspectivas potencialmente catastróficas del cambio climático, por la creciente pauperización de regiones enteras del globo, por el surgimiento por doquier de “estados fallidos” (incluyendo un estado de guerra permanente en Medio Oriente) y de migraciones masivas, por el crecimiento del descontento en Europa y EEUU, por el ascenso y declive de fuerzas derechistas (y por el “efecto rebote” que estas generan), etc. Es decir, se trata de un mundo que no tiende a estabilizarse sino todo lo contrario. Las perspectivas globales del sistema capitalista señalan que no es nada descartable que estas tendencias se profundicen y se reabra la época clásica de “crisis, guerras y revoluciones”, tal como la definía Lenin. Por estas razones, sería un enorme error extrapolar las condiciones actuales (y su bajo nivel de radicalización) a todo tiempo y lugar.[44]

Finalmente, inclusive si la posibilidad de un quiebre revolucionario hoy aparece todavía como lejano y difícil de imaginar, buscar “atajos” estratégicos para el problema de la baja radicalización de masas no puede nunca solucionar el problema: al contrario, solo puede desnaturalizar los criterios de intervención política de los socialistas y llevar a una deriva oportunista, que los anule como factor de cambio social y los vuelva impotentes inclusive para obtener mejoras en el mundo actual.

Por el contrario, mientras los socialistas mantengan criterios estratégicos claramente rupturistas-revolucionarios, inclusive si no existieran revoluciones triunfantes durante el periodo histórico inmediato, la acción de los socialistas sigue teniendo la posibilidad de hacer una diferencia: sirve para organizar y educar políticamente a las masas, para pelear y obtener del sistema tantas concesiones como sea posible, para modificar las relaciones globales de fuerzas en el sentido más favorable que se pueda, y eventualmente para dejar preparada la subjetividad y la organización de la vanguardia de la clase trabajadora para futuros acontecimientos mas profundos.

Por todas estas razones, la estrategia socialista debe seguir estando orientada con los criterios clásicos de Marx, Engels, Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky: es decir, por la pelea por la independencia política de la clase trabajadora, por la lucha para que eleve su conciencia, para que despliegue al máximo su potencial combativo, para que desarrolle sus organismos de autodeterminación y que se prepare eventualmente para pelear por el poder. Cuestiones que no admiten criterios estratégicos electoralistas, sino que exigen poner siempre en el centro el desarrollo de la lucha de clases.

6) Bibliografía

Blanc, Eric. “Why Kautsky Was Right (and Why You Should Care)”. Jacobin, 2/4/19. En:
https://www.jacobinmag.com/2019/04/karl-kautsky-democratic-socialism-elections-rupture

Blanc, Eric y Post, Charlie. “Which Way to Socialism? A CONVERSATION WITH ERIC BLANC / CHARLIE POST”. Jacobin, 21/7/19. En:
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Broué, Pierre. “Revolución en Alemania. De la guerra a la revolución. Victoria y derrota del ‘izquierdismo”, 1973. En:
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Coordinadora Provincial de Cordones Industriales. “Carta de los cordones industriales a Salvador Allende”, 5/9/1973. En: https://www.elciudadano.com/politica/carta-de-los-cordones-industriales-a-salvador-allende/09/07/

Kautsky, Karl. “El camino del poder”, 1910. En:
https://www.marxists.org/espanol/kautsky/1909/1909-caminopoder-kautsky.pdf

Lenin, V.I. “¿Qué Hacer?”,1902. En:
https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/quehacer/

Lenin, V.I. “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”, 1920. En: https://centromarx.org/images/stories/PDF/la%20enfermedad%20infantil%20web%20centro%20marx.pdf

Luxemburgo, Rosa. “Huelga de masas, partido y sindicatos”, 1906. En: https://www.marxists.org/espanol/luxem/06Huelgademasaspartidoysindicatos_0.pdf

Sáenz, Roberto. “Lenin en el siglo XXI – La vigencia del ¿Qué Hacer? en nuestra época”, Revista Socialismo o Barbarie 23-24, diciembre 2009. En: http://www.socialismo-o-barbarie.org/?p=6383

Sáenz, Roberto. “Cuestiones de estrategia”. Revista Socialismo o Barbarie n° 28, abril 2014. En: http://www.socialismo-o-barbarie.org/?p=2255

Serge, Victor. “El año 1 de la revolución rusa”, 1930. En:
https://facundoaguirre.files.wordpress.com/2017/01/el20ano20i20de20la20revolucion20rusa.pdf

 

 


 

[1] La polémica que aquí desarrollamos fue abierta originalmente por el artículo “Reclaiming the Best of Karl Kautsky”. James Muldoon, Jacobin, 5/1/19. En:

https://jacobinmag.com/2019/01/karl-kautsky-german-revolution-democracy-socialism.

La siguiente intervención del debate fue la respuesta “The “Best” of Karl Kautsky Isn’t Good Enough”. Charlie Post, Jacobin, 9/3/19. En:

https://www.jacobinmag.com/2019/03/karl-kautsky-socialist-strategy-german-revolution

[2] “Why Kautsky Was Right (and Why You Should Care)”. Eric Blanc. Jacobin, 2/4/19. En:

https://www.jacobinmag.com/2019/04/karl-kautsky-democratic-socialism-elections-rupture

[3] “Which Way to Socialism? A CONVERSATION WITH ERIC BLANC / CHARLIE POST”. Jacobin, 21/7/19. En:

https://jacobinmag.com/2019/07/socialism-revolution-electoral-politics-mass-action

[4] Es correcto señalar que toda la Segunda Internacional de comienzos del siglo XX se formó en las posiciones teóricas de Kautsky, y que inclusive el propio Lenin tomaba como propias sus posiciones, hasta que la traición de 1914 (la votación de los créditos de guerra por parte de los diputados socialdemócratas alemanes, ante el silencio cómplice de Kautsky) precipitó la ruptura abierta con aquel por parte del bolchevismo ruso (Lenin llegó a dedicarle en 1918 su famosa obra “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, en defensa de la Revolución Rusa y contra las posiciones liberales anti-soviéticas que éste había adoptado).
Por su parte, la revolucionaria polaco-alemana Rosa Luxemburgo ya había roto con Kautsky por lo menos hacia 1910, en la polémica alrededor de la huelga de masas (desatada a partir de la lucha por la conquista del sufragio universal en Prusia). Es necesario señalar que Luxemburgo vio los fuertes límites y problemas de la socialdemocracia alemana inclusive más tempranamente que el propio Lenin, por su militancia cotidiana en ella y su profundo involucramiento en todos sus debates internos.

[5] “Why Kautsky Was Right…”, Eric Blanc, op. cit.
Blanc sostiene también en dicho artículo que Kautsky no debe ser responsabilizado por la deriva de la socialdemocracia alemana posterior a esa fecha (incluyendo, especialmente, la actuación contrarrevolucionaria de los dirigentes socialdemócratas en la Revolución Alemana abierta en 1918), ya que la dirección burocratizada del partido habría “ignorado” la orientación estratégica que Kautsky desarrolló en la década anterior.
Por el contrario, E.B. señala que la estrategia kautskiana sí fue seguida hasta el final por los dirigentes socialdemócratas de Finlandia (en el proceso abierto en 1916-1918) poniendo este caso histórico como modelo supuestamente exitoso de su propio punto de vista. Debemos señalar, sin embargo, que la revolución finlandesa no triunfó sino que fue duramente derrotada, cuestión que retomaremos más adelante en este artículo.

[6]  “Which way to socialism…”, op.cit.

[7] “Which way to socialism…”, op.cit.

[8] “SOCIALISTS, DEMOCRATS AND THE DIRTY BREAK”. Eric Blanc, Socialist Worker, 6/8/18. En: http://socialistworker.org/2018/08/06/socialists-democrats-and-the-dirty-break

[9] Sáenz, Roberto. “Cuestiones de estrategia”. Revista Socialismo o Barbarie n° 28, abril 2014. En: http://www.socialismo-o-barbarie.org/?p=2255

[10] A pesar de sus definiciones estratégicas (que desde nuestro punto de vista son erróneas), es necesario señalar que varias de las posiciones que E.B. defiende en otros textos resultan más progresivas (por ejemplo, el énfasis que realiza sobre la necesidad de que los DSA se vuelquen de manera prioritaria a organizar a la clase trabajadora desde las bases, la necesidad de construir una organización política centralizada y capaz de actuar unificadamente a nivel nacional, de lanzar campañas de agitación socialista, etc.).

[11] Para profundizar al respecto de los DSA y su historia, ver el artículo “Socialismo millennial: el auge del socialismo democrático en los Estados Unidos y el caso de los Democratic Socialists of America (2016-2018)”, Revista Huellas de Estados Unidos n° 16, mayo de 2019. En:

http://www.huellasdeeua.com/ediciones/edicion16/07_Alejandro_Kurlat_p103-128.pdf

[12] A este respecto, es importante señalar también la reciente disolución de la ISO, importante organización del trotskismo norteamericano, que deja un considerable vacío político-organizativo en el espacio de la izquierda más tradicionalmente marxista revolucionaria. En la actualidad, la mayor organización trotskista de EEUU (o por lo menos, la de mayor impacto) pareciera en este momento ser Socialist Alternative, a la que pertenece Kshama Sawant, conocida concejal de la ciudad de Seattle.

[13] El resurgir de una adhesión masiva al socialismo en EEUU se trata de un fenómeno enormemente progresivo, lleno de posibilidades estratégicas y de futuro, pero que no deja de expresar también los límites propios del actual ciclo histórico: un nivel todavía bajo de radicalización política, el predominio de un balance mayormente unilateral y distorsionado de las experiencias anteriores de la lucha de clases y del movimiento socialista, un cierto embellecimiento del régimen político existente, etc.

[14] Para colocar los fenómenos en perspectiva, es necesario señalar que estamos en un mundo donde se viene desarrollando una recomposición política de la izquierda, un periodo de nueva acumulación que invierte el signo regresivo del período de derrotas de los ‘90. Pero es también un mundo donde la lucha de clases no alcanza todavía los niveles de intensidad y radicalidad que tenía en la década de 1970, y menos aún en las primeras décadas del siglo XX. En este sentido, en la formación de la conciencia de las nuevas generaciones pesa también fuertemente la ausencia -en el presente histórico- de revoluciones propiamente dichas.

La última revolución que logró destruir al aparato estatal de la burguesía fue hace ya 40 años atrás: la revolución nicaragüense (que dicho sea de paso, no avanzó en la expropiación del capitalismo sino que eventualmente terminó reconstruyendo el mismo estado burgués que había destruido). En estas últimas cuatro décadas, existieron en el mundo todo tipo de acontecimientos de la lucha de clases (rebeliones populares, huelgas generales, movilizaciones masivas), pero ninguno que consiguiera romper los moldes de la sociedad capitalista, o que lograra transferir el poder político a la clase trabajadora y los partidos socialistas realmente rupturistas (otra cosa diferente son los gobiernos socialdemócratas neoliberales que se formaron en muchas ocasiones y no movieron un centímetro la realidad hacia la izquierda, desde las experiencias de Mitterrand en Francia en los ‘80 hasta Syriza en Grecia en 2015-2019).

Sin ejemplos a la vista que demuestren empíricamente la posibilidad de romper con los moldes de la instituciones existentes y derrotar a la clase capitalista, las concepciones estratégicas revolucionarias aparecen ante las nuevas generaciones como más abstractas y con menor poder de convicción (en comparación, por ejemplo, con la generación militante de la década del ‘70, formada al calor de procesos como la Revolución Cubana, etc.). Esto exige en los socialistas un esfuerzo especial por ser pedagógicos y evitar la pedantería y la autoproclamación, que de nada sirven para esclarecer los debates políticos y estratégicos necesarios. Sin embargo, esto tampoco exime a las corrientes socialistas de la responsabilidad de sacar conclusiones estratégicas a partir de todo el acervo histórico y teórico existente hasta el momento (realizando siempre un balance reflexivo y crítico del mismo): adaptarse al clima “posibilista” imperante y negarse a combatir sus concepciones sería un gran error oportunista, que no contribuye en nada al relanzamiento de la pelea por el socialismo.

[15] “Why Kautsky Was Right…”, Eric Blanc, op. cit. Esta y las siguientes traducciones nos pertenecen.

[16] “Why Kautsky Was Right…”, Eric Blanc, op. cit.

[17] “Which way to socialism…”, op.cit.

[18] “Why Kautsky Was Right…”, Eric Blanc, op. cit.

[19]  “Which way to socialism…”, op.cit.

[20] “Which way to socialism…”, op.cit.

[21] “Why Kautsky Was Right…”, Eric Blanc, op. cit.

[22] “Why Kautsky Was Right…”, Eric Blanc, op. cit. En este artículo retomaremos la discusión específica del caso finlandés.

[23] “Why Kautsky Was Right…”, Eric Blanc, op. cit.

[24] “Which way to socialism…”, op.cit.

[25]  “Which way to socialism…”, op.cit.

[26] Nathaniel Flakin. “Kautsky, Luxemburg, and Lenin in Light of the German Revolution”, Left Voice, 17/4/19. En: https://www.leftvoice.org/kautsky-luxemburg-and-lenin-in-light-of-the-german-revolution

[27] Matías Maiello. “Social Democracy and Imperialism: The Problem with Kautsky”, Left Voice, 25/5/19. En: https://www.leftvoice.org/social-democracy-and-imperialism-the-problem-with-kautsky

[28] Por el contrario, en toda la experiencia histórica realmente existente, estas corrientes siempre han operado como factores de contención a los procesos revolucionarios, operando para frenar y reabsorber la lucha de clases en vez de para desarrollarla victoriosamente. Esto es válido inclusive para el caso finlandés citado por Blanc en sus artículos, como retomaremos en este trabajo.

[29] Metodológicamente, no sería correcto descartar por completo y en abstracto la posibilidad de que, antes de que ocurra una revolución victoriosa, las fuerzas realmente comprometidas con una ruptura anticapitalista (es decir, los partidos socialistas revolucionarios) puedan obtener un triunfo electoral mediante sufragio universal. Sin embargo, no hay un solo indicio histórico que vaya en ese sentido, en ninguna clase de escenario. Inclusive en el caso de la revolución rusa, donde las elecciones a Asamblea Constituyente de 1918 (realizadas por sufragio universal) dieron el triunfo a los bolcheviques en las dos grandes capitales (Petrogrado y Moscú), esto ocurrió solamente luego de que los Soviets ya habían tomado el poder, y ni siquiera así obtuvieron una mayoría absoluta del voto en dichas ciudades (el resultado fue de 45% y 48% respectivamente). Por otra parte, en todo el resto del país los bolcheviques quedaron en abrumadora minoría.

[30] Sin embargo, existen ejemplos que apuntan hacia esta potencialidad inclusive en el marco de democracias burguesas consolidadas. Un ejemplo fue el proceso político chileno de 1970-1973, en el que los Cordones Industriales (organismos de coordinación obrera surgidos desde las bases, entre los sectores más concentrados de la industria chilena) llegaron a exigir la disolución del parlamento burgués (controlado por los sectores opositores a Allende) y su reemplazo por una auténtica Asamblea Popular, como puede leerse en la “Carta de los cordones industriales a Salvador Allende” de 1973. De esta forma, un sector importante del proletariado (aunque todavía bastante minoritario) llegó a plantearse la perspectiva de superar el principal organismo representativo de la democracia burguesa y reemplazarlo por organismos auténticos de poder popular. Además, los Cordones Industriales ya venían en los hechos desafiando y desbordando el orden legal, la propiedad privada, las instrucciones presidenciales, etc. El golpe de Pinochet finalmente clausuró este proceso, aplastando a los Cordones Industriales sin que estos llegaran a conformarse en organismos de doble poder en toda la regla. Pero en cualquier caso, estos eran el principal punto de apoyo para cualquier perspectiva de ruptura anticapitalista, y su desarrollo hasta el final los hubiera puesto en competencia directa por el poder con el gobierno reformista de Allende.

[31] Un régimen político de democracia socialista se regiría por criterios muy diferentes: estaría basado en los organismos de poder directo de la clase trabajadora y los sectores populares. Organismos que por su naturaleza expresan a lo más avanzado, lo más conciente y politizado entre los explotados y oprimidos. Y organismos que -a diferencia de que ocurre bajo la democracia burguesa- no se apoyan en la atomización de las masas (donde cada individuo procesa aisladamente su experiencia política), sino que establecen ámbitos permanentes de deliberación y elaboración colectiva, partiendo desde los propios lugares de trabajo y ámbitos de socialización cotidiana.

[32] Otra cuestión diferente es que en ciertas situaciones políticas específicas (particularmente, grandes crisis políticas, económicas y sociales), amplios sectores de las clases medias pueden oscilar momentáneamente hacia la izquierda, especialmente si los representantes políticos de la burguesía se encuentran paralizados e incapaces de gobernar efectivamente y si las clases populares muestran una fuerte iniciativa propia, que funcione como un gran polo de atracción. Este fue por ejemplo el caso del campesinado en la Revolución Rusa de octubre de 1917, siendo uno de los factores que le permitió a los soviets hacerse con el poder y derrotar a la reacción. Pero ni siquiera así el campesinado votó a las fuerzas revolucionarias en la única votación por sufragio universal que existió en el proceso, la Asamblea Constituyente de 1918. Al contrario, el voto campesino fue masivamente a las fuerzas partidarias de la conservación de una sociedad capitalista.

[33] La clase dominante cuenta además con la capacidad de reproducir cotidiana y masivamente ante los trabajadores su propia visión del mundo, su propio relato, sus propias mentiras y prejuicios: posee importantes mecanismos como el monopolio de los medios de comunicación de alcance masivo, ocupa las posiciones de “autoridad” en todas las instituciones (laborales, religiosas, escolares, comunitarias), cuenta con un ejército de “intelectuales orgánicos” propios, con la complicidad activa de las burocracias sindicales, etc.

[34] Podemos ver con mucha claridad estas cuestiones en el fenómeno de los sectores obreros que votaron por figuras como Trump, por el Brexit en el Reino Unido, etc.

[35] Lenin desarrolla este problema en su obra “¿Qué Hacer?”, de 1902. Señala la diferencia entre una conciencia “tradeunionista” o sindicalista, que sí nace “espontáneamente” de la sociedad capitalista (ya que los trabajadores comprenden fácilmente que son explotados y que deben luchar para disminuir la intensidad de la explotación), de una “conciencia política socialista”, que requiere de un proceso más complejo y dificultoso de elaboración y reflexión, en relación dialéctica con la propia experiencia de la clase.

[36] Esto no significa tampoco que la conciencia socialista sea un elemento “extranjero” a la vida obrera (como pretenden los sectores macartistas): al contrario, las concepciones socialistas tienen su premisa principal en el lugar que ocupa el trabajador en la sociedad en tanto explotado y oprimido, ubican a la clase trabajadora como sujeto histórico de la transformación social, y se nutren de la propia experiencia histórica de la clase trabajadora – que incluyó gran cantidad de importantísimas luchas obreras, de organizaciones socialistas de masas, inclusive de revoluciones y guerras civiles contra las clases dominantes y la reacción.

[37] Inclusive en los casos históricos donde las corrientes socialistas reformistas conquistaron triunfos electorales, en la mayor parte de las ocasiones estas no obtuvieron una mayoría de los votos, sino que quedaron solamente como una primera minoría (lo que implica, entre otras cosas, una mayor dificultad para emitir legislación progresiva desde los parlamentos burgueses, una imposibilidad absoluta de promover -siguiendo los procedimientos legales establecidos- reformas constitucionales revolucionarias, etc.). Por ejemplo, la socialdemocracia alemana, inclusive en su mejor momento electoral (de 1912 hasta mediados de la década de 1920), teniendo una influencia directa y cotidiana sobre millones de trabajadores cultivada durante más de cuatro décadas de trabajo político sistemático, continuó siendo solo una primera minoría tanto en el Parlamento como en la Asamblea Constituyente de 1919 (en la que obtuvo un 38% de los votos). Aunque no tenía ninguna intención de romper con los marcos del régimen vigente (y desde fines de 1918 participó en gobiernos de coalición con partidos liberales burgueses, aplicando una línea opuesta frontalmente a la revolución proletaria), no podría tampoco haber llevado adelante ninguna ruptura de fondo sin pasarle por arriba al parlamento burgués y a la propia constituyente, dominadas por partidos no socialistas.

Tampoco pudieron obtener una mayoría electoral experiencias como las de Allende en Chile, que llegó a la presidencia en 1970 con un 36% de los votos y contó con la oposición de la mayoría parlamentaria durante todo su gobierno (volviéndose así el parlamento un punto de apoyo para la contrarrevolución, en vez de para la revolución). En el caso de Grecia en 2015, Syriza obtuvo un 35% de los votos y llegó a formar gobierno solamente gracias a un sistema electoral que otorga una gran cantidad de bancas extra a la primera minoría (cosa que no existe en la mayor parte del mundo) y a una coalición con un partido burgués nacionalista y reaccionario. Es decir, inclusive si hubiera querido hacer aprobar leyes radicales (cosa que no intentó nunca), no habría tenido tampoco los números para hacerlo.
Por otra parte, inclusive la Rusia revolucionaria gobernada por los soviets produjo, mediante sufragio universal, una Asamblea Constituyente (1918) cuya composición favorecía la restauración del poder burgués, lo que significó un enorme problema para la experiencia soviética. Los bolcheviques tomaron finalmente la decisión (apoyada por los S.R. de izquierda) de disolver esa Asamblea para preservar el poder soviético y evitar un retroceso histórico. Se trató de un dilema político de enorme complejidad, para cuya resolución no existían recetas facilistas.

[38] En una escala más pequeña, considerando las fábricas y empresas individualmente, pueden existir posibilidades de inserción de corrientes radicalizadas de la clase trabajadora inclusive en condiciones relativamente bajas de radicalización general de la clase. Inclusive es posible estructurar importantes corrientes minoritarias de oposición obrera a las burocracias conciliadoras, incluyendo la posibilidad de dirigir algunos gremios. Pero muy difícilmente se le pueda arrebatar a las direcciones burocráticas el control de todo (o siquiera de la mayor parte) del movimiento obrero en condiciones de baja radicalización general. Lo mismo ocurre, y con mayor profundidad, en el plano electoral, donde la conciencia de los trabajadores en muchas ocasiones se muestra más conservadora que en el plano sindical .

[39] En la historia del último siglo hay una gran cantidad de casos de este tipo: comenzando por la Alemania de Weimar, siguiendo por los gobiernos del Frente Popular en España y Francia en 1936, por los gobiernos socialdemócratas/laboristas europeos de la Segunda Posguerra, por la emblemática experiencia de la Unidad Popular chilena encabezada por Salvador Allende, por el gobierno Mitterrand en Francia y culminando con las experiencias más recientes como las de Syriza en Grecia.

[40] Por ejemplo, un caso de este estilo puede verse en el marco de la Guerra Civil Española (1936-1939), en la que los obreros de Barcelona (y de muchas partes del país) constituyeron sus propias milicias armadas, derrotaron por sus propios medios al ejército franquista, tomaron el control de las fábricas, repartieron las tierras, etc. Sin embargo, todas estas tareas se realizaron a contramano de la orientación del gobierno del Frente Popular y de la Generalidad catalana, que hicieron todo lo posible por restaurar el orden y la institucionalidad del Estado burgués. Por ello mismo, para poder llevar la ruptura anticapitalista hasta el final, se hubiera precisado que eventualmente la clase trabajadora reemplace con sus propios organismos de poder a los de la democracia burguesa (sacándose de encima al Frente Popular y los políticos burgueses), y que desde ellos dirija hasta el final el enfrentamiento con la reacción fascista: es decir, todo lo contrario a lo que plantea E.B. en sus artículos, donde los organismos representativos surgidos del sufragio universal tienen un rol central e intocable.

[41] Finlandia era en los comienzos de esos proceso parte del Imperio Ruso. En el marco de la primera guerra mundial la socialdemocracia finlandesa obtuvo un sólido triunfo electoral en julio de 1916, conquistando una mayoría en el parlamento. Desarrolló entonces una estrategia defensiva (orientada por la teoría kautskiana) que intentó mantenerse todo lo posible dentro de la legalidad del régimen, inclusive luego de que  la revolución rusa de febrero de 1917 (que derrocó al zarismo) conquistara en los hechos el autogobierno del país y la disolución de los viejos aparatos represivos finlandeses (abriendo una especie de situación de doble poder en el país entre las fuerzas conservadoras y las socialistas). A pesar de la actitud moderada de los socialdemócratas, el gobierno provisional ruso no aceptó la mayoría socialista y disolvió el parlamento en el verano 1917, con el apoyo de los partidos burgueses de Finlandia.
La revolución rusa de octubre de 1917, que llevó al poder a los soviets en Rusia, generó nuevas condiciones revolucionarias en Finlandia. En noviembre estalló en ese país una huelga general que le abrió a los socialistas la posibilidad de tomar el poder, posibilidad que fue desaprovechada precisamente por la mentalidad kautskiana, defensiva e institucionalista de los dirigentes socialdemócratas. Pero desde entonces, la situación se encaminó claramente en dirección a la guerra civil entre la clase trabajadora y la reacción, que estalló finalmente en enero de 1918. El partido socialdemócrata no se había preparado para ella ni en lo político ni en lo material, ya que la mayor parte de sus dirigentes consideraban que el enfrentamiento podía -y debía- ser evitado. Finalmente en abril de 1918 el bando socialista sufrió una durísima derrota militar ante los ejércitos blancos y la intervención alemana. Ver al respecto el propio trabajo de E.B: “Finland’s Revolution”. Eric Blanc, Jacobin, 15/5/17. En:

https://www.jacobinmag.com/2017/05/finland-revolution-russian-empire-tsarism-independence-general-strike

[42] Algo muy diferente a lo que ocurrió en la guerra civil rusa, donde el bando soviético consiguió derrotar a enemigos iguales o superiores, por estar la dirección bolchevique firmemente comprometida con una estrategia revolucionaria y no haber subordinado la lucha por el poder a consideraciones puramente formales sobre la “legitimidad democrática”.

[43] Una lógica de este tipo es precisamente la que llevó a la socialdemocracia alemana a terminar abandonando por completo la perspectiva revolucionaria, a renunciar a impulsar hasta el final la lucha directa de la clase trabajadora y a renegar de la perspectiva de la “huelga de masas”, como muestra el debate abierto entre Rosa Luxemburgo y las alas de derecha y centro del partido. Con respecto a esta cuestión, E.B. señala que no se puede achacar la deriva reformista de la socialdemocracia alemana a la teoría kautskiana, sino más bien a la “emancipación de toda teoría” por parte del aparato socialdemócrata. El problema es que E.B. no ve que existe un hilo conductor entre esos dos elementos: la estrategia “acumulativa” de la socialdemocracia, apoyada por las teorizaciones de Kautsky, amplifica hasta el infinito las inercias conservadoras del aparato, que llegado determinado punto se emancipan de toda teorización y se vuelven una racionalidad en sí misma. De esta forma, las herramientas que el partido va creando al servicio de una “acumulación indefinida” (con el objetivo de conquistar una mayoría electoral), crean sus propias presiones, sus propias necesidades, sus propios objetivos. Al mismo tiempo, el entrenamiento y la educación política rutinaria e inerte que ese partido otorga a su militancia, la inhibe de todo reflejo revolucionario que pueda contrarrestar esas inercias conservadoras. El resultado final es que el aparato se independiza inclusive de sus creadores, de su justificación inicial, y se impone como elemento dominante en el partido, destruyendo su naturaleza revolucionaria.

[44] Sin ir más lejos, el carácter relativo y limitado de la “legitimidad democrática” de las instituciones representativas de la democracia burguesa puede verse en las rebeliones populares de América Latina en la década del 2000, donde amplios sectores explotados y oprimidos obligaron, mediante la lucha en las calles, a la renuncia de gobiernos burgueses electos pocos años atrás mediante el sufragio universal. En esos procesos también surgieron formas embrionarias de organismos de autodeterminación popular, aunque eventualmente fueron reabsorbidos cuando llegaron al gobierno partidos y figuras bonapartistas, populistas y genéricamente progresistas. Es cierto que en el límite, se terminó imponiendo la primacía del régimen democrático-burgués, pero esto no quita que esas experiencias hayan existido y planteado la potencialidad de una ruptura más profunda, que en otras condiciones diferentes podría desenvolverse con resultados muy distintos a los que se llegaron hasta el momento.

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