• Para construir organizaciones revolucionarias en el siglo XXI, para entender los errores que llevaron a la crisis a sectores de la izquierda, hay que sacar lecciones del siglo XX.

Roberto Saenz

Los puntos en discusión

Queremos partir dejando establecidas las principales conclusiones teórico-programáticas de estos trabajos, a fin de facilitar el recorrido del lector:

  1. a) Que es elemento constitutivo esencial de la tradición del socialismo revolucionario que en lo que hace a la revolución socialista no hay sustituismo de clase que valga: se trata de una revolución de la propia clase trabajadora, por intermedio de sus organismos de lucha, conciencia y partidos.
  2. b) Que las revoluciones de posguerra, en ausencia de la clase trabajadora como tal, de su conciencia socialista, organismos y partidos, constituyeron revoluciones democrático-nacionales, antiimperialistas y anticapitalistas, pero no obreras ni socialistas.
  3. c) Que las sociedades no capitalistas a las que dieron lugar no llegaron por tanto a configurar Estados obreros ni sociedades de transición al socialismo, en la medida en que esta transición fue bloqueada desde el principio por el poder encarnado por las capas pequeño burguesas burocráticas estalinistas, que no constituyeron verdaderas dictaduras proletarias.
  4. d) Que, sin embargo, esta circunstancia debía ser analizada desde el punto de vista de la base material de la Teoría de la Revolución Permanente, que parte del principio de tomar como unidad y totalidad (que no es abstracta uniformidad) a la economía mundial. Este criterio teórico y metodológico tendió a dejarse de lado tanto en las corrientes “antidefensistas” (que se negaban a defender la URSS) como en las del “trotskismo tradicional”, al menos en la mayoría de sus variantes. Ambos puntos de vista, en último análisis, perdían de vista el imperio –aun distorsionado– de la ley del valor, así como la continuidad del trabajo asalariado en las sociedades no capitalistas (y en la URSS, cuando todavía era un Estado obrero).
  5. e) Que en la segunda posguerra, la mayoría de las corrientes del movimiento trotskista se vieron, de un modo u otro, sometidas a una distorsión teórica, política y programática producto de las circunstancias específicas [5] de la posguerra, como el boom económico capitalista-imperialista, los pactos de Yalta y Potsdam, la resolución de la hegemonía imperialista alrededor de los Estados Unidos y el desarrollo mundial del aparato estalinista. Entre las corrientes trotskistas, el llamado morenismo se distinguió por mantener una ubicación mayormente independiente de los aparatos, lo que, no obstante, no impidió que a la postre, bajo el peso acumulado de inmensas inercias teórico-programáticas y de concepción, terminara estallando a comienzos de los 90.
  6. f) Que la teoría-programa de la revolución permanente, aporte fundamental de León Trotsky a la tradición del marxismo revolucionario, en lo esencial, más allá de unilateralidades determinadas, se ha visto confirmada (por la negativa) en el sentido de la unidad de la economía mundial (base material de la Permanente) y del hecho de que la transformación de la revolución democrática en socialista, el cumplimiento consecuente de las tareas democráticas, la transformación socialista de las relaciones sociales después de la revolución y la revolución socialista internacional sólo pueden ser encarnadas por la clase trabajadora con sus organismos, conciencia y partidos.
  7. g) Que este aporte y contribución de Trotsky, junto con los aportes de los fundadores del marxismo, Marx y Engels, y las otras dos grandes espadas del marxismo revolucionario, Lenin y Rosa Luxemburgo, son lo esencial de la tradición que reivindicamos, que es imprescindible asumir de manera combinada de cara al necesario relanzamiento del marxismo revolucionario en el siglo XXI.
  8. h) Que este conjunto de lecciones históricas, lejos de desmentirla o atenuarla, no hacen más que reforzar la imprescindible necesidad de la construcción del partido revolucionario. Porque es un hecho de toda revolución el inevitable desarrollo desigual a nivel de la conciencia y la organización al interior de la clase trabajadora. Asimismo, a comienzos del siglo XXI, la evidente crisis de subjetividad socialista y de alternativas al capitalismo que aún atravesamos hacen más necesaria aún la acción organizada de los socialistas revolucionarios.
  9. i) Que estas conclusiones pretenden ser un aporte a la constitución de Socialismo o Barbarie como corriente o tendencia internacional hacia una nueva síntesis del marxismo revolucionario en el siglo XXI, que pelee por reabrir la perspectiva de la revolución socialista y por construir partidos revolucionarios socialistas de la clase trabajadora.
  10. j) Que, por último, esta elaboración implica una reivindicación histórica de la fundación de la IV Internacional y de la tradición del trotskismo y plantea la lucha por una nueva Internacional revolucionaria (o por una IV Internacional refundada) a la luz del balance de la experiencia de las revoluciones y del llamado “socialismo real”, buscando transformar estas duras derrotas en lecciones estratégicas para la clase obrera mundial.

La tradición socialista revolucionaria

A la hora de volver a desplegar la bandera del marxismo revolucionario de cara a los nuevos desafíos, se plantea poner en correspondencia la batalla actual con los revolucionarios que nos antecedieron. Tanto para el objetivo de constitución de una nueva corriente internacional como en la perspectiva mayor de un reagrupamiento revolucionario y de la formación de una nueva Internacional revolucionaria, [6] esta cuestión es fundamental.

De allí la pertinencia de la pregunta ¿qué tradición reivindicamos? Porque, como señalara Antonio Labriolanunca se trata de un “salto al vacío”, de subirse al carro de modas pasajeras, [7] sino de una particular combinación, que recoge lo mejor de la experiencia acumulada y, al mismo tiempo, lejos de todo dogmatismo, intenta resignificarla y actualizarla a partir de los nuevos desafíos y desarrollos que coloca la lucha de clases. [8]

En nuestro caso, creemos que la mejor combinación de esta doble exigencia pasa por reivindicar la enorme actualidad de la auténtica tradición del marxismo revolucionarioEs decir, nos consideramos parte de una tradición mayor y más amplia que la compresión reduccionista habitual de las corrientes “trotskistas”: las tradiciones combinadas de Marx y Engels; de Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo.

¿A que nos referimos al hablar de “la tradición del marxismo revolucionario”? No creemos equivocarnos cuando señalamos que en el centro de sus concepciones está la comprensión de la revolución socialista como un emprendimiento de la propia clase trabajadora, como hemos dicho, por intermedio de su conciencia, organismos y partidos.

En gran medida, el simple planteamiento que Marx estampó como bandera de la I Internacional: “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, muchas veces olvidado por las corrientes del trotskismo que se asumen hoy como “ortodoxas”. [9] Planteamiento que establecía una delimitación de “principios” respecto de la tradición radical pero aún minoritaria y pequeño burguesa de los jacobinos en la revolución francesa.

Esto ha dado lugar históricamente a toda una discusión acerca de la tradición de origen del marxismo clásico. [10] Porque tanto Marx (en particular respecto de los jacobinos, como veremos más adelante) como Lenin, al reivindicar la tradición militante y combativa de corrientes pequeño burguesas como los populistas rusos (en ¿Qué Hacer?), no perdían nunca de vista que esta tradición remitía a sectores de clase no obreros, “sustituistas” o, si cabe, mesiánicos, a diferencia de lo que caracteriza a la revolución proletaria como “revolución de la inmensa mayoría, en interés de la inmensa mayoría”.También Karl Korsch recogió esta delimitación, pero para pasarse, equivocadamente, a posiciones “normativas” antileninistas, cuyos mentores hoy son Holloway, Bonefeld y la corriente autonomista en general.

Rosa Luxemburgo, que en muchos aspectos expresó una continuidad directa –lo que no significa siempre en sintonía con las circunstancias de tiempo y lugar– con el pensamiento de Marx, decía acerca de la revolución proletaria: “En todas las luchas de clases del pasado, llevadas adelante en interés de las minorías, y en la cual, para usar las palabras de Marx, ‘todos los desarrollos tomaron lugar en oposición a las grandes masas del pueblo‘, una de las condiciones esenciales de la acción fue la ignorancia de estas masas con relación a los objetivos reales de la lucha, su contenido material, y sus límites. Esta discrepancia era, en los hechos, la base histórica específica del ‘rol de liderazgo‘ de la burguesía ‘iluminista‘, correspondiente con el rol de las masas como seguidores dóciles. (…) La lucha de clases del proletariado es ‘la más profunda‘ de todas las acciones históricas hasta nuestros días; ella abarca el conjunto de todas las capas del pueblo y, desde el momento en que la sociedad deviene dividida en clases, es el primer movimiento acorde con el real interés de las masas. Esto es porque la elevación de las masas con respecto a sus tareas y métodos es una condición histórica indispensable para la acción socialista, tal como en los períodos anteriores la ignorancia de las masas era la condición para la acción de las clases dominantes”. [11]

Es decir, se establece una clara diferenciación entre la naturaleza y mecánica de la revolución burguesa y la de la revolución proletaria, que en la posguerra muchas corrientes, bajo la presión de acontecimientos originales, terminaron perdiendo de vista.

Al mismo tiempo, la mala experiencia del siglo XX ha dado lugar a la actual emergencia de corrientes que postulan una comprensión simplista de la clase como un “en sí”, una “totalidad” que se podría autodeterminar sin vanguardias, sin partido, espontáneamente. [12]

Opinamos lo contrario: la lucha de tendencias políticas, la construcción de partidos y organismos de la clase trabajadora, la pelea de programas y concepciones –en particular, sobre las vías y condiciones para la lucha por la destrucción del Estado burgués y la toma del poder por los trabajadores–, son connaturales a la lucha de clases obrera y revolucionaria. Y por tanto, sin ellas no hay verdadero proceso de autodeterminación de los trabajadores. Es más: hacen al contenido intangible de la democracia del proletariado y son incluso más decisivas (si se quiere) en las condiciones de comienzos del siglo XXI marcadas por una evidente crisis de subjetividad de los trabajadores y de alternativa socialista.

Esto es lo que se vive hoy en el proceso del Argentinazo, así como en Bolivia luego de la rebelión de octubre y en el movimiento anticapitalista en Europa, procesos todavía “híbridos” desde el punto de vista social y casi carentes de verdadera radicalización política y socialista.

Porque la pelea del marxismo revolucionario consistió siempre en una lucha en dos frentes, tanto contra las tendencias burocráticas, sustituistas y oportunistas al interior del movimiento obrero como contra las espontaneístas, economicistas y anarquistas/autonomistas falsamente “izquierdistas”.

En sentido amplio, consideramos parte de la tradición que defendemos a lo mejor de la experiencia militante del marxismo que encarnó el proyecto –comprometiendo en ello su vida entera– de la unión entre la teoría y la práctica y el compromiso activista en el seno de la clase obrera, de sus luchas y vicisitudes históricas. Es por eso que nuestra ubicación metodológica e histórica parte de asumir que nuestra tradición y patrimonio abarcan globalmente a las mejores expresiones de este marxismo militante: Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo, [13] así como a los logros y puntos más altos de la I, II, III (en sus cuatro primeros congresos) y IV Internacionales. Por supuesto, cada una encarnó un momento histórico particular y dejó lecciones específicas. En este sentido, Trotsky fue la última y una de las más grandes espadas de toda esta tradiciónSin embargo, su contemporaneidad con Lenin y Rosa Luxemburgo y las lecciones combinadas que dejaron los tres es algo que el movimiento trotskista, sobre todo latinoamericano, ha desestimado a menudo. Lecciones combinadas, decimos, porque Trotsky encarna al gran estratega de la revolución proletaria; mientras que Lenin es insuperable a la hora de la política revolucionaria y la construcción del partido y Rosa aporta la impronta propiamente socialista de la lucha del proletariado. Y este cuerpo integral, en general, no ha sido abordado como tal en el movimiento trotskista.

Las corrientes trotskistas de la posguerra

Esta misma ubicación implica, evidentemente, una crítica al abordaje del marxismo revolucionario de nuestra propia corriente histórica de origen, el morenismo, [14] así como a la mayoría de las corrientes que se inscribieron e inscriben en la vertiente del trotskismo “tradicional”. Corrientes que, bajo el chaleco de fuerza del estalinismo, tendieron a perder el contenido socialista revolucionario de pelea por la autodeterminación socialista de los trabajadores. [15]

En la posguerra, el movimiento trotskista estuvo jalonado por un sinnúmero de expresiones. En los artículos que estamos presentando pasaremos revista críticamente a las más significativas. Al mismo tiempo, estos trabajos buscan establecer una clara delimitación y crítica de aquellas corrientes que hoy, a 15 años de la caída del Muro de Berlín y de la ex URSS, siguen sin sacar una sola conclusión de fondo acerca de la experiencia histórica de los “Estados obreros” en el siglo XX. Esta actitud es muy característica del trotskismo latinoamericano, tanto de los partidos y corrientes que provienen del tronco morenista (PSTU brasileño, MST y PTS de Argentina), como al PO argentino, cuyo dirigente histórico es Jorge Altamira. No pretendemos aquí hacer “profesión de fe” de definiciones que hoy tienen un valor sobre todo histórico, pero sí llamar la atención sobre las lecciones programáticas y políticas de la inmensa y frustrada experiencia histórica de la clase trabajadora del siglo XX para el relanzamiento de la lucha de clases socialista en el siglo XXI.

Al mismo tiempo se deben identificar, con más fuerza aún, las características oportunistas, centristas y/o capituladoras de corrientes básicamente europeas como el SU (cuyos partidos más fuertes son la LCR francesa y Democracia Socialista de Brasil), que siguen siendo una escuela de adaptación teórica y política a las modas intelectuales y los aparatos burocráticos de turno, y que dieron un salto con la participación de uno de sus dirigentes, Miguel Rossetto, en el gobierno burgués de Lula. [16]

No se trata de considerar a todos, de manera ahistórica, como “centristas” o capituladores. Desde el punto de vista histórico, ya hemos dejado sentado que el morenismo constituyó una de las expresiones más progresivas con un curso político general independiente de los aparatos. Pero es indiscutible que el propio morenismo terminó estallando bajo el peso acumulado de enormes problemas e inercias teórico-programáticas que no lograron pasar la prueba y que, en sentido estricto, es un hecho que esta corriente como tal ha dejado de existir. Por otra parte, es un hecho que existen aspectos y elementos valiosos de continuidad de la tradición socialista revolucionaria en otras corrientes de la posguerra.

En última instancia, el lanzamiento del socialismo revolucionario como alternativa para el siglo XXI obliga a pararse críticamente respecto del conjunto de las corrientes y tradiciones que jalonaron al movimiento trotskista en la segunda mitad del siglo XX, incluyendo nuestra propia corriente histórica de origen.

En este marco, es una obligación dejar establecidos elementos de un balance del recorrido o trayectoria anterior del movimiento trotskista, siempre teniendo presente el carácter de notas o de “cartografía” de los problemas que tienen estos textos.


Notas:

[5].- Insistimos en esta idea de condiciones específicas para contraponerla al uso y abuso por parte del trotskismo tradicional de la posguerra del concepto de “excepcionalidad”; utilizado para todo tipo de justificaciones o para realizar teorizaciones ad hoc que justamente dejaban sin explicar estas condiciones “excepcionales”.

[6].- Aquí cabe una discusión acerca de si la perspectiva de una organización internacional revolucionaria pasa por una nueva Internacional revolucionaria o de la refundación de la IV Internacional. En nuestro caso, creemos que esto debe quedar abierto, en función del desarrollo real del proceso de la vanguardia revolucionaria a escala internacional. Para más elementos, ver “Es necesaria una nueva corriente internacional”, en esta edición.

[7].- “La tradición no ha de pesarnos como una pesadilla, impedimento, empacho, objeto de culto y estúpida reverencia (…); pero, por otra parte, la tradición es lo que nos mantiene en la historia, o sea, lo que nos relaciona con las condiciones laboriosamente adquiridas que facilitan el trabajo nuevo y posibilitan el progreso. Y sin esa relación, no se puede ser sino bestias, porque sólo el secular trabajo de la historia nos diferencia de los animales”. Antonio Labriola, Socialismo y filosofía, Buenos Aires, 2004, Antídoto, p. 182.

[8].- Una y otra vez Lenin insistió que el marxismo “no es un dogma, sino una guía para la acción”. En el mismo sentido, tenemos esta extraordinaria observación metodológica de Trotsky: “La teoría no es una letra de cambio que se pueda cancelar en cualquier momento. Si ha fallado, hay que llenar sus lagunas o revisarla. Destaquemos las fuerzas sociales que han hecho nacer la contradicción entre la realidad soviética y el marxismo tradicional. En todo caso, no se puede errar en las tinieblas repitiendo las frases rituales(…) que son una afrenta a la realidad viva”. León Trotsky, La revolución traicionada, Buenos Aires, Antídoto, 1990, p. 125.

[9].- Hay que recordar aquí que en la posguerra se tendió a caracterizar como “revisionistas” a las corrientes que (supuesta o realmente) cuestionaban aspectos del armazón teórico-programático legado por Trotsky. En los dos extremos, al “schachtmanismo” y al “pablismo” –que efectivamente expresaron tendencias a la capitulación al imperialismo y la burocracia estalinista– les cupo este sayo. Las corrientes que se consideraron “ortodoxas” fueron las que se negaron a seguir (desde 1953) los pasos de capitulación del pablo-mandelismo. Creemos que la reacción de estas corrientes contra el “pablismo” fue muy progresiva, pero no en función de alguna “ortodoxia” o “revisionismo” en abstracto, sino sobre la base de consideraciones del “análisis concreto de la situación concreta”, esto es, de las posiciones que cada sector expresaba. Porque, sin duda, se puede capitular tanto siendo “revisionista” como siendo “ortodoxo” (como efectivamente ocurrió en uno u otro momento del proceso). Insistimos: para ambos casos hay sobrados ejemplos en la historia del movimiento socialista y revolucionario. Por razones de comodidad, llamamos al cuerpo central de las corrientes del trotskismo como trotskismo “tradicional“, sin desmedro de las grandes diferencias políticas que las atravesaron.

[10].- Dice Hal Draper: “El hecho sorprendente de este esbozo sobre los orígenes del movimiento está basado en el período de Marx de intensa lectura y estudio acerca de la Revolución Francesa. Este deja completamente afuera todo el espectro de los jacobinos –no sólo Robespierre y Saint Just, sino también Hebert y Marat– en favor de dos tendencias poco conocidas: los social-girondinos, alrededor del ‘Círculo Social‘ y Abbe Fauchet, y el ala revolucionaria de izquierda del ascenso (…) los enragés, que rechazaban el jacobinismo y su dictadura desde la izquierda y desde el punto de vista de las clases trabajadoras (Leclerc, Jacques Roux). Esto es especialmente interesante porque Babeuf y Bounarroti se asumían como jacobinos-robespierristas; pero en los ojos de Marx, su comunismo era una rama especial de las ideas jacobinas. Este es, en verdad, el sentido en el cual uso el término ‘comunismo jacobino‘ para describir la tradición babuvista-blanquista (…) Este hecho ha sido pasado por alto en la literatura marxista desde que la interpretación dominante ha sido fuertemente influenciada por los historiadores ‘robespierristas‘ como Mathiez y fuerzas políticas como el Partido Comunista Francés, incluyendo historiadores capaces como Soboul. Una situación análoga se observa respecto de la Revolución Inglesa: (…) es la visión similar de Cromwell opuesto a los ‘niveladores (Levellers) democráticos, por no hablar de los Verdaderos Niveladores o de los cavadores (Diggers). En Karl Marx Theory of Revolution, vol. III, Monthly Review Press, p. 361.

[11].- Citado en Tony Cliff, Trotskismo después de Trotsky, Londres, Bookmarks, 1999, p. 26.

[12].- Es el caso de las corrientes “autonomistas” inspiradas en los escritos de John Holloway, que plantean que se podría “cambiar el mundo sin tomar el poder”, que tampoco se referencian en la clase trabajadora. En la Argentina, esta posición es característica de movimientos como los MTD Aníbal Verón, de Luis Zamora y de muchos participantes de las “asambleas populares” o integrantes de la vieja vanguardia desmoralizada, a la que han derivado colectivos como la revista Herramienta.

[13].- Sin duda existe un sinnúmero de militantes y dirigentes socialistas revolucionarios de importancia, pero aquí queremos referirnos a los que resumen de una manera más global esta tradición en tanto han sido los principales dirigentes de cada una de esas expresiones. La exclusión de Antonio Gramsci obedece sólo a que aún no lo hemos estudiado lo suficiente.

[14].- Sin embargo, cabe decir que, a pesar de sus límites teóricos y programáticos y del fracaso global del proyecto fundacional que significó el estallido de fines de los 80 y principios de los 90, el morenismo encarnó en la segunda posguerra una de las pocas corrientes que logró mantenerse con un curso en general independiente de los aparatos pequeño burgueses y contrarrevolucionarios, lo que no es un mérito menor, sino uno de sus aportes específicos, positivos y vigentes a la hora del relanzamiento del marxismo revolucionario hacia una nueva síntesis.

[15].- Esto no implica, en modo alguno, alinearse con las corrientes que en las distintas batallas de la IV a partir de su fundación tendieron a posiciones ultraizquierdistas, “antidefensistas” y/o espontaneístas y de renuncia a la construcción de la organización revolucionaría. Varios de esos sectores terminaron perdiendo la brújula y dejaron de discernir la frontera entre revolución y contrarrevolución. Desarrollamos esto en el artículo siguiente.

[16].- Ver al respecto los artículos de J. Bragga y R. Ramírez en esta misma edición.

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