Víctor Artavia

¿Revolución interrumpida o revolución abortada?

La revolución interrumpida de Adolfo Gilly representó un aporte significativo en la interpretación marxista de la revolución mexicana. Su análisis clasista de este proceso revolucionario a partir de las herramientas conceptuales de la ley del desarrollo desigual y combinado, marcó un punto de ruptura con las interpretaciones maniqueístas de la burguesía y el estalinismo mexicanos, para los cuales no hubo un conflicto de clases durante la revolución1 y todo se redujo a un problema entre “buenos y malos”.

A pesar de este mérito incuestionable, a la hora de formular sus principales conclusiones políticas Gilly se distancia totalmente de la teoría de la revolución permanente, y paradójicamente, termina asumiendo caracterizaciones propias de la revolución por etapas del estalinismo. Esto se aprecia particularmente en su valoración del estado “interrumpido” de la revolución y su caracterización de Obregón y Cárdenas como representantes de una burguesía con atributos progresistas.

Según la argumentación de Gilly, cuando se produjo el derrocamiento del gobierno de Carranza por parte de Obregón en 1920, esto significó un triunfo histórico de las masas mexicanas que originó ”el carácter bonapartista del régimen de la burguesía. Determinó que la revolución, en vez de concluir y cerrarse con una estabilización del régimen capitalista asentado en bases políticas y sociales propias, se interrumpiera en un largo e inestable interregno bonapartista. Cambió la liquidación de la revolución en beneficio exclusivo de la burguesía, por la interrupción extensa pero transitoria de la revolución.”(Gilly, 1971: 333)

Y para Gilly la reactivación de la revolución se produjo con la llegada al poder del general Lázaro Cárdenas en 1934, debido a que éste fue ”la expresión política de la segunda fase ascendente de la revolución mexicana y, una vez en el poder, se afirmó y se desarrolló como un gobierno nacionalista revolucionario y antimperialista al frente de la forma peculiar de Estado capitalista surgido de la revolución agraria de 1910-1920.” (Gilly, 1971: 355)

La sola noción de que una revolución resulte interrumpida es ya de por sí bastante conflictiva en términos marxistas. A diferencia del ajedrez, en la revolución no se puede quedar “tablas”. Ésta avanza o retrocede, triunfa o es derrotada; otra cosa es la correlación de fuerzas que se establezca en cada caso.

El trasfondo de esta formulación “gillyana” de revolución interrumpida consiste en justificar su capitulación política a sectores de la burguesía nacionalista. Esto salta a la vista cuando Gilly indica que el régimen bonapartista –al cual le atribuye cualidades progresivas– surgió tras el ascenso al poder de Obregón, con lo cual pretende establecer una diferenciación total entre éste y Carranza.

Como explicamos en nuestra periodización de la revolución, el bonapartismo fue un proyecto compartido por los dos líderes del constitucionalismo, quienes más allá de sus diferencias políticas coincidían totalmente en la necesidad de derrotar a la revolución campesina, para lo cual tuvieron que recurrir a medidas “pro obreras” para obtener respaldo político en las ciudades.

Esto no significa obviar sus profundas diferencias políticas en torno a cómo administrar el Estado burgués y sus relaciones con el movimiento obrero. Es claro que Carranza representaba a un ala más reaccionaria y represiva de la burguesía, mientras que Obregón encabezaba al sector más conciliador. Pero estas diferencias no fueron excluyentes, sino que se complementaron perfectamente a la hora de constituir ese nuevo régimen bonapartista, que como lo caracterizó Trotsky podía gobernar ”sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones” (Trotsky, 2000: 163). Cuando la burguesía interpretó que era necesario apelar a la represión policial, tuvo en Carranza a su hombre de confianza, mientras que cuando consideró dar prioridad a la maniobra y la negociación para hacerse del apoyo del movimiento obrero optó por la figura de Obregón.

Otra demostración de esta capitulación de Gilly a la burguesía nacionalista, es su caracterización del cardenismo como ”la expresión política de la segunda fase ascendente de la revolución mexicana”, que tomó la forma de un gobierno nacionalista revolucionario. Con esta conclusión Gilly extrapola su objetivismo, llegando a otorgarles un carácter progresivo intrínseco a las medidas económicas que tomaron los gobiernos bonapartistas –como la nacionalización petrolera, la repartición de tierras–, sin responder antes a tres preguntas elementales: el qué, el cómo y el para quién de las mismas.

Saltarse estos cuestionamientos le impiden a Gilly comprender que esas medidas económicas adoptadas por los gobiernos bonapartistas no presentaban ningún rasgo progresivo –¡no se diga revolucionario!–, puesto que apuntaron en todo momento a garantizar la continuidad del capitalismo en México. Fueron implementadas desde arriba, en función de los intereses de la burguesía nacional mexicana, la cual tuvo que apoyarse en sectores del movimiento obrero para obtener un respaldo político que le proporcionara cierto margen de maniobra frente a los capitales imperialistas.

Desde nuestra parte asumimos plenamente las conclusiones políticas que en su momento planteó Trotsky con relación a la revolución mexicana y el gobierno de Cárdenas. En el artículo Qué ha sido y adónde va la revolución mexicana, publicado en noviembre-diciembre de 1939 y escrito por el trotskista mexicano Octavio Fernández tras una conversación con Trotsky, el desenlace final de la revolución es calificado como un ”aborto gigantesco”, producto del cual surgió una ”burguesía indígena totalmente nueva” (Fernández, 2000: 273-274).

Y a diferencia de Gilly que le confirió cualidades revolucionarias al régimen bonapartista y sus diferentes gobiernos, Trotsky y Fernández fueron categóricos al señalar que al ”pasar de mano en mano, de Soto y Gama a Obregón, de Calles a Graciano Sánchez, los millones de campesinos miserables no han visto resolver su situación, ni por las distribuciones realizadas por Cárdenas, y menos aún por la voraz burocracia que podría denominarse ejidista. La salida no es en la Revolución mexicana que ya ha vencido, porque ella ha creado nuevos explotadores”. (Fernández, 2000: 274)

¿Qué importancia tiene este debate sobre el carácter interrumpido o abortado de la revolución? La historia es una interpretación del pasado desde el presente. Por ello, las conclusiones que se extraen de un proceso revolucionario son de gran trascendencia para el planteamiento de las tareas revolucionarias estratégicas del presente.

Esto lo tuvieron muy presente Trotsky y Fernández a la hora de formular su artículo, el cual iniciaron con un señalamiento que aún hoy es de una gran validez política: ”NUNCA COMO HOY Y EN NINGÚN LADO COMO EN MÉXICO la palabra revolución ha tenido contenidos tan diferentes y ha servido para cubrir objetivos y actitudes tan contradictorios. Hace más de veinte años que escuchamos caracterizar a la Revolución mexicana bajo todas las formas e intitularse como revolucionarios a gente de todos los matices (…). Todo es la ”revolución”. Todos son ”revolucionarios”, desde los que venden las huelgas hasta los que actúan como agentes directos del imperialismo. El resultado es una enorme confusión en las masas obreras y campesinas (…). Frente a hechos de este género, es más que nunca necesario explicar la naturaleza de la Revolución mexicana y apreciar si ella ha sido o no capaz de resolver sus tareas históricas. Al mismo tiempo, es necesario indicar el camino de la próxima etapa”2 (Trotsky, 2000: 270)

Estas palabras de Trotsky y Fernández se materializaron plenamente en el posterior desenvolvimiento político de Adolfo Gilly. Su capitulación política a la burguesía “progresista” del pasado, tuvo como corolario su ingreso al reformista Partido de la Revolución Democrática, organización que desde finales de los años ochenta se convirtió en la “pata izquierda” del Estado mexicano3.

A modo de conclusión: las lecciones universales de la revolución mexicana

La revolución mexicana de 1910 representa uno de los episodios más destacados en la historia de la lucha de clases latinoamericana; nos atrevemos a decir que el más importante luego de la revolución cubana de 1959.

Su dinámica empíricamente anticapitalista llegó a poner en duda la continuidad del capitalismo mexicano; marcó un antes y un después en la historia reciente de esta nación. Por esto reiteramos lo que señalamos al inicio de esta investigación: la hazaña revolucionaria del campesinado mexicano en 1910 es un referente obligatorio para los futuros combates de la clase obrera y el pueblo mexicano; los aciertos y desaciertos de la dirección campesina de Villa y Zapata son un punto de partida obligatorio para garantizar el éxito de una eventual nueva revolución mexicana.

Pero además de las enseñanzas de carácter “local”, la revolución mexicana nos permite extraer una gran cantidad de conclusiones políticas de alcance universal, que de una u otra forma, deben ser incorporadas como parte de la teoría revolucionaria.

Desde nuestra parte, podemos señalar al menos cinco conclusiones principales:

  1. La revolución campesina mexicana, en particular en lo que concierne al accionar de la corriente zapatista, fue una demostración de que bajo ciertas condiciones históricas muy particulares el campesinado puede desarrollar prácticas políticas que sobrepasen las previsiones inicialmente planteadas por el marxismo –en particular por Marx y Engels–.

  2. A pesar de esto, los alcances revolucionarios del campesinado mexicano no lograron superponerse a las limitaciones propias de su carácter de clase, lo que de una forma excepcional vino a confirmar la caracterización marxista de que las capas intermedias de la sociedad –entre ellas el campesinado– son incapaces de postularse como una alternativa frente al capitalismo.

  3. Por todo lo anterior, queda plenamente demostrada la validez del axioma marxista de que sin clase obrera autodeterminada no hay revolución socialista.

  4. La autodeterminación de la clase obrera no se produce de manera espontánea al calor de los acontecimientos revolucionarios, tal y como demostró la experiencia mexicana con el proletariado agrícola de Morelos. Para lograr esto, es preciso la mediación de un partido político de la clase obrera, que sea capaz de interpretar las sensibilidades populares y sintetizarlas en forma de programa transicional hacia el socialismo.

  5. Esto desmiente toda apelación a las tesis sustituistas y objetivistas, mediante las cuales se llegó a caracterizar como “socialistas” a procesos revolucionarios donde la clase obrera estuvo del todo ausente o no llegó a intervenir como clase para sí. Tanto el sustituismo como el objetivismo representaron una equivocada revisión de la teoría de la revolución en el marxismo.

Bibliografía

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Gilly, Adolfo. La revolución interrumpida. México D.F. Ediciones El Caballito: 1971.

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Sáenz, Roberto. “China 1949: revolución campesina anticapitalista” en Socialismo o Barbarie 19. Publicación de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie. Buenos Aires, Argentina: 2005.

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Wolf, Eric R. Las luchas campesinas del siglo XX. Siglo Veintiuno Editores. México D.F.: 1972.


1 Por ejemplo tenemos el análisis de la revolución que realiza un ex militante del Partido Comunista Mexicano, Enrique Semo, quien la visualiza como “… parte de un ciclo de revoluciones burguesas que se inicia con la transición de nuestro país al capitalismo y que termina en el momento en el cual la burguesía mexicana pierde toda reserva revolucionaria, es decir, toda capacidad de plantear y resolver los problemas del desarrollo del capitalismo por el camino revolucionario…” (Semo, 1980: 138-139). ¿Y en qué momento se produce esto? El militante comunista no duda en darnos la fecha: 1940, cuando ya no quedaba rastro alguno del frenesí revolucionario mexicano.

2 La negrita es nuestra.

3 Posteriormente Gilly rompería con el PRD, pero no por un retorno a posturas revolucionarias, sino por diferencias menores.

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