Por Roberto Sáenz

Hasta acá estamos en el terreno de los conceptos más generales. Luego viene el pensamiento estratégico, la táctica y la estrategia, el ataque y la defensa. Escribí sobre esto en Cuestiones de estrategia y no es el eje en esta escuela.

Recordemos simplemente que en el caso de la socialdemocracia alemana se hablaba de “cuestiones de táctica” exclusivamente. Recién con la Revolución de Octubre y la generalización de la experiencia en la Tercera Internacional, se empieza a hablar de estrategia: “Entendemos por táctica en política –por analogía con la ciencia bélica– como el arte de conducir operaciones aisladas; por estrategia, el arte de vencer, es decir, de apoderarse del mando” (Trotsky, Lecciones de octubre).

No se hablaba de estrategia hasta ese punto. La gran época de la estrategia revolucionaria comienza en 1917, afirma Trotsky. Si todo era una mera cuestión de “táctica”, se desligaba de su fin: “el movimiento es todo, el fin nada”, afirmaba un Bernstein agudo desde su punto de vista…

Nos interesa referirnos ahora muy someramente al problema del ataque y la defensa (será retomado en el próximo punto).

Clausewitz afirma que el ataque carga con más costos que la defensa; la defensa es más “económica”. Y se entiende, porque un orden de cosas ya consagrado es más fácil de defender que consagrar un nuevo orden, lo que requiere una energía mayor: “En una analogía brillante, Clausewitz indica que esta ventaja de la defensa se expresa en todo los ámbitos de la vida ‘y particularmente en los asuntos legales, que muestran tanta semejanza con la guerra, está expresada por el proverbio latino beati sunt possidentes (dichosos los propietarios)” (Vega; 1993; 95), es decir, los que ya tienen una posición consagrada[1].

Trotsky toma esta enseñanza, pero le da una “vuelta de rosca”. Afirma que el que crea que sólo se puede atacar –no importa en qué condiciones– es un “papanatas” (los “teóricos de la ofensiva”) pero aquel que piense que alcanza con sólo defenderse, es reformista.

Toda acción revolucionaria se presenta siempre –por su forma, no por su contenido– de manera “defensiva”. Pero esto hace sólo, insistimos, a la forma; por su contenido las acciones pueden ser defensivas u ofensivas. En algún momento habrá que atacar si se quiere “asaltar las fortalezas” que comanda la burguesía. De ahí que sea reformista pensar en tácticas solamente defensivas.

Esto era característico de Kautsky, que pensaba la huelga general como instrumento solamente en caso de “manotazos reaccionarios”, como herramienta puramente defensiva. Para todo lo demás estaban las elecciones. De ahí también su definición característica del partido como un partido “revolucionario” sólo nominalmente, no uno que hace revoluciones.

Otra cosa es que la acción ofensiva en su contenido se presenta siempre “defensivamente” en su forma, como respuesta a un ataque que viene de nuestros enemigos de clase. Y esto porque se necesita del elemento democrático para ganar la anuencia para la acción.

Decimos: “nos vemos obligados a ocupar pacíficamente la fábrica”. Las acciones siempre se presentan defensivamente, como obligados por las circunstancias.

Esta es una enseñanza universal de la discusión sobre la insurrección que está en paralelo con la discusión sobre la legalidad soviética. Era correcta la posición de Lenin de presionar para que el partido se tirara al poder. Subordinado a esto, tácticamente, había que hacer aparecer las cosas como que si fuera el II Congreso de los Soviets de toda Rusia el que resolviera la cuestión.

Esta forma de plantear las cosas, con ser muy importante, era del orden de la táctica: arroparse con la “legalidad soviética”. Simultáneamente, el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado ya estaba organizando, a todos los efectos prácticos, la insurrección.

Que fuera algo táctico no quiere decir que fuera secundario: contribuyó al éxito de la insurrección, a diferencia de Moscú, donde este factor legitimador no estuvo presente y la insurrección fue más costosa.

Trotsky da una definición sobre la defensa y el ataque tomando en cuenta lo que dice Clausewitz de la superioridad de la defensa, pero balanceándola con que hay que atacar para tomar el poder (y en muchos otros casos). Hay que saber pasar a la ofensiva; de otra manera es imposible quebrar el movimiento inercial.

El capítulo termina con la fórmula tripartita de “comandancia, pueblo y Estado”. Para Clausewitz el pueblo tiene características negativas, la comandancia sería el elemento mediador y el Estado la política que dirige. Lo que dice de las masas es característico de un burgués, nosotros tenemos otra concepción.

Tenemos diferencias no solo con Clausewitz, sino con todas las corrientes militaristas. Le colocamos un peso inmenso a que la clase obrera y su vanguardia sean el sujeto consiente de la transformación social: nuestra convicción es que las masas –con sus organizaciones y partidos– son las que hacen la historia[2].

Es una concepción del sujeto completamente distinta, no por ello ingenua o cosa parecida. Debe haber disciplina férrea en la acción. Existen vanguardias y retaguardias en el seno mismo de la clase obrera, lo que hace imprescindible el partido revolucionario. Es de una complejidad inmensa la elevación de la clase trabajadora a clase histórica (¡ahí está todo el siglo pasado para atestiguarlo!).

Pero el marxismo revolucionario de Lenin y Trotsky, de Rosa Luxemburgo y Gramsci, maneja otro criterio: ni el “estatista” de Clausewitz, ni el reformista y/o pacifista de Kautsky, ni el de las corrientes militaristas, sustituistas o guevaristas, sino el criterio de la revolución como evento de las más amplias masas, de la vanguardia, sus organismos y partidos revolucionarios, el criterio del protagonismo consciente de los explotados y oprimidos.

Una frase clásica del Che era «con veinte ‘pelotas’ hacemos la revolución»… Tenía cierto desprecio por las masas, por la clase obrera como sujeto real, autoconsciente, de la revolución, algo que arrastró hasta el final de su vida[3].


[1] Ventaja que se aprecia, entre otras cosas, en la actual pandemia, cuando unos deben pasar la cuarentena hacinados en departamentos o casas de pocos ambientes (o ninguno) y otros se van en helicóptero a sus mansiones en las afueras de la ciudad o el interior del país. En Francia, al parecer, existen 3,2 millones de “segundas residencias”, muchas de ellas en manos de la población con mayor nivel de ingresos. De allí que no haya sido casual la “invasión” de turistas en las localidades minutos antes de que se declarara la cuarentena (igual fenómeno ocurrió en muchísimas partes del globo).

[2] Esto remite a una concepción más profunda de la humanidad, “antropológica” por así decirlo, que confía en que las masas laboriosas pueden hacer la historia, que la humanidad se creó y se crea a sí misma (ver Engels antropólogo, del mismo autor de esta nota).

[3] El Che murió leyendo La revolución permanente. Al parecer le impactó más el carácter propiamente internacional de la revolución que el problema de la centralidad de la clase obrera en la misma.

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