• Para construir organizaciones revolucionarias en el siglo XXI, hay que sacar lecciones del siglo XX.

Roberto Saenz

Por su parte, el problema que jalonó al pablo-mandelismo es que no supo conservar una ubicación independiente respecto de los aparatos burocráticos y capituló permanentemente a una u otra variante de ellos.

Partiendo de reconocer los procesos de la posguerra como revoluciones (salvo en el glacis), no sólo se excedieron en el sentido de concebirlos como procesos “obreros y socialistas” que daban lugar a nuevos Estados obreros –lo que fue más o menos común a todo el tronco principal de la IV–, sino que llegaron a considerar a sus direcciones como “empíricamente revolucionarias”. Esto condujo, lógicamente, a una profunda adaptación [32] : a Tito en Yugoslavia, a Mao en China, a Castro en Cuba, a los sandinistas en Nicaragua (que ni siquiera habían tomado medidas anticapitalistas), a las direcciones guerrilleras latinoamericanas en general… [33]

Este método de confundir un proceso con su dirección y al mismo tiempo atribuirle a las direcciones un carácter revolucionario socialista que indudablemente no tuvieron [34]llevó a que esa corriente encarnara toda una tradición de oportunismo y adaptación [35] , que terminaba viendo a la burocracia estalinista como agente de la revolución “socialista”.

Porque el criterio metodológico marxista revolucionario elemental que falló y sigue fallando en el pablo- mandelismo es el de no perder nunca de vista que la principal conquista que debe obtener la clase obrera en cada paso de su lucha es el progreso de su organización y acción independiente. Al dejar de lado este criterio elemental, el SU hizo escuela en la adaptación y la total pérdida de la independencia de los revolucionarios. De allí viene la táctica del “entrismo sui generis” (el ingreso en los PCs a lo largo de los 50 y los 60), el planteamiento “de principios” en contra de construir secciones de la IV en Cuba o Nicaragua, etc.

El pablo-mandelismo estuvo marcado por un tipo de “objetivismo” particular, que veía en la naturaleza de las direcciones burocráticas rasgos “contradictorios” pero poseyendo atributos revolucionarios. Una comprensión de “revolución socialista” de la mano de la burocracia estalinista, siempre “obligada a optar” entre el imperialismo y las masas revolucionarias e inclinándose “por la revolución”. Naturalmente, si esto era así, el movimiento trotskista perdía todo sentido.

Este problema se manifestó cuando el “III Congreso Mundial de agosto de 1951 declaró acerca de los países del Este Europeo que: ‘la asimilación estructural de estos países a la URSS debe ser considerada esencialmente completa y a estos países como habiendo dejado de ser básicamente países capitalistas (…) es sobre todo en virtud de su base económica caracterizada por nuevas relaciones de producción y de propiedad propias de una economía estatizada (…) debemos considerar estos Estados como Estados obreros deformados (…) ha resultado que la acción revolucionaria de las masas no es una condición indispensable necesaria para que la burocracia sea capaz de destruir el capitalismo‘”. [36]

Pero Trotsky (que había vivido en tiempo real las expropiaciones estalinistas en Polonia 1939-40) comparaba “esta medida, revolucionaria en su carácter –la expropiación de los expropiadores– pero alcanzada de forma militar-burocrática, a la abolición de la servidumbre en Polonia por las fuerzas de ocupación de Napoleón. La revolución socialista aparentemente podía, como la revolución burguesa, ser impuesta desde arriba… Trotsky, sin embargo, calificó así este juicio: ‘el criterio político principal para nosotros no es la transformación de las relaciones de propiedad (…), más allá de lo importante que esta medida pueda ser en si misma, sino más bien el cambio en la conciencia y organización del proletariado mundial, la elevación de su capacidad para defender conquistas anteriores y obtener nuevas. Desde este punto de vista, el único decisivo, las políticas de Moscú, tomadas como un todo, retienen completamente su carácter reaccionario y se mantienen como el obstáculo principal en el camino de la revolución mundial” [37] . Esto es lo que dejó completamente de lado el pablo-mandelismo.

“Michel Pablo, secretario general de la IV Internacional, fue quien llevó más lejos la nueva línea de que los países del Este europeo eran tipos de Estados obreros in extremis. En 1949 introdujo la noción de que habría por delante “siglos de estados obreros deformados”. En abril de 1954, Pablo escribía: ‘tomada entre el desafío imperialista y la revolución mundial, la burocracia soviética se alinea con la revolución mundial‘ (…) Pablo devino un apologista del estalinismo. Si fuese a haber ‘siglos de estados obreros deformados‘, ¿cuál era el rol para los trotskistas o para la revolución obrera? El estalinismo se hacía aparecer como progresivo y el trotskismo irrelevante”. [38]

Toda esta conceptualización, ni que decir tiene, estaba en abierta oposición a la elaboración de Trotsky, que en ninguna parte había dicho que la burocracia tuviera una “doble naturaleza”, ni mucho menos que fuera “empíricamente revolucionaria”, como dijeron Pablo y Mandel. Trotsky había hablado de otra cosa: de un doble rol de la burocracia en la URSS (según él, “viéndose obligada a defender la propiedad estatizada, pero, al hacerlo con métodos burocráticos, en definitiva, socavándola”), pero una sola naturaleza: enteramente contrarrevolucionaria. Incluso, como hemos dicho, Trotsky llegó a caracterizar a la propia URSS, en el período del pacto Ribbentrop-Molotov, como “Estado obrero contrarrevolucionario”.

Pero dejemos hablar al propio Michel Pablo: “La realidad social objetiva para nuestro movimiento está compuesta esencialmente del régimen capitalista y del mundo estalinista. (…) se quiera o no, estos dos elementos constituyen la realidad social objetiva tout court, porque la inmensa mayoría de las fuerzas opuestas al capitalismo se hallan actualmente dirigidas o influenciadas por la burocracia soviética”. [39]

Tal como criticaba en ese momento la progresiva fracción mayoritaria del PCI de Francia [40] , la realidad social mundial ya no estaría establecida fundamentalmente por la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía imperialista mundial, sino por una supuesta pelea superestructural entre “campos”, donde sólo cabía optar por uno de ellos. Ante esas supuestas condiciones “objetivas”, para Pablo había que optar por el mundo estalinista… [41] Esta teoría de los “campos” hacía parte de la orientación de capitulación a la que se llevó a la mayoría de la IV Internacional en esas décadas y el marco para la pérdida de independencia de las organizaciones revolucionarias desde la irrupción del estalinismo en los 20. [42]

Sigue hablando Pablo: “Por otra parte, el rol jugado por la dirección estalinista bloquea, como en la URSS, el libre desarrollo socialista (…) y pone todas las conquistas obtenidas en peligro permanente. Es sin embargo necesario, para una justa orientación de los marxistas revolucionarios, recordar no sólo que el proceso objetivo es en último análisis el único determinante, que prima sobre todos los obstáculos de orden subjetivo, sino también que el estalinismo mismo es, en cierto modo (…) un fenómeno contradictorio” [43] .

Por tanto, tenemos, por un lado, un objetivismo feroz que plantea que “el proceso objetivo pasa por encima de todos los obstáculos de orden subjetivo” porque es “el único determinante”; es decir, la revolución socialista es un proceso “objetivo” (¿para qué harían falta, entonces, los programas, la lucha de partidos… y la IV Internacional?) [44] 4 Por el otro, sumado a lo anterior, la burocracia estalinista era un fenómeno “contradictorio”, por lo que tendría un costado lisa y llanamente revolucionario. [45]

Dice Pablo: “(…) la cuestión yugoslava (…) y la victoria china, así como otras revoluciones coloniales actuales (…) han demostrado que los partidos comunistas conservan la posibilidad, en ciertas circunstancias, de tomar una orientación revolucionaria, es decir, de verse obligados a emprender una lucha por el poder. Estas circunstancias se han revelado durante y después de la Segunda Guerra Mundial (…). En estas circunstancias excepcionales, el movimiento de masas no encontró otro lugar que los partidos comunistas para canalizar, para obligar a estos partidos a ir más lejos en su dirección más allá de que el Kremlin no lo deseara, y literalmente los ha puesto en el poder” [46] .

Es significativo que en este pasaje de Pablo se encuentren muchos de los lugares comunes en los que cayó la mayoría del trotskismo “tradicional” en la posguerra. Aparece la famosa “excepcionalidad”, las direcciones que “se ven obligadas a ir más lejos”, etc. También es significativo que, a lo largo de todo el texto, el “poder” a secas y en abstracto aparece de hecho reemplazando a o como sinónimo de la revolución socialista, a la que no casualmente no se alude una sola vez como tal.

En la misma línea: “Nosotros, trotskistas, que siempre hemos defendido la teoría de que la revolución china no podía vencer más que bajo la dirección política del proletariado y de su vanguardia revolucionaria, defendemos las conquistas obtenidas, así como cada paso hecho en la dirección de la instauración de un poder democrático de los obreros y campesinos pobres chinos. Damos apoyo crítico al PC chino y al gobierno de Mao Tse Tung, y reclamamos nuestra existencia legal en tanto que tendencia comunista del movimiento obrero”. [47]

Típicamente, el pablo-mandelismo les otorgó un apoyo crítico de este tipo a casi todas las direcciones contrarrevolucionarias de la posguerra, que aparecen completamente embellecidas y llevando adelante “el poder democrático de los obreros y campesinos”. Este apoyo a medidas parciales supuestamente progresivas crea confusión sobre el carácter reaccionario del conjunto de la política de la burocracia, e impide así el accionar global e independiente que corresponde a una política genuinamente revolucionaria.

En el caso de Pablo, esta capitulación es justificada metodológicamente mediante la apelación descarnada al empirismo, contra el status mismo de la teoría en el marxismo: “En cuanto a nosotros, que jamás hemos dado primacía a la teoría –no importa cuál– por sobre la vida (afirmación que se opone a una comprensión verdadera, no mística, no esquemática, no dogmática de lo que es el marxismo), damos (…) una explicación muy diferente (…). Esta época de transición desorienta a los escolásticos del marxismo, a los partidarios de las formas ‘puras‘, porque plantea una línea más complicada, más sinuosa, más larga que la que los clásicos del marxismo habían esbozado hasta la experiencia de la revolución rusa (…). La gente que desespera por la suerte de la humanidad porque el estalinismo todavía se mantenga y obtenga victorias reduce la historia a su medida (…) esta transformación ocupará probablemente un período histórico entero de varios siglos que estarán colmados de formas y regímenes transitorios entre el capitalismo y el socialismo, necesariamente alejados de las formas ‘puras‘ y de las normas”. [48]

Se trata de un abordaje empirista y no marxista, al servicio de la adaptación a los tremendos límites de esas revoluciones (y a sus direcciones), a nuestro entender ni obreras ni socialistas. [49] Y, lo que es peor, al servicio de la adaptación a sus direcciones burocráticas y pequeño burguesas, ajenas a la clase trabajadora y la tradición auténtica del socialismo revolucionario.

En todas las décadas transcurridas desde entonces, esta raíz en una concepción completamente objetivista y de capitulación a los aparatos burocráticos nunca fue superada, ni siquiera hoy, como lo muestra el caso de DS en Brasil. En un texto de balance de Daniel Bensaïd, uno de los dirigentes actuales del SU, se afirma respecto de las revoluciones de la posguerra: “Estos eventos planteaban cuestiones políticas y estratégicas nuevas, para las que la sola comprensión de la revolución rusa no aportaba la respuesta. ¿Cómo determinar la formación de un nuevo Estado obrero: a partir de la conquista del poder, que es un acto político (…) o a partir de las transformaciones socio-estructurales, que son necesariamente un proceso desigual? ¿Cómo explicar las revoluciones victoriosas sin partido revolucionario, contra la voluntad de su dirección supuesta (…)? La resolución de 1951 sobre la revolución yugoslava (…) aporta a esta cuestión elementos de respuesta”. [50]

¿Qué decía esta resolución? Que la revolución yugoslava confirmaba “en todos los puntos la teoría de la evolución permanente”. Lo que, como estamos intentando demostrar aquí, es una falsedad y una mistificación completa acerca del verdadero carácter de las revoluciones de la posguerra: que, al no darse el acto político de la real conquista del poder por la clase trabajadora, quedaba cuestionado el carácter obrero del Estado. Lo que no puede lograrse por el mero expediente de “transformaciones socio-estructurales” en manos de clases o sectores de clase ajenos a, o distintos de, la clase obrera misma.

Sin embargo, a pesar del carácter de análisis-justificación de los “balances” de Bensaïd [51] , es interesante que se observa allí la misma lógica que operaba detrás de las posiciones de Pablo, que a su vez expresa elementos comunes a todo el resto del trotskismo “tradicional”: “(..) se aferran a una fórmula bastante general de Trotsky, según quien, en circunstancias excepcionales, los pequeño burgueses e incluso los estalinistas serán susceptibles de ir más allá que lo que ellos querían en la vía de la ruptura con la burguesía. La interpretación extensiva de esta fórmula presenta varios inconvenientes. Por empezar, su imprecisión (…) si hay suficientes circunstancias excepcionales y si las excepciones se pueden multiplicar, ¿por qué no imaginar que las experiencias china y yugoslava podrían repetirse? Esto es, por otra parte, lo que presumía Pablo en ‘Où allons-nous?‘, al generalizar las consecuencias posibles de la presión de las circunstancias objetivas sobre los partidos comunistas. La excepción tiende así a convertirse en regla: la crisis y la presión de las masas pueden llevar a diferentes PCs a emprender el combate y a llegar más lejos que los objetivos fijados por la burocracia soviética”. [52]       Típico razonamiento muy presente en todas las corrientes trotskistas “tradicionales”, que veían a la burocracia extendiendo revoluciones “socialistas” por todo el orbe. [53]

Mistificación de la acumulación burocrática

En el terreno teórico, fue Ernest Mandel el autor de una insostenible mistificación de la economía de los mal llamados “Estados obreros”. Mandel sigue, de manera vulgar, a Preobrajensky, autor del importante trabajo La nueva economía (1926), pero a casi 40 años de distancia. Dice Naville sobre la obra de Preobrajensky: “(…) saber si los fondos excedentarios debían ser llamados plusvalía o sobreproducto quedaba abierto. Preobrajensky prefiere el término de sobreproducto ‘en la medida en que se trata de caracterizar no solamente lo que existe sino también las tendencias de desarrollo‘. Esto era, en el mejor de los casos, una apuesta para el futuro. Hoy día, sabemos que esa apuesta no se ganó”. [54]

Resumiendo: sabemos que la acumulación no se hizo en el sentido de la transición socialista, sino en el del fortalecimiento de la posición de la burocracia. Y esto es importante señalarlo porque el principio incorrecto sobre el que se apoyaba todo el análisis de Preobrajensky era que en la URSS la clase trabajadora no se podía explotar a si misma: “Formalmente los productores dominantes y la burguesía dominante se encontraban en la misma posición: ni la una ni la otra se podían explotar a sí mismas. Pero esto es así por razones completamente diferentes. El contenido de la dominación, sobre todo desde el punto de vista económico, no es el mismo. En el caso de la burguesía, ella no se puede explotar a sí misma porque vive de la explotación de los productores asalariados. En el caso de los productores, no pueden explotarse a sí mismos porque ya no hay una clase antagonista a la cual explotar y toda la ganancia viene de ellos mismos y es subsidiada por ellos”. [55]

Y luego agregaba: “Pero hay otro análisis formal: es el hecho de que subsiste asimismo una explotación derivada, ligada a las formas de reparto de la plusvalía y la ganancia. Para el capitalismo, este reparto es concurrencial (la competencia) y fundado sobre el mercado libre (…). Para la clase obrera organizada en poder dominante, este reparto está planificado y no regido por la competencia, pero esa planificación no implica menos contradicciones, rivalidades, conflictos, desigualdades: allí se encuentra la fuente de las expoliaciones burocráticas, y esto no es en general posible más que porque hay en la clase de los trabajadores asalariados que la sostiene [a esta planificación] un principio de explotación mutua manifestada por el renovado juego de la ley del valor.

“A fin de cuentas, la fórmula según la cual ‘la clase trabajadora no se puede explotar a sí misma‘ es un sofisma destinado a oscurecer los fenómenos de expoliación inevitables en una sociedad de transición y que, si no son esclarecidos por lo que son, eternizan las relaciones de desigualdad que bien pueden, a la larga, reconstituir relaciones de explotación entre clases de un nuevo género. No hay nada de imposible en ello”. [56]

Milimétricamente fue esto lo que pasó en las sociedades donde fue expropiado el capital. Pero Mandel no se percató de nada de esto en tiempo real, dado que escribía, en la misma época del texto de Naville, su Tratado de Economía Marxista, una obra de insostenible embellecimiento y mistificación de la economía soviética en general y de la acumulación en manos de la burocracia, en particular. De hecho, se compartía la ubicación metodológica del propio Stalin de que en el mundo había “dos economías con dos principios distintos”.

La crítica a Mandel en este terreno es fundamental, porque su análisis opera como justificación teórica de la adaptación al estalinismo y las direcciones burocráticas. Aquí, el concepto de mistificación es importante, porque hace a definiciones que clausuran u obstruyen la visión acerca de los verdaderos problemas y contradicciones sociales que atravesaban a estas sociedades. Mandel, al perder el punto de vista crítico, no daba cuenta de las contradicciones sociales que atraviesan incluso a los fenómenos de “conquistas” o de sociedades no capitalistas.

Veamos un ejemplo: “Contrariamente a lo que afirman numerosos sociólogos que se esfuerzan en utilizar el método de análisis marxista, la economía soviética no revela ninguno de los aspectos fundamentales de la economía capitalista. Sólo las formas, los fenómenos superficiales, pueden inducir a error al observador que busca su naturaleza social (…). La acumulación soviética es una acumulación de medios de producción como valores de uso (…). La economía capitalista mundial forma un todo (…). Por el contrario, la economía soviética, aun conservando determinados lazos con la economía capitalista mundial, se sustrae a las oscilaciones coyunturales de la economía mundial (…)”. [57]

Así arranca Mandel su mistificador análisis de la economía soviética en manos de la burocracia; un punto de vista desastroso por donde se lo mire. Porque decir que la economía soviética no revelaba “ninguno de los aspectos fundamentales de la economía capitalista” no sólo era insostenible en la década del 60, sino incluso en la década del 30. Subsistían –y no podían dejar de subsistir– dos aspectos absolutamente fundamentales de la economía capitalista: la continuidad de la ley del valor y el trabajo asalariado. Y estos dos aspectos alcanzan para dejar sentado que la economía de los países del Este (como tampoco ninguna economía verdaderamente de transición) se puede sustraer al imperio de las leyes del mercado mundial capitalista. Desarrollaremos esto más adelante. [58]

Pero a este dislate se le agrega otro: el embellecimiento de la acumulación en manos de la burocracia, que consistiría lisa y llanamente en acumulación “como valores de uso” (en el caso de los medios de producción). Es decir, por fuera de los criterios de ganancia y al servicio de la pura utilidad social y común. Esto es completamente falso, porque pasa por alto que la base de la producción en todas las ramas y esferas de la economía era el trabajo asalariado. Esto es, que la fuerza de trabajo continuaba siendo una mercancía, y que la contradicción principal en la URSS era la oposición entre la norma capitalista de apreciación de las capacidades de trabajo y la apropiación estatal-colectiva de la plusvalía (que terminaba en manos de la burocracia), como hemos explicado en el articulo anterior según el modelo que propone Naville de las “cooperativas”. [59]

La verdadera base de esto era que Mandel seguía a Stalin en la idea de que hay “dos mundos económicos distintos”, con dos principios económicos rectores distintos, y que por tanto la ley del valor no regía en las sociedades no capitalistas. Por esto dice Mandel que la economía soviética “no revela ninguno de los aspectos fundamentales de la economía capitalista”.

Pero es un hecho que la desproporción entre las distintas ramas de la economía y la verdadera irracionalidad de la planificación en manos de la burocracia hacían que la ley del valor, que seguía imperando en las sociedades no capitalistas, se terminara imponiendo. No se puede burlar la ley del valor ni siquiera en una verdadera sociedad de transición, porque su imperio viene necesariamente de las imposiciones del dominio del mercado mundial. Lo que sí es posible, mediante una planificación democrática flexible que reconozca la continuidad de este imperio del valor, es dirigir la acumulación de medios de producción en un sentido que, a la postre, signifique una elevación del nivel de vida y cultural de las masas. Pero no es esto lo que pasó en la URSS, donde, como ya había definido León Trotsky, la parte del león de la acumulación fue crecientemente a parar a manos de la burocracia.

No se trata de un mero problema de “formas”; esas formas eran la expresión de un contenido: la continuidad del imperio de la ley del valor. Incluso en muchos casos el voluntarismo burocrático inducía a error a los analistas, porque bajo las “formas” de arbitrariedad administrativa se ocultaba la continuidad de las leyes y restricciones heredadas del capitalismo y reproducidas al servicio de la acumulación en manos de la burocracia.

Hay incontables pasajes de la obra de Mandel que ilustran el carácter mistificador-justificador de su análisis y su capitulación a los aparatos burocráticos. Veamos.

“Cierto que la industrialización rápida revista la forma de una ‘acumulación primitiva‘ realizada por una violenta sustracción respecto al consumo obrero y campesino, de la misma forma en que la acumulación primitiva del capitalismo se basó en el incremento de la miseria popular. Pero, salvo en el caso de una contribución extranjera en gran escala, toda acumulación acelerada sólo puede realizarse por el incremento del sobreproducto social no consumido por los productores, sea cual fuere la sociedad donde se manifieste semejante fenómeno. Y esto no tiene nada de específicamente capitalista”. [60]

Este embellecimiento idílico es absurdo, cuando es evidente que la acumulación fue a parar a manos de la burocracia. La argumentación de que “toda acumulación acelerada” se debe hacer a expensas de los productores inmediatos no es más que una burda racionalización de la explotación (no orgánica) por parte de la burocracia.

Continúa Mandel: “La acumulación capitalista es una acumulación de capital, es decir, una capitalización de la plusvalía que tiene por fin producir más plusvalía mediante ese capital. La ganancia es el fin y el motor de la producción capitalista. La acumulación soviética es una acumulación de medios de producción como valores de uso. La ganancia no es el fin ni el motor principal de la producción. Sólo representa un instrumento accesorio en manos del Estado, para facilitar la realización del plan y verificar su ejecución por cada empresa”. [61]

Consideremos, en cambio, la crítica de Naville a este mismo libro de Mandel: “(…) ni la fórmula de Konrod ni la de Mandel tienen en cuenta que la relación que supone esta contradicción [entre los valores de producción y los de consumo] (…) es el salariado (…). La desaparición del mercado capitalista, que deja lugar a la planificación (aun imperfecta), no liquida la exigencia de la rentabilidad de los costos de producción más bajos posibles. Dicho de otra manera, la productividad –relación entre trabajo humano (salario) y la utilidad de lo productos– no deja de ser uno de los criterios de ganancia. (…) Los productos no pueden dar ganancia si el valor no difiere de la suma de elementos de costos de producción (…). La búsqueda de una plusvalía creciente está dada por la necesidad, ineluctable en el socialismo de Estado como en el capitalismo, de evitar la baja tendencial de la tasa de ganancia (…). Es en este sentido que el trabajo vivo lucha siempre por sustraerse al influjo del trabajo muerto, y es siempre en este sentido que la búsqueda de una tasa máxima de acumulación sigue siendo una ley de estos regímenes. [62]

Mandel va más lejos en su admiración a la planificación estalinista: “[La] competencia es lo que determina la anarquía de la producción capitalista (…). Por el contrario, la planificación soviética es una planificación real, en la medida en que el conjunto de los medios de producción industriales se encuentra en manos del Estado, que puede así determinar centralmente el nivel y el ritmo de crecimiento de la producción y de la acumulación. En el marco de esta planificación subsisten, sí, elementos de anarquía, pero su papel es comparable precisamente al de los elementos de ‘planificación’ en la economía capitalista: corrigen pero no suprimen las características sociales de la economía. Sometida a la tiranía de la ganancia, la economía capitalista se desarrolla según leyes precisas (…). La economía soviética escapa completamente a esas leyes y a esos aspectos particulares”. [63]

Así, Mandel toma el camino mistificador de la supuesta dualidad de principios rectores: “Asimismo, es abusivo considerar la economía soviética simplemente como ‘consecuencia‘ de tendencias de desarrollo que salen a la luz en la economía capitalista contemporánea: “(…) De hecho, la economía soviética representa la negación dialéctica de estas tendencias (…) La sociedad soviética es la destrucción, la negación de las principales características de la sociedad capitalista (…)”. [64]

Lo cierto es lo contrario: más que la “negación dialéctica” de estas tendencias, las formas desarrolladas en los países del Este estaban emparentadas con las del capitalismo, en la medida en que, como decía Marx en la Crítica del Programa de Gotha, se trataba no de una sociedad construida enteramente sobre una nueva base, sino tal y como había salido de la vieja sociedad capitalista. Y, sobre esta base, un principio –y hecho material– era común a las “dos economías”: la subsistencia del trabajo asalariado, sobre la base de la continuidad de la ley del valor.

La dialéctica materialista de Pierre Naville, más “trotskista” que Mandel, partía de una ubicación opuesta: considerar el conjunto de la economía y la política mundiales como regida por un principio, y no dos. Esta unidad era en verdad tributaria de la teoría de la revolución permanente de Trotsky e incluso del análisis de Trotsky sobre la URSS en La revolución traicionada. Este punto de Naville, desarrollado en los siete tomos de El nuevo Leviatán, es de una enorme solidez y vigencia.

“Es preciso dejar de lado las visiones que hacen del mundo un acuerdo provisorio entre dos universos completamente distintos, separados y enemigos por ello (…) Los conflictos que los oponen y atraviesan no prueban que el mundo económico y político sea doble en sus principios. No es suficiente que existan dos campos enemistados para suprimir la razón misma del antagonismo que es la unidad (…) Era preciso la ceguera de un déspota ignorante (Stalin) para deducir de un antagonismo la definitiva ruptura de una unidad que es la esencia misma de las relaciones tejidas por el capital, cuya herencia el socialismo no puede más que aceptar, so pena de abortar”. [65] Y, en referencia directa a Mandel: “(…) es preciso investigar si la economía mundial actual puede ser juzgada por un modelo único y, en este caso, cuáles son los postulados admisibles. Casi todas las obras didácticas de economía, tanto en los países del socialismo de Estado como en los capitalistas, establecen una dicotomía de principios. Este error fue repetido por un autor que se dice ‘trotskista’, Ernest Mandel (Tratado de Economía Marxista, 1962)”. [66]

Continúa Naville: “(…) no se puede proveer una explicación correcta de las transformaciones parciales en la economía mundial si se la descompone por principio. La ruptura misma introducida por el régimen soviético no establece una heterogeneidad radical. Es, por el contrario, una visión unitaria del sistema en su conjunto lo que permite comprender el alcance de los antagonismos, de sus diferencias y de sus modificaciones parciales. La abolición de los poderes del gran capital privado en la URSS (…) no implica la abolición de las leyes económicas generales que rigen el funcionamiento de las relaciones capitalistas a escala mundial (…). El valor de cambio sigue siendo el regulador de todas estas relaciones. Lo que cambia, lo que es nuevo, es el poder que detenta el Estado de modificar, en favor de relaciones no capitalistas, una estructura que depende en su origen de las relaciones capitalistas mundiales de las que ha surgido”. [67]

En suma, las leyes de la economía mundial siguen siendo los únicos puntos de referencia, los parámetros a partir de los cuales evaluar el sentido de las evoluciones y transformaciones en el caso de las formaciones sociales no capitalistas. No puede haber otros desde el punto de vista del marxismo, desde el punto de vista de la totalidad de la economía mundial capitalista, a la cual toda sociedad de transición se verá necesariamente sometida.

El estalinismo: ¿una burocracia obrera?

Es sobre la mistificadora base anterior que Ernest Mandel desarrolló la caracterización de la burocracia estalinista como “burocracia obrera”. Muchos otros trotskistas han tomado esta caracterización de la burocracia en la posguerra, aun cuando este embellecimiento burdo del estalinismo difícilmente se pueda hallar en el propio Trotsky. [68] Por ejemplo, allí donde Trotsky hablaba de un “doble rol” de la burocracia estalinista, en el sentido de que se vería obligada a “guardar y defender la propiedad nacionalizada, al mismo tiempo que socavándola dada su naturaleza contrarrevolucionaria”, el pablo-mandelismo veía una “doble naturaleza” de la burocracia, como si fuese un 50% revolucionaria. [69] Ya nos hemos referido a esto en la crítica a Pablo.

Pero no nos queremos detener en este trabajo en el lado político de la cuestión, sino ir más a fondo en la discusión de la caracterización social de la burocracia estalinista.

Se debe partir de diferenciar al estalinismo soviético respecto de las burocracias de los sindicatos y los partidos socialdemócratas y comunistas de Occidente. En este caso, la burocracia efectivamente tendía (y en muchos casos aún tiende) a configurarse como una expresión de simple parasitismo social, viviendo de las cotizaciones de los afiliados, en la medida en que la clase explotadora propiamente dicha de la clase obrera en los países capitalistas, es, naturalmente, la burguesía. Las organizaciones sobre las que se apoya esta burocracia sufrieron a lo largo de los años un creciente proceso de “estatización” (estudiado muy agudamente por Trotsky en Los sindicatos en la época del imperialismo), esto es, de dependencia de la recaudación y financiamiento estatal. Hoy tenemos muchos casos de “burocracias empresarias”, que evidentemente quedan en el límite de la definición clásica de las burocracias en los países capitalistas.

Pero no nos queremos referir a esto aquí [70] , sino al caso específico de la burocracia estalinista al frente de inmensos Estados en un tercio del globo, y que no tenía a su lado una clase propietaria capitalistaEn estas condiciones, creemos que la definición de la burocracia estalinista como “burocracia obrera”, esto es, como formando parte de la clase trabajadora, es un desastre teórico y un embellecimiento político que no resiste el menor análisis.

“La idea que la burocracia soviética, como la burocracia sindical en Occidente, no ha cortado su cordón umbilical con la clase trabajadora y que sus intereses específicos y decisiones políticas pueden ser vistas dentro del marco de una relación parasitaria especial con el proletariado lleva a la conclusión de que la lucha de clases en los países capitalistas continua siendo un proceso bipolar, capitalismo versus clase obrera (con la burocracia operando por lo general como gendarmes del capital en el mundo del trabajo”. [71]

Más allá de lo que venimos diciendo de que la burocracia de los Estados burocráticos consistió en un tipo específico de burocracia, no asimilable a la de los países “occidentales” (aspecto ausente del análisis de Mandel), la caracterización de que la burocracia soviética no había cortado su cordón umbilical con la clase trabajadora es contraria a los hechos. Ya en 1928, Christian Rakovsky, en Los peligros profesionales del poder, había planteado de manera muy aguda este problema. Ni el propio Trotsky, que lo cita en La revolución traicionada, se atrevió a desmentirlo. Porque no se trataba de un mero caso de parasitismo social: la burocracia se apropiaba de la parte del león del excedente, esto es, vivía de la explotación de la clase trabajadora, más allá de que no hubiera llegado a constituirse efectivamente en una clase explotadora orgánica. Y si la burocracia vivía de la explotación de la clase trabajadora, no podía constituir parte de esta misma clase. En el texto que citamos ocurre lo mismo que con muchos otros escritos por Mandel u otros dirigentes del trotskismo “tradicional”: la correcta negación de que la burocracia fuera una nueva clase orgánica permite deslizarse al más craso embellecimiento de esa misma burocracia como “parte de la propia clase trabajadora”.

Hasta el final de sus días Mandel mantuvo esta caracterización. Así se puede ver en su último trabajo teórico, El poder y el dinero. Una caracterización marxista de la burocracia(1992). [72]       Allí se mantiene la caracterización de la burocracia estalinista como “burocracia obrera”: “las burocracias del partido y el Estado se funden con los administradores burocráticos de la economía para integrar una endurecida e inamovible capa social (Trotsky la llamó casta), que usa su monopolio del poder para mantener y extender sus posiciones socio-materiales. El hecho de que ahora la burocracia obrera ejerce el poder estatal multiplica todos sus rasgos anti clase obrera, conservadores, parasitarios, ya visibles en las burocracias sindicales y partidarias del movimiento obrero de masas”. [73]

Está todo dicho: se trata sólo de rasgos antiobreros, no de una naturaleza social distinta, ajena a la clase trabajadora. Se trata de un caso más de la burocratización del movimiento obrero, esencialmente similar a las de las burocracias sindicales y partidarias de Occidente, y no de un fenómeno de naturaleza cualitativamente distinta a éstos, al tratarse de una burocracia gestionando Estados enteros sin tener a su lado una clase propietaria.

Un simple dato sirve para ilustrar la inusitada magnitud del fenómeno en el caso de Rusia: en la década del 80, inmediatamente antes de la caída de la burocracia estalinista y del giro masivo a la restauración, la burocracia soviética estaba compuesta por 18 millones de personas.

La posición de Mandel es insostenible porque, a partir de determinado estadio de su desarrollo, la diferenciación funcional que se fue dando como producto de las tareas de conducción del Estado obrero aislado devino en diferenciación social, como dijera Rakovsky. Mandel cita a éste en el trabajo que estamos comentando, pero sin molestarse en dar cuenta de que Rakovsky afirma que la burocracia estalinista que se venía afianzando en el poder estaba dejando de formar parte de la clase obrera y deviniendo en otra categoría social.

“No me detendré aquí en la diferenciación que el poder ha introducido en el seno del proletariado, y que he calificado más arriba de ‘funcional‘. La función ha modificado el órgano mismo, es decir, la psicología de aquellos que se han encargado de diversas tareas de dirección en la administración y la economía del Estado ha cambiado hasta tal punto de que no sólo objetiva, sino también subjetivamente, no sólo material, sino también moralmente, han dejado de formar parte de esta misma clase obrera”. [74]

Corresponde, entonces, diferenciar tajantemente entre el parasitismo social –las burocracias que viven del aporte de los afiliados sindicales o incluso de los aportes obtenidos vía el Estado– y la naturaleza social totalmente distinta de la burocracia que vive de la explotación de la propia clase trabajadora.

“Si la dirigencia soviética mantuvo una relación de explotación con los trabajadores, no pudo pertenecer a la clase que explotaba. La oposición entre la clase obrera y la burocracia era de un carácter mucho más agudo e irreconciliable que la que derivaría de una distribución ‘desigual‘, o de la existencia de ‘privilegios‘. En este respecto, son importantes las observaciones de Rakovsky (…) Aquel planteó muy tempranamente que la burocracia se había diferenciado socialmente de la clase obrera; Trotsky lo cita en La revolución traicionada, pero no deriva las consecuencias para la caracterización de la burocracia [75] (…) Así como los explotadores ‘asiáticos‘ estaban separados de los campesinos por un abismo social –la explotación– sin ser propietarios, también lo estaban los burócratas soviéticos respecto de las masas trabajadoras”. [76]

Conclusión: no se puede ser parte de la misma clase social a la que se explota. En definitiva, la concepción de las burocracias obreras llevaba al paroxismo la capitulación a los aparatos burocráticos. La definición correcta es que configuraron una capa social pequeño burguesa, socialmente ajena a la clase obrera y políticamente contrarrevolucionaria.


Notas:

[32].- Ver la crítica de A. Callinicos en Trotskyism, p. 46.

[33].- Luego, en su período ya abiertamente “democratizante” (término al que es afecto el PO argentino), el desbarranque fue aún mayor: se capituló a la Perestroika(“reestructuración”) y la Glasnost (“transparencia”) de Mijaíl Gorbachov, y se llegó a considerar al mismísimo Boris Yeltsin (en Où va la URSS de Gorbatchev?) como una supuesta ala “izquierda” de estas políticas consideradas como “progresivas”. Veamos: “En el estado actual de la información (…) una conclusión se impone: el deber de los marxistas revolucionarios –y más allá de ellos, de todas las fuerzas de convicción socialista-comunista real en la URSS y fuera de la URSS– respecto de la experiencia de la URSS es de apoyar de manera crítica o de rechazar cada reforma concreta puesta en práctica por el equipo dirigente de la URSS, según sirva o no a los intereses de la clase obrera”. Où va la URSS de Gorbatchev?, París, La Breche, 1989, pp. 328-9. Nuevamente, la clásica línea pablo-mandelista no independiente de “apoyo crítico” a la burocracia o a alguna de sus alas. Esta línea, expresada en el apoyo al gobierno nacionalista burgués de Paz Estensoro en Bolivia de 1952, en oportunidad de una de las pocas revoluciones obreras y socialistas reales de la posguerra, se transformó en traición abierta al proceso. Ver al respecto R. Sáenz, “Crítica al romanticismo ‘anticapitalista’”, SoB 16.

[34].- Esta discusión plantea un problema de método frente a las revoluciones y procesos revolucionarios: la doble exigencia de no ser normativistas a la hora de considerar los procesos reales de la lucha de clases, pero, al mismo tiempo, saber identificar sus límites de clase y socialistas, evaluarlos tal como son y no como quisiéramos que fueran. Es una obligación intervenir en el proceso tal cual es, pero no para adaptarse a él, sino para dar una pelea estratégica para que se transformen en obreros y socialistas.

[35].- El caso más grave de esta tradición oportunista es, hoy, la participación de Miguel Rossetto, de la tendencia Democracia Socialista en el PT, como ministro de Desarrollo Agrario del gobierno burgués de Lula. La DS es parte actual del SU (su segundo partido luego de la LCR francesa), e incluso en la tradición de esta corriente el paso de formar parte lisa y llanamente de un gobierno burgués no tenía antecedentes, salvo el Lanka Sama Samaja Party (LSSP) de Ceilán en los años 60, pero ese partido fue en esa oportunidad expulsado del SU. El “caso” DS ha dado lugar a las acostumbradas discusiones diplomáticas –sin consecuencia práctica alguna– en el SU, que convive con el bochorno de una verdadera traición en tiempo real.

[36].- A. Callinicos, Trotskyism, cit.

[37].- Idem., p. 33.

[38].- Tony Cliff, Trotskyism AfterTrotsky, cit., pp. 17-18.

[39].- “Oú allons-nous?”, en Los Congresos de la IV Internacional, ed. cit., p. 29.

[40].- Marcel Bleibtreu, integrante de la mayoría del PCI, se le opone en un conocido artículo llamado “¿A dónde va el camarada Pablo?”. Su posición configuró un rechazo correcto frente a la orientación liquidacionista de Pablo, que dio lugar, en 1953, a la ruptura más importante de la IV en la posguerra (de hecho, Pablo expulsó a la oposición de la Internacional). Este sector, como hemos dicho, constituyó una posición progresivafrente al curso del pablo-mandelismo, aun a pesar de sus límites teóricos. Nahuel Moreno se sumó a este sector, integrado también por el SWP de EEUU, durante los 50.

[41].- No está de más dejar señalada la falta de perspectiva de toda la fracción mayoritaria pablo-mandelista de la IV Internacional en esos años, cuyo “análisis-justificación” de esta política capituladora venía dado por la supuesta “inminencia de la III Guerra Mundial” de Estados Unidos contra la URSS. Esto, a pesar de que hacía años que se habían firmado los acuerdos de Yalta y Potsdam y ya comenzaba el boom económico de la posguerra. Esta actitud revelaba, además, una total incomprensión de los acuerdos de Estado que había establecido la burocracia de la URSS con el imperialismo, de peso decisivo en toda la posguerra. Esta corriente del trotskismo asumió íntegramente la escenificación –en esencia, contrarrevolucionaria– de la lucha entre los dos “campos”: EEUU y la URSS, que no fue, en definitiva, más que un conflicto pactado y enteramente dirigido contra las masas trabajadoras de todo el mundo.

[42].- En esa década, Stalin impuso la subordinación del naciente Partido Comunista Chino al Kuomintang (partido nacionalista burgués). Con respecto a la crítica de la teoría de los “campos” y su significado capitulador, existe un trabajo muy valioso y actual de Nahuel Moreno, La traición de la OCI (u) (1981), dirigido, paradójicamente, contra el mismo sector que en la década del 50 se alzó correctamente contra Pablo en Francia: la corriente orientada por Pierre Lambert, que en estos textos no podemos abordar en extenso. Este trabajo de Moreno es muy recomendable por su carácter educativo sobrecómo se debe hacer política revolucionaria e independiente.

[43].- M. Pablo, cit.

[44].- El objetivismo fue, sin duda, una marca registrada de casi todo el trotskismo de posguerra, incluido el morenismo. Dice Pablo: “Los acontecimientos más profundos, más revolucionarios, más determinantes –nos enseña la teoría marxista-leninista del capitalismo en su fase imperialista–, son provocados a pesar y en contra de todos los obstáculos subjetivosa pesar y en contra de la línea traidora de las direcciones tradicionales socialdemócratas y estalinistas de masas, por las contradicciones inherentes al régimen social actual, por la exasperación inevitable de estas contradicciones (…)”. “Où allons-nous?”, cit., p. 35. O sea, producto del proceso objetivo “a pesar y en contra de las direcciones”, la revolución socialista progresa sin descanso… Hemos escuchado este tipo de razonamiento en lo más profundo de la crisis del viejo MAS a fines de los 80.

[45].- Ya volveremos sobre esto cuando cuestionemos no sólo la caracterización política que el pablismo hacía de la burocracia estalinista, sino el análisis común a muchas corrientes del trotskismo “tradicional” acerca de su naturaleza social.

[46].- M. Pablo, cit.

[47].- M. Pablo, cit., p. 46.

[48].- M. Pablo, cit., pp. 28, 35 y 41.

[49].- En este caso, la referencia al modelo de la revolución rusa como no aplicable a las revoluciones de posguerra cumple el papel de dejar sin marco de referencia el análisis de los límites y el carácter mismo de esas revoluciones.

[50].- Daniel Bensaïd, en Combates y debates de la IV internacional. Francoise Moreau, Quebec, Vientos del Oeste, 1993.

[51].- Ver al respecto la crítica de J.P. Divés al folleto de Bensaïd Los trotskismos.

[52].- D. Bensaïd, cit., p. 22.

[53].- A comienzos de los 80, Moreno cayó en ese desastroso enfoque. Porque Actualización del Programa de Transición transformaba la “excepción” en regla de las revoluciones (pasadas y por venir), sentando las bases teóricas y estratégicas de las desviaciones objetivistas y oportunistas que llevaron a la explosión de la corriente morenista. Ya volveremos sobre esto.

[54].- Pierre Naville: El nuevo Leviatán, El salario socialista, volumen 3, p. 165. Naville advierte que un principio común (y equivocado) entre la mayoría de las tendencias del bolchevismo en la década del 20 era que “la clase obrera no se podía explotar a sí misma”. Si “estaba en el poder” y era la clase dominante, ¿cómo se iba a explotar a sí misma? Finalmente, la historia demostró que la clase trabajadora dejó de ser dominante en todos los terrenos. Y que, a la vez, como lección de la experiencia histórica, se debe saber que luego de la explotación capitalista orgánica le sucede en la transición una forma de explotación no orgánica, la “explotación mutua”. Esta es inevitable en condiciones del mercado mundial capitalista, y es tarea de la transición tender a reabsorber y disolver esta última forma de explotación del trabajo.

[55].- Pierre Naville, El nuevo Leviatán, El salario socialista, volumen 3, ed. cit., p. 118.

[56].- P. Naville, cit., p. 119.

[57].- Ernest Mandel, Tratado de economía marxista, México, ERA, 1988. Párrafo a párrafo, los capítulos dedicados a la economía de la URSS son una lamentable acumulación de lugares comunes.

[58].- Cabe reconocer que Nahuel Moreno, pese a los déficits de su propia posición, tuvo el mérito de seguir empíricamente a Naville en algunos fundamentos de su abordaje. Sobre esta base realizaba una crítica justa al pablo-mandelismo: “Completando esta cadena que aparta al revisionismo del marxismo, aceptando la concepción de los teóricos de la burocracia del ‘socialismo en un solo país’, el pablismo ha aceptado las premisas del estalinismo de que en el mundo actual existen dos mundos económica y políticamente enfrentados y antagónicos: el del imperialismo y el de los Estados obreros burocratizados. Esto no es así ni en el terreno político ni en el económico. No hay dos mundos económicos a escala mundialHay una sola economía mundial, un solo mercado mundial, dominado por el imperialismo. Dentro de esta economía mundial dominada por el imperialismo, existen contradicciones más o menos agudas con los Estados obreros burocratizados donde se expropió a la burguesía. Pero no son contradicciones absolutas (…). La economía de todos los Estados obreros, burocratizados o no, está supeditada –mientras el imperialismo siga siendo más fuerte económicamente– a la economía mundial controlada por el capitalismo. Es por esto que la economía de los Estados burocratizados ha seguido como una sombra los ciclos de la economía capitalista mundial”. Nahuel Moreno, Actualización del Programa de Transición, p. 68.

[59].- Modelo en el que, como hemos señalado, aparece abolido uno de los principios de la explotación capitalista, la propiedad privada de los medios de producción, pero subsiste otro: la norma capitalista de apreciación de las capacidades de trabajo (usando la expresión de Naville). Esto mismo rige para el caso de las cooperativas “capitalistas” en el caso del Argentinazo: sean las fábricas recuperadas o, como cooperativas de distribución, los movimientos de trabajadores desocupados. Allí impera la autoexplotación o la distribución de la miseria. Esto no menoscaba a dichas expresiones como conquistas de los trabajadores en lucha, pero permite tener un punto de vista crítico acerca de ellas.

[60].- E. Mandel, op. cit., p. 174.

[61].- Idem.

[62].- P. Naville: “El Nuevo Leviatán”, El salario socialista, volumen 2, pp. 122-132.

[63].- E. Mandel, cit., p. 175.

[64].- E. Mandel, cit., p. 178.

[65].- P. Naville, cit..

[66].- Idem.

[67].- P. Naville, El nuevo Leviatán, El salario socialista, volumen 2, p. 19.

[68].- “La burocracia soviética es inconmensurablemente más poderosa que todas las burocracias reformistas de los países capitalistas juntos, dado que tiene en sus manos el poder del estado, con sus ventajas y privilegios”. Leon Trotsky: “Cómo venció Stalin a la oposición” (12-11-35), en Escritos, tomo VIII, volumen 1. Bogotá, Pluma, 1977.

[69].- Moreno criticó en varias oportunidades esto, aunque tuvo idas y venidas respecto de la caracterización de la burocracia como “obrera”. La considera así en La dictadura revolucionaria del proletariado, donde llega a concebir la “revolución política” como una pelea de “un sector de la clase obrera contra otro”… Sin embargo, en otros textos de los 80 plantea la caracterización de la burocracia como socialmente pequeño burguesa. Veremos esto más adelante.

[70].- Esto plantea una elaboración específica que está más allá de los límites de este trabajo, y que marca una diferencia respecto de lo ocurrido en los países del Este.

[71].- E. Mandel, ¿Por qué la burocracia no es una nueva clase dirigente? Mandel Archive, www.angelfire.com\pr\red

[72].- Texto que aparece como muy vulgar al lector en castellano, probablemente como producto de serios problemas de traducción.

[73].- E. Mandel, El poder y el dinero, México, Siglo XXI, p. 107.

[74].- Christian Rakovsky, Los peligros profesionales del poderwww.mas.org.ar.

[75].- A diferencia de Astarita, creemos que Trotsky, que había evaluado casi al milímetro las relaciones sociales en la URSS y que no quiso dar ese paso promediando la década del 30 –cuando para él se trataba de una revolución “aún viva”), actuó correctamente en lo metodológico, desde su punto de vista.

[76].- Rolando Astarita, “Relaciones de producción y estado en la URSS”. Debate Marxista Nº 9, noviembre 1997. Se trata de un trabajo valioso y pedagógico que, no obstante, tiene el serio problema de que no logra dar una definición materialista de las raíces histórico-sociales en las que se asentaba la degeneración de la URSS. Esto había sido muy bien resuelto en la elaboración de Naville, que Astarita rechaza. Por eso queda abstracta su evaluación de la formación social real de la URSS y demás Estados burocráticos; reivindica, incluso, la elaboración a nuestro juicio incorrecta de Bruno Rizzi. Más grave aún es que esto ocurre porque Astarita tiende a ser tributario de Mandel en un punto fundamental, que es no partir de la unidad de principios rectores de la economía mundial. Y, por tanto, no parece que en los Estados burocráticos hubieran regido las imposiciones de la ley del valor. Astarita considera que este ángulo implica asumir una visión “capitalista de Estado”, lo que nos parece un error.

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