¿Es China imperialista?

China hoy: problemas, desafíos y debates.

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A Chinese national flag flies from a ferry as the retired People's Liberation Army (PLA) Navy Xian frigate ship, from left, and the Huaian frigate ship sit anchored on the Yangtze River in Wuhan, Hubei, China, on Wednesday, Dec. 11, 2019. China's economic growth will come in at 5.9% in 2020 as easing trade tensions and the prospect of lower bank borrowing costs boost confidence, according to analysts and traders. Photographer: Qilai Shen/Bloomberg

La discusión entre los marxistas sobre el eventual carácter imperialista o no de China se plantea a varios niveles. En primer lugar, como es lógico, quienes no acepten que China es hoy un estado capitalista –con todas las variaciones que admita la definición– deberían rechazar también conceptualizarlo como imperialista. Pero aquí también los rótulos pueden importar acaso menos que el contenido social, económico y político correspondiente. A nuestro entender, hay una rango muy amplio de diferencias entre quienes hablan de China como país imperialista, no en menor medida porque hay también fuertes matices en la concepción misma de la categoría marxista de imperialismo.

Como señaláramos en la introducción general de este texto, hablar simplemente de “imperialismo” sin agregar ninguna otra cualificación es desmesurado, impreciso y aplana toda una serie de problemas y contradicciones, a punto tal que arriesga transformar la definición en una caricatura. Al respecto, remitimos al rápido resumen que hicimos en la presentación de este texto de los elementos que señaláramos en 2020 y que consideramos indispensables para una aproximación teóricamente seria y metodológicamente responsable de la cuestión.

En ese sentido, también aquí nos será de utilidad la prolijidad y sistematicidad de las polémicas de Roberts y Katz para pasar en limpio las diferencias y también los acuerdos parciales. Lo propio haremos con las posiciones con las que tenemos más acuerdo, como las de Yu y Rousset.

2.1 Roberts y el imperialismo: un orden tan estable que no lo conmueve ni China

La argumentación de Roberts comienza con una constatación que nos parece sumamente importante, porque hace a uno de los aspectos centrales que consideramos en la evaluación de China como potencia que avanza a consolidarse como imperialista. Ese punto es subrayar la extraordinaria estabilidad del sistema mundial de estados nacionales configurado a comienzos del siglo XX y que fuera el objeto de análisis de Lenin. Para Roberts, “el imperialismo es un rasgo inherente al capitalismo moderno (…). Los países imperialistas son los mismos ‘sospechosos de siempre’ que Lenin identificó en su famosa obra El imperialismo, etapa superior del capitalismo hace más de cien años” (IIPPE 2021: imperialism, China and finance, 30-9-21). A partir de aquí, Roberts afirma que “los países imperialistas del siglo XX no han cambiado. No hay nuevas economías imperialistas. Conforme a nuestros parámetros, China no es imperialista. (…) La tesis de Lenin era correcta en lo fundamental, es decir, en que el capitalismo se había desarrollado en lo que Lenin llamó ‘capital financiero monopólico’. El mundo se ha polarizado en países ricos y pobres, sin que haya perspectiva para ninguna de las sociedades pobres más importantes de llegar jamás a la liga de los ricos. Cien años después, ningún país que era pobre en 1916 se ha sumado al exclusivo club de países imperialistas, salvo Corea del Sur y Taiwán, que se beneficiaron de manera específica de las ‘bendiciones de la Guerra Fría del imperialismo estadounidense’. (…) La gran esperanza de los 90, los BRICS, ha demostrado ser un espejismo. (…) La brecha entre las economías imperialistas y el resto no se está estrechando; muy por el contrario” (ídem).

Pues bien, coincidimos en casi todo aquí con Roberts: a) en reivindicar en general la tesis de Lenin (hay muchas corrientes marxistas que la cuestionan); b) en que no hay casi “movilidad ascendente” desde los países “pobres” hacia los “ricos”, con las posibles excepciones de Corea del Sur y Taiwán, por razones muy específicas; c) en que la operación ideológica de mostrar a los emergentes y sobre todo a los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) como eventuales “nuevas potencias” de un mundo “multipolar” fue desmentida por la realidad; d) en que el concepto de “subimperialismo”, muy de moda en los 70 y todavía empleado por muchos marxistas, no se ha demostrado como una herramienta fértil para comprender los desarrollos del orden capitalista-imperialista; e) en que otra campaña ideológica, la del “cierre de la brecha” o “catch-up” entre los países imperialistas y los países dominados, ha fracasado ante una realidad que muestra que esa tendencia, si existió, fue episódica y contigente, no estructural, y f) muy particularmente, en la idea de que uno de los rasgos decisivos del imperialismo es esa “polarización en países ricos y pobres”, aspecto que a nuestro juicio merece mayor elucidación, que intentaremos enseguida.

Coincidimos en casi todo, entonces… salvo en excluir a China. Por lo pronto, aunque Roberts no lo menciona explícitamente, cae por su propio peso que no hay manera de considerar a China como una nación imperialista o en vías de serlo si ni siquiera se la caracteriza como capitalista. Es una cuestión de elemental coherencia conceptual en la que no hay nada que reprochar a Roberts (ni a Katz, para el caso): ser capitalista es una condición necesaria –aunque obviamente no suficiente– para que un país pueda “sumarse al club imperialista”, para emplear la expresión de Roberts.

Sin embargo, hay aquí una contradicción que quienes niegan el carácter capitalista y/o imperialista de China deberían considerar. La economía capitalista es en el siglo XXI más global que nunca en la historia de ese orden social. La integración de las cadenas productivas, logísticas y de valor nunca ha sido mayor. Esto representa una clara diferencia, como ya señalamos, con el período de la Guerra Fría, en el que la conformación de dos grandes bloques económicos, políticos y militares (OTAN y Pacto de Varsovia) asumía un nivel de, si no “autarquía”, al menos un bajísimo grado de integración entre el Occidente capitalista desarrollado y el bloque soviético. Tal era el nivel de separación entre ambos bloques que incluso marxistas como Ernest Mandel llegaron a teorizar, equivocadamente, que en el mundo no regía globalmente un solo sistema y una sola lógica económica, la de la ley del valor, sino que había una “dicotomía de principios” económicos.[1]

Todo el proceso de ascenso de China como segunda potencia económica mundial tuvo lugar, por el contrario, en el contexto de una interrelación e incluso interdependencia que recién ahora se está poniendo en cuestión (y del lado occidental). Ahora bien, suponer que este lugar decisivo de China en el orden económico capitalista global fue ocupado mansamente por una potencia no capitalista y que no se integra al sistema mundial jerárquico dividido en países centrales dominantes y países periféricos subordinados requiere, como mínimo, explicaciones adicionales. En este punto, al menos, la “carga de la prueba” recae más bien sobre quienes sostienen que a pesar de todos estos elementos China no es capitalista (el debate sobre el imperialismo está relacionado a éste, pero aporta sus elementos específicos).

Por esta razón, aunque, como veremos más abajo, en general la postura de N.B. Turner –un defensor de la tesis de China imperialista– cae en unilateralidades y exageraciones inaceptables que Katz le señala con acierto, es insuficiente en este caso la crítica del marxista argentino de que “la simple deducción de un status imperial de la conversión del gigante oriental en la ‘segunda economía del mundo’ no permite dilucidar los enigmas” (“China: tan distante…”, cit.). Es cierto que no cabe asignar a China la condición de imperialista simplemente como resultado de operaciones lógicas, sin examinar cuidadosamente los desarrollos históricos, económicos, sociales y geopolíticos concretos (que implican, por lo demás, toda clase de matizaciones y contradicciones decisivas para entender el fenómeno). Aun así, el hecho de que se trate la segunda economía del mundo globalizado –el propio Katz reconoce que “ha dejado atrás la etapa del subdesarrollo”– invita ante todo a pensarla como parte del núcleo de países capitalistas. Prima facie, son quienes opinan lo contrario quienes deben hacer el mayor esfuerzo de demostración.

Consideremos ahora los argumentos más económicos que esgrime Roberts: “Ninguna de las llamadas ‘economías emergentes’ consigue una ganancia neta en comercio o inversiones, y eso incluye a China. De hecho, el bloque imperialista extrae más plusvalor de China que de muchas otras economías periféricas. La razón es que China es una inmensa potencia comercial; también es tecnológicamente atrasada respecto del bloque imperialista. De modo que (…) pierde parte del plusvalor generado por sus trabajadores a través del comercio con las economías más avanzadas. Es la explicación marxista clásica del intercambio desigual (…). En un estudio de Veneziani et al, ‘todos los países de la OCDE están en el núcleo [de países imperialistas], con un índice de intensidad de explotación muy por debajo de 1 (es decir, son más explotadores que explotados), mientras que casi todos los países africanos son explotados, incluyendo los veinte más explotados’. El estudio ubica a China en el umbral [on the cusp] entre explotador y explotado. (…) En todos estos criterios de explotación imperialista, China no da la medida, al menos económicamente” (“IIPE…”, cit.).

Hay aquí varias afirmaciones; con algunas coincidimos, sobre otras no abriremos juicio y otras merecen discusión ulterior o relativización. Es muy posible que China pierda una porción de plusvalor a manos de economías más avanzadas, y que eso es parte del mecanismo de intercambio desigual. Sin embargo, no se aclara si el hecho de que se extraiga “más plusvalor” de China que de otras economías periféricas se refiere a valores absolutos o relativos. En el primer caso, la explicación reside simplemente en la escala de la producción de valor; en el segundo –el único significativo–, implicaría que China está por detrás de otros países periféricos en su vínculo con los demás imperialismos, lo que nos parece demasiado osado.

A fortiori, lo propio ocurre con la afirmación de que China no tiene ninguna “ganancia neta” en su intercambio comercial y de inversiones con los países de la periferia. ¿Significa eso, como sostienen varios panegiristas del régimen de Xi Jinping, que China es una potencia benefactora, casi filantrópica, en sus relaciones económicas internacionales? Hay múltiples testimonios en contrario. Sin ir más lejos, Katz, que comparte la posición general de Roberts sobre el carácter no imperialista de China, sostiene que “en la actualidad, la masa de fondos capturados a través del comercio y las inversiones externas es muy superior a los flujos inversos. Basta observar el monto del superávit comercial o las acreencias financieras para mensurar ese resultado” (“China: tan distante…”, cit.). Si esto es así, no cabe más que aceptar que China goza de transferencias de valor positivas en su intercambio comercial con los países periféricos, aunque es verdad que esto por sí solo no es una prueba concluyente de que China tenga relaciones de tipo imperialista con ellos.

En cuanto al “atraso tecnológico” en relación con el “bloque imperialista”, nos parece problemático tomar éste último justamente en bloque: sin duda China está por detrás de EEUU, pero la distancia tecnológica relativa respecto de Francia, Bélgica, Japón o Italia nos parece decididamente distinta en cada caso, y también respecto de EEUU.

También nos merece serias reservas la referencia al estudio de Veneziani citado por Roberts, ya desde la primera afirmación de que “todos los países de la OCDE” forman parte del “núcleo” imperialista. Esto definitivamente no es así: es verdad que en sus comienzos (1961) la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos nucleaba a las principales economías capitalistas desarrolladas. Pero las posteriores ampliaciones e incorporaciones han relativizado bastante esa designación, que remite casi exclusivamente a los miembros fundadores del organismo. De ninguna manera se puede incluir en el núcleo imperialista a miembros de la OCDE como algunos países latinoamericanos (Chile, Colombia, México), ex países del bloque soviético (Chequia, Hungría, Polonia, Eslovenia, los tres países bálticos) y economías muy pequeñas como Islandia, Irlanda o Nueva Zelanda, como tampoco países europeos occidentales hoy más débiles como Grecia o Portugal (pese al pasado colonialista de éste último).

En verdad, resulta más sensata la postura del propio Roberts, que incluye en el “club imperialista” esencialmente a las mismas potencias mencionadas por Lenin en su estudio de 1916. No nos parece razonable sostener que el grupo de países mencionado sea considerado parte del núcleo mientras que, siempre según ese estudio, China apenas estaría bordeando el límite entre países explotadores y explotados.

De todos modos, un punto importante está al final de la evaluación: China no daría la talla de país imperialista “al menos económicamente”. Esta salvedad es muy relevante, porque recordemos que el imperialismo moderno, en la visión marxista –y contra algunos enfoques economicistas del problema– no se reduce a las relaciones económicas de explotación e intercambio desigual, sino que incluye de manera decisiva relaciones políticas asimétricas entre Estados que implican dominio, control y subordinación. Ambos aspectos, el económico y el político, operan en la arena global siempre en conjunto y de manera interrelacionada, pero eso no significa que sea imposible analizar por separado y en su especificidad ambos planos, que tienen un relativo juego propio. Trataremos esto más abajo.

2.2 Katz: ni imperialista ni “amiga de los pueblos”

El análisis de Katz, aunque coincide con Roberts en rechazar el carácter imperialista de China, nos parece más crítico de China que el del marxista británico, sobre todo en su más reciente trabajo sobre el tema (“China: tan distante del imperialismo como del Sur global, 20-4-2021”). Ya desde el título se postula cierta “equidistancia” que no compartimos pero que tiene en todo caso el mérito de evitar las apologías, ingenuas o interesadas, del rol de China en su relación con el llamado “Tercer Mundo”. Una posible síntesis de su postura sería que “China dejó atrás su vieja condición de país subdesarrollado e integra actualmente el núcleo de las economías centrales. (…) Comanda una expansión que lucra con los recursos naturales provistos por la periferia. No forma parte del Sur global. (…) Nuestra visión comparte las distintas objeciones que se han planteado a la identificación de China como un nuevo imperialismo. Pero cuestiona la presentación del país como un actor meramente interesado en la cooperación, la mundialización inclusiva o la superación del subdesarrollo de sus socios” (cit.).

Aquí Katz es más explícito que Roberts en señalar a China como parte de las “economías centrales” y ya no como parte de la periferia o el “Sur global”, con lo cual concordamos plenamente. No obstante, como señalamos, entendemos que esa definición debería obligar a una explicación adicional de cómo, por qué y en qué condiciones, en la era de mayor globalización e integración económica de la historia del orden imperialista, el ingreso al “núcleo” capitalista global de un actor del calibre de China deja incólume el carácter social de su Estado.

En su polémica contra la postura de defensa de la tesis del carácter imperialista, Katz apunta especialmente contra N.B. Turner y su libro Is China an imperialist country? El debate es interesante y demuestra la amplitud de variantes y matices que se verifican en la misma postura general, porque a veces acordamos más con uno u otro, y a veces con ninguno de los dos. Veamos.

El principal problema de la posición de Turner, tanto en términos teóricos como políticos, consiste en que postula una casi igualación entre el carácter y el accionar imperialista de China con la de los viejos imperialismos occidentales. Esto es algo peor que una grosería conceptual: es un error, que a Katz no le cuesta mucho desbaratar. Equiparar la voluntad y la capacidad de intervención externas de China con la de EEUU y sus aliados de la OTAN es no guardar el menor sentido de las proporciones reales de las cosas.[2]

Igualmente desatinada es la analogía de Turner entre el rol actual de China y el supuesto “socialimperialismo” de la URSS. En cambio, sí le asiste razón cuando afirma que el cambio cualitativo en el carácter de China –pero sólo en el sentido de orientarse hacia el capitalismo, no en el de transformarse ya entonces en imperialista, como afirma equivocadamente Turner– se dio a partir de las reformas de Deng en los 80.

Otro problema de la postura de Turner, que comparte con muchos y acaso la mayoría de los marxistas, es que se apoya demasiado en los famosos “cinco rasgos característicos” de la definición clásica de Lenin para definir el imperialismo en general y en este caso el ingreso de China. Así, “la gravitación de los capitales exportados, la magnitud de los monopolios y la incidencia de los grupos financieros confirmarían el status imperialista del país”, a lo que Katz replica que “es cierto que la exportación de capitales es una característica significativa de China en la actualidad. Pero esa influencia sólo ratifica la significativa conexión del gigante oriental con el capitalismo global” (cit.).

En efecto, nos parece metodológicamente equivocado buscar la demostración del rol imperialista de China sólo o esencialmente a partir de determinados parámetros económicos nacionales, sean los de Lenin de 1916 u otros. Menos aún mediante simples analogías que aplanan los rasgos específicos de la nueva ubicación de China. Sin embargo, Katz a nuestro entender no saca las conclusiones necesarias de esa “conexión significativa” de China con el capitalismo global, lo que, como veremos, obedece a un criterio metodológico que tampoco compartimos.

Además, aunque Katz sigue la saludable guía de evitar el dogmatismo talmúdico de encontrar todas las respuestas a los problemas presentes en los textos clásicos del marxismo, desecha demasiado rápidamente la pertinencia actual de la elaboración de Lenin sobre el imperialismo.

Probablemente esto se deba a que, a semejanza de Turner, tiende a identificar como lo más importante de esa elaboración la célebre lista de “rasgos”, pero agrega consideraciones que tienden a menoscabar su valor: “El escrito de Lenin (…) fue elaborado en un escenario muy distante de generalizadas guerras mundiales. (…) Lenin no pretendió elaborar una guía clasificatoria del imperialismo. Sólo subrayaba la catastrófica dimensión guerrera de su época. El análisis del imperialismo clásico que brindó Lenin es un acervo teórico de gran relevancia, pero el papel geopolítico de China en el siglo XXI se clarifica con otro instrumental” (cit.).

Sin embargo, el punto central de la visión de Lenin, a nuestro juicio y como hemos desarrollado en un libro anterior, no reside en el elemento descriptivo de los “rasgos” que adquiere el capitalismo en el siglo XX, sino en la constatación de la configuración definitiva de un sistema mundial de Estados con relaciones jerárquicas, asimétricas, de dominio y explotación desde el centro (los países capitalistas desarrollados) hacia la periferia del sistema (los países dominados colonial o semicolonialmente). Y es aquí donde reside la novedad estructural que el concepto de imperialismo intenta sintetizar, porque “siempre han existido relaciones de este tipo entre grandes y pequeños estados, pero en la época del imperialismo capitalista se convierten en sistema general, forman parte del conjunto de relaciones que rigen el reparto del mundo y se convierten en eslabones de la cadena de operaciones del capital financiero mundial (…). [S]ignifica que un pequeño número de estados poderosos sobresale entre los demás” (El imperialismo, etapa superior del capitalismo, III y V).

Este aspecto es para nosotros el decisivo para entender el imperialismo no simplemente como una modalidad diferente de expolio y dominio por parte de algunas potencias, sino como ese “sistema general”. En nuestro repaso, decíamos que “Lenin propone al imperialismo como ‘fase superior’ del capitalismo, esto es, fase que continúa y desarrolla (modificándolos) los rasgos del orden que lo contiene. En ese sentido, no es un nuevo orden social. Pero tampoco un fenómeno pasajero o una simple ‘política’ (Kautsky) que se pueda voluntariamente adoptar o abandonar. El imperialismo representa una nueva configuración estructural, una nueva forma de funcionar del sistema capitalista, esto es, reviste un carácter orgánico. El capitalismo mundial, desde el siglo XX, es capitalismo imperialista (…) y no puede ser otra cosa. Ambas categorías, desde el siglo XX, son inseparables” (M. Yunes, Revolución o dependencia. Imperialismo y teoría marxista en Latinoamérica, 2011, pp. 11-12).

Es por este enfoque que no coincidimos en absoluto en que “el imperialismo es una política de dominación ejercida por los poderosos del planeta a través de sus estados. No constituye una etapa perdurable o final del capitalismo” (ídem). El imperialismo es mucho más que una “política” (definición que tiene puntos de contacto con la de Kautsky, con la que Lenin polemizó). Es, para nosotros –en este punto sí retomando a Lenin–, una arquitectura sistémica, una estructura integrada y orgánica de relaciones funcionales –y, por ende, no contingentes–, que trasciende con mucho las orientaciones belicistas o no, agresivas o no, expansionistas o no, de los sucesivos gobiernos nacionales y sus eventuales políticas.

Por eso mismo, es un error decir que no es una “etapa perdurable”. Aquí, por el contrario, acordamos con Roberts en que si algo caracteriza al orden imperialista es su extraordinaria estabilidad, a punto tal que, como observaba el marxista británico, el núcleo de países dominantes (así como la periferia de los dominados) prácticamente no se ha modificado en un siglo. Roberts sólo admite las posibles excepciones de Corea del Sur y Taiwán, que nos parecen plausibles o al menos dignas de examen (sobre todo la primera). Agregamos una sola “excepción”, a esta altura insoslayable: China.

Katz continúa el repaso de otras posturas como la de Pierre Rousset, marxista de la corriente mandelista, y su categoría de “imperialismo en formación”. Es una categoría que en su momento hemos defendido, con el matiz de aclarar que esa construcción continúa dando pasos, aun en el marco de contradicciones como las que observamos más arriba. Por lo demás, Rousset también se ha movido en su definición y ya habla de “nuevo imperialismo”, como veremos. Pero atengámonos a los términos del debate tal como estaba planteado entonces.

La principal objeción de Katz es que “el término de ‘imperio en formación’ podría ser valedero para indicar el carácter embrionario de esa gestación. Pero China es un imperio en formación tan sólo en términos potenciales. Gestiona el segundo producto bruto del planeta, es el primer fabricante de bienes industriales y recibe el mayor volumen de fondos del mundo. Pero esa gravitación económica no tiene correlato equivalente en la esfera geopolítico-militar que define el status imperial” (“China: tan distante…”, cit.).

Identificamos varios problemas aquí. Es muy cierto que hay un desbalance entre la “gravitación económica” de China y su “correlato geopolítico-militar”. Pero en realidad, ese desequilibrio no es privativo de China, sino de prácticamente todos los países imperialistas, con la excepción de EEUU, que es la potencia hegemónica global tanto en lo económico como en lo militar. No hay ninguna potencia imperialista, fuera de EEUU, cuyo peso geopolítico tenga un equivalente económico proporcional, o viceversa. Algo de lo que el propio Katz es consciente, ya que él mismo provee los ejemplos de los países imperialistas derrotados de la Segunda Guerra Mundial, cuyo peso militar es muy desproporcionadamente menor a su relevancia económica.

Una objeción más seria es que en teoría política las definiciones necesariamente deben contener un elemento de dinámica. Cuando Katz considera que la fase de “construcción” del imperialismo chino es demasiado embrionaria, omite considerar si a su juicio esa “potencialidad” apunta a trasladarse cada vez más al “acto” o si, por el contrario, tiende a desvanecerse. El movimiento de la tendencia es tanto o más importante que el punto estático en que se miden los procesos.[3]

En ese sentido, nos parece incontrovertible que la dinámica de los últimos años apunta inequívocamente a que China reduzca y nivele la distancia entre su peso económico y su lugar geopolítico. Eso es tanto una política absolutamente deliberada del PCCh como una realidad que asume con preocupación la propia potencia hegemónica, EEUU. El escenario global está categóricamente signado por esa rivalidad y por ninguna otra. Y ya no sólo en el plano económico, sino precisamente en esa “esfera geopolítico-militar” en la que según Katz China está tan atrasada que su imperialismo es apenas “embrionario” o “potencial”. Por eso citamos en el acápite las declaraciones de Jack Sullivan, uno de los estrategas mayores del imperialismo yanqui, que no tiene más remedio que admitir los hechos: China no sólo se propone desafiar la supremacía estadounidense sino que tiene con qué hacerlo.

Desde ya, y nuevamente, esa rivalidad recién ahora está tomando forma definitiva, por lo que es un despropósito caer en exageraciones como las de Turner, que toman la tendencia como un hecho consumado e igualan la intención y capacidad de intervención político-económico-militar global de China con la de EEUU. En ese punto, el reproche de Katz es justo: “Se postula que actúa en el Nuevo Mundo con la misma lógica depredadora de Gran Bretaña en el siglo XIX (…). Pero ninguna de estas caracterizaciones establece una comparación sólida con la apabullante injerencia de las embajadas estadounidenses. (…) Más sensata (y discutible) es la presentación del gigante oriental como un ‘nuevo colonizador’ de América Latina. (…) Este enfoque retrata acertadamente cómo la relación actual de América Latina con China profundiza la primarización de la región. (…) Pero este aprovechamiento económico no es sinónimo de dominación imperial o incursión colonial. (…) China ha consolidado un comercio desigual con América Latina, pero sin consumar la geopolítica imperial”, por lo que “denunciar por igual a China y Estados Unidos en un mismo plano” implica una igualación hoy inaceptable (ídem).

Estas distinciones entre la conducta de los imperialismos “tradicionales” y la de China son plausibles y necesarias. Pero precisamente en la medida en que la construcción de China como imperialismo está atravesada por las contradicciones que ya señalamos (su carácter “advenedizo”, su pasado colonial y semicolonial –único caso entre las naciones imperialistas–, el haber involucionado de Estado no capitalista fruto de una gran revolución a Estado capitalista, sus tremendas desigualdades y rémoras premodernas, etc.) es que no cabe exigir más “condiciones de ingreso al club imperialista” de las necesarias.

Por eso no nos parece un buen argumento que “a diferencia de Estados Unidos, Inglaterra o Francia, los grandes capitalistas de China no están acostumbrados a exigir la intervención político-militar de su Estado (…). No tienen ninguna tradición de invasiones o golpes de Estado en países que nacionalizan empresas o suspenden el pago de la deuda. Nadie sabe con qué velocidad el estado chino adoptará (o no) esos hábitos imperialistas” (cit.). Por lo pronto, está señalado que China no está en pie de igualdad con EEUU en esa capacidad (¿e intención?) de intervención agresiva externa. Pero en todo caso la comparación sólo valdría esencialmente con EEUU: hace ya muchas décadas –desde el fin de la Segunda Guerra Mundial– que prácticamente ninguna de las otras potencias imperialistas, con o sin pedido de sus grandes capitalistas, procede a intervenciones militares tan significativas como “invasiones o golpes de Estado”. Ni siquiera las potencias europeas más poderosas y con un frondoso pasado de intervenciones coloniales, Inglaterra y Francia, han cumplido ningún papel militarmente relevante desde la posguerra, ni han sido patrocinantes principales de golpes de Estado. Más bien, se han limitado a ser acompañantes subsidiarios de EEUU en las guerras, invasiones e intervenciones militares decididas por los yanquis.[4]

En su recorrido crítico de las distintas posiciones sobre el tema, Katz despacha con la brevedad que se merece la insólita caracterización de J. Chingo, de la Fracción Trotskista-PTS, de China como “estado capitalista dependiente con rasgos imperialistas”. La obvia respuesta de Katz, cuyos criterios compartimos, es que “dependencia e imperialismo son dos nociones antagónicas que no pueden integrarse en una fórmula común. (…) La dependencia supone la vigencia de un Estado sometido a órdenes, exigencias o condicionamientos externos, y el imperialismo implica todo lo contrario” (“China: tan distante…”, cit.). No hay mucho más que agregar a semejante dislate que, en su pretensión “dialéctica”, abroga la lógica formal más elemental.

También está en general bien encaminada la crítica de Katz a las que denomina, generosamente, “visiones candorosas” sobre el rol “pacífico” de China y su supuesta estrategia de “mundialización inclusiva” en sus relaciones armoniosas con el “Sur global, al que en esta concepción pertenecería. Al respecto, Katz apunta que “esa mirada confunde la geopolítica defensiva en el conflicto con Estados Unidos con la pertenencia al segmento de naciones económicamente atrasadas y políticamente sometidas. (…) El gigante asiático se ha diferenciado incluso del nuevo grupo de ‘emergentes’ para actuar como un nuevo centro de la economía global” (ídem). Y en respuesta a las “miradas indulgentes”, sean “candorosas” o interesadas, de los jerarcas del PCCh y sus políticas, a las que pintan en tonos rosados, Katz advierte que “esos venturosos retratos omiten que el afianzamiento del capitalismo acentúa en China todos los desequilibrios” y subraya “la vigencia en China de una economía crecientemente sometida a los principios del lucro y la explotación. (…) El gigante asiático intenta sostener un crecimiento capitalista sin enfrentamientos externos” (ídem). Es esta evaluación de Katz la que veíamos más equilibrada que en textos anteriores y más explícitamente crítica del “afianzamiento del capitalismo” en China, aun si considera que no ha llegado al cambio de carácter del Estado.

Sin embargo, disentimos seriamente con algunas de las premisas de los escenarios probables futuros. En su intento de respaldar la caracterización de “rumbo no definido” del Estado chino y de la dirección misma del PCCh, afirma que el signo dominante de la política exterior china es, por un lado, el “abandono de las tradiciones antiimperialistas”, y, por el otro, la cautela de “evitar conflictos con Estados Unidos, sin interferir en los atropellos que consuma Washington”. Pero advierte que “ese giro afronta los mismos límites que la restauración y el salto hacia un status internacional dominante. Está sujeto a la irresuelta disputa por el devenir interno del país. El rumbo capitalista que propician los neoliberales tiene consecuencias proimperialistas tan contundentes como el curso antiimperialista que promueve la izquierda” (ídem).

Si Katz se está refiriendo aquí a una “disputa irresuelta” entre eventuales facciones internas del PCCh, una “neoliberal proimperialista” y otra “antiimperialista promovida por la izquierda”, no podemos estar más en desacuerdo. Ante todo, según todos los análisis e interpretaciones del XX Congreso, no hay ninguna “disputa” en el seno del partido, y si la había se ha “resuelto” con la consolidación del poder de Xi y su camarilla. Y si hay un punto en que hay unanimidad entre liberales occidentales y marxistas sobre el balance del Congreso es que decididamente Xi no representa el ala neoliberal, ni pro mercado. ¿Significa eso que Xi representaría para Katz el “curso antiimperialista que promueve la izquierda”? Y si no es Xi, ¿exactamente quiénes encarnan esa “izquierda” dentro del PCCh? Aclarar este punto nos parece imprescindible para saber en qué terreno se mueve el debate.

En otro aspecto de las previsiones de Katz, si bien acierta en que “la hipótesis de una distensión (y consiguiente reintegración de ambas potencias) ha quedado diluida”, resultó una exageración completa la afirmación de que “en el corto plazo se verifica el contundente ascenso de China frente a un evidente retroceso de Estados Unidos. El gigante oriental está ganando la disputa en todos los terrenos y su reciente gestión de la pandemia confirmó ese resultado. (…) La economía asiática ya retomó su elevada tasa de crecimiento” (ídem). Como vimos en la sección dedicada a la economía, aun para el año pasado esta descripción estaba desbalanceada hacia el optimismo. Hablar de supremacía china “en todos los terrenos” sobre EEUU, aun sin minimizar los logros evidentes de los que dimos cuenta más arriba, es un exabrupto, y más aún presentar la “gestión de la pandemia” como una demostración de esa superioridad china. Esta ponderación se hace indebido eco de la propaganda del PCCh, y ya hemos visto hasta qué punto la política de covid cero, lejos de permitirle “retomar la elevada tasa de crecimiento” económico, por el contrario, ha contribuido decisivamente a ralentizarla.

2.3 Au Loong Yu: un imperialismo con particularidades históricas

El repaso crítico de Katz a Au Loong Yu acaso merecía más desarrollo, teniendo en cuenta que se trata de uno de los pocos marxistas chinos de filiación trotskista y conocedor del tema de primera mano. Katz subraya como una contradicción que el “capitalismo burocrático” chino con “dinámica subimperial” –los dos conceptos que trabaja Yu–, haya “completado su transformación capitalista, sin explicar a qué obedecen las demoras en su conversión imperial”, y concluye que “es más sencillo constatar que las continuadas insuficiencias de la restauración capitalista explican las restricciones en la impronta imperial” (cit.).

Por nuestra parte, nos parece ilógico postular, como implícitamente hace Katz, que la restauración del capitalismo en China y su conformación en potencia imperialista sean dos procesos que deban necesariamente ir a la par y sin “demoras”. Por el contrario, aunque el segundo paso tenga como condición ineluctable el primero, no hay nada de inevitable en esa secuencia, y el regreso del capitalismo en China podría haber tenido un resultado muy distinto al comienzo de la consolidación de la fase imperialista, que es lo que entendemos está sucediendo.

En cambio, es sugerente y matizada la siguiente consideración de Yu: “El capitalismo burocrático de China conlleva necesariamente una lógica expansionista global, primero en términos económicos y luego cada vez más, también en términos políticos y militares. Si se mide el grado de monopolio y la fusión entre el capital financiero e industrial –que es posible a través del capitalismo burocrático, y también el grado de inversión en el exterior–, entonces seguramente China ya tiene elementos fuertes del imperialismo moderno, es decir, una especie de imperialismo que, con el respaldo del poder militar y el capital excedente, busca dominar a los países más débiles, pero que no busca necesariamente la dominación política directa sobre ellos como antes” (“Fortalezas y contradicciones de la economía china”, cit.).

Aquí Yu considera con bastante equilibrio tanto criterios económicos como políticos para mensurar los “elementos de imperialismo” de China. Es posible que algún énfasis sea excesivo, pero es en parte cuestión de matiz y en parte cuestión de seguir el desarrollo de la dinámica de los acontecimientos, que pueden ir inclinando el análisis en un sentido u otro. Aquí, como en casi todo, es necesario dejar un margen prudencial para las eventuales novedades y cambios de una realidad tan inmensa y tan difícil de abordar en su integralidad.

Dicho esto, Yu aporta un elemento relevante y un criterio general a la hora de definir el carácter imperialista o no de China. El elemento, que nos parece a esta altura confirmado, es el cambio de política exterior desde el tao guang yang hui de Deng Xiaoping (“no mostrar la propia capacidad sino mantener un perfil bajo”) a la postura más asertiva de Xi Jinping en relación con Estados Unidos y Japón, conocida como fen fa you wei (“esforzarse por alcanzar logros”) (“Fortalezas y contradicciones de la economía china”, cit.). En este aspecto su apreciación es coincidente con la de otro marxista especialista en China, el francés Pierre Rousset, para quien “Xi Jinping ha abandonado las concepciones estratégicas defensivas que prevalecían durante la era maoísta. (…). Ahora se han vuelto ofensivas (…). El fundamento ideológico de su poder es el nacionalismo de gran potencia” (“Geopolítica china: continuidades, inflexiones, incertidumbres”, Viento Sur, 25-7-18).

En tanto, el criterio que recuerda Yu, al que ya hemos hecho referencia pero que vale reforzar, es que “el PCCh tiene que superar obstáculos fundamentales antes de que China pueda convertirse en un país imperialista estable y sostenible. Es muy importante ver no sólo los puntos en común entre EEUU y China como países imperialistas, sino también las particularidades de esta última” (“El ascenso de China a potencia mundial”, IS Review, octubre 2019). Entre esas particularidades, agrega Yu, se encuentra que “si decimos que China es imperialista, entonces es el primer país imperialista que es anteriormente semicolonial. (…) Esto hace que el pueblo chino sea particularmente sensible a la autodefensa nacional. Hay que diferenciar esta preocupación legítima del expansionismo agresivo del partido. (…) La expansión china es crecientemente imperialista, pero tenemos que tomar en cuenta el hecho de que (…) China es cómplice de los países imperialistas en el manejo de la cadena de valor, pero aún es un jugador menor comparado con ellos. Esta asimetría tiene que ser tomada en cuenta” (“Fortalezas y contradicciones de la economía china”, cit.).

Esta postura es mucho más atinada y equilibrada que las miradas abiertamente apologéticas de la actuación del PCCh en la arena internacional, que ponen los ojos en blanco ante los discursos de Xi enunciando el principio de “soberanía y dignidad de todas las naciones”. ¡Como si eso no fuera una coartada para que la dirección china celebre acuerdos comerciales con algunas de las dictaduras más siniestras del planeta! No alcanza con denunciar el obvio cinismo de las intervenciones imperialistas de EEUU y sus aliados de la OTAN bajo el velo hipócrita de los “derechos humanos” o de las “catástrofes humanitarias”, si eso sólo sirve para validar el no menos hipócrita sostén de dictaduras, sobre todo en Asia y África, bajo el velo de la “no intervención” y del “respeto a la soberanía”.

Al mismo tiempo, la definición de Au Loong Yu evita también caer en la incorrecta y unilateral igualación de China con los demás imperialismos occidentales –el caso de N.B. Turner–, de los que la separan, como vimos antes, decisivas diferencias de desarrollo y función histórica. Por eso advierte de la importancia de “identificar la etapa real por la que está pasando China. Si simplemente nos conformamos con poner etiquetas de identificación en un país complicado y locamente cambiante con una historia tan larga y luego ponerlo a la par de todos los demás países imperialistas, entonces uno puede cometer un gran error. Hay factores que debemos considerar, empezando por el legado colonial que todavía pesa mucho sobre el partido-Estado” (“Fortalezas y contradicciones…”, cit.).

Es interesante observar que este concepto de asimetría resulta clave también en la elaboración del británico Adrian Budd, publicada en el órgano del Socialist Workers Party de Inglaterra y su corriente internacional. Su síntesis es que “la relación entre EEUU y China es la de una rivalidad imperialista asimétrica” (“China and imperialism…”, cit.), formulación que nos parece correcta a condición de que se la llene de contenido concreto; es decir, que se identifiquen las asimetrías específicas de esa relación, su función y sus consecuencias.

Por su parte, Katz, que rechaza identificar a China como imperialista, también recurre al mismo concepto, aunque en su caso para señalar otra diferencia real entre ambos rivales: “Nuestro enfoque resalta la asimetría entre ambos contendientes, el perfil agresor de Washington y la reacción defensiva de Beijing” (“China: tan distante del imperialismo como del Sur global”, cit.).

Sin embargo, el concepto de subimperialismo empleado por Yu –y al que Katz suele recurrir en otros contextos– nos parece inapropiado en general, y mucho más aún para el caso particular de China. Ya habíamos observado en nuestro texto anterior que la conceptualización de Yu nos parecía un compromiso ecléctico e impreciso, una definición a mitad de camino que no daba cuenta con precisión del lugar de China en el orden geopolítico global. Además, y por definición, una nación subimperialista, para ser tal, requiere de a) un patrocinante mayor, imperialista hecho y derecho, con cuya venia reproduciría en su esfera de influencia las relaciones de explotación y dominio propias del imperialismo, y b) un rango de acción con límites geográficos muy precisos vinculados a la capacidad estrictamente regional de intervención política, económica y/o militar.

China no cumple en absoluto con la primera condición; de hecho, la sola idea de suponer una potencia capaz de “patrocinar” a China es absurda en más de un sentido. En cuanto a la segunda, si bien ya señalamos que en lo militar China es efectivamente aún una potencia regional, toda la dinámica, la intención de la dirigencia china y la ubicación de su gran rival frente a ella la ubican indiscutiblemente como un actor geopolítico global mayor, sólo superado hoy por EEUU.

2.4 Rousset y el fin de la conformación de un nuevo imperialismo

Dejamos para el cierre de esta sección la elaboración con la que tenemos más acuerdo, la citada de Pierre Rousset “China: El surgimiento de un nuevo imperialismo”, de noviembre del año pasado. En nuestro trabajo de 2020 entendíamos que su concepto de “imperialismo en formación”, adelantado ya en 2014, era de suma utilidad, pero acaso estaba empezando a quedarse algo por detrás de los desarrollos reales. En su texto de 2021, Rousset parece haber asumido que, en efecto, el proceso de formación del imperialismo chino había avanzado lo suficiente como para habilitar el tratamiento de China como país imperialista “a secas”. Esto es, al menos no en formación, porque, como vimos que advertía Au Loong Yu –de cuya elaboración en general Rousset es también solidario–, inmediatamente después de hablar de “imperialismo chino” corresponde efectuar toda una serie de precisiones, aclaraciones y modalizaciones que lo distingan de los “sospechosos de siempre”, para usar la feliz expresión de Roberts.

Rousset comienza con una serie de constataciones básicas y, a nuestro juicio, completamente atinadas (en lo que sigue, las citas, salvo indicación en contrario, pertenecen todas al mismo texto). La primera es que “la formación de un nuevo imperialismo es un evento extremadamente raro” que requiere una elucidación teórica y empírica particular. Luego, que “a principios del siglo XXI, la China de Xi Jinping se ha convertido en la segunda potencia mundial, en el centro de la globalización capitalista”. Tercero, que razones históricas especiales que no son iguales a las del caso de Japón –hasta el surgimiento de China, la única potencia imperialista asiática– permitieron que pudiera emerger un imperialismo “fuera del ámbito occidental”. Y cuarto, que “nos encontramos en una situación ‘clásica’ en la que la gran potencia establecida (Estados Unidos) se enfrenta al surgimiento de una potencia en crecimiento (China)”.

Por otro lado, Rousset admite implícitamente que el carácter imperialista de China deviene, en buena medida, de reconocer que se trata de un Estado capitalista. Como enuncia con toda sencillez, “no hay gran potencia capitalista que no sea imperialista. China no es una excepción”. De allí que, casi en polémica de hecho con las posiciones de Katz, expone que “los análisis que afirman que la actual política internacional china no es imperialista se basan en la continuidad del régimen desde 1949 hasta la actualidad, pero esta continuidad es sólo nominal (…). Ciertamente hay continuidades, especialmente culturales, incluida la larga tradición burocrática del Imperio, que adorna los regímenes contemporáneos con una ‘normalidad’ histórica. Sin embargo, las discontinuidades prevalecen, y con mucho. En efecto, hubo revolución y contrarrevolución, como atestiguan los sucesivos trastornos de las clases sociales”.

Y en efecto, como vimos en la sección anterior sobre el carácter del Estado, la mutación de una formación social burocrática y controlada brutalmente por un partido único stalinista, pero no capitalista, en Estado capitalista requirió de una verdadera contrarrevolución social. Que estuvo a cargo –ironías de la historia, diría Katz– de un sector burocrático aburguesado y en dirección al capitalismo del mismo PCCh, que conservó todos o casi todos los símbolos exteriores, denominaciones y formas del régimen anterior.[5]

En cuanto al surgimiento de China como potencia imperialista, a Rousset le preocupan ante todo dos preguntas: cuándo y dónde. Es decir ¿por qué ahora, a principios del siglo XXI, y por qué en Asia y en particular en China, y no en otra parte? Su respuesta: “A riesgo de simplificación, señalemos dos pasos. (…) Después de las revoluciones rusa (1917) y china (1949), la mayor parte de Eurasia escapó del dominio directo de los imperialismos japonés y occidentales, conquistando una posición de independencia sin la cual nada de lo que ha sucedido después habría sido posible. (…) Tras la derrota internacional de los movimientos revolucionarios en la década de 1980 por un lado y, por otro lado, la desintegración de la URSS, el ala dominante de la burguesía internacional cometió el pecado del triunfalismo, creyendo que su reinado sin división estaba asegurado en lo sucesivo. No consideró, al parecer, que el orden mundial neoliberal que impuso podría ser utilizado por Beijing para su beneficio, con el éxito que conocemos”.

Ambos elementos nos resultan plausibles, en particular el segundo, que en cierto modo ya habíamos presentado en el texto anterior. Es indiscutible que hubo toda una política de parte de los países occidentales y en primer lugar de EEUU de integrar a China a la economía global, centralmente vía la habilitación de su ingreso a la Organización Mundial del Comercio. Y esa política se basaba sobre una premisa estratégica que se reveló equivocada o, como la llama Rousset, un exceso de “triunfalismo”, a saber, que China seguiría el mismo camino hacia el capitalismo liberal que Rusia y el Este europeo. Camino que incluía, como en esos países, la desintegración del Partido Comunista o su reciclado en una fuerza política de un nuevo establishment capitalista liberal. No ocurrió así, claro: el curso de incorporación de China al orden capitalista-imperialista y a la globalización efectivamente tuvo lugar, pero de manera mediada, negociada y controlada por la jerarquía del PCCh, que mantuvo incólumes hasta hoy las estructuras esenciales del régimen político.

Una parte esencial de la explicación del carácter imperialista de China, por otra parte, se vincula simplemente con la escala de la economía y la población del país: una nación capitalista de ese tamaño y nivel de desarrollo acelerado, en un contexto de profunda integración económica global, no tiene cómo no terminar formando parte del núcleo de naciones imperialistas. En cambio, como dice Rousset, “un país como Vietnam puede seguir la misma evolución que su vecino, pero no puede pretender ser una gran potencia por todo eso”.[6]

Ahora bien, nada de lo anterior significa establecer una simple equivalencia entre EEUU y China como potencias imperialistas, y mucho menos postular una eventual neutralidad ante los casi inevitables conflictos que tendrán lugar entre ambas. No sólo por origen y trayectoria históricas, sino por peso propio como potencias, es equivocado perder de vista que “Estados Unidos fue y sigue siendo la principal potencia imperialista, la principal fuente de militarización, guerras e inestabilidad global”.

Dicho esto, también es correcto oponerse a quienes, so pretexto de “antiimperialismo yanqui”, defienden el supuesto “derecho” de China a “reclamar su lugar bajo el sol”, como si para combatir la prepotencia de los yanquis debiera avalarse el interés chino de gran nación. Como se pregunta Rousset, “¿desde cuándo deberíamos estar defendiendo los ‘derechos’ de una potencia y no los de los pueblos?

Este planteo es metodológicamente sano, porque pone en primer término el criterio marxista de la lucha de clases, que no debe ser reemplazado por la mirada puramente geopolítica de enfrentamientos entre naciones o bloques regionales y globales. El segundo aspecto, con toda su importancia actual y con sus novedades de las que corresponde dar cuenta, está siempre subordinado al primero a la hora del análisis y de la política, so pena de perder la brújula marxista.


[1] Esta concepción, cuyo origen teórico y metodológico no es otro que la síntesis efectuada por el propio Stalin, fue adecuadamente rebatida por el marxista francés Pierre Naville en Le nouveau Léviathan, 2: Le salaire socialiste, 1. Les rapports de production, capítulo 1.

[2] Por ejemplo, Turner compara la militarización china del Mar de China Meridional con la estrategia de la Alemania nazi para apoderarse de Europa Central, analogía absurda por donde se la mire.

[3] Un buen ejemplo es el de la situación de los BRICS, que citaba Roberts. Analistas tanto del establishment como “de izquierda” –o progresistas, más bien– solían poner los ojos en blanco respecto del potencial avance de esos países en el sentido de disminuir la distancia económica y geopolítica que los separaba de las naciones desarrolladas. Pero una evaluación marxista que partiera de la solidez de la estructura del imperialismo como “sistema general” (Lenin) podía predecir que, como criterio global, esa tendencia no tenía visos de concretarse. Que fue lo que terminó sucediendo… con la excepción de China, que precisamente por eso merece una explicación separada y específica.

[4] En este aspecto, la conformación de la OTAN ha sido determinante para el rol subordinado de las demás potencias imperialistas: en tanto alianza militar hegemonizada por EEUU, toda intervención exterior importante de “Occidente” ha tenido lugar siempre con el liderazgo, la iniciativa y el control yanquis. Los escasos ejemplos de intervención militar de las potencias europeas “por su cuenta” –aunque en todos los casos con la venia y el apoyo tácito o abierto de EEUU– terminaron en general o en el desastre (Inglaterra en Suez en 1956, Francia en Argelia hasta la independencia) o en la irrelevancia (la reciente actuación de las tropas francesas en el Sahel africano). La guerra de Malvinas fue una de las pocas excepciones a esa norma, pero aun en ese caso es sabido que la asistencia yanqui fue abierta y contundente: se trataba de su “patio trasero”.

[5] Entre marxistas, es casi innecesario aclarar que la stalinización del Partido Bolchevique, que pasó de ser la organización más revolucionaria de la historia a un monstruo burocrático, antiobrero, conservador, poltrona de arribistas, fuente de privilegios, chauvinista gran ruso y basado en la brutalidad de la policía secreta, es casi el ejemplo arquetípico de hasta qué punto la supervivencia de las formas y rituales externos (nombre, ideología expresa, simbología y un largo etcétera) no es incompatible con el más radical cambio de carácter.

[6] Al respecto, no tenemos la menor duda de que la evolución de Vietnam, en particular a partir de las reformas del período del doi moi iniciadas en 1986 –y diseñadas a imagen, semejanza e inspiración de la perestroika de Gorbachov en la URSS– fue en inequívoca dirección al capitalismo. Ciertas características lo acercan al “modelo chino”, sobre todo la consolidación del poder del Partido Comunista y el ingreso a instituciones comerciales globales (OMC) y regionales (ASEAN); otras lo alejan, en primer lugar, claro está, la escala del país. Nuestro recordado compañero Marcelo Buitrago estaba trabajando una amplia elaboración sobre el proceso vietnamita, interrumpida por la enfermedad que luego causaría su fallecimiento.

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