Roberto Sáenz

En vida de Marx y Engels recién con la experiencia de la Comuna de París se llegó a “la forma al fin descubierta de la dictadura del proletariado”, es decir, del poder del proletariado. Andando el tiempo vino la adaptación de la socialdemocracia al parlamentarismo burgués y una idea evolutiva de la llegada del socialismo. Rosa Luxemburgo se plantó contra esta adaptación y recuperó la idea de la huelga política de masas, tomada a primera vista del arsenal del anarquismo pero, en realidad, de la experiencia histórica de la propia clase obrera y las huelgas de masas que comenzaron a darse entre finales del siglo XIX y comienzos del XX en Bélgica alrededor del sufragio universal y, sobre todo, de la experiencia de la primera Revolución Rusa, la Revolución de 1905: “La violencia es y se mantiene como la última ratio incluso para la clase trabajadora, la ley suprema de la lucha de clases, siempre presente, algunas veces de forma latente, otras en forma activa. Y cuando tratamos de revolucionar las cabezas por vía parlamentaria (…) lo hacemos sin perder de vista que finalmente será necesaria la revolución [para] mover no sólo la mente sino también la mano” (citado en Frolich: 85.)

Sin embargo, como señalamos más arriba, en su lucha contra el aparato muerto de la socialdemocracia Rosa tendía a perder la ciencia y el arte de la insurrección como el momento subjetivo más alto de la lucha de clases: la organización de la toma del poder por parte del partido revolucionario. El poder nunca caerá en el regazo de la clase obrera: hay que pelear por él enfrentando las presiones pasivas y fatalistas que afronta todo partido (como señalara Trotsky) cuando comienza a plantearse de manera inmediata, práctica, el problema del asalto al poder.

Es verdad que en el caso de la Comuna los acontecimientos se desarrollaron espontáneamente; fue el hecho mismo del abandono de París por parte de la burguesía francesa (aterrada por el avance de ejército alemán de Bismark) la que le dejó “servido” el poder al proletariado de la ciudad. Hubo otros eventos de “fuga” de la burguesía del poder, como Hungría y Baviera en 1919, y que dieron lugar a efímeros gobiernos “soviéticos”. Pero, en cualquier caso, son situaciones excepcionales que no hacen más que confirmar la regla: ninguna clase dominante abandona sus posiciones de privilegio pacíficamente.

La propia Comuna fue un ejemplo de esto. Una cosa era que el poder burgués abandonara la ciudad… otra muy distinta que los obreros se dispusieran a tomarlo. Ante el “quiebre de clases” que significó este hecho radical, la guerra franco-prusiana se suspendió y el ejército alemán dejó que el gobierno francés recuperara a sangre y fuego la ciudad; se hizo un alto en las hostilidades para que el ejército enemigo pudiera dedicarse a la “magna obra” de poner las cosas en su lugar: sea la burguesía francesa o alemana, lo mismo da, es la burguesía la que detenta el poder, no el proletariado. De allí que la caída de la Comuna fuera seguida por el baño de sangre de 30.000 comuneros fusilados; una lección histórica de la burguesía a la clase obrera que le enseñó que a la hora de la lucha del poder, y del sostenimiento del mismo una vez que ha sido tomado, la ingenuidad es mortal: rigen las leyes de la guerra civil, las leyes del terror más implacable de una clase sobre la otra. Como dijera Trotsky, en la guerra civil se anulan violentamente todos los lazos de solidaridad entre clases.[16]

No otra cosa enseñaba Engels: “Sólo después de ocho días de lucha sucumbieron en las alturas de Belleville y Menilmontant los últimos defensores de la Comuna; y entonces llegó a su cenit aquella matanza de hombres desarmados, mujeres y niños, que había hecho estragos durante toda la semana en escala ascendente. Los fusiles de recarga no mataban suficientemente rápido, y comenzaron a funcionar las ametralladoras para abatir por centenares a los vencidos. El Muro de los Comuneros del cementerio de Père Lachaise, donde se consumó el último asesinato en masa, está todavía hoy en pie, mudo pero elocuente testimonio del frenesí al que es capaz de llegar la clase dominante cuando el proletariado se atreve a reclamar sus derechos”[17] (Introducción de F. Engels a La guerra civil en Francia, 1891, en Obras escogidas de Marx y Engels, tomo II: 111).

Lección número uno, entonces: el poder debe ser tomado conscientemente y defendido con uñas y dientes si no se quiere verse sometido a un baño de sangre por parte de la burguesía, que caracterizó todas las contrarrevoluciones ocurridas contemporáneamente cuando la clase obrera amenazó el poder burgués y no pudo tomarlo. O cuando tomándolo, dejó escaparlo: ahí está la experiencia de la guerra civil española y los ajusticiamientos de Franco luego de su derrota; el caso de la Alemania nazi y el baño de sangre descargado sobre comunistas y socialdemócratas luego de su histórica capitulación en 1933; o Noske, los Freikorps y la socialdemocracia alemana en enero de 1919 con el asesinato de Rosa y Liebknecht, y la lista podría seguir hasta el infinito. El poder hay que tomarlo, y una vez que se logra esto, aferrarse firmemente a él, como hicieron los bolcheviques peleando durante tres sangrientos años para consolidar la dictadura proletaria.

Pero aun con las lecciones de octubre en la mano el problema del poder siguió planteando complejidades; el poder y la dictadura del proletariado podían dar lugar a un sinnúmero de experiencias caracterizadas por diversos matices y/o circunstancias históricas concretas. La historia siguió adelante y fue planteando diverso tipo de combinaciones sociales y políticas a ser interpretadas en su relación con la perspectiva de la dictadura del proletariado. De esa experiencia surgió el debate sobre el gobierno obrero contenido en el punto X de la “Resolución sobre la táctica de la Internacional Comunista” en su IV Congreso, y que ha dado lugar a un complejo debate.

4.2 Los distintos tipos de “gobiernos obreros” en la experiencia revolucionaria

Un criterio de principios central, quizá el principal de los socialistas revolucionarios, es que no participamos jamás de ningún gobierno burgués. Un debate histórico al respecto fue el de Rosa Luxemburgo a partir de la experiencia de Millerand en la Francia de finales del siglo XIX, que terminó en el más profundo de los fiascos. Como está dicho, Rosa insistía que los socialistas revolucionarios somos un partido de oposición respecto del orden burgués y que a diferencia de la participación en el parlamento (en definitiva, un ámbito de “cotorreo”), asumir cargos ejecutivos nacionales liquida nuestra independencia política de clase, haciéndonos responsables de la gestión gubernamental. Recordemos que Engels señalaba que el gobierno burgués no es más que la junta que administra los asuntos comunes de la burguesía, y debería ser evidente que los revolucionarios no podemos administrar los asuntos de nuestro enemigo de clase.

Sin embargo, volviendo al presente, resulta que la posibilidad que Syriza llegue al gobierno en Grecia ha replanteado el debate sobre los “gobiernos obreros” sobre bases parlamentarias que se había sustanciado en oportunidad del IV Congreso de la Internacional Comunista, y que se saldó con una resolución bastante confusa.[18]

Syriza no es una formación socialdemócrata clásica, devenidas hoy en partidos social-liberales enteramente burgueses y parte orgánica del mecanismo de alternancia de las democracias imperialistas. Syriza se origina en la rama eurocomunista del viejo stalinismo griego, una formación electoral de izquierda reformista que, por añadidura, insiste en su profesión de fe en el euro. Hemos abordado este debate en otro lugar. Sin embargo, al ser una formación reformista no tradicional está despertando ilusiones no solamente entre las masas griegas, sino en el trotskismo europeo y más allá (ver artículo sobre Grecia en esta edición), de que una vez en el gobierno, por la necesidad de las cosas, termine “rompiendo con el capitalismo”…

En cualquier caso, se plantea un debate central: qué posición adoptar en caso de que Syriza llegue efectivamente al gobierno. Es aquí que reaparece la cuestión del gobierno obrero. La resolución que señalamos fue una de las más confusas del trabajo de los cuatro primeros congresos de la Tercera Internacional, dirigidos por Lenin y Trotsky. Bensaïd señala que este planteamiento ilustraba la “ambigüedad no resuelta” de algunas de las fórmulas nacidas de los primeros congresos de la internacional, más allá de que a partir de ese equívoco dejara deslizar una interpretación oportunista.[19]

Chris Harman, del SWP inglés, afirmaba lo mismo, aunque su interpretación iba para el otro lado en un texto de finales de los años 70, donde insistía en que a las “formulas políticas” que emitimos los revolucionarios hay que pasarlas por la experiencia concreta, y que la formulación del “gobierno obrero” sobre base parlamentaria “como transición hacia una posible dictadura del proletariado”, no había pasado la prueba de la experiencia histórica del siglo XX, donde esto nunca había ocurrido” (C. Harman y T. Potter, “El gobierno obrero”).

La Tercera en su período revolucionario tuvo otras resoluciones limitadas, confusas o superadas por los acontecimientos históricos. Es el caso de las Tesis de Oriente, por ejemplo, que abiertamente planteaban una orientación etapista para los países semicoloniales o coloniales, y que siempre fueron utilizadas para cubrir derivas oportunistas en la acción política de la izquierda en estos países.

Si en el caso de estas tesis su limitación provenía de que la lucha de clases no se había desarrollado lo suficiente (el propio Trotsky las enmendará a partir de la experiencia de la segunda revolución china a finales de los años 20, que sirvió para generalizar la teoría de la revolución permanente a todo el orbe), creemos que con las tesis del gobierno obrero pasa algo semejante: demasiadas veces se ha empleado como cobertura para derivas oportunistas en ausencia de la condición central de dicha tesis: la existencia de un poder revolucionario cuya fuerza gravitatoria fuese actuante y palpable, como era el caso de los bolcheviques a comienzos de los años 20.

La tesis trataba distintas formas de gobierno de partidos considerados obreros:

a) Descartaba como contra los principios la participación en los “gobiernos obreros-liberales” (del tipo laborista en un estado burgués estable); por ejemplo, el caso hoy del PT brasileño.

b) Descartaba también los “gobiernos socialdemócratas” sobre una base de estabilidad burguesa y parlamentaria.

c) Al mismo tiempo establecía, lógicamente, el tipo de “gobierno obrero” por antonomasia, que no era más que la dictadura del proletariado encabezada por el partido revolucionario.

d) Se señalaba dos tipos más de “gobiernos obreros” que requerían consideración. Una se refería a los “gobiernos obreros y campesinos”, los gobiernos de organizaciones reformistas pero apoyadas sobre instituciones de poder dual de los trabajadores. Es el caso de mencheviques y socialistas revolucionarios en Rusia a mediados de 1917. Lenin les hace el planteo de que “tomen el poder” y que, en ese caso, los bolcheviques serán una oposición “leal”, política, no insurreccional (porque a todos los efectos prácticos, el poder ya estaría tomado por los representantes reformistas de la clase obrera).

Un caso similar, aunque no idéntico, es el ejemplo de la Comuna de París. Se trataba de un frente único de las tendencias socialistas de la época pero donde los internacionalistas de Marx no tenían casi ningún peso; es decir, un poder obrero sin partido revolucionario.

e) Finalmente, había un tipo de propuesta de gobierno obrero, “gobierno de socialistas y comunistas”, que era planteado como admisible sobre bases parlamentarias como expresión culminante de la táctica de frente único. Trotsky apoyó en su momento un tipo de combinación de este tipo; hizo lo propio en pleno apogeo de la revolución alemana como un eventual punto de apoyo auxiliar para mejor organizar la insurrección. En el caso de Francia (1922) había hablado de “un gobierno obrero que pudiera resultar de un debut parlamentario de la revolución”.

Este tipo de gobiernos es el aspecto más polémico de la resolución, más allá de que la fórmula del “gobierno obrero y campesino” haya sido utilizada también de manera oportunista en la segunda posguerra en relación con las direcciones burocráticas que rompieron con el capitalismo, pero no apoyadas en organizaciones de democracia de los explotados y oprimidos, sino sobre bases de partidos-ejército caracterizados por la ausencia de toda democracia. Mediante esta formulación, parte fundamental del trotskismo apoyó estos gobiernos, llegando incluso a renunciar no solamente a la independencia política, sino a la idea misma de construir el partido en estas circunstancias, como fue el caso del mandelismo en Nicaragua a comienzos de los años 80, donde, por añadidura, ni siquiera se había expropiado al capitalismo.

En todo caso, no es ésta la principal preocupación que nos mueve aquí; lo que se desprende de esto es la enseñanza de que no hay nada que nos ahorre a los revolucionarios pensar apoyándonos en las circunstancias históricas determinadas, en el análisis concreto de la situación concreta. Los formulismos del dogma no pueden ser un antídoto para evitar las derivas oportunistas o sectarias; el análisis siempre remite a entidades concretas que deben ser apreciadas concretamente, lo demás es dogmatismo o brujería.

4.3 El caso del “gobierno obrero” sobre bases parlamentarias

Volviendo a nuestro punto, hay dos aspectos a señalar respecto de la problemática del gobierno obrero sobre bases parlamentarias y de coalición entre reformistas y revolucionarios. Uno son las características excepcionales del momento en el que se pensó en esta variante táctica, donde en la frontera con Alemania estaba el poder bolchevique, con todo su peso gravitatorio. El otro, el significado histórico que ha tenido a lo largo de todo el siglo XX este tipo de formulaciones, que han dado lugar a todo tipo de acciones o expectativas oportunistas que han desarmado a los revolucionarios.

Respecto de la primera condición, es difícil pensar esta tesis del IV Congreso sin ponerla en correlación con la intensidad histórica de la lucha de clases del momento, con la Revolución Rusa como un poder efectivo viviente y actuante sobre la realidad, sobre todo europea. Es cierto que para el Cuarto Congreso, y en oportunidad de la discusión sobre las tesis del frente único, la situación se había vuelto defensiva; había pasado el primer empuje por el poder creado por el impacto inmediato de la revolución, y lo que estaba planteado de manera inmediata era la pelea por las masas. Pero hacer abstracción del peso específico del poder bolchevique, y de la importancia de ese factor objetivo en la formulación de las tesis mismas, adoptadas por un verdadero partido de la revolución socialista internacional, es puro doctrinarismo que sólo atina a repetir la supuesta validez de resoluciones en un contexto que nada tiene que ver con el de cuando fueron formuladas.

En segundo lugar, está la experiencia de Sajonia y Turingia en la revolución alemana, octubre de 1923. La dirección centrista de Brandler (que negaba que hubiera condiciones para el asalto al poder), una vez incorporada a los gobiernos socialdemócratas de izquierda en estas dos regiones, se subordinó a ellos cuando el gobierno central mandó tropas del ejército desde Berlín para “custodiar el orden”. Se negó así, rotundamente, a tomar cualquier posición activa frente a esta acción provocadora, dando marcha atrás en el plan insurreccional que se venía preparando hace largo tiempo. Ante la negativa de los “socialdemócratas de izquierda” a enfrentar la ofensiva del gobierno central, el PC desconvocó la insurrección a la que estaba llamando y, sin que se disparara un tiro, la revolución murió (hubo una insurrección heroica en Hamburgo, pero fue aislada y derrotada en pocos días ante el paso atrás de la dirección del PC).[20]

Así, la primera experiencia de un “gobierno obrero de coalición socialdemócrata-comunista” que tomara como primera tarea (tal como decía la resolución de la Internacional) “armar al proletariado”, murió antes de nacer; y luego nunca se verificó en el siglo XX. Lo que sí se verificó es otra cosa: las mil y una veces que la fórmula de “gobierno obrero” ha sido utilizada para justificar cursos oportunistas de adaptación a gobiernos reformistas sobre base parlamentaria, o incluso para ingresar en esos gobiernos burgueses.

Esto no quiere decir ser sectarios o decretar por anticipado un curso de los eventos históricos. Pero una de las principales enseñanzas principistas del movimiento socialista desde Marx es la independencia política del proletariado; la organización separada de la clase obrera en el plano político; el rechazo principista al ingreso en todo gobierno burgués, aunque sea un gobierno reformista. Si ese gobierno reformista tomara medidas progresivas y fuera atacado por esto por la burguesía, seríamos los primeros en defenderlas. Si no tomara medidas de este tipo, pero se viera afectado por un intento de golpe desde la derecha, también. Y si las condiciones históricas variaran, y el marxismo revolucionario volviera a tomar el poder en algún país, en todo caso volveríamos sobre el tema mediante el análisis concreto de la situación concreta.[21]

Pero, por ahora, la realidad es que esta fórmula ha sido utilizada como taparrabos a derivas oportunistas frente a las que tenemos que ponernos en guardia. Los socialistas revolucionarios no participamos de ningún gobierno reformista de bases parlamentarias; lo defendemos en caso de ataque de la burguesía, pero nunca le damos apoyo político, no es nuestro gobierno. Trabajamos, más bien, para desbordarlo por la izquierda y abrir el camino hacia la verdadera dictadura del proletariado.

Como digresión, señalemos que el PTS de Argentina se ha lanzado a una reflexión unilateral respecto de la posición de Trotsky sobre los “gobiernos obreros”. El PTS parece confundir dos cosas. Una es el hecho de que Trotsky insistiera en que el balance de la derrota de la revolución alemana de 1923 fue producto de que el Partido Comunista Alemán no estuvo a la altura de las circunstancias; la dirección encabezada por Brandler (bajo los auspicios de Zinoviev, a la sazón al frente de la IC), no haya girado a tiempo hacia la preparación de la toma del poder. El PTS confunda esto con el debate más específico acerca de la compleja táctica del gobierno obrero en Sajonia y Turingia en ese momento, que de todas maneras Trotsky consideró explícitamente como un “tema menor” respecto de los problemas de la revolución como tal. Para el PTS parece que esto no es así: le consagra el centro de su “reflexión estratégica”, lo que es errado y peligroso, ya que puede abrir curso a todo tipo de derivas oportunistas: “Es imposible entender la talla de Trotsky como revolucionario sin comprender cómo concibió la posibilidad de ‘gobiernos obreros o ‘gobiernos obreros y campesinos’ como resortes para impulsar la preparación o el desarrollo triunfante de la guerra civil (…). Sin partir de su pensamiento vivo, no puede comprenderse la trascendencia de la concepción de Trotsky que vio que ‘el gobierno obrero’, como consigna antiburguesa y anticapitalista, puede ser un camino regio a la dictadura del proletariado y no solamente su denominación popular” (“Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en Occidente”, Emilio Albamonte y Matías Maiello).

Es dramático que la manera ahistórica y doctrinaria de abordar los problemas que caracteriza al PTS le haga desconocer que en la experiencia real del siglo XX estas fórmulas de “gobiernos obreros” sobre bases parlamentarias introdujeron la mayor de las confusiones en las filas de los revolucionarios: más que servir de “camino regio” a la dictadura del proletariado, se utilizaron para capitular a las más variopintas expresiones del poder burgués y burocrático.

En cualquier caso, aun admitiendo la posibilidad de esta “táctica” en condiciones muy determinadas, de ahí a transformar esta hipótesis de trabajo en la medida para “entender la talla de Trotsky como revolucionario” realmente hay un camino demasiado largo.

4.4 El debate sobre un eventual gobierno de Syriza

Volvamos a la posibilidad de un gobierno de Syriza en Grecia. Como máxima expresión de las expectativas que está abriendo, y de la confusa aplicación de la fórmula del gobierno obrero, tenemos un artículo de Inprecor, la revista de la corriente mandelista, firmado por su principal dirigente hoy, François Sabado: “Otra hipótesis debe ser planteada: una resistencia encarnizada del pueblo griego y de Syriza que resulte en un gobierno antiausteridad. Por supuesto, un tal gobierno será ‘en disputa’ entre las fuerzas que ejercerán las presiones de las clases dominantes y las otras, de un movimiento desde abajo, pero que existen en Syriza, incluso en la izquierda de sus sectores de dirección. No hay que olvidar que ‘en circunstancias excepcionales –crisis, crac económico, guerras– las fuerzas políticas de la izquierda pueden ir más lejos que lo que ellas pensaban inicialmente’ (Trotsky en el Programa de Transición, 1938)”. Y luego se agrega que “el rol de los revolucionarios no es denunciar a Syriza en previsión de las traiciones eventuales de mañana. Por el contrario, es sostenerla contra las políticas de austeridad y hacer todo lo posible para reforzar la dimensión anticapitalista de su combate (…). Una derrota de Syriza será también nuestra derrota” (F. Sabado, “Quelques remarques sur la question du gouvernement”, Inprecor 592/3, abril 2013).

Veamos los dos problemas que plantean estas citas. El primero, la definición misma de “gobierno en disputa”, que ha estado en el centro del oportunismo frente a gobiernos como el de Chávez o Lula en la última década. En el caso del segundo, no fue más que un taparrabos para apoyar (e incluso integrar) un gobierno ni siquiera “reformista”, sino neoliberal o social-liberal burgués.

El caso de Chávez es más complejo. Su gobierno, una suerte de nacionalismo burgués del siglo XXI, dio lugar a algunas concesiones a las masas y tuvo un curso de independencia política del imperialismo. Frente a los yanquis y los intentos golpistas en marcha hoy contra Maduro, es de principios defenderlo, pero una cosa muy distinta es el apoyo político –y ni hablar de la integración al gobierno, o al partido del gobierno, el PSUV, orientación de tantos “trotskistas”– a un gobierno que nunca fue más allá de los límites del capitalismo. Por el contrario, ha mantenido la propiedad privada en su conjunto, más allá de estatizaciones determinadas, y de manera sistemática ha actuado contra la clase obrera y, en general, contra la organización independiente de los explotados y oprimidos, contra las posibles formas de poder alternativo al estatal.

Todos estos años, sin embargo, hemos oído hablar de la “Revolución Bolivariana”, que Chávez se estaba “armando para romper con la burguesía”… Y en qué ha derivado todo esto: en un capitalismo de Estado en crisis terminal. Una crisis que tiene todas las perspectivas de terminar mal, por la derecha, entre otras cosas porque casi toda la izquierda fue cooptada por el bonapartismo chavista (y algunos grupos ínfimos tienen tal confusión que están en acuerdos o frentes únicos con sectores escuálidos).

Dejando de lado esta categoría de “gobiernos en disputa” (que da la idea de que carecerían de carácter de clase, o que éste sería lábil), está la idea de que Syriza podría ir más lejos de los límites del capitalismo, paso que ni Chávez osó dar.

Pero aquí hay que recurrir nuevamente al análisis concreto. Nos preguntamos: ¿sobre qué bases sociales y organizativas un gobierno de Syriza rompería con el capitalismo? ¿Es verdad o no que se ha juramentado defender el euro y que ha capitulado a la campaña de que los griegos, ahora, sobre la base de esta moneda, son al fin “europeos”? ¿Es verdad que Syriza es una formación básicamente territorial y parlamentaria, con muy débiles vínculos orgánicos en el seno de la clase obrera organizada como para apoyarse en ella? ¿Y qué pasa con el ejército griego, que nada tiene que ver siquiera como con el “bolivariano” de Venezuela y es parte del dispositivo de la OTAN?

Si todo esto es así, no vemos puntos de apoyo reales para un curso de ruptura anticapitalista. Estos puntos de apoyo, históricamente, han sido dos. Uno, el clásico, vinculado a las perspectivas de la revolución proletaria, de la movilización independiente de la clase obrera, de sus organismos de poder, del partido revolucionario, como fue la experiencia de entreguerras. Dos, las formaciones burocráticas no capitalistas china, yugoslava, vietnamita y cubana (con sus partidos comunistas y guerrillas), que si no se apoyaron sobre el proletariado ni sobre la organización democrática del campesinado y las masas empobrecidas, lo hicieron sobre el aparato stalinista de Moscú y una gestión bonapartista de las clases pobres.

En ausencia de estas dos condiciones, no vemos sobre qué se podrá apoyar Syriza que no sea una gestión parlamentaria en circunstancias de crisis económica aguda, apuntando a una renegociación con la Unión Europea que estará seguramente marcada por una serie de contradicciones, pero que finalmente llegará a algún tipo de arreglo (y capitulación).

Esto nos lleva a la posición de los revolucionarios frente a un gobierno de Syriza. Desde ya que desde el punto de vista objetivo sería visto como un “triunfo” y un Ejecutivo “propio” de las masas. En cualquier caso, sería sin ninguna duda un paso adelante en la experiencia de la clase obrera griega. Pero de ninguna manera sería nuestro gobierno, un gobierno de los trabajadores. Menos que menos su derrota sería una derrota de los socialistas revolucionarios, salvo que lo hayan apoyado, o incluso integrado, en vez de construir una alternativa revolucionaria por la izquierda, a ese gobierno, en la perspectiva del poder de la clase obrera sobre la base de la construcción de sus propios organismos. Si no, el proceso en su conjunto conducirá a una derrota subproducto de la traición de las luchas y expectativas de las masas por parte del gobierno reformista.

Sólo si no hiciéramos esto la derrota de un gobierno de Syriza sería “nuestra derrota”. Puede haber una derrota del proceso político griego en general porque no se lograra desbordar a los reformistas por la izquierda (por razones de inmadurez de los factores subjetivos o lo que sea). Pero esto ocurriría por razones objetivas, no por haber tenido una política de capitulación.

Los revolucionarios no apoyaremos un gobierno de Syriza; lo defenderemos en caso de que tenga choques reales con la Unión Europea o tome medidas realmente progresivas, pero mantendremos nuestra más intransigente independencia política, trabajando por la apertura de una vía revolucionaria que los desborde por la izquierda.

4.5 El gobierno obrero de las intendencias

“La participación de los sindicatos en la administración de la industria nacionalizada puede compararse con la de los socialistas en gobiernos municipales, donde ganan a veces la mayoría y están obligados a dirigir una importante economía urbana, mientras la burguesía continúa dominando el Estado y siguen vigentes las leyes burguesas de la propiedad. En la municipalidad, los reformistas se adaptan pasivamente al régimen burgués. En el mismo terreno, los revolucionarios hacen todo lo que pueden en interés de los trabajadores y, al mismo tiempo, les enseñan a cada paso que, sin la conquista del poder del Estado, la política municipal es impotente” (León Trotsky, “La industria nacionalizada y la administración obrera”, Escritos, tomo X).

Cabe recordar que sí hay cargos ejecutivos admisibles en la tradición revolucionaria sobre bases parlamentarias. Se trata de las intendencias: si bien tienen responsabilidades ejecutivas, ésta es limitada geográfica y territorialmente, y pasible de explicar que no se tiene la responsabilidad sobre el conjunto.

Las experiencias revolucionarias municipales pueden ser, entonces, un gran punto de apoyo para el desarrollo de una política revolucionaria. Pero también entrañan graves peligros, que no deben ser abordados sobre la base de una cobarde renuncia a los desafíos que nos plantea la lucha de clases, sino de manera revolucionaria.

Ganar una intendencia tiene impacto nacional porque es un triunfo de una fuerza revolucionaria considerada hasta ese momento como minoritaria; es evidentemente una palanca formidable para abrirse el camino hacia una influencia cada vez más amplia entre las masas y para construir el partido.

Pero a partir de este triunfo se plantea cómo abordar la “gestión municipal”. Aquí pasa lo mismo que hemos visto en relación al parlamentarismo, pero de manera agudizada, ya que en el parlamento no hay gestión ejecutiva y en el municipio sí, lo que agranda las responsabilidades.

¿Cómo llevar adelante, entonces, una política municipal revolucionaria? El criterio principal no puede ser jamás el de “gestión”. Demasiadas experiencias ha habido en los últimos años de “intendencias reformistas”, “presupuestos participativos”, etcétera, que no han sido más que el expediente para la cooptación por el poder central (ver el caso de Democracia Socialista, ex integrante del mandelismo, en la intendencia de Porto Alegre, Brasil, su gestión “participativa” del presupuesto y su adaptación brutal e integración al gobierno del PT[22]).

Pero hay otra alternativa de una política municipal revolucionaria. Su criterio es el mismo que para todo lo demás: el cargo municipal es un punto de apoyo secundario para desatar una gran movilización de masas contra el poder burgués central y provincial. La idea es que este poder “asfixia” a la municipalidad, que no quiere que sus medidas progresivas trasciendan como ejemplo para la provincia y el país y que si no se movilizan los trabajadores y vecinos, no se va a poder llevar adelante la gestión.

Insistimos: un enfoque de pura “gestión” sería criminal. No hay otra gestión realmente posible en un municipio aislado que no sea administrar la miseria; para no hablar del problema prácticamente irresoluble de qué hacer con la policía municipal, cómo avanzar en su disolución con una movilización popular por la autodefensa y cuidado de los barrios por los propios vecinos.

Hay otro caso que nos reenvía a parte de la discusión anterior, que se misma refería al gobierno central, aunque en la experiencia de la revolución alemana la propuesta de “gobierno obrero” se circunscribió a dos gobiernos de coalición estaduales. Descartado el problema del gobierno central, queda el caso de los gobiernos provinciales o estaduales no de coalición con los reformistas, sino de los revolucionarios.

Se trata a todas luces de un caso fronterizo, un enigma que no puede ser resuelto más que sobre la base de una aguda lucha de clases. Un gobierno municipal, y más aún regional, en condiciones de estabilidad burguesa, sólo puede derivar en una gestión reformista, y por tanto capitalista. En todo caso, se puede asumir, demostrar el cerco del gobierno central y orientarse a que este gobierno sea un punto de apoyo para desatar una gran movilización obrera y popular contra el gobierno central mientras haya condiciones de no caer en el reformismo; luego, habría que renunciar.

Esto nos reenvía a las condiciones de “anormalidad”. Una suerte de “reformismo revolucionario” como el que se plantea para la acción parlamentaria, en el caso ejecutivo sería peor todavía. Si el “reformismo revolucionario” divide la lucha cotidiana y la perspectiva del poder, en el caso de una situación excepcionalmente revolucionaria, rica, dinámica, de ascenso obrero, el gobierno local podría ser un punto de apoyo excepcional para desarrollar una movilización revolucionaria y construir los organismos de poder en la lucha contra la asfixia del poder central.

4.6 La transformación de la lucha de clases en guerra civil

“De acuerdo con la magnífica expresión del teórico militar Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Esta definición también se aplica plenamente a la guerra civil. La lucha física no es sino uno de los ‘otros medios’ de la lucha política. Es imposible oponer una a la otra, pues es imposible detener la lucha política cuando se transforma, por fuerza de su desarrollo interno, en lucha física. El deber de un partido revolucionario es prever la inevitabilidad de la transformación de la política en conflicto armado declarado y prepararse con todas sus fuerzas para ese momento, como se preparan para él las clases dominantes” (León Trotsky, ¿Adónde va Francia?).

A medida que se profundiza una situación revolucionaria, se va planteando el problema del armamento del proletariado. Toda la situación pide a gritos que los trabajadores se comiencen a armar a partir de que la lucha de clases se hace más directa; si se está desarmado no hay manera de pelear, cuestión que debe ser, al mismo tiempo, una campaña del partido revolucionario: la necesidad del armamento del proletariado.

Si en la experiencia histórica de las últimas décadas no ha habido mayormente experiencias de armamento popular –salvo en el mundo árabe, aunque allí la base del proceso no sea de clase–, es inevitable que el problema se plantee en la medida en que la situación se radicalice y la democracia burguesa se vea desbordada.

De manera un poco simbólica, el movimiento piquetero en la Argentina planteó el problema de cierta autodefensa y de cierto armamento con palos (o barricadas y piedras en el levantamiento en octubre de 2003 en El Alto, Bolivia). Pero el carácter rudimentario de estas experiencias muestra cuán lejos estamos todavía de un escenario de verdadera radicalización en la lucha de clases.

Sin embargo, inscrito en la misma lógica de los acontecimientos, de una lucha de clases que vaya hasta su final lógico, está el problema de la transformación de ésta en guerra civil (o con elementos de guerra civil) y el problema del armamento. También se planteará en la medida en que los partidos revolucionarios crezcamos y la burguesía se comience a preocupar por nosotros (cuando, en vez de invitarnos, nos estigmaticen por TV) debido al peso real, orgánico y no sólo electoral, que comencemos a adquirir entre amplios sectores de la clase obrera y las masas.[23]

El pasaje de la lucha de clases a la guerra civil ocurre cuando la lucha de clases se convierte en un enfrentamiento físico entre las clases. Habitualmente la lucha de clases se desarrolla y adquiere elementos de lucha directa, es decir, extraparlamentaria, mediante huelgas, movilizaciones, cortes de ruta, piquetes, ocupaciones de fábrica, etcétera. Sin embargo, esto no quiere decir que se llegue al enfrentamiento físico. Puede haber represión de parte del gobierno y el Estado a tal acción, y respuesta de parte de los huelguistas bajo la forma de autodefensa, cócteles molotov y medios por el estilo, pero en ese estadio no estamos todavía en una situación de la guerra civil. Los elementos de mediación institucionales aún funcionan; la propia lucha reenvía, en definitiva, a los métodos clásicos de la lucha bajo la democracia burguesa: la realización de nuevas movilizaciones, la intervención de abogados, la denuncia en las cámaras parlamentarias, etcétera.

Pero esto queda en un lugar totalmente subordinado cuando se trata de una guerra civil: en este caso lo que se pone en juego es la existencia física de los contendientes, se pone en juego la vida misma. Es el ejemplo que pusimos de la represión a la Comuna de París. De ahí que Marx llamara al folleto que escribió a propósito de esta experiencia La guerra civil en Francia.

Sin embargo, y al mismo tiempo, vistas las condiciones de la lucha de clases en el siglo XX, es evidente que la represión de la Comuna fue casi un juego de niños en relación con las bajas ocurridas en oportunidad de la guerra civil luego de octubre de 1917 en Rusia, o a la guerra civil en España en la década del 30, o la invasión contrarrevolucionaria del ejército nazi sobre la URSS en junio de 1941.

Esta transformación de la lucha de clases en guerra civil, o, incluso, el pasaje a una lucha de clases más directa, plantea todos los problemas de la autodefensa, del armamento del proletariado. La burguesía se arma (en realidad, siempre está armada) y pretende hacer valer su monopolio de la fuerza por parte del Estado. Incluso más: arma y deja correr grupos “irregulares” cuya tarea es escarmentar a la vanguardia obrera o, incluso, destruir el conjunto de las “instituciones de la democracia obrera en el seno del capitalismo”, la principal característica del fascismo, según Trotsky. Cuando los fascistas muelen a palos todos los días a los distintos núcleos y organizaciones de los trabajadores, ¿qué hace la vanguardia obrera, y luego el conjunto de la clase? Es evidente que debe armarse hasta los dientes, formar sus milicias, sus grupos de autodefensa y devolver de manera decuplicada cada golpe de los fascistas, cada golpe de la represión. Sólo así puede aumentar la confianza en sus propias fuerzas, y la confianza en la clase obrera del resto de las clases oprimidas y parte de las clases medias.[24]

Esta experiencia se dio en la entreguerra. En Italia y Alemania, por poner los ejemplos más extremos, parte de los ex combatientes revistaban en los grupos de extrema derecha llamados “cuerpos francos”, que luego nutrieron las filas de los grupos fascistas y nazis. Pero, al mismo tiempo, por ejemplo en la experiencia italiana, llegaron a constituirse los Arditi del Popolo, que a comienzos de los años 20 agrupaban a sectores de masas de ex combatientes bajo un programa mayormente de izquierda (eran un desprendimiento de los derechistas Arditi, ex combatientes que formarían filas en el fascismo). Más allá de que el Partido Comunista italiano no supo relacionarse con este fenómeno ultra progresivo (tuvo un abordaje sectario), existió, y de haberse tenido una orientación correcta quizá el proceso de fascistización hubiera tenido ribetes distintos.[25]

Esto es sólo un ejemplo del proceso más vasto de transformación de la lucha de clases en guerra civil. León Trotsky, en sus escritos de los años 30, por ejemplo sobre Francia, insistía en la absoluta necesidad de impulsar la autodefensa y el armamento del proletariado, de devolver cada golpe fascista de manera redoblada sin confiar ni por un instante en la policía del Estado (orientación socialdemócrata), unida por uno y mil vínculos a las formaciones fascistas. Algo similar ocurre hoy con el caso de Alba Dorada y la policía y el ejército griegos.

4.7 El partido y la insurrección. La compleja mecánica de la lucha por el poder

Por último, tenemos el problema del poder y la insurrección. Como hemos tratado en Ciencia y arte de la política revolucionaria, la toma del poder es el “momento consciente” por excelencia de la lucha de clases, en que lo subjetivo y lo objetivo se fusionan en uno solo, siempre a partir de condiciones determinadas.

Debe existir una organización, un partido que se plantee conscientemente esa tarea, política y prácticamente. El poder no cae en el regazo de la clase obrera: debe tomarse a partir de un plan científico a tal efecto, organizado por un centro ejecutor con el mayor de los cuidados. De ahí que en octubre Lenin insistiera en que el partido debía organizar la toma del poder antes incluso de que se reuniera el II Congreso de los Soviets, y que el encargado práctico de la toma del poder debía ser el partido bolchevique. La toma del poder (madurada ya por todo el conjunto de las circunstancias históricas y políticas) no remitía a un problema de “legalidad” (quién mandata la toma el poder), sino a una cuestión eminentemente práctica: qué centro organizador la lleva a cabo.[26]

También está la determinación de la evaluación de las circunstancias. De ahí que Lenin hablara de ciencia y arte de la insurrección, porque a los elementos de análisis de la situación se le debía sumar la intuición de que las circunstancias estaban maduras para que la vanguardia que toma el poder arrastre a la mayoría (al conjunto del país). O, como dijera Trotsky, logre al menos la “neutralidad amistosa” de esa mayoría, y la oposición activa de sólo una minoría.

La revolución es un evento “popular”, una acción de la mayoría en beneficio de la mayoría. Y de una mayoría que es una “amplia mayoría social”, como dijera Lenin. Sin embargo, bajo estas condiciones, es una vanguardia la que se plantea conscientemente la tarea práctica de la toma del poder, vanguardia que debe ser organizada por el partido. Se trata de una mecánica compleja, una dialéctica entre la clase obrera, sus organismos, su vanguardia y el partido revolucionario. Esa dialéctica no admite mecanicismo alguno, y los bolcheviques la llegaron a entender mejor que nadie. Rosa Luxemburgo no llegó a comprender esto sino en un estadio ya muy tardío de la revolución alemana.

De ahí que sin partido no haya toma del poder; si ocurre sin partido, su conservación será prácticamente imposible. Una lección que la Revolución Rusa trajo a la palestra y a la cual se le puede agregar, a partir de la experiencia de la segunda posguerra, que no se trata de cualquier poder; no se trata de que un aparato que habla en “nombre” de las masas pero no sea expresión directa de sus luchas y necesidades tome el poder. El poder debe ser tomado por la clase obrera sobre la base de las propias instituciones democráticas bajo la dirección del partido revolucionario.


[16].- El politólogo de derecha simpatizante del nazismo Carl Schmitt no decía otra cosa en su Teoría del partisano (1962): “El partisano moderno no espera ni gracia ni justicia del enemigo. Dio la espalda a la enemistad convencional, con sus guerras domesticadas, y se fue a un ámbito de otra enemistad verdadera, que se enreda en un círculo de terror y contraterror hasta la aniquilación total”. Se trata de una guerra de “enemistad absoluta” que no reconoce ningún acotamiento.

[17].- Ver nuestra referencia al muro de los comuneros de Père Lachaise en “Las huellas de la historia”, Roberto Sáenz, www.socialismo-o-barbarie.org. Traverso cuenta en Los orígenes de la violencia nazi como la mayoría de las víctimas no murieron en los enfrentamientos, sino que fueron detenidos, llevados a campos de concentración, juzgados sumariamente y fusilados, bajo una excusa deshumanizadora y “darwinista social” que señalaba que estas “gentes” eran parte de elementos “peligrosos, degenerados” lo más “bajo de la escala social” motivados por una suerte de “animalidad”. De esta manera, la represión de la Comuna de París, así como los acontecimientos de la I Guerra Mundial, son tantos otros antecedentes del tipo de violencia contrarrevolucionaria encarnada por el nazismo.

[18].- A comienzos de los años 30, al señalar las bases programáticas de la Oposición de Izquierda, Trotsky introduciría un criterio metodológico de suma importancia para el tema que estamos tratando aquí: “La Oposición de Izquierda se basa en los cuatro primeros congresos de la Conmintern. Esto no significa que ella siga al pie de la letra sus decisiones, muchas de la cuales tuvieron un carácter puramente conjetural y fueron contradichas por los eventos posteriores. Pero todos los principios esenciales (en relación al imperialismo, al Estado burgués, la democracia y el reformismo, los problemas de la insurrección; la dictadura del proletariado, sobre las relaciones con los campesinos y las naciones oprimidas, el trabajo en los sindicatos, el parlamentarismo, la política de los frentes únicos) permanecen, aún hoy, como la expresión más elevada de la estrategia en la época de la crisis general del capitalismo”. En Duncan Hallas, León Trotsky socialista revolucionario: 41. La cita de Trotsky está tomada de los Escritos 1932-33: 51-55. Obsérvese que en su listado Trotsky no incluye la táctica del gobierno obrero.

[19].- En “Sobre el retorno de la cuestión político-estratégica”, en el mismo sentido oportunista en materia estratégica, Bensaïd agrega lo siguiente: “En el mismo punto nos hallábamos enturbiados o golpeados en la época [se refiere a finales de los años 70. RS] por la adhesión de Mandel a la ‘democracia mixta’ a partir del reexamen de las relaciones entre soviet y constituyente en Rusia. Es evidente, en efecto, con más razón en países de tradición parlamentaria más que centenaria, que donde el principio del sufragio universal está establecido sólidamente no se podría imaginar un proceso revolucionario de otro modo que una transferencia de legitimidad que consagrase la preponderancia de un ‘socialismo por la base’ pero en interferencia con las formas representativas”. Pero nos parece que aquí se mezclan equivocadamente dos planos distintos: a) cómo las formas de representación directas, soviéticas, podrán ganar su primacía, en correlación con la experiencia que las masas vayan haciendo con las formas parlamentarias de la democracia burguesa, y b) el hecho de que sí hay experiencias históricas que han demostrado que las formas de la democracia burguesa siempre han sido utilizadas contra las formas de poder de la clase obrera para reabsorberlas y liquidarlas. Ver el caso de la Constituyente disuelta por los bolcheviques a comienzos de 1918 o el ejemplo inverso de la Constituyente que estableció la República de Weimar en Alemania a mediados del año siguiente y que operó, justamente, disolviendo las formas soviéticas emergentes en territorio alemán. El paso de Mandel a la “democracia mixta” sembraba confusión, lo que se observa, incluso, en el ejemplo que da Bensaïd cuando invocando esta misma fórmula plantea la corrección de que el mandelismo haya apoyado la convocatoria electoral sandinista a las elecciones de 1990, que lo dejaron fuera del poder sin disparar un solo tiro.

[20].- A veces se pierde de vista la insistencia con que Trotsky fundara en el fracaso de la revolución alemana de octubre de 1923, la más grande derrota del proletariado de su tiempo, el punto de bisagra hacia la burocratización de la URSS y la pudrición de la Internacional Comunista y el partido bolchevique.

[21].- Harman y Potter señalan al respecto lo siguiente: “Lo que estamos señalando no quiere decir que bajo ninguna circunstancia un gobierno obrero real podría ocurrir antes de la dictadura del proletariado. En el pasado ha habido gobiernos obreros cuya tarea más elemental era armar al proletariado, sin embargo, fueron excepciones extremas. Por ejemplo, los casos de Hungría y Baviera en 1919, donde el poder burgués virtualmente colapsó y el gobierno pasó a manos de gente que se basaban en el slogan del Poder Soviético” (“El gobierno obrero”). Sin embargo, agregamos, ambas experiencias terminaron frustrándose, y en ambos casos estaba presente el poder gravitatorio de la Revolución Rusa.

[22].- Miguel Rossetto, uno de sus principales dirigentes, fue ministro de Agricultura en un gobierno, como el del PT, donde la “reforma agraria” ha avanzado incluso menos que bajo la gestión abiertamente neoliberal de Fernando Henrique Cardoso, para no hablar de la vista gorda a los sistemáticos asesinatos de sin tierras por parte de los hacendados.

[23].- El Partido Obrero de la Argentina cree que tiene una “audiencia de millones” porque su dirigente es invitado regularmente a los medios de comunicación opositores al gobierno. Pero si esta invitación es una gran oportunidad para ampliar la influencia política general de los revolucionarios, sería de una ceguera criminal perder de vista, también, lo relativamente epidérmica es que hoy la “influencia mediática” y la importancia de traducir esta influencia difusa general en fuerza orgánica en el seno de la clase.

[24].- En un plano más general Carl Schmitt, politólogo vinculado al nazismo pero muy agudo, decía que Napoleón tenia una máxima respecto del combate irregular que rezaba que “con partisanos hay que pelear a la manera de los partisanos”.

[25] .- Ver de Tom Beham The Resistible Rise of Benito Mussolini. Al parecer, los ADP llegaron a alcanzar 20.000 integrantes organizados en 144 células, activos en 56 de las 71 provincias de Italia. También Enzo Traverso en muy agudo en el análisis del pasaje de la “política parlamentaria” a la guerra civil en el período de la entreguerra.

[26] .- Es sabido que Trotsky tuvo un matiz táctico con la orientación de Lenin, afirmando que era mejor denunciar que la guarnición de Petrogrado estaba siendo retirada de la ciudad por Kerenski para dejar la capital de la revolución a merced del ejército alemán, y plantear la necesidad de un Comité Militar Revolucionario que asumiera su defensa. Era una excusa para poner en marcha la preparación de la insurrección, posición táctica que tuvo mayoría en el CC bolchevique. Sin embargo, se trataba de una cobertura política que no cambiaba el fondo del asunto planteado por Lenin: que el partido debía abocarse inmediatamente, de manera práctica, a organizar la toma del poder.

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