El PCCH y el régimen político chino

China hoy: problemas, desafíos y debates.

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3.1 Composición social cuantitativa y cualitativa del partido

Así como el carácter del Estado chino ha sido y es objeto de interminables controversias, lo mismo ocurre, como es lógico, con el carácter del Partido Comunista Chino. Al respecto, un estudio serio de la evolución de la composición social del PCCh es el de Li Yang, Filip Novokmet y Branko Milanovic (éste último conocido por sus trabajos sobre la desigualdad… y la ausencia de alternativa al capitalismo), From workers to capitalists in less than two generations: a study of Chinese urban elite transformation between 1988 and 2013 (“De obreros a capitalistas en menos de dos generaciones”). Además de constatar el recambio de la base campesina, mayoritaria hasta los años 80, el estudio muestra el paulatino avance en la elite –definida como integrantes de la capa del 5% de mayores ingresos que son miembros del partido– de los “profesionales” (ingenieros, científicos, médicos, economistas, ejecutivos de empresas públicas y privadas). Este sector representaba en 2013 el 25% del total de miembros del partido, pero el 38% de la elite.

Los trabajadores manuales eran el 30% de los miembros en 2013 (en 2021, el 34%) Si se cuentan empleados administrativos y estatales, alcanzaban el 75% de la membresía en 1988 y el 70% en 2013, pero sólo el 57% de la elite partidaria. El otro 43% de los miembros de la elite son profesionales y empresarios.

La conclusión es que hay “una creciente divergencia entre la composición social de la base partidaria y la de los miembros del partido de mejor posición social (…). Mientras que en el partido en general todavía hay una mayoría de los ‘antiguos’ grupos sociales, su cúpula está cada vez más dominada por los grupos sociales ‘nuevos’ [los sectores profesionales con formación universitaria en ciencias duras y sociales]” (citado por M. Roberts, “Chinese Communist Party: a party of workers or capitalists?”, 1-7-21).

Aunque Roberts agrega que los capitalistas como tales son sólo el 3% de la membresía (y el 5% de la cúpula partidaria), los datos son significativos. Es cierto que, como subraya correctamente Roberts, no es lícito extrapolar mecánicamente la composición social del partido al carácter del Estado. Pero ese criterio vale en ambos sentidos: del carácter minoritario de los capitalistas en la cima del PCCh no cabe inferir tampoco que se trate de una organización “no capitalista”, y mucho menos anticapitalista.

En todo caso, lo menos que puede decirse es lo que admite Roberts: “El Partido Comunista Chino (…) no es un partido democrático; todas las políticas se deciden en la cúpula y son seguidos sin disenso (al menos abierto) de la base partidaria. Los dirigentes deciden todo. Ésa no es la definición de un partido obrero democrático. Tampoco es un partido de capitalistas. En su composición social, es un partido de obreros, tecnócratas y funcionarios estatales, y eso incluye a su elite” (ídem).

Desde ya, el hecho de que la mayoría de los integrantes del partido sean trabajadores no define su carácter de clase; para el caso, la mayoría de los partidos burgueses de masas debe tener una membresía esencialmente de trabajadores. Pero cabe efectuar aquí dos señalamientos importantes.

Uno es que el propio PCCh, lejos de lo que cabría esperar de un partido supuestamente de “ideología marxista”, defiende de manera explícita el objetivo típicamente policlasista de “sostener un equilibrio de todos los sectores sociales”. Esta concepción fue sancionada como ideología oficial y efectiva con el nombre de “triple representatividad” (o “tres representaciones”). Así la definía Jiang Zemin ante el XVI Congreso del PCCh, de 2002: “El Partido debe representar siempre las inquietudes del desarrollo de las fuerzas productivas avanzadas de China, representar la orientación del desarrollo de la cultura avanzada de China, y representar los intereses fundamentales de la mayor parte de la población de China”. La versión marxista de esta alambicada formulación es: los capitalistas (“las fuerzas productivas avanzadas”), la clase media (“la cultura avanzada”) y los trabajadores urbanos y rurales (“la mayor parte de la población de China”).[1]

El segundo punto es que, como reconoce Roberts con toda claridad al resumir su mirada sobre el PCCh, “sus líderes de la ‘elite’ tienen una ideología nacionalista, no socialista internacionalista, y tienen conexiones con el sector capitalista” (ídem).

De todos modos, aun con lo alejado del marxismo que está este marco ideológico y con las consecuencias que se desprenden del relacionamiento de los dirigentes con el empresariado privado, el criterio para definir el régimen político chino debe considerar, desde el punto de vista marxista, otros parámetros, que también exceden el rasero liberal de las elecciones y las formas parlamentarias.

3.2 Facciones, camarillas y purgas de un partido stalinista

A nuestro juicio, no hay forma de definir el régimen del PCCh de otra manera que como stalinista de partido único, caracterizado por la ausencia –o más bien la asfixia– de cualquier debate democrático real y participación de los trabajadores en las decisiones, sean afiliados al partido o no. El limitado espacio que existe en el seno del PCCh está completamente limitado y celosamente administrado por la cúpula partidaria, que no rinde cuentas a nadie y cuyo funcionamiento es de una opacidad que no tiene nada que envidiar al viejo PCUS soviético.

También aquí, está muy por detrás de la necesaria crítica marxista decir que “se cuestiona el sistema político chino desconociendo lo ocurrido en la contraparte. Suelen olvidar la inexistencia de democracia genuina en las plutocracias de Occidente” (C. Katz, “Descifrar China I: ¿Desacople o ruta de la seda?”, cit.). Por supuesto que las críticas de los medios y políticos capitalistas “liberales” son completamente sesgadas e hipócritas, viendo continuamente la paja en el ojo chino y nunca la viga en el occidental. Pero denunciar esa cínica doble vara no debe significar atenuar o disimular la crítica al régimen chino, cuyo espectro de libertades democráticas no es sensiblemente mayor al de ninguno de los otros regímenes stalinistas clásicos, salvo el del propio Stalin en la URSS.

Mucho más certera nos parece la consideración de Au Loong Yu de que “el partido bajo Xi siempre está a la defensiva, en modo de ataque preventivo para acabar con cualquier movimiento por la democracia y la igualdad desde sus inicios. Es una reacción conservadora al peligro potencial de una revuelta plebeya desde abajo. Es reaccionario de principio a fin” (“La China de Xi Jinping: reacción, no revolución”, sinpermiso.info, 1-10-21).

En cuanto a las disputas internas, es importante precisar su rango, su extensión y, sobre todo, sus límites. Porque es cierto que “los choques entre las distintas corrientes de la dirección china han sido determinantes del rumbo que sigue el país” (“Descifrar China I: ¿Desacople o ruta de la seda?”, cit.). Pero nos parece una exageración políticamente peligrosa, en la medida en que puede conducir a alguna forma de “alineamiento con el campo más progresivo” del PCCh, sostener que “esas tensiones no expresan sólo las habituales disputas entre fracciones por el manejo del poder que describe la prensa occidental. Tampoco responden a meras oleadas de limpieza de corruptos. En esos conflictos subyace la confrontación por acelerar o contener la restauración capitalista” (“Descifrar China III: Proyectos en disputa”; cit.). Porque sin minimizar la significación de esos “choques de corrientes”, lo primero que cabe señalar inmediatamente al respecto es que en esas disputas jamás ha tenido arte ni parte ninguna expresión mínimamente independiente de la clase trabajadora china, por minoritaria que fuese.

Es imprescindible consignar, como definición política, que todas las corrientes importantes del PCCh –sea cual fuere la entidad que tengan hoy, cosa difícil de discernir dada la opacidad habitual del funcionamiento del partido stalinista– son facciones o camarillas burocráticas, enemigas furiosas de cualquier atisbo de genuina democracia obrera. De hecho, Au Loong Yu se niega a habla de “facciones”, en la medida en que el término sugiere distinciones más o menos orgánicas y estables, y se refiere sistemáticamente a los sectores eventualmente en conflicto en el seno del PCCh como “camarillas”. Esto es, agrupamientos definidos por relaciones de tipo más personal o de “jerarquías” partidarias informales vinculadas a la familia o región de origen y a sus contactos con los “padres fundadores” del Estado de 1949, al mejor estilo del tráfico de influencias de la época imperial y sus mandarines (hasta el mismo lenguaje interno, como vimos, respeta esa tradición).

En igual sentido, Rousset sostiene que “podemos usar el término camarilla para designar a la dirección encabezada por Xi Jinping, porque está formado por hombres de paja. No fue éste el caso de la nueva dirección maoísta cuando ganó ascendencia dentro del partido durante la Larga Marcha (1934-1935). Mao era la figura dominante, pero supo rodearse de fuertes personalidades con antecedentes políticos muy variados” (“China: Las autoalabanzas de Xi Jinping ante el comité central del PCCh”, cit.).

Por otro lado, esta caracterización de que no hay ningún sector importante no burocrático ni verdaderamente socialista en el PCCh es incluso independiente de la cuestión de si la restauración del capitalismo se ha terminado de consumar o no. Por ejemplo, en el caso de Cuba seguramente acordaríamos con Katz en que, a diferencia de China, el regreso al capitalismo no es todavía un hecho. Pero de lo que se trata en China –y en Cuba– es de sostener una perspectiva de organización política y social de la clase trabajadora que sea independiente de las instituciones del régimen y muy particularmente del Partido Comunistaque no tiene nada que ofrecer ni es ninguna garantía en el sentido de “profundizar la transición socialista” o “impedir el avance del capitalismo”. Más bien al contrario.

Entre los “choques que definieron el rumbo del país”, probablemente el más relevante haya sido el que tuvo lugar entre los abiertamente “liberales” (o incluso neoliberales), por un lado, y los partidarios de una “apertura” más moderada y bajo estricto control del partido, por el otro. En el plano de la proyección internacional, Katz hace referencia a “una seria contraposición entre los sectores afines y reacios a la globalización. Ambos grupos han sido bautizados con distintas denominaciones, que resaltan su localización geográfica (la costa versus el interior) o postura frente a las privatizaciones (liberales versus antiliberales). También gravitan las posturas ante la extensión del principio de lucro (mercantilistas versus reformadores) o frente a la prioridad asignada a la expansión externa y local (mundialistas versus mercado-internistas)” (“Descifrar China I: ¿Desacople o ruta de la seda?”, cit.). De todos modos, en verdad la supuestamente variopinta y policroma diversidad de opiniones en el seno del PCCh –de paso, ¿no es necesario denunciar la prohibición de constituir cualquier otra formación política, so pena de naturalizar el unipartidismo típico stalinista?– se reduce en todo caso y en los hechos a esas dos grandes vertientes: la más pro mercado, por un lado, y la que resalta la necesidad de que el partido-Estado priorice mantener el control sobre algunos de los resortes básicos de la economía.

La caracterización de Katz es que en ese conflicto “subyace la confrontación por acelerar o contener la restauración capitalista” (“Descifrar China III: Proyectos en disputa”, cit.). A nuestro juicio, sería más preciso calificar a las corrientes, respectivamente, como el ala capitalista neoliberal en lo económico y moderadamente liberal en lo político y el ala capitalista de Estado en lo económico y stalinista en cuanto al régimen político.

Esta distinción no es inocua. Si se concibe a una de las “alas” como la más “estatista” y menos proclive a abrir juego a las fuerzas de mercado dentro del PCCh, se abre la puerta a una ubicación política “campista” que, en vez de dar una pelea implacable por la construcción de una herramienta independiente y genuina de la clase obrera china, se posicione en favor de esa facción como “mal menor” frente a los “neoliberales” o “pro capitalistas”.

Al respecto, nos parece muy justa la recomendación de Rousset de “ser prudente y no racionalizar en exceso los conflictos fraccionados dentro del aparato del partido. A menudo, más que luchas por diferencias políticas, se trata de luchas de poder. Por ello, no habría que reducirlas a un enfrentamiento entre reformistas (…) y conservadores, esperando que los primeros luchen contra los segundos. Las esperanzas depositadas en Deng Xiaoping para democratizar el país en beneficio de la población resultaron ser dramáticamente ilusorias con la sangrienta represión de los movimientos sociales en 1989. Desde entonces, se han formado tres bloques en torno a los secretarios generales Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping. Ninguno de ellos ha cuestionado nunca la dictadura del partido sobre la sociedad ni ha previsto la posibilidad de una oposición política organizada, aunque los dos primeros pudieran tolerar la disidencia individual. (…) La particularidad de Xi es que ha purgado las camarillas o facciones rivales, al igual que ha purgado el Ejército y los servicios secretos. El XX Congreso ha sido la oportunidad para completar su acaparamiento del aparato del partido-Estado” (“XX Congreso del PC Chino: el punto de inflexión”, cit.).

3.3 Xi Jinping: de árbitro bonapartista a zar indiscutido

En todo caso, está muy claro que la “línea Xi” dio un giro hacia el control férreo por parte del partido de las decisiones vinculadas a las áreas económicas consideradas estratégicas, en detrimento de la libertad de mercado. Y lo propio se verifica en el terreno de la “sociedad civil”, donde no hay imperativo mayor para el PCCh que el control y la vigilancia de cualquier emergente de organización independiente, por inofensivos que apareciesen o fuesen sus motivos.

Así, no se corresponde al menos con el cuadro actual la descripción de Katz de que Xi “ha ejercido su autoridad introduciendo límites a las distintas posturas en choque. Contuvo el giro hacia las nuevas privatizaciones que promueven los neoliberales y frenó el replanteo de la expansión externa que propicia el ala opuesta” (cit.). El saldo del XX Congreso no es el de un presidente haciendo equilibrio entre sectores opuestos, sino el de un líder que impone su política a todas las facciones… si es que lograron sobrevivir. Por ejemplo, Au Loong Yu sostiene que la llegada de Xi al poder implicó la desaparición lisa y llana de la corriente liberal.

El consenso que cita Katz de autores como Rousset y otros que ubica a Xi “en un lugar de arbitraje” que “asegura los equilibrios necesarios”, más allá de si resultaba en su momento una descripción fiel del estado de cosas, requiere hoy una evidente actualización a la luz de los dos últimos años de gestión de Xi y los resultados del XX Congreso.

En el caso de Rousset, al menos, sin duda su análisis actual asume la victoria rotunda de Xi sobre sus adversarios internos, y eso ya un año antes del XX Congreso: “El dominio absoluto de Xi Jinping sobre el poder no se ha logrado sin un ajuste violento de cuentas, purgas y liquidaciones. (…) Está condenado a una perpetua carrera de huida hacia adelante para evitar que sus oponentes se reagrupen y aislarlos de la población” (“China: Las autoalabanzas de Xi Jinping ante el comité central del PCCh”, cit.). No es posible ser más taxativo al dimensionar el cambio de orientación desde el “eje del equilibrio entre facciones” –si es que llegó a ser así, sobre lo cual tenemos nuestras reservas– hasta el “dominio absoluto” de Xi.

Más cercana a la realidad actual que esa idea de “arbitraje” nos parece una comprensión que, incluso asumiendo la existencia de las facciones ‘globalista’, y ‘nacionalista’, encuadre la orientación de Xi, en particular desde su segundo período y que se proyecta con más fuerza aún en el tercero, en la idea de poner las riendas mucho más firmemente en manos del Estado –o, lo que es casi equivalente, del partido– en detrimento de la actividad privada, el mercado, los empresarios… y el ala del PCCh más afín a ese sector.

Esta consideración implica una diferencia importante de la visión que presenta a Xi esencialmente como un agente de equilibrio dentro del PCCh, pasando por alto que esa mediación es parte de un rol bonapartista más amplio: “En China hay tensiones de gran porte y el férreo comando que ejerce Xi Jinping apunta a impedir el desmadre de esas disputas. Algunos analistas estiman que gobierna utilizando un conjunto de reglas ocultas y no escritas, que reproducen la antigua autoridad del emperador sobre las capas subordinadas [la referencia es a Au Loong Yu. MY]. (…) Pero incluso con esas modalidades de gestión, el poder político mantiene las denominaciones, estatutos e ideologías del proceso inaugurado en 1949” (“Descifrar China II: ¿Capitalismo o socialismo?”, cit.). Pero Xi no es sólo el encargado de “impedir el desmadre” de las facciones internas, sino el líder de la que es hoy la principal de ellas. Y, como hemos visto, parece muy decidido a no permitir el desarrollo de cuestionamientos o disensos.

Limitarse a presentar a Xi como un “regulador de tensiones” puede habilitar una lectura –que probablemente no sea la de Katz hoy– de que cumple un rol progresivo y neutralizador de conflictos que podrían poner en riesgo la estabilidad de esta sociedad supuestamente no capitalista. Asimismo, es muy peligroso minimizar el control brutal y represivo que ejerce Xi sobre el PCCh como si fuera una simple “modalidad de gestión” vinculada a su estilo personal. De lo que se trata aquí es del papel de la burocracia al frente del partido y del Estado, que ahoga toda posibilidad de intervención de los trabajadores, incluso de los afiliados al PCCh, y de cualquier procesamiento democrático del debate sobre el rumbo que debe seguir la sociedad china.

Esto fue así con los líderes anteriores y sigue siendo así con Xi, sólo que acaso de manera más implacable que todos sus predecesores, con la excepción de Mao. Que este bloqueo total de cualquier forma de democracia obrera y de participación de los trabajadores se haga bajo las “denominaciones, estatutos e ideologías” del maoísmo clásico o aggiornado, con banderas rojas o con referencias al “socialismo con características chinas”, no cambia un ápice el problema central, que no se resolverá con símbolos viejos o nuevos.

Por otra parte, Xi busca replicar los peores aspectos de Mao desde el punto de vista del régimen interno y de la relación del partido con las masas. Probablemente lo más visible sea el culto a la personalidad de Xi, que había sido explícitamente rechazado por toda la dirigencia china desde Deng y que, según Rousset, “está alcanzando cotas delirantes, como la de Mao en los albores de la Revolución Cultural (1966-1969). La resolución adoptada en la reunión plenaria del Comité Central de noviembre de 2021 ya afirmaba, con respecto a Xi, que los tiempos actuales representan ‘la epopeya más grande de la historia de la nación china a lo largo de milenios’, y que (…) su [de Xi] ‘pensamiento es la quintaesencia de la cultura y el alma chinas’” (“XX Congreso del PC Chino: el punto de inflexión”, cit.).

A partir de esta exaltación casi idólatra de Xi, no ya acrítica sino furiosamente militante contra todo atisbo de crítica, y de la concentración de poder y de cargos en manos de su camarilla, en el terreno de las “discusiones internas” –en la medida en que pueda hablarse de tales en un partido de régimen stalinista–, es necesario tener una mirada mucho más crítica respecto de las sucesivas, o más bien permanentes, “cruzadas contra la corrupción” del líder chino y del partido.

Que la corrupción generalizada es parte del paisaje de cualquier régimen burocrático es cosa sabida; el manejo de los recursos del Estado como coto de caza por parte de funcionarios sin la menor moral “socialista” es una invitación continua al peculado. Katz expone que Xi “consolidó también su liderazgo mediante una campaña contra la corrupción del gran segmento de altos funcionarios enriquecidos con burbujas especulativas. Desde su arribo al comando del país implementó esa fuerte depuración, para recomponer la deteriorada legitimidad política de las cúpulas nacionales y regionales del Partido Comunista. Acotó especialmente la gran red de coimas que floreció en los momentos de crecimiento exponencial y fiebre del lucro” (“Descifrar China I: ¿Desacople o ruta de la seda?”, cit.).

Pero si la descripción termina ahí y no se advierte que muchas veces –el propio Stalin dio los primeros y más brutales ejemplos–las denuncias de “corrupción”, reales o amañadas, son un instrumento típico de control interno, represión y eliminación de rivales en la interna burocrática, la enumeración de medidas equivale casi a ponderar a Xi como el abanderado de la virtud “socialista”, que viene a limpiar los establos de Augías de los “malos funcionarios”. ¿O acaso quien fuera en su momento uno de los principales rivales de Xi, Bo Xilai –dirigente de cierto predicamento entre los sectores más maoístas– no fue condenado a cadena perpetua por incomprobables “hechos de corrupción”?

De hecho, esta práctica habitual de todos los regímenes stalinistas ha sido llevada hasta el paroxismo por la gestión de Xi. Bajo el signo de la “tolerancia cero”, los cuadros del PCCh investigados por corrupción se cuentan por millones. Por supuesto, muchos de los condenados seguramente eran culpables; los casos más flagrantes de estilos de vida lujosos incompatibles con salarios estatales eran exhibidos en programas de televisión para establecer el tono apropiado de rectitud moral. Lo curioso es que una campaña de semejante escala, y sostenida a lo largo de una década, no haya logrado, aparentemente, ningún resultado.

En efecto, lo lógico sería suponer que ante una ofensiva tan masiva y descarnada, los niveles de corrupción deberían bajar. Pero según la propia Comisión Central para la Inspección de la Disciplina, uno de los órganos más temidos de China, la cantidad de casos de corrupción que involucran a miembros del PCCh no ha parado de subir desde 2012: empezó con 150.000 casos anuales y desde 2018 se ha estabilizado, con leve tendencia ascendente, en unos 600.000 casos anuales. De modo que no parece errado suponer, como lo hace Christopher Carothers, de la Universidad de Pensilvania, que la guerra de Xi contra la corrupción “probablemente continúe por tanto tiempo como esté en el poder” (“Xi’s forever war”, TE 9320, 5-11-22).

Siendo así las cosas, sólo caben dos conclusiones posibles: o la corrupción en China es –para seguir con los trabajos de Hércules– una verdadera hidra de Lerna, que multiplica sus cabezas a medida que se las cortan… o la campaña anticorrupción tiene otros e inconfesos objetivos que exceden el saneamiento de la moral pública. En ningún momento Katz ofrece este caveat indispensable.

En cambio, parece considerar como uno de los méritos de Xi que, si bien “impidió la revisión del curso actual que auspiciaban sectores radicales”, al menos “reintrodujo la lectura del marxismo y cierto reconocimiento del legado maoísta” (“Descifrar China I: ¿Desacople o ruta de la seda?”, cit.). Nos permitimos cierta suspicacia respecto de qué y cuánto se difunde del marxismo de Marx y Lenin, y sobre todo, cómo. En cuanto al “legado maoísta”, según qué aspecto se tome de él, su reconocimiento podría ser más motivo de preocupación que de celebración, al menos por parte de quienes defendemos una tradición marxista muy distinta a la del stalinista Mao.

Aquí nos apoyamos en el amargo escepticismo de Au Loong Yu, para quien “las autoridades chinas no se interesan para nada por los principios socialistas, ni por Mao o el maoísmo” (“La lucha obrera de Jasic y el movimiento estudiantil”, Viento Sur, 30-12-18). La actitud habitual del Estado y el partido hacia cualquier iniciativa de estudiar de manera seria e independiente el marxismo recorre, según Yu, el espectro que va desde el desaliento a la represión abierta.

De todos modos, el paso del tiempo, creemos, se encargó de saldar la cuestión: a partir del 25 de agosto de 2021, en todas las escuelas primarias, secundarias y universidades de China será obligatoria la lectura y discusión del “pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una nueva era”, para darle su nombre oficial completo. Estamos seguros de que, para este segundo Gran Timonel, las masas chinas no necesitan más ni mejor instrucción “marxista” que ésa.

3.4 La clase obrera frente al partido-Estado

En nuestra visión, el rol y situación de la clase obrera en la sociedad son un indicador decisivo para definir el carácter del Estado. Aunque, como vimos, no es el rasero principal que consideran los enfoques economicistas, Katz no ignora que se trata de un factor esencial. El problema es que, en su afán de demostrar el carácter no capitalista del Estado, se ve forzado a pintar de un color exageradamente rosado las relaciones entre la clase trabajadora y el PCCh (o el Estado; en muchos casos cuesta diferenciarlos). Así, por ejemplo, sostiene que “en las últimas dos décadas emergió un nuevo proletariado, con expresiones de resistencia y alta capacidad para hacer valer sus exigencias” (“Descifrar China III: Proyectos en disputa”; cit.).

Que se trata de una nueva generación y hasta de un nuevo tipo de proletariado, y que manifiesta su resistencia a la explotación capitalista y a la opresión política y social del régimen stalinista chino, es innegable. Ahora bien, nos parece francamente exagerado postular que tiene “alta capacidad para hacer valer sus exigencias”. Eso es hoy, lamentablemente, todavía una expresión de deseo, en la medida en que esa capacidad sólo podría desarrollarse (¡y manifestarse!) en tanto aparezcan y se afiancen organizaciones independientes, sindicales, políticas o de tipo asociativo, de la clase trabajadora. Ése no es el panorama de la clase obrera china hoy, dominado como está por sindicatos oficiales cuya función no es la representación de los intereses de los trabajadores, sino el control policíaco de éstos, con una feroz represión a todo intento de organización independiente.

Mucho más realista nos parece la descripción de Au Loong Yu: “Durante muchos años no hubo un movimiento obrero como tal, sino sólo acciones obreras aisladas. Muchas fueron acciones espontáneas. No creo que las autoridades puedan impedir estas acciones espontáneas. Es casi imposible cuando se consideran dos cuestiones. Primero, aunque las condiciones laborales han mejorado con el tiempo, siguen siendo muy duras y necesariamente crean revueltas. Segundo, las segundas o terceras generaciones de trabajadores migrantes son más conscientes de sus derechos y tienen mayores expectativas, lo que necesariamente los impulsa a la acción de vez en cuando. Igualmente, muchas de estas acciones no conducen a ninguna forma de organización, no sólo por la represión sino también porque los trabajadores migrantes aún no están listos. Hoy las autoridades pueden ser duras con las huelgas espontáneas, pero su objetivo principal es asegurarse de que los trabajadores continúen desorganizados, antes que erradicar los conflictos; de allí los ataques a las ONGs relacionadas con el movimiento obrero. (…) Pero las imparables huelgas espontáneas, aunque no lleven a la organización, son buenas por sí mismas ya que pueden elevar la conciencia de clase y la autoconfianza” (“Fortalezas y debilidades…”, cit.).

Es mucho más ajustado a la realidad comenzar una evaluación marxista del estado de la clase obrera en China por las condiciones represivas y de negación del derecho de organización y protesta a que la somete el régimen del PCCh que por su supuesta “alta capacidad para hacer valer sus exigencias”, como si ésa fuera la tónica en vez de la excepción. ¡Vaya “marxismo” el de un partido “comunista” cuyo “objetivo principal” en su política hacia la clase obrera es impedir su organización independiente!

Tampoco es un argumento sólido que “el impresionante peso social del proletariado obliga a considerar seriamente el estado de ánimo popular”. Esto es obviamente cierto, pero en sí mismo no demuestra nada en favor del carácter “marxista” o “socialista” del PCCh. De hecho, cualquier partido capitalista coherente preocupado por la estabilidad política no puede más que “considerar seriamente el estado de ánimo popular”.

El propio Katz, cuando describe la reacción de los funcionarios a las huelgas, no hace más que subrayar su exterioridad a la clase: “El éxito de ciertas huelgas ha determinado la respuesta cautelosa y la inclinación a la concesión que impera en la dirección política” (“Descifrar China III: Proyectos en disputa”; cit.). Sin duda que, como por otra parte ha sido la norma de todas las burocracias stalinistas, la actitud inicial ante el descontento obrero es andar con pies de plomo. Pero esa misma cautela no hace más que exhibir el abismo social y político que existe entre la clase trabajadora y la burocracia, cuya preocupación por administrar el conflicto social o laboral con el menor daño político posible no se distingue en nada de la conducta no ya de cualquier burocracia sindical sino de cualquier partido burgués responsable. Proponer esa conducta como una comprobación adicional del carácter no capitalista del Estado chino es, sencillamente, un non sequitur: no hay forma de demostrar que una cosa se desprende de la otra.

Cuanto más importante es el conflicto, más al desnudo quedan las verdaderas relaciones sociales entre el PCCh y la clase obrera en China: “Una protesta emblemática de julio del 2018 ilustró, además, cómo la exigencia de crear nuevos sindicatos renueva la alianza obrero-estudiantil y la prédica de la izquierda” (ídem). Pero el ejemplo que da Katz –la huelga de Jasic en Shenzhen– demuestra exactamente lo contrario de la supuesta actitud “no capitalista” del Estado y el PCCh. Tanto los activistas sindicales como los estudiantes que los apoyaron fueron reprimidos por la policía, arrestados y en muchos casos despedidos (los obreros) y expulsados de la universidad (los estudiantes).

Los jóvenes de orientación maoísta que se acercaron a los obreros debieron hacerlo no impulsados por sino en contra de las directivas (y los directivos) oficiales del partido, organizándose de manera semi o totalmente clandestina. En su momento, “varios intelectuales de izquierda, entre ellos Noam Chomsky, han hecho públicas declaraciones de apoyo a los activistas detenidos y anunciado su intención de boicotear las conferencias sobre marxismo patrocinadas oficialmente por China” (“La lucha de Jasic: debate de balance entre los maoístas chinos”, Qiao Benli, www.sinpermiso.info, 15-6-19). La descripción de Qiao es coincidente con la que en su momento citáramos de Au Loong Yu en nuestro trabajo anterior. Según parece, la “vivacidad del pensamiento marxista en China” tiene, entre otros límites, el de negar el elemental derecho democrático de los trabajadores de hacer huelga y de los estudiantes de apoyarla.

Esa “prédica de la izquierda” a que se refiere Katz, donde existe, debe hacerse, como vimos en el caso de Jasic, por fuera y en contra del aparato del PCCh, y quienes participan en esas acciones se ven sometidos a la posibilidad cierta de represalias de diversa gravedad. Nada de esto parece una demostración muy cabal de la inexistencia de capitalismo en China en virtud de la “persistencia del legado socialista” y la “continuada gravitación del marxismo”. La huelga de Jabic fue efectivamente, como la llama Katz, “emblemática”, esto es, un símbolo. ¿Pero símbolo de qué? A nuestro juicio, no, por cierto, de la permeabilidad y empatía de los funcionarios respecto de los reclamos de los trabajadores, sino, por el contrario, de la más rotunda ajenidad y oposición de los burócratas hacia la clase obrera.

Michael Roberts, por su parte, es mucho más directo en su crítica al PCCh: “Los líderes chinos siguen oponiéndose a cualquier tipo de acción independiente por parte de los trabajadores y las huelgas siguen siendo ilegales, aunque en muchos casos esta prohibición no se ejerce de manera estricta” (“Views on China”, cit.). Esta mirada es consecuente con la definición de Roberts, que citamos más arriba, de que no sólo no hay democracia obrera en China sino que la elite del partido y el propio Xi son enemigos de ella.

En comparación, la crítica de Katz al régimen stalinista chino es formal, insuficiente y, en su toma de distancia de críticas mucho más duras, casi justificatoria: “Es evidente que en China no rige una democracia socialista. Esa meta se encuentra muy lejos de su implantación y son numerosas las evidencias de inadmisibles restricciones a los derechos democráticos. Pero los teóricos de la restauración plena [aquí, la referencia es a Au Loong Yu. MY] no se limitan a constatar o criticar este hecho. Postulan la vigencia de una descarnada dictadura que funciona con normas cuartelarias y consecuencias sanguinarias (…), en un marco de viraje nacionalista de la intelectualidad y apatía política de la juventud” (“Descifrar China III: Proyectos en disputa”, cit.).

Katz parece temer hacerse eco de las críticas liberales al “totalitarismo” y la “autocracia” en China, y es lógico que los marxistas tengamos un enfoque y criterios completamente distintos. Pero eso no puede hacerse a expensas de ignorar los hechos. Que el régimen chino es represivo y censor en grado extremo, incluyendo el uso siniestro de tecnologías digitales como la Inteligencia Artificial para ejercer un control social casi orwelliano, es algo que no admite discusión.

La pintura que hacen los medios occidentales de China como casi un Estado gulag tiene obvios elementos de propaganda ideológica y exageración, pero eso no significa que todo sea mentira.[2] Decir simplemente que “en China no rige una democracia socialista” y que hay “numerosas evidencias de inadmisibles restricciones a los derechos democráticos” (¿qué nivel de restricción y a cuáles derechos?) es demasiado formal y no da cuenta en absoluto de que cualquier forma de democracia obrera y socialista no sólo está ausente, sino que es activamente combatida por el régimen del PCCh.


Bibliografía citada

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Bellamy Foster, John: “The New Cold War on China”, Monthly Review, July-August 2021

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[1] Otras versiones –si ya en la lengua china original la expresión es ambigua, los problemas se agravan al intentar la traducción– remiten respectivamente a empresarios, funcionarios de la infraestructura estatal y la “democracia” en general. De lo que no cabe duda es de que esta confusa expresión tenía el objetivo declarado de legitimar la inclusión de miembros directos de la clase capitalista en las filas del partido.

[2] Un ejemplo es la represión a la minoría uigur musulmana en Xinjiang. La campaña encabezada por EEUU de denuncia del “genocidio” es una exageración y un ejemplo de la más rampante hipocresía. Pero rechazar la doble vara cínica del imperialismo yanqui (y europeo) en materia de derechos humanos no debe implicar caer en el cuasi negacionismo de los simpatizantes del régimen chino. Es el caso, entre otros, de John Bellamy Foster, que en Monthly Review parece convalidar sin mayor examen el argumento oficial del PCCh de que todo se limita a reprimir la “actividad terrorista”. Los textos de Roberts y Katz prácticamente no hacen referencia al tema.

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