Por Claudio Testa

Hacia la reapertura de la época de crisis, guerras y revoluciones. Articulo de 8 de noviembre de 2016.

La actual coyuntura mundial podría definirse como un momento marcado (aunque no exclusivamente) por contradicciones y enfrentamientos “geopolíticos”; a saber, las tensiones y disputas (más o menos violentas o pacíficas) a nivel del sistema mundial de estados. No siempre ha sido así en los últimos años.

Considerando el lapso que va desde 2007-2008 –cuando se puso en evidencia una crisis financiera y económica que ha sido “emparchada”, pero de ninguna manera superada–, se han ido alternando distintos aspectos predominantes en el centro de la escena mundial.

En un primer momento, el actor principal fue esa misma crisis económico-financiera. La política central fue que los de abajo paguen los platos rotos. Para eso, se estatizaron las pérdidas de bancos, organismos financieros y corporaciones “too big to fail” (demasiado grandes para quebrar), para luego descargarlas mediante medidas de “austeridad” sobre los trabajadores y los pobres. Millones de familias perdieron sus viviendas en las estafas hipotecarias de EEUU y Europa, pero sobran los dedos de una mano para contar las corporaciones financieras de las dimensiones de Lehman Brothers que se derrumbaron.

Así, la crisis se “moderó”, pero no se solucionó en sus bases más profundas. Sigue presente, configurando un ciclo largo de bajo crecimiento o directo estancamiento, que impacta desigualmente en países y regiones, y que pone ahora en debate la tan alabada “globalización”.

Luego de las corridas del 2007-2008, el escenario mundial tuvo otros acontecimientos en su proscenio. Se sucedieron años cruzados por estallidos de movimientos de protesta político-sociales. Algunos de sus picos configuraron rebeliones masivas, incluso de extensión regional, que tumbaron gobiernos y regímenes. Algo así ya se había adelantado en Sudamérica, con los estallidos en Bolivia, Ecuador, Argentina, etc., y que fue el principal factor directo o indirecto que motivó el arribo de los gobiernos llamados “progresistas”, con el de Chávez como el más notorio.

Poco después, por diversos motivos –desde los costos de la crisis económico-financiera que comenzaban a pagar los trabajadores y sectores populares, hasta el odio a gobiernos y regímenes autoritarios–, el mapa de mundo se llenó con los numerosos puntos “rojos” de esos movimientos, protestas y rebeliones, de importancia muy desigual y extremadamente heterogéneos social y políticamente.

Entre esas variadas protestas y rebeliones –que durante ese tramo fueron el rasgo más destacado de la situación mundial–, podemos mencionar a los movimientos de los “Indignados” del Estado español, a Occupy Wall Street en Estados Unidos, a las masivas protestas obreras, juveniles y populares de Francia en 2010, a las luchas de los trabajadores y la juventud de Grecia contra el austericidio impuesto por la Troika, a los estallidos en serie de la “Primavera Árabe” que se iniciaron en Túnez también al finalizar 2010 y luego se extendieron a Egipto, Libia, Siria, Yemen y otros países de la región… Después, tuvimos el movimiento de Parque Gezi en Turquía (2013) y otras movilizaciones notables. Aunque más tardíos y contradictorios en sus iniciales contenidos y sus resultantes políticas, los estallidos de Ucrania en 2014, tanto en el oeste como en el este del país, también pueden encuadrarse en este fenómeno global.

En Extremo Oriente, recordemos, entre otros hechos, la rebelión de los “camisas rojas” (2010) en Tailandia o la primera huelga general de la India (2012). Pero, en esa región, lo que un día puede tener importancia mundial invalorable, es el curso más “evolutivo” de China. Allí, la inmensa y joven clase obrera generada por su revolución industrial viene despertando y realizando importantes luchas, a pesar del régimen dictatorial. Pese a las oscilaciones, descoordinación y sobre todo a la ausencia de organización y programa políticos globales, esa conflictividad en China se ha mantenido, y habría alcanzado un nuevo pico a fines del 2015. Además, en Hong Kong, en 2014, una rebelión democrática, encabezada por la juventud, puso en apuros en ese enclave a la dictadura de los burócratas billonarios de Beijing.

Pero estas protestas y rebeliones no están hoy en la primera línea de la escena mundial. Se han producido derivas a la derecha; la más terrible, la derrota de la “Primavera Árabe”. Simultáneamente, se ha dado la multiplicación de conflictos y crisis en el sistema mundial de estados. Aparecen en primera fila crisis “estatales” y/o enfrentamientos directos o indirectos entre estados, que en el caso de Medio Oriente han derivado en guerras. O sea, priman los acontecimientos que se denominan “geopolíticos”.

Esto tiene que ver –entre otros motivos– con el hecho de que esas luchas y protestas político-sociales a las que aludimos antes no lograron en general triunfos rotundos ni generar procesos progresivos o revolucionarios sostenidos. En estos momentos, más bien están predominando tendencias hacia la derecha, sin que eso constituya de ninguna manera un cuadro uniformemente sombrío, ni menos aún que no se expresen tendencias opuestas.

En resumen, sin que se hayan desvanecido las luchas sociales y políticas, ni mucho menos que se haya solucionado la crisis crónica de la economía capitalista mundial, lo que más se destaca son hechos de otra naturaleza, los enfrentamientos y conflictos geopolíticos. Así, desde los más diversos sectores académicos y/o políticos se elaboran esquemas y pronósticos en torno a las alianzas y rivalidades entre estados.

Aquí, en primer lugar, intentaremos una definición global de la presente situación geopolítica mundial, marcada por crecientes tensiones y crisis, donde ya no juega sola la principal potencia, EEUU. Dentro de ese cuadro global, consideraremos el carácter de China y Rusia como estados. Es que ambos son hoy protagonistas de primera fila en el escenario geopolítico mundial, curso que se ha dado paralelamente a los crecientes problemas geopolíticos e internos de EEUU y la Unión Europea. Asimismo, vemos doblemente necesaria una caracterización de su naturaleza como estados, dado que son considerados por diversos sectores como más “progresivos” que los tradicionales imperialismos de EEUU y Europa.

Por último, en un apéndice histórico, veremos sintéticamente definiciones sobre las anteriores etapas geopolíticas que han precedido al mundo actual, nacido en 1989-91 tras el fin de la Unión Soviética y la restauración capitalista en prácticamente todos los Estados que se reclamaban “socialistas”.

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