Compartimos la tercera parte del texto Carta a la Juventud Obrera o El Amor en la Sociedad Comunista de Alexandra Kollontai de 1921.

La nueva sociedad comunista está edificada sobre el principio de la camaradería, de la solidaridad, pero, ¿qué es la solidaridad?  No solamente debemos entender por solidaridad la conciencia de la comunidad de intereses; la solidaridad la constituyen también los lazos sentimentales y espirituales establecidos entre los miembros de una misma colectividad trabajadora.  El régimen social edificado sobre principios de solidaridad y colaboración exige, sin  embargo, que la sociedad en  cuestión posea, desarrollada en alto grado, “la capacidad de potencial de amor”, es decir, la capacidad para sensaciones de simpatía.

 

Si estas sensaciones faltan, el sentimiento de camaradería no puede consolidarse.  Por esto intenta la ideología proletaria educar y reforzar en cada uno de los miembros de la clase obrera sentimientos de simpatía entre los sufrimientos  y  las  necesidades  de  sus  camaradas  de  clase.    También  tiende  la  ideología  proletaria  a comprender las aspiraciones de los demás y a desarrollar la conciencia de su unión con los otros miembros de la  colectividad.    Pero  todas  estas  “sensaciones  de  simpatía”,  delicadeza,  sensibilidad  y  simpatía  se  derivan  de una fuente común: de la capacidad para amar, no de amar en un sentido propiamente sexual, sino del amor en el sentido más amplio de esta palabra.

 

El  amor  es  un  sentimiento  que  une  a  los  individuos;  podemos  decir  incluso  que  es  un  sentimiento  de  orden orgánico.  La burguesía ha comprendido también toda la fuerza de unión entre los hombres que puede tener el amor,  y,  por  lo  tanto,  procuraba  sujetarlo  bien  a  sus  intereses.    Por  eso  la  ideología  burguesa,  al  intentar consolidar la familia, recurre a la virtud moral del “amor entre los esposos”; ser “un padre de familia” era a los ojos de la burguesía una de las más grandes y preciadas cualidades del hombre.

 

El proletariado, por su parte, debe descontar el papel social y psicológico del sentimiento de amor, lo mismo en el amplio sentido de la palabra que en lo que se refiere a las relaciones entre los sexos, que puede y debe jugar para  reforzar  los  lazos,  no  en  el  dominio  de  las  relaciones  matrimoniales  y  de  la  familia,  sino  los  lazos  que contribuyen al desenvolvimiento de la solidaridad colectiva.

 

¿Cuál será, pues, el ideal de amor de la clase obrera?  ¿En qué sentimientos tienen que basarse las relaciones sexuales en la ideología proletaria?

 

Ya  hemos  visto,  mi  joven  camarada,  cómo  cada  época  de  la  historia  posee  su  ideal  de  amor  peculiar;  hemos analizado  cómo  cada  clase,  en  su  propio  interés,  da  a  la  noción  moral  del  amor  un  contenido  determinado.  Cada grado de  civilización trae a la Humanidad sensaciones  morales e intelectuales  más ricas en  matices, que recubren  de  un  color  determinado  las  delicadas  alas  de  Eros.    La  evolución  en  el  desenvolvimiento  de  la economía  y  las  costumbres,  ha  ido  siempre  acompañada  de  modificaciones  nuevas  en  el  concepto  del  amor.  Algunos  matices  de  este  sentimiento  se  reforzaban,  mientras  otros  caracteres  disminuían  o  desaparecían totalmente.

 

El  amor  en  el  transcurso  de  los  siglos  de  existencia  de  la  sociedad  humana  evolucionaba  desde  ser  un  simple instinto  biológico  (el  instinto  de  reproducción,  común  a  todos  los  seres  vivientes  superiores  o  inferiores divididos  en  dos  sexos),  y  se  enriquecía  sin  cesar  con  nuevas  sensaciones  psíquicas,  hasta  convertirse  en  un sentimiento muy complicado.

 

El amor pasó de ser un fenómeno biológico a convertirse en un factor social y psicológico.

 

El  instinto  biológico  de  reproducción  que  determinó  las  relaciones  entre  los  sexos  en  los  primeros  grados  del desenvolvimiento  de  la  Humanidad,  tomó,  bajo  la  presión  de  las  fuerzas  económicas  y  sociales,  dos  sentidos diametralmente  opuestos.    Por  un  lado,  bajo  la  presión  de  relaciones  económicas  y  sociales  monstruosas,  y sobre  todo  bajo  el  yugo  capitalista,  el  sano  instinto  sexual  (la  atracción  física  de  dos  seres  de  sexo  distinto basada  en  el  instinto  de  reproducción),  degeneró  y  se  convirtió  en  lujuria  malsana.    El  acto  sexual  se transformó  en  un  fin  en  sí  mismo,  en  un  medio  para  lograr  “mayor  voluptuosidad”,  en  una  depravación exacerbada  por  los  excesos,  las  perversiones  y  los  malsanos  aguijonazos  de  la  carne.    El  hombre  buscaba  a  la mujer,  no  impulsado  por  una  sana  corriente  sexual  que  la  empujase  con  todo  su  ímpetu  hacia  una  mujer;  el hombre  “buscaba”  a  la  mujer  sin  experimentar  ninguna  necesidad  sexual,  y  Ia  buscaba  con  el  único  fin  de provocar esta necesidad mediante la intimidad del contacto con la mujer.  De este modo, el hombre se procura una voluptuosidad con el hecho mismo del acto sexual.  Si la intimidad del trato con Ia mujer no provoca en el hombre  la  excitación  esperada,  los  hombres  estragados  por  los  excesos  sexuales  recurren  a  toda  clase  de aberraciones.

 

Esta  es  una  desviación  del  instinto  biológico  en  una  lujuria  malsana,  que  hace  que  se  aleje  de  su  fuente primitiva.

 

Por otra parte, la atracción física entre los sexos se  complica en el transcurso de los  siglos de vida social de la Humanidad y de las diversas civilizaciones, y adquiere toda una gama de matices y sentimientos diversos.  En su forma actual, el amor es un estado psicológico muy complejo que desde hace mucho tiempo se desprendió por completo  de  su  fuente  originaria,  el  instinto  biológico  de  reproducción,  y  que  llega  en  muchos  casos  a  estar incluso  en  contradicción  con  él.    El  amor  es  un  conglomerado  de  sentimientos  diversos: pasión,  ternura espiritual, lástima, inclinación, costumbre, etc.  Es difícil, pues, ante tan gran complejidad, establecer un lazo de unión directo entre el “Eros sin alas” (atracción física entre los sexos) y el “Eros de alas desplegadas” (atracción psíquica).    El  amor-amistad,  en  el  que  no  es  posible  encontrar  ni  un  átomo  de  atracción  física;  el  amor espiritual,  sentido  por  la  causa,  por  la  Idea;  el  amor  impersonal  hacia  una  colectividad  son  sentimientos  que demuestran claramente hasta qué punto se ha idealizado y se ha alejado de su base biológica el sentimiento de amor.

 

Pero aún se complica el problema mucho más.  Con gran frecuencia surge una flagrante contradicción entre las diversas  manifestaciones  del  amor,  y  comienza  la  lucha.    El  amor  sentido  por  la  “causa  amada”  (no  el  amor sentido simplemente por la causa, sino por la causa amada) no concuerda con el amor sentido por el elegido o elegida  del  corazón;  el  amor  sentido  por  la  colectividad  se  presenta  en  conflicto  con  el  amor  sentido  por  la mujer, el marido o los hijos.  El amor-amistad se encuentra en contradicción con el amor pasión.  En un caso el amor está dominado por la armonía psíquica; en el otro tiene por base “la armonía del cuerpo”.

 

El amor se ha revestido de múltiples aspectos.  Desde el punto de vista de las emociones de amor, el hombre de  nuestra  época,  en  el  cual  los  siglos  de  evolución  cultural  han  hecho  que  se  desarrollen  y  eduquen  los diferentes  matices de  este  sentimiento, se  siente como a  disgusto  en el  significado demasiado  vago y  general del sentido de la palabra amor.

La multiplicidad del sentimiento de amor crea, bajo el yugo de la ideología y costumbres capitalistas, una serie de  dolorosos  e  insolubles  dramas  morales.    Desde  fines  del  siglo  XIX  empezaron  los  escritores  psicólogos  a tratar como tema favorito la multiplicidad del sentimiento de amor.  Los reflexivos representantes de la cultura burguesa empezaron a sentir inquietudes y desconcierto ante aquel “enemigo” del “amor por dos y hasta tres seres”.  H. A. Herzen, nuestro gran pensador y publicista del siglo pasado, intentó encontrar una solución a esta complejidad del alma humana, a este desdoblamiento de sentimientos, en su novela titulada “¿De quién es la culpa?”    También  Chernychevsky  intentó  encontrar  la  solución  a  este  problema  en  la  novela  social  “¿Qué hacer?”    El  desdoblamiento  del  sentimiento  de  amor,  su  multiplicidad,  ha  preocupado  a  los  más  grandes escritores  de  Escandinavia,  tales  como  Hanisen,  Ibsen,  Bernsen y  Heierstan.    Los  literatos  franceses  del  siglo pasado  se  han  ocupado  también  de  este  tema.    Romain  Rolland,  escritor  que  simpatiza  con  el  comunismo,  y Maeterlink, que no pueden encontrarse más alejado de nuestros ideales, han tratado igualmente de encontrar la  solución  a  este  problema.    Los  genios  poéticos  como  Goethe,  Byron  y  George  Sand,  este  último  uno  de  los pionners  más  ardientes  del  dominio  de  las  relaciones  entre  los  sexos,  han  intentado  resolver  en  la  práctica este  problema  complicado,  este  “enigma  del  amor”.    Herzen,  el  autor  del  libro  “¿De  quién  es  la  culpa?”,  lo mismo que otros pensadores, poetas y hombres de Estado, se han dado cuenta del terrible problema a la luz de su  propia  experiencia.    Pero  bajo  el  peso  del  “enigma  de  la  dualidad  de  sentimientos  de  amor”  se  doblegan también los hombres que no  son “grandes”  en modo alguno, pero que buscan en vano la clave de la solución del  problema  dentro  de  los  límites  impuestos  por  el  pensamiento  burgués.    La  solución  del  problema  está prácticamente  en  manos  del  proletariado.    La  solución  de  este  problema  pertenece  a  la  ideología  y  al  nuevo género de vida de la Humanidad trabajadora.

 

Cuando hablamos de la dualidad del sentimiento de amor, de las complejidades del “Eros de alas desplegadas”, no  debemos  confundir  esta  dualidad  con  las  relaciones  sexuales  de  un  hombre  con  varias  mujeres,  o  de  una mujer  con  varios  hombres.    La  poligamia,  en  la  que  no  se  da  el  sentimiento  de  amor,  puede  ser  causa  de consecuencias  nefastas  (agotamiento  precoz  del  organismo,  mayor  facilidad  para  contraer  enfermedades venéreas, etc.); pero estas uniones no crean “dramas morales”.  Los “dramas”, los conflictos surgen cuando nos encontramos en presencia del amor con todos sus matices y manifestaciones diversas.  Una mujer puede amar a un hombre “por su espíritu” solamente si sus pensamientos, sus aspiraciones y sus deseos están en armonía con los suyos, y al mismo tiempo puede sentirse arrastrada por la poderosa atracción física a otro hombre.  Lo mismo  que  la  mujer  puede  el  hombre  experimentar  un  sentimiento  de  ternura  lleno  de  consideraciones,  de compasión, llena de solicitud por una mujer, mientras que en otra encuentra su apoyo y la comprensión de las más  altas  y  mejores  aspiraciones  de  su  “yo”.    ¿A  cuál  de  estas  dos  mujeres  deberá  entregar  la  plenitud  de “Eros”?    ¿Tendrá  necesariamente  que  mutilar  su  alma  y  arrancarse  uno  de  estos  sentimientos  cuando  sólo puede adquirir plenitud de su ser con el mantenimiento de estos dos lazos de amor?

 

Bajo  el  régimen  burgués  el  desdoblamiento  del  alma  y  del  sentimiento  lleva  consigo  inevitables  sufrimientos.  La  ideología  basada  en  el  instinto  de  propiedad  ha  inculcado  al  hombre  durante  siglos  y  siglos  que  todo sentimiento  de  amor  debe  estar  fundamentado  en  un  principio  de  propiedad.    La  ideología  burguesa  ha grabado  en  la  cabeza  de  los  hombres  la  idea  de  que  el  amor  da  derecho  a  poseer  enteramente,  y  sin compartirlo con nadie, el corazón del ser amado.  Este ideal, esta exclusividad en el sentimiento de amor era la consecuencia  natural  de  la  forma  establecida  del  matrimonio  indisoluble  y  del  ideal  burgués  de  “amor absorbente”  entre  los  esposos.    Pero  un  ideal  de  esta  clase,  ¿puede  responder  a  los  intereses  de  la  clase obrera?    Mucho  más  importante  y  deseable  es  desde  el  punto  de  vista  de  la  ideología  proletaria  el  que  las sensaciones  de  los  hombres  se  enriquezcan  cada  vez  con  mayor  contenido  y  se  hagan  más  múltiples.    La multiplicidad del alma constituye precisamente un hecho que facilita el desarrollo y educación de los lazos del corazón y del espíritu, mediante los cuales se consolidará la colectividad trabajadora.  Cuando más numerosos son los hilos tendidos entre las almas, entre los corazones y las inteligencias, más solidez adquiera el espíritu de solidaridad y con más facilidad puede realizarse el ideal de la clase obrera: camaradería y unión.

 

El exclusivismo y “la absorción” en el sentimiento de amor no pueden constituir, desde el punto de vista de la ideología  proletaria,  el  ideal  del  amor  determinante  de  las  relaciones  entre  los  sexos.    Todo  lo  contrario.    El proletariado,  al  darse  cuenta  de  la  multiplicidad  del  “Eros  de  alas  desplegadas”,  no  se  asusta  en  absoluto  de este descubrimiento, ni tampoco experimenta indignación  moral como lo aparenta la hipocresía burguesa.   El proletariado trata, en cambio, de dar a este fenómeno (que es el resultado de complicadas causas sociales) una dirección que sirva a sus fines de clase en el momento de la lucha y de la edificación de la sociedad comunista.

 

¿Estará acaso la multiplicidad del amor en sí misma en contradicción con los intereses del proletariado?  Todo lo  contrario;  esta  multiplicidad  del  sentimiento  de  amor  facilita  el  triunfo  del  ideal  de  amor  en  las  relaciones entre los sexos, que se forman y cristalizan ya en el seno mismo de la clase obrera: el amor-camaradería.

 

En la humanidad del patriarcado se presentó el amor como el cariño entre los miembros de una familia (amor entre hermanas y hermanos, entre los hijos y los padres).  El mundo antiguo anteponía a todo otro sentimiento el  amor  amistad.    El  mundo  feudal  hacía  su  ideal  de  amor  al  amor  “espiritual”  del  caballero,  amor independiente  del  matrimonio  y  que  no  llevaba  consigo  la  satisfacción  de  la  carne.    El  ideal  de  amor  de  la sociedad burguesa era el amor de una pareja unida por un sentimiento legítimo.

 

El ideal de amor de la clase obrera está basado en la colaboración en el trabajo, en la solidaridad de espíritu y de la voluntad de todos los miembros, hombres y mujeres, y se distingue, por lo tanto, de un modo absoluto de la noción que del amor tenían las otras épocas de civilización.  ¿Qué es, pues, el “amor-camaradería”?  ¿Querrá todo esto decir que la severa ideología de la clase obrera, forjada en una atmósfera de lucha para el triunfo de la dictadura del proletariado, se dispone a arrojar de un modo despiadado al delicado Eros alado?   De ningún modo.    La  ideología  de  la  clase  obrera  no  puede  desplazar  al  “Eros  de  alas  desplegadas”.    Más  bien  todo  lo contrario; es decir, prepara el reconocimiento de amor como fuera social y psíquica.

 

La  hipócrita  moral  de  la  cultura  burguesa  que  obligaba  al  dios  Eros  a  no  visitar  más  que  a  la  “pareja  unida legalmente”,  le  arrancaba  sin  piedad  las  plumas  más  bellas  de  sus  alas  de  brillantes  colores.    Fuera  del matrimonio  no  podía  existir  para  la  ideología  burguesa  más  que  el  Eros  sin  alas,  el  Eros  despojado  de  sus plumas de vivos colores; la atracción pasajera entre los sexos bajo la forma de caricias compradas (prostitución) o de caricias robadas (adulterio).

 

La moral de la clase obrera, por el contrario rechaza francamente la forma exterior que establece las relaciones de amor entre los sexos.

 

Para  el  logro  de  las  tareas  del  proletariado  es  completamente  igual  que  el  amor  tome  la  forma  de  una  unión estable o que no tenga más importancia que la de una unión pasajera.  La ideología de la clase obrera no puede fijar límites  formales al amor.  Por el contrario, esta ideología empieza a sentir inquietud por el contenido del amor, por lo lazos de sentimientos y emociones que unen a los dos sexos.  Por eso, en este sentido la ideología proletaria  tiene  que  perseguir  al  “Eros  sin  alas”  (lujuria,  satisfacción  única  de  los  deseos  carnales  por  la prostitución, transformación del “acto sexual”  en un fin en sí mismo, lo que hace de  él  un “placer fácil”, etc.), más implacablemente que lo hacía la moral burguesa.  El “Eros sin alas” está en contradicción con los intereses de la clase obrera.  En primer lugar, este amor supone inevitablemente  los  excesos y el agotamiento  físico, lo cual  contribuye  a  que  disminuya  la  reserva  de  energía  de  la  Humanidad.    En  segundo  lugar,  el  “Eros  sin  alas” empobrece  el  alma  porque  impide  el  desenvolvimiento  entre  los  seres  humanos  de  lazos  psíquicos  y  de sensaciones de simpatía.  En tercer lugar, este amor tiene por base la desigualdad de derechos entre los sexos en las relaciones sexuales; es decir, está fundado en la dependencia de la mujer con relación al hombre, en la fatuidad o insensibilidad del hombre; todo lo cual ahoga necesariamente toda posibilidad de experimentar un sentimiento  de  camaradería.    En  cambio,  la  acción  ejercida  sobre  los  seres  humanos  por  el  “Eros  de  alas desplegadas” es completamente distinta.

 

Es  indudable  que  en  el  fondo  del  “Eros  de  alas  desplegadas”  se  encuentra,  lo  mismo  en  el  “Eros  sin  alas”  la atracción física  entre los sexos.  La diferencia consiste precisamente  en que en  el  ser movido por sentimiento de amor que le empujan hacia otro ser, se despiertan y se manifiestan justamente aquellas cualidades del alma necesarios  a  los  constructores  de  la  nueva  cultura:  sensibilidad,  delicadeza  y  deseo  de  ser  útil  a  otro.    La ideología  burguesa,  en  cambio,  exige  que  el  hombre  o  la  mujer  no  haga  gala  de  estas  cualidades  más  que  en presencia del elegido o elegida, es decir, en sus relaciones  con un solo hombre o con una sola mujer.  Lo más importante para la ideología proletaria es que estas cualidades se despierten, se desarrollen y se eduquen en todos  los  hombres  y,  por  tanto  que  no  se  manifiesten  sólo  en  las  relaciones  con  el  objeto  amado,  sino  en  las relaciones con todos los demás miembros de la colectividad.

 

En  realidad,  para  el  proletariado  no  tienen  importancia  los  matices  predominantes  en  el  “Eros  de  alas desplegadas”;  el  proletariado  se  siente  indiferente  ante  los  delicados  tonos  del  complejo  amoroso,  ante  los encendidos  colores  de  la  pasión  o  ante  la  armonía  del  espíritu.    Lo  único  que  le  interesa  es  que  en  todas  las manifestaciones  y  sentimientos  de  amor  existan  los  elementos  psíquicos  que  desarrollan  el  sentimiento  de camaradería.

 

El  ideal  de  amor-camaradería  forjado  por  la  ideología  proletaria  para  sustituir  al  “absorbente”  y  “exclusivo” amor conyugal de la moral burguesa, está fundado en el reconocimiento de derechos recíprocos, en el arte de saber  respetar,  incluso  en  el  amor,  la  personalidad  de  otro,  en  un  firme  apoyo  mutuo  y  en  la  comunidad  de aspiraciones colectivas.

 

El amor-camaradería es el ideal necesario al proletario en los difíciles períodos de grandes responsabilidades en los  que  lucha  para  el  establecimiento  de  su  dictadura  o  para  fortalecer  su  mantenimiento.    Sin  embargo, cuando el proletariado haya triunfado totalmente y sea ya un hecho la sociedad comunista, el amor, el “Eros de alas  desplegadas”  se  presentará  en  una  forma  completamente  distinta,  revestirá  un  aspecto  diferente  en absoluto  al  que  tiene  actualmente,  adquirirá  un  aspecto  completamente  desconocido  hasta  ahora  por  los hombres.    Los  “lazos  de  simpatía”  entre  los  miembros  de  la  nueva  sociedad  se  habrán  desarrollado  y fortalecido, la “capacidad para amar” será  mucho mayor, y el amor-camaradería se convertirá en “animador”, papel que en la sociedad burguesa estaba reservado al principio de concurrencia y al egoísmo.  El colectivismo del espíritu y de la voluntad triunfarán sobre el individualismo que se bastaba a sí mismo.  Desaparecerá el “frío de la soledad moral”, de la que en el régimen burgués intentaban escapar los hombres refugiándose en el amor o  en  el  matrimonio;  los  hombres  quedarán  unidos  entre  sí  por  innumerables  lazos  sentimentales  y  psíquicos.  Los  sentimientos  de  los  hombres  se  modificarán  en  el  sentido  de  los  intereses  cada  vez  más  grandes  hacia  la cosa  pública.    Desaparecerán  en  el  olvido  sin  dejar  el  menor  rastro  la  desigualdad  entre  los  sexos  y  todas  las formas de dependencia de la mujer con relación al hombre.

 

En  esta  nueva  sociedad,  colectiva  por  su  espíritu  y  sus  emociones,  caracterizada  por  la  unión  feliz  y  las relaciones  fraternales  entre  los  miembros  de  la  colectividad  trabajadora  y  creadora,  Eros,  el  dios  del  amor, ocupará  un  puesto  de  honor,  como  sentimiento  capaz  de  enriquecer  la  felicidad  humana.    ¿Cómo  se transfigurará  este  Eros?    Ni  la  fantasía  más  creadora  es  capaz  de  imaginárselo.    Lo  único  indiscutible  es  que cuanto  más  unida  esté  Ia  Humanidad  por  los  lazos  duraderos  de  la  solidaridad,  tanto  más  íntimamente  unida estará  en  todos  los  aspectos  de  la  vida,  de,  la  creación  o  de  las  relaciones  mutuas.    Por  consiguiente,  tanto menos  lugar  quedará  para  el  amor  en  el  sentido  contemporáneo  de  la  palabra.    En  nuestros  tiempos  el  amor peca  siempre  por  un  exceso  de  absorción  de  todos  los  pensamientos,  de  todos  los  sentimientos  entre  dos “corazones que se aman”, y que, por lo tanto, aíslan y separan a la pareja amante del resto de la colectividad.  Este apartamiento, este aislamiento moral de la “pareja amorosa”, no sólo será completamente inútil, sino que psicológicamente será imposible en una sociedad en la que estén Íntimamente unidos los intereses, las tareas y las aspiraciones, de todos los miembros de la colectividad.  En este mundo nuevo la forma reconocida, normal y deseable de las relaciones  entre los  sexos estará basada puramente en la atracción  sana, libre y natural (sin perversiones  ni  excesos)  de  los  sexos;  las  relaciones  sexuales  de  los  hombres  en  la  nueva  sociedad  estarán determinadas por el “Eros transfigurado”.

 

Pero actualmente nos encontramos en el recodo donde se cruzan dos civilizaciones: la civilización burguesa y la civilización proletaria.  En este período de transición, en el que estos dos mundos luchan encarnizadamente en todos  los  frentes,  incluso  naturalmente  en  el  frente  ideológico,  el  proletariado  está  muy  interesado  en  lograr por  todos  los  medios  a  su  alcance  la  acumulación  más  rápido  posible  de  “sensaciones  y  sentimientos  de simpatía”.  En este período de transición la idea moral que determina las relaciones  entre los  sexos no puede ser el brutal instinto sexual, sino las múltiples sensaciones del amor-camaradería experimentadas por hombres y  mujeres.    Para  que  estas  sensaciones  correspondan  a  la  nueva  moral  proletaria  en  formación,  es  necesario que estén basadas en los tres postulados siguientes:

  1. Igualdad en  las  relaciones  (es  decir,  desaparición  de  la  suficiencia  masculina  y  de  la  servil  sumisión  de  la individualidad de la mujer al amor).
  2. Reconocimiento mutuo  y  recíproco  de  sus  derechos,  sin  pretender  ninguno  de  los  seres  unidos  por relaciones de amor la posesión absoluta del corazón y el alma del ser amado (desaparición del sentimiento de propiedad fomentado por la civilización burguesa).
  3. Sensibilidad fraternal;  el  arte  de  asimilarse  y  comprender  el  trabajo  psíquico  que  se  realiza  en  el  alma  del ser amado (la civilización burguesa sólo exigía que la mujer poseyese en el amor esta sensibilidad).

 

Pero  aunque  la  ideología  de  la  clase  obrera  proclame  los  derechos  del  “Eros  de  alas  desplegadas”  (del  amor) subordina  al  mismo  tiempo  el  amor  que  los  miembros  de  la  colectividad  trabajadora  sienten  entre  sí  a  otro sentimiento  mucho  más  poderoso,  un  sentimiento  de  deber  con  la  colectividad;  por  muy  grande  que  sea  el amor que una a dos individuos de sexos diferentes, por muchos que sean los vínculos que unan los corazones y sus  almas,  los  lazos  que  los  unan  a  la  colectividad  tienen  que  ser  mucho  más  fuertes,  más  numerosos  y orgánicos.    “Todo  para  el  hombre  amado”,  proclamaba  la  moral  burguesa;  “Todo  para  la  colectividad”, establece la moral proletaria.

 

Ahora te oigo argumentar, mi joven camarada: “Concedido, como afirmas, que las relaciones de amor, basadas en  el  espíritu  de  fraternidad,  se  conviertan  en  el  ideal  de  la  clase  obrera.    Pero,  “¿No  pasará  demasiado  este ideal,  esta  “medida  moral”  del  amor  sobre  los  sentimientos  amorosos?    ¿No  pudiera  ocurrir  que  este  ideal destroce  y  mutile  las  delicadas  alas  del  “suspicaz  Eros”?    Hemos  libertado  al  amor  de  las  cadenas  de  la  moral burguesa; pero, ¿no le crearemos tal vez otras?

 

Tienes razón, mi joven camarada.  La ideología proletaria, al rechazar “la moral” burguesa en el dominio de las relaciones  matrimoniales,  se  forja  inevitablemente  su  propia  moral  de  clase,  sus  nuevas  normas reglamentadoras de las relaciones entre los sexos, que corresponden mejor a las tareas de la clase obrera, que sirven  para  educar  los  sentimientos  de  sus  miembros  y  que,  por  lo  tanto,  constituyen  hasta  cierto  punto cadenas que aprisionan el sentimiento de amor.  Si hablamos de amor patrocinado por la ideología burguesa es indudable que el proletariado arrancará irremisiblemente  muchas plumas de las alas del delicado “Eros”, tal y como se lo representa aquella ideología.  Pero lo que no se puede hacer, porque significa no darse cuenta del porvenir, es lamentarse de que la clase obrera imprima su sello en las relaciones sexuales, con el fin de lograr que el sentimiento de amor corresponda con sus tareas de clase.  Es evidente que en vez de las viejas plumas arrancadas  a  las  alas  de  Eros,  la  clase  ascendente  de  la  Humanidad  hará  que  le  crezcan  otras  de  una  belleza, fuerza  y  brillo  hasta  ahora  desconocidos.    No  olvides,  joven  camarada  que  el  amor  cambia  de  aspecto  y  se transforma de una manera inevitable a la vez que cambian las bases económicas y culturales de la sociedad.

 

Si logramos que de las relaciones de amor desaparezca el ciego, el exigente y absorbente sentimiento pasional; si desaparece también el  sentimiento de propiedad lo mismo que el deseo  egoísta de “unirse para siempre al ser amado”,  si logramos que  desaparezca la fatuidad del hombre y que la mujer no renuncie criminalmente a su “yo”, no cabe duda que la desaparición de todos estos sentimientos hará que se desarrollen otros elementos preciosos para el amor.  Así se desarrollará y aumentará el respeto hacia la personalidad de otro, lo mismo que se  perfeccionará  el  arte  de  contar  con  los  derechos  de  los  demás;  se  educará  la  sensibilidad  recíproca  y  se desarrollará enormemente la tendencia de manifestar el amor no solamente con besos y abrazos, sino también con una unidad de acción y de voluntad en la creación común.

 

La  tarea  de  la  ideología  proletaria  no  es,  pues,  separar  de  sus  relaciones  sociales  al  “Eros  alado”.    Consiste simplemente en llenar su carcaj con nuevas flechas; consiste en hacer que se desarrolle el sentimiento de amor entre los sexos, basado en la más poderosa fuerza psíquica nueva: la solidaridad fraternal.

 

Espero, joven camarada, que ahora verás claramente que el hecho de que el problema del amor despierte un interés tan extraordinario entre la juventud trabajadora no es en modo alguno síntoma de “decadencia”.  Creo que ahora podrás encontrar  por ti mismo  el lugar que debe corresponder al amor, no  sólo en  la ideología del proletariado, sino en la vida diaria de la juventud trabajadora.

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