• La dialéctica materialista y el marxismo.

Jean van Heijenoort

Una ola que se aleja deja las piedras más pesadas primero, después los guijarros y lleva la arena un poco más lejos. Para los desertores del marxismo, la piedra más pesada es el mismo corazón de la doctrina (su método), la dialéctica. Es lo primero que abandonan. Es larga la lista de los revolucionarios fatigados que desde ahora hace casi tres cuartos de siglo llevan denunciando a la detestada dialéctica mientras que durante cierto tiempo siguen reconociendo “el determinismo económico” de la historia o incluso la “necesidad histórica” del socialismo.

En la retirada de la ola se puede observar el mismo fenómeno. El flujo arrastra la arena durante mucho tiempo antes de mover las piedras. Una persona que se acerca al marxismo, (sobretodo si ha superado la edad de su juventud intelectual) comprende sucesivamente los diferentes aspectos aislados y abstractos antes de haber accedido a la integridad del método (y no es raro que se detenga a mitad camino).

El marxismo debe sufrir, así, perpetuos intentos de desmembramiento. La dialéctica es el punto de acumulación de la resistencia que opone el pensamiento pequeño burgués al marxismo.

Esta resistencia reviste diferentes formas sociales, políticas o filosóficas, pero se expresa en argumentos que se despliegan en un campo muy estrecho: “Marx retomó la dialéctica del idealista Hegel. Mantuvo el misticismo de sus orígenes que mancha al pensamiento marxista”. Para los críticos más severos es el defecto fundamental del edificio, “una metafísica” que llevó a Marx a emitir aserciones sin fundamento, afirmaciones exageradas, a encerrarse en especiosas paradojas, todo ello ocultando su trabajo “económico” y amenazando con arruinar sus conclusiones “científicas”. Según críticos más amables, si la dialéctica no es verdaderamente perjudicial para la solidez del edificio es, sin embargo, inútil; es un camelo heredado del pasado y que debería haber sido eliminado (en otro siglo Marx habría ligado su doctrina, por otra parte, con otra filosofía, ¿con el pragmatismo?) y no se habría planteado el problema de la dialéctica. La dialéctica no es en el marxismo otra cosa más que un accidente histórico. Está de acuerdo con el “verdadero” espíritu de la doctrina despojarse de este vestigio deotra época. No temamos, quitemos esta inútil protuberancia que puede en cualquier momento devenir el foco de una nueva infección de misticismo.

Esta acusación de misticismo, la más ampliamente propagada de todas las lanzadas contra el marxismo dialéctico, no se sobrecarga con demasiadas pruebas. De hecho es muy difícil producir la más mínima de ellas. Para refutarlo sería suficiente con mostrar cómo Marx opone en sus pasajes su método racional al método místico del idealismo. ¿Acaso el marxismo, desvelando las raíces sociales de todo el bagaje místico con las que ha acarreado la filosofía durante siglos, no ha puesto para siempre una cruz sobre el misticismo?

Sin aportar ni la más pequeña parte de una cita de Marx, nuestros críticos recuerdan a quienes lo hayan olvidado que Marx pasó en su juventud por la escuela del idealismo hegeliano y que ello “no podía dejar” de marcar una huella en su espíritu. Pero les es necesario suministrar una explicación del por qué Marx desarrolló la más fundamental negación del idealismo que la humanidad haya formulado hasta el presente.

El misticismo pide esencialmente que el espíritu se libere él mismo de las categorías lógicas. Presionado por el deseo, la unificación del sujeto con el objeto se cumple inmediatamente y la “fusión” sobreviene del exterior de toda enunciación lógica. La dialéctica no rechaza esas categorías, pero revela sus interconexiones y su desarrollo. No niega la lógica sino que le da, con nuevos instrumentos, un nuevo poder. Su poder ampliado extiende su dominio y reduce en consecuencia el del misticismo. La lógica formal, muy a menudo obligada a capitular ante la realidad, deja el campo libre al misticismo. La dialéctica se ha revelado ser el mortal, y victorioso, enemigo del misticismo desvelando todo el poder de la razón humana.

Antes de Marx, las ciencias humanas sólo se componían de banalidades, dando testimonio de la impotencia de la lógica contemporánea para dominar una realidad compleja (siendo esta impotencia un reflejo de las condiciones sociales existentes). Esas “ciencias” no eran el conocimiento racional sino que sólo eran la proyección de deseos y de aspiraciones, es decir que tendían ampliamente hacia el misticismo. La dialéctica puso fin a todo esto.

Otra ilustración:

La inveterada aversión del pensamiento anglosajón a la dialéctica es muy conocida; su fuente radica en la historia del desarrollo de la sociedad inglesa. El empirismo y el agnosticismo, que tan bien adaptados están a este espíritu, lo hundieron hacia mitad del último siglo en profundas contradicciones que no podrían ser resultas más que por el materialismo histórico. ¡Cuán lejos de comprenderlo están nuestros profesores británicos! Han hecho un desvío en el camino del empirismo dirigiéndose hacia el absoluto. Se han apropiado en particular el sistema de Hegel, es decir de su envoltura, sin incluso remarcar que abrigaba un núcleo viviente y desde hace numerosas decenios las universidades británicas y estadounidense se han librado a orgías de idealismo absoluto. El pragmatismo fue en parte una reacción contra estas corrientes místicas, pero de ninguna manera una solución a las dificultades que únicamente puede superar la dialéctica.

Entre los “defectos” evocados de la dialéctica, la acusación de que se trataría de un sucedáneo de metafísica y la de que es misticismo. Esta misma aserción no es fácil de formular. La metafísica está en el origen de la búsqueda de las “causas primeras”. Hegel utilizó el término en el sentido muy diferente y caracterizando al pensamiento antidialéctico del siglo XVIII y, ante todo, al racionalismo francés. Los fundadores del socialismo científico lo introdujeron en este sentido en el vocabulario marxista. En el pensamiento corriente el término “metafísica” se ha depreciado a lo largo del siglo XIX y cada crítico se ha contentado, simplemente, con lanzárselo a su adversario. Finalmente, a consecuencia del positivismo de Comte, los científicos etiquetaron como metafísica todo aquello que iba más allá de su pequeño objetivo de ciencia cortada en finas lonchas, y en particular no importa quién abordase la obligación, tan desagradable para los científicos burgueses, de escoger entre materialismo e idealismo.

Los críticos de la dialéctica le colocan la etiqueta pasablemente comprometida de “metafísica” sin tan siquiera tomarse la molestia de indicar qué quieren decir con ello. ¡Para que molestarse por una simple reliquia! El marxismo dialéctico, lo confesamos, es “metafísico” en el sentido que participa vigorosamente en la lucha del materialismo contra el idealismo. A este respecto, el mismo materialismo es metafísico en el sentido en que trasciende la experiencia inmediata y en que es imposible demostrarlo como un simple teorema de geometría. Incluso es a penas justo decir que el materialismo encuentra su “prueba” en el estado de la ciencia en una época determinada. Su verdad reside en el desarrollo general de la ciencia, en el movimiento que sin cesar profundiza el poder de la razón, en la posibilidad siempre más amplia de ir más allá de la hipótesis de Dios.

Seria aún demasiado comprometedor para nuestros críticos rechazar simplemente el materialismo como “metafísica”. Generalmente todavía no han alcanzado este estadio en el momento en que nos ocupamos de ellos. En consecuencia, se limitan a la dialéctica y su principal argumento para calificarla de “metafísica” consiste en el hecho que pueden muy bien vivir y actuar sin ella y que la dialéctica, además, no está sujeta a verificación. En su forma más franca, el argumento queda convertido en una pura y simple denegación de la dialéctica: “Sólo es un mito, una ficción (nadie sabe qué es eso)”. O algunos la ven como un puro ornamento literario con el que Marx decoró tesis muy áridas y del que extraía brillantes metáforas. “Pero todo eso no tiene nada en común con la ciencia. Además, ningún marxista ha formulado jamás sistemáticamente las leyes de la dialéctica.” Parece que es esto lo que nuestros críticos quieren decir cuando hablan de “metafísica”.

El marxismo, hay que reconocerlo, no tiene un tratado detallado sobre la dialéctica. Marx indicó en diversas ocasiones (en sus cartas a Engels, Kugelmann, Dietzgen) su intención de escribir una breve exposición teórica de su método. Murió trabajando todavía en su El Capital. Engels, tras su Anti-Dühring había emprendido investigaciones sistemáticas sobre la dialéctica, sobretodo en relación con las ciencias naturales. Tuvo que abandonarlas muy pronto para volcarse en la ardua tarea de desciframiento y publicación de los tomos segundo y tercero de El Capital. Lenin, en su aislamiento en los primeros meses de la guerra, tomó notas de Hegel y Aristóteles para preparar un estudio sobre la dialéctica, pero el huracán de los acontecimientos decidió lo contrario.

Es dudoso que el marxismo pueda tener algún día, antes de la llegada del socialismo, un manual de dialéctica. Cuanto más se desarrolla el movimiento obrero, más pasan a primer plano las cuestiones políticas, estratégicas y tácticas. Y esto es reconfortante (es el signo que los problemas encuentran sus soluciones en la acción). A quienes pueden deplorarlo sólo les podemos decir que no se escoge ni a los parientes ni a la época. El estudio metodológico de la dialéctica, que también será la preparación de su reemplazo por métodos de pensamiento cada vez más potentes, será una de las tareas de la sociedad socialista. Este estudio formará parte del inventario general que la nueva sociedad levantará de la herencia recibida de las generaciones precedentes.

La situación en lo que concierne a la dialéctica no es más radicalmente diferente a la de la cultura en general. De la misma manera que no es posible plantearse una cultura “proletaria”, tampoco es posible proyectar el desarrollo sistemático de una filosofía proletaria. La verdad es que la dialéctica no pretende otra cosa más que ser un método, la expresión del movimiento del pensamiento que busca trascender la experiencia inmediata. Con Marx encontró su aplicación práctica en el dominio en el que el conocimiento científico era más extraño: la sociología. En cualquier sociedad dividida en clases, las “ciencias humanas” se arrastran muy por detrás de las ciencias naturales (la clase poseedora no tiene ningún interés en revelar el mecanismo de su dominación). La época burguesa constituye la ilustración más contundente de este hecho. Pero un método es un instrumento para llegar a la verdad, y allí donde los frenos sociales están apretados hasta el fondo es exigible un método mucho más potente que el relativismo de las ciencias naturales. La dialéctica coincide con el papel revolucionario del marxismo: el objetivo impone su método pues no puede encontrar su realización a través de ningún otro.

Por el momento el producto más auténtico del método dialéctico, conscientemente aplicado, es El Capital. Los grandes temas de la lógica hegeliana son en él directamente aparentes, (el mismo modo de exposición con su movimiento de la abstracción a lo concreto, el desarrollo de las categorías, la oposición de la esencia profunda a la existencia inmediata, la noción de la totalidad concreta, etc., todas ellas ideas extrañas tanto al racionalismo cartesiano como al empirismo anglosajón). A quienes exigen un manual de dialéctica les podemos responder vigorosamente: Tomad El Capital de Carlos Marx.

Pero ese libro no es únicamente un tratado de lógica. Revela el movimiento de una realidad singularmente difícil de penetrar (la sociedad capitalista moderna) y lo hace con una exactitud sorprendente. Aquí el método debe juzgarse por sus propios resultados. Hemos tenido que esperar a los críticos anglosajones para escuchar esta sorprendente demanda: que los marxistas digan a qué prueba 1 puede ser confrontada la dialéctica para que se la considera como “verificada”. Esto sólo es una versión “moderna” de la acusación de “metafísica”. A estos también se les debe responder: tomad El Capital. Si se puede hablar de una “prueba” en tal dominio, he aquí una prueba real y crucial. ¿Nuestros críticos pueden citar un solo libro (y no hablo solamente del dominio de la sociología, no tendrían ningún riesgo, sino de cualquier ciencia) que se haya mantenido tan actual después de setenta y cinco años y que haya mantenido toda su validez? ¿El método no significa nada al respecto? Esto sería acreditar al “misticismo” y a la “metafísica” con un poder extraño, creerlos capaces de tales proezas.

La primera cuestión a plantear a quienes niegan el carácter científico de la dialéctica es preguntarles qué quieren decir con “método científico”. Generalmente olvidan definir este pequeño detalle. Lo que repiten los manuales al respecto son lo más frecuentemente reglas morales y no principios metodológicos. Los mismos científicos no se ponen voluntariamente a disertar sobre sus métodos en tanto que no nutren la esperanza de depreciar el valor de la ciencia mostrando su relatividad. Esta tendencia se ha podido observar desde hace aproximadamente cuarenta años. Si se examina el trabajo de estos mismo científicos, se puede decir que está constituido con una mezcolanza de sentido común, es decir de la lógica formal convertida en calderilla y de la dialéctica bajo una forma inconsciente y fragmentaria. La práctica de la dialéctica comienza precisamente allí donde interviene verdaderamente un progreso del pensamiento y se impone un poco más cada vez que el pensamiento va más allá de los datos inmediatos. Las grandes teorías unificadoras (le teoría electromagnética de la luz, por coger un ejemplo) son bellos trabajos dialécticos. Pero la acción a llevar a cabo está muy lejos de la formulación de las leyes de la digestión. Como epígrafe al principio de todos los trabajos de Marx se podría muy bien escribir: “¡más conciencia!” La dialéctica se sitúa precisamente en esta tendencia. Enuncia y busca sistematizar los modos de reflexión que acompañan a los diferentes niveles de inteligencia, desde los tiempos en que ésta comenzó a ejercer sus derechos, es decir a trascender lo que se le presenta, y en el caso en que el pensamiento se gira sobre sí mismo (como en la lógica formal), pero avanza sin reparar en obstáculos.

Una realidad particularmente correosa, el desarrollo de las sociedades, para poder ser penetrada ha exigido la utilización consciente de los procesos más potentes del pensamiento; más precisamente la aparición en un momento determinado del materialismo dialéctico. La sociología se ha visto así obligada, bajo pena de desaparecer, a adquirir el método llegado a su más alto grado de perfección entre los desarrollados hasta el presente por la inteligencia humana y en este sentido ha abierto la vía a otras ciencias. ¿Es necesario añadir que esta última, con un uso consciente de la dialéctica, la agudizará y enriquecerá? La misma dialéctica será superada llevada por la corriente entera de los conocimientos humanos. Pero eso será tarea de la futura época como hemos visto.

***

El físico Henri Poincaré remarcó una vez que no se pueden hacer experimentos sobre la guerra. Esto es aun más verdadero referido a la política del proletariado. De la misma manera que la medicina se basa en la fisiología, la política marxista reposa sobre la sociología. Pero la segunda, desgraciadamente, no tiene ningún laboratorio a su disposición. El partido marxista puede realizar experimentos solamente a una escala extremadamente restringida: “evaluar” tal o tal otra consigna parcial en una fábrica, en una ciudad, antes de lanzarla a escala nacional. En las cuestiones decisivas, no tiene ningún derecho a la experimentación. En consecuencia, la observación adquiere un valor de los más importantes. Los marxistas estudian escrupulosamente el pasado y ante todo las tradiciones de su clase y sus luchas.

De aquí le proviene la acusación de conservadorismo, frecuentemente repetida por los novadores de hoy en día contra la doctrina socialista científica. Centenares y millares de círculos de parlanchines, artísticos, literarios, filosóficos y, algunas veces, políticos, prosperan sin cesar entre la inteliguentsia pequeño burguesa. Atrapan al vuelo tal o tal otra idea, construyen toda “una teoría” a partir de eso y viven de ella durante algunos meses o años. Los marxistas no tienen nada en común con esos “aventureros del pensamiento”. Los revolucionarios socialistas están en los primeros puestos de una clase histórica toda entera, el proletariado. Conocen el valor de una tradición duramente adquirida.

En lo que concierne a la dialéctica, esta tradición habla con una voz singularmente clara y fuerte. En la medida en que le han dado una justificación teórica a su naufragio (y no hablo por tanto evidentemente de los Millerand o de los Briand), prácticamente todos los renegados de la revolución se han adentrado en la vía del abandono de la doctrina social, económica y política del socialismo rechazando la dialéctica. A principios de este siglo, el socialdemócrata alemán Bernstein publicó un libro contra el marxismo que puede ser considerado como la expresión clásica del reformismo. El mismo capítulo en el que el autor trata de demoler la dialéctica como mística y anticientífica acaba con la afirmación que la política de Marx sólo es blanquismo… Esto son lecciones que ningún revolucionario socialista puede olvidar.

El revolucionario ruso Hertzen llamó a la dialéctica el “álgebra de la revolución”. En realidad es mucho más que eso, su valor se extiende a todo conocimiento humano, de la sociedad o de la naturaleza. Pero por lo menos es eso. Todo el socialismo científico la reclama. Si Marx no hubiese encontrado en Hegel las formas esenciales de la dialéctica, las habría elaborado más o menos completamente. El movimiento obrero igualmente, caso de no haber vivido Marx, habría producido un socialismo científico fundamentalmente idéntico al marxismo, aunque sin duda mucho más inferior a él en su forma. Tratar ahora de separar la dialéctica del marxismo es una tarea tan reaccionaria como querer “purificar” el movimiento obrero del marxismo. En una u otra de estas tentativas, los críticos se romperán la crisma y no lograrán más que condenarse a sí mismos.

18 de febrero de 1940

 

Versión del Marxist Internet Archive. 18 de febrero de 1940, Fourth International, mayo de 1940, bajo el nombre de J. Gerland.

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