• Isaac Deustcher es reconocido como el principal biógrafo de León Trotsky. Análisis crítico de su obra y su balance de la Oposición de Izquierda y la fundación de la Cuarta Internacional.

Roberto Sáenz

Para que el concepto de la personalidad adquiera un sentido real y el desdeñoso concepto de las ‘masas’ deje de ser una antítesis que se alza ante la idea filosófica privilegiada de la ‘personalidad’, es necesario que las propias masas conquisten por sí mismas una etapa históricamente más elevada por medio de la palanca de la revolución o, mejor dicho, de una serie de revoluciones”

León Trotsky, Mi vida

El 80° aniversario del asesinato de León Trotsky es una oportunidad para volver sobre su vida y su obra, así como sobre el balance de la corriente socialista revolucionaria y el planteamiento de las tareas para el porvenir.

Pasado largo tiempo de los acontecimientos principales, ya ingresados en pleno siglo XXI, luego de la caída del Muro de Berlín y con la inmensa masa de obras historiográficas y de todo tipo que tratan el balance de las revoluciones de dicho siglo, así como de las contrarrevoluciones que también lo surcaron, el aniversario, repetimos, es una buena excusa para pasar en limpio elementos de balance que sirvan para la formación de las nuevas generaciones militantes.

Sin embargo, una de las obras más desencaminadas para estos objetivos es la trilogía sobre Trotsky de Isaac Deutscher (El profeta armadoEl profeta desarmado y El profeta desterrado), que más allá del encanto que tenía el historiador de origen polaco, la combinación de ciertas dotes de “teórico” con las de escritor de buena pluma, del valor documental de su obra (aunque la investigación historiográfica haya avanzado muchísimo desde su época), concentra, de cualquier manera, uno de los relatos más demodé de la experiencia revolucionaria del siglo pasado (más a-críticos en su visión del estalinismo)1.

Su obra está, sin embargo, plagada de consideraciones teóricas equivocadas. Resulta, paradójicamente, una suerte de “alegato” en contra de la pelea que emprendiera León Trotsky y la Oposición de Izquierda2. No resulta sorprendente, en este sentido, que Deutscher se opusiera a la fundación de la IV Internacional, considerándolo un operativo sin perspectivas: “No bien acababa Trotsky de fracasar con Souvarine, los sindicalistas y Treint [el autor se refiere a desavenencias con simpatizantes izquierdistas en Francia], tuvo que enfrentarse a las discordias entre los propios trotskistas. La historia apenas valdría la pena de ser narrada si no fuera porque desempeñó cierto papel en la vida de Trotsky y en el fracaso ulterior del trotskismo como movimiento” (Isaac Deutscher, Trotsky, El profeta desterrado3)

Deutscher tiene a su favor, por así decirlo, haber muerto en 1967. Es decir, sin que la historia de la ex URSS estuviera “sellada”. Llevó adelante un esfuerzo historiográfico monumental sobre Trotsky que, sin embargo, no pasó la prueba histórica. Bien leído, es más una justificación de Stalin que de la batalla de Trotsky y la Oposición de Izquierda impresionado, como estaba, por el desarrollo industrial de la URSS, su triunfo antifascista en la II Guerra Mundial, etcétera (conquistas reales pero que no cambian la naturaleza de las cosas). Formuló un conjunto de previsiones erróneas sobre el curso del país que ya podían apreciarse como tales en los años 60. Y lo peor de todo es que “teoriza”: sostiene un conjunto de consideraciones marxistas vulgares, economicistas, objetivistas, sustitucionistas, anti-dialécticas; una perspectiva opuesta al marxismo revolucionario.

La paradoja en él es la de haber sido un historiador “trotskista” estalinófilo, “amante” de Stalin, por oposición a los estalinofóbicos, “odiadores” de Stalin, que fue la reacción opuesta, también con aspectos unilaterales como oponerse a la defensa incondicional de la ex URSS.

Las causas de poner en pie una obra tan des-educativa desde el punto de vista marxista revolucionario fueron, variadas: tanto históricas, la presión de los acontecimientos, como teóricas y estratégicas (un manejo vulgar del marxismo). En los puntos principales, les dio la razón a los opositores por derecha a Trotsky.

Nosotros defendemos un balance diametralmente opuesto. Nos parece un error que todavía se defienda, en forma acrítica, la trilogía de Deutscher por sobre otras obras historiográficamente más sólidas –y estratégicamente más fieles al verdadero espíritu del marxismo- como las de Pierre Broue, Jean Jaques Marie, autores trotskistas “heterodoxos” como Tony Cliff, etcétera, o, en términos más generales, desde fuera del trotskismo, historiadores sociales como Moshe Lewin y tantos otros. La historiografía sobre la Unión Soviética es tan monumental como apasionante incluso si proviene, muchas veces, de puntos de vista liberales o hasta reaccionarios; todo debe ser estudiado críticamente.

Repetimos: el texto de Deutscher es valioso y atractivo. Sin embargo, debe ser leído críticamente: es un error colocarlo como herramienta valedera en la formación de las nuevas generaciones, esto debido a sus irremontables inercias teórico-estratégicas.

  1. Una teoría equivocada de la revolución

El problema más general es que Deustcher basa su trilogía en una teoría falsa de la revolución, una teoría archiobjetivista, expresión incluso por derecha de la que desarrolló una parte del trotskismo en la segunda mitad del siglo pasado4. Deutscher es mitad historiador, mitad “teórico marxista”, un enamorado de sus propias elucubraciones, y esto resiente su obra histórica.

En su pluma, Trotsky habría sido una suerte de “revolucionario romántico” que no entendió las circunstancias de tiempo y lugar. Stalin, siempre “a pesar de sí mismo” (argumento objetivista si los hay), con todo su pragmatismo y realismo, habría “llevado adelante la transición socialista” (hay puntos de contacto entre el balance que pasa Deutscher y el que años después colocaría Eric Hobsbawm, estalinista aggiornado5).

Deustcher reconoce que Stalin se basó en “métodos bárbaros” para llevar adelante sus políticas . Sin embargo, dichos métodos en nada sustancial habrían afectado los “objetivos socialistas” y, por lo demás, eran “inevitables”, dadas las circunstancias históricas (las condiciones son todo, los sujetos nada, amén de que la historia avanzaría igual; un objetivo “perro”).

La “presión de la necesidad histórica” (siempre una presión de “progreso”, claro está) se habría abierto camino a través de la burocracia estalinista, esto más allá de las críticas de Trotsky, críticas en muchos casos justas, según él, pero que perdían de vista, quizás, que Stalin estaba llevando adelante, “con sus propios métodos”, repetimos, la obra de la transición: “Casi cada aldea se convirtió en un campo de batalla de la guerra de clases que no conocía antecedentes, una guerra que el Estado colectivista [sic] libró bajo el mando supremo de Stalin, con el fin de conquistar la Rusia rural y vencer su obstinado individualismo” (ídem, 87).

Pero el hecho es que Stalin no llevó a cabo ninguna batalla en nombre de ningún “Estado colectivista” sino, en definitiva, en función de los mismos intereses de la burocracia.

Por lo demás, nuestros clásicos jamás han utilizado esta definición, “Estado colectivista”, sino otras mucho más precisas como dictadura proletaria, semi-Estado proletario, incluso Estado obrero. A ningún marxista mínimamente formado se le escaparía que Estado y “colectivismo” son términos que se contraponen: si hay Estado, cualquier sea él, no hay todavía “colectivismo”, y si hay “colectivismo” ya no hay Estado (ver el capítulo 3 de La revolución traicionada, por ejemplo).

Deutscher insiste en algo que veremos más adelante: “Entre los trotskistas, los conciliadores revelaron una mayor comprensión de la magnitud y el carácter definitivo de los acontecimientos [se refiere al giro estalinista del final de los años 20]; los que resistían siguieron aferrados a premisas y razonamientos formados en años anteriores. Rakovsky, por ejemplo, juzgó las órdenes de Stalin para aniquilar a los kulaks como ‘retórica ultra-izquierdista’(…)” (ídem, 87/8).

Todo es igual en la obra deutscheriana: en cada clivaje importante de la Oposición de Izquierda, les da siempre la razón a los críticos de derecha dentro de la Oposición contra Trotsky, Rakovsky y demás “intransigentes” (lo hace, invariablemente, desde un ángulo “realista” o pragmático6).

En su esquema de la revolución y la transición socialista, Deutscher tenía en mente una comparación vulgar con la Revolución Francesa. Un esquema donde, a pesar de todo, a pesar del ajusticiamiento de Robespierre, a pesar que el propio Robespierre había comenzado el Termidor como afirmara agudamente Christian Rakovsky, a pesar, incluso, del bonapartismo de Napoleón, la revolución burguesa se había consolidado en Francia e incluso extendido –con marchas y contramarchas- al resto de Europa. (Para Deutscher la revolución proletaria, más concretamente la Revolución Rusa, seguía el mismo patrón, no importaba quién estuviese al frente del poder.)

Por el contrario, Trotsky había establecido una diferencia tajante entre ambas revoluciones en el sentido que la primera, la burguesa, se habría paso objetivamente una vez derribados los privilegios feudales, liberando la operatividad de la propiedad privada mientras que la revolución socialista, por el contrario, necesita de la clase obrera al frente del Estado porque éste, con la estatización, se transforma en dirigente y organizador de la economía.

Rosa Luxemburgo, unos años antes, desde un ángulo distinto había insistido, sin embargo, en el mismo argumento, señalando que la revolución socialista constituía el primer tipo histórico de revolución donde las masas explotadas y oprimidas llevan adelante la revolución en su propio beneficio, con plena conciencia, por así decirlo7.

Impresionado por los desarrollos de los años 30, donde la transición socialista parecía “avanzar a pesar de todo”, el historiador polaco terminó asimilando, mecánicamente, ambas revoluciones; defendiendo un esquema “histórico-universal” donde la Historia avanzaría independientemente de quién estuviese al frente de la misma: no importan las clases, ni sus luchas, ni sus programas, organismos y direcciones; el clásico esquema objetivista, repetimos.

Amén de ser una reflexión de leso pensamiento estratégico, la asimilación entre la revolución burguesa y la proletaria es completa. Y lo peor, es que en ciertos casos Deutscher utiliza a Trotsky para sus propios fines y luego termina “arrojándolo a los lobos”, por así decirlo.

Trotsky, por su parte, y en tiempo real, estaba tratando de entender los acontecimientos. Y por eso se aprecia un movimiento en vaivén, de ida y vuelta, entre un análisis clasista más “estilizado” y una apreciación más concreta de la tendencia a la autonomía creciente de la burocracia; de ahí que fuera cambiando de énfasis al calor de los acontecimientos (aunque, es verdad, sin romper nunca del todo con la idea de que la URSS seguía siendo un Estado Obrero, cosa que, a nuestro modo de ver, se terminó revelando posteriormente que ya no era así8).

Trotsky utilizó de muchas maneras la analogía del Termidor, la contrarrevolución en la Revolución Francesa (una contrarrevolución que fue política y no social porque no restauró el capitalismo). Y una de las utilizaciones deutscherianas más desencaminadas de sus definiciones es que el Termidor no habría ocurrido en la URSS porque en los años 30 no habría habido una nueva guerra civil: “Definiendo una vez más el Termidor como una contrarrevolución burguesa, señaló que ésta no podía ocurrir sin una guerra civil. Pero la Unión Soviética no había pasado por otra guerra civil (…)” (Deutscher, Trotsky, el profeta desterrado, 56).

La realidad, sin embargo, es la opuesta: sí hubo una guerra civil y fue sangrienta. La colectivización agraria forzosa que masacró a millones de campesinos, las purgas grandes y pequeñas que se cargaron un millón de vidas, lo mejor de la vanguardia (además de otros sectores incluso ligados inicialmente al estalinismo en ascenso), la súper explotación obrera y el rotundo descenso de su nivel de vida con la industrialización acelerada, el clima policial y de delación masiva, sí constituyeron una guerra civil y no sólo una guerra civil en general, sino una guerra civil contrarrevolucionaria9.

Una guerra civil de la burocracia contra los explotados y oprimidos y prácticamente toda la generación de la Revolución de Octubre que se llevó una elevada cuota de sangre, que hizo a la forja de la tradición heroica de la Oposición de Izquierda, batalla que se llevó a delante para garantizar la tradición del marxismo clásico y revolucionario y que configura el acto fundacional de nuestra corriente histórica.

Sin embargo, no casualmente, Deutscher estuvo en contra de la fundación de la IV Internacional, tarea que el mismo Trotsky definiría, correctamente por lo demás, como lo que lo había justificado ante la historia como militante y dirigente (es decir, no es “moco de pavo” de lo que estamos hablando).

Entrado el siglo actual, cerrada la experiencia histórica de dichas revoluciones (pero no la época de la revolución socialista), restaurado el capitalismo en los países donde fue expropiado (salvo Cuba), con la perspectiva de relanzar la lucha por el socialismo, un correcto abordaje de la teoría de la revolución es imprescindible para las actuales generaciones militantes; una tarea para la cual la obra de Deutscher no ayuda: lleva a repetir los errores de décadas atrás, amén de hacerle un flaco favor al propio Trotsky y la incansable lucha de la Oposición10.

  1. Deutscher les da la razón a los capituladores

Hemos señalado muchas veces que la discusión en el seno de la Oposición de Izquierda, sobre todo en los años 1928/9, tiene un gran valor teórico-estratégico para las teorías de la revolución y la transición socialista; un interés que va más allá de los eventos mismos.

Las circunstancias tuvieron inmensa importancia, claro está, porque los capituladores de aquel momento, Prebrojensky, Radek y Smilga, tres de los principales dirigentes de la Oposición de Izquierda, capitularon en un momento decisivo: cuando se puso en juego la existencia misma de la corriente que venía criticando la burocratización desde 1923.

Su capitulación ocurrió en momentos en que la oposición izquierdista había sido echada del Partido Bolchevique –un partido cada vez más brutalmente burocratizado; ver los vívidos relatos de Víctor Serge-, y la mayoría de sus integrantes desterrados en zonas lejanas del país (tengamos en cuenta que Rusia es un país continente).

Sin embargo, luego de derrotada la Oposición conjunta (integrada por la Oposición de Izquierda y la nueva oposición de Kamenev y Zinoviev, que venía de romper con Stalin) en el XV Congreso de finales de 1927, y dividida dicha Oposición conjunta por la pronta capitulación de Zinoviev y Kamenev, hacia comienzos de 1928, la falta de ritmo industrializador como habían alertado Trotsky y sus camaradas, desde 1923, comenzó a pasar factura bajo la forma de una crisis agraria creciente.

El grupo estalinista, en sórdida pelea con la que se transformaría en la Oposición de Derecha encarnada por Bujarin (una “pelea” que se llevó sólo en las alturas), empezó a tomar medidas de requisición forzada de granos dado el desabastecimiento de las ciudades.

La cosecha había disminuido en relación a los años anteriores; pero también es verdad que el campesinado –en todas sus capas- se veía frustrado por la falta de suficientes artículos urbanos debido a la lentitud industrializadora que la burocracia había impulsado durante los últimos años; una interpretación oportunista de la NEP11.

Las medidas de Stalin comenzaron a inquietar a las filas de la Oposición de Izquierda porque aparecían como “izquierdistas” (se presentaron como una campaña contra los campesinos enriquecidos). Con idas y venidas, habiéndose restaurado el abastecimiento agrario para volver a caer, a comienzos de 1929 se desata una nueva crisis agraria que lleva a Stalin y a su grupo a girar radicalmente hacia la “izquierda”, definiéndose por un programa burocrático de colectivización agraria forzosa e industrialización acelerada (medidas tomadas desde arriba, de manera administrativa y represiva12).

A los ojos de amplios sectores de la Oposición de Izquierda (sectores que sufrían la presión del destierro), les pareció que el grupo de Stalin comenzaba a tomar el programa que ellos venían pregonando de industrializar del país. Una lectura economicista que defendería Deutscher retrospectivamente (así como Ernest Mandel y muchísimos trotskistas hasta hoy): “El viraje de Stalin a la izquierda, que implícitamente reivindicaba a la Oposición [sic] sellaba la derrota de ésta; y la Oposición ya no supo claramente si debería seguir oponiéndose o sobre qué base hacerlo (…) Quienes sucumbían a este estado de ánimo aceptaban con avidez el argumento de Radek y Preobrajensky (…) Era cierto, decían, que Stalin no mostraba disposición alguna a restaurar en el seno del partido la democracia proletaria por la que la Oposición también había clamado, pero, puesto que él estaba cumpliendo una parte tan grande del programa de la Oposición, había razones para esperar que a la larga habría de cumplir el resto también” (ídem, 64)13

Y Deutscher agrega: “Se hacía cada vez más difícil mantener como Trotsky (…) que el cambio de política de Stalin era una ‘maniobra provisional’. Resultó que Preobrajensky y Radek, que habían sostenido en todo momento que Stalin no estaba jugando con el viraje a la izquierda (y que aun cuando quisiera hacerlo las circunstancias no se lo permitirían [‘las circunstancias no se lo permitirían’, ¡argumento objetivista si los hay!, RS]) tenían, en relación con este punto, una mucho mejor comprensión de la realidad” (ídem, 66).

Así que entonces Preobrajensky y Radek tuvieron una “mucho mejor comprensión de la realidad” que Trotsky, lo que sugiere que su capitulación habría sido un “acierto”… Además, también queda justificada la expectativa de que son las circunstancias las que obligan a la burocracia a “obrar maravillas”; objetivismo y más objetivismo14.

Las presiones que se cernían sobre la Oposición eran dramáticas (la hora era dramática, de vida o muerte). Amén de las condiciones internacionales de estabilización capitalista y retroceso revolucionario, la pasividad de la clase obrera, sobre todo de su sector de vanguardia desmoralizado por la caza de brujas en que se había convertido el partido luego de la “leva Lenin” de 1924, el ingreso en masa de gente despolitizada que buscaba un lugar bajo el sol en el partido del poder. El Partido Bolchevique estaba transformándose, aceleradamente, de partido revolucionario a partido de la burocracia; un proceso que, de todas maneras, llevaría su tiempo todavía. (Trotsky insistiría que todavía existían muchas desigualdades dentro del partido con sectores completamente podridos y otros aún sanos –Nuestras diferencias con los decistas.)

Con los soviets vaciados como subproducto de la guerra civil, el partido se sostenía como la única esperanza de poder proletario siempre y cuando, claro está, dicha organización mantuviera una mínima democracia en su seno. Los errores del propio Lenin en el X y XI Congreso del partido, 1921 y 1922, en el contexto de la destrucción del país durante la guerra civil, que se sumaba a los años de guerra mundial, así como la frustración de la revolución en Occidente, fueron vaciando la vida del partido. Un partido al cual, por lo demás, se le aplicó una “inyección letal” asesinando lo que restaba de democracia mediante la expulsión de la Oposición de Izquierda (Serge marca bien el clima sofocante que se vivía dentro del mismo –Memorias de un revolucionario).

Las tendencias y fracciones habían quedado prohibidas desde 1921. Y cuando Trotsky se decidió a reiniciar la pelea antiburocrática en 1926 cuando, además, Zinoviev y Kamenev rompen con Stalin y se unifican por un corto tiempo ambas oposiciones (la Oposición de Izquierda como ala principista y la oposición encabezada por ellos como ala centrista), se vive entre 1926 y 1927 una feroz pero desigual pelea interna –la Oposición se niega a dirigirse a las grandes masas por miedo de generar reacciones antisoviéticas- donde la mayoría del partido no entendía de qué iba el pleito, y el grupo estalinista jugaba la carta de que las oposiciones estaban “prohibidas” y la Oposición conjunta configuraba una “fracción anti-partido” mientras rompía las reuniones con “esquiroles partidarios”.

Atentos que los métodos del estalinismo contra los opositores ya eran gansteriles. El partido agrupaba a decenas de miles de personas y la Oposición conjunta, sólo algunos miles; era una isla de gente politizada en medio de un océano de ignorancia, despolitización y también prejuicios. La vida de ningún partido y menos de un partido en el poder puede apreciarse independientemente de las circunstancias y la lucha de clases; el proceso de burocratización estuvo interrelacionado con la frustración popular por las derrotas de la revolución alemana y china –ambas fallidas por culpa del aparato burocrático- y el cansancio acumulado por los años de la guerra mundial, la revolución y la guerra civil –Trotsky hablaría de la “muy normal tendencia de muchas gentes a buscar la comodidad15.

La pelea fue desigual y, como hemos dicho, la Oposición conjunta fue derrotada en el Congreso de 1927 (Congreso al cual no llegó ni con un delegado dadas las maniobras de la secretaría organizativa controlada por Stalin); enseguida se dividió por la capitulación de Kamenev y Zinoviev y, Trotsky, y la mayoría de los integrantes de la Oposición de Izquierda, fueron desterrados al interior del país16.

La suma de estos eventos, ante lo que aparecía como un “giro a izquierda” de la casta gobernante, más la pérdida de reflejos por la base debido a años de estar en las alturas, llevó a estos connotados dirigentes, Preobrajensky, Radek y Smilga, a promover la capitulación: “Múltiples factores políticos, sociales, psicológicos, jugaron en el mecanismo que condujo a la crisis de la Oposición de Izquierda. Sus cuadros pertenecían mayormente al mismo medio que aquellos de las tendencias dominantes del aparato, habían surgido de la misma generación, de los mismos combates y finalmente de la historia del mismo partido. Estaban más o menos, ellos también, marcados por la degeneración del partido, en su mentalidad y en su forma de vida. Sentían la deportación y el exilio como una muerte política y comenzaron a comprender el punto de vista de Zinoviev, dispuestos a ‘tragar’ y a ‘arrastrarse’, siempre que fuera en el seno del partido ya que afuera del mismo no había nada” (Broue, Los trotskistas en la URSS, una caracterización aguda del historiador francés que no se debe tomar a la ligera17).

El argumento de los capituladores: Stalin estaba “tomando el programa de la Oposición”; mantenerse fuera del partido sería algo de “petulantes”. No importaba que la democracia partidaria estuviese erradicada, que se viesen obligados a abjurar de sus posiciones, no importaba nada: la Oposición había, supuestamente, “demostrado su razón frente al partido” y la “propia dinámica de la industrialización haría renacer –“objetivamente”- la democracia en su seno” (Pierre Broue, Los trotskistas en la URSS [1929-1938]).

A estas alturas, 1929, Trotsky estaba desterrado en Prinkipo, una isla de Turquía, y el referente máximo en la URSS de la Oposición era Christian Rakovsky. Trotsky fue variando su evaluación del giro estalinista, presentando diferentes matices (Davidson habla de cuatro cambios mayores en su posición respecto de la burocracia). Pero junto con Rakovsky se mantuvieron firmes en que no importaba solamente el qué de las medias tomadas por Stalin (su “contenido”), sino también el quién y el cómo. Es decir, de qué manera se las lleva adelante y qué sujeto -social y político- las toma en sus manos: “El 26 de mayo (1928) escribí a Michail Okudchava, un viejo bolchevique de Georgia: ‘En todos aquellos problemas que se le plantean al nuevo rumbo estalinista, Stalin se esfuerza indiscutiblemente por acercarse a nuestra posición. Pero en política no sólo importa el qué, sino que importa también el quién y el cómo. Las grandes batallas que han de decidir la suerte de la revolución no se han librado aún” (Mi vida, 439).

La Oposición de Izquierda fue prácticamente “refundada” en esta pelea, tan profundo fue el debate. Pasada esta crisis, que se llevó las dos terceras partes de sus filas (entre los que se fueron y los que se “fundieron”, sus filas pasaron de unos 8000 integrantes a algo en torno a 1000, Broue), ya no hubo una crisis existencial semejante más allá que, en las profundidades de los años 30, la flor y nata de sus integrantes fue aniquilada en los campos de concentración estalinistas18.

Sin embargo, hete aquí que Deutscher les da la razón, en esta circunstancia trascendental, estratégica, de vida o muerte, fundamental para la corriente marxista revolucionaria, y fundamental también para la teoría de la revolución y de la transición socialista a Preobrajensky, Radek y Smilga. Un escándalo de leso trotskismo, amén de justificar la política contrarrevolucionaria de Stalin: “Las decisiones sobre el tempo y la escala de la industrialización y la colectivización se tomaron en condiciones de aguda escasez de todos los elementos humanos y materiales necesarios para la doble empresa” (ídem, 68. El estalinismo, agradecido, justificado por las “condiciones objetivas”).

Deustcher fallece en 1967. No podía tener la perspectiva de hoy ni el nivel de investigaciones acumuladas desde entonces. Sin embargo, esto no justifica que su obra se haya realizado desde un ángulo crítico por derecha al tronco principal del “trotskismo”. Una obra que ya en su tiempo (finales de los años 50) tuvo un efecto adverso, más allá que se haya transformado en una de las biografías más difundidas de Trotsky: “(…) su pesimismo le llevó a dos grandes diferencias políticas con Trotsky [su denegación de la necesidad de construir partido revolucionario y una defensa esquemática del carácter obrero del Estado soviético]. Y ambas diferencias distorsionaron el relato de Deutscher sobre la vida de Trotsky –sobre todo en el último tomo- dándoles a miles de activistas radicalizados que leyeron sus libros una orientación estalinista que, en varios casos probó ser un obstáculo para sus objetivos políticos” (Davidson, ídem)19.

Lamentablemente, seguir publicando acríticamente esta obra, sólo puede alimentar más confusión.

  1. Objetivismo y economicismo

Vayamos el nudo teórico de la discusión. Preobrajensky vio a Stalin aplicando el programa que había preconizado en La nueva economía, su obra económica más relevante, que se había alzado contra las concepciones oportunistas en materia económica pregonando la industrialización (1926).

Años atrás hicimos un abordaje crítico de dicha obra en La dialéctica de la transición (izquierdaweb). En nuestro ensayo señalamos que, con todo el rigor teórico que Preobrajensky poseía, su obra pecaba, sin embargo, de economicismo: al hablar de una supuesta “ley de la planificación” por oposición a la ley del mercado como los dos reguladores de la transición, perdía de vista dos cuestiones fundamentales. Primero, que los reguladores de la economía de transición son tres: el plan, el mercado y la democracia obrera. Segundo, y por las mismas razones, que no existe “ley del plan” que haga posible, mágicamente, que la economía no capitalista avance por la senda de la transición socialista, en abstención del carácter proletario del Estado. Si la dictadura proletaria, por una u otra razón, se viene abajo, si se liquida la democracia proletaria, no hay forma que la transición avance en sentido socialista.

Sin embargo, en la medida que la democracia socialista no entraba en sus análisis como condición sine qua non para la transición socialista, en la medida, también, de estar separados de la base partidaria desde hacía años (como señala Broue), todo un conjunto de circunstancias, los llevó a la capitulación; capitulación a la cual contribuyó el defender bases teórico-estratégicas falsas (¡que son las que repite, punto por punto, Deutscher en su obra!).

Los oposicionistas alineados con Trotsky y Rakovsky no capitularon. Y tampoco lo hicieron los decistas y otras tendencias izquierdistas menores que comparten con la Oposición de Izquierda el honor de haberse mantenido firmes frente al estalinismo (otro cantar es la Oposición de Derecha de Bujarin, que contribuyó a su entronización20).

Paradojas si las hay, cien años después de la burocratización, esta obra de Deutscher sigue llamándonos a formar filas con Preobrajensky contra Trotsky21: “Cierto era que Stalin había iniciado el viraje a izquierda de una manera muy diferente de la que ellos habían postulado (…) De todos modos, la Oposición había abogado por lo que él estaba haciendo, aun cuando la forma en que lo estaba haciendo le resultara repugnante” (ídem, 69).

Es decir: Deutscher se ampara en una vulgar escisión antimarxista entre forma y contenido, entre medios y fines que, convenientemente, sirve para justificar a Stalin y darles la razón a los capituladores contra los intransigentes, que resistieron como pudieron aun en medio de confusiones y análisis a mitad de camino: “Existe entre algunos sólidos revolucionarios la idea según la cual una ‘línea justa’ en el dominio económico deberá conducir ‘por ella misma’ a un régimen justo de partido. Esta idea, con su pretensión de dialéctica, es unilateral y antidialéctica, porque ella pierde de vista que, en el curso del proceso histórico, causa y efecto frecuentemente cambian de lugar” (una argumentación brillante de Rakovsky citado por Broue, Rakovsky o la revolución en todos los países, 321).

Desde otro ángulo, Trotsky sostendrá en Mi vida un argumento similar. Señalará que el querer operar en política con criterios morales abstractos es una empresa condenada de antemano al fracaso; en política no hay más moral que la que se desprende de la política misma. Pero sólo la política que se pone realmente al servicio de una gran misión histórica es capaz de atenerse para sus actos a métodos morales sin tacha. Al descender el nivel de los problemas políticos, desciende también, inevitablemente, su nivel moral (pp. 390).

Deutscher parafrasea el argumento de Preobrajensky: “(…) el deber actual de la Oposición consistía en acercarse al partido y después volver a él –y aquí habla el precursor teórico de la ‘acumulación primitiva socialista’- a fin de ‘defendernos juntos contra la presión del descontento que una política de acumulación socialista y una lucha contra el capitalismo agrario’ tienen que producir en un país campesino” (ídem, 69).

Pero no se trató de una mera lucha contra el “capitalismo agrario”, ni de una colectivización agraria por la vía del convencimiento y una industrialización equilibrada, sino de una contrarrevolución en toda la línea contra el campesinado en general, lo que es algo muy distinto.

En oposición a Preobrajensky había dos grandes dirigentes: Trotsky mismo, claro está, y Christian Rakovsky, injustamente valorado por su capitulación posterior (en sus últimas investigaciones Pierre Broue afirma que, más bien, Rakovsky habría ensayado una maniobra táctica para reintegrarse al partido –luego de un frustrado intento de evasión- y confluir con una efímera oposición conjunta en 1934, pero que el plan naufragó –ver Comunistas contra Stalin), perdiendo de vista el enorme papel cumplido en la hora más difícil de la Oposición de Izquierda22.

Siempre hemos simpatizado con los análisis “un milímetro más izquierdistas” de Rakovsky respecto de Trotsky en lo que hace a la burocratización de la URSS (Kevin Murphy señala que, invariablemente, los análisis provenientes de miembros de la Oposición en la URSS estaban más a la izquierda que los del propio Trotsky). Al mismo tiempo y, junto a Trotsky, rechazamos los argumentos honestos, pero derrotistas, de los decistas, que daban por perdida una batalla abierta.

Trotsky es impecable –metodológicamente- al rechazar ese ángulo derrotista. A la vez, y con visión internacionalista, fue capaz de poner en pie a la Oposición de Izquierda como corriente internacionalista dando lugar a la fundación de la IV Internacional. Salvó así la continuidad histórica del marxismo revolucionario, un logro imperecedero (logro que se agiganta porque lo hizo en las condiciones más terribles, bajo la doble presión del estalinismo y el fascismo23).

En relación a la degeneración burocrática de la revolución, siempre hemos valorado las agudas apreciaciones de Rakovsky en textos brillantes como “Los peligros profesionales del poder”, que causaron onda impresión en el propio Trotsky. (Atentos que el estalinismo suprimió un conjunto de obras que Rakovsky había terminado o estaban en elaboración durante aquellos años, sus más prolíferos como teórico marxista.)

En abril de 1930, Rakovsky y otros tres compañeros de la Oposición de Izquierda, Kossior, Mouralov y Kasparova, redirigieron al Comité Central del partido burocratizado una carta donde planteaban que, de seguir por ese rumbo, la URSS dejaría de ser un “Estado obrero con deformaciones burocráticas” como 10 años atrás la había definido Lenin, para transformarse en un “Estado burocrático con restos proletarios comunistas”: “Bajo nuestros ojos se ha formado y continúa formándose una gran clase de gobernantes con sus propias divisiones internas, que se acrecienta por la cooptación directa o indirecta (promoción burocrática, sistema ficticio de elección). Lo que une esta clase original es una forma original, ella también, de la propiedad privada, a saber, la posesión del Estado. La burocracia posee el Estado como su propiedad privada (Hegel, Crítica del derecho)” (Rakovsky, citado por Broue, ídem, 33424).

La sutileza en esta discusión es que significaba un error completo el abordaje economicista del giro estalinista: sin democracia partidaria, sin el control por la base de las medidas tomadas en la cúspide, sin evaluar los métodos de la dirección para aplicar las políticas, el giro, supuestamente a “izquierda”, no solamente era imposible que fuese consecuente sino que, muchísimo más grave, se desnaturalizaría al extremo significando un giro contrarrevolucionario.

Ante esto, Deutscher parafrasea honestamente a Trotsky aunque no coincidiera con él: “Radek y Preobrajensky veían en el primer Plan Quinquenal un punto de partida radicalmente nuevo. ‘La cuestión central’ replicó Trotsky, ‘no es el de las estadísticas de este Plan Quinquenal burocrático per sesino el problema del partido [argumento rakosvkyano si los hay], el espíritu con que se dirigía el partido, porque eso determina también su política. ¿Estaba el Plan Quinquenal, en su formulación y ejecución, sujeto a algún control desde abajo, a crítica y discusión? Y, sin embargo, de esto dependían también los resultados del Plan” (ídem, 7425).

En este viraje de vida o muerte para la Oposición, Rakovsky cumplió un papel decisivo: “El estado de ánimo capitulacionista alcanzó (…) el núcleo de la Oposición, compuesto por los trotskistas más fieles. Sin embargo, Rakovsky, quien gravemente enfermo y sufriendo ataques cardíacos, había sido trasladado de Astrakan a Bernaul –aun logró reagruparlos. Bajo su inspiración, un sector de la Oposición tan numeroso como el que había seguido a Smirnov [segunda tanda de capitulaciones de ex oposicionistas de izquierda] se detuvo justamente al borde de la capitulación. Quienes hacían las paces con Stalin, porque éste estaba poniendo en práctica la parte económica del programa, y porque esperaban que cumpliría también la parte política, se comportaban como reformistas de viejo cuño que se contentaban con la satisfacción gradual de sus demandas [afirmaría Rakovsky]. Las ideas políticas de la Oposición eran inseparables de sus postulados económicos: ‘Mientras la parte política de nuestro programa permanezca incumplida, toda la obra de la construcción socialista está en peligro de saltar hecha pedazos” (ídem, 76).

  1. ¿“Revolución desde arriba” o contrarrevolución?

¿Cómo apreciaba Deutscher la circunstancia? La define como “una segunda revolución” (sic) luego de la de Octubre, incluso en algún caso habla de que tendría una “mayor importancia aún”, un error –¡u horror!- de perspectivas históricas, teóricas, estratégicas y humanas. Para Deutscher, Stalin impulsó no solamente una sino varias “revoluciones” (su evaluación de los acontecimientos de la segunda posguerra es escandaloso también).

Luego de una serie de imprecisiones iniciales Trotsky destacaría el carácter ultraizquierdista y burocrático de las medidas de Stalin (incluyo yendo miles de kilómetros más lejos que muchos de sus epígonos “trotskistas”): “Hoy la economía soviética no es monetaria ni planificada. Es una economía casi puramente burocrática. La industrialización exagerada y desproporcionada socavó las bases de la economía agrícola. El campesinado trató de hallar la salvación en la colectivización. La experiencia no tardó en demostrar que la colectivización desesperada no es colectivización socialista. El posterior derrumbe de la economía agrícola fue un duro golpe para la industria. Los ritmos aventureros y exagerados exigieron intensificar aún más la presión sobre el proletariado. La industria, liberada del control material del productor, adquirió un carácter suprasocial, vale decir, burocrático. El resultado fue que perdió la capacidad de satisfacer las necesidades humanas, siquiera en el grado en que lo había logrado la industria capitalista, menos desarrollada” (La degeneración de la teoría y la teoría de la degeneración. Problemas del régimen soviético, 29 de abril de 1933, izquierdaweb).

Pero más allá de esto, que ya es muchísimo, y en función de nuestras propias posiciones y sensibilidad política, de nuestro balance, y de la investigación historiográfica posterior, a nuestro modo de ver, repetimos, las medidas de Stalin configuraron una contrarrevolución política y también social, que algunos autores llegan a estimar en millones de campesinos medios y pobres asesinados como subproducto de la “colectivización” agraria forzosa y las hambrunas26.

Contrarrevolución que estuvo caracterizada también por una caída histórica en el nivel de vida de los trabajadores como subproducto de la industrialización acelerada, los métodos stajanovistas y demás. Deutscher reconoce esto pero lo evalúa de manera instrumental (es decir, sin medir sus consecuencias en la vida real), por no hablar de las purgas, los campos de concentración, el trabajo forzado y el asesinato de toda la vanguardia obrera y comunista de todas las tendencias.

Es complicado para la teoría de la revolución confundir revolución con contrarrevolución, algo que, de todas maneras, dada la complejidad de los acontecimientos, algunas veces ocurre. Y más complicado aún pensar en “revoluciones socialistas” que se desarrollan a pesar y en contra de la clase obrera, de los explotados y oprimidos; que no solamente ellos no la protagonizan, sino que, además, ¡son los que las sufren –en carne y sangre- en vez de poder disfrutarlas!

Deutscher parafrasea correctamente a Trotsky al afirmar que el criterio para cualquier transición socialista es el progresivo aumento del nivel de vida de los trabajadores y su participación creciente en la vida política, pero lo desecha dado su criterio instrumental. Donde Trotsky plantea la paradoja de que los trabajadores ven la construcción de industrias y urbes a su alrededor como algo ajeno, abstracto, que no parece tener nada que ver con sus vidas cotidianas, Deutscher, desde Londres, desde afuera, desde la “Torre de marfil” del historiador, cree apreciar un avance histórico.

Por el contrario Trotsky, junto con Marx, Lenin, Rosa y toda la tradición del marxismo revolucionario, ponen el rasero del aumento en el nivel de vida y en la politización no solamente de las generaciones presentes, sino también de las venideras. Pero si luego de la II Guerra Mundial el nivel de vida en la URSS aumentó en determinados grados –cuantitativamente, no cualitativamente, la escasez de bienes de consumo y vivienda nunca se superaron; tampoco se conquistaron derechos políticos como lo esperaba Deutscher. La descomposición burocrática pudrió la revolución y la URSS estalló en mil pedazos y cayo sin pena ni gloria en 1991.

Pero la derrota de la clase trabajadora no ocurrió en aquellos años. Ya había ocurrido en los años 30, una derrota de la cual nunca se recuperaría como clase obrera consciente como tal. En la Segunda Guerra Mundial las masas populares rusas lograron un triunfo histórico al precio de 26 millones de muertos, pero esto no significó un triunfo socialista. Para llegar a ese punto debería haberse tirado a la burocracia simultáneamente, cosa que no ocurrió.

Presentar la obra de Deutscher sin estas apreciaciones, es desencaminado; embota el pensamiento crítico de las nuevas generaciones: “Hemos dicho que la crítica de Trotsky era en todos sus aspectos consecuente con la tradición del marxismo clásico y también que se adelantó a las reformas de la era posterior a Stalin [sic]. Ahora podemos preguntarnos hasta qué punto era pertinente, si lo era, a la situación de los años treinta. ¿Eran practicables las proposiciones de Trotsky en el momento en que él las hizo? ¿No era una característica inherente de esa era un profundo divorcio entre la teoría marxista y la práctica de la Revolución Rusa? ¿Y no habían las circunstancias hecho inevitable ese divorcio? Sólo muy pocas de las cuestiones a que tiene que enfrentarse el historiador ponen a prueba su confianza en su propio juicio tan severamente como éstas? (…) la arbitrariedad y la crueldad burocráticas eran ellas mismas parte integrante del atraso y el aislamiento de Rusia (…) [Sin embargo] tanto Trotsky como Stalin sostenían en común (…) la opinión de que la Unión Soviética podría lograr la industrialización rápida sólo a través de la acumulación primitiva socialistauna opinión históricamente justificada (…)” (ídem, 98).

Una afirmación doblemente falsa –que Deutscher debería conocer en su época- que ignora olímpicamente que Trotsky jamás sustentó el argumento preobrajenskyano de una “acumulación primitiva socialista” a expensas del campesinado y los trabajadores. Por el contrario, rechazó este concepto explícitamente alertando el peligro de complicidad con la idea estalinista del socialismo en un solo país.

Además, el concepto mismo de acumulación primitiva establece la idea de una des-acumulación de alguna otra clase que Trotsky la pensaba en una mecánica de revolución internacional, amén de la expropiación hecha de la burguesía industrial y financiera y los grandes propietarios agrícolas; nunca a expensas de los explotados y oprimidos27.

Deutscher remata su desencaminado argumento señalando: “Pese a todo su desarrollo irracional, los cambios de 1929/30 representaron una revolución social tan irreversible como la de 1917, aunque muy diferente de ésta. Lo que se manifestó en esta transformación fue la ‘permanencia’ del proceso revolucionario que Trotsky había profetizado, sólo que la manifestación fue tan diferente de la que él había esperado que no pudo reconocerla ni la reconoció como tal” (ídem, 103).

Esta última una afirmación tan oportunista como desencaminada, que le hizo pésimo servicio al trotskismo en la segunda posguerra, y que algunas corrientes siguen repitiendo hasta hoy como loros sin pensar de lo que están hablando: “(…) Stalin obró sin proponérselo como el agente de la revolución permanente dentro de la Unión Soviética. Trotsky se negó a reconocer y aceptar el Ersatz (reemplazo) en lugar del hecho real” (ídem, 104)…

Pues bien, tenemos así el paradójico final de El profeta desterrado: Stalin habría sido el agente de la revolución permanente, algo que Trotsky se habría negado “a reconocer”… Si esta no es una de las interpretaciones más desencaminada, oportunista, sustitucionista y vulgar de la teoría de la revolución permanente, no sabemos cuál podría serla.

Una interpretación que, repetimos, hizo estragos en el trotskismo: “La transformación de 1929/30 se produjo en el momento de mayor reflujo de la conciencia nacional y la energía política de la nación, fue una revolución desde arriba basada en la supresión de toda actividad popular espontánea. Su fuerza impulsora no la constituía ninguna clase social, sino el aparato del partido” (ídem, 104). Lo que, en sentido lato, es real, la transformación se hizo desde arriba sin ningún protagonismo popular, pero no fue ninguna revolución sino su contrario: una contrarrevolución y no sólo política sino también social.

Porque, además, cuando hablamos de revolución socialista, cuando hablamos de transición socialista, sin protagonismo popular, sin que las masas y sus organizaciones tomen en sus manos todas las tareas, no hay revolución ni transición socialista posible; la sustitución duradera de los trabajadores en la obra de la transición socialista no lleva al socialismo; lleva al Estado burocrático que, evidentemente, es algo muy distinto: “El peligro de la burocracia, que ha crecido de una manera desmesurada, reside en que ella aparta poco a poco a las masas laboriosas de la dirección efectiva del Estado, los sindicatos, el partido. Lenin ya había observado que no existe control del aparato por parte de las masas, si ellas no participan realmente y directamente del gobierno. Nosotros estimamos que sólo un aparato apoyado sobre la confianza de las masas, un aparato basado en la elegibilidad, la movilidad y el respeto de la legalidad revolucionaria puede corresponder a los intereses de las masas laboriosas y las exigencias de la dictadura proletaria” (Rakovsky citado por Broue, Rakovsky o la revolución en todos los países, 316).

Y cierra Rakovsky con otra perla: “Por sus métodos desmoralizantes, transformando en máquinas los comunistas que piensan, quebrando la voluntad, el carácter y la dignidad humana –las cumbres del centrismo [burocrático] se han transformado en una oligarquía irreemplazable e inviolable que ha sustituido al partido y la clase” (ídem, 321).

Trotsky no describe algo muy distinto: “(…) bajo la corteza de las formas tradicionales iba formándose una nueva psicología. Las perspectivas internacionales palidecían y se esfumaban. La labor cotidiana absorbía a los hombres. Los nuevos métodos, creados para servir a fines antiguos, engendraban fines nuevos y, sobre todo, una nueva psicología. Para muchos, la etapa actual, llamada a ser una etapa de transición, iba cobrando el valor de una estación de término. Se iba formando un nuevo tipo de hombre [el burócrata, RS]” (Mi vida, 399)

Deutscher tiene, por lo demás, otras “perlas” de su estilo. Se permite criticar, amén de alabar también, la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, cuestionando uno de sus elementos fundamentales28.

Dicha obra tiene, en realidad, dos aspectos clave –aspectos que pueden parecer “contradictorios” para una mente no dialéctica-. El primero, destacar que los grandes protagonistas de la revolución son las masas; sin ellas, nada habría ocurrido: son el “vapor” de la revolución; y sin ese vapor los “pistones” de la misma –organismos, programas y lucha de partidos- no hubieran funcionado. La Historia de la Revolución Rusa es un inmenso fresco histórico-político que pone sobre la mesa que la misma la hacen, contemporáneamente más que nunca, las grandes masas.

Pero, dialécticamente, el otro elemento central a partir de la segunda mitad de la obra, es el papel del Partido Bolchevique y, dentro de él, fundamental, el papel del propio Lenin. Cuál es la conclusión objetivista y anti-estratégica que saca Deutscher: que en su evaluación del papel de Lenin, Trotsky habría cometido un pecado “subjetivista”. El error de “leso marxismo” de darle “demasiado peso a la personalidad dirigente”: “Aquí Trotsky se enfrenta al clásico problema de la personalidad en la historia; y aquí es tal vez donde menos éxito tiene” (ídem, 212) nos dice nuestro historiador, que rechaza la fina argumentación dialéctica de Trotsky sobre el lugar insustituible de Lenin en la Revolución de Octubre. Afirmando que: “Para un marxista, ésta es una conclusión sorprendente. La argumentación (…) tiene cierto sabor escolástico [sic] y el historiador no puede resolverla remitiéndose a la evidencia empírica (…) Plejanov insiste en que el dirigente es tan sólo el órgano de una necesidad histórica, que crea su órgano cuando lo necesita [las personas de carne y hueso serían sólo “muñecos” de la Historia, RS]. Ningún gran hombre es, por consiguiente, ‘irreemplazable” (ídem, 214) y continúa, para suscribirla de palmo a palmo, la conocida opinión del fundador del marxismo ruso sobre que si Robespierre no hubiera estado a la hora señalada, otro jacobino lo hubiera sustituido (como si, por lo demás, y volvemos a repetirlo, la mecánica de la revolución burguesa y la de la revolución proletaria, la combinación de los factores objetivos y los subjetivos en ambas, fuera idéntica).

En síntesis: si Deutscher se hubiese limitado a su rol de historiador, habría sido más grande, trascendido más, quizás, de lo que llegó realmente a ser. Pero al manipular la historia de la revolución con teorizaciones vulgares de la misma su labor historiográfica quedó resentida. Esto debido a un abordaje esquemático del marxismo que no ha pasado la prueba histórica: “Pero, ¿no han triunfado acaso en nuestro tiempo las revoluciones china y yugoeslava con partidos muy diferentes del de los bolcheviques de 1917 y con dirigentes de estatura menor, incluso muy menor?” (ídem, 216), nos dice nuestro historiador, autor -o coautor junto al “pablismo”- de una teoría objetivista y sustituista de la revolución socialista29.

Deutscher se enamoró demasiado de sus teorizaciones perdiendo de vista que, en el pináculo de la revolución, el papel subjetivo de la personalidad dirigente puede ser (¡y de hecho es!) decisivo. Una cuestión que por extensión planteamos para el partido revolucionario como un todo30.

  1. El estalinismo aplastó a la clase obrera

Deutscher falleció en 1967. Fue un gran historiador pero su obra no tiene la trascendencia de otras; trascendencia en el sentido de traspasar las determinaciones de su tiempo, hacerse universal. Su abordaje de la revolución y la transición socialista, la teoría que trasunta, como ya señalamos, quedó demodé: desactualizada, circunscripta a las determinaciones empíricas –pero no reales- de su tiempo; de espalda a las lecciones principales del siglo pasado.

En particular, el sustitucionismo social y político de la clase obrera que trasunta es escandaloso. Deutscher reconoce que la clase obrera perdió duraderamente su influencia política en la URSS a posteriori de la guerra civil (1918/21), y que eso se reforzó cualitativamente con la entronización del estalinismo.

Es evidente que un factor clave en esto fueron las Grandes Purgas de los años 30 (Víctor Serge, y muchos historiadores después de él, señalan que a partir del clima policial instaurado en el partido y la sociedad con la burocratización, los trabajadores y la sociedad en general dejaron de opinar honestamente en público -el clima era de permanente delación31).

Y sin embargo, en contraste a toda evidencia, Deutscher afirma que la pasividad política de la clase obrera soviética se debía no tanto a la atomización impuesta por el estalinismo, sino que al provenir la nueva clase obrera de la industrialización de medios rurales, carecía de tradiciones políticas y culturales acumuladas: “Los reclutas trajeron consigo a las ciudades y a los centros industriales el analfabetismo, la inercia y el espíritu fatalista de la Rusia rural. Desarraigados y confundidos por el nuevo medio ambiente, se vieron atrapados de inmediato por el tremendo mecanismo que habría de transformarlos en seres muy diferentes (…) Hacinados en enormes caseríos y barracones, vestidos con harapos, mal alimentados, intimidados en los talleres y sometidos a menudo a una disciplina cuasi-militar, eran incapaces de resistir las presiones que los apabullaban. Básicamente, su experiencia no fue muy diferente de las que sufrieron generaciones de campesinos desarraigados y arrojados a los crisoles sociales del capitalismo de los primeros tiempos” (ídem, 105/6).

Una argumentación vergonzosa para cualquier análisis medianamente crítico del estalinismo, que soslaya el operativo sangriento que éste puso en pie para afirmarse, amén de repetir la vieja letanía -que ya hemos criticado- de que la acumulación capitalista y la acumulación socialista tendrían idénticos patrones…

Es verdad que la industrialización estalinista urbanizó el país. Transportó millones de campesinos a las urbes; campesinos que no tenían tradiciones proletarias anteriores. Pero la explicación que da Deutscher de su pasividad es completamente desencaminada. Si en las urbes hubieran habido camadas proletarias actuando en libertad, podrían haberles trasmitido a las nuevas generaciones obreras sus tradiciones. Pero esto no ocurrió debido a la liquidación física de la dictadura proletaria; al aplastamiento de la clase obrera y su vanguardia por la burocracia.

La insensibilidad de Deutscher para con la contrarrevolución estalinista impacta: “(…) la clase obrera de Rusia, después de derrocar al Zar, a los terratenientes y a los capitalistas, volvió a sumirse en la condición inferior de una clase inconsciente de su interés e inarticulada” (ídem, 108)… Algo que parece haber ocurrido como por “arte de magia”; un fenómeno abstraído de la lucha de clases internacional y nacional, del agotamiento de la guerra civil. Pero, sobre todo, de la burocratización que liquidó no sólo política, sino físicamente, la flor y nata del bolchevismo.

El estalinismo aplastó a la clase obrera y su vanguardia mediante una contrarrevolución política y social que liquidó el carácter obrero del Estado soviético. Esto ocurrió no como subproducto de algún fenómeno “cósmico”, sino mediante el baño de sangre de una guerra civil contrarrevolucionaria que llevó adelante la burocracia mediante las purgas grandes y “pequeñas”, en los campos de trabajo forzados, fusilando lo que restaba de la vanguardia obrera y militante, aplastando al campesinado, súper-explotando a la clase obrera “stajanovizada”; liquidando, en suma, todos los derechos democráticos de los de abajo: “(…) la casi totalidad de los bolcheviques-leninistas que sobrevivían en esta fecha en la Unión Soviética, fueron reagrupados en el curso del año 1936 entre las dimas de los campos de la Petchora, cerca de Vorkuta, en ese ‘presidio más allá del círculo polar’ como decía uno de ellos. Muchos hombres faltaban al pase de lista, víctimas sin duda de la ‘preparación’ de los procesos públicos: ni Dingelstedt, ni Pankratov, ni Pevzner, ni Man Nevelson, ni Victor Eltsin, ni Sermuks, estaban ahí [los nombres de algunos de los principales jóvenes dirigentes trotskistas en los campos estalinistas, RS]. Mucho menos Solntsev, muerto al comenzar el año. Pero hay, de todos modos, decenas de nombres que conocemos: Igor M. Poznansky, el antiguo secretario de Trotsky, G. Ia. Iakovin, el armenio Sokrat Guervorkian, el veterano VV Kossior y su compañera Andrei Kunina, Mussia Magig, Ido Chumskaia, los dos hermanos Koté Tsintsadzé, Khotimsky, Andrei Konstantinov, Karlo Patskachvili, Karl Melnais, Vasso Donadzé, Sacha Milechin (…), así como, por supuesto, la misma María M. Joffé (…)”, todos nombres de compañeros y compañeras trotskistas asesinados por el estalinismo y que para recordarlos haciéndoles honor hay que pasar un balance implacable del estalinismo sin hacerle ninguna concesión.

No apreciar esto es un pecado de leso marxismo revolucionario, un pecado de lesa sensibilidad humana socialista. Sacar lecciones de la degeneración estalinista es una herramienta fundamental para relanzar la revolución socialista. Y, para estos objetivos, la obra de Deutscher no nos sirve.


Bibliografía

-Pierre Broue, Rakovsky ou la Révolution dans tous les pays, FAYARD, París, 1996.

Comunistas contra Stalin, FAYARD, París, 1996.

Los trotskistas en la URSS (1929-1938), MIA.

-Neil Davidson, Isaac Deutscher: el profeta, su biógrafo y la torre de vigilancia, izquierdaweb.

-Isaac Deutscher, Trotsky, el profeta desterrado, LOM ediciones, Chile, 2007.

– Le prophète désarmé, 1921-1929, Julliard, París, 1959.

-Víctor Serge, Memorias de un revolucionario, Traficantes de sueños, 2019, Google.

-León Trotsky, Mi vida, Antídoto-Gallo Rojo, Buenos Aires, 2006.

Degeneración de la teoría y teoría de la degeneración. Problemas del régimen soviético, 29 de abril de 1933, Google.

¿Cómo venció Stalin a la Oposición?, 12 de noviembre de 1935, Google.

Nuestras divergencias con el grupo decista, 11/1/28, izquierdaweb.

La degeneración de la teoría y la teoría de la degeneración. Problemas del régimen soviético, 29 de abril de 1933, izquierdaweb.


1 Todas las negras del artículo son nuestras.

2 El primer tomo de la trilogía aparece a mediados de la década del 50 y el último una década después. Su efecto político fue fundar una suerte de corriente “deutscherista” justificatoria desde la izquierda del estalinismo (el conocido marxista inglés Perry Anderson, por ejemplo, formó filas en la misma; una corriente que hacía de “mediadora” entre estalinismo y trotskismo).

3 Un dato no menor en el posicionamiento de Deutscher es que se opuso a la formación de la IV Internacional; algo que no es extrínseco al balance que lleva adelante en su obra sobre Trotsky y la lucha de la Oposición de Izquierda. Pierre Broue criticaría desde temprano su abordaje derechista.

4 Una de las corrientes más de derecha del trotskismo en la segunda posguerra fue la que encabezó Michel Pablo (ver “Crítica a las revoluciones socialistas objetivas” y “El trotskismo en la segunda posguerra”, izquierdaweb).

5 La era de los extremos. El corto siglo XX es la última obra de este conocido historiador “marxista” británico que pasa un balance justificatorio del estalinismo, economicista, en una vena similar a Deutscher.

6 No por nada deutscherismo es sinónimo de oportunismo.

7 Es decir, la combinación de los factores objetivos y subjetivos de la revolución burguesa y socialistas son cualitativamente distintos.

8 Deutscher utiliza esto último para rematar siempre oportunistamente sus propias argumentaciones, incluso contra el propio Trotsky.

9 Por oposición a la guerra civil revolucionaria del comienzo de la revolución.

10 Atentos que, no casualmente, la mayoría de los que formaron filas entre los bolcheviques leninistas, como la Oposición de Izquierda se llamaba en aquel momento y que daría lugar a la corriente histórica trotskista eran, no casualmente, generacionalmente, mayormente jóvenes (“Breve historia de la Oposición de Izquierda”).

11 La lógica de su giro político fue pasar del oportunismo al ultra-izquierdismo, invariablemente sin el protagonismo de las masas.

12 Hubo un sector de la base que se creyó las medidas dando lugar a una suerte de “activismo burocratizado”, una característica que acompañaría al estalinismo durante su apogeo pero que no debe confundir sobre la naturaleza de los procesos en obra (en los años 30 dicho “heroísmo burocratizado” llevaría a muchos militantes estalinistas a cometer los más atroces crímenes creyendo que hacían un “bien” –por ejemplo el asesinato del mismo Trotsky. El señor que amaba los perros de Leonardo Padura retrata bien las circunstancias).

13 Si bien Deutscher sabía que esto no ocurrió en tiempo real, él mismo tendría sus esperanzas de “reforma democrática” del régimen durante los años 50 y 60 luego de muerto Stalin.

14 Se sobreentiende por objetivismo una circunstancia en que las condiciones materiales generales lo son todo y la acción de los sujetos nada.

15 De los métodos gansteriles en el seno del partido el estalinismo pasó a desterrar y detener en prisión -o campos de trabajo forzado- a los opositores y, posteriormente, se dio paso a los pelotones de fusilamiento. La batalla se fue transformando, paso a paso, en una verdadera guerra civil dentro del partido -para luego convertirse en una contrarrevolución abierta contra el activismo en su conjunto y los explotados y oprimidos (volveremos sobre esto).

16 Es decir, no era “joda” la batalla: el estalinismo ya te estaba adelantando que podía hacer lo que quisiera con tu vida si eras opositor y no sólo con tu vida en el sentido de tu cotidianeidad sino, literalmente, con tu vida como tal.

17 Atención que Preobrajensky no era cualquier oposicionista: fue el encargado de presentar la famosa “Carta de los 46”, que fue el primer texto antiburocrático explícito presentado ante el CC del Partido Bolchevique en noviembre de 1923 con Lenin todavía en vida (aunque ya totalmente postrado) y sin la firma de Trotsky, que se cuidaba como la peste en la medida que era miembro del secretariado del partido.

18 Pierre Broue deja el testimonio de María Ioffe, que resume y da carne y sangre de lo heroico de su pelea (cuenta los fusilamientos ocurridos 10 años después del debate que dividió a la Oposición, sin que, por otra parte, los que capitularon se hayan salvado de igual suerte): “La fábrica de ladrillos había reunido bajo su techo destartalado a lo mejor de la elite creadora de los campos; la crema de los espíritus valientes y audaces que con sus argumentos y su formación, su capacidad de dar respuestas lógicas, a veces proféticas, habían aportado un dinamismo vital a la existencia estática, intolerable, en esa barraca increíblemente gélida y llena de enfermos (…) La acidez penetrante de su sarcasmo revelaba la verdad sobre una realidad aparentemente incomprensible (…) Los que disponen de un pensamiento auténtico son siempre una minoría. Son de los que se desembarazaban primero: Uno! Dos! Fuego! Sin moverse, cerca de sus tumbas, cantaban ‘Torbellinos del peligro’ (…) Todo era borrado, abatido, los cánticos, los espíritus, las vidas. Se pisoteaban páginas de historias inconclusas. ¿Cuánto hubieran podido dar ellos todavía a la revolución, al pueblo, a la vida? Pero ya no están. Definitivamente y sin retorno posible” (Broue, ídem).

19 La obra aparece cuando se produjo una gran crisis en las filas de los comunistas británicos por la represión de la Revolución húngara de 1956 con la ruptura con el Partido Comunista inglés de figuras intelectuales del porte de EP Thompson, por ejemplo (se formaron clubes socialistas independientes por todo el país). Y, sin embargo, la obra de Deutscher colaboró a que muchos de ellos se quedaran a mitad de camino en su crítica al estalinismo (en una ubicación política centrista, deutscherista, entre estalinismo y trotskismo) .

20 La Oposición de Derecha bujarinista fue artífice, junto a Stalin, de la exclusión de la Oposición de Izquierda (Bujarin y compañía se opondrían, posteriormente, al destierro de Trotsky ya temerosos de su suerte personal). Se enfrentaron a Stalin a partir del giro ultraizquierdista de éste en los organismos de dirección (nunca llegaron a plantear una batalla por la base).

21 Atentos que en honor a Preobrajensky hay que decir que cuando las grandes purgas, desapareció sin dejar rastro: no fue llevado a los grandes juicios debido a que se negó a testificar contra sus ex compañeros (con varios otros ex dirigentes bolcheviques pasó algo similar).

22 La capitulación de Rakovsky en 1934 tuvo impacto en el exterior y en el propio Trotsky; no puede ser justificada. Sin embargo, también hay que decir que fue el dirigente que más tiempo aguantó sin capitular dentro de la propia URRS (los últimos dos capituladores de nota fueron él y Sosnovsky, remarcando Trotsky su pérdida de perspectivas internacionalistas al estar aislados dentro del país).

23 Atentos que Trotsky y Sedova pagaron su cuota de sangre por esta batalla (amén de la que pagaron todo el resto de los oposicionistas): el estalinismo asesinó los dos hijos de su matrimonio, también desaparecieron sin dejar rastro los esposos de sus dos hijas de su primer matrimonio, cuyas hijas, por lo demás, también fallecieron con una de ellas empujada al suicidio por la burocracia. Además, también desapareció en las purgas la primera esposa de Trotsky, inflexible comunista-leninista hasta el último día y siempre fiel a Trotsky. No estamos hablando en este texto solamente de “polémicas” y “teorías”; estamos hablando de la vida misma, de cómo la militancia de la Oposición de Izquierda jugó su vida por los altos ideales de la revolución socialista y la emancipación de la clase obrera.

24 Está claro que aquí Rakovsky et al no están hablando de una clase social en sentido original sino de un fenómeno social original; están intentando caracterizar la especificidad de la burocracia estalinista, algo de lo cual hablaría Trotsky posteriormente en La revolución traicionada cuando afirma que “por su grado de autonomía la burocracia estalinista es menos que una clase pero más que una mera burocracia”.

Con la obra de Deutscher uno queda a miles de kilómetros atrás de la experiencia histórica real. Y no solamente de la experiencia histórica real, sino de la elaboración marxista riquísima, colectiva y crítica, llevada adelante en las filas de la Oposición de Izquierda: “Nosotros creemos vana e inútil la tentativa de oponer Rakovsky a Trotsky en los términos de ‘clase’ o ‘casta’ para designar a la nueva capa social dirigente, teniendo en cuenta que la definición aportada por Rakovsky de ‘esta clase original’ se parece mucho a la de ‘casta’ (…) [tomada por Trotsky]. Pero también opinamos que la ausencia de colaboración intelectual fraternal directa entre los dos hombres sobre el plano de la teoría y del análisis político [por la barrera burocrática del destierro y el exilio de ambos] tuvo su peso en la balanza en el curso de años decisivos de la historia de la URSS” (ídem, 395). De cualquier manera, atención que Trotsky toma también el concepto de “nueva clase de gobernantes” en Mi vida (página 401).

25 El seguimiento de los matices analíticos de Trotsky por aquellos años es de enorme riqueza -aunque no sea una tarea sencilla. Ocurre que sus opiniones están diseminadas a lo largo de sus Escritos, en general textos cortos que marcan inflexiones para un lado y para el otro (es decir, análisis más “clasistas” seguidos de otros donde aprecia una mayor autonomía de la burocracia).

26 En Ucrania se estima que murieron 6 millones de campesinos en lo que se dio en llamar el Holodomor, una de las tragedias humanas más grandes del país acompañada por otras como los pogromos antijudíos a comienzos del siglo XX, por no hablar del nazismo.

27 Ya señalamos más arriba que Mandel también defendería el concepto profundamente erróneo de “acumulación primitiva socialista” asimilándolo al de la acumulación primitiva capitalista. Pero si el capitalismo, sistema explotador, podía avanzar explotando a las masas, es bastante evidente que una transición socialista no puede seguir el mismo patrón. El economicismo de Preobrajensky hizo estragos en el trotskismo de posguerra y sigue haciéndolo hasta hoy.

28 Como digresión, y contra todo mecanicismo, no queremos dejar pasar aquí la reivindicación que hiciera Trotsky en Mi vida de su camino independiente como revolucionario, algo que en general en las filas del trotskismo se soslaya pero que es muy educativo en el sentido que existen varios caminos hacia la revolución y la verdad y no uno solo: “Desde luego, el Segundo Congreso representa en mi vida [Trotsky se refiere al Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata ruso, 1903, donde estuvo en la vereda de enfrente de Lenin en la discusión de partido] uno de los grandes jalones, aunque sólo sea por haberme mantenido separado de Lenin durante muchos años. Volviendo la vista atrás y enfocando el pasado en su conjunto no lo lamento. Es cierto que retorné a Lenin más tarde que otros muchos, pero lo hice por la senda que yo mismo tracé, a través de las experiencias de la revolución, la contrarrevolución y la guerra imperialista, y de sus enseñanzas. Y cuando retorné a él lo hice con mayor firmeza y seriedad” (Mi vida, 129).

29 Como ya señalamos, varias corrientes del trotskismo lo siguieron por este camino como en su momento el mandelismo y el morenismo.

30 Neil Davidson señala que las biografías son un género bastante escaso en el marxismo. Que la combinación de lo colectivo y lo individual es algo difícil de lograr de manera satisfactoria para el materialismo histórico (no coincidimos en esto, pero es secundario acá), y que Deustcher habría sido uno de los pocos marxistas que lo intentó. Se olvida, sin embargo, que el propio Trotsky fue un maestro en la materia. No solamente lo logra, sublimemente, en su Historia de la Revolución Rusa como ya hemos visto, sino que su propia autobiografía, Mi vida, y sus ensayos biográficos sin terminar acerca de Lenin y Stalin, hacen escuela en materia biográfica marxista.

31 Es obvio que sin poder manifestarse honestamente en público, es imposible cualquier democracia socialista.

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