• Breve reseña histórica sobre el surgimiento de este movimiento en Alemania en la lucha contra el nazismo y su posterior reconversión a partir de los años ochenta.

Por Victor Artavia

En medio de la rebelión popular contra el racismo en los Estados Unidos, el presidente Donald Trump declaró en twitter el 31 de mayo que “Los Estados Unidos de América va a designar a los ANTIFA como Organización Terrorista”, debido a la presencia de activistas antifascistas en las protestas. Ese mismo día, en varias ciudades de Brasil, miles de activistas de izquierda, sindicales y sociales acudieron al llamado de las “torcidas” de fútbol para realizar una jornada de lucha antifascista, con el objetivo de bloquear las movilizaciones de la base de Bolsonaro en contra de la cuarentena y por el “cierre del régimen” (clausura del parlamento y el Tribunal Electoral; supresión de libertades democráticas en general).

Debido a esto resurgió el interés por el movimiento Antifa, particularmente en cuanto a sus orígenes y objetivos. Con esta nota realizaremos una breve reseña histórica sobre el surgimiento de este movimiento en Alemania en la lucha contra el nazismo, así como su breve renacimiento al finalizar la II Guerra Mundial y posterior reconversión a partir de los años ochenta. Dejamos por fuera otras experiencias de lucha antifascista, como el caso de los “Arditi del Popolo” (Escuadrones del Pueblo) de los años veinte en Italia, o el exitoso ejemplo del “Frente Único Antifascista” (FUA, impulsado por el trotskismo) en Brasil, el cual derrotó a la “Alianza Integralista Brasilera” en 1934.

 

El ascenso del nazismo y la experiencia frustrada del frente único antifascista

El partido Nazi, aunque participaba en las elecciones para incrementar su presencia parlamentaria y aumentar su cuota de poder, no se concebía como una organización esencialmente electoral. Por el contrario, el centro de su actividad cotidiana se concentraba en el empleo de métodos de guerra civil para abolir el movimiento obrero. Para ello contaba con su propia sección de asalto, las “Sturmabteilung” o SA, las cuales se encargaban de atacar los locales de los sindicatos, periódicos y partidos obreros, así como del asesinato selectivo de dirigentes de izquierda (Wladek, The Origins of Antifa)[1].

A sabiendas del peligro que entrañaba el nazismo, la clase obrera alemana sentía la necesidad de impulsar la unidad para enfrentar a las SA. Para ese entonces constituían el movimiento obrero más poderoso y mejor organizado del mundo, por lo cual era muy difícil que el nazismo resistiera un ataque conjunto de todas las organizaciones obreras.

Así, la tarea que se desprendía a inicios de los años treinta era construir un frente único antifascista entre todas las organizaciones obreras, con el objetivo de coordinar acciones unitarias para repeler y contratacar a las SA. Esto no significaba diluir las diferencias, por el contrario, garantizaba la unidad de acción sin perder la identidad política de cada sector: Un frente unido significaría: ˊ ¡Marchar por separado, atacar juntos! ˋ En otras palabras, todos pueden seguir y promover su propio programa, pero cuando se trata de acción, trabajas en concierto” (Wladek, The Origins of Antifa)[2].

Pero la gran desgracia del proletariado alemán fueron sus direcciones políticas de ese entonces: el reformista SPD (Partido Socialdemócrata Alemán) y el estalinista KPD (Partido Comunista de Alemania). Ante el ascenso del nazismo, las direcciones de ambas organizaciones demostraron una total incomprensión del peligro que representaba Hitler, lo cual se tradujo en políticas sectarias que bloquearon la unidad de la clase obrera. El SPD definió a los comunistas como “fascistas pintados de rojo”, mientras que el KDP consideró a los socialdemócratas como “social-fascistas”[3].

De parte del SPD no era sorpresiva su orientación, pues la dirección socialdemócrata jugó un papel abiertamente contrarrevolucionario durante la revolución de 1918, al garantizar la continuidad del capitalismo alemán y encabezar la feroz represión contra la Liga Espartaquista por medio de los “Freikorps” (cuerpos paramilitares anticomunistas responsables del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht).

Por el contrario, constituía un crimen político por parte del KPD, porque con su política sectaria renunció a disputar la base socialdemócrata, la cual incluía a la mayoría de la clase obrera alemana y estaba a favor de la unidad de acción antifascista.

Aunque la orientación sectaria del SPD y KPD hacía prácticamente imposible concretar un verdadero frente único contra el nazismo, la sana (¡y coherente!) presión de las bases obreras forzó a las direcciones de ambos partidos a impulsar organizaciones “amplias” antifascistas… entre ellos mismos.

El SPD creó el “Frente de Hierro”, compuesto por las organizaciones sindicales dirigidas por la socialdemocracia y algunas personalidades liberales, cuya táctica para vencer al nazismo fue… ¡apelar a la protección por parte del Estado y la policía! Así, ante la avanzada del nazismo y los ataques brutales de las hordas de la SA, la dirección socialdemócrata ingenuamente pensó que iba a derrotarlos mostrándoles la constitución de Weimar. Aunado a esto, el “Frente de Hierro” ilustró sus carteles de propaganda con tres puños que sujetaban una flecha cada uno, dirigidas hacia los tres enemigos de la socialdemocracia: los monárquicos, los fascistas y los comunistas (Wladek, The Origins of Antifa).

Por su parte, los comunistas impulsaron sus propios comités antifascistas, los Antifa, abreviación de “Antifastische Aktion”, con los cuales pretendían enfrentar a los nazis. El logo original del movimiento eran dos banderas rojas[4], las cuales simbolizaban la unidad de acción (o los intentos de alcanzarla) entre los militantes comunistas y socialdemócratas (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

Pero la dirección comunista hizo todo lo posible por sabotear el frente único con los socialdemócratas a través de una política que Trotsky calificó de ultimátum burocrático, según la cual todo acuerdo unitario estaba condicionado a la dirección del KPD para garantizar su carácter revolucionario: “«Todo frente único que no se coloque de antemano bajo la dirección del Partido Comunista» repite Rote Fahne [periódico oficial del partido] «está dirigido contra los intereses del proletariado». Quien no reconozca la dirección del Partido Comunista es, por esto mismo, un contrarrevolucionario (…) La tarea histórica que el Partido Comunista alemán debe aún resolver es unificar bajo su bandera a la aplastante mayoría de los obreros. La burocracia transforma esta tarea en un ultimátum, en un revolver aplicado a la sien de la clase obrera” (Trotsky, Revolución y fascismo en Alemania, 100)

De esta forma, aunque los Antifa formalmente estaban abiertos para los obreros socialdemócratas, en los hechos fue un “frente único” entre la militancia comunista producto de la orientación sectaria de la dirección estalinista. Un claro ejemplo de esto fue la Conferencia Antifascista de 1932 convocada por el KPD, uno de los últimos intentos de consolidar un frente único entre socialdemócratas y comunistas: una enorme manta ubicada a la izquierda de la mesa principal ridiculizaba al SPD, lo cual hacía imposible ganar a un obrero socialdemócrata a la lucha común[5] (Wladek, The Origins of Antifa).

El resultado final de la división de la clase obrera alemana es bien conocido: Hitler tomó el poder en 1933 y, en cuestión de meses, barrió con todas las organizaciones obreras, incluidos los socialdemócratas y comunistas que, en un giro irónico de la historia, terminaron juntos en los campos de concentración nazis (Wladek, The Origins of Antifa).

De esta manera se selló la derrota histórica del movimiento obrero más fuerte del mundo en ese momento (y una de las más significativas del siglo XX), el cual fue incapaz de ofrecer una resistencia seria al nazismo debido a las orientaciones sectarias de la dirección socialdemócrata y el estalinismo.

El resurgimiento de los Antifa en la posguerra

El movimiento obrero alemán resultó muy debilitado tras doce años de dictadura nazi (1933-45) y la devastación de la guerra. La clase obrera fue el sector más golpeado por el nazismo, a grado tal que destruyó las conquistas obtenidas desde la era de Bismarck (1871-1890)[6] y los militantes obreros sufrieron una fuerte represión: “Para 1939, unos 150 000 comunistas y socialdemócratas habían sido encerrados en campos de concentración (…) Durante la guerra, cuando el número de delitos castigados con pena de muerte se elevó de 3 a 46, unas 15 000 condenas a muerte fueron ordenadas por los juzgados civiles alemanes. Una sola cárcel, la prisión Steinwache, en Dortmund, tiene registros de 21 823 alemanes detenidos por ˊdelitosˋ políticos durante la dictadura nazi, la enorme mayoría de los cuales (…) eran obreros industriales. En el área Rin-Ruhr, un total de 523 juicios masivos, en los que estaban involucrados 8 073 personas, terminaron con 97 casos de penas de muerte y en la condena a un total de 17 915 años de prisión para los miembros condenados de los grupos obreros de resistencia. Se acepta que más de 2 000 individuos de la clase obrera, miembros de organizaciones ilegales de resistencia en esa región, perdieron sus vidas a manos del terror nazi” (Kershaw, La dictadura nazi, 275-276).  

A pesar de los golpes infringidos, el nazismo no destruyó completamente a la militancia de izquierda. Obreros socialdemócratas y comunistas operaron en la clandestinidad durante la dictadura y, lo que es más importante, transmitieron las tradiciones de lucha socialista a pequeños círculos en las fábricas y barrios.

Por este motivo, en los momentos finales de la guerra, los Antifas emergieron a la luz y, haciendo un esfuerzo consciente por superar el sectarismo que provocó la derrota años atrás, recuperaron la táctica de frente único entre socialdemócratas y comunistas. Esto explica que los comités de Antifas estuvieran dirigidos por viejos militantes del SPD y KPD, quienes reactivaron las redes de coordinación construidas antes de la guerra (Balhorn, A história perdida dos Antifas)[7].

La terrible experiencia bajo el nazismo influyó mucho en este cambio de ánimo entre las bases obreras, las cuales incluso se pronunciaron a favor de la unificación de los partidos obreros. Un comité de acción conjunta del KPD y SPD en Hamburgo, reunido en julio de 1945, se pronunció en ese sentido: “La voluntad de fundirse en un poderoso partido político vive en los corazones de millones de partidarios de los aguerridos partidos obreros alemanes, como el resultado más significativo de su sufrimiento compartido. Este deseo está profundamente grabado en todos los sobreviviente de los campos de concentración, prisiones e instituciones de la Gestapo” (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

El tamaño de los comités antifascistas varió según la localidad, oscilando entre cientos y miles de integrantes[8]. A pesar de su reducido carácter de movimiento de vanguardia, impactaron en algunas ciudades donde armaron a los pobladores, organizaron prácticas de tiros, persiguieron a los nazis ocultos en las comunidades y organizaron cocinas populares para refugiados en las provincias orientales (solidaridad desde abajo en tiempos de crisis).

En algunos casos, los Antifa jugaron un papel fundamental para liberar sus comunidades de nazis antes de la llegada de los ejércitos Aliados, con el objetivo expreso de evitar la destrucción de sus hogares y fábricas. Asimismo, sus miembros solían ser electos como representantes sindicales en las fábricas, muchas de las cuales fueron reconstruidas y puestas a funcionar por comités obreros de base, como parte de las iniciativas autogestionadas para la reconstrucción del país[9].

¿Qué planteaban los Antifas? En términos generales concentraron su atención en perseguir a partidarios nazis y criminales de guerra que pasaron a la clandestinidad, así como dar respuesta a las principales preocupaciones de la población (Balhorn, A história perdida dos Antifas). Por ejemplo, los Antifa de Braunschweig (donde se convirtieron en la principal organización política) imprimieron un programa de doce puntos, donde se exigía la remoción de nazis de los órganos administrativos y su sustitución inmediata por antifascistas calificados; la liquidación de los activos nazis para resarcir a las víctimas de guerra; la creación de leyes de emergencia para procesar fascistas locales; el restablecimiento de los servicios públicos de salud y la necesidad de editar un periódico propio para coordinar el movimiento (un reflejo de la cultura organizativa socialista con la prensa).

Los Antifa aprovecharon las tensiones entre los ejércitos Aliados para desarrollar su actividad política. Esto sucedió en la ciudad industrial de Stuttgart, donde las autoridades francesas les permitieron actuar con cierta libertad para evitar disturbios que sirvieran de excusa a los estadounidenses para ocupar la ciudad. En este marco, los Antifa desmantelaron el Frente Alemán del Trabajo (organización laboral nazi), reconstruyeron la organización en las fábricas y construyeron alianzas partidarias antifascistas. Además entraron en choque directo con los restos de la antigua burocracia sindical en la ciudad, con la cual disputaron la influencia sobre las fábricas: mientras la dirigencia de la antigua Federación de Sindicatos Alemanes (ADGB por sus siglas en alemán) planteaban retornar a la “normalidad” y restablecer el orden laboral en las zonas ocupadas, los Antifa se aliaron con los sindicatos de izquierda y los comités de fábricas que exigían la nacionalización y el control obrero de las fábricas (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

Aunque carecieron de un proyecto global para reconstruir el país y se concentraron en las acciones anti-nazis, los Antifa representaron un esfuerzo de organización independiente muy progresivo, que reflejó la enorme tradición revolucionaria de la clase obrera alemana y sus intentos por reconstruir el movimiento obrero en medio de una situación muy compleja y dramática. Por este motivo, desarticularlos fue un objetivo prioritario del estalinismo y las potencias Occidentales (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

En la zona occidental, ocupada por el ejército francés, británico y estadounidense, los Antifa comenzaron a retroceder en el verano de 1945 por varios factores. En primer lugar, su posición intransigente contra los nazis se convirtió en un problema para las fuerzas Aliadas que, ante la tarea de reconstruir el país, optaron por incorporar a los funcionarios del antiguo régimen en las nuevas estructuras políticas.

En segundo lugar, los Antifa enfrentaron los ataques de la dirección del SPD que, ante la nueva situación abierta en la posguerra, se alió con las potencias occidentales para estabilizar el país y frenar a los sectores de izquierda, por lo cual decretaron que no se podía militar en el partido e integrar al mismo tiempo los comités antifascistas. Esta medida estrechó la base social de los Antifa, pues muchos obreros se decantaron por las promesas de estabilidad de la socialdemocracia, mientras que los antifascistas planteaban una perspectiva de lucha desgastante para millones de obreros cansados por la dictadura nazi y la guerra mundial.

Dado lo anterior, los Antifa se diluyeron en la zona occidental en menos de un año, pero dejaron huella en algunas regiones. Volviendo al caso de Stuttgart, la experiencia de los comités antifascistas legó una tradición rebelde en la ciudad y la propensión a la unidad de acción. En 1948 esto se reflejó en una huelga general desencadenada por el aumento drástico de los precios, la cual incorporó al 79% de la fuerza trabajadora y se extendió a otras ciudades.

Con respecto a la zona oriental ocupada por la URSS, los Antifa estuvieron sujetos a los vaivenes de la burocracia estalinista. Inicialmente gozaron de cierto espacio por parte del ejército soviético, el cual no tranzó con la dirigencia nazi (lo cual no excluye que se comportara como una fuerza de ocupación que reprimió al movimiento obrero, expolió las fábricas y riquezas nacionales, y cometió barbaridades como las violaciones masivas de mujeres alemanas), por lo cual permitió que los Antifa trabajaran con cierto grado de libertad. Incluso hubo casos de cooperación entre ambas partes, como sucedió en Dresden en mayo de 1945, cuando se acordó la entrega de la ciudad a los soviéticos de forma pacífica. Esto permitió que coordinaran un operativo de saqueo de las tiendas de alimentos y armas del Frente del Trabajo Alemán e implementaran un sistema de distribución para la población de la ciudad (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

A pesar de esto, la burocracia estalinista no confiaba en un sector de izquierda organizado de forma independiente. Por eso, Walter Ulbricht, dirigente estalinista de Alemania Oriental, calificó a los Antifa como una “secta antifascista” y, según relató Wolfgang Leonhard (parte de su círculo de confianza), su objetivo era cooptar a sus miembros sin emplear directamente la represión: “Está muy claro – debe parecer democrático, pero precisamos tener todo bajo nuestro control” (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

Para esta tarea, el estalinismo aprovechó el prestigio de la URSS tras derrotar a los nazis y el estado de ánimo de las bases obreras por la unidad, lo cual facilitó la unificación del SPD con el KPD en la zona oriental en 1946, conformando el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED). También este año se creó la Federación Alemana de Sindicatos Libres (FDGB), con el objetivo de hacerse del control sindical en las fábricas.

Al inicio, muchos miembros de los Antifa resultaron electos en los comités de fábricas, a partir de lo cual el estalinismo lanzó un operativo de cooptación promoviéndolos como gerentes de nivel medio y, a quienes se rehusaron a traicionar sus principios, esperó a que renunciaran o los removió por razones políticas.

Posteriormente, en 1948, sobrevino el “viraje decisivo”, por medio del cual la URSS ordenó la “estalinización” de los países ocupados en Europa del Este que, a partir de entonces, fueron denominados “Democracias Populares”. Así, el régimen estalinista se endureció, cerró los espacios de auto-organización y fomentó la división de Alemania (lo que califica de crimen histórico pues fragmentó a uno de los proletariados más grandes del mundo), marcando el fin de los comités antifascistas en la zona bajo su control y eliminó sus aportes de la historia oficial (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

La reconversión de los Antifa

Durante cuatro décadas los Antifa desaparecieron de la escena política en Alemania, pero resurgieron en los años ochenta para enfrentar el crecimiento de la extrema derecha del Partido Nacional Democrático de Alemania (NPD), logrando aglutinar millares de miembros (en su mayoría jóvenes) y ocupar muchas cuadras en sus movilizaciones en Alemania Occidental.

Después de la reunificación del país en 1989-90, la extrema derecha se fortaleció y lanzó ataques contra refugiados en las provincias orientales, por lo cual se conformó una red nacional denominada “Antifaschistische Aktion/Bundeswiete Organisation” (AA/BO), la cual se desintegró en 2001 y dio paso a una mayor fragmentación del movimiento.

Con el ascenso de gobiernos de ultra derecha en otros países, el movimiento se extendió y “exportó” muchas de sus tácticas de lucha y signos externos. Un ejemplo son las actuales protestas en los Estados Unidos y Brasil, donde las banderas y simbología antifascista sobresale en las protestas. En este sentido, Antifa juega un rol progresivo cuando se masifica y se convierte en un referente de lucha para amplios sectores de la juventud que desafían a las corrientes de ultra derecha y se posicionan en solidaridad con los sectores oprimidos.

A pesar de esto, también es necesario marcar algunos límites del movimiento en la actualidad. En primer lugar, el nuevo antifascismo tiene poca (o ninguna) continuidad histórica con sus antecesores de la primera mitad del siglo, lo cual explica su falta de claridad programática y desvinculación de cualquier perspectiva revolucionaria socialista. Esto restringe su accionar a un plano muy defensivo, limitado a las acciones directas para enfrentar a la extrema derecha.

Más significativo aún es la pérdida de su carácter de clase, pues dejó de orientarse hacia el proletariado industrial (y la clase trabajadora en general), lo cual era un rasgo central del movimiento de “primera generación”. De esta forma, Antifa opera en un “vacío social”, lo cual potencia muchos de sus límites.

¿Qué queremos decir con esto? Al quedarse sin sujeto social desde el cual proyectar su movimiento, los nuevos Antifa devinieron en una “fuerza política suburbana”, una contracultura cerrada “con sus propios estilos, escenas musicales y jerga, en lugar de ser componente de un movimiento de masas enraizado dentro de una sociedad más amplia” (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

Lo anterior se combina (y complementa) con el cambio de sujeto político en el movimiento, pues en la mayoría de los casos es impulsado por grupos autonomistas/anarquistas, lo cual explica el cambio del logo original al incluir la bandera negra en los años ochenta. Estas corrientes, a pesar de ser anticapitalistas, carecen de estrategia revolucionaria y se limitan a la “acción directa” antifascistas, reniegan de la lucha por el poder y, producto de esto, fomentan la atomización de las perspectivas políticas y formas organizativas del movimiento: “(…) esos grupos eran el inverso de sus progenitores: en vez de una amplia alianza de socialistas y progresistas de corrientes ideológicamente distintas, ellos eran grupos específicos, expresamente radicales, más imprecisos y profundamente heterogéneos en sus especificidades” (Balhorn, A história perdida dos Antifas).

La combinación de estos rasgos (carácter contracultural y aislamiento social) es terreno fértil para el surgimiento de aspectos regresivos, en particular la intolerancia hacia expresiones políticas por fuera de los marcos autonomistas o anarquistas. En particular hay que destacar los criterios anti-partido que profesan algunos de sus integrantes (especialmente contra las organizaciones de izquierda), el cual llega al absurdo de oponerse a que se utilicen banderas en las movilizaciones, demostrando una total incomprensión de los orígenes socialistas del movimiento (además de ignorar que el logo del movimiento son ¡dos banderas!).

Por el relanzamiento del movimiento antifascista en el siglo XXI

Al momento de escribir esta nota se desarrolla una impresionante rebelión popular en los Estados Unidos, la cual cuestiona más de cuatrocientos años de opresión racista contra la población afroamericana, así como el ascenso del supremacismo blanco de la mano del provocador presidente Donald Trump. En Brasil, sectores de vanguardia (liderados por la “torcidas” de fútbol) comienzan a enfrentar en las calles a la base neofascista de Bolsonaro, ante el creciente acecho del gobierno contra las libertades democráticas para instaurar un régimen autoritario.

Que los países más grandes del continente americano tengan al frente a dos de los gobiernos más a la derecha del planeta, da cuenta de los desafíos planteados para los sectores explotados y oprimidos en el siglo XXI: ingresamos en una etapa de mayor polarización política y radicalización de la lucha de clases, con lo cual se abre la posibilidad histórica de transitar de la rebelión popular a la revolución social.

Por eso, la experiencia de lucha de los Antifa recobra actualidad, al señalarnos la ruta para vencer al neofascismo y el racismo en el siglo XXI: ¡unidad en las calles para detener a los fascistas y supremacistas! El antifascismo en el siglo XXI tiene que superar los errores del pasado, en particular el sectarismo que impidió la construcción de frentes únicos, lo cual se saldó con derrotas de dimensiones históricas y con un elevado costo humano.

La apertura hacia todas las expresiones políticas del movimiento obrero, feminista, juvenil, ecologista, antirracista, entre otros, es indispensable para relanzar el movimiento Antifa, en la perspectiva de que se transforme en un referente para las masas explotadas y oprimidas que salen a luchar contra el racismo y los gobiernos autoritarios.

Pero también es necesario que Antifa se postule como una alternativa anticapitalista coherente en el siglo XXI; un frente único que no se limite a realizar acciones defensivas contra el fascismo, sino que luche por un programa revolucionario, vinculado a la clase obrera y los sectores oprimidos, con el objetivo de transformar la sociedad en un sentido socialista, pues sólo así será factible construir las condiciones materiales para acabar con todas las formas de explotación y opresión social.


Bibliografía

[1] Un ejemplo contemporáneo de este accionar fascista es el asesinato de Marielle Franco en Brasil, presuntamente realizado agentes vinculados a la familia Bolsonaro.

[2] No hay que confundir la táctica de frente único con el frente popular. En el primero caso, la unidad de acción se realiza sin diluir las diferencias políticas; en el segundo caso, la unidad se hace a costa de la diferenciación programática (y la independencia de clase) en función de acuerdos con la burguesía “progresista”. La guerra civil española demostró la ineficacia del frente popular para derrotar la contrarrevolución, pues el estalinismo (con la complicidad de la burocracia de la CNT) sometió a la clase obrera y el campesinado al programa de la burguesía española, renunciando a luchar por sus propias reivindicaciones bajo la premisa de que primero había que ganar la guerra contra el fascismo y después hacer la revolución.

[3] Stalin expuso la teoría del social-fascismo en estos términos: “El fascismo es la organización de combate de la burguesía, que se apoya en la ayuda activa de la socialdemocracia. La socialdemocracia es objetivamente el ala moderada del fascismo”  (Citado en Trotsky, Revolución y fascismo en Alemania, 92).

[4] Este logo fue diseñado por dos miembros de la Asociación de Artistas Visuales Revolucionarios, Max Keilson y Max Gebhard. Como veremos más adelante, en los años ochenta fue modificado al incluir una bandera negra en representación del movimiento anarquista y autonomista.

[5] El SPD era un partido histórico, por lo cual su militancia tenía una enorme tradición de organización y guardaba fidelidad hacia el partido. De ahí que fuera imposible construir la unidad con los obreros socialdemócratas ridiculizando a su partido.

[6] Aunque lograron aumentos salariales importantes a finales de los años treinta debido al incremento de la industria armamentista para la guerra y la escasez de mano de obra calificada.

[7] La dictadura nazi provocó un corte generacional dentro del movimiento socialista, pues la juventud creció sin referentes políticos de izquierda a la vista y mayoritariamente fue organizada por el nazismo. Además, las mujeres contaban con poca participación política en la Alemania nazi (y previamente también), lo cual se reflejó en una baja participación femenina en los comités antifascistas. Por este motivo, mayoritariamente los miembros de los Antifas eran hombres de mediana edad, forjados en la militancia de décadas anteriores.

[8] Las fuentes consultadas no brindan un dato exacto de cuantos integrantes tenían los Antifas; la única referencia que encontramos es la imprecisa  cifra de “decenas de miles”, por lo que suponemos que no llegaron a los cien mil activistas.

[9] Posteriormente el estalinismo, literalmente, se robó gran cantidad de estas fábricas cuando las desmanteló y las instaló en la URSS, bajo el absurdo criterio de cobrar “reparaciones de guerra” a los países ocupados de Europa, responsabilizando a la clase obrera de la barbarie nazi. El resultado fue la desmoralización de la clase obrera que puso a funcionar las fábricas con sus propias manos en la posguerra.

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