Roberto Saenz

A continuación veamos algunos conceptos que nos parecen claves en Clausewitz. Primero el concepto de desgaste, fricción, un concepto agudo que remite a que las condiciones en las cuales se actúa no son ideales, condicionan la acción. Existe una “resistencia de los materiales” que pasa factura. Hay fricción porque hay heridos, muertos, devastaciones.

Hay, en definitiva, desgaste material: “(…) el símil de la máquina permite a Clausewitz derivar la noción de fricción: como cualquier máquina, la guerra está sujeta al imprevisible desgaste, al desarreglo imprevisto y, por tanto, expuesta al azar” (Vega, 1993, 59)[1].

El concepto de fricción sirve también para entender la lucha de clases. Porque la “resistencia de los materiales” significa que se va, se hace la revolución, pero inevitablemente viene un “rebote”, la contrarrevolución, los elementos de atraso.

Se trata del mecanismo de acción y reacción, el movimiento pendular que caracteriza la lucha de clases: “Aunque la revolución acelera la historia, esta no es un sprint, sino una maratón que ‘dura mucho tiempo’. Al menos lleva una generación el que sus transformaciones radicales echen raíces, lo cual supone la ‘disolución y ebullición de opiniones populares, impulsos y hábitos’, y la liberación del ‘inframundo de locura y de odios’. Todo ello hace aumentar la ‘barbarización, la mutilación y la cornada’ que se le inflige a la sociedad” (Las Furias; 59) nos dice Arno Mayer, que grafica bien cómo es este movimiento de ida y vuelta entre la revolución y el terreno en el cual la misma se sustancia (el atraso con el cual, eventualmente, se encuentra).

Las masas y los revolucionarios van con ilusión, entusiasmo, fervor; se toma el poder, se dirige a la amplia vanguardia hacia la tarea práctica del mismo. Pero, posteriormente, irrumpe el cansancio, el atraso, la dificultad: “Aunque la contrarrevolución es la otra mitad de la revolución, se tiende a no reconocerla ni teorizarla” afirma Arno Mayer, dando a entender a la vez que la contrarrevolución, como fenómeno, es incluso más “compleja” que la revolución misma, además de no ser simplemente la “película” de la revolución puesta en reverso (como lo atestigua el caso histórico complejísimo del estalinismo, por no olvidarnos del fascismo y el nazismo).

Un ejemplo cotidiano del concepto de fricción podría ser el delta del Tigre (Argentina): cuando la marea está alta y nos zambullimos en el río, es precioso. Pero cuando la marea baja, hay mal olor; si uno quiere nadar queda atrapado en el lodo: “En su relación simbiótica, la contrarrevolución es en lo ideológico más reactiva y postiza que la revolución, que es más creativa y orgánica, emergiendo aquella como una praxis más que como una teoría. Por supuesto, de modo similar a la revolución, es multifacética. La contrarrevolución está, sobre todo, ligada inextricablemente con la reacción y el conservadurismo, tanto más en tiempos revueltos” (Mayer, Las Furias, 70).

Se trata, insistimos, de la resistencia de los materiales sobre los cuales actúa la revolución. La revolución avanza con entusiasmo. Pero después las cosas se asientan y vuelve el atraso, tal como ocurrió en la Revolución Rusa.

Algo que, como acabamos de señalar arriba, no es mecánico, depende de un conjunto de factores y puede tener determinados alcances. Pero se puede prever que, de una u otra manera, ocurrirá. Porque la revolución no actúa en el vacío: actúa en un contexto determinado de fuerzas vivas.

Pasemos ahora al abordaje de los factores materiales y morales en la contienda, otra genialidad del militar prusiano, conceptos que caben perfectamente en la ciencia y el arte de la política revolucionaria.

La extraordinaria paradoja es que Clausewitz es uno de los pensadores más profundos de la guerra y, sin embargo, no es militarista. Al contrario: su lógica es profundamente política.

De ahí que sea profundo su abordaje sobre los factores morales y materiales de la contienda. Los factores materiales están constituidos por el herramental de guerra, la capacidad económica que está detrás del frente, lo “físico” por así decirlo, por no olvidarnos de lo avanzado de la tecnología guerrera puesta en acción, etcétera.

Un sustrato material que, junto con las cuestiones políticas, fue clave en la II Guerra Mundial cuando los recursos combinados de Estados Unidos, la URSS e Inglaterra terminaron siendo demasiado para Alemania y Japón[2].

Clausewitz, sin embargo, les da igual o más importancia a los factores morales que a los materiales, lo que, insistimos, no deja de tener enorme agudeza. Todo lo que es del orden de la motivación de las tropas, de la justeza de la causa que se defiende, de la convicción que se tiene al ir a la guerra para aguantársela, la conciencia política de las tropas, entran dentro de los factores morales (conciencia política que Clausewitz apreció en tiempo real en las tropas francesas y también, en cierto modo, en las guerrillas germanas nacionalistas que las enfrentaron): “La derrota, como sabemos, no reviste sólo la forma de la postración o del agotamiento físico. La derrota más grave es aquella que logra conquistar la voluntad del otro, vencerlo moralmente, incapacitarlo o desarmarlo para el combate y, en ese sentido, destruirlo en tanto enemigo. Como queda claro, los factores morales subjetivos son cruciales porque tienen consecuencias objetivas fundamentales” (Vega; 1993; 84).

Es obvio que esta cuestión se aprecia también en la lucha de clases. Por supuesto, es central, aquí también, el factor material; sin partido con amplia influencia entre las masas no se va ni a la esquina, esa es la dura realidad.

Pero hay también factores de suma importancia que son del orden de la política y que, aunque no sean cuestiones materiales, modifican la realidad. La política revolucionaria puede mover montañas cuando logra colocarse a la cabeza de un paralelogramo de fuerzas; ya volveremos sobre esto.

De todos modos, sin embargo, está claro que cuanto más partido se tenga, cuanto más factor material se posea, la política revolucionaria se proyectará cualitativamente más, producto de la base material que aporta el partido y el plus de una política justa.

A modo ilustrativo (¡atención que no debe leerse de manera unilateral!), Trotsky afirma en la Historia de la Revolución Rusa que a comienzos de 1917 el partido bolchevique era un “desastre” (venía golpeado por el giro reaccionario que significó la guerra mundial a partir de 1914, que prácticamente desorganizó al partido)[3].

Uno se imagina un aparato súper organizado, pero no era eso. Un partido es un conjunto de relaciones, interrelaciones y correlaciones políticas de masas. Un punto alrededor del cual se nuclean y se “disparan” un conjunto de determinaciones socio-políticas, sobre todo cuando dicho partido adquiere influencia de masas.

Pero el partido bolchevique como organización, a comienzos de 1917, en tanto que aparato, era un calambre. Eso dice Trotsky y es creíble.

Por supuesto que no hay que hacer una falsa teoría/justificación de ser un “calambre”, sería un error completo. Además, Trotsky exageraba para que se le entendiera el argumento (la relevancia que le otorga a la política en esta obra); en otra parte dice lo opuesto…

Sin embargo, tiene el valor de ayudar a comprender la importancia de los “factores morales”, el hecho de que la política revolucionaria, el partido, apoyado sobre un campo de relaciones de fuerzas, sobre un determinado paralelogramo de fuerzas creado por las condiciones objetivas, puede mover montañas.

Otro elemento central en Clausewitz es el problema de la ciencia y el arte de la guerra; los elementos del análisis y el elemento irreductible de creatividad en la contienda.

El elemento creador se genera a partir de un conjunto de determinaciones. No sale de la nada, tiene determinadas bases materiales. Sin embargo da lugar a una resultante superior. Trotsky subraya esto en su biografía inconclusa sobre Lenin, donde resalta la “imaginación realista” de este.

Insistimos porque es importante. Existe un aspecto que tiene que ver con la emergencia de lo nuevo, con la creatividad histórico-política del partido que supera las puras determinaciones mecánicas de las cosas y da como resultante una situación nueva, superior. Rompe el movimiento inercial, conservador.

La esposa de Clausewitz era artista y esto ejerció influencia sobre su pensamiento (fue ella la que ordenó sus papeles y publicó su obra). El arte es del orden de la creatividad, y tanto en la política como en la guerra -y en todo lo demás- hace falta creatividad.

Es decir, saber descubrir y producir lo nuevo: “El concepto clausewitziano de genio tiene una genealogía rastreable dentro de las teorías estéticas de la Ilustración alemana (…) el genio artístico como el que reúne y unifica en sí los momentos de la imaginación y de la razón” (Vega; 1993; 67).

Al hablar de la creatividad y la imaginación, Clausewitz la coloca exclusivamente en la comandancia. Respecto de la tropa, insiste en el factor más “mecánico” de la disciplina… era un militar prusiano, no un revolucionario.

De todas maneras, es interesante cómo subraya que tenían más iniciativa los soldados de Napoleón que los soldados del ejército absolutista: “Clausewtiz elevó teóricamente la máxima napoleónica según la cual, en la guerra, tres cuartos del asunto son problemas morales” (Vega; 1993; 83).

Conciencia y disciplina son pares complejos. Nos remiten a la crítica que le hiciéramos al Che Guevara en Dialéctica de la transición socialista: para el Che la conciencia es puramente moral, mera obligación.

Para los marxistas revolucionarios, la conciencia es conciencia política (una disciplina que proviene de la comprensión política, no algo puramente moral, mecánico).

La moral verdaderamente revolucionaria –el sentido de responsabilidad para hacer las cosas–, se deduce de una comprensión: asumir conscientemente las tareas. Clausewitz lo piensa para la comandancia; a la tropa la coloca en el terreno de la pura disciplina, no de la conciencia o la creatividad. Era un militar prusiano, insistimos, no un revolucionario.

Carl Schmitt lo critica con agudeza cuando afirma: “Clausewitz mismo pensaba aún demasiado con categorías clásicas cuando atribuía al pueblo el ‘ciego instinto natural’ del odio y de la enemistad, al general y a su ejército ‘valor y talento’ como libre actividad psíquica y al gobierno el manejo puramente racional de la guerra como instrumento de la política” (ídem, pp. 60).


[1] Si bien el tema del azar en la guerra –y en la política- no lo estamos tratando en este texto, nos interesa, sí, dar cuenta del origen “maquinista” del concepto de fricción (su origen en la física mecánica).

[2] La curva de producción armamentística en los Estados Unidos dio un salto inmenso entre finales de 1941 y años después, por no hablar de la hazaña que logró concretar la burocracia estalinista al trasladar la mayoría de las industrias detrás de los Urales, un movimiento que los salvó de perder la guerra, entre otras razones.

[3] Precisamente contra estos efectos desorganizadores debemos pelear hoy en medio de la pandemia, las cuarentenas y los Estados de excepción.

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