Un nuevo mundo geopolítico, una era de todas las calamidades

Indiscutiblemente, la coyuntura internacional ha cambiado. Como si se tratara de las siete plagas de Egipto, un conjunto de calamidades se descargan todas juntas sobre el mundo.

0
17

Se trata, ni que decirlo, de calamidades sociales subproducto del capitalismo tóxico en el que vivimos hoy. Aunque, lógicamente, también tiene, consecuencias sobre la naturaleza.

Las crisis que se suman una sobre otra son: una crisis económica internacional creciente, una energética, una climática con el norte del mundo agobiado por temperaturas extremadamente cálidas, crisis políticas en varios países, la crisis geopolítica más grave desde la caída del Muro de Berlín con la guerra en Ucrania. También hay algo que no es una calamidad capitalista sino su contrapeso: el creciente desarrollo de luchas sindicales en el norte del mundo contra la carestía, la profundización del proceso de organización de la nueva clase obrera así como la emergencia de nuevas rebeliones populares con capítulos en Sri Lanka, Ecuador y más allá.

Cada una de estas crisis entrelaza varios desarrollos. Quizás el disparador más inmediato en estos momentos es la crisis geopolítica. Aquí se encadenan varios elementos de acción y reacción porque el Occidente capitalista leyó a Putin más débil de lo que realmente parece ser. Descargaron una serie de agresivas sanciones económicas, amén de la asistencia militar a Zelensky, y ahora resulta que el boomerang de dichas sanciones parece estar sintiéndolo muchísimo más la propia Unión Europea y los Estados Unidos en materia del aumento de los precios energéticos y de los alimentos.

La escalada de los precios de energía y alimentos se alimenta de dos determinaciones. La primera del hecho que Alemania, Italia, Francia y demás países de la Unión Europea tienen una dependencia del gas y el petróleo ruso sumamente importante y difícil de reemplazar. Es verdad que los planes de contingencia ya han comenzado, que se está a la espera de si Rusia reactiva el Nord Stream 1, etc.. Pero lo real, lógicamente, es que, en el encadenamiento del mundo que es hoy la economía internacional, no solamente Rusia depende para muchas cosas del capitalismo occidental, sino que el capitalismo occidental depende también de Rusia… La globalización no ha impedido el desencadenamiento del conflicto, pero si lo está agravando. Es más fácil ponerse a disparar tiros que romper las ataduras económicas que unen a los países y bloques, que modificar las cadenas de aprovisionamiento que son eslabones estructurales de una economía mundializada. Por ejemplo, la tercera economía mundial -Alemania- ahora descubre una falla estratégica gravísima en su dependencia energética extrema de Rusia.

Por lo demás, también está la crisis alimentaria. Ahora tratan de destrabarla con las reuniones de Putin con Erdogan en Irán (¡actores insospechados en un lugar insospechado para la visión unipolar del mundo!). Resulta ser que, conjuntamente, Rusia y Ucrania son algunos de los principales países en el aprovisionamiento mundial de granos, y que urge destrabar las exportaciones ucranianas por el Mar Negro. No solamente porque sus silos están repletos y no podrían acoger las nuevas cosechas –disminuidas por el conflicto y las pérdidas territoriales- sino que, a la vez, regiones como el Norte de África y otras dependen del grano ucraniano, que si no llega a sus tierras podría generarse una dramática hambruna universal (se está hablando de este tema hace meses pero aún se busca una solución).

La guerra ucraniana (que en estos momentos parece haberse dado vuelta militarmente con Rusia festejando victorias) crea creciente estrés económico en el occidente capitalista con la ida y vuelta de las consecuencias de las sanciones. A la vez, no parece sencillo que de manera “artificial” la OTAN pueda sostener el esfuerzo guerrero ucraniano sin involucrarse de manera directa, cosa que no hará porque llevaría las cosas a un terreno desconocido.

Al aparente cambio de tornas en la guerra en Ucrania se le ha sumado la crisis económica internacional propiamente dicha. Con las naftas, los precios de los alimentos y la inflación alcanzando topes que hace décadas de no se veía en las principales economías imperialistas, la Reserva Federal y el BCE están aumentando los tipos de interés por primera vez desde la crisis del 2008. Esta circunstancia se vive como otra calamidad en los países emergentes sobreendeudados como la Argentina, Pakistán, la propia Turquía, Sri Lanka, etc., porque adelanta la posibilidad de crisis de la deuda externa ante la retirada de los capitales en “vuelo hacia la calidad” (es decir, a ir donde es más seguro y ahora se paga un interés).

Sri Lanka es una pequeña muestra de lo que podría venirse. En la Argentina en estos momentos se está cocinando a fuego bastante rápido una crisis devaluatoria y súper inflacionaria de magnitud que a la vez, eventualmente, dará lugar a un parate económico y una recesión que podría ser profunda.

Antes de seguir con la economía señalemos que en estos instantes la crisis geopolítica se ha agravado al paroxismo alrededor de Taiwan. Creemos que cabe defender su derecho a la autodeterminación (otra cosa es la independencia formal de la isla, una cuestión compleja porque hay un antecedente colonial en relación a China, aunque esto se ha modificado en gran medida porque China es hoy un imperialismo en ascensión). No obstante, no hay ninguna duda de que, de desencadenarse un conflicto militar por la isla, será muchísimo más directamente inter-imperialista que el caso ucraniano. Parece una locura contra la civilización humana explotada y oprimida, pero este mundo geopolítico capitalista voraz y roñoso efectivamente ha puesto sobre la mesa, nuevamente y de forma cada vez más dramática, la posibilidad de un enfrentamiento nuclear inter-imperialista y una nueva y loca carrera armamentística. ¡Es el militarismo que denunció ya un siglo atrás Rosa Luxemburgo como propio del imperialismo!

Volviendo a la economía, digamos que en el mundo la tendencia del crecimiento también se ha lentificado. El aumento de la inflación y las recetas monetaristas para enfrentarla aumentando las tasas de interés, amén de la caída en los mercados de bolsa, etc., también colocan el riesgo de una recesión en el mediano plazo. El elemento estructural a señalar es que, si bien la performance de los Estados Unidos está algo por encima de lo anticipado por analistas demasiado agoreros –que daban por “muerto” a los EE.UU. como primera economía mundial demasiado rápido-, por otra parte es muy real que en las últimas dos o tres décadas China venia siendo la locomotora de la economía mundial y que ese papel podría estar más cerca de su conclusión.

Atención que la economía capitalista es muy dinámica y de ahí que resista los juicios más catastrofistas; en general siempre se descubren nuevos nichos o lugares de acumulación, se construyen países y ciudades de la nada –aunque sean parasitarios-, etc. Podemos ver, por ejemplo, el Mundial de fútbol que se viene en los Emiratos Árabes Unidos: una enorme empresa comercial, constructora y financiera.

Pero, más allá de esto y del desarrollo de nuevas ramas productivas –y nuevos sectores de la clase obrera- que reemplazan las viejas, es evidente que la eventual crisis de la locomotora china no dejará de tener impacto sobre la dinámica del crecimiento capitalista.

A la calamidad geopolítica y económica hay que sumarle la calamidad climática. El problema es descomunal: la guerra en Ucrania y la carrera energética para reemplazar el aprovisionamiento ruso reabrieron la apelación a las usinas que queman carbón, aumentó la producción petrolera en otros lugares del mundo, etc. Queda así relegada la agenda ecológica. Es real que el “capitalismo verde” o “sostenible” es una rama muy dinámica con el desarrollo de energía eólica, solar, etc., y ahora nuevamente atómica como alternativa a los combustibles fósiles. Sin embargo, a la hora de las prioridades la misma parece ser abastecerse como sea de energía –limpia o sucia- para antes del invierno boreal.

En el medio, la atención colocada a la cuestión climática parecía –al menos coyunturalmente- eclipsada hasta que llegó la ola de calor e incendios en varios países de Europa occidental que no están preparados para semejantes temperaturas.

Un ejemplo de esto es el Reino Unido o Francia; donde, al parecer, hay poco o nulo equipamiento de aires acondicionados dadas sus temperaturas promedio históricas, con el resultado de que la gente literalmente se “asa” en el transporte público, por ejemplo. Declaraciones de autoridades en Londres señalaban que, sencillamente, la ciudad no estaba equipada para calores récords como se están viviendo de más de 40 grados centígrados…

Más allá del foco europeo, evidentemente, la escalada del calor es mundial: en vastas regiones de globo, aunque con menos prensa, la ola de calor es infernal. El cambio climático significa que se viven temperaturas más extremas en invierno y verano. Específicamente, la ola de calor europea se atribuye, entre otros elementos, al hecho de que la región donde más rápido suben las temperaturas en todo el mundo es en el Ártico. Problemón de aquellos.

En este somero repaso ya hemos visto tres calamidades: la calamidad geopolítica, la económica y la climática. Una circunstancia especifica de la situación es como las mismas se abaten simultáneamente sobre la coyuntura internacional y la población trabajadora.

Hay algo de estructural en el capitalismo del siglo XXI para que esto esté ocurriendo de esta manera; para que todas sus fallas estructurales confluyan. Y a esto le podemos agregar la pandemia que, con tantas calamidades, ya parecía que nos la íbamos a olvidar en este corto texto… La pandemia del coronavirus es un hecho que se ha mediatizado aunque no ha desaparecido. Pero lo que nos interesa señalar aquí es que, si se lograron amplios planes de vacunación y encontrar vacunas en tiempo récord, ninguno de los problemas estructurales que nos llevaron a la pandemia -es decir, la lógica loca de la ganancia del capitalismo de este siglo- están resueltos ni mucho menos.

Itsvan Meszaros, filosofo marxista ya fallecido, señalaba un diagnóstico profundo –aunque, quizás, algo catastrofista- del capitalismo cuando alertaba que este estaba llegando a sus limites absolutos, en el que se ponían en juego todas sus “fallas metabólicas”. El análisis compartido por otros marxistas como el economista francés François Chesnais, etc., tiene, a pesar de su catastrofismo, su miga de verdad: la carrera loca del capitalismo detrás de la ganancia, complejizada este siglo XXI por la reapertura de la competencia geopolítica –es decir, entre Estados-, coloca extrema tensión sobre las líneas de fallas metabólicas del capitalismo: una producción orientada a la pura ganancia y no al valor de uso, una racionalidad en la administración económica cuya lógica es irracional, un socavamiento de los manantiales de la riqueza que son la naturaleza y el trabajo humano, un trabajo humano más precarizado que nunca antes desde finales del siglo XX, la misma reapertura de la competencia geopolítica que actualiza en sentido clásico (se podría decir) la teoría del imperialismo; imperialismo que es la pelea por el reparto del mundo, el recomienzo de la carrera armamentista y la posibilidad de conflagraciones inter-estatales crecientes.

Es lógico, por lo demás, que estas “fallas estructurales” de capitalismo se expresen en una dinámica de polarización de la lucha de clases, de polarización política, de crecimiento en los extremos, incluso de crisis políticas en simultaneo en tiempo real como en Gran Bretaña, Italia, eventualmente en los próximos meses en Francia, incluso en los EE.UU. si se vuelven a imponer los Republicanos en las elecciones de mediano término retomando la ofensiva conservadora. (En realidad, otra calamidad es la derogación de fallo Roe vs. Wade que autorizaba el aborto en todo el país y que los Demócratas son orgánicamente incapaces de llamar a la movilización para tirar abajo; solo saben hacer show, como Alexandria Ocacio Cortez siendo detenida en una movilización de 30 personas…)

En fin: es evidente que este escenario de calamidades adelanta, inevitablemente, una lucha de clases más dinámica. La situación de la clase trabajadora y los explotados y oprimidos en el mundo es extremadamente diversa. En China o Rusia aparecen autoritariamente acallados, en Ucrania el gobierno de Zelensky se aprovecha de la circunstancia guerrera para pasar legislación y decretos anti-obreros, en algunos países europeos sigue habiendo un clima de retroceso mientras en otros no ha habido derrotas y en general crecen las luchas… por no hablar de los EE.UU., que desde la rebelión antirracista del 2020 es un país evidentemente en tensión. Podríamos decir que están confluyendo los elementos para un cambio de la situación internacional, en un mundo donde las dinámicas a la polarización y los peligros desde la extrema derecha no dejan de crecer, pero también crecen los desafíos para la izquierda revolucionaria.

El mundo vive una suma de calamidades, la coyuntura internacional difícilmente permanezca donde está: crisis, guerras como en Ucrania (y eventualmente Taiwán), rebeliones y (por qué no) revoluciones, así como manotazos extremo derechistas, están en el horizonte. Lo que plantea la necesidad de redoblar los esfuerzos para construir nuestros partidos y corrientes socialistas revolucionarios, nuestra corriente Socialismo o Barbarie Internacional, así como la eventualidad de una gran conferencia internacionalista de la izquierda revolucionaria contra la guerra inter-imperialista y por la autodeterminación de los pueblos sometidos y en defensa de las luchas obreras y populares.

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí