• A pesar de continuar con su discurso beligerante, Trump retrocede con la ocupación militar de Portland. La movilización sigue y los represores abandonan la calle.

Agustín Sena

Si bien hoy Trump twiteó que «las tropas permanecerán en Portland hasta que haya sido limpiada de anarquistas», la verdad es que las calles siguen ocupadas por la movilización mientras los agentes federales las han abandonado completamente. El jueves se había anunciado un retiro progresivo de la represión enviada por el gobierno de Washington, pero todas las crónicas de los últimos días reflejan una sola cosa: ya no se ve a un solo federal acosando a la rebelión.

A pesar de no ser una de las principales ciudades del país, ubicada en el Noroeste del país y con 650.000 habitantes (lejos de los los 2 millones de Chicago, los 4 de Los Angeles o los 8 de Nueva York), Portland es una ciudad con una extensa tradición de lucha durante que data del siglo pasado. Sin pertenecer al sur ex – esclavista, Portland y el estado de Oregon fueron un región fuertemente segregada y azotada por políticas racistas muy intensas durante el siglo pasado y una fuerte presencia de organizaciones supremacistas como el KKK (que hoy día sigue manteniendo una alta tasa de afiliados en la ciudad), por lo cual no extraña la intensidad que la rebelión tomó en la zona.

Además, fue parte del ascenso de las luchas obreras y sociales de la década del ’60 y tomó tintes antifa en los últimos años, cuando los grupos supremacistas se envalentonaron a partir de la asunción de Trump. Portland tiene fama ser una ciudad “liberal, radical e izquierdista” y se ganó el apodo de “Little Beirut” (“pequeña Beirut”) en referencia a la guerra del Líbano luego de que “el entonces presidente George Bush se encontró con barricadas, neumáticos ardiendo y cánticos hostiles” en la ciudad (Infobae, 27/7).

En las última semanas, mientras la intensidad de las movilizaciones antirracistas bajó ostensiblemente a lo largo del país (bajo el peso sumado de la pandemia, la política de contención del Partido Demócrata y la falta de una dirección política consciente y clara en el interior del propio movimiento), la tensión en Portland no hizo más que agudizarse, con duros enfrentamientos entre los manifestantes y las fuerzas federales, pasando esta ciudad del interior al centro de la escena y llamando la atención de todas las miradas incluso a nivel internacional. Sin intentar hacer caracterizaciones apresuradas, pareciera haber dos elementos que explican esta tendencia. Por un lado, la tradición de lucha ya mencionada podría tener un efecto energizante entre los manifestantes, dispuestos a enfrentar la represión sin abandonar un centímetro de territorio. Las manifestaciones de las últimas semanas, que coparon el centro de la ciudad y sitiarion el edificio del Juzgado Federal Hatfield hasta altas horas de la madrugada, resistiendo gases lacrimógenos, balas de goma y las detenciones arbitrarias (que llegan a 400 desde el inicio de la rebelión) dan cuenta de que no se trata de simple marchas, la situación en Portland está muy lejos de estar “normalizada”.

Por otro lado, la insistencia de Trump por mantener la presencia de las unidades de la Seguridad Nacional1 en la ciudad generaron un amplio rechazo. Haciendo gala de sus veleidades fascistoides, Trump no hizo más que echar leña al fuego de la rebelión.

Pero esta orientación de Trump no se debe simplemente a una suerte de idiotez política o falta de estrategia, sino que remite, en primer lugar, a un intento de aplastar físicamente la rebelión surgida luego del asesinato de George Floyd. A diferencia de los demócratas, que optaron por intentar coptar la bronca popular contra Trump y la policía con consignas vacías (como la tibieza de “desfinanciar la policía”, cuando el propio movimiento está exigiendo en muchos Estados su desmantelamiento directo) para calmar la movilización y canalizar el descontento por vía electoral, Trump ensayó desde un primer momento una respuesta represiva, tildando a los manifestantes de “anarquistas” o “terroristas” y movilizando a las fuerzas represivas federales al interior de los estados gobernados por los demócratas (con la silenciosa complicidad de estos en la mayoría de los casos2) para endurecer la represión.

Al mismo tiempo, Trump entró en una suerte de demostración de fuerzas con el Partido Demócrata. Ya pasadas varias semanas desde los momentos más álgidos de la rebelión y con las aguas algo más calmas, los gobernadores y alcaldes demócratas ven más favorablemente desmilitarizar las ciudades y alivianar la represión para no seguir caldeando los ánimos de las masas. Sin embargo, viendo los reflejos electorales de la rebelión (tras el estallido, la encuestas se invirtieron, y Trump pasó de un cómodo primer lugar que parecía postularlo para la reelección sin problemas a una situación mucho más pareja con el demócrata Biden o, en varios Estados, directamente a estar varios puntos por debajo de este último3), Trump quiere mostrar una política de mano dura como expresión de autoridad, en un intento de ganarse electoralmente a un sector indeciso de la clase media y de saldar hacia la derecha los consensos de la sociedad yankee puestos en cuestionamiento por la rebelión.

Sin embargo, el jueves pasado se anunció un acuerdo entre los gobiernos estatal y federal para sacar progresivamente a las tropas federales de Portland. Si bien Trump no perdió la oportunidad de descarrillar públicamente, diciendo en twitter que la Seguridad Nacional permanecería en la ciudad hasta “limpiarla de anarquistas y agitadores”, los hechos concretos son que la militarización está retrocediendo, ya que se vieron muchas menos unidades federales en las marchas del fin de semana y la represión parece haberse detenido. En el terreno de la realidad material, más allá de los mensajes fascistoides de Trump, lo que se ve es una primer conquista de la movilización y un retroceso del trumpismo. Y se trata de una conquista muy valiosa en la medida que expresa que las brutal represión contra la rebelión no ha logrado hacer retroceder las relaciones de fuerzas, al tiempo que podría insuflar nuevos ánimos en el movimiento antirracista y la oposición social a Trump, a la vista de que la movilización rinde sus frutos. Sin dudas, más allá de los intentos de Trump de reventar la movilización y de los demócratas por canalizar la bronca hacia las elecciones, el retiro de las tropas federales de Portland muestra que el futuro de la rebelión está allí donde surgió, en las calles, y que sólo el camino de la movilización y la lucha de las masas puede abrir un nuevo camino para los explotados y oprimidos de Estados Unidos.


1 La Seguridad Nacional (Homeland Security) es una dependencia del Gobierno Federal creada luego de los atentados de las Torres Gemelas en 2011 con la excusa de combatir el terrorismo y proteger a la población ante desastres naturales y con la función real de operar como auxiliar represivo del Estado, una suerte de fuerza intermedia entre las policías locales y el Ejército. Es el tercer ministerio con mayor financiamiento a nivel nacional, y emplea a alrededor de 200.000 personas, como ilustración de la magnitud de medios humanos y económicos que el Estado yankee invierte en represión.

2 Es el caso de Lori Lightfoot, alcalde demócrata de Chicago. La ponemos como ejemplo porque se trata de una de las figurar más progres del establishment político yankee, mujer afrodescendiente y lesbiana, cuya llegada al gobierno local despertó los vítores de los sectores reformistas y posibilistas progres que siguen pensando al reprodido Partido Demócrata como vehículo de transformación social. Luego de comenzar la rebelión, se mostró muy apenada por la muerte de George Floyd en las mismas conferencias de prensa en las que posó amistosamente con los referentes de las fuerzas represivas federales enviadas por Trump. Ya en la histórica huelga docente del año pasado había mostrado el carácter 100% anti-obrero y capitalista y de su gestión.

3 Es el caso también de Estados como Florida, que fueron bastiones trumpistas en su campaña de 2016 pero que en el presente se dieron vuelta y parecen inclinarse hacia Biden bajo la influencia no sólo de la rebelión sino de la tragedia en ciernes que se está gestando por la negligente gestión de la pandemia.

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