• Con más del 95% de las actas procesadas, Castillo le lleva una ventaja de unos magros 90 mil votos a Keiko Fujimori.

Redacción

Para un análisis completo de estas elecciones: Perú: entre la histeria “anticomunista” y el reformismo light

El equilibrio de fuerzas es precario. La diferencia de votos es tan mínima que es poco probable pensar que quien pierda acepte sin más los resultados. Entre otras cosas, porque hay un peligro real de fraude: el establishment peruano, incluido su organismo electoral, siente un profundo rechazo por Castillo.

Y sin embargo, Castillo está ganando «en buena ley». Si algún giro inesperado fuera darse, se debería a los votos en el exterior. Dentro de Perú, Castillo simplemente ya ganó. El conteo comenzó con una leve ventaja para Fujimori porque los primeros recuentos son en las grandes ciudades. Particularmente Lima, la capital y ciudad más poblada, es un baluarte el voto de derecha. El lento recuento final se debe a que son los votos del interior profundo, rural y popular los que le están dando el triunfo a Castillo.

La pequeño burguesía alta de las grandes ciudades, las clases medias reaccionarias, ejercen allí una hegemonía cultural clara. En Lima, la hija del ex dictador arrasó con nada menos que el 64% de los votos; en Trujillo, con el 59%; en Callao, con el 67%. Arequipa, la segunda ciudad del país, le dio a Castillo el triunfo con un contundente 64%; y sus triunfos se cuentan en las ciudades recién en la sexta (Huancayo, 58%) y séptima (Cusco, 83%).

En las zonas de las sierras, campesinas, indígenas y populares; gana indiscutiblemente Castillo. En los lugares de predominancia de clases medias, triunfa Keiko.

La polarización numérica es claramente una regional y social. En cada región, el candidato que gana lo hace con un muy considerable margen. En cada zona, la tradición política y cultural de las clases sociales determina el resultado. La clase media «aspiracional», que opina que el «indio» y el «campesino» no son lo suficientemente buenos para dejar de ser pobres, logra hacer valer sus opiniones a sectores de trabajadores que la siguen. En las zonas rurales, los intereses de los más oprimidos, su rechazo a la hija del dictador que los hundió en la pobreza y las masacres, determina los votos.

Claro que en eso hay «grises»: la campaña del miedo contra el espantajo «comunista» y «Venezuela» ha logrado torcer al aproximadamente 15% que no iba a votar a Fujimori al principio de la campaña y acabó haciéndolo.

El inestable equilibrio de fuerzas parece querer representar entre sierras y valles la situación de toda América Latina. La polarización entre zonas va del Cusco indígena y la Lima pequeño burguesa a la Bolivia del MAS y el Brasil de Bolsonaro; la polarización social de la rebelión colombiana al pueblo pobre que rechaza de Fujimori y la juventud chilena que puso al régimen de cabeza; la polarización política del régimen narco militar colombiano a las urnas con boletas marcadas por Perú Libre.

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