• A menos de una semana del martes 3 de noviembre, las cartas ya están todas sobre la mesa en la elección presidencial de EEUU. Si por las encuestas nos fiáramos, es casi cosa juzgada: tres promedios de sondeos distintos. los de la organización Real Clear Politics y los sitios especializados fivethiertyeight.com y 270towin.com, le dan a Biden una ventaja a nivel nacional de 7,5%, 9% y 10%, respectivamente, y un mínimo estimado de 290 electores, cuando alcanza con 270 electores sobre 538.

Corriente Internacional Socialismo o Barbarie

28 de octubre de 2020

A menos de una semana del martes 3 de noviembre, las cartas ya están todas sobre la mesa en la elección presidencial de EEUU. Si por las encuestas nos fiáramos, es casi cosa juzgada: tres promedios de sondeos distintos. los de la organización Real Clear Politics y los sitios especializados fivethiertyeight.com y 270towin.com, le dan a Biden una ventaja a nivel nacional de 7,5%, 9% y 10%, respectivamente, y un mínimo estimado de 290 electores, cuando alcanza con 270 electores sobre 538.

Esto se refleja en la creciente confianza del equipo de campaña del candidato demócrata, que incluso se anima a hacer campaña en estados que son tradicionales bastiones republicanos como Georgia y Texas, lo que indica que se juegan no sólo por la victoria sino por una avalancha de votos que deposite a Biden en la Casa Blanca con control de las dos cámaras del Congreso, algo que no es aventurado esperar. Como siempre cuando se trata de encuestas –que fracasaron espectacularmente en la elección de 2016, cuando daban ganadora a Hillary Clinton–, hay que tomarlas con pinzas. Pero es verdad que el factor sorpresa del “voto oculto”, que fue importante aquella vez, ahora está casi ausente. Más bien, los eventuales cambios al resultado final podrían tener que ver con jugarretas del tipo de bloquear o demorar los votos postales, que en el marco de la pandemia van a ser varios millones, y muchos más que en la elección anterior.

Por otra parte, está claro que Trump va a dar pelea hasta el final, y no sólo haciendo actos de campaña. Como venimos señalando en notas anteriores, la gran apuesta de los republicanos se reduce a dos jugadas de las que hemos dado cuenta en columnas anteriores: una, restringir todo lo posible la cantidad de votantes, sobre todo en los estados clave; la otra, empantanar el recuento de votos con denuncias de “fraude” y especular con llevar la decisión del resultado del Colegio Electoral a los tribunales locales y, en última instancia, la Corte Suprema.

Justamente en esa institución se verificó una de las últimas novedades: la confirmación por el Senado de la designación de la ultra católica Amy Coney Barrett, que deja al máximo tribunal con una clara mayoría conservadora de 6 votos contra 3 “liberales”. La jura de Barrett, a apenas 8 días de la elección (algo inédito en la historia estadounidense reciente), fue casi un acto de campaña: tuvo lugar en la Casa Blanca –otra rareza– y ambiente de “Trump 2020”, aunque la nueva jueza trató de ser circunspecta en su discurso de asunción.

La atmósfera, que ya veía caldeada en muchos sentidos, subió de temperatura con la muerte de otro afroestadounidense, Walter Wallace, de 27 años, a manos de la policía. El hombre, con problemas psiquiátricos y un cuchillo en la mano, fue acribillado a balazos desde varios metros de distancia por dos policías para los que no representaba ninguna amenaza inmediata. El hecho ocurrió en Filadelfia –principal ciudad de uno de los estados en disputa, Pensilvania– y desató inmediatas protestas que dejaron decenas de policías heridos.

No es más que una confirmación del clima que se vive en un país convulsionado durante todo 2020 por el gigantesco movimiento contra el racismo, representado porBlack LivesMatter, el más difuso Antifa y muchos otros, cuyas movilizaciones sacudieron todo Estados Unidos. Se trató de una respuesta al racismo fascistoide de la policía, pero también de amplios sectores civiles de supremacistas blancos, alentados por el discurso racista y violento del propio Trump, mientras los dirigentes del Partido Demócrata, empezando por el candidato Joe Biden, no sabían cómo hacer equilibrio entre sus intenciones de frenar la movilización pero a la vez capitalizar electoralmente el descontento.

El telón de fondo de la elección en el terreno económico social está dado, además, por dos factores: un agravamiento del cuadro sanitario por la pandemia del covid-19 –EEUU volvió al orden de los 70.000-80.000 casos diarios, y los contagios crecen hasta en la Casa Blanca– y el deterioro de la situación económica de millones de hogares pobres, los más golpeados por la crisis laboral que generaron los sucesivos aislamientos.

Esta situación ha pegado un salto en las últimas semanas, con la reducción de la ayuda estatal por desempleo. Según el Census Bureau, uno de cada siete hogares con hijos informaron que “a veces o frecuentemente” no tuvieron alimento suficiente en la semana previa. Para los hogares de hispanos y afroamericanos, la proporción fue de casi uno de cuatro de todos los hogares. Y en los hogares con un ingreso anual menor a 35.000 dólares –un 50% por encima de la línea de pobreza–, más de un tercio informó de esta insuficiencia de alimentación. No son datos de Latinoamérica ni de África, sino de Estados Unidos.

Si ésta es la situación de la comida, peor es la de la de vivienda: entre las familias que alquilan, el 28% no sabe cómo va a pagar el alquiler del mes próximo, proporción que sube al 40% en los hogares hispanos, lo que ha disparado una moratoria nacional de desalojos. Pero se trata de una medida temporaria (“And thepoorgetpoorer”, The Economist 9214, 3-10-20). Y en el terreno laboral, con el anuncio de Trump de postergar todo estímulo estatal hasta después de la elección, “una nueva ola de despidos sugiere que las empresas se preparan para hacer mayores recortes en sus plantillas”: 30.000 despidos en las aerolíneas, 28.000 en Disney, cierre de más de 500 cines de la cadena Regal Cinemas, y anuncios similares de Mondelez, Coca-Cola y Procter & Gamble. Como dijo cínicamente un ejecutivo de la consultora Bain, “las recesiones son una magnífica oportunidad” para recortar empleos (“A second wave”, The Economist 9215, 10-10-20).

¿Votar al “mal menor” o construir una alternativa independiente de los trabajadores?

En este marco, es esperable que haya una fuerte presión al “voto útil” para echar a Trump votando al demócrata Biden. Sin embargo, desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores, las mujeres, las minorías étnicas y sexuales, la juventud y el conjunto de los explotados y oprimidos de Estados Unidos, es inadmisible seguir cayendo en la misma trampa histórica de toda la vida, que ha impedido siempre la puesta en pie de una alternativa a los dos partidos tradicionales del imperialismo yanqui.

Ni siquiera puede esgrimirse el argumento de que hay una renovación como podría haber sido la candidatura de Sanders: no hay figura política más representativa del establishment burgués yanqui que Biden, senador desde hace décadas y figura clásica del “centro” de ese partido. Es sabido que incluso su candidatura a vice de Obama estaba pensada como contrapeso conservador a la “disruptiva” fórmula encabezado por un afroamericano (a medias). Y justamente cuando la candidatura “socialista” –esto es, socialdemócrata– de Sanders parecía ganar impulso a caballo de los movimientos sociales que convulsionaban el país, todas las estrellas del Partido Demócrata (orgánicas o no) y sus lobistas y sponsors empresarios cerraron filas detrás de Biden como garante fiel de que no habrá experimentos raros en la mayor potencia capitalista del planeta.

Sabemos bien que no es exactamente lo mismo que gobierne uno u otro –algo que también saben los capitalistas que prefieren la figura más responsable de un Biden–; pero no se trata de eso, sino de que cualquier proyecto socialistaque pretende hacer pie en EEUU no puede hipotecar sistemáticamente su construcción cediendo a la presión del “voto útil” al centro liberal-semi “progre” (en el mejor de los casos) contra el conservadurismo republicano. Esa estrategia de seguidismo al Partido Demócrata como “mal menor” ha conducido siempre a la liquidación de toda alternativa revolucionaria –¡e incluso reformista!– y ha condenado a todos los importantes movimientos sociales progresivos y sindicatos a ir a la rastra siempre, en última instancia, de uno de los dos grandes pilares del régimen capitalista.

La necesidad de dar pasos en la construcción de una alternativa independiente y desde la clase trabajadora a la eterna alternancia de demócratas y republicanos es incluso mucho más acuciante ahora, a la vista del inmenso activo de fuerzas sociales progresivas que representa la rebelión contra el racismo en Estados Unidos. Las batallas contra el racismo estructural de ese país, la defensa de conquistas históricas como el derecho al aborto –hoy bajo amenaza de una Suprema Corte de derecha–, la tarea de abordar el problema del cambio climático desde una perspectiva anticapitalista, la necesidad de defender los ingresos, el trabajo y el nivel de vida de los trabajadores contra una ofensiva económica post pandemia que va a querer hacerle pagar la cuenta a las masas empobrecidas, no podrán darse con o desde el Partido Demócrata en caso de que gane las elecciones, sino contra él y su eventual gobierno.

La corriente Socialismo o Barbarie Internacional, por lo tanto, no se embandera con el falso “progresismo” de una fórmula demócrata compuesta, además, por figuras tradicionales del establishment imperialista, sino que propone preparar las peleas que se avecinan desde una postura independiente de los partidos capitalistas y apoyándonos en las grandes reservas de combatividad de amplios sectores de jóvenes, trabajadores y minorías que se vinieron manifestando este año y aún continúan. Todo otro camino será, a la larga, una decepción más.

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