• En los últimos días, al menos 54 personas fueron asesinadas por los militares. El pasado miércoles hubo 38 víctimas fatales de la represión. Sin embargo, los manifestantes no dejan las calles y la rebelión continúa.

Luz Licht

En los últimos días, se está viviendo un recrudecimiento de la brutalidad de la represión contra las multitudinarias manifestaciones callejeras ordenada por la Junta Militar al mando del General Min Aung Hlaing, quien llevó a cabo el golpe de estado en Myanmar el 1 de febrero de este año va en aumento.

Según denuncian organismos internacionales de derechos humanos y manifestantes, las tácticas que utilizan en la represión dan cuenta de que su intención es la de disparar para matar. Utilizan balas de plomo para disparar a jóvenes que protestan con su familia, trabajadoras/es y estudiantes que sólo llevan pancartas y máscaras para soportar los gases lacrimógenos. Zin Ko Ko Zaw, de 22 años, fue asesinada de un disparo en la cabeza. Ma «Angel» Kyal Sin, 19, falleció también tras recibir un disparo en su cabeza. Nay Myo Aung, 16, recibió un disparo que le atravesó un pulmón.

La represión en las calles es acompañada con bloqueos de internet, la declaración del estado de emergencia durante un año y la aplicación de la ley marcial. La postal es la de blindados que recorren las calles, se realizan detenciones nocturnas arbitrarias, y la estimación es de 850 detenidas/os según la Asociación de Asistencia a los Presos Políticos.

Como te contamos días atrás desde estas páginas: «durante 50 años, entre 1962 y 2011, los militares gobernaron Myanmar El aislamiento internacional, la presión interna de su población y una economía en caída libre  les había llevado a un ensayo de  “apertura democrática” en 2011 pero sin resignarse a ceder todo el poder: aprobaron una Constitución que  les reserva el 25% de los asientos en el Parlamento y les concede tres  ministerios: Interior, Defensa y Fronteras. También impide que Suu Kyi sea jefa de Estado, con un artículo a su medida, que  le prohíbe el cargo a quienes, como ella, tengan hijos de nacionalidad extranjera.»

El Ejército o Tatmadaw, como se lo conoce popularmente, ha gobernado durante décadas con una impronta de corrupción sistémica, una mentalidad de élite. Ellos manejan un sinfín de conglomerados empresariales que son de su propiedad, controlando así buena parte de los sectores más lucrativos del país. Su riqueza obscena contrasta con la creciente desigualdad que azota a las grandes mayorías trabajadoras y la pandemia no hizo más que exacerbar esa situación.

Las y los manifestantes resisten y continúan en las calles. El repudio mundial contra la Junta Militar asesina crece, mientras la solidaridad con la resistencia al golpe se replica en diversos rincones del mundo. La cobardía y violencia del Ejército contrasta con la fuerza que hoy muestra la heroica lucha contra la dictadura que tiene en la primera línea a la juventud trabajadora y popular.

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