• Se habla de hasta 93 personas asesinadas por la represión del golpe militar en as últimas horas.

Redacción

La rebelión contra el golpe de estado abarca todo el país de manera sostenida, sin interrupción, sin ceder ni parar por un instante. Del otro lado, en los palacios gubernamentales y los cuarteles, las Fuerzas Armadas se aferran al poder. Hasta el momento son dos platillos en una balanza que se chocan, se mueven, se matan, pero ninguna desequilibra el peso de la otra.

El día transcurrido es el de festejo del «día de las Fuerzas Armadas». Matando hacen honor a su existencia.

En la capital, los jefes de la junta participan de los desfiles oficiales. Tienen al lado diplomáticos chinos y rusos, países que no han rechazado el golpe de estado del 1 de febrero. Hasta el momento han logrado bloquear una posición de las altas autoridades de la ONU. Se trata poco de convicción y mucho sentido de la práctica, o convicción por el sentido de la práctica: los gobiernos militares han sido por años la garantía de que este pedazo del planeta y de la humanidad está crecientemente bajo la órbita del ascenso chino. Rusia, con su orgullo y retórica nacional de gran potencia, es un ruidoso socio menor.

Un investigador independiente en Yangón, la principal ciudad y ex capital del país, concluye que los golpistas han matado al menos 93 personas en este día de festejos uniformados de verde. La Agencia AFP habla de 91. Es casi un tercio de la cantidad total de muertes por la represión militar luego del golpe en apenas un día. Un solo día de festejo y conmemoración.

Según la ONG internacional llamada Asociación de Ayuda a los Presos políticos, la cantidad total de muertos por la represión militar asciende ya a los 320 desde el 1 de febrero.

Los desfiles oficiales de tanques, misiles y helicópteros -acompañados por soldados como para recordar que hay pedazos de humanidad detrás del acero- tienen hoy muy poco de simbólico.

En Yangón, el humo dividía a los civiles con palos y piedras de los uniformados. A través de él se pudo ver la confrontación entre la rebelión y la represión. El pueblo se manifestaba frente a una comisaría con presos políticos en el sur de la ciudad. Seis proyectiles mataron a seis civiles desarmados.

En Mandalay, el piso de muertes es de 9. Los hospitales atendían a los heridos mientras los represores mataban y desfilaban, ejerciendo ellos el poder.

Allí, hubo quien decidió abandonar los festejos para pasar a la historia de la dignidad humana. El policía Chit Lin Tu, de 21 años, se pasó a las protestas y fue asesinado por los que él había considerado «suyos». «Estoy muy triste por él, pero al mismo tiempo estoy orgulloso de mi hijo» dijo su padre, que tampoco está desfilando ni festejando.

Un pueblo entero clama y grita. Intentan sofocar el sonido con los desfiles y las trompetas y los himnos. Los gritos suenan más fuerte.

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