Liz Truss, la Margaret Thatcher que no fue

La crisis energética, las huelgas obreras y el masivo descontento popular por el costo de vida arrinconaron a quien se proponía como la nueva Doncella de Hierro casi antes de que comenzara a gobernar. Tan sólo 6 semanas duró la conservadora Liz Truss como primera ministra británica.

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Truss asumió en un contexto de crisis política y propuso un programa neoliberal con ínfulas de liderazgo: rebajar los impuestos a los millonarios, aumentar el gasto público y compensarlo con deuda pública, condicionar o incluso eliminar el derecho a huelga para terminar con la conflictividad salarial que marca la realidad británica desde hace meses.

Pero el thatcherismo de Truss no pasó de la declaración de intenciones. La semana pasada, los cuestionamientos a su gestión ya se habían expresado en las calles. Miles de ingleses se manifestaron en distintas ciudades del país en rechazo de los aumentos de las tarifas energéticas y el aumento del costo de vida.

La histórica ola de huelgas obreras que Truss juró aplastar parece estar más viva que nunca. Los trabajadores ferroviarios londinenses, quienes iniciaran la ola de paros y movilizaciones, anunciaron nuevos días de huelga para la primera semana de noviembreLos trabajadores portuarios de Liverpool iniciaron una huelga de dos semanas luego de que fracasaran las negociaciones con la patronal. De cara al Congreso de Sindicatos (Trade Unions Congress – TUC), varios dirigentes sindicales anunciaron la posibilidad de acciones huelguísticas conjuntas para el mes de noviembre. A pesar de no haber anuncios concretos, el fantasma de la tan temida huelga general parece estar cada vez más presente en la escena británica.

El proceso huelguística de este año ya fue comparado innumerables veces con el que transcurriera bajo el mandato de Margaret Thatcher y que esta última lograra sofocar. Liz Truss se propuso el mismo objetivo, pero fue eyectada del poder, víctima de su propio programa.

Los temores del establishment

Pero no sólo los trabajadores de a pie rechazaron la gestión de Truss. Los «mercados» (es decir, los gestores del capital financiero) iniciaron una marcada corrida contra la libra esterlina, desestabilizando la gestión económica de los tories. Hasta el Fondo Monetario Internacional expresó sus reservas respecto al programa de gobierno de la ahora ex premier británica.

No hacía falta ser un iluminado para darse cuenta de que rebajar impuestos a los empresarios más ricos del país mientras millones de hogares británicos atraviesan la mayor carestía del último siglo no sería una medida bien recibida. Y no lo fue.

Ahora, Truss será reemplazada por Rishi Sunak, ex ministro de Economía de Boris Johnson y uno de los primeros impulsores del Brexit. De más está decir que se trata de un digno representante de la ortodoxia neoliberal. Pero hasta los más ortodoxos son conscientes de que Europa está viviendo una crisis cuya profundidad plantea problemas serios a los partidos tradicionales de la burguesía.

De fondo, no hay divergencias ideológicas entre Truss y el resto del Partido Conservador. No hay torie que no se haya ilusionado con las promesas thatcheristas de Truss: rebajar salarios, destruir los sindicatos, eliminar derechos democráticos a migrantes y personas LGBT. Pero tensar demasiado la cuerda de la paciencia social podría generar estallidos que se vienen anunciando hace rato. No por nada todos los medios del planeta vaticinan un «verano del descontento» en el país insular.

Una crisis política interminable

El problema de fondo para los conservadores es que no parece haber una receta clara para salir de la crisis. En lo económico, la guerra en Ucrania sigue operando como un elemento desestabilizador de todo lo macro. La escasez de energía no se solucionará en los próximos meses, y la única respuesta a la inflación que plantean los Bancos Centrales de las potencias es imponer una nueva recesión.

En lo político, los tories arrastran una crisis de largo alcance. Boris Jonhson ganó las elecciones de 2019 constituyéndose en uno de los políticos «más populares» de las últimas décadas. Tres años después, casi nada de ese capital político permanece en manos de los conservadores. La gran mayoría de la población vio con malos ojos la gestión Truss, como había visto con malos ojos la gestión Johnson.

Para darse una idea del problema de representación existente basta con ver los números. Ni Truss ni Sunak fueron votados por la población. Fueron los 80.000 afiliados del Partido Conservador quienes los eligieron como «líderes» del Partido y los catapultaron a la cima del gobierno británico. Gracias al infinitamente anti – democrático sistema parlamentario británico, los tories podrían conservar el gobierno hasta 2024 sin convocar a elecciones, aún tras la renuncia de su principal figura y de su reemplazante.

Pero por fuera de esa isla conservadora de 80.000 afiliados, la enorme población trabajadora del Reino Unido acumula decepción tras decepción y empieza a movilizarse.

Es cierto que el opositor Partido Laborista parece estar acaparando algo de su descontento. Pero este partido reformista, que dirige la inmensa mayoría de los sindicatos, no está dispuesto a buscar una salida favorable a los trabajadores. Por el contrario, viene utilizando su influencia sindical para aislar las huelgas. Se trata de una burocracia enquistada en los sindicatos, que lleva casi un siglo sin convocar a una huelga general. Pero esto no detuvo la conflictividad laboral. De hecho, varios dirigentes laboristas están comenzando a acusar recibo de la presión que surge desde las bases.

En las movilizaciones anti – Truss de la semana pasada, miles de británicos se sumaron al movimiento «Don’t Pay UK», que insta el no pago de las facturas energéticas. Otros miles se movilizarán en las huelgas de las próximas semanas. A pesar de los cambios de nombres y personal, la crisis del descontento británico está lejos de terminar.

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