• La organización de las nuevas generaciones de la clase trabajadora norteamericana.

Agustín Sena

En el último tiempo han ido surgiendo a lo largo de los Estados Unidos varios conflictos obreros de importancia y, entre ellos, la pelea de distintos sectores de trabajadores para sindicalizarse. El más representativo de ellos ha sido, por el tamaño del contingente de trabajadores involucrado y por la patronal a la que se enfrentaron, el de los trabajadores de Amazon en Alabama, pero además están los casos de General Motors (Ohio), Volkswagen (Tenessee) y Nissan (Mississipi), por nombrar algunos.

Intentaremos dar un breve panorama del problema de la sindicalización en los EEUU tal como se presenta en las luchas de los últimos años. De particular importancia es la región Sur del país, que concentra a buena parte de los sectores más concentrados de la industria y con menos tradiciones de organización obrera. Allí han tenido particular peso las leyes antisindicales.

La tradición sindical estadounidense: de la CIO a la desindicalización

Si bien EEUU ha sido durante las últimas décadas un ejemplo de estabilidad (por lo menos hasta la crisis del 2008), el país arrastra tras de sí una enorme y riquísima tradición de luchas y movimientos sociales, entre las que se destaca su tradición sindical.

A lo largo del siglo XX y hasta el desguace neoliberal del Estado de Bienestar, el gigante norteamericano albergó sindicatos de gran importancia, lo cual resulta comprensible tratándose de la primera potencia mundial, no sólo en lo político sino en lo económico y productivo. Además, en las primeras décadas del siglo se dio dentro de esas organizaciones una lucha entre tendencias muy diversas, desde el “sindicalismo revolucionario” de corte autonomista hasta el Partido Comunista, pasando por distintas variantes burocráticas.

La CIO surgió con una inmensa ola de huelgas en la década de los ’30.

El momento de mayor auge fue la década del ’30, marcada por el crack de la bolsa en 1929 y un ascenso de la lucha de clases a nivel internacional. En estos años se radicalizaron los métodos de lucha de los trabajadores (pasando del piquete a la toma de fábrica y enfrentándose en repetidas ocasiones con la policía) y se conformó la CIO (Congress of Industrial Organization). Esta última agrupó a los sindicatos industriales más importantes apoyándose en grandes luchas que enfrentaron a la ultra conservadora y reaccionaria central sindical AFL. Sin embargo, terminó convirtiéndose en un aparato burocrático dominado por los demócratas, ajeno a los intereses de los trabajadores, y terminó fusionándose con la AFL.

La clase obrera estadounidense se mostró como lo que era: una clase social inmensa con un enorme potencial político. Pero el peso de las direcciones burocráticas, sumado a la dura represión del Estado yanqui y al peso del corsé nacionalista durante la Segunda Guerra impidió que este potencial se desarrollara. Sin embargo, con las luchas de los años ’30 la clase obrera estadounidense conquistó condiciones de trabajo y salarios que se contaban entre los mejores del mundo.

Con la llegada del neoliberalismo y la globalización, esto cambiaría: sin la amenaza de la radicalización obrera, el Estado dio por tierra con esas conquistas, aprovechando para deslocalizar los sectores más concentrados de la industria hacia regiones (dentro y fuera de los EEUU) con menos conquistas sindicales en las que fuera más fácil imponer condiciones de super – explotación. Algunos de los centros obreros más importantes, como Detroit, fueron totalmente desguazados, lo que obligó a trabajadores con décadas de experiencia a buscar trabajos en sectores más precarizados y peor pagos, pasando mayormente del sector de producción al sector de servicios, tendencia que se vería acentuada con la llegada de la crisis del 2008.

Este debilitamiento objetivo de la clase obrera conllevó uno subjetivo: la tendencia a la pérdida no sólo de conquistas económicas sino organizativas, al debilitamiento de los sindicatos y la baja permanente del nivel de sindicalización, que cayó desde el 30% en 1967 (número que ya era relativamente bajo para un país como EEUU) a un 11% al día de hoy, que baja al 6% dentro del sector privado.

El Sur, el racismo y las leyes antisindicales

El Sur estadounidense surgió históricamente como una región productivamente atrasada, que se centraba en la producción de bienes agrícolas motorizada por el trabajo esclavo, en contraste con el Norte, la región que se industrializó más rápidamente. Sin embargo, con la victoria en la Guerra Civil del Norte sobre la Confederación esclavista, esa enorme acumulación que se había efectuado con el trabajo esclavo fue ganada para el capitalismo de potencia mundial. La burguesía esclavista se transformó bajo las nuevas condiciones, la mayoría de sus propiedades fueron respetadas: el trabajo esclavo fue para ellos una suerte de “acumulación originaria” para la expansión del capitalismo moderno en su territorio.

Al mismo tiempo, con la imposición del trabajo asalariado en todo el país y la creciente industrialización del Sur, se abrió para la burguesía una región llena de mano de obra barata, de ex esclavos dispuestos a trabajar por pagas menores que los trabajadores blancos.

Pero el ascenso obrero de los ’30 no dejó indiferente a los trabajadores negros. En los Estados del Sur se dieron algunas de las más importantes huelgas del país, con protagonismo negro. El Estado de Alabama, tristemente célebre por sus niveles de racismo, y en el que hace pocas semanas se desarrolló la pelea por la sindicalización de los trabajadores de Amazon, fue durante los ’30 uno de los que contaba el mayor nivel de sindicalización entre los trabajadores negros, como por ejemplo los mineros.

 

El racismo y la alianza entre trabajadores blancos y negros fue durante el siglo pasado y sigue siendo actualmente uno de los problemas centrales del movimiento obrero estadounidense. Es que tanto la burguesía como el Estado han promovido históricamente esa división interna dentro de la clase obrera. Azuzando los prejuicios racistas en la consciencia de los trabajadores blancos y manteniendo una diferenciación entre trabajadores de primera (blancos) y trabajadores de segunda (negros), la burguesía no sólo aprovecha para recortar salarios y conquistas laborales a una enorme porción de los trabajadores, sino que debilita sindical y políticamente a la clase obrera en su conjunto.

Resulta comprensible, teniendo en cuenta el carácter racista y ultra – explotador de la industria en el Sur, que la reacción patronal contra el auge obrero de los ’30 haya comenzado en dicha región. En 1936 se formó la CAA (Christian American Asociation), una asociación patronal comandada por los capitalistas del petróleo que se dedicó al lobby político y parlamentario en los Estados del Sur, moldeando la legislación laboral tal como existe actualmente.

En 1941, la CAA logró la sanción de la “ley anti – violencia” en Texas, que no establecía otra cosa que la prohibición de que los obreros realizaran piquetes y bloqueos en las instalaciones de sus fábricas. En 1947, promulgaron la ley “right to work” (literalmente “derecho a trabajar”) en 14 Estados del Sur. Esta ley, formulada con una nomenclatura aparentemente progresiva, está destinada a dificultar y desanimar la afiliación de los obreros a los sindicatos.

Específicamente, fue la respuesta patronal a lo que en EEUU se conoce como sistema “closed shop”, que establece la obligación de que, en las fábricas cuyo colectivo de trabajadores está sindicalizado, todo trabajador nuevo debe afiliarse al momento de su ingreso a la planta permanente de la empresa.

El closed shop, que no era obligatorio a nivel nacional pero sí estaba permitido por la Ley de Relaciones Laborales de 1935 (es decir que dicho sistema sindical podía adoptarse fábrica por fábrica), significaba una medida de protección para los sindicatos y también para los trabajadores individualmente, ya que impedía formalmente que las patronales ejercieran medidas de presión o intimidación contra los nuevos trabajadores destinadas a que no se afilien, dividir internamente al colectivo de trabajadores de la empresa y diezmar la fuerza de movilización de los sindicatos.

Las leyes right-to-work establecen que ninguna empresa u organización puede “obligar” a un trabajador a afiliarse o pagar cuotas sindicales. Redactada como una forma de protección a los trabajadores (con una clara cuota de prejuicio macartista antisindical), se trata en realidad de abrir paso a que las empresas impidan afiliarse a sus trabajadores mediante cualquier tipo de amenaza. Al día de hoy, adhieren a este tipo de legislación laboral 27 Estados de las regiones Sur, Medio Oeste y Oeste Montañoso, que concentran varios de los centros industriales más importantes del país.

A esta traba legal para la sindicalización hay que sumar el carácter intrínsecamente antidemocrático del sistema sindical yankee. A diferencia de países como la Argentina, en EEUU no existen las comisiones internas ni los delegados por sector, ni es tampoco posible la afiliación individual de los trabajadores. Para afiliarse, los trabajadores de cada fábrica deben realizar una votación interna. Si se gana por mayoría, toda la planta de empleados se afilia. Si se pierde, no se afilia ninguno. Esto implica un elemento profundamente antidemocrático y anti obrero de la legislación de trabajo en su conjunto: mientras no existen los convenios colectivos (por lo cual las negociaciones paritarias no son por gremio sino lugar por lugar, fábrica por fábrica), las dificultades para que los trabajadores se establezcan como parte de las negociaciones son inmensas.

Si bien las leyes laborales del Estado federal son de por sí particularmente negreras (no existen los convenios colectivos y la ley federal del trabajo se limita a establecer un piso de salario mínimo que suele ser de hambre), la características antidemocráticas de la legislación sindical han contribuido a pauperizar las condiciones de vida de una gran parte de la clase obrera, exponiendo una relación directa entre niveles de sindicalización y condiciones de vida.

En los Estados right-to-work, los salarios promedio son un 16,6% más bajos que en el resto del país, registrándose además una mayor desigualdad salarial entre hombres y mujeres, mayores niveles de pobreza y de trabajadores sin cobertura de salud.

La nueva clase obrera estadounidense y los sindicatos hoy: el problema de la dirección

Neoliberalismo, globalización y crisis internacional mediante, la actual clase trabajadora estadounidense es muy distinta a lo que fue durante el siglo pasado. Poco (o nada) queda del american way of life del siglo XX, de los empleos en condiciones de estabilidad y con salarios relativamente altos, que le permitían a un sector de la clase obrera acceder a la categoría de “clase media”.

La deslocalización de industria y el paso de grandes contingentes de trabajadores desde el sector producción al sector servicios aumentó cualitativamente los niveles de precariedad en la contratación, hizo caer el poder adquisitivo de los trabajadores y aumentó, en consecuencia, los niveles de explotación. El ingreso de nuevas generaciones etarias, que en su mayoría no conocieron la experiencia de trabajar en condiciones de estabilidad y con derechos laborales adquiridos, así como la entrada permanente de mano de obra barata proveniente de las migraciones y el aumento de la desocupación después del 2008 y durante el cierre pandémico, tensan los salarios hacia abajo, al tiempo que moldean una clase obrera mucho más heterogénea que la del siglo pasado, tanto en lo etario como en lo racial y étnico.

Al mismo tiempo, la aparición de nuevas ramas de la industria (como por ejemplo las que responden a las nuevas tecnologías, como la electrónica y los servicios en línea o a través de apps de delivery) hace emerger sectores enteros de trabajadores que quedan por fuera de los sindicatos tradicionales, y que ingresan al mercado de trabajo muchas veces sin experiencia laboral anterior.

Sin embargo, esta joven y heterogénea clase trabajadora ha comenzado hace ya algunos años a dar muestras de una creciente combatividad. Ejemplos de esto fueron las huelgas docentes de Virginia y Chicago en el 2019, los paros de trabajadores migrantes, el movimiento de trabajadores precarizados por el salario mínimo de 15 dólares la hora, la histórica huelga de la General Motors del 2019 y una serie de conflictos por la sindicalización de los nuevos sectores, entre la que se destaca el caso reciente de los trabajadores de Amazon en Alabama. A esto hay que sumar la rebelión antirracista del 2020, que tuvo como protagonista a la juventud negra, uno de los sectores más precarizados de la sociedad.

La sindicalización de esos nuevos sectores de trabajadores conforma un paso fundamental e ineludible en la lucha por hacer avanzar al movimiento obrero. Aquí hay tres problemas que se anudan y que son inseparables entre sí: la falta de experiencia de dicho movimiento, las ya mencionadas leyes antisindicales imperante en el Sur y Oeste del país, y el problema de la dirección sindical y política de los conflictos que surgen.

La poca experiencia sindical de las nuevas generaciones es un problema inevitable en todo sector que acaba de entrar a la vida laboral y político-sindical.

En los recientes intentos de sindicalización, el eslabón más débil ha sido el de los trabajadores jóvenes, que nunca ha trabajado sindicalizado. Tomemos el ejemplo de la General Motors. Allí los trabajadores se enfrentaron a una nueva patronal, la china Fuyao, que reabrió una ex planta de la General Motors cerrada durante la crisis del 2008. Ante el intento patronal de imponer tasas de explotación a niveles chinos (largas jornadas, salarios de miseria y condiciones de seguridad totalmente paupérrimas) los trabajadores lanzaron un referendum para afiliarse a la UAW (United Auto Workers, el sindicato automotriz más importante del país, proveniente de la vieja CIO). Fueron los trabajadores de mayor experiencia, que habían trabajado en la vieja General Motors y luego habían sido recontratados por Fuyao, los que se pusieron al frente de la campaña y se destacaron como activistas.

Pero la dirección de la UAW tuvo una función casi nula en la lucha. Limitándose a montar puestos de propaganda fuera de la fábrica, le regalaron a los trabajadores más jóvenes e indecisos a la patronal, que organizó una insoportable y permanente campaña de propaganda antisindical dentro de la planta. Con charlas grupales e individuales en las que se hablaba de los vicios del sindicalismo (la obligación de pagar cuotas sindicales o la baja de la productividad) la patronal logró ganar a los indecisos por el NO a la sindicalización y la votación se perdió.

Al limitarse el sindicato a la actividad legal, burocrática (la votación) y no realizar ninguna acción de lucha o siquiera de movilización por la sindicalización, se impusieron los elementos más inerciales y conservadores de la consciencia de los trabajadores: el miedo al despido y la persecución patronal, la necesidad de conservar lo poco que se tiene, incluso la desconfianza en las organizaciones sindicales. Es importante hacer notar, además, que se trataba de una dirección sindical ultra – burocratizada y cuestionada, que venía de enfrentar escándalos de corrupción en su cúpula que tomaron relevancia nacional en los medios y que hacía años no encabezada ni una lucha en pos de los intereses de los trabajadores.

Algo similar ocurrió en el conflicto de Amazan en Alabama. Se trata de una planta que agrupa a casi 6000 trabajadores (mucho más de lo normal para cualquier fábrica estadounidense) y que pertenece al segundo mayor empleador privado del país (Amazon cuenta con 800.000 empleados sólo en suelo yanqui), manejado por el primer multimillonario del mundo, Jeff Bezos. Amazon cuenta con una historia de casi tres décadas de persecución sindical, habiendo descabezado todo intento anterior de sindicalización con despidos persecutorios. Aún con estos antecedentes, la campaña por la sindicalización se limitó a la propaganda desde afuera de la fábrica, dejando a los trabajadores librados a la persecución e intimidación individual en el interior de la planta.

Entrevistado por la revista JacobinMag en las últimas semanas, un viejo activista sindical de Amazon (despedido persecutoriamente hace varios años) expresaba su preocupación por la capacidad de la patronal para imponer el NO a la sindicalización a través de la persecución individual y la vigilancia permanente dentro de la fábrica, en la que hacen desfilar a los supervisores por cada sector para mantener control sobre la posible actividad sindical de todo trabajador. Y fueron estos métodos los que terminaron imponiéndose y dando como resultado la derrota del intento de sindicalización.

Es cierto que las leyes right – to – work hace muy difícil el proceso de sindicalización en los Estados del Sur. Y es cierto también que el propio modelo sindical yanqui (con votaciones que llevan largos meses) expone a los trabajadores a intensas campañas antisindicales por parte de la patronal. Pero la sindicalización no es imposible, sino que depende de que logre quebrarse la preponderancia de la influencia patronal.

Uno de los principales motivos de la derrota en Amazon Alabama es que no fue un enfrentamiento entre la fuerza social de los trabajadores y la de la empresa. En su lugar de trabajo, los empleados de la firma estaban fragmentados y sometidos de la autoridad sin freno ni contrapeso alguno de la empresa.

Los trabajadores y los sindicatos parten siempre, en momentos de estabilidad, de una marcada inferioridad de recursos a comparación de la patronal. Las empresas cuentan con millones para la propaganda, pero lo decisivo es el control sobre el espacio de trabajo y sobre las relaciones entre los propios trabajadores. Regimentando el día a día de sus empleados, separando a los activistas de los trabajadores de base, fomentando los prejuicios racistas o de cualquier tipo de revanchismo social para dividirlos, es como las patronales logran convencer a los trabajadores de (u obligarlos a) no sindicalizarse. La pelea por sacarse de encima el lastre de las viejas conducciones burocráticas y construir una nueva dirección, propia y combativa, constituye una de las tareas fundamentales en el camino de los trabajadores estadounidenses por sindicalizarse y recuperar las reivindicaciones que el capitalismo del siglo XXI les niega día a día.

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