• La ruptura del statu quo de las relaciones entre Irlanda del Norte y Reino Unido con el Brexit abren nuevos conflictos como hacía más de veinte años que no se veían.

Ale Kur

Desde fines de marzo, Irlanda del Norte volvió a ser noticia en los medios internacionales. La razón: se reanudaron los conflictos civiles, volviendo a traer el fantasma de los enfrentamientos que el país vivió desde la década del ‘60 hasta los acuerdos de 1998. Los disturbios de las últimas semanas (que incluyeron barricadas y cócteles molotov) fueron protagonizados por los sectores unionistas (partidarios de la permanencia de Irlanda del Norte en el Reino Unido), en rechazo a las condiciones en las que se realizó el Brexit. En este artículo explicaremos estas cuestiones.

Irlanda del Norte es (desde el año 1800) parte del Reino Unido, pero se encuentra separada de Gran Bretaña por el mar irlandés. A su vez comparte frontera terrestre con la República de Irlanda, país independiente (desde 1922) que continúa formando parte de la Unión Europea.

A nivel interior, Irlanda del Norte está históricamente dividida en dos grandes bandos. Por un lado se encuentra el bando denominado “unionista” o “lealista”, que defiende la pertenencia de dicho país al Reino Unido. Por otro lado se encuentran los republicanos, partidarios de independizarse y/o unificarse con la República de Irlanda.

Los disturbios y enfrntamientos recuerdan a los momentos de mayor tensión y lucha por la independencia. Foto: AP

Esta división de tipo político se superpone también con otra, de naturaleza étnico-religiosa. La población de Irlanda del Norte está conformada en su gran mayoría por dos grandes comunidades: protestantes y católicos. Aunque política y religión sean esferas separadas, se encuentran relacionadas por causas históricas: el protestantismo es la religión sostenida por la monarquía británica y exportada a la isla irlandesa mayormente mediante sus procesos de colonización, razón por la que el unionismo tiende a encontrar su base social entre los sectores protestantes, mientras que el republicanismo lo hace entre los sectores católicos. La opresión étnico-religiosa de la monarquía británica hacia los sectores católicos es precisamente uno de los grandes motores de la resistencia republicana e independentista.

Esta división política y étnica de Irlanda del Norte es la que durante décadas se manifestó bajo la forma de importantes enfrentamientos, que no eran “simétricos” ya que el bando unionista encarna históricamente los intereses imperialistas (y el apoyo estatal) del Reino Unido, mientras que el bando republicano encarna una resistencia nacional contra esa opresión imperialista. Por ello mismo, bajo las banderas republicanas se manifestaron también históricamente movimientos socialistas y progresistas en general (ver al respecto el artículo “Una historia de la lucha por los derechos civiles en Irlanda del Norte”), mientras que en las filas del “unionismo” revisten grupos derechistas e inclusive filo-fascistas.

Los “acuerdos del Viernes Santo” de 1998 pusieron fin a la fase violenta de los enfrentamientos abiertos desde la década del ‘60 y dieron lugar a dos décadas de relativa paz y estabilidad. Pero este equilibrio dependía en gran parte de una premisa: la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea, que le permitía a Irlanda del Norte mantener la libertad de movimiento y de comercio tanto con el resto del Reino Unido como con la República de Irlanda.

Los disturbios y enfrntamientos recuerdan a los momentos de mayor tensión y lucha por la independencia. Foto: AP

La concreción del Brexit en enero de 2020 vino a tirar por la borda todo ese “statu quo”. La salida del Reino Unido de la Unión Europea (mientras que la República de Irlanda se mantenía en aquella) significaba que solo podían existir dos escenarios: o bien se establecía una frontera física entre Irlanda del Norte y la R.d.I. (que funcionara como frontera entre el conjunto del Reino Unido y el conjunto de la Unión Europea), o bien Irlanda del Norte y la R.d.I. conservaban la libertad de movimiento y comercio entre ellas, a costa de establecer en los hechos una frontera marítima con Gran Bretaña. Los diversos gobiernos conservadores del R.U. intentaron buscar soluciones alternativas, pero todas ellas fracasaron abriendo importantes crisis políticas. La cuestión de Irlanda del Norte fue uno de los principales nudos que obstaculizaron el proceso del Brexit y estiraron sus plazos.

Finalmente, la solución que se impuso fue la del segundo escenario. Se estableció para Irlanda del Norte una “salvaguarda” (backstop) especial, que en la práctica significa que sigue formando parte del área económica y de circulación de la Unión Europea (evitando fronteras físicas con la RdI), pero a costa establecer controles y chequeos en el Mar Irlandés, distanciándose así en términos económicos de Gran Bretaña. Esta solución se implementó en gran parte porque en el referéndum de 2016 un 55% de los votantes de Irlanda del Norte eligió permanecer en la Unión Europea, privilegiando mantener los lazos con la RdI. Por su parte, los unionistas habían realizado una intensa campaña a favor del Brexit, por lo que los resultados del referéndum significaron para ellos una importante derrota política.

En los últimos meses, la implementación del mecanismo del backstop llevó a un relativo entorpecimiento del comercio entre Irlanda del Norte y el Reino Unido, aumentando el malestar de los sectores unionistas –que ya por principio rechazan todo aquello que los aleje de la monarquía británica.

Foto: AP

Sobre esa base los principales partidos y grupos de dicho espectro político lanzaron una campaña para que el R.U. revoque dicho protocolo de “salvaguarda”, caldeando aún más la situación política interna.  Es en ese marco que comenzaron su revuelta sectores juveniles unionistas (conformados al parecer por “pandillas” de tipo criminal, según sostiene el artículo “El Brexit ha amenazado la paz en Irlanda del Norte”).

Si bien por el momento la escala de los disturbios parece reducida, podrían aumentar cualitativamente si ingresan a ellos las fuerzas más orgánicas del unionismo y en especial los grupos paramilitares derechistas, lo que llevaría sin duda alguna a una escalada de enfrentamientos político-sociales. En cualquier caso, lo que está claro es que el Brexit rompió varios equilibrios políticos que mantuvieron durante décadas la estabilidad en diversas zonas del Reino Unido, abriendo la caja de Pandora del regreso de la conflictividad.

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