Una mirada a la hipervigilancia en tiempos de pandemia y cómo el desarrollo tecnológico está produciendo una proyección invasiva a la privacidad a través de la tecnología del Estado y las grandes empresas.

  • Ya se habla del “coronópticon”, en referencia a la nueva invasión a la privacidad. De cómo la tecnología centraliza la información de los ciudadanos y entra en un conflicto inédito con las libertades individuales: el Gran Hermano en tu bolsillo.

Por Matilde Sanchez

Cuando en mayo pasado el artista trans taiwanés Shu Lea Chang presentó en el pabellón oficial de su país su compleja videoinstalación 3x3x6,  en la Bienal de Venecia, muchos la juzgaron de una paranoia exagerada, una oda al abolicionismo jurídico. El título se refiere al calabozo de 3 x 3 metros, observado 24/7 horas por 6 cámaras en el panóptico carcelario. Su homenaje fervoroso a Michel Foucault, por su estudio del sistema de vigilancia inventado por Bentham. Era una proclama en favor de la libertad sexual. En verdad, Chang no hacía más que advertirnos sobre la proyección invasiva en la privacidad a través de la tecnología del estado y las grandes compañías. La tecnología ha sido hasta ahora la principal arma de Taiwán contra el villano virósico. Hace pocos días, el historiador israelí Yuval Harari hablaba en una pieza antológica de la presente “vigilancia subcutánea”; es decir, hasta ahora, el control estatal ha sido epidérmico. Nos internamos en una nueva fase.

Y de sexo, mejor ni hablar. La pantalla de las aplicaciones de citas con coordenadas urbanas, como Happen, pronto mutará -ya existe en los países orientales- a detector infeccioso: donde solía marcar a un contacto posible, aparecerá ahora un contagiado. No es metáfora, es literal. En su pieza editorial de esta semana, la revista The Economist analiza la intrusión en la privacidad y ya habla de un coronópticon, una grilla de hipervigilancia tecnológica nunca vista y puesta en línea en países asiáticos que no son precisamente adalides de los derechos civiles.

Antes de blindar el país a los vuelos de arribo del exterior, la semana pasada, las autoridades fronterizas chinas solicitaban a los viajeros que tomaran nota de un número y dejaran sus Whatsapp occidentales en modo “siempre on”, refrescándolo dos veces al día. China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur tienen este factor en común. Más allá del desarrollo de tests express, los países de Asia Oriental sostienen ahora la lucha contra la pandemia a través de tecnología de las comunicaciones.

Las herramientas de las que disponen las autoridades sanitarias suelen dividirse en tres tipos: a los fines de la documentación (la tecnología les dice dónde están los infectados y los ciudadanos en riesgo). La segunda categoría es el modelling, información básica para crear modelos poblacionales sanitarios: reúne data personal con la que se elaboran estadísticas de cómo se expande la enfermedad. La tercera y más peligrosa es la trazabilidad de los contactos: identifica a quienes estuvieron en contacto con un ciudadano, dónde, por cuántos minutos, tomando qué bebida y en qué mesa…

En estos países, el contacto de las autoridades con cada ciudadano ya es a través del contacto por celular: dejó de ser necesario ir a tocarles el timbre y exponerse. Corea del sur emplea su propia app; en el país solo rige una cuarentena para parte de la población y en pocos días de vigencia del dispositivo digital, ya casi la mitad de esa población está siendo monitoreada. Taiwán rastrea y controla a su gente en cuarentena: a través del celular, detecta a quienes han salido, los alerta y avisa a las autoridades de sus coordenadas espaciales por si es necesario sacarlos de donde están. Salir sin el celular, tanto allí como en Corea, está multado y en breve, será penado con prisión.

A diferencia de China, la isla de Hong Kong, una provincia autónoma, sigue empleando Whatsapp. Pero en el continente, China dispuso HealthCheck, una aplicación de las autoridades sanitarias que se instala a través de sistemas de conversación como WeChat y Alipay y genera un código de salud, graduado con los colores verde, naranja y rojo, según la libertad de movimiento permitida al individuo -allí hay grados de aislamiento, entre desplazamiento irrestricto, cuarentenas de una semana o de quince días. De acuerdo con Alipay, en China hay 200 ciudades que están usando el HealthCheck para poder moverse con más libertad, a cambio de entregar su información.

En Singapur, esa ciudad-estado tan reglamentada que en tiempos de su fundador nacional, Lee Kwan Yu, iba preso quien arrojara un papel a la vereda, la Agencia Tecnológica estatal y el Ministerio de Salud lanzaron el 20 de marzo la app TraceTogether, que puede rastrear retrospectivamente los contactos cercanos de cada persona y avisarles si un amigo o conocido contrajo el virus. TraceTogether -rastrear juntos, ¿pero juntos quiénes con exactitud?- también avisa via Bluetooth si hay un infectado a dos metros; en caso de que un enfermo asintomático registrado y un ciudadano sano conversen por más de 30 minutos, se registra el encuentro y se informa a las autoridades más cercanas. Es particularmente útil, aseguran, para las relaciones entre desconocidos, viajeros y asistentes a un evento público. La pregunta que sigue es cuántas personas serán consideradas un público sanitariamente aceptable; ¿seguirá existiendo ese concepto político y demográfico optimista de las multitudes, acuñado por Toni Negri y Michael Hardt? Por razones sanitarias, un gobierno podría decidir la dispersión de veinte personas.  ¿Será fácil que acepte voluntariamente congregarse ese módico piquete?

Estos países, sin embargo, no deben ser considerados los monstruosos pioneros en esta invasión de la telefonía celular. A fin de cuentas, son los que están combatiendo mejor al flamante villano. De hecho, la aplicación china HealthCheck está siendo estudiada por la Organización Mundial de la Salud a fin de desarrollar una app semejante, MyHealth. Los gobiernos occidentales emplean otra retórica y sobre todo, se concentran en el modelling, dado que los telefonitos no solo pueden reunir data para el gobierno, sino también para terceras instituciones, como laboratorios farmacéuticos, sistemas de prepagas: todo son nuevas líneas de oportunidades comerciales.

En este cuadro histórico, la manipulación de datos con fines electorales denunciada por Snowden parece hoy una sencilla e infantil prueba piloto. Las compañías de celulares saben exactamente donde está cada uno de sus billones de usuarios y las compañías digitales como Google y Facebook reúnen montañas de datos útiles para ayudar a predecir la expansión del coronavirus (en el caso del Reino Unidos esa cooperación es legal y no necesita aprobación previa). Google maps, Uber, Cabify y Waze también conocen las rutas y el historial de sus usuarios.

Sin embargo, hay estadísticas dentro de las estadísticas y hallazgos sorprendentes. Así, el historial de amistades de un usuario no necesariamente va a predecir la diseminación del mal, debido a que en el contagio entran en juego instancias más aleatorias: un paquete entregado por e-commerce, el picaporte envenenado de la propia casa, en la que se apoyó el cartero. En una realidad que tiende a la distopía, ¿quién recuerda la gracia burlona que nos causaba el optimismo tecnológico de Jeff Bezos, cuando anunció al mundo, en 2014, que su Amazon trabajaba en la futura entrega de paquetes via dron, directo a las terrazas y balcones?

Hace apenas quince días, dos países lograron implementar respuestas mucho más rápidas para uniformar el acceso de las autoridades a sus poblaciones en contactos directos seguros e individuales. En su ensayo para el diario Financial times, el historiador Harari denunciaba que el gobierno israelí autorizó al servicio de seguridad interna el empleo del mismo software y mecanismos de uso corriente en sospechosos de terrorismo para la localización de sospechosos de contagio. Concentrada en lograr la mayor rapidez y fluidez en la detección, Corea, que recordemos desarrolló el primer test de coronavirus casi inmediato, también dispone ahora de requerimientos mínimos para automatizar el rastreo de contactos: si antes podían ubicar a cualquier ciudadano en 24 horas, hoy solo les lleva 10 minutos.

Hasta ahora Google y Facebook han dicho que no tienen pensado contribuir con sus datos a los grandes estudios sanitarios poblacionales que hoy corren a contrarreloj, y aseguran que los mecanismos de productos como Android y sus buscadores “no están diseñados para reunir registros fidedignos con fines médicos ni serán adaptados a esos usos”. Pero esto suena un poco teórico por el momento y, digamos con realismo, dependerá de cómo se siga expandiendo la pandemia y de cuánto se tarde en encontrar su cura y su antídoto. Bienvenidos al coronópticon: sonriamos mientras el celular nos toma la temperatura.

Clarín 

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