Hacia mayores choques geopolíticos entre China y EEUU

China hoy: problemas, desafíos y debates.

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2.1 Se consolida un esquema geopolítico bipolar

La dinámica que se abre en el actual contexto internacional de creciente polarización, con el agregado del factor de enrarecimiento de las relaciones internacionales que representa la guerra en Ucrania, es precisamente de un endurecimiento de las posiciones entre los dos principales contendientes en la arena internacional. El aumento de la tensión se expresa también, entre otras cosas, en la repetida invocación a la “seguridad nacional” que ambos gobiernos efectúan como justificación para medidas en diversos terrenos.

Que se trata de una disputa sólo entre dos es algo que ya no admite discusión, por lo pronto, en el mundo económico, crecientemente hegemonizado por el par EEUU-China. Entre ambas potencias reúnen 76 de las 100 compañías más importantes del planeta. Europa, que en 2000 tenía 41 empresas en la lista, en 2021 llegaba apenas a 15. De entre las empresas que figuran en la lista Fortune Global 500 (2020), China está a la cabeza con 124 empresas, el 24,8% del total, seguida por EEUU con 121, el 24,2%. Por lo demás, China y EE.UU. representan más de la mitad de los “milmillonarios” (billionaires) del mundo, aquellos con un patrimonio personal superior a los 1.000 millones de dólares. China tiene 1.058, el 32,8% del total global, y EEUU 696, el 21,6%.

Otra medida usual es el llamado índice de actividad empresarial, que incluye parámetros como la proporción de valor de mercado global, financiamiento de capital de riesgo y “unicornios” (tecnológicas valuadas en más de 1.000 millones de dólares). Con este criterio, EEUU representa el 24% del PBI global pero el 48% de la actividad empresarial; China, el 18% y el 22%, respectivamente. Los demás países desarrollados están subrepresentados respecto de su PBI y/o su población.

En cuanto a las nuevas megacorporaciones (las valuadas en más de 100.000 millones de dólares), de las sólo 19 creadas en los últimos 25 años hay nueve estadounidenses y ocho chinas; no hay ninguna europea. En ramas decisivas como tecnología financiera y autos eléctricos, el mercado está ocupado casi exclusivamente por empresas estadounidenses o chinas (“Geopolitics and business”, TE 9248, 5-6-21).

Por otra parte, aunque China y EEUU comparten la obsesión de que una coalición de “democracias occidentales”, lideradas por EEUU, se decidan a confrontar con China, “eso no es lo más probable: pese a sus manifestaciones de apoyo a EEUU, Francia y Alemania (e incluso el Reino Unido) están aceptando el ascenso chino como inevitable” (“Resistance is not futile”, TE 9244, 8-5-21).

Esta creciente y agudizada bipolaridad se manifiesta en todos los terrenos, incluso más que en el momento en que Trump lanzó la “guerra comercial” contra China. En rigor de verdad, la polaridad EEUU-China es preexistente al gobierno de Trump e incluso al de Xi. Pero hay en EEUU un consenso bipartidario cada vez más sólido respecto de la necesidad de enfrentar el desafío de China en cada vez más frentes, con una estrategia que ya va mucho más allá de la mera contención para apuntar a la confrontación.

Hasta tal punto la conformación de una estructura geopolítica bipolar EEUU-China es vista como una característica definitoria de este período que ni el mucho más actual (y cruento) enfrentamiento indirecto en Ucrania entre Rusia y la OTAN comandada por EEUU logra modificar esa arquitectura , como refleja Michael Roberts en la definición que citamos en el acápite. En círculos diplomáticos occidentales, se considera que sea cual fuere el desenlace de la guerra entre Rusia y Ucrania, China saldrá ganando: o bien Rusia queda debilitada y China refuerza su primacía en la relación bilateral, o bien Rusia queda en posición de declararse triunfadora, lo que debilitará a EEUU y la OTAN. Es decir, ni siquiera una eventual victoria de Rusia, una de las dos superpotencias nucleares del planeta, sería considerado como otra cosa que un episodio en la consolidación de la rivalidad estratégica EEUU-China en todos los planos, incluido el militar.[1]

Al respecto, aunque nadie quiere suponer que pueda llegar el momento de un choque militar directo EEUU-China, ambos bandos se toman muy en serio la cuestión de ampliar y optimizar el equipamiento en tierra, mar, aire y hasta el espacio. Por ejemplo, la flota de guerra china ya cuenta con más buques que la de EEUU, va por el tercer portaaviones y “se estima que para 2030 tendrá entre seis y diez; EEUU, de lejos el líder en la materia, tiene once” (“Carry that weight”, TE 9252, 3-7-21). Las carreras tecnológicas en satélites, balística e IA con aplicaciones militares están en pleno desarrollo, y China ha dado un impulso decidido al aumento de armas atómicas, si bien sin abandonar aún su enfoque tradicional de que su arsenal nuclear debe tener un rol esencialmente disuasivo. Eso significa que está lejos del orden de las 5.000 ojivas nucleares de EEUU y Rusia, pero con sus cerca de 350 ojivas superó a Francia e Inglaterra y ya es la tercera potencia nuclear del planeta.

Esta carrera armamentística en el marco de la competencia global EEUU-China implica, evidentemente, una fuerte asimetría: el peso militar de EEUU sigue sin rival tanto en términos de volumen como de tecnología y alcance de acción global, con centenares de bases militares y logísticas de todo tipo y tamaño diseminadas por todo el globo (China tiene sólo una fuera de su territorio, en Yibuti). Como observa Budd, “el creciente poderío militar chino le permite constituirse en una amenaza a la hegemonía militar de EEUU, pero por ahora sólo a nivel regional. (…) Los intereses chinos están más concentrados regionalmente que los de EEUU. Sin embargo, esa situación, lejos de aminorar la rivalidad China-EEUU, la hace potencialmente más desestabilizante debido a su concentración en Asia” (A. Budd, cit.).

El mayor foco de tensión regional y una de las zonas más candentes geopolíticamente del mundo es, desde ya, el Mar de China Meridional (MCM), que China reivindica casi como un “lago interior” aunque baña las costas de Vietnam, Filipinas, Taiwán y Malasia. Allí China ocupó –y casi creó artificialmente– islotes y arrecifes, en los que hay ya instalaciones militares. Sucede que ese mar es la puerta de entrada al estrecho de Malaca, por donde pasa la mayor parte del comercio exterior marítimo de China. EEUU, por supuesto, busca garantizar la “libertad de navegación” con sus naves de guerra patrullando periódicamente el MCM… a la vez que busca evitar incidentes enojosos con los buques chinos, comerciales o no. La disputa por la soberanía del MCM es posiblemente el mayor punto de fricción territorial potencial entre China y EEUU (vía sus aliados), con exclusión de un eventual conflicto por Taiwán.

Pasemos ahora a otro aspecto muy discutido entre los analistas occidentales de la actual confrontación bipolar, que podríamos resumir así: ¿busca China un nuevo orden propio y la desaparición del orden mundial surgido de la Segunda Guerra Mundial y el fin de la Guerra Fría, o se trata de una potencia que desafía a EEUU pero no al conjunto del esquema institucional global? Los argumentos para uno y otro bando son atendibles, pero en nuestra visión es equivocado y unilateral separar de manera absoluta ambas tendencias.

Nos parece más preciso comenzar por establecer que China se postula a la vez como promotora de un nuevo orden mundial y como fuerza defensora y estabilizadora del statu quo.[2] Sucede que ese “nuevo orden” lo es en el sentido obvio de desafiar la hegemonía mundial de EEUU, pero sigue siendo respetuoso de aquellos elementos e instituciones del orden actual que se ajustan a la visión china de las relaciones internacionales. En esa visión, la no intervención directa y el “respeto a la soberanía de los Estados” ocupan un lugar central. Si hay algo que la dirigencia china evalúa como desastrosa es la historia y el saldo de los cambios de régimen forzados con intervenciones exteriores.[3]

Irónicamente, el PCCh suele citar en apoyo de su enfoque a un notorio artífice de intervenciones, el ex secretario de Estado yanqui Henry Kissinger, cuando éste da definiciones que apuntan a promover la estabilidad global con actitudes pragmáticas y no “ideológicas”. Observa el columnista especializado en China David Rennie, de The Economist, que “los líderes chinos elogian a Kissinger cuando pide que los gobiernos busquen el ‘equilibrio’ y acepten la ‘legitimidad de valores que a veces son opuestos’. Esto encuentra un paralelo con los llamados de China al ‘respeto mutuo’ y la ‘no interferencia’. (…) Son especialmente hostiles a intervenciones que dicen reflejar una ‘responsabilidad de proteger’, que compromete a los estados a actuar en casos de genocidio, limpieza étnica o crímenes contra la humanidad. (…) Los académicos chinos señalan que no existe consenso en el P5 [los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. MY] sobre cómo definir una emergencia humanitaria (…) ni sobre cómo implementar una intervención, [y] dicen que se convierte así en un ‘principio vacío’” (“A world divided”, TE Special report, 15-10-22).

Wu Xinbo, del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad Fudan, resume la postura oficial como guiada por el antiguo principio de he er bu tong, que consiste en “la búsqueda de relaciones armoniosas con países que no comparten la misma cultura. China quiere ofrecer a los demás países relaciones comerciales mutuamente beneficiosas, inversiones e intercambio. A cambio, no deben cuestionar los intereses fundamentales de China, como su postura sobre Taiwán o su sistema unipartidario. Esto se diferencia del celo misional de EEUU, que busca convertir a los otros a sus propios valores” (“A stronger actor”, informe especial citado).

Esta concepción resulta sumamente visible en los más recientes intentos de China de mediación en conflictos internacionales, en particular en África: “El objetivo habitual de la diplomacia china es preservar el statu quo o restaurarlo”, según el Instituto Mercator de Estudios Chinos, con base en Berlín (“Non-interfering mediation”, TE 9301, 18-6-22). En el mismo sentido, autores como el académico sudafricano Patrick Bond sostienen que la inserción de China en la política local de los países socios reproduce patrones tradicionales de intervención de potencias extracontinentales, a punto tal que, a su juicio, el rol chino en África ha sido “de hecho más depredador que las compañías occidentales”, lo que incluye el “apoyo a las dictaduras locales” (en A. Budd, cit.).

Desde este punto de vista, resulta lamentable la apología de un hipotético “soberanismo antiimperialista” (!), según la definición de la política exterior china que presentan los panegiristas del régimen del PCCh. Llamar “antiimperialismo” a los “cinco principios de coexistencia pacífica” patrocinados por el stalinismo en plena Guerra Fría es más que una exageración: es una mentira.[4] Mucho más cuando se encomian discursos de Xi Jinping que muestran su respeto por los “principios de igualdad y soberanía establecidos por la Paz de Westfalia” (¡el tratado de 1648 que puso fin a la Guerra de los Treinta Años!), por la “Convención de Ginebra” de 1864 y, el colmo de los colmos, por “la Carta [fundacional] de las Naciones Unidas”.

Lejos de toda pretensión de “antiimperialismo” o de confrontación abierta con el orden imperialista liderado por EEUU, la aversión al riesgo y a los cambios bruscos es una marca registrada de la política del PCCh tanto en la arena interior como en la exterior. Aparentemente, las lecturas de Marx no han logrado instilar sentimientos revolucionarios en los circunspectos funcionarios del partido…

Más allá de la evaluación que se haga sobre la mixtura inestable de desafío a la hegemonía yanqui en el orden mundial y de conservación del statu quo incluso a costa de respaldar regímenes nefastos, queda claro que, una vez más, el criterio rector de la dirigencia china es siempre pragmático y nacionalista, jamás de apego “ideológico” a supuestos principios socialistas o marxistas.

Por lo tanto, China busca actuar en la arena internacional como una fuerza conservadora y respetuosa de los regímenes existentes, no como exportadora de modelos y mucho menos de revoluciones. La única condición que pone China en sus tratos bilaterales o multilaterales es, precisamente, no intervenir ni permitir la intervención en asuntos internos de los países. Hipócritamente, los medios y dirigentes políticos de Occidente señalan que eso equivale a condonar gobiernos y regímenes con antecedentes siniestros en materia de violaciones de derechos humanos… como si ellos no hubieran negociado, avalado y respaldado a infinitas dictaduras mientras fueran de los estados-cliente de EEUU y la OTAN (el propio Kissinger es un caso flagrante con su decisiva responsabilidad en el golpe de Estado de Pinochet en Chile en 1973).

Sin embargo, como planteamos más arriba, en esa falsa disyuntiva absoluta de si China busca derribar el orden mundial liderado por EEUU o seguir acumulando poder dentro de él, suponer que China es sólo un agente de estabilidad para el orden actual implica cometer el error simétricamente opuesto al de los corifeos del PCCh. Según Ian Taylor, citado aprobatoriamente por Budd, hay que descartar la idea de que China se proponga la construcción de un orden alternativo: “China es tanto un participante activo como un cogestor tácito del orden global establecido” (A. Budd, cit.).

En esta mirada, en último análisis, China sería sobre todo “una potencia del statu quo”. Pero esa definición es una completa unilateralidad que arrasa con las tremendas tensiones y contradicciones derivadas de una disputa real por la hegemonía en el orden actual, que, si se define por el cambio de potencia dominante, pasaría a transformarse, inevitablemente, en un orden distinto, con o sin las mismas reglas “establecidas desde la Paz de Westfalia”…

Es por eso que en su ajedrez estratégico con EEUU, China busca aprovechar las manifestaciones de descontento con el actual hegemón, vengan de países puestos en la “lista negra” del Departamento de Estado yanqui o de países simplemente dejados de lado por su menor importancia estratégica, o por pura desidia diplomática. De este modo, China ha fortalecido lazos políticos y sobre todo económicos con una amplia gama de naciones: desde los países “no liberales” como Hungría o Siria hasta Sri Lanka o las Islas Salomón. Y, naturalmente, todo lo que debilite el orden liderado por EEUU es bien considerado, desde una disputa menor con Corea del Sur hasta la invasión de Rusia a Ucrania. Sintetiza Rennie: “China niega tener planes de dar vuelta el orden mundial. Pero cada vez que una de las potencias establecidas flaquea, ubica cuidadosamente otra pieza sobre el tablero” (cit.), metáfora referida al go, famoso juego estratégico chino.

Por otra parte, es necesario actualizar el panorama que trazáramos en 2020 de lo que definíamos como el instrumento privilegiado por la dirigencia china en su proyección internacional competitiva con EEUU, la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda (NRS). Aunque su alcance y volumen económico exactos siempre fueron nebulosos –en buena medida, por propia decisión del PCCh–, su extensión geográfica y financiera había contribuido a instalar a China como uno de los actores geopolíticos decisivos.

Sin que haya desaparecido ni mucho menos, es un hecho que hubo un freno relativo a la continuidad de la expansión de la NRS. También parece haber sido una intención del gobierno chino ser más cauto a la hora de lanzar préstamos y refinanciaciones, habida cuenta del cambio en las condiciones financieras como producto de la pandemia y de las dificultades de muchos de los gobiernos “clientes” de la NRS a la hora de honrar sus deudas con China.

Es así que China decide reducir la escala de sus operaciones de la NRS e incluso promover lo que parece una forma de reemplazo de ella –con contornos casi tan difusos como la NRS–, la Iniciativa Global para el Desarrollo (IGD). Por su parte, EEUU se propone el lanzamiento de una alternativa patrocinada por el G-7, la Sociedad para la Infraestructura Global y la inversión (sigla inglesa PGII).

Ambas movidas tienen su lógica. La NRS estaba afrontando cierto desgaste por el peso de ciertos proyectos importantes de dudoso resultado, el obvio impacto del covid y un estrechamiento de los márgenes financieros del propio Estado chino destinados al proyecto. La IGD se propone concretar proyectos menos ambiciosos en escala, más focalizados, de retorno más seguro y no necesariamente vinculados a infraestructura, como era el caso de la mayoría de las inversiones vinculadas a la NRS.

Este giro completamente pragmático desmiente la ingenua mirada de Roberts de que la NRS “no apunta a obtener ganancia” sino a “expandir globalmente la influencia económica china y extraer recursos naturales y tecnológicos” (“China workshop…”, cit.). Ya la aseveración original es contradictoria: en un mundo capitalista globalizado cuya lógica el PCCh no cuestiona, es difícil entender cómo se puede expandir globalmente la influencia económica de un país mediante proyectos que dan pérdida de manera sistemática. Desde ya, perder dinero no es ni fue nunca la intención de los jerarcas chinos con la NRS. En cuanto algunas de las iniciativas efectivamente se revelaron como un mal negocio, la respuesta del PCCh no fue conformarse filosóficamente con la “expansión de su influencia”, sino recalibrar seriamente sentido, volumen y receptores de préstamos e inversiones.[5]

Nada de esto, como dijimos, significa abandonar del todo la NRS –después de todo, está incluida en la Constitución china–, pero hay un claro cambio de prioridades… y de volumen y destino de la asignación de recursos. La solución habitual en los medios chinos es llamar a la IGD una “expansión” de la NRS, aunque esa afirmación sea más fácil de sostener si se atiende al tipo de proyecto que al monto de inversión involucrado.

Por su parte, la PGII de EEUU y sus aliados viene a reemplazar la alicaída iniciativa yanqui Build Back Better World (BBBW), anunciada en la cumbre anterior del G-7, que prácticamente no superó la etapa de proyecto. Pero a priori no hay muchas razones para que el PCCh pierda el sueño, ya que parece más bien un rebautismo del proyecto con no mucho mayor poder de fuego detrás. En efecto, el volumen inicial de promesa (¡no compromiso!) de “inversión pública y privada” es de 600.000 millones de dólares, muy por debajo de la NRS, cuya cifra exacta varía enormemente según quién haga el cálculo pero es por lo menos el triple. Como dijo Matt Ferchen, del think tank holandés Leiden Asia Centre, “uno no puede menos que preguntarse si no es demasiado poco y demasiado tarde” (“Building blocs”, TE 9304, 9-7-22). En el caso de BBBW, esa definición era inevitable; en el de la PGII, es hoy lo más probable.

Lo que subyace al hecho de que la disputa por los favores de los países emergentes y pobres continúa pero ahora a marcha “aminorada” es que, en el fondo, tanto uno como otro contendiente tienen como prioridad más urgente destinar el grueso de los recursos a la confrontación con el rival directo. No están las arcas fiscales ni las economías de uno y otro, dañadas por la pandemia y la inflación, en condiciones de asignar inversiones desproporcionadas a proyectos dudosos sólo para mostrar que se le puede quitar influencia al otro.

De todos modos, hay un elemento estructural que se mantiene: la creciente presencia china en las áreas de inversión y financiamiento en países y regiones que antes eran coto cerrado de EEUU, como América Latina y especialmente África. En este último continente, la proporción de financiamiento de proyectos de infraestructura se ha invertido: EEUU y UE representaban un 37% del total en 2013, pero sólo un 12% en 2020, mientras que China, que no superaba el 12% en 2013, alcanzó el 31% de los planes de inversión en 2020 (“Chasing the dragon”, TE 9284, 19-2-22).

En este sentido, y sin caer en la grosería teórica de equiparar el rol imperialista tradicional llevado a cabo durante siglos por las potencias occidentales en África con la actual presencia china en el continente, es indispensable evitar toda ingenuidad respecto del rol de la inversión china allí y en general en el llamado Tercer Mundo. Desde la absurda y apologética visión de China como “impulsor del co-desarrollo” de los países atrasados (Andréani, Herrera y Long, de Monthly Review) hasta las exageradas teorías del “neocolonialismo chino”, la gama de conceptualizaciones es infinita.

Desarrollaremos ese debate en sección aparte; sólo adelantaremos aquí que para intentar dar cuenta de los hechos sin perder el equilibrio, la primera definición es que la proyección crecientemente imperialista de China no habilita a establecer un signo igual con los otros imperialismos clásicos, por poderosas razones de divergencia en la evolución y rol histórico de las naciones en cuestión. Esa evolución en China debe subrayarse en primer lugar como tendencia, más que como realidad completamente consolidada, como es el caso de las potencias occidentales que dominan el orden capitalista mundial desde hace siglos. Tanto el ascenso global de China como su reciente incorporación al centro imperialista están minados de contradicciones y especificidades que trataremos más abajo.

Dicho esto, y como señalamos, no cabe ninguna complacencia ni ingenuidad en cuanto a las intenciones de la dirigencia china en sus relaciones económicas y políticas con el resto del mundo y en particular con los países pobres y “emergentes”.[6] China no propone relaciones “igualitarias”, ni “benevolentes”, ni “desinteresadas” ni menos que menos “socialistas” con otras naciones, sino que persigue el más rastrero autointerés de gran potencia que busca concretar o imponer sus objetivos nacionales, por encima de y –si es necesario– contra naciones pequeñas y menos desarrolladas. Sobre eso no hay margen para ninguna ambigüedad.

2.2 ¿La globalización en riesgo?

La confrontación EEUU-China plantea, en el terreno económico, un serio signo de interrogación sobre el proceso de globalización. A diferencia de la época de la Guerra Fría, cuando el comercio bilateral EEUU-URSS era insignificante e incluso las relaciones comerciales entre Occidente y el bloque Comecon liderado por la URSS eran de escasa entidad, China es un actor principalísimo en el orden económico globalizado. Es la principal socia comercial de más de 120 países y su intercambio comercial mismo con EEUU y la UE es imposible de soslayar (y de reemplazar).

Sin embargo, la avanzada de EEUU en el sentido de estrangular la cadena de suministros a China en sectores estratégicos, aunque no afecta directamente a todas las relaciones –no son tantos los países que pueden exportar alta tecnología digital a China–, tendrá un impacto innegable y aún difícil de cuantificar en la economía mundial y la integración global. Porque, por su parte, la respuesta china, por ahora esencialmente defensiva, es la de redoblar la apuesta: si EEUU quiere aislarnos, parece decir, pues nos haremos más autosuficientes.

Una expresión que ya está recorriendo el mundo por su capacidad de síntesis –aunque no tanto por su precisión conceptual– es la de Chexit. Esto es, la salida de China del orden global actual. O, como resume el célebre columnista del New York Times Thomas Friedman, “el fin de cuatro décadas de integración de la economía china con Occidente (…). Hemos tenido cuatro décadas de una integración económica EEUU-China que ha beneficiado enormemente a los consumidores estadounidenses. (…) Ayudó a sacar a cientos de millones de chinos de la pobreza extrema. En general, vamos a extrañar esa era, ahora que ha terminado, porque este mundo nuestro va a ser menos próspero, menos integrado y menos estable geopolíticamente. Pero terminada está” (“How China lost America”, New York Times, 1-11-22).

En sentido estricto y literal, naturalmente, esa definición es una exageración y una desproporción. Pero quizá la conceptualización pueda ser útil si se la toma no como descripción de un hecho consumado sino como señalamiento de la novedad de una tendencia. Por supuesto, lo primero a considerar es descartar el obvio elemento ideológico pro yanqui de asignar la responsabilidad principal a China; el propio Friedman lo reconoce de hecho cuando comenta que la actitud de las multinacionales occidentales respecto de dónde instalar una nueva planta industrial se resume en la sigla ABC: anywhere but China (en cualquier parte menos en China).

Como es lógico, las acusaciones son cruzadas en cuanto a quién es el iniciador de la tendencia. El secretario de Estado de Biden, Anthony Blinken, denunció la supuesta perfidia de la estrategia china de “hacerla menos dependiente del mundo y hacer al mundo más dependiente de China” (D. Rennie, “A cause for concern”, TE special report, 15-10-22). China puede replicar –con toda razón– que las primeras movidas destinadas a aislar a China de suministros y mercados vinieron de EEUU, desde la “guerra comercial” de Trump hasta el boicot tecnológico lanzado por Biden, pasando por el veto a Huawei.

En todo caso, es un hecho que la simbiosis económica entre las compañías multinacionales y China no va a desarmarse de la noche a la mañana. Pero hacia allá es adonde apunta la estrategia yanqui… y en cierto modo, también la del PCCh. Las arenas donde se librará (ya se está librando, en verdad) ese combate son múltiples, pero se destacan dos: la financiera –que incluye el no declarado oficialmente pero en curso “boicot de inversiones” de EEUU en China– y, sobre todo, la tecnológica.

El régimen de sanciones a Rusia luego de la invasión a Ucrania volvió a poner sobre la mesa la cuestión del peso de la integración financiera en sistemas globales, que tiene en su centro a la red SWIFT de intercomunicaciones financieras. Una cosa es perder el acceso a un mercado nacional, pero las instituciones bancarias o empresas que pierden el acceso al SWIFT pasan a ser parias financieros globales, como ya ocurre con algunos de los blancos de la ofensiva yanqui (Rusia, Irán y otros). Éste es uno de los tantos planos en los que, como veremos más abajo, aparece enseguida el fantasma de la “amenaza a la seguridad nacional”, piedra de toque real o esgrimida que justifica casi todo.

En este caso, China ha empezado a consolidar las primeras mallas de una red alternativa de transacciones financieras, llamada Cross-border Interbank Payment System (CIPS), junto con el desarrollo, que trataremos más abajo, de la moneda digital. Un informe de Hoover Institution, un think tank conservador de EEUU, sostiene que el yuan digital (sigla inglesa e-CNY) puede cumplir un rol importante no sólo por los 260 millones de usuarios que ya tiene dentro de China, sino como herramienta financiera para que gobiernos y empresas extranjeras evadan sanciones como las impuestas por EEUU a Rusia, Irán y otros países.

De todos modos, estos atisbos son aún iniciales y están lejos de constituir un intento, siquiera tentativo, de “desacople” real de la estructura financiera global hegemonizada por las instituciones occidentales y yanquis en particular. En lo inmediato, quizá más importantes sean las medidas monetarias del banco central de China que apuntan a darle más previsibilidad a la trayectoria del yuan respecto del dólar. Tras estas medidas, “China parece tener más confianza en que el yuan puede caer frente al dólar sin que la caída se espiralice. Por esta razón, el yuan parece ahora menos anclado a la moneda estadounidense” (“China gives up the fight”, TE 9316, 8-10-22). También aquí, el criterio es blindar la moneda china respecto de las eventuales turbulencias financieras o geopolíticas y evitar dejar un flanco en un terreno donde el rival estratégico mantiene su hegemonía.[7]

Pasando al terreno del flujo de inversiones extranjeras, el pánico que había generado la combinación de coronavirus y conflicto comercial con EEUU en 2020 en referencia a la excesiva dependencia de China en las cadenas globales de suministros parecía haber amainado. Mientras que sólo un 5% de las 600 compañías consultadas por la Cámara de Comercio de la Unión Europea en China informaron que quitaron a China de sus cadenas de suministros, más de un cuarto del total reforzaron su producción o sus proveedores allí. Nadie quiere perder el mercado y las oportunidades que ofrece China, aun al costo de tener que duplicar bases de datos y servicios de internet sólo para sus operaciones en China (“Foreigners inside the Great Wall”, TE 9249, 12-6-21).

Pero la presión de EEUU con las medidas de Biden, por un lado, y la respuesta aislacionista de China, por el otro, están cambiando nuevamente esas condiciones. Friedman cita con preocupación a Joerg Wuttke, presidente de la Cámara de Comercio de la UE en China, para quien el “giro ideológico marxista” (!) de Xi, por oposición al pragmatismo pro mercado, “me indica que la apertura de la economía china no va a continuar (…). Debemos asumir que China se está separando de los demás países para construir un contramodelo al modelo occidental liberal basado en el mercado”. Y, en el mismo sentido, Friedman cita a otro lobbista estadounidense, Jim McGregor, que vivió 30 años en China: “La comunidad de negocios de EEUU adoraba a China. Siempre hubo tensiones, pero también una sensación de oportunidad y asociación. Fue muy difícil para China lograr que la relación de la comunidad de negocios con China se echara a perder, pero lo hizo” (“How China lost America”, cit.).

No hace falta comprar la versión maquiavélica de este lobbista en cuanto a la exclusiva responsabilidad de las autoridades chinas. ¡Como si las “sugerencias” del Departamento de Estado no hubieran tenido ninguna influencia en el “clima de negocios” para las empresas occidentales que operan en China! Pero más allá de cómo se distribuyan las culpas, subsiste el hecho de que se vive otro ambiente, mucho más tenso, “politizado” y donde las decisiones ya no se basan exclusivamente en criterios económicos. Y donde se hace más visible que el ordenamiento de los factores de decisión decididamente se ha invertido –manda la política por sobre la economía– es sin duda alguna en el sector tecnológico.

Un caso extremo de respuesta a los controles y sanciones de EEUU en el terreno de la tecnología informática son algunas compañías europeas que están levantando operaciones ¡en EEUU! con tal de no perder el vínculo económico con China. Lo que no es raro cuando se considera que no son pocas las multinacionales para las cuales China representa la mitad de sus ingresos. Pero se trata de operaciones en general encapsuladas, de producción en China y para China, no como mercado externo propiamente dicho. Esto se manifiesta en el descenso del intercambio comercial entre los gigantes capitalistas y China. El volumen de ventas de la UE a China es menor que al Reino Unido, con 20 veces menos población; en el caso de EEUU el contraste es más impactante: las ventas estadounidenses a China tienen un volumen apenas mayor al de las ventas a Suiza (T. Friedman, cit.).

En el fondo, y nuevamente, la contradicción que aflora aquí es el choque entre la racionalidad económica de la globalización capitalista, que pide a gritos mantener la presencia en China como mercado y como proveedor de bienes y servicios, y la lógica política de creciente rivalidad y desacople entre China y EEUU.

En el mismo sentido, explica Pierre Rousset que “se oponen dos lógicas, la de los Estados en competencia severa y duradera y la de la globalización capitalista, donde prevalece la interdependencia en términos de tecnologías, cadenas de producción –las ‘cadenas de valor’–, comercio o finanzas. La competencia se libra en todas las áreas y aparecen ‘campos’ en el mercado y las finanzas globalizados. Cualesquiera que sean las contradicciones que enfrenta la globalización hoy, la ‘desglobalización’ capitalista de la economía parece ser un desafío. La interdependencia es tal que uno puede pensar que una guerra no beneficia a las clases burguesas, ni a China, ni a Estados Unidos, pero la tensión es tal que no se puede excluir un deslizamiento con consecuencias explosivas” (“China: El surgimiento de un nuevo imperialismo”, Europe Solidaire Sans Frontières, 13-11-2021, traducción de Sin Permiso).

Esta dinámica de lógicas contrapuestas tiende a acelerarse (y ése es el grano de verdad de la formulación exagerada de Friedman). Aun en el pico de la política aislacionista y proteccionista de Trump, Xi podía darse el lujo de mostrarse en el foro de Davos como uno de los auténticos garantes del mantenimiento de la libertad de comercio y la globalización. Actualmente, ese entusiasmo se ha enfriado bastante, y, a decir verdad, desde ambos lados de la trinchera hay una creciente y preocupada consciencia de que la “interferencia política” y las decisiones estratégicas van a adquirir un peso cada vez mayor en las relaciones comerciales. Por un lado, nadie quiere dinamitar la cadena global de suministros y la integración productiva y comercial; por el otro, hay casi resignación de que de una u otra forma esa estructura nacida con la globalización desde los años 90 no va a atravesar sin daños sustanciales la tormenta geopolítica entre los dos grandes actores globales.[8]

Eso es lo que teme la elite económica occidental, que habla aquí por boca de Friedman: “Lo que Xi no logra comprender es que todas las tecnologías avanzadas del siglo XXI (…) requieren cadenas de suministros grandes y complejas (…). Pero esas cadenas de suministros requieren de una inmensa colaboración y confianza entre socios, y eso es exactamente lo que Xi ha tirado por la borda en la última década” (“How China lost America”, cit.).

Uno no sabe qué admirar más aquí, si la aparente ingenuidad o el cinismo. Xi “logra comprender” perfectamente que el desarrollo de las compañías tecnológicas globales, sus cadenas de suministros, su esquema de costos y su desarrollo de mercado son impensables sin la “confianza entre socios”, es decir, sin un funcionamiento aceitado de la economía global. Sucede que quien también lo comprende perfectamente es Joe Biden, y precisamente por eso lanza una ofensiva con el objeto de paralizar o abortar el acceso por parte de China a esas “tecnologías avanzadas del sigloXXI”.

En cuanto a que Xi viene minando la “colaboración entre socios” no desde el último Congreso del PCCh ni desde la guerra comercial de Trump, sino desde “la última década”, es una mentira flagrante que sólo busca lavar la responsabilidad del imperialismo yanqui en la agresión a China. Ni las compañías multinacionales occidentales, ni el gobierno yanqui, ni el propio Friedman tenían otra cosa que elogios hacia Xi y su continuidad de la política de integración al orden global sancionada formalmente con el ingreso –¡patrocinado por EEUU!– de China a la Organización Mundial de Comercio en 2001. En fecha tan cercana como 2017, la cumbre máxima de los “dueños de la globalización”, el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, aplaudió de pie el discurso “liberal” y “globalista” de Xi, contraponiéndolo favorablemente a la retórica proteccionista, aislacionista y antiglobalista de Donald Trump (significativamente ausente ese año).

El colmo del cinismo de Friedman es decir que ese mismo Trump que perdía en la comparación con Xi Jinping ahora es presentado como “no el presidente de EEUU que EEUU merecía, sino el presidente de EEUU que China merecía” (ídem). La deshonestidad de la mirada retrospectiva de Friedman es tan patente como la operación ideológica, típica de la Guerra Fría, de depositar la culpa de los males en discusión en el otro bando.[9] En la narrativa sesgada de Friesman, si la globalización amenaza con retroceder es porque Xi y el PCCh hace diez años (!) que vienen trabajando para hacerlo, no porque EEUU quiere dinamitar el avance de China en las tecnologías clave en las que busca supremacía estratégica.

Por el lado de China, los análisis son más matizados. Un portavoz representativo del pensamiento chino en la materia es Tu Xinquan, director del Instituto Chino para los Estudios sobre la OMC (Organización Mundial del Comercio), dependiente de la Universidad de Economía y Negocios Internacionales de Beijing. A su juicio, si bien el peligro de “desglobalización” existe, es más probable que el resultado de la actual contienda no sea una división clara y distinta entre dos bloques. Tal como ocurre en China, puede darse un híbrido donde se superpongan reglas nacionales, regionales y globales. Incluso “si China lidera la globalización, no va a constituir un conjunto de reglas como lo hizo EEUU después de la Segunda Guerra Mundial”, sino que más bien podría conformarse “un orden comercial desordenado y fragmentado, que podría ser brutal para economías pequeñas y abiertas” (D. Rennie, “A cause for concern”, cit.). No es extraño que China prefiera este relativo desorden, donde el peso bruto de su escala económica le daría una posición ventajosa, antes que un orden establecido por otros.

Este estado de cosas no implica, entonces, tanto la “desaparición” de la globalización sino más bien un cambio profundo en su funcionamiento, que ya no estará tan librado a la dinámica económica “pura”. Más bien, junto con la desaceleración o “slowbalisation” a que hacíamos referencia en el texto anterior, lo que asoma como perspectiva es que las consideraciones de orden político y estratégico, quizá por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, tendrán clara prioridad junto con o incluso por sobre las de orden económico.

El desarrollo de esa nueva mecánica de las decisiones de los Estados no se verifica sólo en EEUU y China. Una muestra de ello es el enfriamiento de la relación China-Unión Europea. La sociedad comercial sigue gozando de buena salud, pero el creciente alineamiento de la UE con EEUU, impulsado por la guerra en Ucrania, revela una creciente desconfianza recíproca.

Alemania, en especial, muchas de cuyas grandes compañías tienen fuerte interés en China como mercado, parece aceptar que las novedades geopolíticas de 2022 implican reducir no sólo su dependencia energética de Rusia sino también su excesiva exposición exportadora a China. La ministra de Relaciones Exteriores germana, Annalena Baerbock, sostuvo a principios de noviembre que “el sistema político chino ha cambiado enormemente en los últimos años y por ende nuestra política hacia China debe cambiar”.

Dejemos de lado la desfachatez de Baerbock en su súbito descubrimiento de inexistentes “cambios inmensos”… precisamente cuando EEUU aprieta las tuercas a sus aliados. El verdadero problema es que en los últimos años –cuando, de creer a Baerbock, el “sistema político chino” era un modelo de democracia y transparencia– Alemania construyó una relación económica con China cercana a la dependencia. De las diez mayores compañías (por valor de mercado) de Alemania, nueve tienen al menos un 10% de sus ingresos basados en el mercado chino. En comparación, de las diez mayores de EEUU, sólo dos están en esa situación. China representa el destino del 14% de la inversión extranjera directa alemana, pero apenas el 2% de la IED estadounidense. Sólo cuatro compañías alemanas –Volkswagen, Mercedes Benz, BMW y la química BASF– representan un tercio de todas las inversiones de la UE en los últimos cuatro años (“Ties that blind”, TE 9320, 5-11-22).

Empresas y mercados deberán ir acostumbrándose a ser ellos los que deban aceptar e incluso disciplinarse a las decisiones políticas, en una reversión del patrón dominante de los últimos 30 años. En cierto modo, es un eco no tan lejano de lo que solía llamarse “política industrial”, concepto anatema del pensamiento liberal, en el sentido de que los criterios de “racionalidad” invocados pasan menos por la lógica económica y el funcionamiento del mercado que por la lógica de los intereses nacionales político-estratégicos.

Eso no significa que la transición sea ni rápida, ni indolora, ni carente de sacudidas y contradicciones. El actual premier alemán Olaf Scholz, contra la opinión de seis ministros, decidió autorizar la compra por parte de la logística china Cosco de una de las cuatro terminales portuarias de Hamburgo (el mayor puerto de Europa), y se negó a vetar la participación de Huawei en licitaciones de redes de 5G en Alemania. No es mala intención sino realismo suponer que en la decisión influyó la amenaza que lanzó el embajador chino en Alemania en 2019 de que un eventual veto tendría “consecuencias” para las automotrices alemanas. Es de imaginar el suspiro de alivio que habrá exhalado Volkswagen, que vende en China dos de cada cinco autos vendidos fuera de Alemania. De paso, Scholz fue el 3 de noviembre el primer líder occidental en visitar China desde la pandemia… acompañado de los CEOs de 12 de las mayores compañías alemanas, incluida, naturalmente, Volkswagen.

Así, ni para un aliado tan estrecho de EEUU como Alemania –también de importante contribución en sostener a Ucrania en su guerra con Rusia– resulta tan fácil avenirse al imperativo geopolítico yanqui de cortar amarras económicas y políticas con China.

Un elemento que puede aceitar ese intrincado pasaje del alegre mundo de la globalización y el libre comercio a la era de las ecuaciones complejas entre economía y geopolítica es el nuevo (y mayor) lugar asignado al proteccionismo, la “política industrial” y la intervención del Estado en la definición de las prioridades económicas. Esto no sólo se desprende de la generosa “Bidenomics” en EEUU, con sus programas de estímulo fiscal y apoyo estatal para sectores estratégicos. La misma tendencia se afianza también en la Unión Europea. A diferencia del equilibrio anterior entre “globalistas del libre comercio” (Alemania, Países Bajos, los escandinavos y el Reino Unido antes del Brexit) y defensores del “dirigismo” y la mayor presencia del Estado (bloque encabezado por Francia), se ha instalado un consenso distinto.

La experiencia de la pandemia y el bloqueo energético ruso ha escarmentado a muchos gobiernos europeos en cuanto a los problemas de la dependencia externa en insumos críticos (y mercados, en el caso de Alemania con China). De modo que el concepto de “autonomía estratégica”, que Macron solía defender casi en soledad ante la mirada escéptica o burlona de sus pares nórdicos, ha pasado a ser visto con mucho más respeto por alemanes, neerlandeses y burócratas de la UE en general.

Como vemos, en todas partes el signo es el mismo: la “racionalidad económica” de los menores costos, la fluidez de las cadenas de suministros y la integración productiva debe ahora complementarse con –o, lo que es más grave, incluso subordinarse a– la “racionalidad estratégica” de los alineamientos geopolíticos. Y eso es un rasgo nuevo de esta etapa: la globalización no desaparece ni se termina de fragmentar, pero sus criterios de operación ya no están exclusiva o fundamentalmente basados en la eficiencia económica “pura”, lo que potencialmente representa una amenaza o un cuestionamiento de su lógica esencial.

Del lado de China, como hemos visto, también hay respuesta: “El llamado de Xi a la autosuficiencia refleja su visión de que el balance de riesgos y recompensas de la globalización ha cambiado” y que crece el riesgo de que China se haya vuelto “demasiado dependiente de las democracias liberales”, tanto por la posibilidad de una desaceleración económica en Occidente como de sanciones al estilo de las impuestas a Putin. “Para mantener a raya esos peligros, Xi quiere cambiar el lugar de China en la economía mundial. Simplificando un poco, hay dos elementos relacionados (…). El primero es edificar una posición dominante en industrias que su gobierno considera estratégicas, mayormente en tecnología y energía (…). El segundo objetivo es depender menos en comercio y finanzas de socios occidentales potencialmente hostiles, y desarrollar nuevas y mejores relaciones con amigos más cercanos” (“Fortified but not enriched”, TE 9298, 28-5-22).

Sin duda, estamos aquí ante un cambio de orientación respecto de la vocación “globalista” del Xi de Davos 2017, cuando sostenía que “en esta era de globalización económica, la apertura y la integración son una tendencia histórica imparable. La construcción de muros o el ‘desacoplamiento’ va en contra de las leyes económicas y los principios del mercado” (citado por Rousset en “China: El surgimiento de un nuevo imperialismo”, cit.). La nueva política ya ha comenzado a implementarse, y no ha dejado de dar ciertos resultados en términos de reducción de la dependencia china en esas áreas estratégicas. En energía eólica y solar y en baterías para vehículos eléctricos, la posición china ya es sólida o directamente dominante.

Pero no se equivoca Biden al apuntar a un talón de Aquiles: los componentes electrónicos de alta tecnología para supercomputadoras, satélites y aviación, entre otros sectores clave en los que China sigue siendo dependiente de insumos extranjeros; por ejemplo, importó unos 400.000 millones de dólares en semiconductores durante 2021.

Claro que la dependencia funciona en ambas direcciones: muchos de los principales proveedores de China van a estar afectados por las restricciones impuestas por Biden. Para Intel, la tercera productora mundial de semiconductores y la mayor de EEUU, China representó más de un cuarto de sus ventas (21.000 millones sobre 79.000) el año pasado. Tres de los cinco mayores fabricantes de insumos para fábricas de chips son estadounidenses y temen que la situación empeore con represalias chinas (“The silicon squeeze”, TE 9318, 22-10-22). El tiro de Biden puede salir por la culata si el resultado final es un aumento de la capacidad productora en la industria tecnológica yanqui que no encuentre un mercado comprador del volumen necesario.

Por otra parte, la dependencia china respecto de Occidente no se da sólo en las importaciones. Mercados de exportación como la UE y EEUU son demasiado grandes como para ser reemplazados por países más pequeños y pobres, o incluso Rusia, destino de sólo el 2% de las exportaciones chinas. Desde ya, se trata de una interdependencia: como están aprendiendo por las malas varias potencias occidentales, el “desacople” de un mercado como China no es algo que se pueda hacer de un día para el otro.

Por esta razón y por las otras ya apuntadas, cabe subrayar la necesidad de llevar un registro cauto y preciso de los alcances y límites actuales de la tendencia “desglobalizadora”. Una evaluación que nos parece cuidadosa es la del marxista británico Adrian Budd: “Hay analistas que sugieren que en el largo plazo los sistemas de producción global podrían dividirse entre cadenas de suministros basadas en China y basadas en Occidente en sectores clave. Pero más probable es que haya un desacople limitado en sectores estratégicamente importantes como los de alta tecnología. (…) China y EEUU tienen una dependencia económica mutua en un grado al que EEUU y la URSS jamás llegaron” (“China and imperialism in the 21st century”, cit.).

En suma, y tomando nota de que las contradicciones y fricciones entre los dos “bloques” se amplían en rango y se profundizan, por ahora no hay una tendencia a la conformación de dos grandes espacios económicos y geopolíticos casi completamente separados, como en la Guerra Fría, sino que se mantiene uno solo: la globalización capitalista. Se trata de una construcción a la que ambos aportaron decisivamente –con roles distintos, claro está– y de la que ambos, pese a sus intenciones, y sus actuales esfuerzos en contrario, por ahora siguen prisioneros. Por mucho que se peleen los miembros de la tripulación, están todos en el mismo barco. No es tarea fácil arrojar por la borda al grupo rival sin que la nave zozobre.

2.3 Taiwán, una arena potencial de conflicto militar

A diferencia de la Guerra Fría, la tensión bipolar se da en ausencia de estados-tapón (el Este europeo) o esferas de influencia (Cuba, Vietnam, Corea). El espacio geográfico y nudo territorial claramente más localizado como potencial foco de enfrentamiento militar es Taiwán. El tema es de una complejidad histórica y política tal que amerita una discusión por separado, que excede los límites de este texto. Sólo dejaremos señalados aquí los aspectos más pertinentes a este análisis, que hacen a la importancia estratégica de la isla de Formosa y la visión del PCCh que se desprende del XX Congreso.

En primer lugar, su ubicación a menos de 200 km de China continental la convierten en un territorio que China jamás podría darse el lujo de permitir que pase a la categoría de aliado militar de EEUU. Se trataría de una eventual base de lanzamiento de misiles que harían vulnerable la totalidad del territorio chino sin necesidad de que EEUU desplace un solo portaaviones o submarino nuclear. Situación muy distinta de la actualidad, en la que la cercanía geográfica juga completamente a favor de China y en contra de una eventual intervención de EEUU en defensa del gobierno de la isla.

En segundo lugar, casi tan importante como esto es el hecho de que históricamente la isla fue parte integral de China. El hecho de que fuera la sede del gobierno anticomunista del Kuomintang desde 1949 (el único reconocido como “gobierno legítimo de China” por Occidente durante décadas) abrió una brecha histórica que el PCCh ha tenido desde siempre la vocación de cerrar. De modo que Xi y el régimen chino no aceptarían nunca no ya una alianza de la isla con EEUU, sino siquiera la conformación de un estado no hostil pero formalmente independiente.

Por último, pero de relevancia estratégica cada vez mayor, está el hecho de que, aun siendo una compañía privada, TMSC (Taiwan Semiconductors Manufacturing Company) está técnicamente bajo soberanía de una entidad nacional que China no controla. Y sucede que TSMC es exactamente la compañía más importante del mundo –y absolutamente hegemónica– en la fabricación de chips (circuitos integrados), no sólo en volumen sino en calidad tecnológica, muy por encima de sus rivales Samsung (Corea del Sur) e Intel (EEUU). En la medida en que el terreno de la tecnología digital de avanzada y muy especialmente de semiconductores se pone cada vez más en el centro de la escena –por decisión tanto de EEUU como de China–, este factor cobrará una importancia crucial: quien controle Taiwán, controla los chips que hacen funcionar los sistemas digitales más sofisticados del planeta, desde la inteligencia artificial hasta las supercomputadoras.

La cuestión de Taiwán adopta un carácter de cierta urgencia en la medida en que tanto China como EEUU prevén que cualquier conato de conflicto militar sólo puede pasar por la isla. Y actúan en consecuencia. Un análisis de la cúpula militar designada por el XX Congreso ofrece una lectura inequívoca: si hay un enfrentamiento militar, China quiere estar preparada para afrontarlo.

Contra los pronósticos de retiro por su edad (72 años), el general Zhang Youxia fue confirmado al frente de la Comisión Militar Central del PCCh, en buena medida por reunir dos cualidades muy preciadas. Una es la experiencia militar: Zhang fue comandante en el último enfrentamiento armado importante que involucró a China, la breve guerra con Vietnam en 1979 (con sus coletazos hasta casi una década después). La otra es la lealtad a y la relación estrecha con Xi Jinping.

En el informe al Congreso, Xi reclamó tanto la modernización del Ejército Popular de Liberación (EPL) como la necesidad de “lealtad política” en las fuerzas armadas chinas. La lealtad se da por descontada en todas las designaciones; en cuanto a la modernización, queda por cuenta de otros dos generales. Uno es He Weidong, encargado del Comando del Teatro Oriental hasta enero de este año y responsable de operaciones vinculadas a Taiwán –en particular vuelos militares y prácticas de ocupación de la isla– y a la India, potencia con la que China tuvo escaramuzas fronterizas de cierta significación en la zona del Himalaya (hubo varios muertos de ambos bandos). El otro es Li Shangfu, experto en tecnología aeroespacial y director durante diez años del principal centro de lanzamiento de satélites.

Según un especialista en el EPL de la Universidad Nacional de Defensa de EEUU, Joel Wuthnow, “la nueva Comisión Militar se parece mucho a un consejo de guerra sobre Taiwán (…). Hay dos personas que no saben mucho de operaciones pero que conocen el equipamiento hasta el menor detalle. Esto va a ser muy importante en tanto China dé un giro hacia la autosuficiencia mientras EEUU ajusta las tuercas para evitar que China se haga con equipamiento de última generación”. Concluye el columnista: “En síntesis, China se apresta para una confrontación” (“Preparing for a fight”, TE 9320, 5-11-22).

El inevitable conflicto que pronto o tarde se abrirá respecto del carácter de Taiwán, su relación con China continental y los intereses geoestratégicos de EEUU pondrá a prueba también la política marxista. Al respecto, nos parece atinada y equilibrada la definición de Au Loong Yu, para quien “la reunificación de China con Taiwán en sí misma no es una aspiración ilegítima. Sólo se convierte en ilegítima cuando se impone al pueblo taiwanés. (…) También hay muchos chinos y una minoría de taiwaneses que se oponen a la posición del PCCh de ver la unificación a través de la guerra como una opción, pero que apoyan la unificación a través de conversaciones bilaterales iguales. Tenemos que diferenciar todas estas preocupaciones legítimas de los intereses de gobierno del PCCh. Aunque muchos se oponen a la agresión del PCCh contra Taiwán, es importante que no se los considere como una bienvenida a una intervención de Estados Unidos” (“Fortalezas y contradicciones de la economía china”, Au Loong Yu, Left Voice, octubre 2018).

Ese factor hay que tenerlo en cuenta, dado que el antecedente del avasallamiento de libertades democráticas en Hong Kong no puede más que reforzar tendencias preexistentes al desarrollo de una identidad, o al menos autopercepción, taiwanesa. Según un informe de la Universidad Nacional Chengchi, en 1992 el 25% se autopercibía como chino y el 18% como taiwanés; en 2022, los porcentajes respectivos cambiaron de manera dramática al 6% y 64%, respectivamente. Estos porcentajes son todavía más divergentes entre los jóvenes, algo que también pasa entre la población de Hong Kong (“The dark side of the pop culture”, TE 9317, 15-10-22), lo que implica que la tendencia va a profundizarse. Eso no necesariamente significa que una mayoría apoye la independencia –la cual, por otra parte, muchos estiman que gatillaría una invasión inmediata de China continental–, pero muestra que el apoyo a la reunificación está en su punto más bajo, al igual que a la desacreditada solución de “un país, dos sistemas” propuesta originalmente para Hong Kong, con los resultados conocidos.


[1] Esta evaluación, sobre la que existe amplio consenso en estudiosos de las más diversas corrientes políticas, desde el liberalismo hasta el marxismo, muestra hasta qué punto estaban fuera de foco las miradas como la de J. Chingo (Fracción Trotskista-PTS), que ponían prácticamente en pie de igualdad a China y Rusia en tanto rivales geopolíticos de EEUU.

[2] Au Loong Yu proponía la variante de que China a la vez se beneficia de y desafía al orden mundial. La idea es interesante y atendible, pero nos parece que refleja más el estado de cosas inmediatamente anterior al “reinicio de la Guerra Fría” por parte de EEUU. En las actuales condiciones, para China se ha vuelto sin duda más difícil aprovechar los “beneficios” del orden global que contribuyó a constituir en su forma presente.

[3] En este punto, les asiste razón a quienes, como Au Loong Yu y Katz, subrayan esta diferencia con los imperialismos “clásicos”. No obstante, nos parece necesario agregar aquí el caveat o resguardo de que si es cierto que la dirigencia china no se ha mostrado “intervencionista”, esto puede deberse menos a que esté constreñida por un marco ideológico “socialista” (no hay tal) que a la simple y pragmática razón de que aún no ha tenido oportunidad de tomar esa decisión. Veremos esto con más detalle en la sección de debates.

[4] Ver al respecto las penosas argumentaciones –que sólo muestran creatividad a la hora de encontrar nuevas formas de elogiar la clarividencia y firmeza “marxistas y dialécticas” de la dirigencia china– de John Bellamy Foster (“The New Cold War on China”, Monthly Review, julio-agosto 2021) y Tony Andréani, Rémy Herrera y Zhiming Long (“Is China transforming the world?”, Monthly Review, julio-agosto 2021).

[5] Si la idea de Roberts era sugerir que existía alguna forma de desinterés “socialista” del PCCh en sus relaciones internacionales, es necesario reafirmar que no hay, ni hubo nunca, tal cosa. Desde ese punto de vista, hasta la URSS stalinista o incluso la Venezuela de Chávez tenían con aliados como Cuba una matriz de relaciones más “generosa” y solidaria.

[6] Al respecto, la visión de Claudio Katz en “China: tan distante del imperialismo como del Sur global” (20-4-21), aunque lógicamente ya desde el título no coincide con la nuestra, nos parece más sobria y equilibrada que la presentada en la serie de textos de 2020 con el título común “Descifrar China”, donde se deslizaba una mirada a nuestro entender demasiado “rosada” del régimen chino. A ambos trabajos haremos referencia en la sección de debates.

[7] Se trata de una apuesta que tiene sus riesgos. Como resultado del fortalecimiento global del dólar y de la cauta política monetaria y cambiaria del banco central chino, la cotización del yuan respecto del dólar está en su nivel más bajo de los últimos 15 años. No es seguro que las autoridades monetarias chinas mantengan el rumbo actual a todo coste si esta dinámica se profundiza y amenaza salirse de control. La idea de postular el yuan como divisa internacional, que ya estaba lejos de ser una realidad, seguramente encontrará en la actual coyuntura obstáculos adicionales.

[8] Un ejemplo de que esta comprensión empieza a hacerse parte de la composición de lugar del establishment fueron las expresiones de Paolo Rocca, CEO de la multinacional argentina Techint y el capitalista más rico y poderoso del país. En un foro empresario, sostuvo que “se terminó la globalización de los 90”, que estamos ante un “cambio geopolítico definitivo” ante el ascenso de China, y que Argentina debería alinearse en el bando de los enemigos geopolíticos de China vía sumarse a las “cadenas de valor occidentales” (Ámbito Financiero, 16-11-22). La idea de que una cadena de valor, concepto puramente económico por definición, incorpore una determinación geopolítico-ideológica como “occidental” es una perfecta síntesis de los cambios que han tenido y están teniendo lugar.

[9] De hecho, esas patrañas ideológicas basadas en “pegarle a China” (China-bashing) están en marcha por lo menos desde la campaña electoral de Trump en 2016, si no desde antes. El resultado está a la vista: según un informe del Pew Research Center –una de las encuestadoras más conocidas de EEUU– citado por el especialista en China del New Yorker, Evan Osnos, en 2012 sólo el 40% de los estadounidenses tenía una percepción desfavorable de China; en la actualidad, la cifra supera el 80%.

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