Golpismo fascistoide: bolsonaristas toman el Congreso, la Corte y el Palacio del Planalto

Seguidores de Bolsonaro, la extrema derecha fascistoide de Brasil, intenta imponer un Golpe de Estado y el derrocamiento de Lula.

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Si el asalto del Capitolio en Washington DC en enero del 2021 fue una farsa de golpe de estado, esta manifestación golpista es una farsa de la farsa. Los seguidores de extrema derecha de Bolsonaro intentan emular al trumpismo como su ex presidente intentó emular a Trump.

Hace horas, algunos cientos de manifestantes fascistoides radicalizados bolsonaristas, con sus camisas amarillas y verdes, tomaron por la fuerza las sedes de los tres poderes en la capital de Brasil. El Palacio del Planalto, el Congreso y la sede del Tribunal Supremo fueron invadidos por hordas de grupos de extrema derecha. Frustrados por su derrota, exigen la intervención de las Fuerzas Armadas, un golpe de estado que derribe al recientemente asumido gobierno de Lula.

El escenario es la Explanada de los Ministerios, la plaza donde se ubican las sedes de los tres poderes del Estado brasilero.

Lula no se encontraba en ese momento en Brasilia, la capital, sino en San Pablo, de donde volvería ayer.

Por su parte, horas después de iniciado el asalto, Bolsonaro mantenía el silencio. Su política de quedarse callado se mantiene casi inmutable desde su derrota electoral el pasado 30 de octubre. De hecho, se encuentra «refugiado» en Estados Unidos, concretamente en Orlando, Florida.

Una farsa peligrosa

El bolsonarismo se siente identificado con la vieja dictadura militar, con sus fraudes electorales y sus torturadores. La auto proclamada «gente de bien» de las clases medias bajas, los fundamentalistas religiosos, los reaccionarios de todo pelaje, detesta con ahínco fanático a los pobres, los trabajadores y sus derechos, incluido el de votar.

Desearían poder volver a los años en los que se imponían sin dificultad gobiernos con los que sienten afinidad automática y creían que el ascenso de Bolsonaro al poder les podía asegurar ese deseo. Pero no tienen ninguna de las condiciones que permitieron esa dictadura y los golpes militares que tanto extrañan: ni el apoyo de la mayoría de la clase dominante, ni el de su institucionalidad y sus esbirros armados, ni el del imperialismo. En este momento, la posibilidad de cumplir sus deseos golpistas son poco más que quimeras. El asalto de hoy ni siquiera tiene el apoyo significativo de la dirección bolsonarista, ni un solo representante del gobierno recientemente terminado los ha apoyado (hasta ahora al menos).

Pero este manotazo, sobre todo si logra ser impune, tiene una carga peligrosa. La extrema derecha quiere mantenerse movilizada, condicionar al sistema político al que ha logrado arraigarse tras cuatro años de gobierno de Bolsonaro. Que puedan cuestionar los derechos democráticos de las amplias mayorías impunemente los puede convertir en el futuro en una fuerza política más seria, en un golpismo más institucionalizado, en una carta que eventualmente la clase dominante no considere farsesca.

Y la política lulista solo abona a que eso pueda pasar. La constitución de un gobierno capitalista normalizador, que no quiere ni intenta aplastar a los grupos fascistoides, que acepta su existencia como oposición «normalizada», les da aires de impunidad. Ni hablar de que es más que improbable que las aspiraciones de millones se cumplan realmente bajo el nuevo gobierno de Lula. Los brotes de grupos fascistoides pueden florecer en estas condiciones.

La responsabilidad de Bolsonaro

Si bien aún no ha salido a apoyar a sus seguidores, que explícitamente exigen un golpe de estado, la responsabilidad de Bolsonaro está muy clara. Durante años quiso sembrar dudas sobre la legitimidad del sistema «democrático» que lo llevó al poder. Azuzó así los miedos y la paranoia de quienes lo siguen, de quienes escuchan sus mentiras como verdades. Fue, de hecho, esa política la que lo hizo perder algunas de sus viejas alianzas institucionales.

Los jueces y el Congreso que derribaron y proscribieron el lulismo, el sistema electoral que lo hizo presidente hace más de cuatro años, todo fue señalado con su dedo acusador. Mientras tanto, gobernaba gracias a sus ficticios enemigos. Pero los grupos delirantes que constituyen la mayoría de su base social creyeron cada una de sus palabras. Y hoy, a la manera de Trump, demuestran una vez más que no son más que una farsa de los grupos trumpistas, que a la vez son una farsa del viejo fascismo.

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