Por Redacción

La creciente rebeldía obrera en el corazón de Europa garantizó que el país amaneciera completamente paralizado.

El éxito de la huelga está garantizado por la adhesión masiva de sectores claves de la clase obrera, la sangre en las venas de la economía francesa.

Los ferroviarios, de histórica tradición de lucha, tienen un protagonismo particular. Ya en los últimos años venían de largos conflictos con Macron y antes con Hollande por los sistemáticos ataques contra sus conquistas y condiciones de trabajo, así como los intentos privatizadores. La adhesión al paro es abrumadoramente mayoritaria y la circulación de trenes es menos que marginal, están de hecho paralizados con alrededor del 90% sin funcionar.

Algo característico de los paros generales en Francia en las últimas décadas es que han tenido por base centralmente a los trabajadores del estado (como ferroviarios, docentes, de la salud). Que haya iniciales paros de sectores privados de importancia estratégica es un síntoma de la importancia que tiene la huelga iniciada ayer. Las refinerías petroleras apenas están funcionando y los trabajadores gráficos lograron que no salgan las ediciones impresas de los periódicos.

Los vuelos y el sistema de metro están también paralizados en París, que sin ellos simplemente no puede vivir la cotidianeidad de los días, los trabajadores no lo permiten y logran así que su reclamo sea ineludible. El paro también es de hecho total (con margen de error menos que estadístico) en la educación.

Se esperan movilizaciones masivas el día de hoy también después de que ayer hubiera un millón de personas en las calles.

La reforma jubilatoria, la gota que rebalsó el vaso

Podemos resumir la gran apuesta del “acto 2” del gobierno de Macron como la voluntad de pasar del actual sistema solidario de repartición a un sistema universal de capitalización individual por puntos. Es decir, actualmente son los trabajadores activos quienes hacen sus aportes para que los trabajadores pasivos puedan cobrar sus pensiones. El gobierno plantea terminar con esto de raíz, bajo la lógica de que cada trabajador cotice durante toda su vida para pagarse su propia jubilación de manera individual.

Esto implica terminar con la jubilación basada en los mejores 25 años en el sector privado y en los últimos 6 meses en el sector público. Con la nueva reforma se contaría el conjunto de la carrera de un trabajador otorgando “puntos” por una cierta cantidad de euros cotizados. Claro que el gobierno no nos dice ni cuánto valdrán esos puntos, ni con cuánto dinero uno se jubilaría a partir de la reforma. De este modo, el conjunto de los trabajadores quedaría preso de que el gobierno decida bajar el valor del punto de la jubilación a su antojo, bajo cualquier pretexto que quiera.

Otra de las intenciones es que este nuevo sistema sea universal, para que “todos tengamos los mismos derechos”, como dijo el primer ministro Philippe. Es decir, se suprimirían los “regímenes especiales”, los convenios colectivos que ciertos sectores de trabajadores han obtenido gracias a las luchas de décadas anteriores. Sin tener en cuenta la insalubridad ni la edad de retiro particular de ciertos empleos, todo el mundo pasaría a formar parte del sistema universal, aunque con algunas excepciones privilegiadas especialmente: ¡El gobierno excluye de la reforma a los policías, los militares y los parlamentarios!

Por otra parte, Macron pretende elevar de manera tramposa la edad de retiro más allá de los 62 años. Si bien la edad legal para jubilarse seguiría siendo la misma, ahora para alcanzar una jubilación completa se deberá trabajar durante varios años más. Se habla de imponer una “edad pívot” a los 64 años o de aplicar una cifra sideral de años de cotización para llegar a una jubilación completa, porque como dijo el presidente: “como vivimos más tiempo, hay que trabajar más tiempo”. Lo que esconde el gobierno es que la tasa de desempleo en las personas mayores de 60 años alcanza más del 50%, por lo que los “seniors” deberán elegir entre hacer frente al desempleo, trabajar hasta la muerte o conformarse con una jubilación miserable. Esto implica correr más la correlación de fuerzas hacia la derecha, desde que en 2010 Sarkozy terminó con el tope de los 60, para imponer dos años más al final de la carrera.

Con el criterio del “equilibrio” el gobierno pretende paliar por completo el déficit fiscal para que no se gaste ni un centavo más en las jubilaciones con respecto a los aportes que haya habido en el mismo año presupuestario. Y, como si esto fuera poco, se trata de imponer un límite máximo del 14% del PBI para las jubilaciones. Con lo cual, las jubilaciones podrían bajar automáticamente y de forma generalizada si estos requerimientos así lo impusieran: no importa cuán miserable sean las jubilaciones resultantes. En resumidas cuentas, los jubilados ya venían siendo un sector fuertemente castigado, pero ahora se trata de dar un paso más; esto es directamente un cambio estructural. Que busca resolver la crisis exprimiendo más y más a los de abajo. Una medida que, sin lugar a dudas, despierta la bronca y debe generar una resistencia capaz de enfrentar la reforma en las calles hasta derrotarla.

En las asambleas de base está la clave

Las jornadas que vive Francia vieron surgir un embrión de organización por abajo que, si crece y toma conciencia de su propia importancia, puede definir los destinos de la huelga. Las asambleas de trabajadores en los lugares de trabajo cobran enorme protagonismo en las jornadas que vive Francia. El gobierno de Macron intenta dividir a través de la complicidad de las centrales sindicales. La tarea central es impulsar la organización y coordinación por abajo para desbordar a la burocracia.

El impulso de lucha que viene desde abajo en la huelga general parece estar creciendo minuto a minuto. Que los traidores de la CGT y demás centrales sindicales se vean obligados a decir que la huelga tendrá continuidad es, como siempre, solo porque pueden verse desbordados y perder el control de los acontecimientos.

Es evidente que la experiencia de los chalecos amarillos no ha pasado en vano. Hace un año lograban torcerle el brazo a Macron pasando por arriba de los aparatos de control burocrático que sostienen al régimen francés.

El paro general comenzó con un día de anticipación, con trabajadores de diversas ramas discutiendo en sus lugares de trabajo. La pelea de masas en Francia está dando un salto en calidad: los trabajadores del transporte, las comunicaciones, correos, educación, salud, batallones enteros que mueven y conmueven al país se están poniendo de pie. Y no están esperando la llegada de las órdenes de los dirigentes cómplices para entrar en acción. Hay voluntad de ir hasta la derrota definitiva del gobierno.

La CGT, FO, Solidaires y demás organizaciones sindicales temen ponerle fecha de finalización a la huelga frente a la realidad de que eso se está decidiendo por abajo.

Más aún que las propias asambleas, es sumamente significativo que desde abajo se está montando una creciente coordinación de los organismos de base. Semejante iniciativa implica la tendencia (todavía inicial) a la constitución de una dirección alternativa de la huelga por encima de las vetustas burocracias sindicales. Los agentes de la clase capitalista en las organizaciones obreras pueden perder el control de las cosas en manos de sus verdaderos protagonistas: los huelguistas. Es una posibilidad cierta (todavía potencial) que parte del poder de convocatoria sea arrancado de manos de los oficinistas demasiado cómodos con su lugar de papelería y negociación para ser puesta en movimiento por organizadores y oradores venidos de los lugares de trabajo.

Si las cosas tienen a París por centro, de todas formas el día de ayer concluyó con las reuniones en todo el país de la coordinación de los sectores en lucha. Éstas han determinado en muchos puntos que la huelga sigue al menos hasta el lunes o martes, pero con la voluntad de sostenerla de manera indefinida. En París la reunión contó con representantes de ferroviarios, transporte urbano, metro, correos, docentes, salud, movimiento estudiantil y chalecos amarillos. La intervención de uno de sus principales referentes fue calurosamente recibida por quienes participan de la coordinación, que determinaba el curso a seguir por la movilización y huelga en la ciudad. Los trabajadores y luchadores presentes cantaron la canción de lucha de los chalecos amarillos, haciendo también un guiño de simpatía por la rebelión chilena: «Por el honor de los trabajadores y por un mundo mejor. Estamos acá, aunque Macron no quiera estamos acá!»

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