Fortalezas y debilidades de la economía rusa

El capitalismo de Estado ruso y el proyecto imperialista de Putin.

0
16

El Imperialismo contemporáneo se caracteriza por una serie de rasgos históricos propios (el predominio del capital financiero, la exportación de capitales, etc.) que fueron descritos de manera clásica, entre otros, por Lenin. Es, ante todo, una fase específica del desarrollo del capitalismo. Pero el fenómeno del Imperialismo no es ni fue nunca algo puramente económico. En el marco de esa fase general, hubo y hay potencias imperialistas que se apoyan en otras cosas (poder militar y dominio territorial, por ejemplo) para ser tales. La guerra de Ucrania ha puesto al descubierto que la Rusia pos restauración capitalista no se ha convertido en una semicolonia del Imperialismo clásico: se trata de un Imperialismo en reconstrucción. En estos artículos, analizamos los rasgos económicos propios de este proyecto imperial, encabezado por Vladimir Putin. 

El estallido de la guerra Rusia-Ucrania y el evidente desafío de la primera hacia la OTAN han puesto en discusión el papel de Rusia en el panorama internacional. Durante los últimos años, muchos analistas pro imperialistas occidentales caracterizaron a Rusia como “más similar a un país semi desarrollado que a una potencia modernizada”. Por otro lado están quiénes creen ver en Rusia algún resabio de la antigua Unión Soviética (vaya uno a saber por qué) y por esa razón se resisten a caracterizarla como un Estado imperialista similar a EEUU o China.

Estas dos caracterizaciones fueron desmentidas en los hechos por las acciones de la propia Rusia. No hay muchos ejemplos de “países semi desarrollados” o económicamente dependientes que puedan desafiar en el plano técnico-militar a la OTAN y, al mismo tiempo, subsistir económicamente mientras se desarrollan la guerra y las sanciones concomitantes. La alevosa autonomía geopolítica que está demostrando el gobierno de Putin no se debe a ningún pase de magia, sino al estatus que Rusia ha adquirido en las últimas dos décadas en el panorama económico internacional. Ese estatus es, según nuestra perspectiva, el de un imperialismo en reconstrucción.

En el presente artículo intentaremos revisar las fortalezas y debilidades de la estructura económica rusa (así como de su consecuente inserción en la economía mundial) para intentar comprender cuáles son los elementos económicos que le permiten a Rusia llevar adelante una incursión como la de la guerra en Ucrania.

Una economía más extensiva que concentrada

Los analistas pro – imperialistas occidentales (es decir, pro EEUU y pro Unión Europea) han esbozado varios argumentos para intentar demostrar que la economía de Rusia no debe considerarse digna de una potencia internacional. De entre ellos, tomaremos los siguientes como los principales problemas de la estructura productiva rusa:

1) la poca diversificación de las exportaciones rusas, el bajo nivel de “valor agregado” de las mismas (incluso en las ramas superavitarias y estratégicas como la energía) y un nivel de productividad general relativamente bajo de la industria rusa en relación a la de otras potencias.

2) lo que podríamos llamar deficiencias crónicas en lo que refiere a la administración productiva encarada por el Estado ruso. Esto genera 1) la necesidad de importaciones a gran escala en ciertas ramas industriales como la automotriz; y 2) una tensión retardataria sobre el desarrollo general de la economía rusa, debido a problemas de infraestructura y de inversión.

Estos dos puntos están obviamente relacionados, y remiten al hecho de que la economía rusa es superavitaria principalmente por su extensión, no por gozar de niveles de desarrollo relativamente altos (aunque hay excepciones específicas de importancia). Esto significa, en criollo, que la economía rusa no produce de forma particularmente eficiente, pero sí produce en grandes cantidades. Tener una baja productividad relativa puede sonar como un impedimento absoluto para cualquier Estado con pretensiones imperialistas, pero no es así necesariamente, en especial cuando dicha producción extensiva se realiza en ramas estratégicas de la economía. Veamos algunos ejemplos concretos haciendo eje en las principales exportaciones rusas.

  • Rusia es el primer productor de trigo mundial. El año pasado produjo 75,5 millones de toneladas, algo así como el 17% de la oferta mundial de exportación. No hace falta decir que el trigo es una mercancía con un bajo nivel de lo que los analistas burgueses llaman “valor agregado” (a diferencia de, por ejemplo, un automóvil). Pero hace pocas semanas hemos visto lo que sucede cuando los principales productores de trigo de mundo se ven impedidos de exportar: se genera una espiral inflacionaria que afecta al precio internacional de dicha mercancía.
  • Rusia es el tercer productor mundial de níquel, con el 7% de la oferta mundial. El primero y segundo son Indonesia y Filipinas, dos economías emergentes o directamente dependientes. Dicho mineral es clave para la producción de acero inoxidable y de baterías eléctricas.
  • Rusia es el primer o segundo productor mundial de paladio (disputa con Sudáfrica, otra economía emergente). Cualquier interrupción en el suministro ruso de paladio podría entorpecer la producción de automóviles en todo el mundo, ya que dicho componente se utiliza para producir convertidores catalíticos que reducen las emisiones automotrices.
  • La rama siderúrgica en general es también importante en las exportaciones rusas. El año pasado, las exportaciones en derivados del hierro y el acero no aleados sumaron unos 4,500 millones de dólares.
  • Por último, pero no menos importante, Rusia es el segundo o tercer mayor productor de petróleo del mundo. En millones de barriles producidos por día, está bordeando los 11 millones junto a Arabia Saudita. Sólo Estados Unidos los supera, con 16 millones. Rusia es el tercer productor mundial de carbón. Según la consultora energética Wood Mackenzie, “tener que sustituir los volúmenes de carbón ruso supondría un choque de precios en los mercados mundiales del carbón y una escasez de carbón en Europa”. Rusia produce el 30% del carbón metalúrgico y el 60% del carbón térmico importados por Europa. La primeras 4 exportaciones rusas están de hecho orientadas a la energía (no renovable): Crudo de petróleo (22,5%), derivados de petróleo (14,5%), gas 5,98% y carbón (4,48%). Las exportaciones energéticas de Rusia en general (petróleo, gas y carbón) sumaron en el 2020 unos 155.000 millones de dólares, apenas más de la mitad de las exportaciones totales (330.000 millones de dólares). Aquí puede observarse de forma patente la baja diversificación exportadora que mencionamos más arriba.

Como puede verse en la lista, Rusia se destaca en ramas de bajo valor agregado y exportaciones primarias: energía, minería, siderurgia y agro. Al mismo tiempo, como ya mencionamos, se ve obligada a importar sistemáticamente bienes de equipo de capital en ciertas ramas de la economía, principalmente automotores y maquinaria eléctrica. Para algunos analistas económicos (tanto anti rusos como pro rusos), esto encasillaría a Rusia dentro del bando de las “economías emergentes” o de los países dependientes del centro imperialista. Sin embargo, la balanza comercial rusa es ampliamente superavitaria. No hace falta más que comparar las principales ramas. La principal exportación rusa (crudo de petróleo) le dejó un saldo anual de 74.000 millones de dólares. Las importaciones automotrices (principal rama de importación) le requirieron tan sólo 7.500 millones. La balanza comercial rusa tuvo un superávit general de 110.000 millones de dólares en el 2020.

Por supuesto que el superávit comercial no basta para caracterizar a una potencia como “imperialista”. Pero el peso económico de lo “extensivo” le da un lugar en el mercado internacional que hacen a varios países directamente dependientes de Rusia y sus enormes compañías. Además, es sumamente importante este dato: mientras las otras economías exportadoras de productos como el trigo o el níquel son explotadas en general (directa o indirectamente) por empresas multinacionales extranjeras,

Monopolios estratégicos

Pero, además, la guerra en Ucrania y las sanciones han dejado al descubierto la creciente dependencia de varios países del centro imperialista europeo con respecto a la también imperialista Rusia.

Es el caso de Alemania. La principal potencia de la UE importa muchos de los productos de bajo valor agregado rusos, principalmente gas. Y exporta a Rusia muchos productos de alto valor agregado, como automóviles. En el 2020, Rusia exportó a Alemania por un valor total de 14.200 millones de dólares (el 4,3% de sus exportaciones totales), pero importó de Alemania unos 26.000 millones de dólares (casi el 12% de sus importaciones). En el caso Rusia-Alemania, la balanza de pagos es altamente favorable a Alemania. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el sector energético es una rama absolutamente estratégica de la producción en cualquier Estado capitalista del planeta. Sin automotores alemanes, Rusia podría sufrir en términos de transporte de pasajeros. Pero sin el gas y el petróleo rusos, la economía alemana quedaría desamparada.

Esta dependencia de las potencias europeas respecto a Rusia (nos referimos a obviamente a una dependencia sectorizada principalmente a lo energético, no a una dependencia general, aunque sí a una dependencia estratégica de importancia) quedó al descubierto con la guerra, pero no es nueva. Una manifestación de este problema la podemos ver en la creciente presión que las potencias occidentales vienen ejerciendo para introducir y acrecentar la importancia de sus propios capitales monopólicos dentro de Rusia.

“En Rusia, una burocracia atrasada impide la competencia, así como los carteles dirigidos por oscuros oligarcas o ex miembros de la notoria KGB. Rusia ranquea 112 entre 185 economías del mundo en el Índice de Facilidad para Hacer Negocios del Banco Mundial. En Moscú, toma un promedia de 540 días para procesar una petición de permiso para construcción. […] A veces los oficiales rusos piden una pequeña contribución para acelerar el proceso” (Spiegel, “Inversores alemanes preocupados por la corrupción en Rusia”, 3-4-2013). En estos términos se quejaban allá por el 2013 los portavoces del capital alemán con respecto a las reglas de juego imperantes en la Rusia de Putin. Es que, además de compensar su dependencia importadora en ramas específicas con el superávit comercial y la exportación de bienes estratégicos, Rusia ha tomado en los últimos años algunas iniciativas para atenuar la influencia del capital extranjero dentro de Rusia.

En materia automotriz, Putin combinó fuertes aranceles a la importación con rebajas de los mismos para las empresas extranjeras que se radiquen en territorio ruso. De esta manera, apunta a que los pulpos automotrices (Volkswagen, Peugeot, Renault, Mercedez Benz, Toyota) localicen su producción en Rusia para no tener que importarla y favorecer la industrialización local. Parece que la localización dentro de Rusia no fue un gran negocio para las automotrices. Con el inicio de la guerra, varias de ellas debieron interrumpir o modificar su producción debido a la falta de suministros (alrededor del 25% de los componentes deben ser importados).

Para darse una idea de la magnitud del problema que la dependencia del gas ruso entraña para Europa, no hace falta más lo sucedido con Gazprom Alemania. Gazprom es la principal empresa gasífera rusa, propiedad del Estado. Hace pocas semanas el gobierno de Olaf Scholz decidió nacionalizar la sucursal alemana luego de que Casa Central anunciara su venta a manos privadas poco confiables.

“Gazprom Alemania juega un papel decisivo en Alemania porque comercializa energía, transporta el gas y también opera las instalaciones de almacenamiento. Una de sus filiales, Astora, gestiona el mayor almacén de gas del país, en la ciudad de Rehden, en Baja Sajonia, que es a su vez una de las instalaciones con mayor capacidad de toda Europa, con 4.000 millones de metros cúbicos. El depósito de Rehden ha estado en el punto de mira de las autoridades porque ha permanecido casi vacío durante todo el invierno. Berlín y Bruselas sospechan que Gazprom ha estado manteniendo unos niveles de almacenamiento artificialmente bajos para alimentar la crisis del suministro de gas y elevar los precios” (El País, 4-4-2022, resaltado nuestro).

Nótese que el protagonismo ineludible de las exportaciones energéticas rusas no radica simplemente en la magnitud del capital en cuestión (que es obviamente muy grande), sino fundamentalmente en su carácter monopólico. En el caso de Alemania (y casi toda Europa), no hay gas accesible que no sea el gas ruso, y especialmente el gas de Gazprom. Y no se trata sólo del gas per se, sino también de la capacidad de procesamiento, transporte, almacenamiento y gestión de dicho bien. Es la existencia de capitales monopólicos rusos fuera de sus fronteras lo que le da a Rusia la posibilidad de (re)construirse como fuerza imperialista.

Capitalismo de Estado… ¿offshore?

Otros de los argumentos del capitalismo occidental contra el sistema ruso es la aparentemente enorme fuga de capitales. “Es característica de la malaria en la economía rusa la falta de confianza de la élite en el sistema que ellos mismos han creado. En 2012, los rusos adinerados y las compañías rusas sacaron más de 50.000 millones de dólares del país” (Spiegel, ídem). En esto hay una gran parte de verdad.

Es sabida la afición de los grandes capitalistas rusos por los paraísos fiscales. Chipre, los Países Bajos, Suiza y las Islas Vírgenes están entre los principales destinos del capital off – shore ruso. Hasta el propio Putin estuvo entre los implicados en el último carpetazo fiscal de los Pandora Papers. La expatriación de capitales mediante firmas offshore es un ya conocido mecanismo capitalista para evadir impuestos y es común en todo el mundo. Es cierto que la fuga masiva y sistemática de divisas es un problema estructural característico de las economías emergentes, atrasadas y dependientes (caso de Argentina, sin ir más lejos). Pero no es un mecanismo exclusivo de estas economías; los capitalistas buscan métodos para evadir impuestos en todos los países del mundo, incluso en las principales potencias imperialistas.

Pero no todo el capital fugado por las empresas rusas se queda en los paraísos fiscales. Hay una gran parte de dicha fuga que vuelve a Rusia; es lo que se conoce como “inversiones de ida y vuelta”. “Los capitalistas rusos ‘invierten’ en destinos extraterritoriales extranjeros y, a su vez, invierten desde estos destinos en Rusia. Por lo tanto, el viaje de ida y vuelta lleva a que la IED rusa se sobrestime en ambas direcciones. Una de las principales razones por las que las multinacionales rusas ‘invierten’ en estos destinos extraterritoriales es la estrategia para minimizar los impuestos […]. Como resultado, una proporción considerable de la ‘inversión extranjera’ en Rusia es, de hecho, inversión rusa (“volver a casa” en condiciones fiscales favorables).” (FUENTE).

La fuga rusa no es, entonces, tan grande como suele creerse. Según la fuente citada, en 2014 la “vuelta” de capitales fugados a Rusia reduciría la fuga neta a casi la mitad (de 432.000 a 250.000 millones de dólares). Esto, obviamente, no quita el hecho de que la fuga es un mecanismo ampliamente extendido entre los capitalistas rusos para evadirse al fisco ruso. Pero, a diferencia de los capitales offshore puramente parasitarios (es decir, 100% improductivos) que solemos ver en los carpetazos (por ejemplo los fondos evadidos por el propio Putin para comprar propiedades millonarias en el extranjero) esta fuga “de ida y vuelta” devuelve una parte de lo fugado a Rusia, contribuyendo en última instancia a las inversiones financieras o productivas internas.

Burguesía “cipaya” y reforzamiento del Estado

En todo caso, sí es real que la fuga tiene en Rusia dimensiones llamativamente grandes y que la misma sigue siendo un problema real para la recaudación impositiva del régimen de Putin. Esto se debe a las características particulares de la gran burguesía rusa. Se trata de una clase social neófita, que no tiene más de 30 años. La actual burguesía nació en la década del 90, tras el desmembramiento de la URSS y la ola de privatizaciones indiscriminadas iniciadas por Boris Yeltsin. Allí ex funcionarios del Estado soviético (los históricos burócratas del PCUS) pasaron a ser capitalistas millonarios en pocos días, transformándose en depositarios de la ex propiedad estatal, ahora privada. Un claro ejemplo de las bondades de la restauración capitalista: mientras millones de personas fueron arrojadas a la pobreza, un puñado de funcionarios se transformó en la nueva clase poseedora del país más grande del planeta casi sin mover un dedo.

No resulta demasiado llamativo, entonces, que la nueva burguesía rusa sea una particularmente parasitaria: se trata de una clase social nacida sin ninguna visión estratégica para el conjunto del país. Al momento de su surgimiento, no era una burguesía desarrollista o con planes imperialistas para el país, sino simplemente de un grupo de bandidos dispuestos a enriquecerse con un país devastado por las privatizaciones. Vale la pena mencionar, además, que los nuevos capitalistas rusos eran los viejos burócratas de la URSS estalinista. Se trataba de una enorme capa social de parásitos, que acumulaban privilegios saqueando la propiedad estatal expropiada en 1917.

El proyecto estratégico de Putin al frente de Rusia responde en gran medida a las características particulares de esa burguesía neófita (y de la economía de la Rusia post – restauración capitalista como un todo). El gobierno de Putin se caracteriza por un régimen con rasgos bonapartistas. No se trata (como suelen decir los críticos pro – EEUU) de una lisa y llana dictadura, sino de un régimen de democracia burguesa con rasgos antidemocráticos ligados a la intervención directa del Poder Ejecutivo (y de la figura del propio Putin) sobre los asuntos del Estado. Como ya señalamos en otros artículos (link a Quién es Putin), esta forma de gobierno fue moldeada a lo largo de dos décadas por el mandatario ruso mediante reformas constitucionales y del sistema político.

Pero, como ya mencionamos, el bonapartismo a la rusa no se debe simplemente a las ansias de poder del mandatario, sino que responde a una visión estratégica del papel de Rusia en geopolítica. Hoy Rusia no es una economía “dependiente” o “semidesarrollada”; a fines de los 90, era una posibilidad no demasiado descabellada que se convirtiera en un país de ese tipo.

Las reformas privatizadoras de los 90 desataron las fuerzas del mercado y de la nueva propiedad privada en la Rusia post – caída del muro. Pero con una burguesía 100% parasitaria y los capitales extranjeros que llegaban al país deseosos de repartirse los nuevos mercados, las fuerzas desatadas empujaban en una sola dirección: la reprimarización de la economía rusa y la destrucción por falta de competitividad del aparato industrial local.

Cabe mencionar que la industria rusa era ya en los 90 mucho menos competitiva que la de los centros capitalistas del planeta. En realidad, los métodos de administración burocrática del estalinismo nunca lograron llevar la productividad rusa a los niveles del centro imperialista. Hoy por hoy, la industria rusa sigue siendo (en términos generales) menos diversificada y eficiente que, por ejemplo, la estadounidense.

Sin embargo, la gestión de Putin tuvo como objetivo central resguardar ciertos sectores estratégicos de la economía y de la industria rusas de la influencia de capitales extranjeros. Es el caso, fundamentalmente, del gas y el petróleo. Putin sabía perfectamente que no podía confiar esta tarea a los nuevos oligarcas rusos, únicamente interesados por las ganancias rápidas. La solución fue depositar este rol en el Estado. Veamos algunos datos estadísticos al respecto.

Hacia 2015, la proporción de inversión rusa, extranjera y mixta sobre el total de la inversión anual fue del 86,3%, 7,3% y 6,4%, respectivamente (FUENTE). Entre 2014 y 2018, la proporción de bancos de capital extranjero mayoritario (del 51% al 99%) sobre el total de los que operan en Rusia disminuyó un 63%. La de aquellos con acciones privadas menores al 50% disminuyó un 54%. “La participación de los bancos extranjeros en el capital social total del sector bancario ruso disminuyó del 23 % en 2014 al 13,44 % en octubre de 2018” (ídem).

“Rusia no tiene deudas significativas con instituciones imperialistas extranjeras (a diferencia de muchos países semicoloniales). Su deuda pública era solo el 18% del PIB a fines de 2020. ‘De la deuda externa total de Rusia de $ 470 mil millones, solo $66 mil millones eran deuda pública, de los cuales $21 mil millones estaban en monedas extranjeras y $ 43,8 mil millones en bonos denominados en rublos. Según el Banco Central de Rusia. De la deuda externa restante, $72.500 millones estaban en manos de bancos (presumiblemente casi exclusivamente bancos estatales) y $318.500 millones en otras corporaciones’. [Rusia] tiene superávits de cuenta corriente constantes y sus reservas internacionales de divisas ascienden a 596.000 millones de dólares a fines de 2020 (lo que lo convierte en el estado con la quinta reserva de divisas más grande del mundo)” (ídem).

“Los bancos estatales ahora dominan, distribuyendo más del 65% de los préstamos minoristas y el 71% de los préstamos corporativos en 2016 […]. En 2015, la participación (contribución) de las empresas estatales en el PIB fue de cerca del 29 % al 30 % y la contribución total del sector público fue de cerca del 70 % (en comparación con el 35 % en 2005)” (ídem).

“El Estado controla más del 50% de los bancos y el 73% de la industria del transporte. Además, el control estatal sobre la industria del petróleo aumentó del 10% al 45% desde el inicio de la era Putin en 1999 hasta hoy […]. El propio Putin ha estado presionando para re – nacionalizar grandes compañías durante años. El gigante estatal del petróleo Rosneft, dirigida por el confidente de Putin Igor Sechin, obtuvo la luz verde para absorver TNK – BP, una petrolera privada, en un acuerdo con un valor de 60 mil millones de euros. La fusión convierte a Rosneft en la productora de petróleo más grande del mundo, posicionándose por delante de ExxonMobil” (Spiegel, cit.).

Estos datos señalan:

1) que la participación del Estado ruso en la economía creció exponencialmente durante las últimas dos décadas. Y no hablamos simplemente de la “intervención” del Estado en el curso de la economía, sino de propiedad estatal y dirección efectiva de grandes empresas (muchas de ellas monopólicas) en ramas estratégicas (por su generación de divisas y por su carácter internacionalmente monopólico) de la economía rusa (principalmente energía y bancos).

2) que dicho papel del Estado en la economía le permitió a Putin direccionar los negocios rusos para obtener a) una importante autonomía financiera, impropia de cualquier economía nacional “dependiente” o “semidesarrollada” y b) una influencia monopólica de empresas rusas sobre sectores de la economía en países extranjeros (el citado caso de Gazprom respecto de Alemania), un rasgo central del imperialismo tal como lo definiera Lenin en 1916-1917.

3) que, aún si el grado general de productividad de la industria rusa sigue siendo “poco competitivo” en relación a las principales potencias imperialistas, su grado de desarrollo (no tanto en niveles de productividad pero sí de extensión cuantitativa) en ciertas ramas particulares (gas, petróleo) le permite competir con las principales firmas imperialistas del planeta en esos rubros particulares (como señala la cita, Rosneft ha superado a la occidental ExxonMobil en el rubro petrolero).

Contradicciones

Estas son, grosso modo, las principales fortalezas de la economía rusa en relación a su posición en el panorama económico (y geopolítico) internacional. Como una breve demostración de dichas fortalezas podemos señalar, con la vista puesta en los recientes acontecimientos alrededor de la guerra con Ucrania:

  1. que, casi dos meses después de comenzada la guerra, el dominio monopólico del gas ruso en el mercado europeo no puede ser fácilmente resuelto. Aún Estados Unidos, siendo el primer productor de petróleo del planeta, no parece capacitado para reemplazar a Rusia en la oferta energética. Otros productores, como Arabia Saudita, no parecen interesados en hacerlo, ya que de aumentar la producción de petróleo bajarían los precios internacionales y, con ellos, las ganancias de los países de la OPEP.
  2. que, aún si la economía interna rusa está sufriendo (el propio Putin dijo recientemente que echará mano del presupuesto para “ayudar” a la economía), las sanciones occidentales como castigo a la invasión de Ucrania no parecen haber logrado poner en jaque las finanzas rusas (ni destruir el rublo). Esto se debe, principalmente, al control mayoritario del Estado ruso sobre el sector financiero (aunque existen, obviamente, causas internacionales, como el apoyo disimulado de China).

Como contrapeso a las fortalezas de la economía rusa, existen varias debilidades o limitaciones. La mayoría de ellas ya han sido señaladas (y exageradas) hasta el hartazgo por los analistas pro – occidentales. Nombremos como las principales:

1) la baja diversificación de las exportaciones rusas, que se limitan casi únicamente a la energía (gas, petróleo, carbón) y a la siderurgia.

2) el bajo nivel de competitividad de la industria rusa a nivel general (salvo excepciones como la energía y la industria militar, por mencionar un sector en el que la producción rusa es de primera calidad internacional).

3) la casi total ausencia de capacidad productiva propia en ramas enteras de la industria (como la automotriz) y la falta de competitividad exportadora en otras (por poner un ejemplo, la informática).

4) las deficiencias en lo que refiere a la administración productiva del país. A saber: infraestructura y logística interna.

Con respecto a este último punto, los ya citados críticos anti – rusos alemanes mencionan que “Rusia está plagada de aviones estrellados, tuberías oxidadas y accidentes en plantas energéticas […]. Alrededor de un quinto del agua potable del país se pierde a través de fugas. Sólo alrededor de 500 kilómetros de nuevas rutas son construidos cada año. ‘A este ritmo, nos tomará 1.000 años desarrollar una red moderna de carreteras’, se quejó el ministro de Desarrollo Regional [ruso]” (Spiegel, citado).

Nótese el rotundo contraste entre la lentitud de construcción para la logística automotor interna y las enormes obras de ingeniería que son los oleoductos y gasoductos rusos que abastecen el mercado energético europeo, o las sofisticadas plantas de procesamiento, almacenamiento y distribución de gas montadas por Gazprom en Alemania. Estos contrastes hacen a la particularidad de la estructura productiva rusa. Se trata de una enorme economía con enormes desigualdades: en ella conviven rasgos de desarrollo en ramas específicas de la industria con atrasos en el desarrollo de otras. Siguiendo una formulación clásica del marxismo, se trata de un desarrollo desigual y combinado en toda regla. Pero, aún con sus enormes desigualdades y contradicciones, la economía rusa ya ha dado sobradas muestras de encerrar un potencial de autonomía geopolítica mucho mayor del que confiaban muchos analistas (e, incluso, gobiernos) occidentales.

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí