• Unas 2500 personas se concentraron el pasado domingo en plaza Colón contra el uso de la mascarilla y negar la existencia de la pandemia.

Redacción 

La manifestación fue convocada por redes sociales, con el singular impulso del cantante Miguel Bosé. A ella acudieron sectores anti-cuarentena, negacionistas, anti-vacunas y conspiranoicos.

Los gritos apelaban a la libertad de infectar y ser infectados por un virus cuya inexistencia aseguran. «No hay miedo”, “La pandemia no existe” o “Viva el amor, viva la libertad” se podía escuchar en momentos en los que algunas personas se lanzaban a repartir abrazos de forma indiscriminada. También se tachó de manipuladores a los medios de comunicación, cuyos reporteros llegaron a sufrir ataques. “Prensa española manipuladora”: “los hospitales están vacíos”.

No es necesario decir que los manifestantes no respetaron las medidas de higiene y seguridad, como el uso de mascarillas o la distancia de seguridad, que definen como ridículas. También acusan al Gobierno y a la OMS de gestionar la pandemia bajo “intereses de elites”, usándola para controlar a la población a la vez que generan una crisis económica a voluntad.

Este fenómeno se da en el contexto de repunte de casos de coronavirus en el Estado Español, cuya curva de positivos dibuja una segunda ola. Las cifras actualizadas del Ministerio de Sanidad arrojan 16.269 nuevos casos confirmados por coronavirus desde el viernes hasta hoy, una media de más de 5.000 diarios. El número elevado de pruebas –comparado con los primeros meses de la pandemia- permite una mayor información sobre la circulación del virus, en la que se constata cada vez más casos asintomáticos. Aun así, las cifras suben rápidamente y se empiezan a tensionar los servicios hospitalarios. Un total de 359.082 personas han sido infectadas por el virus desde el inicio de la pandemia.

Frente a esto, la gestión del Gobierno se centra en medidas de responsabilidad individual que, si bien son necesarias, no son suficientes para evitar la propagación de la Covid y con ella la saturación del sistema sanitario y el consecuente aumento desproporcionado de casos y fallecidos. El cierre del ocio nocturno parece ser la medida más estricta de los diferentes gobiernos, que intentan preservar el turismo del verano (que cae estrepitosamente). Y mientras los focos mediáticos se colocan sobre fiestas y jóvenes, eeguimos viendo un transporte público colapsado de trabajadores en hora punta, o la infrafinanciación del sistema sanitario público. Ambos hechos juegan en contra de la salud colectiva y para ser corregidos se debe imponer la extracción de recursos de las grandes fortunas.

La manifestación anti-mascarillas no señala la deriva capitalista del Gobierno. No protesta contra la falta de recursos médicos, contra las extenuantes condiciones laborales del personal sanitario, contra la interminable y asfixiante explotación de la patronal –especialmente para los y las trabajadoras del campo que nos permiten comer-. Tampoco contra los millones de despidos que cruzan de largo a ancho todo el país.

Y si hoy el alcalde de Madrid José Luis Martínez-Almeida y la presidente de la comunidad Isabel Díaz Ayuso, ambos del PP, han mostrado rechazo hacia los actos “irresponsables”, la tónica no se aleja de las movilizaciones anti-cuarentena de derecha de los barrios ricos de Madrid, si bien la presencia de los sectores más pudientes y las banderas españolas era diluida. Las exigencias y acciones de estos movimientos empujan en sentido contrario a los intereses de la clase trabajadora: al propagar un virus que sí entiende de clases sociales y al desmarcar el capitalismo como problema e incluso seguir el programa de la derecha y extrema derecha.

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