• El capitalismo fuerza a alrededor de 218 millones de niños en el mundo a trabajar para el lucro de unos pocos. Al menos uno de cada diez sufre este flagelo.

Por Redacción 

Un informe de la IPEC (Instituto Provincial de Estadística y Censos)  en 2013, presentado en una reunión de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) indica que en América Latina son 12,5 millones de niños y adolescentes los que se encuentran sometidos al inhumano trabajo infantil, mientras que el 77% de esos infantes realizan un trabajo considerado peligroso.

Aún más, un informe de la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes (EANNA) elaborado por el ministerio de trabajo y publicado a fines del año pasado indica que el 9,4% de los trabajadores del país tienen entre 5 y 15 años. A raíz de este informe, el ministerio de trabajo sacó un programa para la erradicación del trabajo infantil entre 2018 y 2022. Pero quedó claro gracias a la autorización de Gerardo Morales para el empleo de 45 niños en tabacaleras que este programa no es más que una forma para lavarse la cara – uno poco efectivo, por cierto-, y que si los empresarios precisan emplear en la producción a cientos de niños. El régimen político argentino permitió de manera legal el trabajo infantil y no hay manera de esconder eso.

El capitalismo es un sistema que organiza su producción no en base a las necesidades sociales, sino a las propias necesidades de valorización del capital, esto es, en base a las ganancias de los empresarios.  Es la búsqueda de esta valorización la que define cual es la edad en la que los individuos comienzan a trabajar. ¿Por qué entonces el capitalismo Argentino no nos empleó a todos los habitantes del país desde nuestra niñez para obtener más ganancias? No por una creencia real en los derechos de los niños, sino por la necesidad de instruir a una parte de las nuevas generaciones para que continuaran con la producción y a la lucha histórica del movimiento obrero por la erradicación del trabajo infantil. Veamos.

En la historia del capitalismo, el desarrollo de nuevas técnicas y nuevas maquinarias más complejas trajo aparejada la necesidad de llevar adelante una mayor instrucción de los trabajadores, para que de esa forma pudieran dominar las nuevas invenciones y continuaran con la producción de mercancías. Es decir, mientras más complejo fuera el trabajo, mayor desarrollo biológico y mayores conocimientos (es decir, mayor educación) necesitarían los asalariados para poder llevarlo adelante.

Pero en torno a estos desarrollos se dieron dos problemáticas que impidieron al capitalismo erradicar al barbárico trabajo infantil. En primer lugar, el desarrollo desigual que poseen las zonas rurales respecto a las industrias urbanas. Mientras que los futuros asalariados de los centros urbanos necesitan una mayor instrucción de distintas herramientas y distintos saberes para que, en caso de necesidad, el capital los pueda cambiar fácilmente entre las diversas ramas productivas que contiene en las ciudades, esta necesidad de instrucción de los futuros trabajadores se ve muy reducida en las zonas rurales. Es allí que, debido a la limitación de técnicas y maquinarias por las determinaciones que impone la especialización agraria de cada zona, son menores los conocimientos y las complejidades de los trabajos a ser llevados adelante. Esto, sumado a la desigualdad que existe entre las distintas zonas urbanas (que se pueden encontrar más o menos industrializadas según el caso) abre la puerta al el empleo de cientos de niños.

Pero el trabajo infantil no necesariamente es una problemática exclusiva de la producción agraria. El capitalismo también fue capaz de crearse contradicciones en torno al trabajo más complejo, al trabajo industrial. Y si bien es cierto que se desarrollaron trabajos que necesitaban una mayor complejidad en torno a la manipulación de la naturaleza y la organización de la producción (esto es, de la creación y mantenimiento de los medios de producción), también logró que, con las nuevas técnicas productivas y la simplificación del trabajo basado en las manufacturas, fueran necesarios menos conocimientos para la producción de mercancías en centros industriales. Fue así que se desarrollaron, por un lado, países que están basados en procesos de producción que necesitan una mayor instrucción para la valorización de sus capitales (porque se especializan en la producción de grandes maquinarias) y por otro lado emergieron países que, por las maquinarias automatizadas y la optimización de las técnicas manufactureras, precisan de un trabajo más simple, que es capaz de hacer tanto un asalariado adulto como un niño.

No es de extrañar entonces que Argentina, un país con un desarrollo industrial débil y vastas zonas rurales, es decir, con trabajo de mucha menor complejidad, sea calificada por la OIT como un país con niveles peligrosos de trabajo infantil. El capital argentino no requiere en general de que sus asalariados tengan una gran instrucción, y por eso llevan adelante el uso de mano de obra de niños y adolescentes tanto en las tabacaleras y distintas producciones agrarias, como también en talleres textiles clandestinos.

Esta solo es una muestra más de todas las miserias que se observan en el capitalismo argentino, miserias que se desprenden de la lógica de obtener ganancias a cualquier costo. El capitalismo argentino no trae ningún progreso económico ni social para los trabajadores ni para la juventud. Al contrario, hunde cada vez más en la pobreza a amplios sectores y destruye las capacidades futuras de las nuevas generaciones allí donde los capitalistas lo necesitan para sus ganancias. Es necesario que la organización de la producción no esté basada en la valorización del capital, en las ganancias capitalistas, y que sea el progreso en los conocimientos de los individuos, el progreso económico-social, el que ordene las necesidades de la producción. Solo de esa forma se podrá acabar con la barbarie del trabajo infantil, y podrá por fin la humanidad dedicarse a desarrollar todas sus potencialidades.

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